LA IMPORTANCIA CRECIENTE DEL VOTO OBRERO A LA ULTRADERECHA

mayo 1, 2017

Reportaje de la visita de Macron y Le Pen a la fábrica Whirlpool.

LA DERECHA POPULISTA ACTUAL CUENTA CON UN AMPLIO VOTO OBRERO. Lo hemos analizado con detalle en un trabajo accesible en PDF de modo gratuito: ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha? Diez reflexiones para elaborar una respuesta (2015).

En la campaña electoral francesa este episodio ya se ha advertido en el distinto recibimiento que tuvieron los dos candidatos a la presidencia francesa cuando visitaron Whirlpool en Amiens el día 27 de abril. La empresa será trasladada a Polonia el año próximo, lo que implicará destruir 380 puestos de trabajo (pese a obtener beneficios). Mientras no faltaron serios abucheos a Emmanuel Macron, Le Pen gozó de una favorable acogida, como los medios de comunicación han difundido (lo refleja el video del inicio de este post).

En un extenso y documentado artículo reciente, el periodista y editor Manuel Florentín ha vuelto sobre esta cuestión: “El voto obrero de Marine Le Pen”, en www.huffingtonpost.es (17/IV/2017). En él cita nuestro estudio precedente y reitera la mayoría de sus planteamientos, aportando datos actualizados o novedosos que lo convierten en una lectura interesante. Por esta razón lo reproducimos a continuación.

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El voto obrero de Marine Le Pen

Bolonia, “Bolonia la roja”, bastión tradicional de la izquierda comunista italiana, en las municipales de 2016, la candidata de la Liga Norte alcanzó el 22,19 por 100 de los votos en una continua línea ascendente de este partido en dicha localidad. Simmering, barrio obrero y tradicional feudo izquierdista de “Viena la roja”, últimas presidenciales, ganó el FPO con el 42,9 por 100 de los votos: entre sus votantes había obreros locales y también inmigrantes. En Dinamarca, en 2015, el Partido Popular Danés siguió aumentando su porcentaje de voto obrero que supera el 21 por 100 cuando en 1979 era solo del 2. En Finlandia ocurre otro tanto hasta el punto de que Verdaderos Finlandeses se presenta como “el partido de los obreros sin socialismo”. En Holanda el Partido por la Libertad, de Geert Wilders, creado en 2006, tras la crisis de 2008 ha ido aumentando su implantación popular, siendo a veces el partido más votado de zonas humildes de localidades como Almere, Onderbanken, Volendam, el puerto de Róterdam…

En Francia, el caso de mayor recorrido histórico y el que más se ha estudiado, el Frente Nacional (FN) es el partido que actualmente obtiene más votos entre los trabajadores, entendiéndose por tal a obreros, mano de obra poco cualificada y clases bajas. En las últimas elecciones departamentales de 2015, el Frente Nacional obtuvo el 35 por 100 de los votos de los trabajadores, mientras que la derecha obtuvo el 31 y la izquierda el 32 cuando esta última tradicionalmente captaba el 70 por 100 del voto obrero, y aún en 1988 el socialista Mitterrand obtuvo el 59 (Libération, 2-11-2016). Cifras que rechaza el periódico comunista L´Humanité apuntando que ese alto porcentaje no es tanto porque los obreros voten al FN sino por la elevada abstención entre éstos: no especifica el porcentaje de abstención obrera, pero afirma que menos de un obrero de cada siete votó FN (“Moins d´un ouvrier sur sept a voté FN en 2015”, L´Humanité, 6-2-2017). Opinión refrendada por el candidato izquierdista Jean-Luc Mélenchon quien sostiene que el 60 por 100 de los obreros se abstiene “molestos con un sistema político y mediático que los margina” (Europe 1, 15-3-2017).

Dicho esto, la implantación del Frente Nacional, mayor o menor, entre el electorado de clase obrera ha sido progresiva. Según el politólogo francés Florent Gougou, el FN ha pasado de tener el 25 por 100 del voto obrero con Jean-Marie Le Pen a más del 30 con su hija: el 17,6 por 100 en 1988; el 21,1 en 1995; el 25,6 en 2002; cayó al 15,6 en 2007; y volvió a subir en 2012 con el 30,9 por 100 (VV. AA., Les faux-semblants du Front national, Sciences-Po, París 2015). Se ha asentado en viejos feudos comunistas como Tolón, Marsella, la región de Calais, el noreste de Francia, el cinturón rojo de París con Saint-Denis a la cabeza… Un fenómeno para el que el politólogo francés Pascal Perrineau acuñó el término de “gaucho-lepénisme”, o izquierdo-lepenismo (Pascal Perrineau, Le symptôme Le Pen, Fayard 1997).

Algunos analistas niegan la relación paro-ascenso de la extrema derecha y ponen como ejemplo que en la crisis de 2008, en países como España, Portugal o Grecia subió la izquierda y no la extrema derecha. En el caso francés sí hay cierta relación. En los departamentos en los que el desempleo es superior al 14 por 100, en 2015 el FN superó el 40 por 100 frente al 25 cosechado donde es inferior al 8 por 100. Zonas, las primeras, en las que se han dado deslocalización y cierres de fábricas (Challenges, 23-9-2016). Sirva de ejemplo el caso de Florange. En las últimas elecciones europeas el partido socialista llevó como cabeza de lista a Edouard Martin quien, pese a ser un conocido sindicalista de la región, obtuvo el 18 por 100 de los votos frente al 31 por 100 del candidato del Frente Nacional.

Según la politóloga francesa Nonna Mayer, en las elecciones de 2012, de entre el electorado sin estudios o con estudios básicos, el FN captó el 30 por 100 de los votos, mientras que solo obtuvo el 15 por 100 de los que tienen un título medio y un 7 por 100 de los poseedores de un título superior. Según Mayer votan más los trabajadores con riesgo a perder su nivel de vida y su puesto de trabajo que los parados de larga duración. En las elecciones de 2012, Marine Le Pen captó el 37 por 100 de los trabajadores con riesgo a perder su puesto de trabajo y solo el 23 por 100 de los que lo habían perdido todo (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks 27-2-2014; VV. AA., Les faux-semblants du Front National, Sciences-Po, París 2015) que se inclinarían por votar izquierda o abstenerse como manifiesta Mélenchon. También ha pasado en las dos últimas elecciones holandesas (“Dutch election: How the far right…”, The Telegraph, 17-3-2017).

A la captación de voto obrero, y este fenómeno no es únicamente francés, se une el paso de cuadros y militantes izquierdistas a estas formaciones, sosteniendo que lo hacen porque son las únicas que siguen defendiendo los derechos de los trabajadores. En la cúpula del FN, uno de los ideólogos del cambio de imagen entre el FN de Jean-Marie Le Pen y el de su hija es Florian Philippot: viene de las filas del exministro socialista Jean Pierre Chévénement. No es el único, ahí están entre otros los casos del histórico socialista Daniel Gest o el del trotskista y sindicalista de la Confederación General de Trabajadores Fabien Engelmann. Éste, en 2011, se pasó al FN y con él ganó la alcaldía de Hayangue con el 37,7 por 100 de los votos, enclave de la siderurgia de Lorena y feudo tradicional del comunismo y del socialismo francés.

“Los actuales nacional populistas europeos no solo captan el voto obrero, también el femenino cuando hasta no hace mucho éste era mayoritariamente masculino”.

Los actuales nacional populistas europeos no solo captan el voto obrero, también el femenino cuando hasta no hace mucho éste era mayoritariamente masculino. Por un lado, por la irrupción de mujeres al frente de estos partidos: Marine Le Pen en el Frente Nacional francés; Frauke Petry, en Alternativa para Alemania (AfD); Pia Kjaersgaard, fundadora del Partido Popular Danés y actual presidenta del Parlamento de Dinamarca. Por la visión diferente que tienen éstas, con respecto a la tradicional de estos partidos, sobre cuestiones como el divorcio, el aborto, la familia, la homosexualidad… Un factor muy importante en la captación del voto femenino es la mayor presencia islámica en nuestras sociedades y el rol que confiere a la mujer: el temor a que una mayor influencia islámica acabe con los derechos logrados hasta ahora en nuestras sociedades –en este sentido coincide con un aumento del voto manifiesto entre homosexuales hacia estos partidos–. Y, por último, y esto está vinculado al voto obrero, la transformación social que ha llevado a que un amplio sector femenino se vea sometido a duras condiciones laborales. En Francia, el 75 por 100 de los contratos a tiempo parcial son de mujeres.

