EL ENIGMA DEL ASESINATO DE ALDO MORO CONTINÚA 35 AÑOS DESPUÉS: ¿SE QUISO IMPEDIR LA PARTICIPACIÓN EN EL GOBIERNO DEL PARTIDO COMUNISTA?

¿Quién mató a Aldo Moro?

El 9 de mayo de 1978 el cuerpo  de Aldo Moro es hallado por la policía en el maletero de un Renault-4 rojo.

CUANDO SE CUMPLEN 35 AÑOS DEL ASESINATO DE ALDO MORO, importante líder de la Democracia Cristiana [DC] italiana, su muerte continúa rodeada de numerosos enigmas.

Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 por un comando de las Brigate Rosse [Brigadas Rojas, BB.RR.], un grupo terrorista de extrema izquierda, cuando se dirigía al parlamento para que en Italia se conformara un gobierno de la DC con apoyo externo del Partido Comunista. Ello suponía plasmar el llamado “compromiso histórico”: la participación de los comunistas en el ejecutivo italiano. Se ha destacado que tal posibilidad, en plena Guerra Fría, suponía modificar el statu quo de zonas de influencia en un lugar tan sensible como el sur de Europa.

El resultado fue que el secuestro y asesinato de Moro a manos de sus captores frustró lo que hubiera sido un cambio político profundo y el llamado “factor K” (en alusión al acceso bloqueado del PC al poder, 1 y 2) siguió gravitando en Italia.

¿Fue este magnicidio un crimen de Estado? ¿Qué fuerzas influyeron de un modo u otro en el mismo? A continuación reproducimos una crónica al respecto de La Vanguardia (9/V/2013) que reúne los aspectos enigmáticos que más de tres décadas después aún rodean al suceso.

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¿Quién mató a Aldo Moro?

Más allá de los autores materiales -las Brigadas Rojas-, la sospecha de la existencia de una trama oculta salpica a servicios secretos, a la logia P-2 o a la red Gladio. | Las confesiones de los autores del secuestro y asesinato no esclarecieron el caso. | Especulaciones y medias verdades siguen salpicando el mayor magnicidio de la Italia moderna.

En la mañana del 9 de mayo de 1978 el cuerpo sin vida de Aldo Moro era descubierto por la policía en el interior de un Renault-4 rojo aparcado en la vía Caetani, en el centro de Roma. La aparición del cadáver del dirigente democratacristiano, acribillado por once balas, encogido y semicubierto por una manta en el maletero del vehículo ponía fin a un secuestro de 55 días llevado a cabo por la organización terrorista de extrema izquierda Brigadas Rojas (BR). El lugar donde habían aparcado el automóvil no era casual, a medio camino de las sedes centrales de la Democracia Cristiana (DC) y del Partido Comunista Italiano (PCI), los dos principales partidos del país y los más firmes defensores de no negociar con los secuestradores. El asesinato también era el final del compromiso histórico formulado por el secretario general del PCI, Enrico Berlinguer,  y en el que Moro, por convencimiento o por táctica, estaba dispuesto a experimentar.

De hecho, el presidente de la DC fue secuestrado cuando se dirigía a la sesión de investidura del cuarto gobierno de Giulio Andreotti. El nuevo ejecutivo iba a ser apoyado parlamentariamente por los comunistas en una fórmula inédita en la política italiana. Su trágico final enterró aquel intento. Los democratacristianos volvieron a pactar con socialistas y pequeños partidos centristas los sucesivos gobiernos hasta el cambio de escenario político de 1992 –proceso de Manos Limpias contra la corrupción, destrucción del sistema de partidos vigente desde 1945 e irrupción de Berlusconi-.

A finales de los años 70 en Italia, época conocida como los años de plomo, donde coincidieron el terrorismo de extrema derecha –con los grandes atentados de la plaza Fontana de Milán y la estación de ferrocarril de Bolonia- con el de extrema izquierda  –en parte,  heredero del mayo del 68 y del desencanto con las políticas de los partidos comunistas-  tuvo una influencia decisiva en el desenlace del secuestro. Su política de acuerdos con los comunistas alteraba el equilibrio político del sur de Europa y cuestionaba las bases de la guerra fría. Ni Washington ni Moscú veían con simpatía la deriva italiana. En este contexto, es difícil sustraerse –y la historiografía de los últimos treinta años no lo ha hecho-  a considerar el secuestro y asesinato de Aldo Moro como una operación política de largo alcance, donde más allá de los ejecutores materiales –las Brigadas Rojas- se extiende una trama oscura donde se adivinan los hilos de los servicios secretos –principalmente, estadounidense-, la logia masónica P-2 o la organización Gladio.

