ASÍ FUE EL ENTIERRO DE FRANCO: EL 23-N Y LA “OPERACIÓN LUCERO”*

noviembre 24, 2018

Entierro de Franco en el Valle de los Caídos, el 23 de noviembre de 1975 (imagen de EFE).

 

EL DOMINGO 23 DE NOVIEMBRE TUVO LUGAR EL ENTIERRO DE FRANCISCO FRANCO, que se desarrolló según un minucioso plan del Servicio Central de Documentación [SECED], dependiente del presidente Carlos Arias. Fue la “Operación Lucero”, que un exmiembro de ese ente, Juan Mª de Peñaranda, expuso en un ensayo homónimo (Operación Lucero, 2017). Este operativo quiso garantizar que el entierro de Franco transcurriera con normalidad y elaboró un protocolo que cubrió todos los aspectos de la muerte del dictador, desde su uniforme mortuorio hasta la jura del príncipe Juan Carlos como sucesor. Tal diseño tuvo su origen en el asesinato de Luis Carrero Blanco en diciembre de 2013, pues entonces el régimen improvisó las honras fúnebres, lo que se quiso evitar al fallecer el dictador.

Temor a alborotos y aislamiento internacional

Así, para evitar problemas de orden público se hizo un seguimiento de la oposición y se detuvo a los líderes del PCE del interior. A la vez, se observó las movilizaciones ultraderechistas al temer incidentes, pues circuló el rumor de que un núcleo de excombatientes quería presionar al Rey para que hiciera un juramento público de lealtad al régimen y al Movimiento.

En este marco, a las 7 de la mañana del día 23 se cerró la capilla ardiente de Franco en el Palacio de El Pardo y le velaron los miembros del Consejo de Regencia y del gobierno. A las 10 se celebró un multitudinario funeral de córpore insepulto en la plaza de Oriente que presidieron los flamantes monarcas. El cardenal primado de España, Marcelo González, hizo la elegía del dictador. Le asoció a la cruz y la espada, símbolos en los que “se encierra medio siglo de nuestra historia patria”, pero señaló que “recordar y agradecer no será nunca inmovilismo rechazable”. También se constató el aislamiento del país (en septiembre habían tenido lugar las últimas ejecuciones de la dictadura), pues la presencia de mandatarios extranjeros se limitó al rey Hussein de Jordania, el príncipe Rainiero de Mónaco, el vicepresidente norteamericano Nelson Rockefeller, la primera dama de Filipinas, Imelda Marcos, y el dictador chileno Augusto Pinochet (que quedó fascinado por el Valle de los Caídos y comentó que le gustaría uno similar).

Tras la ceremonia, un camión militar Pegaso modelo 3050 acogió el cuerpo de Franco y partió hacia el Valle de los Caídos, en cuya fachada se colocaron 400 coronas mortuorias. El convoy funerario llegó allí poco después de las 13 horas y el abad de la basílica, Luis Mª de Lojendio, quiso ver el cuerpo de Franco, pero el ataúd estaba soldado.

 

Gentío en Cuelgamuros que aguarda la llegada de los restos de Franco (imagen de EFE).

El Valle de los Caídos entra en escena

Paradójicamente, el entierro de Franco en Cuelgamuros no obedeció a una decisión previa de Franco, sino de Arias. Según Peñaranda, el cadáver se llevó allí porqué “no había un sitio permanente en Madrid donde poder enterrarle”. Y apuntó que la familia del dictador fue informada, más que consultada: “Al inicio del otoño [de 1975] quizá Arias se lo dice a la familia… Y Doña Carmen [Polo] debió decirle: ‘Haced lo que os parezca más oportuno'”. De hecho, la hija de Franco afirmó que “no tenía ni idea de dónde quería ser enterrado” su padre.

En el Valle de los Caídos el féretro fue transportado por ayudantes de Franco y miembros de la familia (Alfonso de Borbón, el marqués de Villaverde y nietos) hasta el umbral de la basílica. Mientras tanto, en la explanada, que reunía a miles de congregados (se estimó que hasta 100.000 personas), se oyeron gritos rituales de “¡Franco, Franco, Franco!”, así como cánticos del himno falangista “Cara al Sol”, del carlista “Oriamendi” y del de la Legión.

