NOTAS DE LECTURA: “¡MARCHANDO HACIA LA TUMBA!” O UNA CRÓNICA DEL EXTERMINIO

mayo 18, 2012

 Vassili Grossman, impulsor de El libro negro junto a Ilyà Ehreburg.

HEMOS PUBLICADO en La Vanguardia-Cultura/s (9/V/2012) una recensión de la magnífica crònica de Vasili Grossman i Ilyà Ehreburg, El libro negro (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011) bajo el título “¡Marchando hacia la tumba!”, que reproducimos a continuación

EN 1942 UN GRUPO DE CIENTÍFICOS y escritores judíos (que incluía a Albert Einstein) concibió la idea de reunir testimonios del exterminio cometido por Hitler en la URSS y los reputados escritores Vassili Grossman (1905-1964) e Ilyà Eherenburg (1891-1967) lideraron un amplio equipo de colaboradores con tal fin. El resultado de su labor fue El libro negro de los atroces crímenes en masa perpetrados por los fascistas alemanes contra los judíos en los territorios ocupados de la Unión Soviética y los campos de concentración de Polonia durante la guerra (1941-1945). Trabajaron en él desde 1943 y para elaborarlo reunieron 27 volúmenes de documentos, de los que seleccionaron y editaron materiales agrupados en tres categorías: cartas, diarios y relatos de víctimas; crónicas elaboradas por escritores, y declaraciones o dietarios de verdugos.

Pero el proyecto suscitó recelos del Kremlin al constatar que población soviética (especialmente letones y ucranianos) participó en el genocidio y, finalmente, en 1947 paralizó su publicación. Sus detractores incluso afirmaron que ofrecía “una versión engañosa del verdadero carácter del fascismo”, pues presentaba como objetivo del nazismo exterminar a los judíos y ocultaba sus crímenes contra otras nacionalidades. Así, El libro negro se difundió fuera de la URSS, mientras en Rusia durmió en una carpeta hasta 1993, cuando mereció una cuidada edición. Ésta contó con un prólogo del historiador Ilyà Altman que reconstruyó la odisea del texto y que ahora se ha traducido al castellano.

La obra constituye una crónica extraordinaria de la aniquilación judía que puede resumirse en una frase que los verdugos gritan a sus víctimas: “¡Marchando hacia la tumba!” (“En die Grube marsch”). De este modo, muestra como los nazis llevan a cabo su proyecto con frialdad (“Aquellas ejecuciones eran justas”; “Soy un hombre de temple firme”, comenta uno de ellos), eficacia (para hallar judíos escondidos un comandante aconseja “involucrar a los niños pequeños […] bajo promesa de dejarlos [...] con vida”) y, sobre todo, brutalidad. Ésta última se plasma en violaciones, torturas y vejaciones de todo tipo, el asesinato de niños estrellando sus cuerpos contra el suelo (estaba prohibido dar a luz en los guetos) y genera actos de sadismo, como ejecuciones de grupos tendidos en zanjas que son aplastados por caballos lanzados al galope. A la vez, recoge duros momentos que atraviesan las víctimas, como el caso de un padre preso en Auschwitz que es obligado a clasificar ropa de niños gaseados y halla el vestido de su hija.Sin embargo, El libro negro también ilustra la solidaridad de la población hacia los perseguidos, su resistencia heroica en lugares como Treblinka o Varsovia o su enrolamiento en las filas del Ejército Rojo.

Podría pensarse que la obra, en la medida que reúne testimonios heterogéneos a lo largo de 1.200 páginas, conforma una compilación de materiales no concebida para ser leída, sino consultada. Tal percepción es un craso error: Grossman y Eherenburg la dotaron de enorme interés al configurar un retablo de horrores polifónico.

Imargen del gueto de Varsovia.

Eso sí, al adentrarse en su contenido el estado de ánimo deviene similar al que exhibe la superviviente Rajil Fradis-Milner tras exponer sus dramáticas vivencias: “Mi corazón se ha hecho de piedra. Creo que si le clavaran un cuchillo no saldría de él ni una gota de sangre”. lla barbarie de sus páginas y la fuerza de sus testimonios aún hoy sobrecoge y golpea al lector.


