DON JUAN DE BORBÓN O EL MITO DEL PRETENDIENTE AL TRONO DEMÓCRATA

marzo 26, 2017

Acto de renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977.

ESTE AÑO SE CUMPLEN CUARENTA AÑOS  DE LA RENUNCIA DE DON JUAN A SUS DERECHOS DINÁSTICOS, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1977, un hecho sobre el que se suele pasar de puntillas porque empañaba la legitimidad de su hijo en el Trono.

Dado que tiende a reproducirse una biografía idealizada del mismo que le presenta como una alternativa demócrata a la dictadura de Franco, hemos considerado pertinente reproducir esta semblanza que publicamos en el 2007 al respecto.*

Como puede apreciarse a continuación, éste distó mucho de ser un demócrata rectilíneo. En general, tuvo una trayectoria política errática y oportunista, que le llevó a transitar por el autoritarismo, ya que su principal afán fue llegar a reinar. Quien esté interesado en más información al respecto, puede consultar nuestro ensayo Franco y los Borbones (2005). 

 

JUAN III: EL REY QUE NUNCA REINÓ

El pasado 14 de mayo se cumplieron treinta años de la renuncia de Don Juan de Borbón y Battenberg a sus derechos a la Corona en favor de su hijo Juan Carlos I. La efeméride no ha merecido conmemoración alguna porque ésta evidenciaría de nuevo las contradicciones iniciales que revistió la legitimidad dinástica del actual monarca: fue Rey de hecho desde noviembre de 1975, cuando fue proclamado como tal por las Cortes, pero no lo fue de derecho hasta que su padre hizo esta renuncia.

Esta situación explica las trabas que halló Don Juan para hacerla como deseaba: con una vistosa ceremonia en la cubierta del Dédalo, ante el ataúd de Alfonso XIII. Su propuesta fue desestimada por temor a realzar un acto que podía crear confusión en la opinión pública. La reina Sofía defendió que la renuncia “se hiciera simplemente por carta” y Torcuato Fernández-Miranda afirmó que no debía producirse, pues “significaba enmendarle la plana al régimen”.

Don Juan no era el primogénito de Alfonso XIII, sino su tercer hijo varón (en la imagen está de pie a la derecha).

Finalmente Don Juan la llevó a cabo en un acto televisado: “En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Juan Carlos I”, declaró. No obstante, tras este gesto dinástico “anormal”, que restableció la “normalidad” dinástica, siguió empleando el título de conde de Barcelona, pese a ser un título de soberanía del Rey de España y resultar incongruente con su renuncia.

Ésta última habría marcado una inflexión vital, pues según el juanista Víctor Salmador “dejó de interesarle todo” e “hizo un esfuerzo sobrehumano para sobreponerse a la apatía y a la tristeza”. En 1982 regresó a España, poniendo fin a su exilio en la ciudad lusa de Estoril (donde residía desde 1946) con su esposa Doña María. En octubre de 1992 hizo unas declaraciones al Diario de Navarra reflejando una visión pesimista de España (“La veo mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada”) y su gran frustración: “Me hubiera gustado ser Rey de todos los españoles. Fue mi vocación para la que me educaron y para la que viví, pero renuncié plenamente [a ella] porque era para el bien de España”. Falleció poco después, en abril de 1993.

 

Alfonso XIII con Don Juan en el exilio.

Hijo de Rey y padre de Rey, nunca reinó

La renuncia de Don Juan en 1977 puso fin a su dilatado esfuerzo por reinar. Nacido en 1913 del matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, fue su tercer hijo varón y no devino heredero de la Corona hasta 1933, cuando la familia real ya vivía en el exilio. Ignoramos la razón de este tardío reconocimiento, pues su hermano mayor, Don Alfonso, era hemofílico y el segundo, Don Jaime, sordomudo. Don Juan, por tanto, era ya desde su niñez el único vástago capaz de suceder a Alfonso XIII. ¿Por qué el monarca no tomó esta decisión cuando reinaba? El republicano Rafael Borràs apunta una respuesta: de abdicar el Rey en Don Juan según la Constitución de 1876, las Cortes debían sancionar su decisión, lo que pudo disuadirle al herir “su orgullo de rey” y poner de manifiesto las limitaciones de sus hijos.

En todo caso, sólo cuando sus dos hermanos mayores renunciaron en 1933 a sus derechos dinásticos y contrajeron sendos matrimonios desiguales quedó expedito su camino al Trono. Enrolado entonces Don Juan en la Royal Navy, recibió un lacónico telegrama paterno en Colombo (Sri Lanka): “Por renuncia de tus dos hermanos mayores, quedas tú como mi heredero. Cuento contigo para que cumplas con tu deber”. Su condición de heredero al Trono truncó la vocación naval de Don Juan (“Se acabó la Marina, se acabó todo”, recordó años después) y pronto se halló inmerso en las tensiones que rodearon a Alfonso XIII en el exilio: el grueso de monárquicos –liderado por José Calvo Sotelo- quiso que el Rey renunciara a sus derechos en favor de Don Juan y éste tuvo que maniobrar entre su padre y sus belicosos leales.

Don Juan se presentó como combatiente voluntario del bando alzado. En la foto lleva la boina carlista y el símbolo falangista.

Iniciada la Guerra Civil (1936-1939) Don Juan fue invitado a protagonizar un “salto dinástico” en dos ocasiones al menos. Por una parte Dionisio Ridruejo le propuso iniciar en la Falange una carrera como militante de base para devenir monarca después. Don Juan rechazó el despropósito: “Yo les dije que si les fallaba como jefe local, ya no me harían Rey”.

Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva señaló un eventual acuerdo que posteriormente se frustró entre Don Juan y el general Franco: “Franco le confirmó secreta y personalmente como su futuro sucesor a título de rey sin fecha fija”. Dio fe de tales rumores un significado confidente de Alfonso XIII en Suiza, Ramón de Franch: “¿Manteníanse contactos entre Burgos y la residencia romana de D. Juan, a espaldas de su padre? En Lausanne se andaba de puntillas sobre el terreno resbaladizo de las hipótesis”, escribió.

En 1941 falleció Alfonso XIII y Don Juan empleó desde entonces el título de conde de Barcelona, aunque sus leales le aclamaron como “Juan III”. Entre ese año y 1948 la actuación política de Don Juan fue errática y oportunista. Entre 1941 y 1942 tanteó círculos nazis y fascistas en busca de avales para reinar, pero en realidad apostó de forma decidida por los aliados, en especial con su Manifiesto de Lausana (1945), lo que irritó profundamente a Franco.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, e instalado en Estoril, Don Juan mantuvo su complejo juego político entre 1946 y 1948. Entonces estableció las llamadas Bases de Estoril –que definían una monarquía corporativa y antiliberal- y a la vez buscó un pacto con la oposición al franquismo, incluyendo a anarquistas y socialistas. Todo fue en vano: el anticomunismo de la Guerra Fría consolidó la dictadura de Franco y éste vio aprobada en un referéndum celebrado en 1947 una Ley de Sucesión que dejó a su arbitrio el nombramiento de su sucesor a título de Rey.

Encuentro de Franco y Don Juan en el Azor en 1948.

