ALFONSO ARMADA: EL “GRAN TRAIDOR” DEL 23-F

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El general Alfonso Armada y el Rey.

EL PASADO DICIEMBRE DE 2013 FALLECIÓ EL EXGENERAL ALFONSO ARMADA, uno de los protagonistas del fracasado golpe del 23 de febrero de 1981 y que quedó más aislado de sus compañeros de milicia juzgados por el intento.

Con motivo de su fallecimiento publicamos un artículo en el diario catalán Ara (3/XII/2013) del que ahora, con motivo del aniversario del 23-F, ofrecemos aquí una versión más extensa en castellano.

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Alfonso Armada, el gran traidor

La muerte de Alfonso Armada ha vuelto poner bajo el foco mediático su actuación el 23-F. ¿Fue un militar megalómano de ínfulas dictatoriales? Este cliché envuelve su figura, pero la información publicada desde 1981 muestra una realidad diferente: este general, formado en Francia y admirador de Charles de Gaulle, a finales de 1980 capitalizó amplios apoyos políticos y sociales para presidir un gobierno “de unidad nacional”.

¿Por qué hoy nadie lo quiere recordar? Porque cuando Armada fracasó devino el traidor por excelencia: para los demócratas lideró el golpe; para los ultraderechistas lo hizo fracasar; para los monárquicos abusó de la confianza regia y el mismo monarca se sintió engañado. Llegados aquí, un retrato de Armada permite entender su conducta y el afán de sepultarlo en el olvido: era incómodo para todo el mundo.

Un “Carrero Blanco” del Rey?

El general fue uno de los preceptores del monarca, su ayudante desde 1965 y a la muerte de Franco el secretario general de la Casa del Rey. En este cargo Armada destacó por su celo en  que los Reyes cumplieran sus compromisos, según afirmó: “Yo en la Zarzuela era incómodo” porque “era un poco el ‘Pepito grillo’ que critica”. Pero sobre todo habría sido un general “político”. En qué sentido?

El periodista Francisco Medina (23-F. La verdad, 2006) recoge un testimonio según el cual Armada habría creído que a la muerte de Franco “podría ser un nuevo Carrero Blanco del Rey, con poderes absolutos” y desde 1975 “comezó a sentirse de alguna manera como un jefe de Gobierno”. En este marco, el choque con Suárez fue inevitable y después de legalizar el PCE, Suárez habría planteado una disyuntiva al Rey: o él o Armada. Juan Carlos eligió al presidente y el general volvió al Ejército.

Un “de  Gaulle” español?

Pero la Transición fue una montaña rusa y a finales de 1980 los papeles se habían invertido. El presidente conocía sus horas más bajas y el monarca temía que su declive lo perjudicara. Así, el Rey hizo confianza a Armada, que volvió a Madrid, porque le informaba del malestar castrense.

Sin embargo, previamente el general habría desplegado amplios contactos para liderar un gobierno de “unidad nacional” de cariz “gaullista” y constitucional, con un gran apoyo político y social (alcanzaría desde el PSOE hasta la iglesia y la patronal) y contaría con el eventual visto bueno del Rey. Al menos, así lo afirmó -entre otros- el exsenador Juan de Arespacochaga (Cartas a unos capitanes, 1994).

“O César o nada”: el perdedor olvidado

La dimisión inesperada de Suárez el enero de 1981 cogió a Armada con el pie cambiado y frustró su proyecto. Entonces el militar habría visto en el golpe de estado la vía de acceso al poder y el 23-F negoció con Antonio Tejero la evacuación de los diputados a cambio de que él presidiera un gobierno de concentración, proposición que el golpista rechazó en redondo (quería una involución, no un gobierno cívil-militar) y Armada lo perdió todo (carrera, reputación y poder), devino el gran traidor y restó sumido en el olvido.

El resultado es que hoy se tiene poco presente que a la época importantes estamentos depositaron la confianza en el general y sectores relevantes de la sociedad percibieron como deseable un giro como el que Armada habría encarnado sin recurrir a la fuerza. Recordemos “el golpe de timón” que reclamaba Josep Tarradellas o, como Francesc de Carreras expuso en La Vanguardia (24/II/2013), que en enero de 1981 la “solución Armada” era un secreto a voces: su padre, Narciso de Carreras, le explicó en que consistía de principio a fin. Hoy, pero, se prefiere olvidar esta vertiente de Armada -que revela la debilidad de la democracia española- y despacharlo con la etiqueta de “golpista”. Es más cómodo que hurgar en el pasado.

En este sentido, si Armada desarrolló ambiciones presidenciales fue porque un amplio e influyente espectro social aparentemente depositó en él sus esperanzas de cambio político y de haber desembocado la crisis en la formación del famoso ejecutivo de “concentración” presidido por este general la evolución de la democracia española hubiera podido ser muy distinta a la que hemos conocido.

Armada dejó dos testimonios publicados, uno fue su obra Al servicio de la Corona (Planeta, Barcelona, 1983), muy difundido en la época, y el otro es menos conocido pero más interesante: un libro-entrevista a cargo del historiador José Manuel Cuenca Toribio, Conversaciones con Alfonso Armada. El 23-F (Actas Editorial, Madrid, 2001).

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