ENTREVISTA A JOSÉ Mª FARALDO: “EL HECHO DE QUE EN ESPAÑA NO SE DESARROLLARA UN MITO SIMILAR AL DE LA RESISTENCIA AL FASCISMO IMPULSA LOS CONFLICTOS DE MEMORIA ACTUALES”

abril 5, 2012

 

¿SE PUEDE ESTUDIAR DE MODO CONJUNTO LA RESISTENCIA ANTINAZI Y LA ANTISOVIÉTICA?

Esta cuestión la aborda el historiador José Mª Faraldo en su estudio  La Europa clandestina. Resistencia a las ocupaciones nazi y soviética 1938-1948 (Alianza).  Pese a la necesidad de efectuar una visión de conjunto de ambos tipos de resistencia, hasta hoy no disponíamos de ninguna debido a que la Guerra Fría impidió que fructificara un trabajo con este enfoque.

Faraldo es profesor en la Universidad Complutense de Madrid que ha ejercido de docente e investigador en diversas universidades germanas y cuyo centro de interés es la historia de Europa Central y Oriental, especialmente la historia ruso-soviética y polaca y la de extinta República Democrática Alemana. Su conocimiento de este ámbito le ha permitido efectuar una labor tan minuciosa como rigurosa: reconstruir las redes de resistencia antinazis y antisoviéticas y escribir así la primera historia de “la Europa clandestina”.

El resultado es un libro sólido, interpretativo y asequible para un público amplio. Disecciona las distintas redes clandestinas, muestra su relevancia en términos bélicos y también simbólicos, pues fue el mito de la resistencia el que contribuyó a crear legitimidades democráticas en muchos países. Todo ello hace de La Europa clandestina un libro más que recomendable y agradecemos a su autor que haya aceptado responder a nuestras preguntas sobre esta excelente investigación.

¿Qué le llevó a estudiar la resistencia europea a las ocupaciones nazi y soviética a la vez?

A mí me resultaba bastante sorprendente que no hubiera ningún trabajo –en ninguna lengua- que explorara unos fenómenos que están tan evidentemente conectados. Creo que en el libro queda bastante claro que las ocupaciones de territorios en Europa Central y Oriental por parte de las dos grandes dictaduras de la época tuvieron lugar al mismo tiempo, se retroalimentaron mutuamente y no pueden entenderse la una sin la otra. Por ello, también la resistencia contra estas ocupaciones surgió en el marco de un proceso similar e incluso compartido: algunos movimientos de resistencia lo fueron contra las dos dictaduras, a veces al mismo tiempo y otras alternativamente.

Está claro también que los movimientos de resistencia se distinguen entre sí por muchos aspectos (nacionales, ideológicos, por el grado de apoyo entre la población, por los métodos usados, por sus objetivos…), pero también es verdad que hubo mecanismos muy similares en muchos de ellos, que en algunos casos aprendieron los unos de los otros.

En cualquier caso mi libro no es una comparación entre movimientos resistentes, sino una síntesis y una interpretación, que intenta mostrar un proceso bastante amplio dentro del continente europeo. Las dictaduras de aspiraciones totalitarias de los años treinta y cuarenta generaron oposiciones y resistencias, tanto las de derechas como las de izquierdas y el que coincidieran cronológicamente debía significar algo.

Depósito de armas del grupo Daija, en Rumanía en 1949 (imagen del CNSAS, Bucarest).

¿Cuáles han sido las fuentes que ha empleado?

Excepto en lo que respecta a la resistencia polaca –donde hay cierto trabajo de archivo y alguna entrevista- y la rumana –donde he aprovechado parte de mi trabajo en el archivo de la Securitate (el CNSAS de Bucarest)- me he basado (aparte de, lógicamente, en una amplísima bibliografía secundaria en muchos idiomas) sobre todo en autobiografías y diarios, la mayor parte publicados. En lo que se refiere a la recepción de las resistencias, he consultado prensa de muy diversos países, filmografías y discografías, he visitado monumentos y lugares de memoria y charlado con especialistas del tema de muy diversos centros de memoria.