Luego el ataúd fue trasladado hasta el altar mayor, donde el abad lo bendijo e hizo jurar a los jefes de las Casa Civil y Militar del autócrata que el difunto estaba en su interior. Allí se había excavado una fosa de tres metros revestida de bronce con relieves de cuatro escudos: de jefe del Movimiento, de Capitán General de los Ejércitos, de su Casa y del Estado. Cubrir aquel gran vacío (2.25 metros de largo y 1 de ancho) requirió una lápida de 1.500 kilos de granito que solo tenía la lacónica inscripción “Francisco Franco” y una cruz. Hacia las 14.15 la pesada losa cubrió el sepulcro. Un Rey emocionado oró brevemente y partió.

Cuando dejó el lugar empezó a cerrarse la historia de la dictadura, a la vez que el mausoleo adquirió un profundo simbolismo político al acoger a Franco junto a José Antonio Primo de Rivera. Y es que enterrado el hombre, empezó a tejerse el mito que exaltarían hasta hoy sus devotos admiradores.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (23/XI/2018): Xavier Casals, “23-N: La operación Lucero”. La imagen del inicio de este post procede del mismo.


ENTREVISTA A CARLOS FONSECA: “CONOCEMOS SOLO UNA PARTE DE LA TRASTIENDA DEL ASESINATO DE YOLANDA GONZÁLEZ”

octubre 7, 2018

Carlos Fonseca.

 

EL PERIODISTA Y ESCRITOR CARLOS FONSECA (MADRID, 1959) HA PUBLICADO UN MÁS QUE INTERESANTE LIBRO SOBRE EL ASESINATO DE YOLANDA GOZÁLEZ, militante del extraparlamentario Partido Socialista de los Trabajadores [PST]: No te olvides de mí. Yolanda González, el crimen más brutal de la Transición. Su homicidio fue cometido el 1 de febrero de 1980 por dos ultraderechistas, Emilio Hellín e Ignacio Abad. Ambos formaban parte de un grupo organizado que reivindicó la muerte en nombre del Batallón Vasco Español [BVE] y cuyas conexiones con ámbitos de la Seguridad del Estado no se aclararon.

Fonseca es autor -entre otras obras- del bestseller Trece rosas rojas (2004, llevado al cine); Mañana cuando me maten (2015), que reconstruye las últimas ejecuciones del franquismo; y Garrote vil para dos inocentes (1998), sobre dos anarquistas ejecutados en 1963 por un crimen que no cometieron. Ahora se ha aproximado al caso de Yolanda González, que ha reconstruido en un ensayo bien documentado, pues cuenta con testimonios de familiares, abogados y compañeros de militancia. Escrito con prosa ágil, lo recomendamos a quienes estén interesados por la violencia durante la Transición (puede accederse a un fragmento de la obra aquí).

Dado el tema del ensayo, hemos entrevistado a Fonseca en nuestro blog y le agradecemos que haya accedido a contestar a nuestras preguntas.

¿Por qué considera que el asesinato de Yolanda González fue “el crimen más brutal de la transición”?

Estamos hablando de una época, la transición, muy compleja y conflictiva, en la que muchos jóvenes estudiantes como Yolanda perdieron la vida por disparos “al aire” de la Policía o a manos de grupos de ultraderecha. Estoy hablando de José Luis Montañés, de 23 años, y Emilio Martínez, de 20, que perdieron la vida el 13 de diciembre de 1979 en la Ronda de Valencia (Madrid) alcanzados por disparos de la Policía al concluir una manifestación de protesta contra las reformas educativas del Gobierno de Adolfo Suárez. Hablo también de Carlos González, de 21 años, asesinado en septiembre de 1976 por un comando ultraderechista al término de una protesta al cumplirse el primer aniversario de los últimos fusilamientos del franquismo. O de Arturo Ruiz, de 19 años, a quien un ultraderechista atravesó el corazón de un disparo en enero de 1977 cuando se manifestaba a favor de la amnistía, o de Mari Luz Nájera, que resultó muerta al día siguiente tras ser alcanzada en la cabeza por un bote de humo lanzado por la Policía cuando protestaba por la muerte de Arturo.

