LETIZIA: UNA PLEBEYA EN EL TRONO*

Video del incidente entre las reinas Sofía y Letizia en la catedral de Palma.

EL TENSO INCIDENTE VIVIDO RECIENTEMENTE EN PALMA ENTRE LAS DOS REINAS, SOFÍA Y LETIZIA, invita a reflexionar sobre el pretendido efecto positivo que tienen para las monarquías los enlaces morganáticos (es decir, entre plebeyos y miembros de la realeza). A inicios de este siglo estos casamientos menudearon. Recordamos los matrimonios de Mette Marido de Noruega, Máxima de Holanda, Mary de Dinamarca y Letizia.

Eran uniones que supuestamente “modernizaban” a la Corona al acercarla a la ciudadanía. Así, en abril de 2004 la revista Lecturas hacía esta valoración de la boda de Letizia: “el hecho de que provenga de una familia de clase media, que haya trabajado y sepa lo que vale la cesta de la compra, la hace todavía más cercana a los súbditos”.

El peligro: vulgarizar la Corona

El problema es que estos enlaces también pueden “vulgarizar” la monarquía y llevarla por el pedregal. El heraldista Armand de Fluvià lo apuntó el 2003, al hacerse público el enlace de Felipe y Letizia: “cuando los reyes se comportan como simples ciudadanos normales, el ciudadano común primero se alegra de ver tanta cotidianidad, pero pronto se pregunta: si son como todo el mundo […], por qué tanto […] privilegio? Lo que empieza con aplausos puede acabar, muy fácilmente, con silbato”.

Por esta razón la familia real española ha sido una celosa seguidora de la tradición de enlazar a los futuros Reyes con princesas. Juan de Borbón fue tajante al respecto cuando se especuló sobre una boda entre su nieto -el actual monarca- e Isabel Sartorius en los años noventa: “El príncipe [Felipe] sabe que no puede ser libre para elegir a su futura mujer porque ésta será la Reina de España. Su libertad de acción será limitada”; “Para ser reina hay que casarse con un futuro rey y, para eso, hay que prepararse desde niña”, manifestó. Juan Carles perseveró en esta línea y se ha dicho que aceptó la boda de Felipe con Letizia porque su hijo le habría hecho un contundente ultimátum: “o esto o lo dejo todo”.

No obstante, Letizia habría favorecido a la Corona. La institución flaqueaba cuando Juan Carlos I abdicó en 2014. Según el CIS, era valoraba con un 3.7 (muy alejado del glorioso 7.4 de 1994), pero en abril de 2015, con los nuevos Reyes, repuntó al 4.3.

Malos pronósticos demoscópicos

En la caída de popularidad mencionada también influyó (y no poco) el otro plebeyo notorio incorporado a la familia del Rey: Iñaki Urdangarín. Este deportista inicialmente facilitó que la monarquía ganara proximidad ciudadana, pero su posterior odisea judicial se ha convertido en un potente ariete contra la Corona.

En este escenario, el episodio de Palma pone de relevo la fragilidad del que ha sido el gran activo de Letizia: su telegenia. Del mismo modo que esta cualidad ha contribuido a encumbrarla, ahora ha deteriorado su proyección y -de rebote- a la de la familia real. Su actuación impidiendo en Sofía hacerse una foto con las niñas se ha hecho viral y ha contradicho la conducta ejemplar que teóricamente practica la realeza. El difunto historiador Javier Tusell alertó de los costes que podían tener situaciones como esta: “La Monarquía española no aguantaría una sobreexposición mediática como sufre la británica, porque no está consolidada”.

Una “modernización” arriesgada

En síntesis, los casos de Letizia y Urdangarín ilustran como la “modernización” de la Corona con la incorporación de plebeyos puede tener grandes costes para la institución. Y es que las monarquías son aristocráticas y conservadoras por definición y si se quiere acercar la jefatura del Estado a la sociedad, lo lógico es que sea esta última quien lo elija. El riesgo de intentarlo con plebeyos es que estos –nolens volens– pueden devenir unos involuntarios y potenciales aliados del republicanismo.

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* Artículo publicado originalmente en catalán en Xavier Casals, “Letícia, una plebea al tron”, Ara (6/IV/2018).

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