EL POPULISMO QUE VIENE (59): ¿HAY QUE SILENCIAR MEDIÁTICAMENTE A LA DERECHA POPULISTA?

Entre 1991 y 1993 se optó por silenciar mediáticamente a Jean-Marie Le Pen. ¿Fue una buena opción?

¿HAY QUE SILENCIAR MEDIÁTICAMENTE A LA DERECHA POPULISTA? ¿Se la debe privar del acceso a los medios de comunicación para evitar que progrese electoralmente?

La respuesta a la pregunta no es sencilla, pues -como se ha visto en las últimas elecciones autonómicas celebradas en Cataluña- la disminución de la presencia mediática del candidato Josep Anglada y la Plataforma per Catalunya [PxC] las semanas previas a la jornada electoral cabe pensar que pudo tener impacto en las urnas, aunque éste es difícil de calibrar.

Ello es debido a que posiblemente sus votantes ya habían escogido su opción o tenían suficientes elementos sobre lo que votar a Anglada representaba. Recordmeos al respecto que el politólogo francés Pascal Perrineau expone que primero se produce una “lepenización de los espíritus” (es decir, de las mentes) que luego se materializa en votos. Por tanto, existía ya una sensibilización del electorado angladista antes de acudir a las urnas.

El ejemplo de Francia

Pero volvamos a la cuestión inicial. Para responderla el ejemplo de lo que sucedió en Francia con el Frente Nacional [FN] en los años noventa -los de su consolidación- puede ayudarnos a buscar una respuesta. El politólogo Pierre-André Taguieff, en su análisis “Antilepénisme: les erreurs à ne plus commettre” -contenido en David Martin-Castelarnau (dir.), Combattre le Front National (Editions Vinci, París, 1995)- valoró todas les estrategias empleadas contra el lepenismo y entre ellas figuraba el intento de silenciarlo desde los medios de comunicación.

Como recogíamos en Ultrapatriotas, esta opción tuvo costes: desarrollada sobre todo entre 1991 y 1993, consistió en ni mostrar ni hacer hablar a Le Pen: esto sería abolir su figura pública”. Ello tuvo la virtud de evitar situar el lepenismo en el centro del debate político, pero  le dejó hablar sin replicar y la “invisibilidad mediática” frentista fue hábilmente empleada por Le Pen al presentarse como víctima de un complot del establishment para silenciarle”.

Por esta razón, Taguieff no la consideró una estrategia válida a seguir, señalando que las que podían mejores y entonces no habían sido empleadas eran dos. Una se centraba en hacer pedagogía política de las contradicciones del discurso lepenista  (un “acoso argumentativo”), mostrando  mentiras e incoherencias del lepenismo siguiendo el lema “argumentar, antes que anatemizar”. Por ejemplo, Taguieff consideraba necesario mostrar como eran antitéticas las exigencias simultáneas del FN de limitar el sistema de protección social vigente y al mismo tiempo aplicar medidas de “preferencia nacional” (imposibles de ejecutar sin un poderoso Estado del Bienestar).

La última estrategia que señalaba Taguieff era indirecta: contener al FN incidiendo en las causas sociales que favorecían su ascenso, como el paro, la precariedad laboral, la inseguridad ciudadana o la degradación de los suburbios. Dado que la xenofobia y el racismo son fenómenos multifactoriales, según Taguieff sólo se le puede oponer un antirracismo “realista e inteligente” atendiendo a su carácter multifactorial.

Silenciar, pues, no parece la mejor opción

Ateniéndonos a lo expuesto, lo más razonable es informar de estos partidos siguiendo criterios que evitar sobredimensionar o infravalorarlos en función del único indicador seguro que tenemos: sus resultados en las urnas. Si son extraparlamentarios o se hallan al margen de las instituciones no tiene mucho sentido otorgarles atención. ¿Cual es entonces la razón para dedicarles atención? ¿Y por qué unas siglas son representativas y otras no?

La próxima entrada concluirá nuestra reflexión centrándose en el tratamiento informativo de la PxC.

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