“TIERRA DE NADIE”: HABLA UN EXMERCENARIO DEL GAL

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Cartel de  Tierra de Nadie.

“TERRA DE NINGUEM” (Tierra de nadie) es un documental que recoge el testimonio de Paulo Figueriredo, quien fue un mimebro de los Grupos Antiterroristas de Liberación  [GAL], que participaron en la “guerra sucia” contra ETA obra de una joven cineasta portuguesa, Salomé Lamas. Puede verse el trailer aquí: http://vimeo.com/59163051#at=0

Rafael Poch,  corresponsal de La Vanguardia en Berlín, ha publicado un interesante artículo al respecto (15/II/2013) que reproducimos a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores.

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Confesiones de un GAL en Berlín

La película ¿Terra de Ninguém¿ de la joven directora portuguesa Salomé Lamas expone la autoreivindicación de Paulo Figueiredo, autor del atentado contra el bar Batxoki de Bayona

El 8 de febrero de 1986 dos desconocidos entraron en el bar “Batxoki” de Bayona. Entraron por la puerta principal y salieron por la trasera, atravesando todo el local ametrallando a un grupo de clientes. Hirieron a seis personas, entre ellos un miembro de ETA, dos niñas y una mujer.

Paulo Figueiredo fue uno de los killers contratados por aquella cloaca del estado español, heredada del franquismo y renovada por el PSOE llamada GAL.

Figueiredo dice tener nueve asesinatos en su cuenta. Lo explica abiertamente en una singular película que acaba de estrenarse en la Berlinale.

En 1986 faltaba un año para que naciera Salomé Lamas, la joven directora portuguesa, de 25 años de edad, autora de “Terra de Ninguém” (Tierra de nadie).

La película expone la versión de Figueiredo sobre su propia vida. Lamas, una joven de manifiesto talento con estudios de cine en Lisboa, ampliados en Amsterdam y una tesis doctoral en camino en Coimbra, dice no estar interesada en la verdad, ni en la historia, ni en los hechos.

Al mostrar la versión, personal y autojustificativa, del killer Figueiredo, un hombre nacido en Angola y que fue miembro de los “comandos” portugueses encargados de las peores barbaridades de la guerra colonial, su película pretende ser una reflexión sobre la razón de Estado, sobre una biografía traumatizada.

Figueiredo “trabajó” en Angola, Mozambique y Rodesia como militar y mercenario. Cuando aquello se acabó, ejerció de guardia de seguridad en la metrópoli, fue contratado por la CIA en El Salvador y acabó siendo reclutado por los Amedo y Domínguez españoles.

Años después un asistente social pariente de la directora encontró a Figueiredo entre un grupo de marginales sin techo que vivían bajo el puente de una autopista de Lisboa.

El killer le contó su historia al asistente y éste a la cineasta, que vio enseguida un tema. “El pacto fue muy claro desde el principio”, explica Lamas: “él quería contar su historia y me quería usar para eso, y yo quería hacer una película”.

“Tierra de Nadie” es resultado de ese pacto. La directora no entra en juicios de valor, simplemente deja que Figueiredo explique su historia directamente al espectador, que, naturalmente, no compra lo que el killer le ofrece.

Tampoco es esa la intención de Figueiredo. El hombre no es tonto, sabe que lo suyo es insalvable, y parece conformarse con ser escuchado y obtener una cierta comprensión hacia lo injustificable. Es esa intención lo que humaniza al personaje y le concede cierta victoria.

El único personaje de la película aguanta bien las cinco sesiones del interrogatorio. Este tiene lugar en un espacio neutral para ambos, directora y personaje: un sector abandonado del palacio del Marqués de Pombal, en pleno centro de Lisboa.

Pero la verdadera tierra de nadie es la pretendida neutralidad de la película, en la que Figueiredo busca, “la absolución del espectador”, dice Lamas.

El relato del killer no es en absoluto inocente. Figueiredo fue detenido por lo del GAL, uno de los peces pequeños de aquel asunto fundamentalmente impune, y se pasó 15 años en la cárcel.

En el nivel de los hechos, su testimonio no explica nada que no esté ya en los sumarios. No revela nada, ni delata a nadie. Solo menciona a implicados del GAL ya conocidos o juzgados.

Dice que se negó a hacer un trabajo en el país vasco francés porque en el local había mujeres, una pretensión ética, que el caso “Batxoki” desmiente. Se presenta como un tornillo en la máquina de Estado que delega el trabajo sucio en gente como él.

Se pretende, incluso, éticamente superior a aquellos (guerrilleros africanos, salvadoreños o etarras) que eliminó, pero sus ojos y expresiones denotan un fondo de amargura interna que es lo que parece estar en el origen de su solicitud de absolución y rehabilitación.

Lamas dice que percibió un punto de ternura en la relación que este killer colonial y fascistoide mantiene con sus compañeros africanos sin techo, bajo el puente de autopista lisboeta que les sirve de morada. Sus trabajos para el Estado español le reportaron millones, pero “dinero mal ganado, dinero mal gastado”, explica Figueiredo. Víctima y soldado de la razón de Estado, el ex GAL portugués aparece hoy reducido a la indigencia material y moral.

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