JUAN CARLOS I, DE LA GLORIA A LA CAÍDA EN PICADO

El Rey emérito firmando su abdicación (foto de El Periódico).

 

FELIPE VI HA RENUNCIADO A LA HERENCIA PATERNA Y HA RETIRADO LA ASIGNACIÓN ANUAL de 194.232 euros a su progenitor al trascender que este habría recibido 100 millones de euros saudís mediante una fundación, Lucum, de la que su hijo era segundo beneficiario. El gesto de Felipe VI evidencia cómo el Rey emérito, que gozó de gran popularidad hasta los años 90, hoy es el activo más tóxico de la Corona. Veámoslo.

Juan Carlos I llegó a España en 1948 (con 10 años) para ser educado bajo la tutela de Francisco Franco, permaneciendo bajo su férula hasta que este falleció en 1975. De resultas de ello, la relación de Juan Carlos y su padre, don Juan de Borbón, conoció grandes tensiones. Ello se debió a que la ley de sucesión que en 1947 hizo aprobar el dictador le permitía escoger a su sucesor a título de rey. Don Juan temió entonces que Franco eligiera a su hijo como futuro monarca y él quedase preterido, como sucedió en 1969. El año anterior nació Felipe, el monarca actual, lo que favoreció que el autócrata designara a Juan Carlos como sucesor al tener un heredero. Al morir Franco en 1975 fue proclamado rey.

La ley para la reforma política

El flamante monarca sorprendió entonces a los ultras y a los opositores a la dictadura al promover la rápida instauración de una monarquía parlamentaria. De ese modo, en enero de 1977 se promulgó la ley para la reforma política que desmanteló el franquismo y permitió celebrar aquel junio las primeras elecciones desde 1936. Las nuevas Cortes aprobaron una Constitución en 1978. Como colofón del cambio espectacular, Juan Carlos I frustró con su oposición el golpe de Estado castrense del 23-F de 1981. Ello alumbró el ‘juancarlismo’: la adhesión de izquierdistas y republicanos al monarca (que no a la Corona). Y su popularidad alcanzó el cenit al lograr la cuadratura del círculo: el rey que Franco escogió se había consolidado como rey de los demócratas.

En tal escenario el monarca fue ensalzado como “piloto del cambio” político y su trato ‘campechano’ le confirió un aura de proximidad. La popularidad de la monarquía fue enorme y en los sondeos del CIS su valoración llegó al 7,4 sobre 10 en 1994 y 1995. Luego conoció una erosión lenta con puntuaciones superiores a 6 hasta el 2006, cuando cayeron a 5 y no se recuperaron. Con el ‘caso Nóos’, que estalló en el 2011 e involucró a Iñaki Urdangarin y a la infanta Cristina, llegó el suspenso (4,8). Pero fue el propio Rey quien asestó un mazazo a la imagen de la Corona en 2012 al trascender su cacería de elefantes en Botsuana y la existencia de su amiga Corinna zu Sayn-Wittgenstein. La valoración de la Monarquía cayó en el CIS a 3,6 en el 2013 y 3,7 el año siguiente. De ahí que el Rey abdicase ese año: había que atajar la devaluación alarmante de la institución. Significativamente, tras obtener esta un 4,3 en 2015 el CIS ya no preguntó más por ella.

En julio del 2018 la popularidad del Rey emérito recibió un golpe demoledor al filtrarse conversaciones privadas de Corinna que aludían a sus manejos financieros que han desembocado en la situación actual. Afirmó en ellas que Juan Carlos I no distinguía “entre lo que es legal y lo que es ilegal”.

Un afán pecuniario arraigado

Debe destacarse que este afán pecuniario estaba muy arraigado en su familia. Las finanzas ya preocuparon a Don Juan en su largo exilio portugués e inquietaron también a su abuelo Alfonso XIII al exiliarse en 1931 con sus seis hijos. No sorprende, pues, que siendo Juan Carlos un príncipe al que El Pardo controlaba hasta sus ‘coca-colas’ llamase al periodista Jaime Peñafiel cuando firmó su gran contrato con ‘¡Hola!’ porque –según afirmó el periodista- “quería saber lo que me iban a pagar” a la vez que lamentó su asignación. Ahora esta cuestión afecta de lleno a Juan Carlos I (y de rebote a la Corona).

Cabe pensar que su conducta laxa y velada en los asuntos crematísticos la facilitaron varios factores: su inviolabilidad constitucional, la opacidad de las finanzas regias (solo publicadas en 2011 bajo el efecto del ‘caso Nóos’), la falta de límites oficiales en esta cuestión y en aceptar regalos, y un trato cortesano duradero de medios políticos y de comunicación. Lo expuesto indica que el Rey emérito olvidó la filosofía que insufló a su hijo: “Oye, no te creas que esto está ganado ‘pa’ siempre. Aquí hay que ganarse el sueldo día a día. […]. Si nos tumbamos a la bartola, ‘nos botan’”. Y algo de eso hay, pues quienes hoy impugnan el ‘régimen del 78’ no pueden tener un icono más claro de la decadencia que imputan al sistema: la de su artífice principal.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (20/III/2020): Xavier Casals, “Juan Carlos I, de la gloria a la caída en picado”. La imagen del inicio de este post procede del mismo.

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