En definitiva, lo que he hecho ha sido –aprovechando la decena de idiomas que soy capaz de leer- reunir la investigación sobre la resistencia desperdigadas en la historiografía europea y sintetizarlas para poder interpretarlas conjuntamente.

Argumenta que la Segunda Guerra Mundial no concluye en realidad hasta finales de los años 1950 ¿Por qué?

No se trata de un argumento legalista, (si así fuera, la Segunda Guerra Mundial sólo terminaría con el acuerdo para la reunificación alemana en 1990). Pero si consideramos el final de una guerra como el final de las hostilidades entre contendientes, el hecho de que grupos armados –a veces muy potentes- persistieran hasta los años 1950 intentando alcanzar manu militari objetivos que significaban restaurar el statu quo anterior a la guerra o romperlo siguiendo objetivos para los que se había comenzado la guerra, parece claro que estos “huérfanos de la Guerra Fría” siguieron durante bastante tiempo alargando el conflicto de 1939. La Guerra Fría es otra cosa, comienza en serio a partir de 1948, pero los flecos de la Segunda continuarían aún mucho tiempo.

¿Se han mitificado las resistencias al fascismo y al comunismo?

Sí, por supuesto, pero déjeme que le diga que la palabra “mito” suele malinterpretarse. Un mito no es una falsedad, todo lo contrario. El mito es una imagen mental que permite explicar la realidad y que sirve para que las sociedades construyan su vida en común. Hay mitos que pueden convertirse en perniciosos y peligrosos, la Segunda Guerra Mundial está llena de ellos, pero el mito de la resistencia al fascismo (tanto en el Este como en el Oeste) sirvió para aglutinar determinadas sociedades en los difíciles momentos post-bélicos. Es precisamente el hecho de que España no fuera capaz de desarrollar un mito similar (sino uno de vencido y vencedores que excluía a buena parte de la población) lo que sigue impulsando las divisiones y odios que se han plasmado en los conflictos de memoria actuales.

Por su parte el mito de la resistencia contra el comunismo en el Este, mantenido en la clandestinidad y el exilio y extendido tras la caída de los regímenes comunistas, ha cumplido su papel para ayudar a crear sociedades civiles en estos países en los difíciles momentos de la transición al capitalismo. Es cierto que una parte de este mito ha sido perjudicial –por exonerar de responsabilidad a resistentes culpables de crímenes antisemitas y étnicos por el mero hecho de ser anticomunistas-, como también lo fue el excesivo hincapié en el antifascismo en el Oeste que impidió examinar otras responsabilidades (las del régimen de Vichy, por ejemplo) o que eliminó de la memoria a una parte de los ciudadanos que tenían otras convicciones políticas (como en el caso italiano).

La OTAN creó Gladio, un conjunto de ”redes durmientes” anticomunistas clandestinas que debían activarse ante una invasión soviética.

¿Hasta qué punto la llamada red Gladio creada por la OTAN se inspiró en este tipo de resistencias? 

No soy especialista en esta red pero por lo que he leído hay cierta continuidad entre esta y algunas resistencias anticomunistas, con ciertos personajes de éstas uniéndose a Gladio. En cualquier caso una parte de su estructura resulta bastante similar, por lo que imagino que no será mera coincidencia.


YA SE PUEDE VISITAR EL MUSEO DE LA STASI, LA POLICÍA POLÍTICA DE LA RDA

enero 19, 2012

Stasi-Files

Mesa del despacho del máximo responsable de la Stasi,  Erich Mielke.

YA HA TERMINADO LA MUSEALIZACIÓN DE LA ANTIGUA  SEDE BERLINESA DE LA STASI, acrónimo de Ministerio para la Seguridad del Estado (Ministerium für Staatssicherheit), la temida policía política de la Alemania comunista y ésta ya puede visitarse: http://www.stasimuseum.de/en/enindex.htm.  A continuación reproducimos un artículo de  Eva Usi editado por Emilia Rojas de la agencia estatal germana de notícias Deutsche Welle (16/I/2012) por su interés.

