“EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”, EL MEJOR ESTUDIO DEL IMPACTO DE LA VIOLENCIA POLÍTICA EN LA TRANSICIÓN

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EL HISTORIADOR JUAN AVILÉS considera que nuestra obra La Transición española. El voto ignorado de las armas es “el mejor estudio de conjunto hasta ahora publicado sobre un tema tan importante como complejo: el impacto de la violencia política en la transición a la democracia”.

Lo ha destacado en una reseña publicada en el suplemento El Cultural del diario El Mundo, accesible on-line aquí. En la recensión, que reproducimos a continuación, polemiza sobre distintos aspectos del libro, sin dejar de subrayar su valor como aportación histórica.

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Fotomontaje sobre el atentado de Carrero (ABC, 2/VII/2012).

El último libro del historiador Xavier Casals (Barcelona, 1963), autor de obras importantes sobre la extrema derecha catalana y española, representa el mejor estudio de conjunto hasta ahora publicado sobre un tema tan importante como complejo: el impacto de la violencia política en la transición a la democracia. Dado que últimamente ha estado de moda denigrar a la Transición, conviene aclarar de entrada que Casals no se suma a esa corriente, pues no cuestiona su éxito en establecer una democracia estable y en poner fin al aislamiento internacional de España. Cree sin embargo que en las historias de la Transición no se da suficiente importancia al peso que en las decisiones políticas de aquellos años tuvieron el terrorismo, por un lado, y el temor a un golpe militar por otro, dos fenómenos que, como acertadamente señala Casals, estuvieron estrechamente relacionados, pues el terrorismo representó el factor más importante para la radicalización involucionista de ciertos sectores de las Fuerzas Armadas.

Con un encomiable esfuerzo de síntesis, Casals ha abordado en quinientas páginas de texto el conjunto de las acciones terroristas, las tramas golpistas y los abusos policiales (Vitoria, Rentería) que se produjeron entre el asesinato del almirante Carrero en diciembre de 1973 y el golpe del 23-F en 1981. Lo completa con un extenso aparato de notas que permite al lector conocer la fuente de todas sus afirmaciones.

El análisis histórico de todo ello tropieza con la imposibilidad de contar con suficientes fuentes primarias, que permanecen inaccesibles a los investigadores y en parte pueden haber sido destruidas. Casals lo suple con un extraordinario conocimiento de todo lo publicado sobre estos temas por protagonistas más o menos relevantes, periodistas e historiadores, respecto a todos los cuales muestra una gran honestidad intelectual, reconociendo su deuda con ellos, citando sus tesis y en su caso mostrando sus discrepancias. La aportación personal de Casals no consiste tanto en novedades puntuales sino en su análisis de conjunto, que sitúa los hechos concretos en un marco interpretativo general, con el que se podrá estar o no de acuerdo, pero que en todo caso resulta sugestivo.

Puesto que las fuentes son citadas explícitamente y su credibilidad analizada, el lector puede formarse su propia opinión, quizá en algunos casos discordante con la del autor. Por mi parte considero que Casals da demasiado valor a algunos testigos dudosos. No me parece creíble el testimonio que a los periodistas José Díaz e Isabel Durán dieron dos inspectores de policía, expedientados por temas de corrupción, que afirmaron haber recibido de sus superiores la orden de cometer un atentado con explosivos contra Enrique Tierno Galván en 1976, en el momento en que se celebraba el primer congreso de su partido, algo a lo que se habrían negado, sin que quede claro porque no recurrieron sus jefes a otras personas. Y tampoco creo que se pueda dar crédito alguno a la afirmación del neofascista italiano Stefano delle Chiae, refugiado en España, según el cual el ultraderechista Mariano Sánchez Covisa, en conexión con quién sabe qué aparatos del Estado, habría tratado de involucrarle en la muerte del manifestante Arturo Ruiz.

