EL FPÖ, SEGUNDA FUERZA DE VIENA, SUEÑA CON EL GOBIERNO DE AUSTRIA

Revolución octubre StracheStrache alude a una “revolución de octubre” en las elecciones locales de Viena.

EL ULTRADERECHISTA PARTIDO DE LA LIBERTAD DE AUSTRIA (FPö, FREIHEITLICHE PARTEI ÖSTERREICH) HA OBTENIDO UN 32.3% DE LOS VOTOS EN VIENA. Este resultado apuntala la línea política emprendida por quien es su dirigente desde hace una década, Heinz-Christian Strache. Recordemos que en los comicios estatales del 2013 esta formación obtuvo un 20.5% de los votos y en las elecciones europeas sumó el 19.7% de los sufragios. Ahora su objetivo es convertirse en primera fuerza en las legislativas previstas en el 2018.

A continuación reproducimos el interesante artículo del periodista y editor Manuel Florentín publicado en el Huffington Post (21/X/2015), que analiza los resultados de Viena y lo que representan para las ambiciones de gobierno del FPÖ.

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Viena ‘la roja’ pierde color

Viena, Viena la roja, ha sido gobernada por la socialdemocracia desde 1919, con excepción del periodo entre 1934 y 1945, el del dictador Engelbert Dollfuss y de la anexión de la Alemania nazi, el Anschluss. Desde 1945 lo ha hecho ininterrumpidamente. Pero la situación va cambiando. En las elecciones municipales del pasado 11 de octubre, el alcalde socialdemócrata Michael Häupl mantuvo la alcaldía con el 39,5 por 100 de los votos, el segundo peor resultado de su partido desde 1945 (el 39,2 en 1996). En cambio, el FPÖ, un partido xenófobo de extrema derecha, con Heinz-Christian Strache a la cabeza, no ganó pero estuvo a punto. Quedó como segunda fuerza política con el 32,3 por 100, el mejor resultado de su historia, superando el 27,6 que obtuvo su carismático y mediático fundador Jörg Haider en 1996.

Viena, la Viena de edificios modernistas, de la Staatsoper y de los museos y palacios del Ring, del Danubio Azul y la Marcha Radetzky cada año nuevo desde la Musikverein, del strudel, la Sacher y la noria del Tercer Hombre en el Prater…, siempre ha presumido de ser una isla socialdemócrata -digamos “roja” apurando el término-, en medio de una Austria menos vanguardista y llena de contradicciones, un país conservador, muy cristiano y más rural que urbano. La Austria de Mozart, Strauss, Klimt, Zweig y Freud, como si fuera un caso freudiano, es también la tierra natal de Hitler, y la que persiguió a los judíos obligándoles a limpiar las calles con cepillos de dientes. Una Austria que siempre ha buscado su identidad nacional después de la desaparición del imperio austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial, la cual fue cuestionada por Hitler pero también por intelectuales poco sospechosos de simpatías nacional-socialistas como Robert Musil. Una Austria que, como hiciera un vienés de adopción tal que Joseph Roth, aún añora aquel fenecido imperio como se ve en la amplia sala del Museo del Arsenal dedicada a la otrora esplendorosa Marina austro-húngara, de la que ya no goza al cerrarle la salida al mar el tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial.

Wien darf nicht Istanbul werden“Viena no debe ser Estambul”, lema de campaña de Strache. 

Una Austria contradictoria que no sufrió el proceso de desnazificación de los alemanes en 1945, ya que se le consideró víctima del nazismo por el Anschluss, aunque gran parte de su población lo acogió con bastante entusiasmo. La misma Austria de la que decía el polémico escritor Thomas Bernhard, que siempre mantuvo una peculiar relación de amor-odio con su país y sus comptariotas, en su libro En busca de la verdad:

“¿Conoce algún país en el que un ministro se esfuerce especialmente por saludar el “regreso a la patria” de un oficial de las SS responsable de la muerte de miles de personas? Eso se explica si se sabe que ese ministro procede de Salzburgo y que toda su familia, a la que por cierto conozco bien, se compone de músicos desde hace generaciones. En el primer piso tocan el violín. En el sótano abren la llave del gas. Una mezcla típicamente austriaca de música y nazismo”.

Se trata de una doble moral que siguen denunciando otros escritores como Robert Menasse en su novela La expulsión del infierno, en donde empieza con una cena de antiguos alumnos con sus viejos profesores universitarios en los que el díscolo protagonista arruina el encuentro al leer en voz alta el número del carné de militante del partido nacional-socialista de cada uno de aquellos docentes. La misma Austria que ha votado y vota al FPÖ, aunque no todo sea tan simple como veremos.

¿Qué es el FPÖ?

El FPÖ (Freiheitliche Partei Österreichs), o Partido Liberal Austriaco, fue fundado en 1956 por miembros de la VdU (Verband der Unabhängigen), o Liga de los Independientes, grupo creado en 1949 por antiguos nazis y que dirigía un ex oficial de las SS, Peter Friedrich. El FPÖ también contaba en su seno con un sector liberal conservador, lo que le permitió pertenecer a la Internacional de este signo hasta 1993. También formar coalición en 1983 con el socialista Bruno Kreisky, quien saldría en defensa de Friedrich cuando el cazanazis Simon Wiesenthal le acusó de la persecución de judíos en la Segunda Guerra Mundial.