Además del voto femenino, la extrema derecha también capta el voto juvenil, tanto obrero como no obrero: en el caso del FN, el 35 por 100 en 2015 entre las edades de 18 y 24 años (“Régionales: le Front National en tête chez les ouvriers et les jeunes”, PublicSénat,17-12-2015). En Francia se explica porque el joven ya no tiene presente la dictadura del mariscal Pétain durante la Segunda Guerra Mundial para asociarla con el FN como hacen los mayores. Según el politólogo Florent Gougou, son jóvenes que ya nacieron existiendo el FN y con él sus campañas contra la inmigración y su crítica a las “elites” políticas y económicas (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks, 27-2-2014). Jóvenes que nunca cambiaron su voto ya que muchos nunca votaron a la izquierda (“Front National: les raisons d´une ascension”, Sciences Humaines, 15-11-2013). En el caso de Austria, y sería válido para el resto de Europa, el politólogo Peter Filzmaier lo asocia al carácter antisistema de estos partidos que resulta más atractivo entre los jóvenes que entre el electorado de mayor edad (Libération, 16-5-2014).

En la línea de Gougou, algunos politólogos como Nonna Mayer ya habían apuntado como explicación a la captación del voto obrero por la extrema derecha a que se trata de una nueva generación de obreros los que votan al FN. Con ello niega que haya habido un cambio de voto del obrero y de paso argumenta, en contra del término de Perrineau de “gaucho-lepenisme”, que no hay tal “obrero-lepenismo” sino que siempre fue “derecho-lepenismo”: según una encuesta de 2012, el 49 por 100 de los trabajadores que votaron al FN se declararon de derechas, frente al 29 de centro y solo el 9 de izquierdas (“Le FN, parti des ouvriers?” Les Inrocks, 27-2-2014).

Pero el tema es más complejo. En los años ochenta los trabajadores que votaban por el entonces líder del FN, Jean-Marie Le Pen, manifestaban a la prensa que más que votar por el Frente Nacional lo hacían en contra de los partidos tradicionales de la izquierda: los socialistas de Mitterrand, los comunistas de Marchais… La razón: que sentían que ya no defendían sus intereses. Votaban al FN como voto de castigo, hoy se habla de voto de adhesión. No dudamos de que los que se autodefinen de derechas así se consideren, pero habría que ver también si alguno no se define de tal manera también como efecto rechazo a quienes se llaman de izquierda y que consideran que no defienden sus derechos. Lo cual no excluye el cambio generacional, el que no sean los mismos obreros y por lo tanto no han cambiado su voto, y que en algún caso, como dice Nonna Mayer (“Le FN, parti des ouvriers?” Les Inrocks, 27-2-2014) el “obrero lepenismo” sería “derecho lepenismo” ya que es cierto que comparten criterios con la extrema derecha en materia de inmigración o identidad nacional.

Aunque en este aspecto también hay controversias. Pascal Perrineau señala que los valores del votante de izquierda no siempre han coincidido con los que reivindican sus partidos, o si han coincidido hoy se verían como políticamente incorrectos. Apunta una encuesta de 1969 en la que los trabajadores, cuando votaban en un 80 por 100 a los partidos de izquierda, en un 71 por 100 opinaban que había “demasiados norteafricanos en Francia” y el 59 por 100 pensaba lo mismo con respecto de “españoles y portugueses”. También recuerda que en 1981, el secretario general del partido comunista, George Marchais, escribió al rector de la mezquita de París sobre la necesidad de que se “frenara la inmigración oficial y clandestina” para evitar que aumentara el paro, aunque especificando que lo que le movía era la “comunidad de intereses, la solidaridad de los trabajadores inmigrados. Todo lo contrario del odio y la ruptura”. Ese año varios alcaldes comunistas de distintas localidades destacaron por su actitud contra la acogida de inmigrantes extranjeros: en Vitry-sur-Seine se derribó un hogar de inmigrantes con palas mecánicas (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard, París 2014).

Se sitúa entre 1993 (según la Fundación socialista Jean Jaurès, Libération, 2-11-2016) y 1995 la fecha en la que se produce este giro del obrero hacia el FN y se basa en tres pilares: la “desobrerización” del discurso de la izquierda, ya no se habla del mundo obrero en campaña electoral; el cambio del liberalismo económico por el proteccionismo en el discurso del FN; y la renovación generacional del mundo obrero de la que ya hemos hablado (France Info, 16-3-2017).

“La clase trabajadora que no se socializa de la misma manera en lo que se llama la actual sociedad postindustrial, perdiendo el vínculo con los sindicatos y los partidos de izquierda tradicionales”.

La mayor parte de los estudiosos del ascenso de la extrema derecha dan como explicación a este fenómeno el miedo a la inmigración como competencia laboral, como mano de obra más barata, sobre todo después de la crisis económica de 2008; competencia también de cara a recibir prestaciones sociales de un Estado de bienestar que los recorta. Otros aspectos son la globalización que ha traído deslocalización de empresas y con ello paro y precariedad laboral; el malestar con el funcionamiento de la democracia; los escándalos de corrupción entre las “elites” políticas y económicas; y el desencanto con los partidos tradicionales de izquierda. En este último caso, porque estos partidos han gobernado y han aplicado las mismas políticas de austeridad económica de la derecha; por otro, porque no han sabido frenar el paro o generar puestos de trabajo; y, por último, porque, aunque no lo han fomentado, tampoco se han opuesto a la globalización y a la deslocalización de las empresas, lo que ha elevado el desempleo.

Otra de las explicaciones que se da es que los centros de trabajo no son como los de antaño: ya no hay tantas fábricas, se ha reducido el número de obreros industriales en favor del de servicios, se ha dispersado la estructura laboral en una economía globalizada en la que priman las multinacionales, lo que ha reducido las “solidaridades obreras” (Où en est le vote ouvrier?, Fondation Jean Jaurès, París, 8-1-2013). La clase trabajadora que no se socializa de la misma manera en lo que se llama la actual sociedad postindustrial, perdiendo el vínculo con los sindicatos y los partidos de izquierda tradicionales. La sustitución de los contratos indefinidos por los temporales, el trabajo autónomo, o en casa, y la precariedad laboral han conllevado una caída de la sindicación y la militancia en los partidos de izquierda y con ello la canalización del voto obrero hacia éstos. Según una encuesta de Ifop para el periódico comunista francés L´Humanité, en las últimas elecciones el 13 por 100 de los asalariados votó a la izquierda frente al 32 al FN; el 18 “próximos a un sindicato” votó izquierda” frente al 29 al FN; y el 35 de los militantes del sindicato CGT, próximo al partido comunista, votó a la izquierda frente al 27 que lo hizo al FN (L´Opinion, 12-1-2016).

Según Pascal Perrineau, la extrema derecha ha asumido aparentemente la defensa del Estado de bienestar, el FN reclama proteccionismo, intervencionismo económico del Estado y garantizar los servicios públicos (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard París 2014). Une valores sociales de izquierda con valores políticos de la derecha como el orden y la autoridad (Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg, Les Droites extrêmes en Europe, Seuil, París 2015). En palabras del politólogo Peter Filzmaier, y en el caso de Austria, el FPO tiene “una política migratoria de derechas y una política social de izquierdas, a veces mucho más a la izquierda que la socialdemocracia en algunos puntos, lo que atrae a electores desencantados con los socialdemócratas” (Libération, 16-5-2014). En el caso de Dinamarca, en 2015, el Partido Popular Danés basó su campaña en prometer una subida del 0,8 por 100 del gasto público, invertir más en servicios públicos, mejorar los subsidios de desempleo; es decir, preservar el Estado de bienestar: según el politólogo Ove K. Pedersen fue el partido que más hincapié hizo en la política social lo que le llevó a manifestar, aunque irónicamente, que estamos ante “un partido de extrema derecha socialdemócrata” (Politiken, 30-4-2016).