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Museo muestra modus operandi de la Stasi

El cuartel general de la temida policía política de la ex RDA, la Stasi, abrió sus puertas como museo, mostrando al público su modus operandi: espiar, perseguir y reprimir a la población y a los enemigos del régimen.

El complejo de hormigón, antaño herméticamente cerrado, que albergó al Ministerio de Seguridad del Estado de la extinta República Democrática Alemana (RDA), abrió sus puertas como un lugar de encuentro para preservar la memoria. Sus paredes recién pintadas y un busto de Carlos Marx que recibe al visitante a la entrada poco revelan del sórdido mundo del espionaje, la manipulación y la represión que fue orquestado desde sus entrañas.

Unas seis mil personas acudieron a la apertura, entre ellas los activistas políticos que encabezaron la rebelión pacífica que acabó derrumbando el Muro de Berlín hace más de 22 años, que nuevamente entonaron la consigna  “nosotros somos el pueblo”.

Corazón de la muestra: el escritorio de Mielke

Una alfombra rojo sangre cubre el piso de madera recién restaurado de la oficina de Erich Mielke, quien dirigió de 1957 a 1989 el aparato policial y de inteligencia de la República Democrática Alemana (RDA). Unas sillas color azul índigo hablan del entorno colorido que le gustaba al jefe de la Stasi, que ejercía un poder casi absoluto y consideraba enemigo a todo aquel que pensara diferente.

El 15 de enero de 1990, una multitud enfurecida irrumpió en el cuartel general en el barrio berlinés de Lichtenberg. Se apropiaron de millones de documentos y parte del mobiliario de la llamada “Casa 1”, lo que hizo posible que fueran preservados y ahora sean exhibidos en su entorno original. Durante la apertura se recordó el día en que los archivos de la Stasi fueron abiertos al público, un 15 de enero de 1992, revelando lo que la red de espías e informantes recababa meticulosamente sobre la población germano oriental.

Red de espionaje contra la población

El poderío de Mielke se basaba en unos 90.000 agentes de tiempo completo y una red de 200.000 informantes inoficiales que tenían como misión vigilar y castigar a los enemigos del régimen. Al final no pudieron reprimir la voluntad popular que acabó provocando el desplome del sistema.

Desde que los archivos de la Stasi abrieran sus puertas, más de 1,8 millones de afectados han presentado solicitudes para enterarse sobre quién los espiaba y qué se escribía sobre su persona.

Uno de los documentos autorizaba a los agentes a hacer uso de las armas si algún ciudadano “traidor” intentaba fugarse al oeste a través de las fronteras inter-alemanas.

Entre los objetos en exposición se encuentra la red telefónica original con aparatos dotados de un timbre rojo que comunicaba directamente con el comité central del Partido Socialista Unificado Alemán. También se exhiben máquinas de escribir “Robotron 202” de producción germano oriental y un gran aparato televisor marca Philips con el que Mielke veía la televisión occidental, un artículo inalcanzable para un ciudadano común y corriente.

El Estado alemán invirtió 11 millones de euros en el saneamiento del edificio, modernizándolo desde el punto de vista técnico, aunque históricamente haya sido respetado el mobiliario original.


ANDREU NIN, EL MARXISTA QUE STALIN ORDENÓ ASESINAR

julio 1, 2011

Cartel del POUM durante la Guerra Civil.

EL MUSEU D’HISTÒRIA NACIONAL DE CATALUNYA [MHC] conmemora este junio el 75 aniversario de la creación del Partido Obrero de Unificación Marxista [POUM] con una exposición temporal que puede visitarse hasta septiembre.  El líder de esta formación fue el marxista catalán Andreu Nin, que fue ejecutado en plena guerra civil -en junio de 1937- por los servicios secretos estalinistas tras ser orquestada una campaña para estigmatizarle como “trotskista”.

Dado el relativamente escaso conocimiento que rodea a su figura, a continuación reproducimos una biografía de Nin que publicamos en ABC el 13 de marzo de 2008, cuando se creyó que sus restos estaban en Alcalá de Henares. La curiosidad que generó tal posibilidad hizo que este diario nos pidiese una breve semblanza del personaje (para ver el original  clicar aquí). Como en otras ocasiones, hemos respetado el texto original añadiéndole subtítulos para facilitar su lectura.