En cuanto a la afirmación del hijo de uno de los fallecidos en el atentado anarquista contra la sala de fiestas Scala, según el cual el ministro Rodolfo Martín Villa ¡en persona! le entregó a su madre un cheque de un millón de pesetas, en un reconocimiento implícito de la responsabilidad del Estado en lo ocurrido, no es necesario comentario alguno. Cuando se estudian tramas terroristas o golpistas, el investigador se topa con conspiraciones reales difíciles de esclarecer, pero conviene descartar los testimonios más delirantes.

Estos detalles no empañan la calidad del libro, que proporciona un análisis riguroso de cuestiones tan relevantes como el asesinato de Carrero y su posible contribución a la incapacidad del régimen de subsistir tras la muerte de Franco; el impacto del terrorismo, especialmente de ETA, en la deriva golpista de sectores militares, potenciada por los continuos asesinatos de miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado; los inicios, nunca esclarecidos, dela “guerra sucia” contra ETA, que comenzó mucho antes de que aparecieran los GAL; el caso de los grupos terroristas catalanes y la cuestión de por qué no llegó a haber una ETA catalana; el papel de la ultraderecha organizada en el fomento de la violencia; el terrorismo canario del MPAIAC y el atentado contra su líder Cubillo, con toda probabilidad organizado desde el aparato del Estado, aunque no sepamos qué nivel; y por último los antecedentes del 23-F y en especial las intrigas del general Armada, a las que demasiada gente dio alas.

La interpretación general, que se va apuntando a lo largo de la obra, se expone de manera concisa y clara en las conclusiones, algo que es muy de agradecer, porque en demasiados libros las tesis del autor no se explicitan, sino que han de ser pacientemente extraídas por el lector. Debo sin embargo decir que no todas sus conclusiones me parecen convincentes. Creo que acierta al argumentar que en algunos casos la violencia resultó contraproducente para sus promotores: la ultraderecha se desacreditó por los actos violentos de algunos de sus militantes, el caso Scala desprestigió a la CNT, la matanza de Atocha generó un clima de solidaridad que favoreció la legalización del PCE, la irrupción de Tejero en el Congreso acabó para siempre con el golpismo. Pero, por otro lado, habría sido conveniente analizar el caso de ETA, cuyos atentados no perjudicaron, y quizá favorecieron, el desarrollo en Euskadi de un movimiento político, minoritario pero significativo, que sigue presente hoy.

Por otra parte, en mi opinión, Xavier Casals tiende a sobrevalorar el impacto político de la violencia. La transición habría sido más difícil si Carrero Blanco hubiera estado presente, una hipótesis imposible de probar o desmentir, como todas las contrafactuales, pero yo me inclino por lo argumentado en su día por Javier Tusell: el almirante habría dimitido al ver que se desmantelaba el régimen de Franco, pero no se habría opuesto al Rey. El radicalismo de Tejero hizo inviable la maniobra “gaullista” del general Alfonso Armada, pero al margen de ello me parece imposible que el Congreso, aún sin la irrupción de los tricornios, hubiera optado mayoritariamente por entregar el gobierno a un general.

Es posible que la violencia de ETA contribuyera a que se diera un tratamiento fiscal favorable al País Vasco y Navarra, pero hay que recordar que los conciertos económicos tenían una larga tradición histórica en aquellas provincias.

Me cuesta creer que el MPAIAC, que carecía de apoyo social en Canarias, representara una amenaza relevante, ni que el atentado contra Cubillo la desactivara. Y me parece más que dudoso que, en ausencia de los luctuosos episodios de Montejurra, de la matanza de Atocha y la sala Scala, hubieran tenido mucho futuro ni el carlismo socializante, ni la ultraderecha ni el anarcosindicalismo. Sencillamente no sintonizaban con el sentir mayoritario de los españoles en aquellas fechas.

Por otra parte considero muy acertado que Casals descarte abiertamente la hipótesis de una estrategia de la tensión, es decir de una acción coordinada de la ultraderecha para generar mediante el terrorismo un ambiente favorable al golpe militar.

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