NOTAS DE LECTURA: CUANDO BARCELONA ERA “LA ROSA DE FUEGO”*

Obreros amotinados durante la Semana Trágica en la Barcelona de 1909.

“ROSA DE FUEGO” era la expresión empleada por anarquistas de América al referirse al empaque revolucionario de la Barcelona de inicios del siglo XX. Pese a ello, en 1900 un patrono catalán, José Badía, veía al proletariado de la urbe poco radical: “El obrero es bueno, útil y dócil, pero en demasía impresionable”. ¿Cómo eran entonces los trabajadores de la capital catalana? Joaquín Romero Maura (Niza, 1940), doctorado en historia por Oxford, lo explica en La rosa de fuegoEl obrerismo barcelonés de 1899 a 1909  (RBA, Barcelona, 2012, 732 pp.).

Publicado en 1974 y ahora reeditado, este estudio de 400 páginas (y 300 de anexos y notas) reconstruye con minucia y perspicacia las condiciones de vida del proletariado, muestra las fluctuaciones de su encuadramiento político y organizativo, los altibajos de su violencia y sus nexos con el anarquismo y el republicanismo entre la derrota colonial de 1898 y la Semana Trágica de 1909. Su reedición está más que justificada por dos razones. Una es su estilo ágil y narrativo, que combina con habilidad explicaciones complejas y anécdotas ilustrativas, como la de un desertor preso que captó el carácter efímero de la insurrección anticlerical de 1909: liberado por los revoltosos, se negó a huir de la cárcel arguyendo que “eso que hacéis durará ocho días, y entonces me la cargaré por desertor y por revolucionario”. La otra es el gran conocimiento de las fuentes que refleja el autor, que le permite cuestionar tópicos arraigados, como reducir el influjo de Alejandro Lerroux a su demagogia (cuando fue un hábil constructor de partido) o mostrar el carácter poliédrico del anticlericalismo. Es, pues, una obra de referencia que resiste de modo admirable el paso del tiempo.

Un gran fresco de Barcelona

El libro traza una gran panorámica política y social de la Barcelona de la época, una ciudad cosmopolita de más de medio millón de habitantes (de los que 150.000 eran obreros) y culturalmente tributaria de Londres, París y Berlín. Expone como aquí los clamores regeneracionistas posteriores al desastre se tradujeron en el fin de las elecciones amañadas (el censo electoral de 1899 tenía 100.000 votantes, incluyendo a 27.328 ficticios y excluyendo a 37.000 verdaderos) y el hundimiento de los partidos dinásticos ante el empuje de nuevas fuerzas que conformaban partidos de masas, el catalanismo y el republicanismo acaudillado por Lerroux, mientras el movimiento obrero se reorganizó sentando las bases de su futuro crecimiento.

En este marco, la formación de Solidaritat Catalana, una candidatura que en 1906 unió a catalanistas, republicanos y carlistas (para oponerse al proyecto de ley de jurisdicciones) fue un catalizador político decisivo, pues favoreció tanto a la Lliga (su discurso catalanista devino hegemónico) como a Lerroux (que se mantuvo al margen de ésta y se creó un perfil propio, a diferencia de los republicanos “solidarios”). A la vez, en 1907 se constituyó la federación Solidaridad Obrera, que reunió a anarquistas, socialistas y lerrouxistas. Dos años después, la Semana Trágica puso de relieve cómo se habían establecido estrechos vínculos entre los obreros y Lerroux.

Un pasado muy presente

El resultado es un ensayo excelente, cuya lectura ofrece un incentivo inesperado en la medida que el paisaje político quedescribe reviste llamativas concomitancias con el actual. Nos referimos, por ejemplo, al descrédito de la política de los partidos tradicionales (que un personaje de un drama teatral de 1905 explicitaba así: “Político y hombre de bien no puede ser”); al enorme influjo de Cataluña en España, que el conde de Romanones (varias veces ministro), sintetizó de este modo: “Durante un cuarto de siglo, los gobiernos de España han vivido pendientes de las vibraciones catalanas”; o a los agricultores de Monzón (Huesca) que en 1898 pedían recortar gasto al Estado en estos términos: “La patria nos cuesta más de lo que vale. Para que estemos satisfechos de haber nacido en ella, hay que abaratarla”. ¿No resulta hoy todo ello de una familiaridad inquietante?

(*) Reseña publicada en ”“Ecos del pasado”, Cultura/s, La Vanguardia (3/X/2012), pp. 12-13.

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