Otro factor que explica el voto obrero entre la extrema derecha está en la composición de los cuadros y cargos electos de los partidos actuales de izquierda: ya no forman parte de la clase trabajadora como antaño sino a la clase media alta, cuadros bien remunerados o funcionarios (profesores universitarios) con los que los trabajadores no se identifican ya que sienten que no defienden sus intereses al no conocer sus problemas porque no están a pie de calle, no viven en sus mismos barrios, no sufren la inseguridad social de algunos de éstos, tampoco corren peligro sus puestos de trabajo ni sus patrimonios. “Los roces se producen por la convivencia, los ricos no conviven con los inmigrantes”, decía en La Sexta el profesor Antonio Izquierdo (La Sexta 5-3-2017). Según Luc Rouban y Martial Foucault, del Cevipof, entre 2010 y 2015, el FN tuvo un 29,3 por 100 de cargos regionales electos de extracción obrera frente al 24,4 de la izquierda (Le Monde, 27-9-2016).

Ello provoca desafección como recuerda el profesor Xavier Casals, que la izquierda deje de ser considerada como tal en buena parte de lo que fueron sus feudos tradicionales y que se acuñen términos peyorativos como “casta” tan popular en nuestras tierras en los últimos años aunque aquí no de la mano de la extrema derecha (Xavier Casals, ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha?, ICPS, Barcelona 2015). Pascal Perrineau sostiene que el aburguesamiento social y cultural de la izquierda en Francia ha dejado fuera de su universo ideológico los discursos sobre la inmigración, el orden o el énfasis de lo nacional en relación a otros grupos (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard París 2014). Hace treinta años, los temas de las campañas electorales de la izquierda francesa, y europea en general, eran económicos: redistribuir la riqueza, subida salarial, intervención del Estado en la economía… Hoy han quedado relegados por otros temas sociales, no menos importantes, pero que hacen sentir a la clase trabajadora que se desestiman sus intereses: inmigración, multiculturalismo, defensa del medio ambiente…

“La principal razón por la que algunos obreros han dejado de votar a la izquierda es simplemente porque sienten que ésta no defiende sus derechos ni sus intereses, sus puestos de trabajo”.

Decía recientemente en El País el profesor Daniel Innerarity con motivo de la victoria de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos y el factor de la diversidad cultural: “Existe un tipo de persona progresista que se siente cosmopolita y moralmente superior porque se eleva por encima de sus intereses cuando en realidad sus intereses no están en juego y los que son sacrificados son los intereses de otros, más vulnerables, más en contacto con las zonas en conflicto. Hay una forma de arrogancia e hipocresía en las élites multiculturales porque su experiencia de la alteridad se reduce a encuentros agradables en el bazar de la diversidad (en el consumo, la diversión o como mano de obra barata). Son élites que no sienten la inseguridad física en sus barrios ni la inseguridad laboral en sus puestos de trabajo. Si la izquierda, los liberales o las élites no terminan de entender esto (salvo en cierto modo Sanders y Trump a su manera) es porque no tienen contacto ni con el mundo industrial ni con “los otros” y solo ven las ventajas de la globalización o los encantos de la diversidad” (Daniel Innerarity, “¿El final del multiculturalismo?”, El País, 16-2-2017).

En una línea similar apareció el año pasado en Estados Unidos el libro Listen, liberal, de Thomas Frank, cuyo mensaje a los seguidores y cuadros del Partido Demócrata estadounidense –en su día “el Partido del Pueblo”– es que si quieren saber por qué han perdido en gran parte el voto de la clase media y obrera deben mirar dentro de sí mismos. Les acusa de haberse olvidado de los intereses de aquellos yendo de vacaciones a Martha´s Vineyard y hablando de lo saludable que es ir en bicicleta, de los “TED talks”, de las universidades privadas, de los microcréditos y que la desigualdad se soluciona con políticas educativas que promuevan la innovación, mientras crece la desigualdad económica entre sus niveles de vida y la de los que se supone que defienden. En este sentido también es interesante el libro de Steve Fraser The Limousine Liberal.

Podemos justificar el rechazo obrero a la izquierda tradicional porque se haya derechizado parte de la clase trabajadora como dicen algunos analistas como Nonna Mayer; o porque la clase trabajadora ya no es como la de antaño ni se socializa igual en la sociedad postindustrial. Pero la principal razón por la que algunos obreros han dejado de votar a la izquierda –ya sea porque voten FN o porque se abstengan en un 60 por 100 como dice Jean-Luc Mélenchon– es simplemente porque sienten que ésta no defiende sus derechos ni sus intereses, sus puestos de trabajo, como sostiene la izquierdista Fundación Jean Jaurès que niega tal “derechización” de la clase obrera (Où en est le vote ouvrier?, Fondation Jean Jaurès, París, 8-1-2013). Lo que además rompe con la tradición y razón de ser de la propia izquierda; con la idea, en palabras de Gramsci, de que “el Partido Comunista representa la totalidad de intereses y aspiraciones de la clase obrera” (Antonio Gramsci, Escritos, Alianza, Madrid 2017). Como recordó el politólogo francés Florent Gougou en unas jornadas organizadas en 2014 por la Fundación Jean Jaurès para abordar la fuga de votos hacia la extrema derecha: “los partidos de izquierda se formaron sobre la idea de la emancipación de la clase obrera, el voto obrero forma parte de su ADN, razón por la que este fenómeno pone en cuestión su propia identidad” (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks, 27-2-2014).

Como colofón, de cara a las próximas elecciones francesas, según las encuestas del Ifop para la Fundación Jean-Jaurès, Elabe para BFMTV y la de Cevipof, Marine Le Pen recibiría el voto del 44 por 100 de los obreros –además del 35 por 100 de los empleados y otros tantos de los agricultores–, el candidato de izquierdas Jean-Luc Mélenchon obtendría el 17, el exministro del gobierno socialista Emmanuel Macron el 15, el socialista Benoît Hamon el 12, el derechista François Fillon el 7 y la extrema izquierda el 3 en el caso de Philippe Poutou del Nuevo Partido Anticapitalista y el 2 en el de Nathalie Arthaud de Lucha Obrera. Si sumamos los votos de izquierda tendríamos el 34 por 100, y el 49 si quisiéramos añadirles los de Macron. Aún así, el FN seguiría siendo como fuerza individual el partido con más votos entre la clase obrera (Europe 1, 15-3-2017, L´Opinion, 27-3-2017 y BFMTV, 21-2-2017). Un motivo para seguir reflexionando sobre la sociedad que estamos construyendo.


DON JUAN DE BORBÓN O EL MITO DEL PRETENDIENTE AL TRONO DEMÓCRATA

marzo 26, 2017

Acto de renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977.

ESTE AÑO SE CUMPLEN CUARENTA AÑOS  DE LA RENUNCIA DE DON JUAN A SUS DERECHOS DINÁSTICOS, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1977, un hecho sobre el que se suele pasar de puntillas porque empañaba la legitimidad de su hijo en el Trono.

Dado que tiende a reproducirse una biografía idealizada del mismo que le presenta como una alternativa demócrata a la dictadura de Franco, hemos considerado pertinente reproducir esta semblanza que publicamos en el 2007 al respecto.*

Como puede apreciarse a continuación, éste distó mucho de ser un demócrata rectilíneo. En general, tuvo una trayectoria política errática y oportunista, que le llevó a transitar por el autoritarismo, ya que su principal afán fue llegar a reinar. Quien esté interesado en más información al respecto, puede consultar nuestro ensayo Franco y los Borbones (2005). 

 

JUAN III: EL REY QUE NUNCA REINÓ

El pasado 14 de mayo se cumplieron treinta años de la renuncia de Don Juan de Borbón y Battenberg a sus derechos a la Corona en favor de su hijo Juan Carlos I. La efeméride no ha merecido conmemoración alguna porque ésta evidenciaría de nuevo las contradicciones iniciales que revistió la legitimidad dinástica del actual monarca: fue Rey de hecho desde noviembre de 1975, cuando fue proclamado como tal por las Cortes, pero no lo fue de derecho hasta que su padre hizo esta renuncia.

Esta situación explica las trabas que halló Don Juan para hacerla como deseaba: con una vistosa ceremonia en la cubierta del Dédalo, ante el ataúd de Alfonso XIII. Su propuesta fue desestimada por temor a realzar un acto que podía crear confusión en la opinión pública. La reina Sofía defendió que la renuncia “se hiciera simplemente por carta” y Torcuato Fernández-Miranda afirmó que no debía producirse, pues “significaba enmendarle la plana al régimen”.

Don Juan no era el primogénito de Alfonso XIII, sino su tercer hijo varón (en la imagen está de pie a la derecha).

