¿QUIEN FUE GABRIELE D’ANNUNZIO? EL PRIMER DUCE (2)

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Como complemento a nuestra entrada sobre Gabriele d’Annunzio en el blog, nos ha parecido interesante reproducir el artículo de Núria Escur en La Vanguardia (14/XI/2014) sobre la publicación en España de la biografía de este poeta titulada El gran depredador, de Lucy Hughes-Hallett (le hemos añadido subtítulos para facilitar la lectura). Puede accederse al primer capítulo de la obra clicando aquí.

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Gabriele d’Annunzio, el gran depredador

Una completa biografía presenta al ideólogo del Estado libre de Fiume como precursor del futurismo y adicto al sexo | “En Il Vittoriale, al lado de su mesa de trabajo, donde murió, todavía se encuentran frascos medicinales” | Secretos de d’Annunzio, en el libro triplemente premiado de Lucy Hughes-Hallett

A orillas del lago de Garda, en el municipio de Gardone Riviera, se erige Il Vittoriale, villa y alrededores donde un día se retiró para escribir y pasar sus últimos años Gabriele d’Annunzio. Un bar destartalado y una decadente tienda de camisetas abren paso a un palacio rodeado de esos jardines donde una vez él ordenó plantar diez mil rosales, hoy complejo turístico y lugar de peregrinación de todos cuantos sienten curiosidad por este personaje poliédrico.

El temor al deterioro físico

Al entrar la oscuridad es evidente. Así lo quiso el poeta tras un accidente que lesionó su vista el 16 de enero de 1916 cuando el enemigo alcanzó su avión y él salió despedido. Nunca recuperaría la visión de uno ojo. Todo sigue igual. Interiores sombríos, persianas bajadas, sofás con fundas de terciopelo burdeos, salones llenos -atiborrados- de recuerdos, flanqueados por pesados cortinajes y juegos de mármoles. Quien fue el más grande de los poetas italianos desde Dante dispuso una habitación para orar, otra para las maquetas de aviones. Como un niño que se resiste a crecer. La casa la mantienen, aún hoy, llena de orquídeas, tejidos indios, bordados, estatuas de Buda, jarrones con plumas de pavo real y platos de malaquita llenos de melocotones…

Dos fotos presiden la mesita de azulejos: una de su madre y otra de la actriz Eleonora Duse, quien fue el amor de su vida. A ella regaló una tortuga gigante cuya réplica en escultura sigue impertérrita sobre la mesa de uno de los comedores donde el poeta, sus últimos años, acogía a sus amigos sin dejarse ver él.

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D’Annunzio, aviador.

No soportaba la idea de que presenciaran su deterioro físico, el de un hombre que un día fue apuesto y ahora -rostro desdentado y lleno de arrugas- un cuerpo donde han hecho mella enfermedades venéreas y una creciente adicción a la cocaína. Quince sirvientes tenía vigilando sus manías obsesivas contra la suciedad. Los mantos debían ser de color malva, obligatorio broncearse, los incensarios a punto, un hábito de fraile para días especiales. Archihedonista, su lema es “vivir, escribir”.

D’Annunzio, que fue un gran hipocondriaco, quería tenerlo todo a mano. Apenas un metro a la izquierda de su mesa de trabajo -en el despacho donde le encontraron muerto el 1 de marzo de 1938 de un derrame cerebral- sigue abierta la puerta de un lavabo repleto de estanterías donde el turista puede encontrar decenas de frascos medicinales. El ambiente es claustrofóbico.

El poeta soldado

El Gran Depredador (Ariel), obra de Lucy Hughes-Hallett, es la biografía que ahora aporta detalles más completos de este personaje, tanto que sido galardonada con tres prestigiosos premios de ensayo: el Samuel Johnson, el Costa Award y el Duff Cooper Prize. La historia de ese Gabriele d’Annunzio que nace en Pescara en 1863, hijo de un terrateniente, publica su primer libro de poesía a los 16 años, pronto ingresa en la Universidad de La Sapienza de Roma, donde forma parte de diversos grupos literarios y a los veinte años ya deja embarazada a la hija de un duque.

Quien sería “il Vate”, “el Poeta Profeta”, publicó en 1889 su primera novela, Il piacere. Se casó con Maria Hardouin di Gaselle en 1883 pero el matrimonio duró poco. Con ella tuvo tiene tres hijos pero la deja por una condesa siciliana. Ambas intentan suicidarse cuando él las abandona. Elegido miembro de la Cámara de los Diputados, es obligado a dimitir por su “estilo de vida temerario” y marcha a Francia huyendo de sus acreedores.

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D’Annunzio y Mussolini, una relación compleja.