En agosto de 1948 Don Juan mantuvo una entrevista con Franco a bordo del yate Azor, en el Cantábrico, en la que se decidió que estudiara en España su hijo Juan Carlos, nacido en 1938. Con tan valioso rehén en manos del dictador, poco pudo hacer ya Don Juan para acceder al Trono, salvo esperar un golpe de Estado que nunca llegó. Había perdido la batalla de la Corona y en sus empeños dilapidó su credibilidad política ante franquistas y antifranquistas, ya que sus vaivenes acuñaron una imagen de hombre sin criterios.

Así, cuando Franco comentó al escritor monárquico José M. Pemán que “Don Juan, hombre afable por acogedor, se deja influir por el último que llega”, recibió esta réplica: “Pues llegue usted el último”. Igualmente, Ibérica, revista del exilio sostenida en Nueva York por Victoria Kent y patrocinada por Salvador de Madariaga, expresó en 1960 su desencanto: “Don Juan unas veces dice a los hombres de ‘la Corte’ que su monarquía será liberal y otras veces declara […] que seguirá el ‘movimiento del general Franco’”.

Acto de aceptación de Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969.

Paradójicamente, el “salto dinástico” que Franco decidió en 1969, al designar oficialmente a Don Juan Carlos sucesor, hizo que la desvaída figura del conde de Barcelona cobrase nuevo brillo: excluido del Trono, su figura fue contemplada por parte de la oposición al régimen como una “alternativa demócrata” a la presunta continuidad institucional de la dictadura encarnada por su hijo. Su proyección fue también realzada a posteriori por monárquicos que aludieron a la existencia de un “pacto de familia” entre Don Juan y Don Juan Carlos para llevar la democracia a España, aunando esfuerzos para evitar la instauración de una República.

De ese modo, el historiador Charles T. Powell apunta que los neojuanistas hacen suya “una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta”. La realidad cuestiona esta conjetura: sin ir más lejos, Don Juan estuvo a punto de abanderar la oposición a su hijo en 1974, lo que dejó literalmente “aterrada” a su esposa, Doña Maria.

¿Drama personal o espejo generacional?

Una abundante publicística monárquica presenta el enfrentamiento entre Don Juan y su hijo como un drama personal, enfoque que confiere un protagonismo a la familia real de resonancias hagiográficas: son los “sacrificios” y “renuncias” de Don Juan y la mediación abnegada de Doña María entre esposo e hijo lo que permite restablecer la Corona y restaurar la democracia. Desde nuestra perspectiva, esta narración en clave de “epopeya dinástica” oculta sin pretenderlo una realidad más profunda: el “salto dinástico” que protagonizó Don Juan Carlos fue el reflejo más visible del cambio generacional que hizo viable la llamada Transición.

Durante el franquismo las organizaciones de la oposición se caracterizaron por un recambio generacional que supuso una relativa asimilación de la política española a la europea. Este cambio marcó el ocaso de las direcciones del exilio, comosucedió consocialistas como Rodolfo Llopis, anarquistas como Federica Montseny o incluso con la “vieja guardia” comunista. El caso de Don Juan fue similar al de estos exiliados: compartió con ellos un largo alejamiento, vanas esperanzas de regresar triunfante con complots más fantasiosos que factibles y la percepción distorsionada de la realidad española.

Todos ellos fueron grandes perdedores de la democratización y Don Juan, aunque no se contó entre los vencidos de la guerra ni los represaliados del franquismo, fue uno más, como escribió en 1958: “Yo soy el único exiliado que sin cometer delitos comunes o de sangre no me deja el General ir [a España]”. Hoy, “Juan III” -Rey que nunca reinó- aún espera una biografía crítica que supere distorsiones, filias y fobias en torno a su figura.

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*  Xavier Casals, “Juan III: el rey que no reinó”, El noticiero de las ideas, 32 (octubre-diciembre 2007), pp. 5-7. Reproducido inicialmente en este blog el 3 de febrero de 2013, con motivo del centenario del nacimiento de Don Juan.


LA LEGISLACIÓN DEL “DISCURSO DEL ODIO” Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL CASO DE DINAMARCA

febrero 4, 2017

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La UE tiene problemas para dominar un poderoso can -la islamofobia- en nombre de la libertad de expresión (caricatura de www.correomadrid.com)

¿PENALIZAR EL “DISCURSO DEL ODIO” PUEDE COARTAR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN? Este interrogante plantea un debate nada fácil.

Por nuestra parte, en términos generales, consideramos que la persecución penal no es efectiva para combatir el vance de la ultraderecha. De hecho, hemos reflexionado ya en este blog sobre el efecto que tienen las diversas estrategias empleadas en tal sentido y nos hemos pronunciado por aquellas que pasan por la argumentación y la actuación sobre las causas directas del ascenso del extremismo, no por las de su persecución legal.

En este marco, consideramos de especial interés el reportaje publicado por Óscar Gutiérrez en El País titulado  “El precio del odio en Dinamarca” (30/I/2017). En él analiza el efecto del artículo 266b del Código Penal vigente en este país, que -según sus detractores- es de difícil encaje con la libertad de expresión e  impacto limitado en Internet.

baixaMerece destacarse que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, ya en el 2008 editó un ensayo de Karen Jespersen y Ralf Pittelkow que incidía en el debate público que el Islam genera en Dinamarca: Islamistas y buenistas. Escrito de acusación.

La controversia al respecto es relevante en la medida que actualmente -como señala Gutiérrez- la UE promueve que sus integrantes impulsen legislaciones para combatir el “discurso del odio”. Por esta razón, reproducimos a continuación el citado reportaje de El País (también puede accederse al original clicando aquí).

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El precio del odio en Dinamarca

La criminalización de expresiones racistas o xenófobas, nacida durante el auge del nazismo, divide aún hoy al país nórdico. La UE quiere ahora que todos sus miembros cuenten con leyes para penalizar este tipo de discurso, estandarte hoy de islamófobos e incontrolable en las redes sociales

Llamada oculta. Al otro lado del teléfono suena una voz muy grave, fuerte, de un hombre con un inglés de ligero acento escandinavo. “Soy Lars Hedegaard, creo que querías hablar conmigo”. Verse no es posible. Ni se encuentra en Copenhague ni puede dar su paradero al estar bajo protección policial. Hedegaard, historiador y periodista danés de 74 años, es un reconocido y duro crítico del islam. Le grabaron en su casa, sin previo aviso según defiende, diciendo cosas como que en las familias musulmanas, las niñas eran violadas por padres, tíos y sobrinos. Por esto fue multado en 2011 con unos 700 euros. Recurrió y un año después fue absuelto por el Supremo danés, pero su imagen quedó ya como la del gran condenado en Dinamarca por las leyes contra el discurso de odio. Y una cosa más: el 5 de febrero de 2013 sufrió un intento de asesinato en su domicilio por un individuo miembro hoy del Estado Islámico.

El artículo 266b

El artículo 266b del Código Penal danés dice lo siguiente: “Cualquier persona que públicamente o con intención de una amplia divulgación,  haga declaraciones o divulgue otras informaciones por las que un grupo de personas se vea amenazado, insultado o degradado a propósito de su raza, color, origen étnico o nacional, religión o inclinación sexual se expondrá a una multa o cárcel por un periodo no superior a dos años”.

