NOTAS DE LECTURA: “EL CEMENTERIO DE PRAGA” O LA FASCINACIÓN DE LA MALDAD

Sorprende la polémica que ha generado la última novela de Umberto Eco, El cementerio de Praga (Lumen, 2010,  592 pp.) que recoge Antonio Lozano en Qué leer (nº 161). Ésta ha sido criticada por L’Osservatore romano –pues supuestamente presenta a los jesuitas como antisemitas- y el gran rabino de Roma, Ricardo di Segni, que en el semanario L’Espresso ha considerado que “al final el lector se pregunta si los judíos quieren o no derrocar a la sociedad y gobernar al mundo”. El gran reproche es la “ambigüedad moral” del texto, pues junto al protagonista –un falsificador de documentos antijudío- no existe otra figura que actúe de contrapunto moralizador. Eco -señala Lozano- ha replicado despreocupado a tales comentarios: “el que redacta un manual de química no es responsable de que alguien lo emplee para matar a su abuela”.

Un falsificador profesional

La base de la acusación de judeofobia radica en la actuación del protagonista del relato, el capitán y notario Simone Simonini, nacido en Turín hacia 1830, en el seno de una familia acomodada. Es nieto de un paranoico seguidor del abate Augustin Barruel que ve conspiraciones masónicas por doquier- y un padre de ideología opuesta, que se suma a la lucha por la unificación de Italia. Sin embargo, el primero moldea las ideas de Simonini y éste –a lo largo de su labor como falsario profesional- combina las cosmovisiones complotistas con una rara habilidad para producir documentos amañados. De este modo, produce textos antimasónicos o antijudíos según la demanda de sus clientes.

Así, el protagonista inicia su carrera trabajando para los servicios piamonteses infiltrado en las filas garibaldinas y luego se desplaza a Francia. Allí labora para los servicios galos que siguen a revolucionarios y partidarios de la Comuna e implican falsamente al oficial judío Alfred Dreyfus en una traición. La creciente fama de Simonini hace que también sea requerido por jesuitas y prusianos para generar documentos ficticios o crear atentados que permitan desviar la atención o reforzar el orden público. En estos cometidos, destaca por combinar su talento con escasos ascos a la violencia y al asesinato si halla algún obstáculo a sus planes o cometidos.

En este marco, el título de la novela alude al “producto” de mayor relevancia de Simonini: su transcripción de una pretendida reunión de rabinos en el camposanto de Praga donde estos exponen ambiciosos planes de dominio sobre la sociedad. La novela expone como el texto circula exitosamente en medios antisemitas y elabora una versión substancialmente ampliada y mejorada para la policía política zarista, que –convenientemente traducida y remozada a las necesidades políticas del momento- genera un documento clave en el antisemitismo del siglo XX: Los protocolos de los sabios de Sión.

“El gran rabino de Roma ha criticado la obra de Eco por su ambigüedad moral”

Los protocolos nutrieron ideológicamente el antijudaísmo europeo y el hitlerismo en particular. Los conforman actas de una supuesta reunión de sabios judíos que explicitan sus planes para apoderarse del mundo. Vio la luz a inicios del siglo XX de la mano de Sergei Nilus en la Rusia imperial y conoció una amplia difusión.

En definitiva, Eco se vale de un personaje de ficción -Simonini- para transitar por universos antimasónicos y antisemitas con personajes verdaderos (Leo Taxil, Maurice Joly, Edouard Drumont).

¿Una novela antisemita?

La obra de Eco, pese a su presentación formal folletinesca (con frecuentes grabados de la época de la obra), no es fácil. El autor hace gala de su erudición de nuevo y para seguir sin perderse las andanzas del protagonista en la convulsa Europa de la segunda mitad del siglo XX –de la unificación de Italia a la Francia del segundo imperio- hay que tener conocimientos. Además, a obra está narrada desde tres perspectivas: la de Eco y la de Simonini, que como sufre un desdoblamiento de personalidad expone sus actos a dos voces. Ahora bien, la trabajosa lectura permite adentrarse por el mundo de fantasías conspirativas decimonónicas y la actuación de los servicios de información.

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Portada de “Los protocolos de los sabios de Sión” en su edición rusa.

¿Estamos ante un relato antisemita? Rotundamente no. Eco marca distancias con su protagonista y no hay exaltación de sus sentimientos xenófobos, a la par que muestra su misoginia y su falta de escrúpulos ante los homicidios, todo ello acompañado con voracidad crematística. Simonini no escriba por idealismo, sino por pragmatismo: está a sueldo del mejor postor. Además, Eco deja claro el papel instrumental de su antisemitismo al servicio del poder.

Entonces… ¿Cuál es el problema? Probablemente éste radica en el hecho de que el protagonista y narrador es un malvado por excelencia –un antisemita asesino- que a lo largo de las 500 páginas del relato establece una cierta empatía (que no simpatía) con el lector. Ello deja claro que los verdugos o criminales también son humanos y contemplarlo puede sorprender al lector.

La humanidad de los verdugos

En este aspecto, coincidimos con el crítico galo Pierre Assouline, quien desde las páginas de L’Histoire (nº 360) ha remarcado que una situación un tanto análoga a la del relato de Eco ya se produjo al publicarse Las benévolas, de Jonathan Littell, pues su protagonista era un nazi implicado en el genocidio judío de modo frío y calculador. Lo turbador en ambos casos, desde nuestra óptica, es que revelan la humanidad de los verdugos y su mayor o menor abyección no está exenta de contradicciones y sentimientos, aunque –por motivos obvios- estos no sean nobles, sino execrables.

Este es el problema de obras literarias tan notables como han creado Littell o Eco: que el protagonista encarna de modo distinto y similar el mal absoluto, pues contribuye al genocidio de modo intelectual o material. Quizá esta sea una aportación a tener en cuenta para comprender como funciona la difusión del pensamiento paranoico y sus consecuencias criminales: no es generado por idealismo, sino por pragmatismo. Algo que las estigmatizaciones absolutas hacen olvidar.

En definitiva, la supuesta perversión implícita en su lectura –la simpatía que pretendidamente puede suscitar el malvado- quizá puede ser el mejor antídoto para combatirlo.

Bibliografía

* Sobre los Protocolos y su historia, puede verse un resumen en nuestro artículo “Los Protocolos de los ‘Sabios de Sión’. Cómo se inventa una conspiración”, Clío 61 (noviembre 2006), pp. 52-57. La obra clásica sobre estos es El mito de la conspiración judía mundial. Los Protocolos de los Sabios de Sión, de Norman Cohn (Alianza Editorial, Madrid, última edición 2010).

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