La lista de víctimas de aquel tiempo es enorme, pero el caso de Yolanda tiene para mí unas connotaciones especiales que le convierten en el más brutal de la transición. En su caso, fue vigilada previamente, secuestrada en su casa y conducida a un descampado de San Martín de Valdeiglesias, donde le descerrajaron dos tiros en la cabeza.

Yolanda González, asesinada con 19 años.

¿Qué novedades aporta su libro sobre este asesinato?

No soy tan pretencioso como para pensar que iba a resolver un crimen perpetrado hace ya 38 años, pero la historia que se contó en los periódicos está deshilachada, le falta un hilo conductor que explique lo ocurrido. Quería también desmitificar una etapa de nuestra historia reciente, la transición, de la que nos han “vendido” una imagen demasiado edulcorada en la que todo eran acuerdos y consenso, cuando la realidad es que fue un periodo tremendamente convulso en el que las libertades estuvieron a punto de irse por el garete de la historia con dos intentonas golpistas afortunadamente fallidas (la Operación Galaxia y el 23-F).  Es mentira que la transición sea obra de unos pocos personajes como el Rey Juan Carlos I o el presidente Adolfo Suárez. La transición fue una obra colectiva en la que se implicaron numerosas personas anónimas, algunas de las cuales se dejaron la vida en el intento, y una de ellas fue Yolanda.

“Estamos ante una investigación incompleta y muy controvertida, que impidió llegar hasta el fondo en las implicaciones políticas del caso”.

Sirviéndome de abundante documentación, parte de ella inédita, y del testimonio de quienes vivieron los hechos, he intentado armar un puzzle cuyas piezas estaban sueltas para, a partir de la imagen obtenida, llegar a la conclusión aproximada de lo que ocurrió, por qué ocurrió y quienes fueron los responsables. Sin olvidarme tampoco del lado humano, de la Yolanda mujer que añora a su familia, que se viene a vivir a Madrid porque se ha enamorado de un joven nueve años mayor que ella, que trabaja y estudia, y a la que sus inquietudes políticas llevan a implicarse en la lucha por la recuperación de las libertades. El libro contiene cartas personales cruzadas con sus padres y hermanos, diligencias policiales inéditas, las declaraciones de los asesinos… que me llevan a la convicción de que estamos ante una investigación incompleta y muy controvertida, que impidió llegar hasta el fondo en las implicaciones políticas del caso.

¿Se pudo saber qué ramificaciones tenían los asesinos con las fuerzas y los cuerpos de seguridad del Estado?

No. Sabemos que un policía nacional acompañó a los integrantes del comando que asesinó a Yolanda hasta su domicilio la noche del crimen. Sabemos que Emilio Hellín, el autor material de los disparos que acabaron con la vida de la joven, alardeaba de sus excelentes contactos con miembros de los cuerpos de seguridad y del Ejército. Sabemos que varios días después del asesinato viajó a Vitoria y se entrevistó con tres policías en la capital alavesa. Sabemos que Hellín tenía cintas grabadas con datos de miembros de ETA dictados por una persona que, por la información facilitada, solo podía ser policía. Sabemos que el propio Hellín implica en el crimen a un policía de los servicios de información de nombre Antonio, al que nunca se identificó. Hay datos, indicios, hilos de los que tirar, de los que nunca se tiró.

Emilio Hellín, uno de los condenados por el secuestro y asesinato de González (imagen de Público).

¿Por qué el comando asesino se autodenominó Grupo 41?