Pero el FPÖ no superaba el techo del cinco por ciento de los votos, hasta que irrumpió en escena Jörg Haider, un joven y mediático abogado que había ganado las elecciones en Carintia. En 1986 se hizo con el control del partido, le dio un giro populista y xenófobo, y le imprimió un ascenso vertiginoso. Lo convirtió en la segunda fuerza política del país con el 27,6 por 100 de los votos y 52 escaños parlamentarios, y en 2000 lo llevó al Gobierno en coalición con los conservadores.

haider-time-newsweekJörg Haider lideró la conversión del FPÖ en una exitosa fuerza de extrema derecha.

La prensa europea alertó de la llegada al poder del neonazismo, pero en realidad, el programa del FPÖ, pese a sus proclamas nacionalistas, xenófobas y racistas, ni entonces ni ahora se le puede considerar nacional-socialista. En su libro Mi idea de la libertad, Haider abogaba por crear una “tercera república” sin partidos en la que se gobernaría por referéndum, algo común al resto de la extrema derecha europea y que muestra su evidente oposición al sistema parlamentario. Pero a pesar de todo, Haider y el FPÖ están más cerca del autoritarismo conservador del dictador austriaco Engelbert Dollfuss o del nacional-catolicismo de Seyss-Inquart que de Hitler o Mussolini. El FPÖ defiende el modelo capitalista neoliberal, está a favor de las privatizaciones, de la bajada de los impuestos y de la reducción del Estado a la mínima expresión, nada que ver con el intervencionismo económico del Estado fascista.

Parte del éxito de Haider se debió a sus cualidades oratorias populistas, con las que supo ganarle los votos de obreros y pensionistas a la izquierda y de pequeños comerciantes a la derecha; en un país harto de que durante cincuenta años socialdemócratas y conservadores se hubieran repartido el poder. Sirva de ejemplo el que en las elecciones de 1979 el FPÖ absorbió el sesenta y tres por ciento del voto obrero y el treinta y cinco en las de 1999.

Haider también supo captar el voto femenino: el cuarenta por ciento de su electorado eran mujeres. De imagen juvenil y deportiva, Haider era un hombre amante de la buena ropa y los coches de carreras, lo que llevó al periodista Amin Thurner a definir, en su libro El trauma, una vida, al haiderismo como “feschismus“. Juego de palabras que recuerda a fascismo pero cuya raíz es “fesch” que significa “apuesto” y “astuto”. Por aquellas fechas, Karl Popper llegó a decir de Haider que podría “hacer lo mismo que Hitler”.

Como anteriormente con el caso Waldheim, la llegada al Gobierno del FPÖ en 2000 provocó la reacción de la Unión Europea con una serie de sanciones. Haider no pudo acceder a ninguna cartera ministerial y tuvo que dejar oficialmente la dirección del partido, aunque siguió siendo su jefe espiritual. Pero estas situaciones de jefaturas bicéfalas generan tensiones y, al final, con sus continuas salidas de tono, entre las que hubo elogios a los SS o a Sadam Hussein, terminó dejando el partido en 2004 y formando otro de menor entidad con sus fieles, el BZÖ (Bündnis Zukunft Österreich), o Alianza para el Futuro de Austria. Le sucedió al año siguiente al frente de un FPÖ mermado Heinz-Christian Strache quien, tras la muerte en accidente de Haider en 2008, quedó como líder indiscutible del nacional-populismo austriaco.

Strache apunta a la cancillería

Strache ha ido recuperando durante estos últimos diez años al electorado perdido del FPÖ, hasta alcanzar el 32,3 por 100 de los votos en las municipales vienesas del pasado 11 de octubre, convirtiéndolo de nuevo en la segunda fuerza política del país. Mecánico dentista de 46 años que resalta sus ojos azules en Facebook, padre de dos hijos, amante como buen austriaco de la montaña y de las vacaciones en Ibiza, debe parte de su éxito a dar una imagen más moderna con respecto a la cúpula tradicional del FPÖ, así como a no proceder a las “buenas familias” que han dirigido tradicionalmente el partido y que le consideran un “prolo”. También al cerebro gris de la campaña, Herbert Kickl, autor de sus discursos, como lo fue también en su día de los de Haider, y de lemas propagandísticos como el de esta campaña que decía que el objetivo del FPÖ es hacer la “revolución de octubre” en un guiño a la izquierda.

2015-10-20-1445336758-6678125-ultraderecha.jpgStrache, líder del FPÖ (imagen de REUTERS).

Pese a proceder del ala radical del FPÖ y de una corporación estudiantil de similar signo, Strache fue cambiando y eliminando progresivamente los eslóganes racistas y políticamente poco correctos sobre el nazismo de la era Haider. Al mismo tiempo que apartó de la escena pública a cualquier militante que tuviera un desliz en este sentido, como le ocurrió a Andreas Mölzer, el cabeza de lista de las elecciones europeas de 2004.

