NOTAS DE LECTURA: “MUSSOLINI SECRETO” O UN DUCE POCO AMIGO DE FRANCO Y MÁS ANTISEMITA QUE HITLER

  MUSSOLINI SECRETO (Crítica) es una selección de fragmentos de diario que la célebre amante del Duce, Clara –Claretta– Petacci inició en octubre de 1937 y continuó hasta su asesinato por los partisanos en 1945. Conoció al dictador en 1932 y devino su amante cuatro años después, tras separarse de su esposo. El dictador y ella se llevaban más de 30 años: Mussolini tenía entonces 53 y Clara -nacida en 1912- solo 20.

En esta obra el periodista Mauro Suttora escoge los pasajes que considera más destacados del dietario de Petacci del período 1932-1938 y muestra tanto el rostro humano del Duce como su visión de la política en privado. Ello es de gran interés porque éste desde 1936 –según su magno biógrafo Renzo de Felice- “se encerró en sí mismo. No tenía amigos, no frecuentaba a nadie […], desconfiaba de todo y se sentía rodeado de colaboradores débiles e inseguros”.

El libro contiene numerosos elementos de interés, de los que aquí solo destacaremos que rompe con los tópicos de proximidad “latina” del fascismo al franquismo, percibido como una realidad más próxima.

El Duce era poco amigo de Franco

Franco, ya durante la Guerra Civil, inspira a Mussolini escasa confianza. Así, en diciembre de 1937 hizo este gráfico comentario sobre él: “es un idiota. […] Hace cuatro meses que podía ganar la guerra. Si los españoles fuesen la mitad de agresivos que los japoneses, a estas horas ya se habría acabado todo. Pero son indolentes, perezosos, tienen muchos rasgos de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Por esto los españoles tienen esta naturaleza, comen y duermen poco”.

En realidad, el futuro dictador español le resulta un incómodo personaje al dilatar la conclusión de la Guerra Civil, pues está enfrascado en una guerra de aniquilación del enemigo, algo que Mussolini no comprende: mientras el primero quiere una larga guerra de conquista, el segundo desea una guerra rápida. El resultado es que humor del dictador italiano hacia Franco es voluble. Por una parte le considera un leal subordinado (“me obedece, siempre me ha obedecido, me tiene en gran estima […], me admira mucho. Hace todo lo que le digo) y por otra le enoja al no vencer: “cuando ve que el adversario se tambalea, en vez de asestarle el golpe definitivo, le da tiempo para recuperarse. […]. Espera, espera. Pero a qué espera, maldición…” Concluye de modo significativo: “Me muero de rabia”.

Ramón Serrano Suñer, Franco y Mussolini en su encuentro en Bordighera en febrero de 1941. Pese a las apariencias y las reflexiones de Franco elogiosas hacia el Duce, éste le menospreció.

De ello infiere una supuesta particularidad del carácter español: “El español es sumamente orgulloso y soberbio, tiene siglos de historia. Carlos V dominó Europa. Como soldado, es valiente, no tiene miedo a morir, es fatalista, medio árabe, de modo que se lanza de pleno sin pensar ni tener miedo. Pero le falta ímpetu […], no ataca. Para eso hace falta el italiano”. En todo caso, Mussolini no muestra especial proximidad o afinidad hacia Franco.

Un antisemita más radical que Hitler

A la vez, el Duce también se manifiesta portador de un antisemitismo y racismo más radical que el de Adolf Hitler y le irrita que le consideren su imitador: “Soy racista desde el 21. No sé cómo pueden pensar que imitó a Hitler, que no había nacido todavía. […] La raza debe ser defendida” para que los italianos “no engendren mestizos” y “estropeen lo que hay de hermoso en nosotros”. Le refiere a Pettacci que ya atacaba “ferozmente” a los judíos en 1923 (el dictador nazi publicó Mi lucha en 1925).

Mussolini detestaba ser considerado un antisemita émulo de Hitler, pues con su judeofobia afirmaba haber sido precursor del mismo.

A la vez, su antijudaísmo es sólido: “Es terrible que todo esté en manos de los judíos”, afirma Mussolini. Considera que “apestaban” y son una “raza despreciable”. El 18 de abril de 1938 es categórico sobre su suerte: “Estos sucios judíos, [son] un pueblo destinado a ser completamente eliminado”. Como se aprecia, su antisemitismo nada tuvo que envidiar al del Führer. Pero con las medidas raciales  de su régimen a partir de 1938 -según explicita a su amada- no quiere su exterminio, sino su aislamiento: “No se les hará ningún daño, pero no deben quitar el pan a nuestra gente. Que hagan su vida, que se dediquen exclusivamente al comercio, sin invadir nuestro terreno. […] El objetivo es purificar la raza y hacer trabajar a los arios en los puestos que ahora ocupan ellos”. La meta sería segregarles: “que vivan su vida lejos de la nuestra [..]. Dentro del Estado, pero por su cuenta, como extranjeros”.

Un manuscrito secreto de Estado

Otro aspecto relevante de los diarios de Petacci es que la parte de los mismos correspondiente al período 1939-1945, destaca Suttora, es aún secreto de Estado en Italia. El editor de la obra recoge así el testimonio del sobrino de la autora: Ferdinando Pettacci. Éste arguye que la brutalidad que los partisanos mostraron el 27 de abril de 1945 hacia su familia no fue gratuita: tras interceptar la caravana en la que acompañaban a Mussolini, violaron a su madre y mataron a su padre, hermano de Clara Petacci, así como a ésta última.

Ferdinando explica tal conducta con una sorprendente hipótesis: su padre, su tía y el Duce poseían correspondencia que podía comprometer a Churchill al plasmar supuestas tentativas de negociar una paz por separado entre 1944 y 1945. Para impedir que ésta transcendiera -siempre según Ferdinando- los británicos habrían hecho un trato con los partisanos: estos eliminarían a los hermanos Pettaci y como contrapartida se adueñarían del tesoro que acarreaban los jerarcas fascistas fugitivos (el “oro de Dongo”).

¿Guardaba Clara Petacci secretos comprometedores para Churchill que le valieron la muerte?

Ferdinando que por esta razón es aún imposible acceder a los diarios de su tía de 1939-1945. Es más, cuando en 1956 la familia los reclamó al Estado el ministerio fiscal manifestó que “su divulgación podría perjudicar las buenas relaciones diplomáticas con otros países”. Por último, aunque una ley del 2007 impide que el secreto de Estado dure más de 30 años, en este caso no es así, a la par que han desaparecido más de 300 cartas inventariadas de la amante del Duce. Sea cierto o fantástico el argumento de Ferdinando, los diarios de su tía parecen ser un “material sensible” para el Estado italiano. Finalmente, invita al lector a comentarle sus observaciones mediante una dirección de corro de EE.UU., donde reside.

En todo caso, estamos ante una lectura más que interesante, ya glosada extensamente en nuestro artículo “La amante de Mussolini revela sus secretos”, Clío, 109 (2010), pp. 58-65.

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