Poeta, aviador, nacionalista, considera que la muerte debe ser heroica. André Gide describe su mirada como “fría y de refinadas sensualidad”. A todos los dannunzianos les atrae por igual lo espantoso y lo bucólico. Él se avanza a su tiempo. Muchos años antes de que se publique el popular manifiesto futurista de Marinetti, por ejemplo, d’Annunzio ya ha propugnado su pasión por “lo dinámico”, de aeroplanos a automóviles.

La originalidad y el decadentismo de sus textos -también escribió el guión de la película Cabiria– se reflejan en sus habitaciones, con techos y paredes que incluyen anagramas grandilocuentes, lemas, inscripciones llenas de símbolos, objetos que son casi amuletos. “Cuando escribo se apodera de mí una fuerza magnética, como un ataque epiléptico”.

D’Annunzio está obsesionado con su físico: a los treinta años empieza a perder pelo y su figura acaba siendo la de alguien “bajito, calvo, estrecho de hombros y, aun así, podía parecer esbelto, acicalado y seductor”. Su compulsiva promiscuidad le arrastra.

En una de las salas la puerta es tan pequeña que hay que agacharse para entrar. Dentro, una biblioteca. Así la diseñó d’Annunzio para que quien entrara se viera obligado a inclinarse ante “un espacio sagrado de cultura”. Una señal de veneración. Abajo, el pequeño museo que rinde homenaje a su amante, guantes, gafas, corsés de Eleonora Duse (“detesto a Gabriele pero le adoro, le amo tanto, le odio tanto”) y piezas de ropa y escritorio del propio d’Annunzio.

Conoce a Eleonora cuando la gran actriz tiene 37 años, cinco más que él. “Me gustan sus manos blancas -escribe- observadas desde mi monóculo, la mejor zona erógena imaginable”. Una diva y un megalómano tomando champán Mumm, con el mundo a sus pies, puede ser una mezcla explosiva. Su relación acaba de modo tormentoso.

A d’Annunzio le fascinan las mujeres bisexuales como la pintora Romaine (“talento y belleza, mi pequeña cenicienta llena de lirios y violetas”) porque “están seguras de sí mismas”. Pero lo que verdaderamente le vuelve loco es una mujer enferma, “más las amo cuanto más cerca de la muerte”. Tuvo múltiples relaciones -Alessandra, Nike, Amaranta, Giuseppina… incontables-, dejó escritas sus preferencias en la cama con todo lujo de detalle y reconoció ser un verdadero adicto al sexo.

La seducción del fascismo

“Il Vate” no llama a la puerta del sistema fascista italiano, pero los fascistas le buscan. Maravillados por sus construcciones ideológicas, le imitan, lo adoptan. De d’Annunzio les seduce todo. A pesar de apropiarse de sus mensajes, él nunca llega a estar involucrado directamente en sus gobiernos. Se le considera, pues, precursor de sus ideales. Copian su estética -“camisas negras, saludo romano, cantos de guerra”- y se ciegan con su talento literario trufado de escándalos amorosos.

Fiume

D’Annunzio en la Fiume ocupada por sus seguidores decora una bandera.

D’Annunzio regresa a Italia, piloto de guerra voluntario, comandante del escuadrón número 87, conocido como La Serenísima. La guerra refuerza sus ideas nacionalistas. La cesión de la ciudad de Fiume -hoy Rijeka en Croacia- en la conferencia de París en 1919 le irrita enormemente. Así que d’Annunzio decide, desafiando las potencias aliadas, declarar Fiume Estado constitucional independiente.

Para el “Estado libre de Fiume”, un modelo que copiaría después el sistema fascista italiano, d’Annunzio redacta, junto a Alceste de Ambris, una constitución -la Carta de Carnaro, 1920-, que declara, entre otras cosas, la música como principio fundamental del Estado. Durante quince meses dirige dictatorialmente esa ciudad estado, que será paraíso de cocaína libre, prostitutas y aristócratas diletantes.

La suya es una de las vidas mejor documentadas de la historia. Quien se denomina a sí mismo Duce es nombrado, en 1937, miembro de la Real Academia Italiana. A su muerte, esquinado del mundo, a los 74 años, Mussolini -a quien D’Annunzio consideró un vulgar imitador- le ofrece funerales de Estado.

Poeta, aviador, ególatra, seductor e ideólogo

Gabriele d’Annunzio ha pasado a la historia como personaje poliédrico al que le gustaba escucharse. Ególatra, megalómano, gran poeta, se avanzó a los futuristas mucho antes de que ellos publicaran su manifiesto y acabó solo, retirado en Il Vittoriale, hoy lugar de peregrinación. Una de sus mayores excentricidades fue crear el “Estado libre de Fiume”, un modelo que acabó siendo paraíso para cocainómanos, prostitutas y aristócratas diletantes. Para vertebrarlo redactó una constitución –la Carta de Carnaro, 1920– donde se declara, entre otras cosas, la música como principio fundamental del Estado. En la última imagen, el retrato que le hizo una de sus amantes, la pintora Romaine Brooks.

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