Finalmente Don Juan la llevó a cabo en un acto televisado: “En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Juan Carlos I”, declaró. No obstante, tras este gesto dinástico “anormal”, que restableció la “normalidad” dinástica, siguió empleando el título de conde de Barcelona, pese a ser un título de soberanía del Rey de España y resultar incongruente con su renuncia.

Ésta última habría marcado una inflexión vital, pues según el juanista Víctor Salmador “dejó de interesarle todo” e “hizo un esfuerzo sobrehumano para sobreponerse a la apatía y a la tristeza”. En 1982 regresó a España, poniendo fin a su exilio en la ciudad lusa de Estoril (donde residía desde 1946) con su esposa Doña María. En octubre de 1992 hizo unas declaraciones al Diario de Navarra reflejando una visión pesimista de España (“La veo mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada”) y su gran frustración: “Me hubiera gustado ser Rey de todos los españoles. Fue mi vocación para la que me educaron y para la que viví, pero renuncié plenamente [a ella] porque era para el bien de España”. Falleció poco después, en abril de 1993.

 

Alfonso XIII con Don Juan en el exilio.

Hijo de Rey y padre de Rey, nunca reinó

La renuncia de Don Juan en 1977 puso fin a su dilatado esfuerzo por reinar. Nacido en 1913 del matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, fue su tercer hijo varón y no devino heredero de la Corona hasta 1933, cuando la familia real ya vivía en el exilio. Ignoramos la razón de este tardío reconocimiento, pues su hermano mayor, Don Alfonso, era hemofílico y el segundo, Don Jaime, sordomudo. Don Juan, por tanto, era ya desde su niñez el único vástago capaz de suceder a Alfonso XIII. ¿Por qué el monarca no tomó esta decisión cuando reinaba? El republicano Rafael Borràs apunta una respuesta: de abdicar el Rey en Don Juan según la Constitución de 1876, las Cortes debían sancionar su decisión, lo que pudo disuadirle al herir “su orgullo de rey” y poner de manifiesto las limitaciones de sus hijos.

En todo caso, sólo cuando sus dos hermanos mayores renunciaron en 1933 a sus derechos dinásticos y contrajeron sendos matrimonios desiguales quedó expedito su camino al Trono. Enrolado entonces Don Juan en la Royal Navy, recibió un lacónico telegrama paterno en Colombo (Sri Lanka): “Por renuncia de tus dos hermanos mayores, quedas tú como mi heredero. Cuento contigo para que cumplas con tu deber”. Su condición de heredero al Trono truncó la vocación naval de Don Juan (“Se acabó la Marina, se acabó todo”, recordó años después) y pronto se halló inmerso en las tensiones que rodearon a Alfonso XIII en el exilio: el grueso de monárquicos –liderado por José Calvo Sotelo- quiso que el Rey renunciara a sus derechos en favor de Don Juan y éste tuvo que maniobrar entre su padre y sus belicosos leales.

Don Juan se presentó como combatiente voluntario del bando alzado. En la foto lleva la boina carlista y el símbolo falangista.

Iniciada la Guerra Civil (1936-1939) Don Juan fue invitado a protagonizar un “salto dinástico” en dos ocasiones al menos. Por una parte Dionisio Ridruejo le propuso iniciar en la Falange una carrera como militante de base para devenir monarca después. Don Juan rechazó el despropósito: “Yo les dije que si les fallaba como jefe local, ya no me harían Rey”.

Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva señaló un eventual acuerdo que posteriormente se frustró entre Don Juan y el general Franco: “Franco le confirmó secreta y personalmente como su futuro sucesor a título de rey sin fecha fija”. Dio fe de tales rumores un significado confidente de Alfonso XIII en Suiza, Ramón de Franch: “¿Manteníanse contactos entre Burgos y la residencia romana de D. Juan, a espaldas de su padre? En Lausanne se andaba de puntillas sobre el terreno resbaladizo de las hipótesis”, escribió.

En 1941 falleció Alfonso XIII y Don Juan empleó desde entonces el título de conde de Barcelona, aunque sus leales le aclamaron como “Juan III”. Entre ese año y 1948 la actuación política de Don Juan fue errática y oportunista. Entre 1941 y 1942 tanteó círculos nazis y fascistas en busca de avales para reinar, pero en realidad apostó de forma decidida por los aliados, en especial con su Manifiesto de Lausana (1945), lo que irritó profundamente a Franco.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, e instalado en Estoril, Don Juan mantuvo su complejo juego político entre 1946 y 1948. Entonces estableció las llamadas Bases de Estoril –que definían una monarquía corporativa y antiliberal- y a la vez buscó un pacto con la oposición al franquismo, incluyendo a anarquistas y socialistas. Todo fue en vano: el anticomunismo de la Guerra Fría consolidó la dictadura de Franco y éste vio aprobada en un referéndum celebrado en 1947 una Ley de Sucesión que dejó a su arbitrio el nombramiento de su sucesor a título de Rey.

Encuentro de Franco y Don Juan en el Azor en 1948.

En agosto de 1948 Don Juan mantuvo una entrevista con Franco a bordo del yate Azor, en el Cantábrico, en la que se decidió que estudiara en España su hijo Juan Carlos, nacido en 1938. Con tan valioso rehén en manos del dictador, poco pudo hacer ya Don Juan para acceder al Trono, salvo esperar un golpe de Estado que nunca llegó. Había perdido la batalla de la Corona y en sus empeños dilapidó su credibilidad política ante franquistas y antifranquistas, ya que sus vaivenes acuñaron una imagen de hombre sin criterios.

Así, cuando Franco comentó al escritor monárquico José M. Pemán que “Don Juan, hombre afable por acogedor, se deja influir por el último que llega”, recibió esta réplica: “Pues llegue usted el último”. Igualmente, Ibérica, revista del exilio sostenida en Nueva York por Victoria Kent y patrocinada por Salvador de Madariaga, expresó en 1960 su desencanto: “Don Juan unas veces dice a los hombres de ‘la Corte’ que su monarquía será liberal y otras veces declara […] que seguirá el ‘movimiento del general Franco’”.

Acto de aceptación de Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969.

Paradójicamente, el “salto dinástico” que Franco decidió en 1969, al designar oficialmente a Don Juan Carlos sucesor, hizo que la desvaída figura del conde de Barcelona cobrase nuevo brillo: excluido del Trono, su figura fue contemplada por parte de la oposición al régimen como una “alternativa demócrata” a la presunta continuidad institucional de la dictadura encarnada por su hijo. Su proyección fue también realzada a posteriori por monárquicos que aludieron a la existencia de un “pacto de familia” entre Don Juan y Don Juan Carlos para llevar la democracia a España, aunando esfuerzos para evitar la instauración de una República.

De ese modo, el historiador Charles T. Powell apunta que los neojuanistas hacen suya “una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta”. La realidad cuestiona esta conjetura: sin ir más lejos, Don Juan estuvo a punto de abanderar la oposición a su hijo en 1974, lo que dejó literalmente “aterrada” a su esposa, Doña Maria.

¿Drama personal o espejo generacional?

Una abundante publicística monárquica presenta el enfrentamiento entre Don Juan y su hijo como un drama personal, enfoque que confiere un protagonismo a la familia real de resonancias hagiográficas: son los “sacrificios” y “renuncias” de Don Juan y la mediación abnegada de Doña María entre esposo e hijo lo que permite restablecer la Corona y restaurar la democracia. Desde nuestra perspectiva, esta narración en clave de “epopeya dinástica” oculta sin pretenderlo una realidad más profunda: el “salto dinástico” que protagonizó Don Juan Carlos fue el reflejo más visible del cambio generacional que hizo viable la llamada Transición.

Durante el franquismo las organizaciones de la oposición se caracterizaron por un recambio generacional que supuso una relativa asimilación de la política española a la europea. Este cambio marcó el ocaso de las direcciones del exilio, comosucedió consocialistas como Rodolfo Llopis, anarquistas como Federica Montseny o incluso con la “vieja guardia” comunista. El caso de Don Juan fue similar al de estos exiliados: compartió con ellos un largo alejamiento, vanas esperanzas de regresar triunfante con complots más fantasiosos que factibles y la percepción distorsionada de la realidad española.

Todos ellos fueron grandes perdedores de la democratización y Don Juan, aunque no se contó entre los vencidos de la guerra ni los represaliados del franquismo, fue uno más, como escribió en 1958: “Yo soy el único exiliado que sin cometer delitos comunes o de sangre no me deja el General ir [a España]”. Hoy, “Juan III” -Rey que nunca reinó- aún espera una biografía crítica que supere distorsiones, filias y fobias en torno a su figura.