Hedegaard, según él mismo dice, no cambiaría nada de esa u otras críticas que ha hecho de la religión que practican alrededor de un 4% de los daneses. Ahí va otra: “El islam”, señala al teléfono, “no es una religión sino una ideología totalitaria”. El tipo que trató de matarle a punta de pistola en la puerta de su casa, tras hacerse pasar por un cartero, se llama Basil Hassan y según la investigación, no actuó solo. Logró huir y acabar entre Siria e Irak vía Turquía. El Departamento de Estado norteamericano le ha vinculado al aparato yihadista de operaciones externas.

Intento de asesinato al margen, lo que fastidia a Hedegaard es que un juez le pueda condenar por decir lo que dice atendiendo al ya viejo artículo 266b del Código Penal danés. Muchos lo llaman el “párrafo”, porque es famoso y lo conoce todo el mundo. Este penaliza con multa o cárcel de hasta dos años las expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión. Llegó al Código Penal danés en 1939 para evitar las vejaciones verbales contra los judíos. Hoy se aplica, sobre todo, en casos que salpican a musulmanes. Y es polémico porque, según sus críticos, casa mal con la libre expresión, cuya plataforma hoy más manoseada, visceral e ingobernable es la Red. Ahí, el 266b no puede más que matar moscas a cañonazos.

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El periodista danés Lars Hedegaard, en una foto tomada en febrero de 2010 (imagen de Henning Bagger/AFP, publicada por El País).
Pese ello, el Parlamento Europeo trabaja ahora para reforzar en su revisión de la directiva de medios audiovisuales la prohibición por ley del denominado discurso de odio. Dinamarca es el paradigma. El texto de la directiva europea, aún por cerrar, sería más concreto: la incitación pública a la violencia o el odio contra un grupo debe ser penalizada.

“El Islam no es un religión sino una ideología totalitaria”

Lars Hedegaard, periodista danés

Dinamarca es el país de la felicidad. Del Estado del bienestar, del pleno empleo, de la economía fuerte y del hygge, esa suerte de gusto por las pequeñas cosas, ya sea beberse unas cervezas con los amigos viendo el querido balonmano patrio o tomarse un chocolate con la familia, en casa y con una lamparita en la ventana. Es la vida, lo demás son complementos para un país pequeño (seis millones de habitantes) y rico. Pero Dinamarca es también mucho diálogo. Los gobiernos son de consenso, no hay mayorías -el actual Ejecutivo conservador de Lars Lokke Rasmussen está formado por tres partidos- y el debate es una tradición. Que cada uno suelte lo que quiera.

Una ley contra los imanes radicales

Cuando uno pregunta en Dinamarca sobre discursos radicales, el nombre de Abu Bilal Ismail sale con frecuencia. Una cámara oculta de la cadena danesa TV2 le filmó en febrero del pasado año durante un sermón en la mezquita Grimhoj, en la localidad de Aarhus. Entre otras cosas abogaba por lapidar a las mujeres adulteras. Dos años antes, Ismail había sido cazado por otra grabación pidiendo la destrucción de los judíos. Este tipo de discursos han llevado recientemente al Parlamento danés a aprobar una nueva ley (Ley 18) que prevé multas o penas de hasta tres años para aquellas “autoridades religiosas” -no menciona confesión alguna, aunque la norma ha sido pensada para frenar el discurso salafista violento- que defiendan la comisión de actos violentos.

El Parlamento danés, el Folketing, en la capital, Copenhague, es un buen sitio para verlo. Kenneth Kristensen Berth es diputado del Partido Popular Danés [Dansk Folkeparti, DF], la segunda fuerza en escaños (37) en la Cámara. Un juez tiró del artículo 266b en 2003 para condenarlo por racismo a 14 días de prisión, que no tuvo que cumplir. Su delito: difundió un póster en el que alertaba contra una sociedad multiétnica. El cartel, y aquí es donde recae la pena, mostraba a dos individuos cubiertos de sangre con un Corán en la mano.

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Cartel del Partido Popular Danés que generó una condena de racismo.

Lo que Kristensen quiso decir, según relata ahora, es que ese tipo de sociedades llevan a “más criminalidad”. Mantiene que así ha sido a la postre y añade otro caso que sacudió a su partido: “Uno de nuestros parlamentarios, Jesper Langballe, ya fallecido, dijo en un debate que era un problema que padres musulmanes violaran e incluso mataran a sus hijas. Fue llevado al tribunal y condenado, a pesar incluso de que es un hecho que entre los musulmanes existen crímenes de honor”. La idea se repite: ¿por qué condenar una expresión por fuerte que sea si hay “hechos” que la avalan? Otra cosa es comprobar esos “hechos”.

Sobra decir que tanto Kristensen como el veterano Hedegaard quieren abolir el 266b.

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Mujeres musulmanas tocadas con velo pasean por el centro de Copenhague, en octubre de 2011 (imagen de Francis Dean Getty, publicada por El País).
Los daneses están acostumbrados a la inmigración (un 10% de la población es de origen inmigrante), también a la que profesa el islam. Pero la sensación entre los ciudadanos es que la llegada de nuevos inmigrantes o refugiados se ha instalado en la clase política y en los medios como una amenaza para el país. Y de ahí a discursos degradantes hay un paso. Siguiendo la calle Stroget, una de las peatonales más largas de Europa, muy cerca del Folketing, hasta la plaza del Ayuntamiento, se eleva un bloque lleno de cabeceras de diarios daneses. La seguridad en las entradas a las redacciones es elevada, 11 años después de la ola de protestas y amenazas por las caricaturas de Mahoma publicadas en uno de esos diarios, el Jyllands Posten.

¿La ley contra el discurso de odio limita a los reporteros? “No, el mayor problema es la autocensura”, contesta Marcus Rubin, editor del respetado diario Politiken, “sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo, no por temor a que la policía venga y te arreste sino por temor a los terroristas”. El famoso artículo 266b no coarta a la prensa, como tampoco obsesiona a los ciudadanos. Como apunta la columnista y editora de Radio24syv Sofie Allarp, acostumbrada a los comentarios de radicales, sobre todo en la Red, la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Pero alerta del escenario retórico actual: “El mensaje de que la inmigración es solo un problema y no una solución para el futuro es demasiado fuerte”.

“El mayor problema es la autocensura, sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo”

Marcus Rubin, editor de Politiken

El 266b del Código Penal danés ha caído sobre un grupo variopinto de daneses. A los Hedegaard y Kristensen se podrían añadir el poeta superventas palestino-danés Yahyah Hassan, la artista danesa-iraní Firoozeh Bazrafkan, el imán de origen sirio Mohammed al Jaled Samha… O el joven, no identificado, condenado hace tres años a pagar 280 euros por comparar islam y nazismo en un comentario de un post de Facebook sobre la organización salafista Hizb ut Tahrir. Rebuscado, pero pasó. Hubo más sentencias en el pasado, pero si tomamos esta última, por ejemplo, y la de Kristensen han transcurrido más de una docena de años y las multas o penas no frenan ciertos discursos por mucha tradición que haya.

En la orilla oriental, no muy lejos de la sirenita, icono de Copenhague, en uno de esos edificios inteligentes, trabaja una de las voces más críticas contra el artículo 266b. El abogado Jacob Mchangama es director del think tank jurídico Justitia. Su oposición a criminalizar el discurso de odio es clara. Pero más interesante es su alternativa a la pena: “El contradiscurso, por supuesto”, dice. “Si estás en contra de limitar la libertad de expresión, como yo lo estoy, tienes una obligación moral de pronunciarte en contra del discurso de odio”. Es de los que cree que si penalizas, ganan los radicales y se engorda el mensaje. Pone un ejemplo: “La radicalización es un problema en la comunidad musulmana de Dinamarca, pero no en la hindú o budista; es un hecho y tenemos que poder hablar de ello para resolverlo”.

“Hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”

Rune Lund, diputado de la Alianza Roji-Verde

Si bien son muchos en Dinamarca los que aceptan la existencia del 266b, a los que no lo hacen se les oye más. De vuelta al Folketing, el diputado sirio-danés Naser Khader comparte la visión de Mchangama. Como este último, Khader, nacido en Damasco hace 53 años, cree que el debate abierto funciona mejor que el castigo. Y para muestra el botón de la vecina Suecia, con altos índices de violencia de ultraderecha que, según coinciden ambos, tiene mucho que ver con que hablan muy poco de inmigración. Khader, miembro del Partido Conservador, ha sufrido también la presión de los que condenan su visión del islam, pero él mantiene su postura. Y no es habitual: “Forma parte de la cultura danesa burlarse de las religiones, los dioses, los profetas sin ninguna discriminación, ya sea Jesús, Moisés, ¿por qué no Mahoma? ¿Por qué tienen los musulmanes que forzar los tabúes? Si no te gustan unas caricaturas no compres el periódico”.

El rechazo a la criminalización del discurso de odio no cuaja, sin embargo, ni en la calle ni en el Folketing, donde partidos como el Venstre, liberal y a las riendas de la jefatura de Gobierno, o la opositora Alianza Roji-Verde, conviven bien con el artículo. “Funciona como última estancia contra el racismo y el discurso de odio”, señala Rune Lund, portavoz de la alianza de centroizquierda. ¿Y la libre expresión? “Hay limitaciones, por supuesto”, continúa el diputado danés, “pero hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”.


ANTES DE MUNICH FUE BÉLGICA: LAS MASACRES DE SUPERMERCADOS MÁS ENIGMÁTICAS

agosto 5, 2016

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Imagen de las víctimas de los asesinos de Brabante (imagen de AFP).

LA MASACRE COMETIDA EN JULIO EN UN CENTRO COMERCIAL DE MUNICH por el joven germano-iraní Ali David Sonboly ha conmocionado la opinión pública europea. Sin embargo, consideramos importante destacar que Bélgica conoció en los años ochenta graves matanzas gratuitas de civiles que aún hoy no han sido aclaradas y podrían tener vínculos políticos.

Los “asesinos locos” de Brabante

De este modo,  un grupo criminal -designado por los medios de comunicación como los tueurs fous [asesinos locos] de Brabante- entre 1982 y 1985 asesinó 28 personas (incluyendo niños) de forma indiscriminada en supermercados, notablemente de la cadena Delhaize.
TueursLos asesinos entraban armados y con el rostro cubierto en los establecimientos y abrían fuego sobre los clientes. Nunca se logró desentrañar cuáles eran sus móviles ni qué objetivos tenían, dando pábulo a toda suerte de especulaciones.

En este sentido, nos pareció interesante en la época la lectura de la obra de G. Dupont y P. Ponsaers, Les tueurs fous du Brabant Wallon (1989) , aunque hay otras más (como regoge wikipedia)

¿Hacia un golpe de Estado?

En este marco, queremos destacar que una de las hipótesis que se ha barajado para explicar tales crímenes es la existencia de una trama oculta que conduciría a ignotos sectores del aparato del Estado. ¿Cuál sería la razón?

Dado que entonces tuvo lugar la acción simultánea del grupo armado maoísta Cellules Communistes Combattantes [CCC, Células Comunistas Combatientes], que cometió diversos atentados entre 1984 y 1985, y la de los tueurs fous se considera que se habría pretendido desestabilizar el país.

No obstante, también se ha hecho la lectura contraria, señalando que tales acciones habrían pretendido reforzar los aparatos de seguridad y formar “un gobierno fuerte”.  De hecho, en esta tesitura el monarca, Balduino, se planteó formar “un Gobierno de salvación nacional por encima de los partidos políticos”.

Documental de 1997 sobre les “tueurs fous” (en el minuto 28 se expone la hipótesis de una desestabilización política tras la masacre).

Un crimen impune

En suma, tras estas masacres gratuitas podría haber existido una trama que no se vincularía a la delincuencia, sino a sectores de la seguridad del Estado. Incluso se ha señalado a la llamada red armada clandestina Gladio creada por la OTAN durante la Guerra Fría. Pero cuando han transcurrido más de 30 años nada puede asegurarse al respecto.


TRUMP O EL PELIGRO DE NO INFORMAR SOBRE LA DERECHA POPULISTA

mayo 16, 2016

Sin títuloTrump, un payaso según la portada del Daily News (17/VI/2015).

¿QUÉ PAPEL TIENEN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL ASCENSO DE LA DERECHA POPULISTA? El caso de Donald Trump lo ilustra, tal como refleja este análisis de Jordi Barbeta, corresponsal de La Vanguardia en Washington, y publicado originalmente el 8 de mayo.

Según Barbeta, la información sobre Trump ha dejado mucho que desear, aludiendo al “tratamiento frívolo de sus actuaciones, el seguimiento acrítico de sus promesas y, sobre todo, el no haber sido capaz de calibrar la magnitud del fenómeno social que el magnate ha capitalizado a su favor”. Destaca, además, que el Huffington Post se negó a informar de su campaña.

En este sentido, si lo que deseaban los medios era no favorecer a Trump, han hecho todo lo contrario. En este blog ya advertimos que el “silencio mediático” sobre la derecha populista es una estrategia errónea para crear un dique de contención a sus discursos y líderes. ¿La razón?

Tal como entonces expusimos, “esta opción elimina a sus partidos del centro del debate, pero les permite emitir su discurso sin oposición. A la vez, sus líderes pueden presentarse como víctimas de un establishment que desea silenciarles. Además, la opinión pública carece de elementos de información para entender el eventual ascenso de estos partidos”.

El artículo de Barbeta, que reproducimos a continuación, expone de modo rotundo como tal estrategia se ha revelado contraproducente en el caso de Trump, algo que -desde nuestra perspectiva- era perfectamente previsible.

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Gana Trump, fracasa el periodismo

Periodistas y medios de EE.UU. admiten haber hecho mal su trabajo en la cobertura de la campaña del magnate

“Mal, mal, mal, hasta el final, lo hicimos mal”, reconocía en el The New York Times Jim Rutenberg en referencia a la cobertura periodística de la campaña de Donald Trump por la nominación republicana. Su artículo se titulaba “La carrera ha terminado y el periodismo ha perdido”.

Más indigesto resultará el acto de contrición de Dana Milbank, el comentarista político de referencia del The Washington Post. “Hace siete meses dije que me comería mi columna entera, literalmente, papel de periódico y tinta, si Trump ganaba la nominación. Calculé que los votantes republicanos eran mejores que Trump, pero me han defraudado”. Milbank ha convocado a sus lectores a un restaurante especializado en cocina latinoamericana donde el jueves se comerá, en el estricto sentido del verbo comer, su columna publicada el 2 de octubre y titulada “Trump perderá o yo me comeré esta columna”.