Para los interesados en conocer más detalles sobre el POUM y las circunstancias de su asesinato, les remitimos al documental antes citado de TV3 y al dossier colectivo de la revista catalana de historia L’Avenç, 166 (enero de 1993), “Andreu Nin: serveis secrets stalinistes”, en el que colaboramos con un texto sobre su asesinato por agentes soviéticos.

Por descontando, es aconsejable la lectura de Homenaje a Cataluña (1938), del escritor británico George Orwell (pseudónimo de Eric Arthur Blair), que se enroló en las filas de esta formación durante nuestra contienda.

Finalmente, puede accederse a los últimos años de la historia del POUM (1974-1981) en el Working Paper disponible en  PDF del historiador Pelai Pagès publicado por el Institut de Ciències Polítiques i Socials [ICPS]: WP_I_156-POUM

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Nin, entre el mito y la memoria

El eventual hallazgo del cadáver de Andreu Nin Pérez en Alcalá de Henares otorga nueva proyección a este intelectual revolucionario, más conocido por las oscuras circunstancias que rodearon su asesinato en junio de 1937 por agentes de la policía soviética (la NKVD), que por su historia política y personal previa. Y es que su itinerario vital constituyó un apretado periplo político que le llevó del catalanismo al comunismo y de su pueblo natal a Moscú.

Del catalanismo al marxismo

Nacido en 1892 en El Vendrell (Tarragona), pronto se sintió atraído por la política. Su biógrafo Pelai Pagès señala que con 14 años intervino en un acto catalanista y con 17 quiso impedir el paso de un tren militar que en 1909 se dirigía a Barcelona a sofocar la rebelión de la “Semana Trágica”. Asimismo, divulgó el esperanto mediante una sociedad local, Frateco (Fraternidad).

En 1910 se instaló en Barcelona para estudiar magisterio y frecuentó ambientes republicanos y obreristas. Ello explica su militancia sucesiva en la Unión Federal Nacionalista Republicana, su ingreso en 1913 en la Federación Catalana del PSOE y su actividad en 1919 en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Debe destacarse que entre 1915 y 1917 realizó un viaje de trabajo por Oriente Próximo que amplió sus horizontes exteriores. Pero fue su atracción por la revolución soviética de octubre de ese último año la que marcó su vida. Así, Nin defendió el ingreso en la Internacional Comunista de la CNT.

Como secretario del comité nacional cenetista inició estancias en Moscú, donde residió entre 1922 y 1930, se casó y tuvo dos hijas. Dominó el idioma ruso (lo que le permitió convertirse en un buen traductor al retornar a Cataluña) y conoció la burocracia revolucionaria, pues llegó a ser el “número dos” de la Internacional Sindical Roja. Este cargo le confirió una notable proyección y le facilitó un notable conocimiento del movimiento comunista internacional. La labor no le desvinculó del mundo catalán, pues realizó funciones de anfitrión de personajes como el dirigente separatista Francesc Macià cuando viajó a la URSS o el escritor Josep Pla y colaboró en prensa política catalana (notablemente en La Batalla). Igualmente, se mantuvo vinculado a Joaquín Maurín, promotor desde 1922 de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.

Militantes del POUM.

La pugna desatada entre Josep Stalin y León Trostski a la muerte de Lenin marcó un nuevo hito en la trayectoria de Nin, quien tomó partido por el segundo, aunque después acabó distanciándose de él. Ello no impidió que fuera considerado un “troskista” por Stalin, lo que pagaría con su vida. Así las cosas, Nin fue oficialmente expulsado de la URSS en 1930.

El dilema: ¿Ganar la guerra o la revolución?

Ya en España, reemprendió su actividad política y su obra escrita. En 1935 publicó Els moviments d’emancipació nacional, donde preconizó una Unión de Repúblicas Socialistas de Iberia sin excluir el derecho a la autodeterminación. En septiembre de ese año promovió la creación del antiestalinista Partido Obrero de Unificación Marxista [POUM], del que fue miembro del comité ejecutivo y Maurín secretario general. La creación del POUM hizo que el universo marxista catalán, al estallar la Guerra Civil en julio de 1936, presentara dos formaciones disputándose un mismo espacio: el POUM y el Partit Socialista Unificat de Catalunya [PSUC], de obediencia soviética y organización hermana del Partido Comunista de España.

