NOTAS DE LECTURA: ¿HISTORIAS O HISTORIA DE ESPAÑA?

Fusilamientos del tres de mayo, de Francisco de Goya. El mito de la resistencia antifrancesa ha sido decisivo en la configuración de las mitologías nacionales españolas, tanto liberales comon conservadoras.

ENTRE EL AÑO 2008 Y EL 2009  SE HA PRODUCIDO UN ALUD DE HISTORIAS DE ESPAÑA. El historiador y novelista José Luis Corral publicó Una Historia de España (Edhasa); Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga actualizaron su best seller Breve historia de España (Alianza; el periodista Federico Jiménez Losantos y el publicista e historiador César Vidal han escrito Historia de España (Planeta); el historiador José Enrique Ruiz-Domènec ha publicado España, una nueva historia (Gredos) y el hispanista Stanley G. Payne, España. Una historia única (Temas de Hoy). A estas obras hay que sumar la Historia de España dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares (coeditada por Crítica y Marcial Pons), cuyos primeros volúmenes aparecieron en el 2007 y que también es “de autor”: diez de sus doce tomos previstos son obra de un único experto. ¿Por qué se produce este aluvión de historias de España? ¿Qué tienen de diferentes? Este artículo intenta responder a ambas cuestiones o, al menos, ofrecer pistas para que el lector elabore su propia explicación.

EN PRIMER LUGAR, estas historias desean llenar un hueco importante: la carencia de monografías asequibles para un público amplio, pues España no cuenta con una tradición de divulgación de la historia similar a la anglosajona o la francesa. En general, en el ámbito académico ha faltado una apuesta global por la divulgación y los esfuerzos se han centrado en la investigación, de modo que la divulgación se ha convertido en el “pariente pobre” del mundo académico, que la consideró un género menor (por no decir ínfimo) y le dedicó escasas energías, canalizadas frecuentemente en la redacción de libros de texto y manuales. Además, los trabajos de divulgación tienen un peso insignificante en el baremo de méritos universitarios, lo que aún hace más disuasorio para los académicos el cultivo de este género. El resultado es que se ha creado una amplia brecha entre los profesionales de la historia y el mercado, que algunas de estas síntesis intentan colmar. Paralelamente, las reformas de los planes de estudio han parcelado, diluido o singularizado los contenidos de historia, lo que ha fragmentado la percepción del pasado entre las nuevas generaciones.

EN SEGUNDO LUGAR, una segunda cuestión actúa como acicate de las nuevas monografías históricas: la reflexión sobre la identidad de España. Con el Estado de las autonomías, la idea de España como nación ha sido cuestionada por los “nacionalismos periféricos”, que preconizan una España concebida como suma de naciones. De ahí las distintas concepciones de España que proyectan estas síntesis. Por una parte, comparten el deseo de acabar con un pesimismo atávico que explica nuestra evolución de fracaso en fracaso: fracaso de la Ilustración, del liberalismo, de la industrialización, de la democracia… Por otra parte, reivindican el pasado compartido.

EN TERCER LUGAR, otro elemento explicativo de este flujo de monografías de nuestra historia radica en el papel social del historiador: ¿debe actuar como creador de opinión? Corral ha llamado la atención sobre el hecho de que nuestra sociedad parece muy interesada por la historia, pero no refleja muchas conexiones con el mundo académico: “Cuando se pregunta a los ciudadanos de Francia, Alemania, Italia o Inglaterra por los veinte personajes más influyentes del país, suelen incluir a tres o cuatro historiadores en esa lista; en España no figuraría ni uno entre los mil primeros”, ha escrito.

POR ÚLTIMO, un factor que a nuestro juicio marca esta producción de obras es el afán de hacer textos asequibles. Quienes estudiaron –y estudiamos– historia en las universidades de los años 1970 y 1980 nos adentramos en una ciencia caracterizada por conceptos abstractos, muy raramente protagonizada por individuos, narrada con un lenguaje de experto, denso y complejo. Así las cosas, quien esto suscribe leyó más de una obra plúmbea no tanto por su contenido, sino por la confusión de aridez narrativa con cientifismo y de oscuridad conceptual con rigor. Tan lamentable percepción aún perdura, lo que hace más que deseable que los historiadores asuman la máxima de Ortega y Gasset: “la claridad es la cortesía del filósofo”.

Afortunadamente, ahora es cada vez más importante la manera de narrar, de ahí que se recurra a la vida de los individuos para transmitir ideas, percepciones y situaciones de su época; se seleccione textos, frases y testimonios por su capacidad de evocar el pasado; y se recurra a una exposición clara y asequible. Con todo ello también gana relieve la voz del autor, pues escoger es igualmente un modo de opinar. En las obras aquí comentadas se advierten estas tendencias de distinta manera: más biografía, más narración, más claridad o contundencia expositiva.

Sin embargo, el lector que busque “la síntesis” no hallará la panacea en el plantel de ensayos apuntado. Es más: si navega a través de ellos descubrirá que la historia de España se puede narrar de modo muy diferente y hasta contradictorio. Descubrirá también que la “obra canónica” no existe: hay tantas potenciales visiones del pasado español como puntos de vista de los historiadores. En las obras citadas conviven ideología, divulgación y narración; esencialismo y antiesencialismo; antinacionalismo periférico y exaltación desacomplejada del pasado común español; matices y brochazos; argumentos apolillados y perspectivas innovadoras.

En definitiva, parece dibujarse una historia de España mucho más coral, pero también más cacofónica; tendencia que –auguramos- se acentuará en el futuro. Ante semejante panorama, no hay varitas mágicas y el mejor proceder es el que sigue el lector de prensa aplicado: no leer un solo diario, sino varios, y luego construirse mentalmente el propio.

Síntesis de los argumentos esenciales de nuestro  artículo X. Casals, “Historia de las historia de España”, Qué leer, 142 (abril 2009), pp. 54-59.

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