Donald Trump ha ganado la carrera por la nominación contra todo pronóstico periodístico porque prácticamente nadie se tomó en serio el desembarco del magnate en la política. Y ahora la prensa estadounidense, la de mayor prestigio del mundo, se siente avergonzada y se pregunta “dónde hemos fallado”. Que Trump sea el candidato republicano es una decisión democrática inapelable de las bases republicanas, pero el tratamiento frívolo de sus actuaciones, el seguimiento acrítico de sus promesas y, sobre todo, el no haber sido capaz de calibrar la magnitud del fenómeno social que el magnate ha capitalizado a su favor, eso sí se admite que figura en el debe del periodismo.

Nate Cohn, también del The New York Times, dice: “Nunca sabremos lo equivocados que estábamos sobre Donald Trump”. En su opinión, se debe a una suma de factores, pero da especial importancia al hecho de subestimar al magnate desde el principio: “Lo descartamos –dice– porque estábamos convencidos de que los votantes nunca nominarían a una estrella de los reality shows para presidente, y mucho menos un provocador con posiciones políticas iconoclastas”.

La subestimación del candidato fue lo que llevó al Huffington Post a negarse a informar de la campaña del magnate en la sección política. “Es un espectáculo y no vamos a morder el anzuelo –dijo entonces Ryan Grim, redactor jefe–; quien esté interesado en saber qué dice The Donald lo encontrará al lado de nuestras historias sobre la familia Kardashian”. Obviamente, el Huffington Post no ha tenido más remedio que rectificar, y con más dolor que el de la digestión del papel que se tragará Milbank. Entre otras cosas, porque Trump había replicado a Arianna Huffington, la fundadora, con una demostración de su maldad: “Es poco atractiva por dentro y por fuera. Entiendo completamente por qué su exmarido la dejó por un hombre”.

Time-Trump

Portada sobre Trump de Time (3/III/2016). En ella le define con cinco casillas: cuatro marcadas (matón, showman, aguafiestas y demagogo) y una no (45º presidente de EE.UU.).

El debate surgido en el ámbito periodístico plantea enormes interrogantes. “¿Por qué los periodistas creen que es importante para el público conocer sus conjeturas sobre quién va a ganar?”, preguntan Glenn Greenwald y Zaid Jilani en The Intercept. Otra cuestión es si la desconexión entre la opinión pública y los políticos convencionales no será la misma que la brecha que se observa entre la opinión pública y la opinión publicada. Al fin y al cabo, Donald Trump, por quien nadie apostaba, ha ganado frente a otros 16 candidatos de sólida trayectoria.

En cambio, Hillary Clinton, a quien se le pronosticaba una campaña triunfal, no ha conseguido todavía deshacerse de su único rival, Bernie Sanders, un senador de 74 años que se declara socialista y propugna una revolución política. Greenwald y Jilani ponen el dedo en la llaga: “Los periodistas influyentes llevan una vida muy distinta de la masa de votantes en cuyo nombre se creen que pueden hablar. También suelen tener intereses diferentes, incluyendo una inclinación a preferir la preservación del statu quo (y para ver el statu quo de manera más favorable ) que los que se han visto menos recompensados por el statu quo”.

Gregory J. Wallance, en The Hill, va aún más allá. Sostiene que “Donald Trump utiliza un discurso político corrupto con mentiras e insinuaciones que explotan el miedo del público como el que utilizó el senador Joseph McCarthy en los años cincuenta en su cruzada anticomunista, conocida como la” . Wallance recuerda que McCarthy acabó siendo desenmascarado “por un valiente periodista llamado Edward R. Murrow” que puso en evidencia sus mentiras. El periodista demostró con datos que el senador “había causado alarma y consternación entre nuestros aliados en el extranjero, y prestado considerable comodidad a nuestros enemigos”. Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia… Wallance echa de menos hoy periodistas de la talla y el coraje de Murrow.

Malo para EE.UU., bueno para la televisión

Leslie Moonves, directivo de la CBS, admitió que “el dominio de Trump en la campaña no es bueno para EE.UU., pero está resultando muy bueno para la CBS”. Curtido en el reality show de gran éxito El aprendiz, Trump siguió liderando las audiencias como candidato, y ese ha sido un factor determinante en la campaña y en su victoria. El magnate ha conseguido una omnipresencia mediática propiciada por su capacidad para generar audiencia televisiva, que, tal como reconoció su asesor, Paul Manafort, forma parte de una estrategia calculada.

La CNN no se pierde ni un mitin de Trump. El magnate ha conseguido más tiempo en la televisión que todos sus rivales juntos. Y lo que está en cuestión es el papel de los medios divulgando acríticamente sus mensajes, como meros altavoces. El propio presidente Obama se permitió el viernes interpelar a los periodistas sobre su responsabilidad: “Esto no es un reality show. Se trata de la presidencia de EE.UU., y todos los candidatos deben ser escrutados. Me preocupa que la información se reduzca al espectáculo y el circo. Los votantes tienen derecho a saber si una propuesta es inverosímil o puede provocar una guerra, y si ustedes les informan estoy seguro de que nuestra democracia va a funcionar”.


¿QUÉ HACER CON LOS INTELECTUALES FASCISTAS?*

marzo 28, 2016

Knut_HamsunKnut Hamsun en 1914 (foto de Anders Beer Wilse procedente de Wikipedia).

LA CONMEMORACIÓN DEL 150º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL ESCRITOR KNUT HAMSUN (1859-1952) en Noruega en el 2009 creó allí una incómoda situación, al reunir este autor la condición de galardonado con el Nobel en 1920 y admirador del nazismo. La efeméride dividió al país, y su presupuesto de 1.3 millones de euros contrastó con los 7.5 millones dedicados el 2006 al centenario de la muerte de Henrik Ibsen. Vino a ser, pues, una conmemoración con sordina: “hablemos de él, pero en voz baja”.

Con Louis Ferdinand-Céline (1894-1961) la cuestión no varía mucho: autor imprescindible en la literatura francesa, resulta incómodo al encarnar la “vanguardia” fascista con sus contradicciones, ahora visibles en buena medida en los comentarios publicados de su última esposa, Lucette Destouches, en Céline secreto.

¿Qué hacer con los autores fascistas?

Hoy su ideología sólo puede parecernos execrable, pero existen dos elementos de fondo a tener en cuenta al abordar sus figuras, al margen de reivindicaciones ideológicas. El primero es que no se puede disociar al autor de su época, y si rechazamos la cultura fascista de entreguerras nuestra nómina de autores “libres de toda sospecha” puede quedar muy limitada. En el caso francés, por ejemplo, incluiría a Marcel Jouhandeau (1888-1979), Henry de Montherlant (1895-1972) o Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), cuya biografía publica ahora Enrique López Viejo. La de Italia, por poner otro ejemplo, podría sumar a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Luigi Pirandello (1867-1936), Curzio Malaparte (1898-1957) y los hombres de letras que se asociaron al fascismo, flirtearon o se comprometieron con él y luego rompieron con esta ideología. Así la nómina de intelectuales “malditos” (o como se les quiera llamar) puede crecer de modo voluminoso.