El secuestro

El 16 de marzo de 1978, un comando de al menos 10 terroristas, algunos de ellos vestidos con uniformes de la compañía de aviación Alitalia, apostados en el cruce que une las vías Mario Fani y Stressa, en el norte de Roma, interceptaron a las nueve de la mañana el Fiat 130 en que viajaba Aldo Moro y el Alfa Romeo de sus escoltas. En una operación diseñada por el jefe de las BR en Roma, Mario Moretti, ametrallaron al chofer y a los guardaespaldas. Seleccionaron con exactitud dos de las cinco carteras que llevaba consigo, introdujeron a Moro en un coche y abandonaron  la escena del crimen. La acción había durado tres minutos.

Una operación milimetrada sobre la que penden algunos interrogantes. Los terroristas abatieron a los cinco acompañantes sin ocasionar ningun daño a Moro –aunque la autopsia reveló una herida en una nalga que pudo haber sido causada en el momento del secuestro-. La precisión del ametrallamiento sorprende para unos jóvenes sin formación militar. Algunas fuentes revelaron que 49 de los 91 disparos partieron de un solo hombre y apuntaron la tesis de un miembro de la ndranghetta, la mafia calabresa, conectado con los servicios secretos. Un testigo afirmó haber oído gritar órdenes con acento extranjero. Otros testimonios declararon haber visto una moto Honda con dos hombres a bordo.

Otros dos elementos levantaron suspicacias. Primero, se conoció que un agente del servicio secreto militar italiano había sido visto en vía Fani –explicó que iba a casa de un amigo-. Segundo, debido a una caída repentina de las líneas telefónicas en la zona del tiroteo, el primer aviso no llegó a la policía hasta las 9.05 horas.

También llama la atención la inexperiencia de la policía en la lucha antiterrorista. El escenario se contaminóde la forma más chapucera. Prensa y curiosos pasearon por el lugar e incluso un enviado de la RAI exclamó en una conexión en directo: “Ah, he pisado sin querer los casquillos”. En el mismo sentido, cuando fue encontrado el cadáver de Moro el coche fue rodeado por una multitud de policías y curiosos que  infringían las más elementales normas de investigación.

El cautiverio

Durante esos casi dos meses, la sociedad italiana se vio sacudida por el debate inevitable de abrir o no la negociación con los terroristas. El proceso fue dramático debido a los sucesivos comunicados de las Brigadas Rojas y, especialmente, a las cartas desesperadas enviadas por el propio Moro a sus compañeros de partido –solicitándoles que accedieran a negociar su liberación- y a su mujer.  Como señaló Enric Juliana, en un artículo a los veinte años del crimen, “el secuestro de Moro acabó siendo una tragedia griega, el ansia humana por sobrevivir contra la razón de Estado”.

Dos días después del secuestro, el día 18, el periódico Il Messaggero  recibió una llamada anónima en la que se informaba el lugar donde se encontraba el primer comunicado y anunciaba que “un núcleo armado de la Brigadas Rojas ha capturado y recluido en una prisión del pueblo a Aldo Moro

El 25 de marzo, se recibió la segunda comunicación de la banda en el que se anunciaba que “se buscarían las directas responsabilidades de Aldo Moro por las cuales y con criterios de justicia proletaria, será juzgado”.  Para algunos autores, el término juzgado alertó a instituciones y agencias de seguridad. Moro había sido presidente de Gobierno dos veces y ministro de Asuntos Exteriores, por tanto disponía de información confidencial y secretos de Estado que podían implicar a servicios secretos y gobiernos extranjeros.

El día 29 se recibió un nuevo mensaje y una carta de Moro dirigida a su amigo y ministro del Interior, Francesco Cossiga, en la que solicitaba a los dirigentes del partido ser canjeado. Sin embargo, el Gobierno decidió mantener una postura firme frente a los terroristas. Ante al silencio del ejecutivo, el 4 de abril las Brigadas enviaron  el cuarto comunicado en el que exigían la liberación de los prisioneros comunistas. El 15 de abril, en la sexta comunicación se notificaba que el interrogatorio “había terminado, se le había encontrado culpable y condenado a muerte”.

 Moro durante su cautiverio.

El falso comunicado

Tres días después, el caso dio un giro inesperado. Un nuevo comunicado anunciaba que “el presidente de Democracia Cristiana, Aldo Moro, ha sido ejecutado mediante suicidio” y que su cuerpo yacía en el lago Duchesse, cerca de la localidad de CartoreLa conmoción fue enorme, pero tras dos días de búsqueda infructuosa se recibió un nuevo comunicado de la banda, en el que negaban su autoría en el mensaje anterior y lo atribuían a “los especialistas en guerra psicológica”. Adjuntaban una fotografía del prisionero sosteniendo el periódico La Repubblica del día anterior.