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*  Xavier Casals, “Juan III: el rey que no reinó”, El noticiero de las ideas, 32 (octubre-diciembre 2007), pp. 5-7. Reproducido inicialmente en este blog el 3 de febrero de 2013, con motivo del centenario del nacimiento de Don Juan.


LA LEGISLACIÓN DEL “DISCURSO DEL ODIO” Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL CASO DE DINAMARCA

febrero 4, 2017

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La UE tiene problemas para dominar un poderoso can -la islamofobia- en nombre de la libertad de expresión (caricatura de www.correomadrid.com)

¿PENALIZAR EL “DISCURSO DEL ODIO” PUEDE COARTAR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN? Este interrogante plantea un debate nada fácil.

Por nuestra parte, en términos generales, consideramos que la persecución penal no es efectiva para combatir el vance de la ultraderecha. De hecho, hemos reflexionado ya en este blog sobre el efecto que tienen las diversas estrategias empleadas en tal sentido y nos hemos pronunciado por aquellas que pasan por la argumentación y la actuación sobre las causas directas del ascenso del extremismo, no por las de su persecución legal.

En este marco, consideramos de especial interés el reportaje publicado por Óscar Gutiérrez en El País titulado  “El precio del odio en Dinamarca” (30/I/2017). En él analiza el efecto del artículo 266b del Código Penal vigente en este país, que -según sus detractores- es de difícil encaje con la libertad de expresión e  impacto limitado en Internet.

baixaMerece destacarse que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, ya en el 2008 editó un ensayo de Karen Jespersen y Ralf Pittelkow que incidía en el debate público que el Islam genera en Dinamarca: Islamistas y buenistas. Escrito de acusación.

La controversia al respecto es relevante en la medida que actualmente -como señala Gutiérrez- la UE promueve que sus integrantes impulsen legislaciones para combatir el “discurso del odio”. Por esta razón, reproducimos a continuación el citado reportaje de El País (también puede accederse al original clicando aquí).

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El precio del odio en Dinamarca

La criminalización de expresiones racistas o xenófobas, nacida durante el auge del nazismo, divide aún hoy al país nórdico. La UE quiere ahora que todos sus miembros cuenten con leyes para penalizar este tipo de discurso, estandarte hoy de islamófobos e incontrolable en las redes sociales

Llamada oculta. Al otro lado del teléfono suena una voz muy grave, fuerte, de un hombre con un inglés de ligero acento escandinavo. “Soy Lars Hedegaard, creo que querías hablar conmigo”. Verse no es posible. Ni se encuentra en Copenhague ni puede dar su paradero al estar bajo protección policial. Hedegaard, historiador y periodista danés de 74 años, es un reconocido y duro crítico del islam. Le grabaron en su casa, sin previo aviso según defiende, diciendo cosas como que en las familias musulmanas, las niñas eran violadas por padres, tíos y sobrinos. Por esto fue multado en 2011 con unos 700 euros. Recurrió y un año después fue absuelto por el Supremo danés, pero su imagen quedó ya como la del gran condenado en Dinamarca por las leyes contra el discurso de odio. Y una cosa más: el 5 de febrero de 2013 sufrió un intento de asesinato en su domicilio por un individuo miembro hoy del Estado Islámico.

El artículo 266b

El artículo 266b del Código Penal danés dice lo siguiente: “Cualquier persona que públicamente o con intención de una amplia divulgación,  haga declaraciones o divulgue otras informaciones por las que un grupo de personas se vea amenazado, insultado o degradado a propósito de su raza, color, origen étnico o nacional, religión o inclinación sexual se expondrá a una multa o cárcel por un periodo no superior a dos años”.

Hedegaard, según él mismo dice, no cambiaría nada de esa u otras críticas que ha hecho de la religión que practican alrededor de un 4% de los daneses. Ahí va otra: “El islam”, señala al teléfono, “no es una religión sino una ideología totalitaria”. El tipo que trató de matarle a punta de pistola en la puerta de su casa, tras hacerse pasar por un cartero, se llama Basil Hassan y según la investigación, no actuó solo. Logró huir y acabar entre Siria e Irak vía Turquía. El Departamento de Estado norteamericano le ha vinculado al aparato yihadista de operaciones externas.

Intento de asesinato al margen, lo que fastidia a Hedegaard es que un juez le pueda condenar por decir lo que dice atendiendo al ya viejo artículo 266b del Código Penal danés. Muchos lo llaman el “párrafo”, porque es famoso y lo conoce todo el mundo. Este penaliza con multa o cárcel de hasta dos años las expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión. Llegó al Código Penal danés en 1939 para evitar las vejaciones verbales contra los judíos. Hoy se aplica, sobre todo, en casos que salpican a musulmanes. Y es polémico porque, según sus críticos, casa mal con la libre expresión, cuya plataforma hoy más manoseada, visceral e ingobernable es la Red. Ahí, el 266b no puede más que matar moscas a cañonazos.

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El periodista danés Lars Hedegaard, en una foto tomada en febrero de 2010 (imagen de Henning Bagger/AFP, publicada por El País).
Pese ello, el Parlamento Europeo trabaja ahora para reforzar en su revisión de la directiva de medios audiovisuales la prohibición por ley del denominado discurso de odio. Dinamarca es el paradigma. El texto de la directiva europea, aún por cerrar, sería más concreto: la incitación pública a la violencia o el odio contra un grupo debe ser penalizada.

“El Islam no es un religión sino una ideología totalitaria”

Lars Hedegaard, periodista danés

Dinamarca es el país de la felicidad. Del Estado del bienestar, del pleno empleo, de la economía fuerte y del hygge, esa suerte de gusto por las pequeñas cosas, ya sea beberse unas cervezas con los amigos viendo el querido balonmano patrio o tomarse un chocolate con la familia, en casa y con una lamparita en la ventana. Es la vida, lo demás son complementos para un país pequeño (seis millones de habitantes) y rico. Pero Dinamarca es también mucho diálogo. Los gobiernos son de consenso, no hay mayorías -el actual Ejecutivo conservador de Lars Lokke Rasmussen está formado por tres partidos- y el debate es una tradición. Que cada uno suelte lo que quiera.

Una ley contra los imanes radicales

Cuando uno pregunta en Dinamarca sobre discursos radicales, el nombre de Abu Bilal Ismail sale con frecuencia. Una cámara oculta de la cadena danesa TV2 le filmó en febrero del pasado año durante un sermón en la mezquita Grimhoj, en la localidad de Aarhus. Entre otras cosas abogaba por lapidar a las mujeres adulteras. Dos años antes, Ismail había sido cazado por otra grabación pidiendo la destrucción de los judíos. Este tipo de discursos han llevado recientemente al Parlamento danés a aprobar una nueva ley (Ley 18) que prevé multas o penas de hasta tres años para aquellas “autoridades religiosas” -no menciona confesión alguna, aunque la norma ha sido pensada para frenar el discurso salafista violento- que defiendan la comisión de actos violentos.

El Parlamento danés, el Folketing, en la capital, Copenhague, es un buen sitio para verlo. Kenneth Kristensen Berth es diputado del Partido Popular Danés [Dansk Folkeparti, DF], la segunda fuerza en escaños (37) en la Cámara. Un juez tiró del artículo 266b en 2003 para condenarlo por racismo a 14 días de prisión, que no tuvo que cumplir. Su delito: difundió un póster en el que alertaba contra una sociedad multiétnica. El cartel, y aquí es donde recae la pena, mostraba a dos individuos cubiertos de sangre con un Corán en la mano.

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Cartel del Partido Popular Danés que generó una condena de racismo.

Lo que Kristensen quiso decir, según relata ahora, es que ese tipo de sociedades llevan a “más criminalidad”. Mantiene que así ha sido a la postre y añade otro caso que sacudió a su partido: “Uno de nuestros parlamentarios, Jesper Langballe, ya fallecido, dijo en un debate que era un problema que padres musulmanes violaran e incluso mataran a sus hijas. Fue llevado al tribunal y condenado, a pesar incluso de que es un hecho que entre los musulmanes existen crímenes de honor”. La idea se repite: ¿por qué condenar una expresión por fuerte que sea si hay “hechos” que la avalan? Otra cosa es comprobar esos “hechos”.

