EL CULEBRÓN DE WIKILEAKS O LA TRANSPARENCIA DEMOCRÁTICA QUE NO LO ES TANTO

La polémica envuelve a Assange, no solo por supuestos delitos sexuales, sino también por su colaboración con antisionistas y antisemitas y su presunta falta de control de la información que gestiona.

ENSALZADA WIKILEAKS largo tiempo como un referente del nuevo periodismo que garantiza el acceso a la información reservada de los ciudadanos y facilita así garantizar sus derechos democráticos, ahora parece ser las cosas no están nada claras por dos razones: una es el largo culebrón desatado en torno a su líder, Julian Assange, y la otra su última decisión de publicar la totalidad de los 250.000 cables diplomáticos de que dispone sin ocultar la identidad de las fuentes.

Cinco medios de comunicación internacionales (The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País) han condenado este hecho, pues consideran que revelar la identidad de los informantes puede poner en peligro a las fuentes citadas y se denuncia que Wikileaks ha acabado con la manera de informar que ella misma inventó. Por su parte, Reporteros Sin Fronteras ha retirado su apoyo a la organización.

En cuanto a Assange, se ha desatado un largo culebrón sobre su figura (en el que no han faltado denuncias de colaboración con antisemitas) y su entorno que dice mucho sobre la falta de transparencia del mismo y que resume la información que reproducimos a continuación de la agencia estatal germana Deutsche Welle, de Luna Bolívar editada por Pablo Kummetz (1/IX/2011) y cuyo texto original puede leerse clicando aquí.

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La enrevesada historia en torno a los cables ocultos de Wikileaks

Datos delicados y peligrosos circulando sin control por la Red. Supuestas traiciones, acusaciones de robo, códigos secretos. La historia de Wikileaks y sus misteriosos informáticos se acerca cada vez más al thriller.

Wikileaks no es tan transparente como presume.

Los derechos de su libro Inside Wikileaks: el tiempo que pasé en la página web más peligrosa del mundo ya se los ha vendido Daniel Domscheit-Berg a la productora cinematográfica Dreamworks, pero con el relato del alemán parece no acabar la parte de la historia en torno a esta plataforma digna de ser llevada a la gran pantalla.

Julian Assange, fundador de Wikileaks, está enfadado, y el portal acaba de emitir una declaración escrita en la que acusa de negligencia al periodista del diario británico Guardian David Leigh y “a una persona en Alemania”, cuyo nombre no se cita, por propagar para beneficio personal la contraseña que da acceso a más de 250.000 cables del Departamento de Estado estadounidense, en los que aún constan los nombres de informantes cuya vida podría estar ahora en peligro.

La clave, según las quejas de Assange, se hallaba cifrada en el libro de Leigh Inside Julian Assange’s war on secrecy, publicado el pasado febrero. Los datos que pueden leerse con ella habrían llegado la Red por culpa de Domscheit-Berg. Tanto el uno como el otro lo niegan.

Un robo o una puesta a salvo

Daniel Domscheit-Berg fue durante casi tres años miembro de Wikileaks, una de las pocas caras conocidas de su secreta estructura, portavoz de la plataforma en Alemania, amigo de Assange, compañero en los inicios. Hasta que en 2010 se produjo la ruptura. Domscheit-Berg dejó el portal, o fue expulsado, y se vengó, o limpió su conciencia, con el libro en el que describía a Assange como autoritario y obsesionado con las revelaciones por encima de la seguridad, y hablaba de Wikileaks como un organismo caótico incapaz de proteger la valiosa información en su poder.

Poco después, en diciembre de 2010, el alemán anunciaba su intención de poner en marcha, junto con otros desencantados de Wikileaks, un servicio alternativo para el intercambio de datos confidenciales en Internet, destinado especialmente a la prensa: OpenLeaks salía en 2011 al ciberespacio, pero a mediados de año aún se veía afectado por problemas técnicos. Para entonces, Domscheit-Berg y Assange libraban ya una batalla en toda regla: el segundo acusaba al primero de robo y apropiación de documentos.

Según Domscheit-Berg, el material no había sido sustraído sino puesto a salvo de la falta de control de Assange, y se trataba exclusivamente de información ya publicada por la plataforma. Ésta fue finalmente devuelta, pero el enfrentamiento continuó por unas secuencias de datos no conocidos que el fundador de Wikileaks reclamaba y el alemán aseguraba no tener, y que resultaron estar ocultas y codificadas entre los archivos ya sacados a la luz, lo que Domscheit-Berg dijo, indica el magazín germano Der Spiegel, no conocer.

La cosa se complicó cuando, según se cree a principios de 2011, simpatizantes de Wikileaks colgaron en la Red una copia del archivo que, sin ellos saberlo, contenía además los 251.000 cables originales del Departamento de Estado de EE.UU. Mientras nadie los encontrase y la clave de acceso no se propagara, no había nada que temer. Pero el revuelo levantado despertó demasiadas curiosidades: investigadores y hackers aficionados dispuestos a resolver el misterio empezaron a surgir con el correr de los rumores. En el momento en que apareció la pista definitiva –el código estaba en el libro de Leigh- fue una cuestión de tiempo hasta que los documentos estuvieron disponibles en la Red.

Un alemán, un australiano y un británico

En agosto de 2011, el club informático alemán Caos (Chaos Computer Club, CCC) expulsó a Domscheit-Berg. En una entrevista concedida a Der Spiegel, uno de sus directivos, Andy Müller-Maguhn, que había ejercido de mediador en el conflicto entre su compatriota y Assange, criticaba a Domscheit-Berg y ponía en duda la versión de que éste desconocía la existencia de datos no publicados.

Oficialmente, la ruptura se producía porque el CCC sentía que Domscheit-Berg usaba el nombre del Club para publicitar OpenLeaks. Inoficialmente, Spiegel achaca la suspensión a que el CCC sospechaba que el “entorno” del portal de Domscheit-Berg estaba tras la puesta en circulación de los indicios de que por Internet cursaban unos cables escondidos, que llevó a tantos a buscarlos.

También dice la revista alemana que fue un redactor del semanario Freitag, y colaborador de OpenLeaks, quien reveló que con conocimiento del medio la clave podía descifrarse en Inside Julian Assange’s war on secrecy. Freitag hizo una comedida referencia al tema, pero ésta resultó al parecer suficiente.

Sin embargo, tampoco el papel de Assange en la enrevesada cuestión está claro. Leigh narra su encuentro con él y lo que éste le informó acerca del código para acceder a los archivos, pero el periodista sostiene haber creído siempre que la secuencia de datos ya no existía, y a las actuales acusaciones de negligencia responde preguntando por qué su denunciante no borró los documentos o advirtió a los afectados –como ha hecho ahora- hace medio año, en febrero de 2011, cuando el libro con la contraseña salió al mercado.

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