EN ESTA SEGUNDA ENTREGA SOBRE MONTEJURRA (clique aquí para ver la primera) reproducimos la parte más significativa del testimonio sobre los hechos de las Ultramemorias de Ernesto Milá, quien entonces era ya un joven militante de extrema derecha que conocía bien sus distintos ambientes. Se trata de fragmentos de Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (2ª parte), publicado en abril del 2009 en su blog. Puede consultarse el texto completo en: http://infokrisis.blogia.com/2009/041401-ultramemorias-viii-de-x-visicitudes-politicas-en-la-transicion-2-parte-.php
Como se aprecia en los fragmentos que reproducimos de su texto (los epígrafes son nuestros), tras los hechos de Montejurra hubo un intento fracasado de crear un liderazgo alternativo al de Blas Piñar en ámbitos de extrema derecha vinculados al líder neofascista italiano Stefano Della Chiae. Se trató de impulsar el liderazgo de Sixto Enrique de Borbón Parma, hermano de Carlos Hugo y líder del Partido Carlista. Asimismo, Milá apunta que existió una manipulación interesada de los hechos para “estabilizar desestabilizando”. Más allá de los intereses ideológicos del testimonio (con la eventual visión conspirativa o exculpatoria del episodio que pueden conllevar), consideramos que éste ofrece elementos de interés sobre los hechos.
Imagen de Sixto Enrique de Borbón Parma en Facebook
Ultramemorias (VIII de X) Vicisitudes políticas en la transición (2ª parte)
[...] Para nosotros era evidente que con Franco, había muerto el franquismo y que el régimen jamás hubiera podido prolongarse más allá de la muerte de su fundador. La mente más preclara de la última década del régimen había sido Carrero Blanco que [...] intentó, mediante el “asociacionismo político”, organizar a la derecha ante una izquierda que se había organizado en la clandestinidad. Pero Carrero había saltado por los aires y todo el problema era intuir cuánto tiempo iba a tardar el régimen en desmantelarse completamente: yo opinaba que en dos o tres años del franquismo sería un recuerdo. Della Chiaie, por el contrario, creía que los plazos de desmantelamiento del régimen serían más dilatados. [...]
¿Qué tiene que ver esto con Montejurra 76? Mucho. Della Chiaie era un buen amigo de Sixto Enrique de Borbón. Se conocían desde hacía tiempo y habían hecho buenas migas. Nosotros no lo conocíamos, pero Della Chiaie garantizaba que era un tipo valiente, amigo de sus amigos, con un alto sentido del honor y de la lealtad y que, era una pena, que teniendo cualidades personales innegables incluido un evidente atractivo personal, redujera su ámbito de influencia a los altos muros del carlismo (que por lo demás estaba multifraccionado). Se trataba de promover la imagen de Sixto Enrique al rango de “hombre de la situación”. Católico, no hacía de la religión el eje de su discurso, sino que vivía la religión en sí mismo con intensidad pero sin estridencias; su educación era “europea” (habla todas las lenguas europeas y, al mismo tiempo, ha realizado estancias más o menos prolongadas en casi todos los países de Europa Occidental), y esto era importante porque ya entonces algunos solamente considerábamos como “dimensión nacional”, la europea.
[...]
Sixto Enrique de Borbón, alternativa a Blas Piñar
Así pues, jugar la carta de Sixto Enrique de Borbón para intentar ubicar en torno suyo a la extrema-derecha del post-franquismo era una opción, desde luego para algunos de nosotros más atractiva que la de Blas Piñar. Por eso se organizó el Montejurra-76. En el carlismo, Sixto tenía “partidarios” que lo trataban –y lo tratan– de Alteza Real. Para nosotros era, ante todo, un “camarada”, alguien que estaba junto a nosotros, que estaba con nosotros y que, cuando hacía falta se ponía al frente nuestro. En torno a Blas, percibíamos que se estaba formando (ya desde 1970) una especie de círculo de acólitos que lo consideraban como su líder, que habitualmente no le aportaban nada más que admiración y respeto, pero que en su gran mayoría eran incapaces de tener iniciativa propia y mucho de menos de expresar alguna idea contraria a la del gran timonel y líder máximo. Ese pequeño círculo de admiradores incondicionales fue fraguando con el tiempo y Blas solamente tenía contacto con la realidad política de su propio partido a través de ellos. Sí, era lo que por entonces se empezaba a llamar “el imperio de la braga” formado por una docena de mujeres, con varios títulos nobiliarios entre ellas, dentro del cual la propia esposa de Blas, Doña Carmen, tenía un peso decisivo.
[...] Sixto, en cambio, [...] Era un hombre de mundo que conocía lo que era la adulación y sabía distinguirla de la camaradería. [...] Era más accesible, menos complicado, más directo, especialmente para los que lo tratábamos como un camarada, más que como Alteza Real. Por eso lo veíamos en el primer trimestre de 1976 como una alternativa a Blas. El otro sector de las que entonces llamábamos “fuerzas nacionales”, el falangista, estaba acometiendo un complicado e irresoluble proceso de recomposición, pero las diferencias eran demasiadas como para que pudiera llegar a buen puerto [...]. De ahí el riesgo de que Blas y sus prácticas siguieran como eje de la derecha nacional. Podía intentarse la carta de Sixto Enrique en Montejurra 76. [...]