Sobra decir que tanto Kristensen como el veterano Hedegaard quieren abolir el 266b.

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Mujeres musulmanas tocadas con velo pasean por el centro de Copenhague, en octubre de 2011 (imagen de Francis Dean Getty, publicada por El País).
Los daneses están acostumbrados a la inmigración (un 10% de la población es de origen inmigrante), también a la que profesa el islam. Pero la sensación entre los ciudadanos es que la llegada de nuevos inmigrantes o refugiados se ha instalado en la clase política y en los medios como una amenaza para el país. Y de ahí a discursos degradantes hay un paso. Siguiendo la calle Stroget, una de las peatonales más largas de Europa, muy cerca del Folketing, hasta la plaza del Ayuntamiento, se eleva un bloque lleno de cabeceras de diarios daneses. La seguridad en las entradas a las redacciones es elevada, 11 años después de la ola de protestas y amenazas por las caricaturas de Mahoma publicadas en uno de esos diarios, el Jyllands Posten.

¿La ley contra el discurso de odio limita a los reporteros? “No, el mayor problema es la autocensura”, contesta Marcus Rubin, editor del respetado diario Politiken, “sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo, no por temor a que la policía venga y te arreste sino por temor a los terroristas”. El famoso artículo 266b no coarta a la prensa, como tampoco obsesiona a los ciudadanos. Como apunta la columnista y editora de Radio24syv Sofie Allarp, acostumbrada a los comentarios de radicales, sobre todo en la Red, la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Pero alerta del escenario retórico actual: “El mensaje de que la inmigración es solo un problema y no una solución para el futuro es demasiado fuerte”.

“El mayor problema es la autocensura, sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo”

Marcus Rubin, editor de Politiken

El 266b del Código Penal danés ha caído sobre un grupo variopinto de daneses. A los Hedegaard y Kristensen se podrían añadir el poeta superventas palestino-danés Yahyah Hassan, la artista danesa-iraní Firoozeh Bazrafkan, el imán de origen sirio Mohammed al Jaled Samha… O el joven, no identificado, condenado hace tres años a pagar 280 euros por comparar islam y nazismo en un comentario de un post de Facebook sobre la organización salafista Hizb ut Tahrir. Rebuscado, pero pasó. Hubo más sentencias en el pasado, pero si tomamos esta última, por ejemplo, y la de Kristensen han transcurrido más de una docena de años y las multas o penas no frenan ciertos discursos por mucha tradición que haya.

En la orilla oriental, no muy lejos de la sirenita, icono de Copenhague, en uno de esos edificios inteligentes, trabaja una de las voces más críticas contra el artículo 266b. El abogado Jacob Mchangama es director del think tank jurídico Justitia. Su oposición a criminalizar el discurso de odio es clara. Pero más interesante es su alternativa a la pena: “El contradiscurso, por supuesto”, dice. “Si estás en contra de limitar la libertad de expresión, como yo lo estoy, tienes una obligación moral de pronunciarte en contra del discurso de odio”. Es de los que cree que si penalizas, ganan los radicales y se engorda el mensaje. Pone un ejemplo: “La radicalización es un problema en la comunidad musulmana de Dinamarca, pero no en la hindú o budista; es un hecho y tenemos que poder hablar de ello para resolverlo”.

“Hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”

Rune Lund, diputado de la Alianza Roji-Verde

Si bien son muchos en Dinamarca los que aceptan la existencia del 266b, a los que no lo hacen se les oye más. De vuelta al Folketing, el diputado sirio-danés Naser Khader comparte la visión de Mchangama. Como este último, Khader, nacido en Damasco hace 53 años, cree que el debate abierto funciona mejor que el castigo. Y para muestra el botón de la vecina Suecia, con altos índices de violencia de ultraderecha que, según coinciden ambos, tiene mucho que ver con que hablan muy poco de inmigración. Khader, miembro del Partido Conservador, ha sufrido también la presión de los que condenan su visión del islam, pero él mantiene su postura. Y no es habitual: “Forma parte de la cultura danesa burlarse de las religiones, los dioses, los profetas sin ninguna discriminación, ya sea Jesús, Moisés, ¿por qué no Mahoma? ¿Por qué tienen los musulmanes que forzar los tabúes? Si no te gustan unas caricaturas no compres el periódico”.

El rechazo a la criminalización del discurso de odio no cuaja, sin embargo, ni en la calle ni en el Folketing, donde partidos como el Venstre, liberal y a las riendas de la jefatura de Gobierno, o la opositora Alianza Roji-Verde, conviven bien con el artículo. “Funciona como última estancia contra el racismo y el discurso de odio”, señala Rune Lund, portavoz de la alianza de centroizquierda. ¿Y la libre expresión? “Hay limitaciones, por supuesto”, continúa el diputado danés, “pero hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”.


ANTES DE MUNICH FUE BÉLGICA: LAS MASACRES DE SUPERMERCADOS MÁS ENIGMÁTICAS

agosto 5, 2016

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Imagen de las víctimas de los asesinos de Brabante (imagen de AFP).

LA MASACRE COMETIDA EN JULIO EN UN CENTRO COMERCIAL DE MUNICH por el joven germano-iraní Ali David Sonboly ha conmocionado la opinión pública europea. Sin embargo, consideramos importante destacar que Bélgica conoció en los años ochenta graves matanzas gratuitas de civiles que aún hoy no han sido aclaradas y podrían tener vínculos políticos.

Los “asesinos locos” de Brabante

De este modo,  un grupo criminal -designado por los medios de comunicación como los tueurs fous [asesinos locos] de Brabante- entre 1982 y 1985 asesinó 28 personas (incluyendo niños) de forma indiscriminada en supermercados, notablemente de la cadena Delhaize.
TueursLos asesinos entraban armados y con el rostro cubierto en los establecimientos y abrían fuego sobre los clientes. Nunca se logró desentrañar cuáles eran sus móviles ni qué objetivos tenían, dando pábulo a toda suerte de especulaciones.

En este sentido, nos pareció interesante en la época la lectura de la obra de G. Dupont y P. Ponsaers, Les tueurs fous du Brabant Wallon (1989) , aunque hay otras más (como regoge wikipedia)

¿Hacia un golpe de Estado?

En este marco, queremos destacar que una de las hipótesis que se ha barajado para explicar tales crímenes es la existencia de una trama oculta que conduciría a ignotos sectores del aparato del Estado. ¿Cuál sería la razón?

Dado que entonces tuvo lugar la acción simultánea del grupo armado maoísta Cellules Communistes Combattantes [CCC, Células Comunistas Combatientes], que cometió diversos atentados entre 1984 y 1985, y la de los tueurs fous se considera que se habría pretendido desestabilizar el país.

No obstante, también se ha hecho la lectura contraria, señalando que tales acciones habrían pretendido reforzar los aparatos de seguridad y formar “un gobierno fuerte”.  De hecho, en esta tesitura el monarca, Balduino, se planteó formar “un Gobierno de salvación nacional por encima de los partidos políticos”.

Documental de 1997 sobre les “tueurs fous” (en el minuto 28 se expone la hipótesis de una desestabilización política tras la masacre).

Un crimen impune

En suma, tras estas masacres gratuitas podría haber existido una trama que no se vincularía a la delincuencia, sino a sectores de la seguridad del Estado. Incluso se ha señalado a la llamada red armada clandestina Gladio creada por la OTAN durante la Guerra Fría. Pero cuando han transcurrido más de 30 años nada puede asegurarse al respecto.


TRUMP O EL PELIGRO DE NO INFORMAR SOBRE LA DERECHA POPULISTA

mayo 16, 2016

Sin títuloTrump, un payaso según la portada del Daily News (17/VI/2015).

¿QUÉ PAPEL TIENEN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL ASCENSO DE LA DERECHA POPULISTA? El caso de Donald Trump lo ilustra, tal como refleja este análisis de Jordi Barbeta, corresponsal de La Vanguardia en Washington, y publicado originalmente el 8 de mayo.

Según Barbeta, la información sobre Trump ha dejado mucho que desear, aludiendo al “tratamiento frívolo de sus actuaciones, el seguimiento acrítico de sus promesas y, sobre todo, el no haber sido capaz de calibrar la magnitud del fenómeno social que el magnate ha capitalizado a su favor”. Destaca, además, que el Huffington Post se negó a informar de su campaña.