La segunda cuestión que se debe plantear al valorar a estos autores es aún más relevante: el intelectual de fama que pone su nombre en letras de molde al servicio del enemigo deviene el “traidor” por antonomasia. En la Francia de posguerra el escritor Jean Paulhan (1884-1968) puso el dedo en esta llaga en 1947, cuando afirmó que “los ingenieros, empresarios y albañiles que construyeron el muro del Atlántico [una fortificación erigida en el norte de Francia entre 1941 y 1944 por los alemanes], pasean muy tranquilos entre nosotros” y “construyen los muros de las nuevas cárceles donde se encierra a los periodistas que cometieron el error de escribir que el muro del Atlántico estaba bien construido”. Y es que se sancionó con mayor severidad a quienes loaron el esfuerzo de guerra nazi, que a quienes participaron en él. Céline lo comentó con sorna ante su proceso: “Con tres o cuatro kilómetros de muro del Atlántico, yo me libraría. ¡Haría mucho que estaría ‘archivado’!”.

Finalmente, en España, al calibrar la relación entre intelectuales y fascismo tenemos un problema de perspectiva y es que ésta no ha sido necesario plantearla. Los cuarenta años de dictadura ofrecieron un generoso margen para que todo el mundo evolucionara políticamente y quedasen difuminados sus compromisos del pasado: ¿Qué decir, sino, del Camilo José Cela que se ofrecía como confidente policial en 1938? ¿O del Poema de la bestia y el ángel que José Mª Pemán escribió ese año al servicio de los sublevados? ¿O del Dionisio Ridruejo que en 1942 rompió con Franco porque éste no instauraba un régimen realmente falangista?

¿Podemos separar a los autores de la obra?

En definitiva, podemos continuar estigmatizando a los autores fascistas o manipularlos con pinzas por el rechazo que nos producen, pero si prescindimos de ellos perderemos de vista que no fueron individuos aislados, sino que formaron el mascarón de proa de una Europa en la que el fascismo sedujo a amplias masas, por lo que la visión de la literatura del Viejo Continente quedará amputada.

Con estas consideraciones no exhortamos a tirar cohetes ante el cumpleaños de Hamsun ni a erigir altares a Cèline; sólo a dejar patente que sus figuras se deben asumir con su brillantez literaria y su ideología condenable: forman un todo indisociable en términos personales y de la era que les tocó vivir.

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* Este artículo se publicó originalmente en Qué leer, 144 (junio 2009, p. 4) con el título “Escritores fascistas, autores ‘malditos’”. En esta entrada hemos actualizado los tiempos verbales para facilitar la lectura.


¿CUÁLES FUERON LOS CONDICIONANTES DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA A LA DEMOCRACIA?*

febrero 9, 2016

Transición

¿Cuáles fueron los condicionantes de la Transición española?

HOY ASISTIMOS A LA CRISIS DEL SISTEMA POLÍTICO SURGIDO DE LA TRANSICIÓN y se extiende la percepción de que es necesario cambiar la Constitución. ¿Ahora bien, en qué se diferencia la situación actual de la de 1975-1978 a la hora de rediseñar el marco institucional? A continuación analizamos los elementos que entonces fueron decisivos.

El peso de la Guerra Civil

muerteEl 1975 era muy presente el recuerdo del conflicto de 1936-1939 y fue beneficioso por el éxito de la Transición porque esta no fue pacífica. Ignacio Sánchez-Cuenca y Paloma Aguilar exponen que la violencia política causó 504 muertos entre 1975 y 1982 y nuestra democratización fue la más sangrienta de Europa. Sophie Baby va más allá y computa 3.200 acciones violentas y más de 700 muertos.

Este clima, según Aguilar, hizo rebrotar el recuerdo del pasado y el miedo a una radicalización peligrosa moderó las demandas de todos los grupos. De hecho, no fue casual que los sectores que hicieron bandera militante del recuerdo de la Guerra Civil, la ultraderecha y parte de la izquierda radical, fueron excluidos del juego político, como destaca Enric Ucelay-Da Cal.

Las lecciones exteriores

revoluci clavelesA la vez, la Transición fue favorecida por dos experiencias externas. Una lejana y de impacto poco -o nada- estudiado: el golpe de estado del general Pinochet en Chile el 1973. En España el episodio hizo patente a la izquierda lo fácil que era que los militares desmenuzaran vías rupturistas. La otra experiencia fue tan cercana como decisiva: la revolución zurda de los claveles en Portugal el 1974 que lideró el Ejército.

Como muestra Josep Sànchez Cervelló, el acontecimiento patentizó a los franquistas reformistas la necesidad de preparar una salida a la dictadura “desde arriba” para evitar un final traumático “desde bajo”. Pero el caso de Portugal no sólo facilitó la aceptación de una oposición, sino que también favoreció el abandono del Sáhara sin lucha, dado que el golpe de estado al país vecino se había cocinado en buena parte a las guerras coloniales de África.

Por lo tanto, al morir Franco, derecha e izquierda sabían que tenían que ir con pies de plomo por los riesgos de ruptura en un sentido u otro, lo que favoreció el consenso.

El legado franquista

antonio_tejeroHoy se comenta que a la época no interesó “hacer limpieza” del franquismo y que de ahí venden todos los males. Pero esta percepción es errónea porque entonces esto era sencillamente inconcebible.

Por un lado, los cuerpos de seguridad se habían forjado bajo la dictadura y cambiar cúpulas e ideología era muy complicado, sobre todo bajo una intensa violencia política.

En cuanto al Ejército, desde 1971 cada guarnición -según Juli Busquets- había empezado a hacer planes secretos por si debía ocupar las ciudades, contemplando incomunicar barrios obreros. Y ya desde el gobierno de Carlos Arias de 1976 el rumor de sables fue la banda sonora de la Transición. De hecho, un mes antes de legalizar el PCE el abril de 1977 Suárez menguó la capacidad de movilización del Ejército y limitó carburante a la División Acorazada Brunete. ¿En este marco qué podía depurar la oposición?

Por otro lado, el Rey y el gobierno llevaron la agenda política y la oposición presionó, pero no negoció el marco previo a los primeros comicios de 1977. Así, el sistema electoral hoy vigente fue diseñado con voluntad de adelgazar a la izquierda y favorecer a la derecha. Cómo destaca Carles Castro, al priorizar el territorio por encima del censo y elegir la ley d’Hondt para atribuir escaños, el España conservadora quedó sobrerrepresentada al precio de existir una enorme desproporción entre votos y escaños.

La improvisación como método

TarradellasEn este escenario, el nuevo marco institucional se erigió con grandes dosis de improvisación porque tenía un punto de partida claro, pero había un horizonte de llegada nebuloso: ¿La nueva democracia incluiría al PCE? ¿Debería instaurarse una autonomía o una descentralización? ¿Y si había autonomía… ésta sólo sería para catalanes y vascos?

Entonces gobierno y oposición actuaron con sentido práctico y para avanzar crearon artefactos políticos como el Estado de las autonomías o el concepto de “nacionalidad”. A la vez, se hizo excepciones legales cuando fue conveniente y Josep Tarradellas, un presidente legitimado por la II República, fue incrustado en la flamante monarquía sin quebraderos de cabeza.

Este modus operandi engendró un régimen funcional durante treinta años, pero hoy parece inaplazable una reforma para afrontar problemas que manifiesta, como -entre otros- el sistema electoral, la financiación de los partidos, las tensiones autonómicas o la utilidad de la Corona. Por lo tanto, hay campo para actuar.

Aun así, el 1975 había un programa asumido por derecha e izquierda que era lograr una democratización, satisfacer a catalanes y vascos y la integración en Europa. Pero hoy no hay un denominador común transversal como aquel (fuera de denunciar la corrupción y exaltar la “regeneración política”) y en una Transición es esencial una hoja de ruta de mínimos de amplio apoyo.