Como el inicio de la contienda sorprendió a Maurín en la zona rebelde, Nin devino el líder del POUM. En el clima revolucionario imperante en Cataluña fue nombrado conseller de Justicia de la Generalitat, en un gobierno que debía representar la unidad antifascista de las organizaciones republicanas. Pero ésta última pronto mostró sólidas grietas y sus tensiones internas se acentuaron desde inicios de 1937, inseparables de intrigas urdidas por los agentes soviéticos de España.

De ese modo, las presiones del PSUC apartaron a Nin del gobierno en enero de ese año y, finalmente, llevaron al abierto enfrentamiento de las fuerzas de la retaguardia en los llamados “hechos de mayo”: un conflicto que se desarrolló en Barcelona del 3 al 7 de mayo del mismo 1937 entre las organizaciones republicanas, con un eco desigual en Cataluña. Lo desencadenó la ocupación por fuerzas de orden público (ordenada por el conseller de Seguretat) del edificio de Telefónica, controlado por anarquistas, ya que intervenían las conversaciones de los miembros del gobierno, incluyendo al propio Jefe de Estado, Manuel Azaña.

Cartel de las Juventudes Socialistas Unificadas [JSU] (comunistas) denunciando al POUM como “fascista”.

La negativa ácrata a abandonarlo desató una lucha. Una facción reunió a anarquistas de la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica [FAI], y al POUM, que veían prioritario desarrollar la revolución para vencer. La otra aglutinó al PSUC, la Unión General de Trabajadores [UGT], Esquerra Republicana de Catalunya [ERC] y otras fuerzas menores con una prioridad opuesta: efectuar la revolución tras derrotar a los rebeldes. Para lograrlo proponían medidas como sustraer el control de las industrias de sindicatos y partidos, crear un ejército regular y un único cuerpo de seguridad interior. La liza acabó con la victoria de los últimos y unas 280 muertes. La CNT entró en declive y el POUM fue estigmatizado como fascista.

El episodio –definido como “una guerra civil en la guerra civil”- influyó en la remodelación del gobierno catalán y del republicano (el presidente Francisco Largo Caballero fue substituido por Juan Negrín) y desde entonces ha merecido lecturas opuestas: la de la victoria del “orden revolucionario” o la del triunfo de “la contrarrevolución”.

¿Dónde está Nin?

El corolario de esa lucha fue la desaparición de Nin, secuestrado por la NKVD y ejecutado clandestinamente con la complicidad o el silencio de los comunistas españoles, un oscuro aspecto de su muerte. Sus verdugos justificaron torpemente su desaparición al presentarle como “agente fascista”, siendo famosas las pintadas “¿Dónde está Nin? En Salamanca o en Berlín”.

Hoy conocemos casi todos los pormenores de la muerte de Nin gracias al documental televisivo, “Operació Nikolai” (TV3, 1992), especialmente por su consulta de archivos soviéticos. El programa desveló detalles y protagonistas de la trama criminal y confirmó lo apuntado por historiadores como Pagès o Francesc Bonamusa y testimonios de la época, notablemente el del exministro comunista Jesús Hernández (Yo fui ministro de Stalin, 1953). Sabemos, pues, que fue responsable del crimen Alexander Orlov (alto cargo de la NKVD que después eludió las purgas de Stalin exiliándose en Estados Unidos) con el húngaro Erno Gerö (Pedro, responsable de la Internacional Comunista que intervino activamente en la organización del PSUC) y un ruso-brasileño llamado José Escoy (Juzik). Pero también españoles no identificados participaron en la desaparición de Nin.

No obstante, el asesinato de Nin no sólo lo determinó la dinámica política catalana, pues fue asimismo inseparable de la soviética. Ésta estuvo marcada por los llamados “procesos de Moscú”, que llegaron a su punto álgido los años de nuestra Guerra Civil y supusieron una depuración de la “vieja guardia” y del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) que se habría saldado con un millón de ejecuciones. En este contexto, también fue llamado a Moscú y posteriormente ejecutado el cónsul soviético en Barcelona, Vladimir Antónov-Ovseenko, un revolucionario de primera hora.