En este sentido, si lo que deseaban los medios era no favorecer a Trump, han hecho todo lo contrario. En este blog ya advertimos que el “silencio mediático” sobre la derecha populista es una estrategia errónea para crear un dique de contención a sus discursos y líderes. ¿La razón?

Tal como entonces expusimos, “esta opción elimina a sus partidos del centro del debate, pero les permite emitir su discurso sin oposición. A la vez, sus líderes pueden presentarse como víctimas de un establishment que desea silenciarles. Además, la opinión pública carece de elementos de información para entender el eventual ascenso de estos partidos”.

El artículo de Barbeta, que reproducimos a continuación, expone de modo rotundo como tal estrategia se ha revelado contraproducente en el caso de Trump, algo que -desde nuestra perspectiva- era perfectamente previsible.

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Gana Trump, fracasa el periodismo

Periodistas y medios de EE.UU. admiten haber hecho mal su trabajo en la cobertura de la campaña del magnate

“Mal, mal, mal, hasta el final, lo hicimos mal”, reconocía en el The New York Times Jim Rutenberg en referencia a la cobertura periodística de la campaña de Donald Trump por la nominación republicana. Su artículo se titulaba “La carrera ha terminado y el periodismo ha perdido”.

Más indigesto resultará el acto de contrición de Dana Milbank, el comentarista político de referencia del The Washington Post. “Hace siete meses dije que me comería mi columna entera, literalmente, papel de periódico y tinta, si Trump ganaba la nominación. Calculé que los votantes republicanos eran mejores que Trump, pero me han defraudado”. Milbank ha convocado a sus lectores a un restaurante especializado en cocina latinoamericana donde el jueves se comerá, en el estricto sentido del verbo comer, su columna publicada el 2 de octubre y titulada “Trump perderá o yo me comeré esta columna”.

Donald Trump ha ganado la carrera por la nominación contra todo pronóstico periodístico porque prácticamente nadie se tomó en serio el desembarco del magnate en la política. Y ahora la prensa estadounidense, la de mayor prestigio del mundo, se siente avergonzada y se pregunta “dónde hemos fallado”. Que Trump sea el candidato republicano es una decisión democrática inapelable de las bases republicanas, pero el tratamiento frívolo de sus actuaciones, el seguimiento acrítico de sus promesas y, sobre todo, el no haber sido capaz de calibrar la magnitud del fenómeno social que el magnate ha capitalizado a su favor, eso sí se admite que figura en el debe del periodismo.

Nate Cohn, también del The New York Times, dice: “Nunca sabremos lo equivocados que estábamos sobre Donald Trump”. En su opinión, se debe a una suma de factores, pero da especial importancia al hecho de subestimar al magnate desde el principio: “Lo descartamos –dice– porque estábamos convencidos de que los votantes nunca nominarían a una estrella de los reality shows para presidente, y mucho menos un provocador con posiciones políticas iconoclastas”.

La subestimación del candidato fue lo que llevó al Huffington Post a negarse a informar de la campaña del magnate en la sección política. “Es un espectáculo y no vamos a morder el anzuelo –dijo entonces Ryan Grim, redactor jefe–; quien esté interesado en saber qué dice The Donald lo encontrará al lado de nuestras historias sobre la familia Kardashian”. Obviamente, el Huffington Post no ha tenido más remedio que rectificar, y con más dolor que el de la digestión del papel que se tragará Milbank. Entre otras cosas, porque Trump había replicado a Arianna Huffington, la fundadora, con una demostración de su maldad: “Es poco atractiva por dentro y por fuera. Entiendo completamente por qué su exmarido la dejó por un hombre”.

Time-Trump

Portada sobre Trump de Time (3/III/2016). En ella le define con cinco casillas: cuatro marcadas (matón, showman, aguafiestas y demagogo) y una no (45º presidente de EE.UU.).

El debate surgido en el ámbito periodístico plantea enormes interrogantes. “¿Por qué los periodistas creen que es importante para el público conocer sus conjeturas sobre quién va a ganar?”, preguntan Glenn Greenwald y Zaid Jilani en The Intercept. Otra cuestión es si la desconexión entre la opinión pública y los políticos convencionales no será la misma que la brecha que se observa entre la opinión pública y la opinión publicada. Al fin y al cabo, Donald Trump, por quien nadie apostaba, ha ganado frente a otros 16 candidatos de sólida trayectoria.

En cambio, Hillary Clinton, a quien se le pronosticaba una campaña triunfal, no ha conseguido todavía deshacerse de su único rival, Bernie Sanders, un senador de 74 años que se declara socialista y propugna una revolución política. Greenwald y Jilani ponen el dedo en la llaga: “Los periodistas influyentes llevan una vida muy distinta de la masa de votantes en cuyo nombre se creen que pueden hablar. También suelen tener intereses diferentes, incluyendo una inclinación a preferir la preservación del statu quo (y para ver el statu quo de manera más favorable ) que los que se han visto menos recompensados por el statu quo”.

Gregory J. Wallance, en The Hill, va aún más allá. Sostiene que “Donald Trump utiliza un discurso político corrupto con mentiras e insinuaciones que explotan el miedo del público como el que utilizó el senador Joseph McCarthy en los años cincuenta en su cruzada anticomunista, conocida como la” . Wallance recuerda que McCarthy acabó siendo desenmascarado “por un valiente periodista llamado Edward R. Murrow” que puso en evidencia sus mentiras. El periodista demostró con datos que el senador “había causado alarma y consternación entre nuestros aliados en el extranjero, y prestado considerable comodidad a nuestros enemigos”. Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia… Wallance echa de menos hoy periodistas de la talla y el coraje de Murrow.

Malo para EE.UU., bueno para la televisión

Leslie Moonves, directivo de la CBS, admitió que “el dominio de Trump en la campaña no es bueno para EE.UU., pero está resultando muy bueno para la CBS”. Curtido en el reality show de gran éxito El aprendiz, Trump siguió liderando las audiencias como candidato, y ese ha sido un factor determinante en la campaña y en su victoria. El magnate ha conseguido una omnipresencia mediática propiciada por su capacidad para generar audiencia televisiva, que, tal como reconoció su asesor, Paul Manafort, forma parte de una estrategia calculada.

La CNN no se pierde ni un mitin de Trump. El magnate ha conseguido más tiempo en la televisión que todos sus rivales juntos. Y lo que está en cuestión es el papel de los medios divulgando acríticamente sus mensajes, como meros altavoces. El propio presidente Obama se permitió el viernes interpelar a los periodistas sobre su responsabilidad: “Esto no es un reality show. Se trata de la presidencia de EE.UU., y todos los candidatos deben ser escrutados. Me preocupa que la información se reduzca al espectáculo y el circo. Los votantes tienen derecho a saber si una propuesta es inverosímil o puede provocar una guerra, y si ustedes les informan estoy seguro de que nuestra democracia va a funcionar”.


¿QUÉ HACER CON LOS INTELECTUALES FASCISTAS?*

marzo 28, 2016

Knut_HamsunKnut Hamsun en 1914 (foto de Anders Beer Wilse procedente de Wikipedia).

LA CONMEMORACIÓN DEL 150º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL ESCRITOR KNUT HAMSUN (1859-1952) en Noruega en el 2009 creó allí una incómoda situación, al reunir este autor la condición de galardonado con el Nobel en 1920 y admirador del nazismo. La efeméride dividió al país, y su presupuesto de 1.3 millones de euros contrastó con los 7.5 millones dedicados el 2006 al centenario de la muerte de Henrik Ibsen. Vino a ser, pues, una conmemoración con sordina: “hablemos de él, pero en voz baja”.

Con Louis Ferdinand-Céline (1894-1961) la cuestión no varía mucho: autor imprescindible en la literatura francesa, resulta incómodo al encarnar la “vanguardia” fascista con sus contradicciones, ahora visibles en buena medida en los comentarios publicados de su última esposa, Lucette Destouches, en Céline secreto.

¿Qué hacer con los autores fascistas?

Hoy su ideología sólo puede parecernos execrable, pero existen dos elementos de fondo a tener en cuenta al abordar sus figuras, al margen de reivindicaciones ideológicas. El primero es que no se puede disociar al autor de su época, y si rechazamos la cultura fascista de entreguerras nuestra nómina de autores “libres de toda sospecha” puede quedar muy limitada. En el caso francés, por ejemplo, incluiría a Marcel Jouhandeau (1888-1979), Henry de Montherlant (1895-1972) o Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), cuya biografía publica ahora Enrique López Viejo. La de Italia, por poner otro ejemplo, podría sumar a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Luigi Pirandello (1867-1936), Curzio Malaparte (1898-1957) y los hombres de letras que se asociaron al fascismo, flirtearon o se comprometieron con él y luego rompieron con esta ideología. Así la nómina de intelectuales “malditos” (o como se les quiera llamar) puede crecer de modo voluminoso.

