REFUGIADOS: UN CENTENARIO INFELIZ*

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Refugiados macedonios de la Gran Guerra.

LAS CONTROVERTIDAS POLÍTICAS -PRACTICADAS POR PAÍSES COMO SUIZA O DINAMARCA– de requisar bienes de refugiados para financiar los costes de su manutención marcan un hito de la incapacidad deEuropa para hacer frente a esas llegadas. Sus medidas ante la crisis pasan por alzar barreras, limitar movimientos y disuadir de llamar a la puerta en busca de amparo. En este sentido, sobre la agenda política parece planear cada vez más la sombra alargada de la ultraderecha, dispuesta restringir la entrada de extranjeros, limitar su privacidad y disponer de mayor control de los controles fronterizos.

¿Pero desde cuándo existen los refugiados? Apenas es conocido que son un producto de la Gran Guerra (1914-1918). Previamente habían existido grandes éxodos como resultado de persecuciones religiosas, raciales o políticas, pero como señaló la pensadoraHannah Arendt en ‘Los orígenes del totalitarismo’, aquella contienda marcó un cambio cualitativo. Sus tratados de paz pretendieron crear estados-nación étnicamente homogéneos y el Estado pasó de ser un instrumento de la ley a serlo de la nación, con el resultado de que proliferaron refugiados y apátridas.

De este modo, la disolución de los imperios centrales forzó a desplazarse a 10 millones de personas, que perdieron su patria sin adquirir otra. Además, ante su llegada masiva a los nuevos estados, estos últimos empezaron a abolir el derecho de asilo, percibido como un anacronismo al remitir su origen a la antigüedad. Ilustró el sino de la nueva época una “limpieza étnica” espectacular en 1923, bendecida por las grandes potencias: 400.000 musulmanes helenos partieron a Turquía y 1.300.000 helenos de Turquía lo hicieron a Grecia, con un gran impacto sobre su población de 4,5 millones de habitantes.

En la época de entreguerras, Hitler plasmó las consecuencias del precario estatuto del refugiado, pues convirtió a los judíos en apátridas, siendo imitado por gobiernos como los de Hungría y Rumanía. Convertidos en parias, los lugares de asilo de los judíos disminuyeron dramáticamente y en julio de 1939 solo los acogía sin restricciones la concesión internacional de Sanghai, en China, que los japoneses cerraron en agosto. Ante tal clima, los nazis creyeron que existía un consenso antisemita, lo que allanó el camino del genocidio.

Trailer en inglés del documental Un mundo que no es nuestro (A World Not Ours, 2012), de Mahdi Fleifel, sobre los palestinos del campo Ain el-Helweh

En este marco, como señala el historiador Enzo Traverso en ‘A sangre y fuego’, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) comportó el desplazamiento de “al menos 40 millones de personas” por deportaciones, terror y cambios de fronteras. Con la modificación de su trazado los vencedores pretendieron homogeneizar étnicamente grandes territorios. Por ejemplo, Polonia, que había tenido un tercio de población no polaca, en 1948 era polaca en un 97%.

En los años 50, la descolonización y la eclosión de nuevos Estados dieron una dimensión global al problema, que no cesó de crecer: si en 1968 había 860.000 refugiados en África, en 1992 eran 6.775.000. Hoy existen campos de refugiados en los que han vivido hasta tres generaciones, como el de Ain el Helweh, creado en Líbano en 1948.

En este panorama desesperanzador, Europa va camino de cumplir la profecía que el sociólogo Zygmunt Bauman hizo el 2007 en ‘Tiempos líquidos’. Entonces apuntó que, según ACNUR, el 83.2% de refugiados de África y el 95.9% de Asia vivían segregados en campamentos, mientras que en Europa esa tasa solo era del 14.3%. Contemplaba que esa tendencia en Europa podía revertirse.

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Según el ACNUR, una de cada 122 personas del mundo sería un refugiado.

Los estados fallidos y las guerras desreguladas han disparado la cifra de refugiados: según el ACNUR, en el 2015 se habría alcanzado el récord de refugiados al superar los 60 millones (1 de cada 122 personas del mundo). La humanidad se acerca a uno de sus centenarios más infelices: el de la invención de los refugiados. Sobre ellos planea un gravoso estigma que Bauman ha plasmado así: “Una vez que se es refugiado, se es para siempre”. Su máxima refleja lo poco que hemos aprendido de un siglo de guerras y catástrofes.

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* Este artículo fue publicado originalmente en el El Periódico (27/I/2016).

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