Su éxito se ha debido a que ha sabido captar el voto descontento tanto de los conservadores del ÖVP como de los socialdemócratas del SPÖ. Del caladero de votos de los primeros, que han obtenido el peor resultado de su historia (el 8,7 por 100), los ha logrado por su campaña basada en frenar la masiva inmigración, principalmente musulmana, que está llegando a Europa desde Turquía y Grecia en los últimos meses: 200.000 personas llegaron a Austria desde septiembre, un país de más de ocho millones y medio de habitantes que ha recibido desde enero 60.000 peticiones de asilo -el sesenta por ciento más que en 2013-, a un ritmo de cuatrocientas diarias desde este verano. Strache dice que no quiere que los austriacos se conviertan en minoría en su propio país. Viena en los años setenta contaba con un setenta por ciento de población cristiana, hoy ha caído al treinta por ciento por la creciente laicización y el aumento de los musulmanes que alcanzan el veinte por ciento (el doce por ciento en todo el país), un aspecto que tiene sus consecuencias económicas de cara a recibir subvenciones estatales al culto.

Strache dice no oponerse tanto a que Austria sea un país receptor de emigrantes -y pone como ejemplo la acogida de millares de polacos y serbios en los años ochenta y noventa- como a la llegada de más musulmanes que se vienen a sumar a los turcos, bosnios y chechenos que ya viven en el país. Pero ha pedido, como el populista húngaro Viktor Orban, cerrar las fronteras y que sólo reciban prestaciones sociales los que tengan nacionalidad austriaca. Uno de los esloganes de los carteles de esta campaña ha sido “Ayuda para nuestros pobres”, y en letra más pequeña: “en lugar de abrir las puertas a los emigrantes económicos”. El FPÖ se considera el partido que defiende los valores cristianos de la cultura austriaca y se opone a su islamización y a la “tercera invasión musulmana” -Viena fue sitiada dos veces por los otomanos-, un tema tradicionalmente muy sensible entre los austriacos más conservadores, y que ha hecho de este país el principal opositor a la entrada de Turquía en la Unión Europea.

Los socialdemócratas han dicho haber leído el mensaje de las urnas y que incidirán más en las políticas sociales para impedir la victoria del FPÖ.

Con respecto a los socialdemócratas, el FPÖ ha sabido atraer a parte de su electorado, votantes de clase obrera y media baja, inquietos por la incertidumbre económica, la caída de su poder adquisitivo y un paro que, aunque no es muy alto (4,8 por 100), temen que pueda afectarles. Muchos de estos votantes sostienen que el FPÖ es el único partido que mantiene el viejo programa social de la izquierda. Votantes que a su vez ven en los inmigrantes a sus competidores laborales, ya porque ocupen sus puestos de trabajo, porque hundan los mínimos salariales al emplearse por menos dinero o porque tengan preferencia a la hora de obtener una vivienda social que algunos autóctonos llevan años esperando. De ahí que algún politólogo como Peter Filzmaier haya dicho que el FPÖ tiene “una política migratoria de derechas y una política social de izquierdas, lo que atrae a electores desencantados con los socialdemócratas”.

El pasado nazi de los primeros dirigentes del FPÖ y la proclamas racistas de la era Haider siempre lo han vinculado al antisemitismo. Hoy en día sólo hay 8.300 judíos en Austria y lo paradójico es que uno de ellos, David Lazar, es un cuadro electo del FPÖ. Lazar sostiene que su partido no es antisemita y que el antisemitismo donde se da actualmente es entre la población musulmana. Lazar llama la atención sobre el peligro islamista en los barrios humildes de Viena, que desconocen, según él, los “pijos socialdemócratas”, porque ni viven allí ni los frecuentan, y que además son una cantera de milicianos que parten a Siria para combatir en las filas del Daesh, especialmente los chechenos.

El resultado de estas últimas elecciones en Viena, que alberga al veinte por ciento de la población austriaca, pueden ser un serio adelanto de lo que puede ocurrir en las generales que tendrán lugar en 2018. “Por primera vez en setenta años podemos convertirnos en la primera fuerza política”, manifestó Strache tras ver los resultados logrados en Viena que confirman la tendencia al alza ya manifestada en el treinta por ciento de los votos obtenidos en septiembre en Alta Austria y el quince por ciento en junio en Burgenland.

Habrá que ver qué pasa si se cumple el sueño de Strache y si una Unión Europea, dividida por la crisis griega y la ola de emigrantes entre otras cuestiones, reacciona como en 2000. Los socialdemócratas han dicho haber leído el mensaje de las urnas y que incidirán más en las políticas sociales para impedir la victoria del FPÖ, lo cual contrasta con el hecho de que han formado coalición con ellos en Burgenland. De nuevo, la Austria de las contradicciones: ¿Qué habría escrito Thomas Bernhard con su pluma acerada de seguir vivo? ¿Y Freud?

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