La segunda cuestión que se debe plantear al valorar a estos autores es aún más relevante: el intelectual de fama que pone su nombre en letras de molde al servicio del enemigo deviene el “traidor” por antonomasia. En la Francia de posguerra el escritor Jean Paulhan (1884-1968) puso el dedo en esta llaga en 1947, cuando afirmó que “los ingenieros, empresarios y albañiles que construyeron el muro del Atlántico [una fortificación erigida en el norte de Francia entre 1941 y 1944 por los alemanes], pasean muy tranquilos entre nosotros” y “construyen los muros de las nuevas cárceles donde se encierra a los periodistas que cometieron el error de escribir que el muro del Atlántico estaba bien construido”. Y es que se sancionó con mayor severidad a quienes loaron el esfuerzo de guerra nazi, que a quienes participaron en él. Céline lo comentó con sorna ante su proceso: “Con tres o cuatro kilómetros de muro del Atlántico, yo me libraría. ¡Haría mucho que estaría ‘archivado’!”.

Finalmente, en España, al calibrar la relación entre intelectuales y fascismo tenemos un problema de perspectiva y es que ésta no ha sido necesario plantearla. Los cuarenta años de dictadura ofrecieron un generoso margen para que todo el mundo evolucionara políticamente y quedasen difuminados sus compromisos del pasado: ¿Qué decir, sino, del Camilo José Cela que se ofrecía como confidente policial en 1938? ¿O del Poema de la bestia y el ángel que José Mª Pemán escribió ese año al servicio de los sublevados? ¿O del Dionisio Ridruejo que en 1942 rompió con Franco porque éste no instauraba un régimen realmente falangista?

¿Podemos separar a los autores de la obra?

En definitiva, podemos continuar estigmatizando a los autores fascistas o manipularlos con pinzas por el rechazo que nos producen, pero si prescindimos de ellos perderemos de vista que no fueron individuos aislados, sino que formaron el mascarón de proa de una Europa en la que el fascismo sedujo a amplias masas, por lo que la visión de la literatura del Viejo Continente quedará amputada.

Con estas consideraciones no exhortamos a tirar cohetes ante el cumpleaños de Hamsun ni a erigir altares a Cèline; sólo a dejar patente que sus figuras se deben asumir con su brillantez literaria y su ideología condenable: forman un todo indisociable en términos personales y de la era que les tocó vivir.

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* Este artículo se publicó originalmente en Qué leer, 144 (junio 2009, p. 4) con el título “Escritores fascistas, autores ‘malditos’”. En esta entrada hemos actualizado los tiempos verbales para facilitar la lectura.


¿CUÁLES FUERON LOS CONDICIONANTES DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA A LA DEMOCRACIA?*

febrero 9, 2016

Transición

¿Cuáles fueron los condicionantes de la Transición española?

HOY ASISTIMOS A LA CRISIS DEL SISTEMA POLÍTICO SURGIDO DE LA TRANSICIÓN y se extiende la percepción de que es necesario cambiar la Constitución. ¿Ahora bien, en qué se diferencia la situación actual de la de 1975-1978 a la hora de rediseñar el marco institucional? A continuación analizamos los elementos que entonces fueron decisivos.

El peso de la Guerra Civil

muerteEl 1975 era muy presente el recuerdo del conflicto de 1936-1939 y fue beneficioso por el éxito de la Transición porque esta no fue pacífica. Ignacio Sánchez-Cuenca y Paloma Aguilar exponen que la violencia política causó 504 muertos entre 1975 y 1982 y nuestra democratización fue la más sangrienta de Europa. Sophie Baby va más allá y computa 3.200 acciones violentas y más de 700 muertos.

Este clima, según Aguilar, hizo rebrotar el recuerdo del pasado y el miedo a una radicalización peligrosa moderó las demandas de todos los grupos. De hecho, no fue casual que los sectores que hicieron bandera militante del recuerdo de la Guerra Civil, la ultraderecha y parte de la izquierda radical, fueron excluidos del juego político, como destaca Enric Ucelay-Da Cal.

Las lecciones exteriores

revoluci clavelesA la vez, la Transición fue favorecida por dos experiencias externas. Una lejana y de impacto poco -o nada- estudiado: el golpe de estado del general Pinochet en Chile el 1973. En España el episodio hizo patente a la izquierda lo fácil que era que los militares desmenuzaran vías rupturistas. La otra experiencia fue tan cercana como decisiva: la revolución zurda de los claveles en Portugal el 1974 que lideró el Ejército.

Como muestra Josep Sànchez Cervelló, el acontecimiento patentizó a los franquistas reformistas la necesidad de preparar una salida a la dictadura “desde arriba” para evitar un final traumático “desde bajo”. Pero el caso de Portugal no sólo facilitó la aceptación de una oposición, sino que también favoreció el abandono del Sáhara sin lucha, dado que el golpe de estado al país vecino se había cocinado en buena parte a las guerras coloniales de África.

Por lo tanto, al morir Franco, derecha e izquierda sabían que tenían que ir con pies de plomo por los riesgos de ruptura en un sentido u otro, lo que favoreció el consenso.

El legado franquista

antonio_tejeroHoy se comenta que a la época no interesó “hacer limpieza” del franquismo y que de ahí venden todos los males. Pero esta percepción es errónea porque entonces esto era sencillamente inconcebible.

Por un lado, los cuerpos de seguridad se habían forjado bajo la dictadura y cambiar cúpulas e ideología era muy complicado, sobre todo bajo una intensa violencia política.

En cuanto al Ejército, desde 1971 cada guarnición -según Juli Busquets- había empezado a hacer planes secretos por si debía ocupar las ciudades, contemplando incomunicar barrios obreros. Y ya desde el gobierno de Carlos Arias de 1976 el rumor de sables fue la banda sonora de la Transición. De hecho, un mes antes de legalizar el PCE el abril de 1977 Suárez menguó la capacidad de movilización del Ejército y limitó carburante a la División Acorazada Brunete. ¿En este marco qué podía depurar la oposición?

Por otro lado, el Rey y el gobierno llevaron la agenda política y la oposición presionó, pero no negoció el marco previo a los primeros comicios de 1977. Así, el sistema electoral hoy vigente fue diseñado con voluntad de adelgazar a la izquierda y favorecer a la derecha. Cómo destaca Carles Castro, al priorizar el territorio por encima del censo y elegir la ley d’Hondt para atribuir escaños, el España conservadora quedó sobrerrepresentada al precio de existir una enorme desproporción entre votos y escaños.

La improvisación como método

TarradellasEn este escenario, el nuevo marco institucional se erigió con grandes dosis de improvisación porque tenía un punto de partida claro, pero había un horizonte de llegada nebuloso: ¿La nueva democracia incluiría al PCE? ¿Debería instaurarse una autonomía o una descentralización? ¿Y si había autonomía… ésta sólo sería para catalanes y vascos?

Entonces gobierno y oposición actuaron con sentido práctico y para avanzar crearon artefactos políticos como el Estado de las autonomías o el concepto de “nacionalidad”. A la vez, se hizo excepciones legales cuando fue conveniente y Josep Tarradellas, un presidente legitimado por la II República, fue incrustado en la flamante monarquía sin quebraderos de cabeza.

Este modus operandi engendró un régimen funcional durante treinta años, pero hoy parece inaplazable una reforma para afrontar problemas que manifiesta, como -entre otros- el sistema electoral, la financiación de los partidos, las tensiones autonómicas o la utilidad de la Corona. Por lo tanto, hay campo para actuar.

Aun así, el 1975 había un programa asumido por derecha e izquierda que era lograr una democratización, satisfacer a catalanes y vascos y la integración en Europa. Pero hoy no hay un denominador común transversal como aquel (fuera de denunciar la corrupción y exaltar la “regeneración política”) y en una Transición es esencial una hoja de ruta de mínimos de amplio apoyo.

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* Este texto es la base del artículo publicado en el diario catalán Ara con el título “Condicionants, límits, referents i incentius d’un període molt concret” (31/I/2016).