¿QUÉ HACER CON LOS INTELECTUALES FASCISTAS?*

Knut_HamsunKnut Hamsun en 1914 (foto de Anders Beer Wilse procedente de Wikipedia).

LA CONMEMORACIÓN DEL 150º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL ESCRITOR KNUT HAMSUN (1859-1952) en Noruega en el 2009 creó allí una incómoda situación, al reunir este autor la condición de galardonado con el Nobel en 1920 y admirador del nazismo. La efeméride dividió al país, y su presupuesto de 1.3 millones de euros contrastó con los 7.5 millones dedicados el 2006 al centenario de la muerte de Henrik Ibsen. Vino a ser, pues, una conmemoración con sordina: “hablemos de él, pero en voz baja”.

Con Louis Ferdinand-Céline (1894-1961) la cuestión no varía mucho: autor imprescindible en la literatura francesa, resulta incómodo al encarnar la “vanguardia” fascista con sus contradicciones, ahora visibles en buena medida en los comentarios publicados de su última esposa, Lucette Destouches, en Céline secreto.

¿Qué hacer con los autores fascistas?

Hoy su ideología sólo puede parecernos execrable, pero existen dos elementos de fondo a tener en cuenta al abordar sus figuras, al margen de reivindicaciones ideológicas. El primero es que no se puede disociar al autor de su época, y si rechazamos la cultura fascista de entreguerras nuestra nómina de autores “libres de toda sospecha” puede quedar muy limitada. En el caso francés, por ejemplo, incluiría a Marcel Jouhandeau (1888-1979), Henry de Montherlant (1895-1972) o Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), cuya biografía publica ahora Enrique López Viejo. La de Italia, por poner otro ejemplo, podría sumar a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Luigi Pirandello (1867-1936), Curzio Malaparte (1898-1957) y los hombres de letras que se asociaron al fascismo, flirtearon o se comprometieron con él y luego rompieron con esta ideología. Así la nómina de intelectuales “malditos” (o como se les quiera llamar) puede crecer de modo voluminoso.

La segunda cuestión que se debe plantear al valorar a estos autores es aún más relevante: el intelectual de fama que pone su nombre en letras de molde al servicio del enemigo deviene el “traidor” por antonomasia. En la Francia de posguerra el escritor Jean Paulhan (1884-1968) puso el dedo en esta llaga en 1947, cuando afirmó que “los ingenieros, empresarios y albañiles que construyeron el muro del Atlántico [una fortificación erigida en el norte de Francia entre 1941 y 1944 por los alemanes], pasean muy tranquilos entre nosotros” y “construyen los muros de las nuevas cárceles donde se encierra a los periodistas que cometieron el error de escribir que el muro del Atlántico estaba bien construido”. Y es que se sancionó con mayor severidad a quienes loaron el esfuerzo de guerra nazi, que a quienes participaron en él. Céline lo comentó con sorna ante su proceso: “Con tres o cuatro kilómetros de muro del Atlántico, yo me libraría. ¡Haría mucho que estaría ‘archivado’!”.

Finalmente, en España, al calibrar la relación entre intelectuales y fascismo tenemos un problema de perspectiva y es que ésta no ha sido necesario plantearla. Los cuarenta años de dictadura ofrecieron un generoso margen para que todo el mundo evolucionara políticamente y quedasen difuminados sus compromisos del pasado: ¿Qué decir, sino, del Camilo José Cela que se ofrecía como confidente policial en 1938? ¿O del Poema de la bestia y el ángel que José Mª Pemán escribió ese año al servicio de los sublevados? ¿O del Dionisio Ridruejo que en 1942 rompió con Franco porque éste no instauraba un régimen realmente falangista?

¿Podemos separar a los autores de la obra?

En definitiva, podemos continuar estigmatizando a los autores fascistas o manipularlos con pinzas por el rechazo que nos producen, pero si prescindimos de ellos perderemos de vista que no fueron individuos aislados, sino que formaron el mascarón de proa de una Europa en la que el fascismo sedujo a amplias masas, por lo que la visión de la literatura del Viejo Continente quedará amputada.

Con estas consideraciones no exhortamos a tirar cohetes ante el cumpleaños de Hamsun ni a erigir altares a Cèline; sólo a dejar patente que sus figuras se deben asumir con su brillantez literaria y su ideología condenable: forman un todo indisociable en términos personales y de la era que les tocó vivir.

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* Este artículo se publicó originalmente en Qué leer, 144 (junio 2009, p. 4) con el título “Escritores fascistas, autores ‘malditos’”. En esta entrada hemos actualizado los tiempos verbales para facilitar la lectura.

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