Piñar en un discurso en 1975 efectuado en Valladolid (www.elpais.com/fotogaleria/dictadura/franquista/II/elpgal/20060407elpepunac_3/Zes/3)
La situación en abril de 1976 era la siguiente: el franquismo se desmantelaba a marchas forzadas, la oposición democrática –en la que el PCE era, con mucho, el grupo mayoritario, más homogéneo y más coherente– avanzaba cada día un trecho, las “fuerzas nacionales” no lograban salir de su estado de postración, desmoralización e incredulidad sobre lo que estaba pasando. Era preciso dar un aldabonazo: demostrar que podía resistirse a la ofensiva de la izquierda y, por primera vez, desde noviembre de 1975, cerrar el paso a la izquierda ¿dónde?: En Montejurra a donde en los últimos años, más que carlistas, lo que acudían a aquel tradicional acto, eran grupos de toda la oposición democrática. Acudir a Montejurra era la mejor muestra de que se estaba dispuesto a recuperar el terreno perdido. Y eso prestigiaría la figura de Sixto Enrique como alternativa a Blas. Por eso se organizó la Operación Reconquista. Si esa era la intención, luego todo se torció. Y no está claro ni el por qué, ni el cómo.
Los disparos y los ultraderechistas extranjeros
Lo que se trataba era de realizar una concentración de masas en Montejurra, no de matar a nadie. Es innegable de dónde partieron los disparos que en la campa de Estella acabaron con la vida de Aniano Jiménez, pero no está tan claro lo que ocurrió entre la niebla en las faldas del Montejurra donde murió Ricardo García Pelejero. No estuve en Montejurra [...], pero años después comentando con Sixto Enrique el episodio me reconoció que ignoraba por completo lo que había ocurrido entre la niebla y de dónde vinieron los disparos. A mí no hubiera tenido por qué ocultármelo. Y no es que me estuviera insinuando que los partidarios de Carlos Hugo o los miembros de la oposición democrática también iban armados, sino que muy posiblemente se produjo una intervención completamente ajena a los dos grupos. Hay otro elemento que refuerza esta hipótesis.
Se habló de “mercenarios internacionales” que participaron en la concentración al lado de Sixto. No es cierto. La palabra “mercenarios” implica remuneración interesada, los extranjeros que estuvieron allí lo estuvieron por convicción. Y aquí viene la cuestión clave. En las fotos publicadas el lunes siguiente al incidente en la campa de Estella pude distinguir con claridad a Augusto Cauchi (un italiano exiliado al que yo mismo había introducido en España) detrás del carlista que fríamente había disparado a quemarropa contra Aniano Jiménez. Algo más atrás podía verse con claridad a otro camarada francés, ex miembro de la OAS, Jean Pierre Cherid que luego participaría en la peripecia de los GAL, muriendo en la aventura. Sin embargo, en aquel momento, ni la prensa, ni el ministerio de gobernación, ni los servicios de inteligencia nacionales o extranjeros, filtraron noticia alguna sobre la presencia de todos ellos. Tampoco se produjeron órdenes de busca y captura. Alguien puede pensar que en aquel momento, los resortes de la información y la seguridad en España estaban controlados por algún amigo de los implicados. En absoluto: quienes controlaban la seguridad del Estado en aquel momento eran los mismos que en el mes de diciembre de ese mismo año, sin embargo, a poco de iniciarse el mes, Cuadernos para el Diálogo publicó esas mismas fotos con los nombres de los asistentes e hizo algo más, publicó otra fotos, inéditas hasta ese momento, tomadas con teleobjetivos de gran potencia en las que se veía, prácticamente en primer plano a Della Chiaie. ¿Por qué entonces no se publicaron y siete meses después sí?
La respuesta es muy simple: por que entre diciembre de 1976 y enero de 1977 se estaban calentando motores para dar el gran vuelco a la transición. Algún organismo de inteligencia estaba filtrando las fotos según las conveniencias políticas. En poco menos de 50 días aparecieron estas fotos inéditas en varios medios de prensa tomadas por las mismas cámaras siete meses antes (las más claras, solamente aparecieron en ese momento), se produjeron los secuestros de Oriol y Villaescusa, la llamada “semana trágica”, la liberación de los secuestrados y sólo unos días después, la detención de los implicados en la muerte de los abogados laboralistas de Atocha que salpicaba el entorno de Blas Piñar.
¿Un terrorismo “estabilizador”?
Contrariamente a la tesis aceptada generalmente, los distintos episodios de terrorismo que estallaron durante la transición no la ralentizaron sino que la aceleraron. A cada atentado producido, las fuerzas democráticas manifestaban su voluntad de cortar los brotes de violencia evidenciando “responsabilidad” y las fuerzas políticas herederas del franquismo aprovechaban estos episodios para desvincularse responsabilizando a la extrema-derecha y acelerando los tiempos de transformación del Estado franquista en democracia formal. La democracia llegó antes gracias a la ofensiva del terror desencadenada en 1976 y los primeros meses de 1977 e incluso, en el período que va entre las elecciones de junio de ese año y el golpe del 23-F de 1981 [...] el terror siempre –y digo siempre– contribuyó no tanto a desestabilizar como a estabilizar definitivamente. [...].
[...]
Cuando se extinguió el último eco de los disparos en el Montejurra, Sixto Enrique era un personaje políticamente quemado. La prensa lo responsabilizó de contratar mercenarios extranjeros, de acudir al acto con voluntad homicida, de ser un desestabilizador en potencia. No había ya nada que hacer: el eje de la extrema-derecha, ya que no de la derecha nacional, giraría en torno a Blas Piñar. [....]. Se abría otra etapa en la que Fuerza Nueva sería el partido hegemónico.