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* Este texto es la base del artículo publicado en el diario catalán Ara con el título “Condicionants, límits, referents i incentius d’un període molt concret” (31/I/2016).


EL REGRESO DE “MI LUCHA”: EDICIONES, DEBATES Y POLÉMICAS

enero 15, 2016

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Ejemplar de Mi lucha, de Adolf Hitler (foto de Deutsche Welle).

AL CUMPLIRSE LOS 70 AÑOS TRANSCURRIDOS PARA QUE EXPIREN LOS DERECHOS DE AUTOR DE MI LUCHA, que hasta ahora poseía el Estado de Baviera, es posible editar de nuevo la obra de Hitler, como ya anunciamos en nuestro blog al analizar el éxito del libro en la India.

En este sentido, nos parece de interés para nuestros lector@s reproducir el interesante artículo de Ricardo de Querol y Luis Doncel publicado en el suplemento literario Babelia del diario El País el 14/XII/2015, al ofrecer una panorámica sobre el tema con referencias bibliográficas.

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Desmontando el ‘Mein Kampf’ (sin silenciarlo)

Una edición crítica a cargo de historiadores alemanes y una novela recuperan el libro de Hitler al expirar sus derechos. Para rebatir cada una de sus mentiras y mensajes de odio.

Detalle del tebeo ‘Mein Kampf’, dibujado por Clément Moreau en 1937 para ridiculizar el libro del dictador.

Nadie que hubiera leído con detenimiento Mein Kampf, de Adolf Hitler, tras su publicación (el primer volumen en 1925, el segundo en 1928) podía sorprenderse de todo lo que vino después: ahí estaba, negro sobre blanco, su propósito genocida, su apuesta por un expansionismo militar, su obsesión por la pureza racial, su deseo de apartar primero y exterminar después a judíos y discapacitados, su desprecio a la democracia, el humanismo o el pacifismo. La idea central es explícita: el fuerte tiene la obligación de aplastar al débil.

Todo eso estaba ahí escrito y, sin embargo, fueron muchos los que no vieron venir la tiranía, la guerra o el Holocausto. Por ejemplo, The New York Times publicó en 1933 una crítica nada desfavorable del libro de este “hombre extraordinario”, que “hace mucho por Alemania”, patriota, unificador del país y defensor del derecho a la propiedad, según escribía James W. Gerard, exembajador en Alemania, quien solo se desmarcaba del Führer por su feroz antisemitismo. Algunos años después, en 1940, estuvo más finoGeorge Orwell en New En­glish Weekly al reseñar una nueva edición en inglés. Hitler, avisaba Orwell, estaba anunciando “un horrible imperio descerebrado” que se extendería de forma violenta hasta Afganistán. El luego autor de 1984 se preguntaba perplejo cómo el jefe nazi había sido capaz de imponer a sus compatriotas “esa visión monstruosa”.

Quitando su evidente valor como documento histórico, Mein Kampf hoy resulta un plomizo y reiterativo ensayo repleto de argumentos pseudocientíficos o pseudohistóricos que no resisten un análisis serio. Que solo convencerá al predispuesto a convencerse. A punto de cumplirse el plazo de 70 años para que expiren los derechos de autor, hasta ahora en manos del Estado de Baviera, un grupo de historiadores publicará el próximo enero una edición crítica con más de 3.500 notas que desmenuzan y contextualizan las tesis del libro del que hasta 1945 se imprimieron más de 12 millones de ejemplares.

Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition —del que por ahora no hay planes de ser traducido al español— ofrece “información objetiva, explica los conceptos ideológicos, revela las fuentes materiales y contrasta las valoraciones o medias verdades de Hitler con los hechos históricos”, explica Magnus Brechtken, subdirector del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich-Berlín, que ha impulsado la obra. Coincidiendo con esta ambiciosa publicación, muchos se preguntan estos días si el libro-fetiche de la ideología que destruyó gran parte de Europa da aún miedo. Disponible a pocos clics para cualquier internauta, el mensaje de odio de Hitler es jaleado en páginas web, incluidas algunas yihadistas, y goza de una chocante popularidad en países como India.

Pero en Alemania el halo de peligro de Mein Kampf parece haberse evaporado. Un reciente informe de los servicios secretos señalaba que en los últimos 20 años el interés de los ultras por las tesis hitlerianas ha disminuido. Los neonazis, señalaban las autoridades alemanas, encuentran en estas páginas pocos elementos con los que identificarse, exceptuando algunas ideas clave como el antisemitismo. Y los populismos de derechas que crecen con fuerza en media Europa se esfuerzan por distanciarse del nacionalsocialismo y apuntan a la inmigración musulmana como el enemigo, en lugar de a los judíos. “La obra de Hitler triunfó porque ofrecía respuestas fáciles a los problemas de principios del siglo XX. Pero esas respuestas no funcionan para el mundo actual”, resume Marc Buggeln, historiador de la Universidad Humboldt especializado en el nacionalsocialismo.

Portada de una de las primeras ediciones de Mein Kampf.

En contra de una creencia muy extendida, Mein Kampf no estaba prohibido hasta ahora en Alemania, como es el caso de otros símbolos nazis. Simplemente, el Estado de Baviera, poseedor de los derechos, se negaba a editarlo de nuevo. Pero el libro podía encontrarse sin demasiadas dificultades en ediciones antiguas o en la Red. Por eso, los historiadores consultados coinciden en que la estrategia de silenciarlo no tiene sentido. Antony Beevor, autor de libros de referencia sobre la Segunda Guerra Mundial, es uno de ellos. “El intento de ocultarlo, ya sea a través del tabú social o de la legislación, solo sirve para aumentar el atractivo de lo prohibido. Los neonazis o los yihadistas podrán citarlo, pero esa es una razón de más para disponer de ejemplares que demuestren la deshonestidad intelectual y falsedades que impregnan cada página”, señala.

Christian Hartmann, jefe del equipo de investigación responsable de la nueva edición, define a Hitler como el perfecto demagogo que mezcla mentiras, medias verdades y hechos reales. Y precisamente contra esta confusión se dirige su proyecto. Las notas que acompañan al texto original no solo matizan o desmienten las tesis de Mi lucha,también sirven para ridiculizar al autor en sus encendidos momentos de exaltación patriótica. Un ejemplo es la narración de los días iniciales de la Primera Guerra Mundial.  “Entonces comenzó lo que para mí, como supongo que para cualquier alemán, fue el más grande e inolvidable momento de mi vida terrenal. (…) Con orgullosa melancolía pienso ahora en esos días de los que ahora se conmemora el décimo aniversario; en esas semanas en las que comenzó la batalla heroica de nuestro pueblo que me permitió participar en el noble destino de nuestra patria”, escribía Hitler en 1924 con afectada intensidad.

“Los ultras de hoy encuentran poco con que identificarse en el libro de Hitler. Menos aún los nuevos populismos”.

