NOTAS DE LECTURA: “¡MARCHANDO HACIA LA TUMBA!” O UNA CRÓNICA DEL EXTERMINIO

 Vassili Grossman, impulsor de El libro negro junto a Ilyà Ehreburg.

HEMOS PUBLICADO en La Vanguardia-Cultura/s (9/V/2012) una recensión de la magnífica crònica de Vasili Grossman i Ilyà Ehreburg, El libro negro (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011) bajo el título “¡Marchando hacia la tumba!”, que reproducimos a continuación

EN 1942 UN GRUPO DE CIENTÍFICOS y escritores judíos (que incluía a Albert Einstein) concibió la idea de reunir testimonios del exterminio cometido por Hitler en la URSS y los reputados escritores Vassili Grossman (1905-1964) e Ilyà Eherenburg (1891-1967) lideraron un amplio equipo de colaboradores con tal fin. El resultado de su labor fue El libro negro de los atroces crímenes en masa perpetrados por los fascistas alemanes contra los judíos en los territorios ocupados de la Unión Soviética y los campos de concentración de Polonia durante la guerra (1941-1945). Trabajaron en él desde 1943 y para elaborarlo reunieron 27 volúmenes de documentos, de los que seleccionaron y editaron materiales agrupados en tres categorías: cartas, diarios y relatos de víctimas; crónicas elaboradas por escritores, y declaraciones o dietarios de verdugos.

Pero el proyecto suscitó recelos del Kremlin al constatar que población soviética (especialmente letones y ucranianos) participó en el genocidio y, finalmente, en 1947 paralizó su publicación. Sus detractores incluso afirmaron que ofrecía “una versión engañosa del verdadero carácter del fascismo”, pues presentaba como objetivo del nazismo exterminar a los judíos y ocultaba sus crímenes contra otras nacionalidades. Así, El libro negro se difundió fuera de la URSS, mientras en Rusia durmió en una carpeta hasta 1993, cuando mereció una cuidada edición. Ésta contó con un prólogo del historiador Ilyà Altman que reconstruyó la odisea del texto y que ahora se ha traducido al castellano.

La obra constituye una crónica extraordinaria de la aniquilación judía que puede resumirse en una frase que los verdugos gritan a sus víctimas: “¡Marchando hacia la tumba!” (“En die Grube marsch”). De este modo, muestra como los nazis llevan a cabo su proyecto con frialdad (“Aquellas ejecuciones eran justas”; “Soy un hombre de temple firme”, comenta uno de ellos), eficacia (para hallar judíos escondidos un comandante aconseja “involucrar a los niños pequeños […] bajo promesa de dejarlos […] con vida”) y, sobre todo, brutalidad. Ésta última se plasma en violaciones, torturas y vejaciones de todo tipo, el asesinato de niños estrellando sus cuerpos contra el suelo (estaba prohibido dar a luz en los guetos) y genera actos de sadismo, como ejecuciones de grupos tendidos en zanjas que son aplastados por caballos lanzados al galope. A la vez, recoge duros momentos que atraviesan las víctimas, como el caso de un padre preso en Auschwitz que es obligado a clasificar ropa de niños gaseados y halla el vestido de su hija.Sin embargo, El libro negro también ilustra la solidaridad de la población hacia los perseguidos, su resistencia heroica en lugares como Treblinka o Varsovia o su enrolamiento en las filas del Ejército Rojo.

Podría pensarse que la obra, en la medida que reúne testimonios heterogéneos a lo largo de 1.200 páginas, conforma una compilación de materiales no concebida para ser leída, sino consultada. Tal percepción es un craso error: Grossman y Eherenburg la dotaron de enorme interés al configurar un retablo de horrores polifónico.

Imargen del gueto de Varsovia.

Eso sí, al adentrarse en su contenido el estado de ánimo deviene similar al que exhibe la superviviente Rajil Fradis-Milner tras exponer sus dramáticas vivencias: “Mi corazón se ha hecho de piedra. Creo que si le clavaran un cuchillo no saldría de él ni una gota de sangre”. lla barbarie de sus páginas y la fuerza de sus testimonios aún hoy sobrecoge y golpea al lector.

Los comentarios están cerrados.