La singular trayectoria de Nin como marxista “heterodoxo”, sus esfuerzos por conciliar marxismo y nacionalismo, y su asesinato constituyen los elementos que le han convertido en el símbolo de la Guerra Civil percibida como una “revolución traicionada” por el comunismo, erigiéndose en su mito más emblemático.


UNA RÚBRICA DE STALIN QUE VALE 22.000 VIDAS

mayo 18, 2010

 

Documento desclasificado sobre Katyn con las marcas de lápiz azul de Stalin.

JOSEF STALIN en marzo de 1940 ordenó ejecutar en secreto entre 15.000 y 25.000 presos polacos, oficiales del ejército en su mayoría. La gran masacre tuvo lugar en su mayor parte en los bosques de Katyn. La URSS nunca admitió haber realizado el crimen y lo atribuyó a las tropas alemanas. Solo bajo el gobierno de Mijail Gorbachov en 1989 reconoció lo sucedido, pero han tenido que pasar más de 20 años para que los documentos probatorios vean finalmente la luz.

Ello ha sido posible por orden expresa del presidente Dimitri Medvédev y ahora se pueden consultar on line en la web de la Agencia de Archivos Federal Rusa (Rosarjiv): http://www.rusarchives.ru/publication/katyn/spisok.shtml En los de su “carpeta especial nº 1” figura un texto de Lavrenti Beria, que con fecha 5 de marzo dirige a Stalin con la propuesta de ejecutar a los oficiales polacos y muestra la marca de lápiz azul del visto bueno del dictador soviético.

Su desclasificación se enmarca en lo que parece ser una política de gestos de Medvédev para acabar con tabúes de la historia soviética, pues este mes de mayo se ha emitido en el Canal Uno de Rusia una entrevista efectuada al mariscal soviético Georgi Zhúkov -el artífice de la defensa de Moscú en 1941- que grabó la televisión en 1966 y fue censurada por sus declaraciones desmitificando la historia oficial. En ella manifestó que no fue la resistencia de las tropas lo que contuvo al enemigo ante la capital (señaló que el dispositivo militar soviético “era absolutamente insuficiente”), sino que su desplazamiento fue lento debido a diversos factores, especialmente el clima invernal. Ésta es  accesible en You Tube en diversos fragmentos.

No obstante, tales afirmaciones no eran totalmente nuevas. En junio de 1965 Zhúkov había publicado su visión de la batalla de Moscú donde ya se mostró crítico con Stalin, como refleja este párrafo de su versión publicada en España el pasado año, Grandes batallas de la II Guerra Mundial (Península): “Entonces quedó patente que Stalin se proponía sustituir a la totalidad del mando del ‘frente’. A mi juicio, aquélla no era la mejor solución para la situación existente” (p. 85). Eso sí, junto a tales apuntes, el mariscal continuaba exaltando los esfuerzos decisivos del Partido Comunista (véase, por ejemplo, la p. 104).

Edición del testimonio de Zhúkov sobre su experiencia bélica el pasado año por Península.

Ateniéndonos a la casuística expuesta, parece que en los próximos años algunos de los aspectos más controvertidos de la era de Stalin serán objeto de valoraciones más ponderadas en la Rusia actual. Pero hay que ser cauto al respecto, pues en una entrevista que hicimos al historiador Antony Beevor para la revista CLÍO en diciembre de 2009 éste fue claro sobre la férrea censura imperante en los archivos rusos: “Ahora es muy difícil investigar en Rusia porque hay un estado total de negación”, manifestó. (véase sus declaraciones en Clío, 98, p. 39).


