EL GENOCIDIO ARMENIO AÚN ES PROBLEMÁTICO EN TURQUÍA DESPUÉS DE UN SIGLO *

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Caricatura francesa coetánea que retrata al sultán Abdul Hamid II como carnicero de los armenios (imagen de Wikipedia).

EL GENOCIDIO ARMENIO COMETIDO POR LOS TURCOS EN 1915 ES UNO DE LOS EPISODIOS MÁS DRAMÁTICOS DE LA GRAN GUERRA: las cifras de sus víctimas oscilan entre 300.000 (según fuentes turcas) y un millón y medio (según las armenias). El gobierno de Ankara siempre ha negado la masacre y su vecina República de Armenia la condenó en su declaración de independencia de 1991. ¿Qué sucedió realmente?

Las causas

El historiador Francisco Veiga ha reconstruido los hechos con solvencia en su ensayo El turco, donde muestra como en el siglo XIX creció la rebeldía armenia en el seno del imperio otomano y en las últimas décadas creció su movimiento nacionalista. De este modo, en la guerra ruso-turca de 1877-1878 sus activistas recibieron armas rusas (para apoyar la ofensiva zarista en el frente del Cáucaso y Anatolia oriental) y a finales de la centuria cometieron diversas acciones subversivas, castigadas con ejecuciones y destrucciones de aldeas en el otoño de 1895-1896.

El estallido de la Gran Guerra situó el problema armenio en un primer plano. En enero de 1915 el ejército turco sufrió una gran derrota en el Cáucaso, en Sarikamis (tuvo 38.000 bajas) y entonces, señala Veiga, su alto mando temió que una gran revuelta armenia aislara a las tropas del lugar. Este alzamiento pareció producirse en abril, cuando rebeldes armenios tomaron la ciudad de Van.

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La mayoría de población armenia se hallaba en el este del imperio otomano (imagen de Wikipedia).

Así las cosas, el día 24 de aquel mes el jefe del Estado Mayor otomano emitió una directiva estipulando que la población armenia debía reducirse a un 10% en diversas zonas y su contingente deportado debía ser tratado con consideración hasta su destino, pero pronto se cometieron masacres. ¿Por qué? Documentos hallados indican que, en realidad, la determinación de su asesinato fue previa a su éxodo y se habría tomado a fines de marzo, siendo su responsable de mayor nivel el ministro del interior, Talȃt Paşa. Los académicos turcos que niegan el genocidio atribuyen las muertes de deportados a sus penosas condiciones de viaje (el clima extremo, el trayecto difícil, las carencias sanitarias), lo que no exculpa a las autoridades otomanas y para Veiga confiere “temeridad criminal” a su decisión.

El peso de la herencia

En su época, el desastre armenio dejó a “la opinión pública occidental horrorizada”, subraya la también historiadora Margaret MacMillan: en EE.UU. se recaudó dinero para las víctimas, a los niños ingleses que dejaban comida en su plato les recordaban las penurias armenias y el presidente británico, David Lloyd George, prometió que Armenia no sería devuelta a “la maldita tiranía de los turcos”. Pero cuando negociaron los acuerdos de paz de 1919 los líderes aliados evitaron crear un Estado armenio: no lo querían los rusos, ni menos aún los turcos derrotados, mientras ninguna potencia vencedora quiso tutelar aquel territorio lejano y mal comunicado.

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Una columna de armenios es llevada a un campo de prisioneros por soldados otomanos, abril de 1915 (imagen de Wikipedia).

Hoy el recuerdo del genocidio, al que contribuye una diáspora de ocho millones de armenios, lastra las relaciones exteriores de Turquía. En tal sentido, este pasado mes de abril, su presidente Recep Tayyip Erdogan hizo un gesto de aproximación a los armenios: deseó que descansaran en paz los que perdieron su vida a inicios de siglo XX y expresó sus condolencias “a sus nietos”. Las heridas abiertas en 1915, pues, se resisten a cicatrizar.

Este artículo lo hemos publicado originalmente como  “El genocidio armenio“, en El Periódico (21/VIII/2014).

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