Pero las notas que acompañan este pasaje restan heroísmo y añaden un involuntario toque cómico. Los investigadores de Múnich recogen los recuerdos de Rudolf Hess sobre la gestación de estas páginas. “Oigo su voz en la habitación de al lado. Parece que está en pleno proceso de revivir sus experiencias de la guerra, imitando los ruidos de granadas y de ametralladoras, salta de forma salvaje en medio de la habitación, arrastrado por su fantasía”, escribe el hombre que más tarde sería el número dos en la jerarquía nazi. A los pocos días, Hess retomaría el episodio al contar que Hitler le leyó en voz alta el relato de su bautismo de fuego en la Gran Guerra preso de la emoción sin contener las lágrimas.

La nueva edición sirve también para saber hasta qué punto Hitler idealizó sus andanzas. Así, el hombre que dos décadas más tarde destruiría gran parte de Europa explicaba su salida de Austria en mayo de 1913 exclusivamente por motivos políticos. “No quería luchar por el Estado de los Habsburgo, pero sí estaba preparado para morir en cualquier momento por mi pueblo y por el imperio que lo encarnaba”, escribe enfático. Los historiadores explican que su traslado a Múnich se debió principalmente a motivos económicos; y que un año más tarde, un examen en Salzburgo lo declaró no apto para las armas.

Portada de la nueva edición crítica de Mein Kampf.

La llegada a las librerías del ideario nazi no es el único síntoma de que, 70 años después del suicidio del tirano, Alemania ha normalizado su relación con Hitler, objeto incluso del humor. Hace dos meses, medio Berlín apareció empapelado con carteles en los que se reconocía su inconfundible flequillo y bigotito. “Ha vuelto”, alertaban los anuncios. En realidad, se trataba de la campaña de promoción de una comedia que imagina qué pasaría si Hitler apareciera en la Alemania actual. En cinco semanas, más de dos millones de espectadores han visto esta película basada en la novela homónima que también batió récords de ventas. “Me parece muy bien que se puedan hacer bromas sobre él, porque, además de un asesino en masa, también era una figura ridícula. Las generaciones anteriores no podían reírse de él, pero ahora es posible, en parte, porque ha perdido su halo de peligro”, asegura Buggeln.

El del Instituto de Historia Contemporánea no es el único trabajo que trata de poner contexto a Mein Kampf. El historiador y periodista Sven Feliz Kellerhoff publica Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX un ensayo en el que aborda cómo Hitler falsificó su propia biografía y se profundiza en la procedencia de su ideario. Una de las conclusiones de libro, lanzado en septiembre en Alemania y que Crítica publica en español este próximo enero, es que Hitler se enriqueció gracias a la difusión masiva del libro cuando los nazis se instalaron en el poder. Kellerhoff critica que el Estado de Baviera haya obstaculizado hasta ahora el conocimiento y el debate entre los expertos sobre esta obra que califica de “espantosa”.

Su lucha, de Patricio Lenard.

Otro acercamiento interesante aMein Kampf recién llegado a las librerías tiene forma de novela. Su lucha, del argentino Patricio Lenard, es un ficticio diario de Rudolf Hess que este habría escrito mientras Hitler le dictaba el primer volumen en la cárcel militar de Landsberg, donde ambos cumplían pena por el intento de golpe de Estado o Putsch. Es una excusa para el making of,para narrar cómo se ideó el libro en una prisión donde los cabecillas nazis recibían un trato privilegiado. También para contextualizar sus capítulos principales, que se reproducen en parte. “Es un periodo del que no hay demasiada información. La forma de diario me obligó a investigar qué ocurrió en aquellos meses de 1924. Fue útil para mí obrar como historiador en mi rol de novelista”, explica Lenard, para quien esta es la primera incursión en el terreno de la ficción.

Su lucha tiene como gran atractivo una profusión de detalles sobre la personalidad, costumbres y manías del que luego fue dictador alemán. Un puritano que se niega a fumar, beber alcohol o comer carne, lo que Lenard relaciona con la muerte de su padre de un derrame cerebral sobre su vaso de vino matutino. “El complicado trasfondo familiar de Hitler, con un padre alcohólico y maltratador, queda fuera de Mein Kampf, como tantas otras cosas que se contradecían con la imagen que él pretendía dar”. Esos elementos sí se recogen en el supuesto diario de Hess, quien “anota las confidencias de su líder escrupulosamente”. El otro pilar de la novela es ese foco puesto en Hess, un personaje desconcertante que sentía devoción por Hitler y fue su escribiente; que en 1941 protagonizó un rocambolesco viaje a Escocia para negociar un acuerdo sin conseguirlo; que en 1987 fue el último jefe del Reich en morir en prisión. “De los jerarcas nazis, Hess fue el más enigmático de todos. Desde un punto de vista literario, funciona como el comparsa que provee la distancia mínima necesaria para abordar un personaje inabarcable como Hitler”, explica el autor.

“’El racismo tiene que ser combatido al margen de que los racistas lean este texto histórico’, afirma el historiador Brechtken”

Pero, entonces, ¿sigue siendo peligroso Mein Kampf? “Es una fuente histórica”, responde Magnus Brechtken. “Contiene visiones ideológicas de los años veinte que reflejan un discurso de ese tiempo, especialmente en racismo, antisemitismo y militarismo en la política exterior. Está escrito en un estilo que suena extraño a los lectores de hoy. El racismo y el antisemitismo no han desaparecido desde entonces. Pero tienen que ser combatidos al margen de que los racistas y antisemitas lean este texto histórico”.

Para Lenard, “con el paso del tiempo, el panfleto de Hitler ha pasado a ser un documento histórico más que un vehículo de propaganda y, mal que nos pese, uno de los libros más importantes del siglo XX. Que los neonazis y los negacionistas de la Shoah no se dediquen a la glorificación de los crímenes de los nazis, sino a su minimización o banalización, habla a las claras de que nadie podría hoy planificar el advenimiento de un Cuarto Reich inspirándose en sus páginas. La necesidad de releerlo no solo debería servir para empezar a levantar un tabú que no ha hecho más que acrecentar la leyenda negra que pesa sobre el libro, sino para generar anticuerpos frente al peligro de la extrema derecha y el fascismo, hoy cada vez más presente”.

En el epílogo de La zona de interés (Anagrama), su novela sobre el Holocausto, el británico Martin Amis se pregunta si es posible meterse en la mente de Hitler. Y encuentra la respuesta en La tregua,del superviviente de los campos Primo Levi, para quien resulta un “alivio” sentirse incapaz de entender al líder nazi. “Quizás sea deseable que sus palabras (y también, por desdicha, sus actos) no sean susceptibles de comprensión por nuestra parte”.

Costará entender al personaje, pero se podía entender lo que iba a traer. La escritora Alice Hamilton lo vio claro en 1933, cuando escribió en su reseña para Atlantic Monthly que el líder nazi “no es un enigma: no hay ningún misterio sobre él”, ya que no disimula su “brutalidad naif”. Porque el autor del Mein Kampf, concluía, “no está pensando en persuadir: está proclamando principios que deben ser aceptados porque hay fuerza, fuerza física, detrás de ellos”.

Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition. Christian Hartmann, Thomas Vordermayer, Othmar Plöckinger y Roman Töppel. Instituts für Zeitgeschichte München-Berlin. Múnich, enero de 2016. Cerca de 2.000 páginas. 59 euros.

Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX. Sven Felix Kellerhoff. Crítica. Barcelona, enero de 2016. 304 páginas. 20,81 euros

Su lucha. Patricio Lenard. Adriana Hidalgo. Buenos Aires, 2015. 384 páginas. 26,55 euros.