EN 1946 CARRERO BLANCO TUVO UNA PESADILLA PROFÉTICA: VOLVÍA LA DEMOCRACIA A ESPAÑA CON UNA AMNISTÍA

CARRERO Y FRANCO

Luis Carrero Blanco saluda a Francisco Franco.

EN DICIEMBRE DE ESTE AÑO SE CUMPLIRÁN CUARENTA AÑOS DEL ASESINATO POR ETA DEL ALMIRANTE LUIS CARRERO BLANCO (1904-1973). Esperamos tratar este asunto en el blog, pero antes nos ha parecido interesante exhumar un texto profético de Carrero titulado “Un sueño”, que publicó el 5 de marzo de 1946 con el pseudónimo de “Juan de la Cosa”, en alusión al célebre navegante y cartógrafo.

Recordemos en este aspecto que Carrero, verdadero alter ego del dictador a partir de su nombramiento como subsecretario de la Presidencia del Gobierno en mayo de 1941 hasta su muerte, realizó una intensa actividad publicística en la prensa con diversos pseudónimos. De este modo, al citado “Juan de la Cosa” deben añadirse “Orión”, “Ginés de Buitrago” y “Juan Español” (puede verse una panorámica de su ideario en un breve ensayo académico de Laura Lara clicando aquí).

El “sueño” de Carrero es interesante porque plasma sus obsesiones, en la medida que asocia el retorno de la democracia al comunismo y a la masonería, a sus ojos enemigos por excelencia de España, y con el retorno de las elecciones volvía la quema de iglesias.  A continuación publicamos unos breves fragmentos del mismo

*****

“Un sueño”*

Anoche tuve un extraño sueño que me impresionó profundamente.

[…]

Me ví primero formando parte de una multitud que ascendía por una gran avenida, de regreso del recibimiento de un Rey.

[…]

En el aire había un rumor continuo de aclamaciones, pero sobre este acompañamiento inconcreto se oían constantemente gritos de “¡Amnistía, amnistía, amnistía!”, y otros tajantes como cañonazos, de “¡Arriba España!”. Algunas veces creía escuchar “¡Libertad de prensa!”, “¡Viva España democrática!” y algún “¡Viva Rusia!”.

[…]

Un magnífico C. D. [coche diplomático], con una extraña bandera sobre el “capot” se abría camino entre la multitud. Dentro, [el rey] un hombre rubio, con deslumbrante uniforme, miraba sin ver, sonriendo entre amable y despectivo.

[…]

Por una calle avanzaba una muchedumbre de desarrapados, flotando sobre ella banderas rojas y puños en alto. En la esquina una iglesia empezaba a arder, mientras unos energúmenos amontonaban entre blasfemias, en medio del arroyo para formar una pira, ornamentos e imágenes sagradas.

[…]

Sentí una vergüenza indescriptible y u deseo ardiente de desaparecer; de que aquella turba de incendiarios [de templos] me triturase para merecer alguna simpatía de la legión de nuestros Caídos, que desde el cielo presenciaba el terrible espectáculo. Sin saber cómo arremetí contra el hombrecillo que dirigía el incendio, y al estar cerca de él pude distinguir lo que representaba la brillante insignia de su solapa. Eran una escuadra y un compás. Luchamos, y le cogí por el cuello. Jamás he intentado, naturalmente, estrangular a una culebra, pero creo que en mi sueño he experimentado esa sensación. Mis dedos se agarrotaron sobre un cuello frío y viscoso que cedía a la presión, sin conseguir apagar aquella maldita risa: “Ji, ji, ji…” Comprendía que mis fuerzas se iban a agotar sin acabar con aquel bicho, y quise ponerle ua rodilla sobre el pecho. Caímos al suelo y nuestras caras casi se tocaron, y entonces con su voz cascada musitó en mi oído: “¡Idiotas! Otra vez os engañamos, y ahora para siempre. España ya no tiene salvación. Ji, ji, ji…”.

***

Me desperté bañado en sudor, con el corazón angustiado, y no creo que pueda experimentar sensación de alivio más incomparablemente deliciosa como la que sentí al darme cuenta de que todo había sido un sueño.

5 de marzo de 1946.

*  Reproducido de la edición de textos de “Juan de la Cosa” (pp. 48-52) realizada en mayo de 1973 por Fuerza Nueva editorial. Esta versión reunía en un mismo volúmen Comentarios de un español, Las tribulaciones de Don Prudencio y Diplomacia subterránea.

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