NOTAS DE LECTURA: LOS AMERICANOS QUE SOÑARON CON MOSCÚ

abril 14, 2010

 


 
Autor: Tim Tzouliadis
Título: Los olvidados. Una tragedia americana en la Rusia de Stalin
Editorial: Debate, 522 páginas, 24.9 euros
 

TIM TZOULIADIS (Atenas, 1968) estudió Ciencias Políticas, Filosofía y Económicas en Oxford y ha trabajado como periodista y director de documentales para diversos canales de televisión.  El tema del presente libro precisamente está vinculado a su investigación de un documental dedicado a los campos de concentración soviéticos, pues al realizarlo halló una historia apenas conocida: iniciada la Gran depresión en 1929, miles de estadounidenses partieron hacia la URSS en la década de los años treinta atraídos por la propaganda soviética que  dibujaba un paraíso idílico. Pero allí pronto constataron la diferencia entre la arcadia soñada y la dura realidad soviética, de la que el terror de Joseph Stalin formó parte e impidió que muchos de ellos no regresaran a EE.UU..

Solo empezar su odisea, los estadounidenses que llegaron a la meca del comunismo devinieron apátridas: por una parte, fueron privados de sus pasaportes (que la policía política empleó en labores de espionaje) y, por otra, perdieron su ciudadanía americana. El resultado fue que quedaron indefensos en el país de acogida y muchos de ellos fueron secuestrados y enviados a campos de trabajos forzados en el Gulag.

Uno de los casos más ejemplificadores de la destrucción de esta fe en el comunismo es el de Lovett Fort-Whiteman, profesor del colegio angloamericano de Moscú y cofundador del Congreso de Trabajadores Afroamericanos. Inquieto por el trato que se daba en EE.UU. a estos últimos partió a la URSS convencido de que allí podría vivir una hermandad social entre los hombres. Su experiencia contrastó brutalmente con sus sueños: tras solicitar un permiso para volver a su país, se le negó el visado. Denunciado como contrarrevolucionario por un miembro del PC estadounidense fue detenido y enviado a un “campo de trabajo correccional” en Kazajstán, donde recibió una dura paliza al no cumplir su cuota de trabajo y murió de hambre y con el cuerpo destrozado (sus dientes saltaron por los golpes que le dieron sus carceleros).

El libro de Tzouliadis, además, no solo se centra en la colonia estadounidense en la URSS, sino que  igualmente analiza las relaciones entre Stalin y Franklin D. Roosevelt y, por ejemplo, expone cómo el gobierno de éste último compró oro soviético. Ello no dejó de ser una doble paradoja, pues el preciado material fue extraido de la siniestra mina siberiana de Kolimá por prisioneros americanos gracias -y esta es la otra paradoja- a la labor de un ingeniero estadounidense, Jack Littlepage. Éste, tras mostrarse reacio a acuidr a la URSS, finalmente lo hizo y diseñó el método de extracción del mineral en aquella mina de inclementes condiciones de trabajo  (“Kolimá, Kolimá, maravilloso planeta, / Doce meses de invierno, y el resto, verano”, entonaban los reos). No obstante, a diferencia de sus compatriotas, Littlepage tuvo más suerte y pudo volver a su país. 

En este contexto de brutalidad de las autoridades hacia los emigrantes americanos fue llamativa la actitud sumisa del embajador de EE.UU. ante la autoridades soviéticas. Y es que a Joseph Davies le inquietó más obtener el favor del dictador soviético -por la facinación que en él despertaba- que por ayudar a sus compatriotas abandonados. Así las cosas, cuando en 1941 publicó sus memorias Misión en Moscú, los diplomáticos que trabajaron con él aludieron a la obra como Sumisión en Moscú.

Tras el fin de la URSS  se constituyó una comisión conjunta ruso-estadounidenses para aclarar la suerte de los inmigrantes de los años treinta, pero sus labores están estancadas, a la par que los archivos personales de Stalin y de la KGB siguen cerrados, por lo que pocas posibilidades hay de conocer el destino último del contingente estadounidense que creyó en la bondad de la Unión Soviética.

Para concluir la reseña, debe destacarse que esta obra no se dirige a estudiosos o especialistas, sino a un público muy amplio. En este sentido, es muy asequible por su prosa fluida y su ágil relato, a medio camino entre el ensayo històrico y la crónica periodística. No es extraño, pues que ganase el Premio Longman-History Today de 2009.


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