Hace pocos años, el controvertido especialista estadounidense en terrorismo, Steve Pieczenick, confirmó en una entrevista que ese comunicado fue elaborado por los servicios secretos italianos y que su finalidad era preparar a la opinión pública para lo peor.  Pieczenick, miembro de un equipo estadounidense enviado para asesorar a los italianos, confesó que su misión fue hacer creer a las BR que pese a la aparente posición de firmeza del Gobierno italiano sería posible llegar a un acuerdo. Tras el falso comunicado de la muerte y el fracaso posterior de cualquier negociación, defraudados terroristas se vieron abocados a tomar la más funesta decisión.

El día 24 de abril se recibió el octavo mensaje, en el que se reiteraba la condición de preso político de Moro y se ofrecía su intercambio por trece brigadistas presos. El 29 de abril, en un último y desesperado intento, Moro envió cartas a sus compañeros solicitando que fuera convocado el Consejo Nacional del partido. Inútil. El 3 de mayo, Giulio Andreotti, presidente del Gobierno, reiteró la negativa del Ejecutivo. Dos días después, se recibió el último comunicado (nº 9) en que se anunciaba la condena a muerte de Moro, la exculpación de las BR y acusaban al Gobierno de asesinato de Estado.

La ejecución

El cautiverio de Moro duró 55 días. Permaneció todo el tiempo en una falsa habitación camuflada detrás de una librería del salón de un piso de la vía Montalcini nº 8 de Roma. Básicamente, le custodiaron el jefe del comando Mario Moretti, que se encargó de los interrogatorios, Prospero Gallinari, Germano Maccari y Anna Laura Braghetti, que en marzo de 1998 dio a conocer algunos detalles de cómo transcurrieron los últimos minutos de la vida de Aldo Moro. Gallinari no dejó ni un minuto el piso durante los 55 días del secuestro –se había fugado de la cárcel de Treviso en 1976-.  No salió ni la mañana del 9 de mayo, cuando Moro fue escondido en una cesta, llevado al garaje por Moretti y Maccari e introducido en el maletero del Renault-4 donde fue asesinado por once disparos. Después dejaron el coche en vía Caetaní.

Durante bastante tiempo se pensó que Gallinari había sido quién mató a Moro, pero en octubre de 1993, Mario Moretti confesó haber sido el autor material “no habría permitido que lo hiciese otro”.  Sin embargo, diferentes autores y la comisión parlamentaria que investigó el caso encontró varios puntos oscuros en la versión de los brigadistas. Durante la autopsia se encontró arena de playa en el traje de Moro y también algunas monedas en un bolsillo. Tampoco los cinco juicios celebrados contra 13 brigadistas implicados han esclarecido los puntos oscuros. Dos nunca fueron capturados. Sobre uno de ellos se apunta que podía ser un infiltrado de los servicios secretos italianos; sospecha que también se extendió al mismo Moretti.

Además de la duda sobre la autoría del asesinato, siempre las ha habido sobre la capacidad de las Brigadas para  mantener escondido a Moro durante 55 días. A pesar de los 13.000 policías movilizados, los 40.000 registros domiciliarios y los 72.000 controles de carretera sorprende que durante los casi dos meses de secuestro la policía italiana no llevara a cabo ninguna detención. En 1981, se descubrió que la mayor parte de la cúpula del ministerio del Interior, encargada de la investigación del secuestro, pertenecía a la logia masónica P-2.

Tampoco se sabe donde fueron a parar los escritos de Moro en cautiverio: casi cien textos entre cartas y testamentos. Fueron enviadas 30 misivas, siete de ellas publicadas. Otras vieron la luz poco a poco. Sus acusaciones eran muy duras, especialmente, con sus compañeros de partido “mi sangre caerá sobre vosotros”. Su mujer, Eleonora, que nunca perdonó a Giulio Andreotti, Francesco Cossiga y  Benigno Zaccagnini –secretario general de la DC-,  prohibió que se celebrase un funeral de Estado. Sí que consiguió que Pablo VI escribiera una carta a las BR pidiendo su libertad.

Del memorial, supuestamente escrito por Moretti, con las transcripciones de los interrogatorios a Moro apareció una copia pero se sospecha que la policía hizo desaparecer la parte más comprometedora para los intereses del Estado. Además, se descubrió que la impresora de los comunicados de las Brigadas Rojas provenía de las oficinas de los servicios secretos que entrenaban a los miembros de la Gladio, la fuerza paramilitar financiada por la CIA para prevenir un posible golpe comunista en Italia.

El caso Moro conmocionó al mundo en 1978. Para los italianos es un affaire que aún permanece abierto, al igual que el asesinato del presidente Kennedy para los estadounidenses. Son demasiadas sospechas, demasiadas especulaciones, demasiadas medias verdades para cerrar el caso. Aunque las Brigadas Rojas secuestraron y mataron a Moro, la tesis más pausible es que intervinieron más actores que manipularon al grupo según sus intereses. Pocos parecían quererlo vivo. Sabía demasiado sobre la guerra sucia. Se impuso la razón de Estado. Moro fue sacrificado.

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