El comando estaba integrado por cuatro militantes del partido ultraderechista Fuerza Nueva del distrito de Arganzuela (Madrid) que decidieron autodenominarse Grupo 41, pero desconozco si el nombre tiene alguna connotación. Lo cierto es que se dedicaban a labores de seguridad tales como prestar protección en los actos públicos del partido o recabar información sobre las personas que pretendían afiliarse a FN para asegurarse de su lealtad a la causa. Estaban al mando de un exguardia civil, David Martínez Loza, jefe nacional de Seguridad de FN, que les encargaba también otros “trabajos”. De hecho, el día que asesinaron a Yolanda tenían previsto inicialmente colocar una bomba en las oficinas de la Agencia Cinco Cero, distribuidora de la revista Interviú, contra la que el partido había iniciado una campaña por varios artículos sobre la ultraderecha.

¿Qué cabos han quedado sueltos sobre aquel crimen cuando han transcurrido casi 40 años?

Muchos. Te cito algunos. Por ejemplo, los investigadores recuperaron las dos pistolas utilizadas en el crimen. Ambas tenían el número de serie borrado, pero consiguieron reconstruir el de una de ellas, lo que abría la posibilidad de seguir la pista al arma, localizar a su último poseedor y descubrir cómo había llegado a manos de los asesinos. El juez se limitó a comprobar si estaba registrada por algún particular en la Intervención de Armas de la Guardia Civil, pero se negó, pese a la insistencia de los abogados de la acusación, a indagar si formaba parte de la dotación de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, lo que impidió conocer si había policías o guardias civiles relacionados con los hechos.

“No tengo ninguna duda de que las seis personas que fueron condenadas estaban implicadas en el caso, pero estoy convencido también de que hay más personas que consiguieron eludir la acción de la justicia”.

Otro ejemplo más. Los investigadores encontraron un arsenal de armas y explosivos en la academia que Emilio Hellín regentaba en los aledaños de la Gran Vía de Madrid. La academia se precintó y allí quedaron depositados elementos de convicción, como un terminal de ordenador que los abogados de la acusación sospechaban podía estar conectado con algún servicio de información policial. Cuando, más de un año después, el juez envió a dos peritos para analizar las pruebas resulta que había desaparecido todo. Nunca más se supo su paradero.

Estado en el que fue halldo el cuerpo de Yolanda González.

Y otro ejemplo más: Hellín escapó de la prisión de Alcalá de Henares seis meses después del crimen, en agosto de 1980. Una fuga rocambolesca, a punta de pistola, que se frustró esa misma tarde. Un juzgado abrió una investigación para conocer los pormenores de la fuga y si el ultraderechista había recibido ayuda del exterior. Se llegó a procesar a su hermana y…. la causa desapareció durante años. Cuando por fin se recuperó los hechos habían prescrito y fue archivada.

Son muchos detalles, unos más relevantes y otros menos, que llevan a pensar que conocemos solo una parte de la trastienda del caso. Es probable que Hellín tenga la respuesta a muchas preguntas, pero no ha querido colaborar en el libro. Estuve con él en su despacho y me dijo que no se había contado toda la verdad del caso, que ni siquiera él conocía. ¿Miente? Francamente, no lo sé. Lo que sí sé es que durante la instrucción del caso cambió su versión de los hechos, es decir, que mintió. Personalmente, no tengo ninguna duda de que las seis personas que fueron condenadas estaban implicadas en el caso, pero estoy convencido también de que hay más personas que consiguieron eludir la acción de la justicia.


EL ENIGMA DE LAS MEMORIAS DE FRANCO*

septiembre 30, 2018

Franco en su despacho de El Pardo en los años cincuenta (imagen de EFE).

AHORA QUE LA EXHUMACIÓN DE FRANCO REAVIVA CONTROVERSIAS SOBRE SU FIGURA, se impone plantear una cuestión importante: ¿El dictador dejó unas memorias? De ser así, ¿dónde están? Responder a estas cuestiones no es fácil, al hallarnos ante un tema vidrioso.

Conversaciones grabadas y apuntes

Según expertos conocedores de la vida del autócrata, como Ricardo de la Cierva y Stanley G. Payne, no hay constancia de tales memorias. De la Cierva abordó así la cuestión el 13 de mayo de 1976 en El País: “Se ha discutido mucho […] sobre la existencia de unas memorias del general Franco. Hay quien afirma que las ha visto. Se dice que existen unas cintas de conversaciones grabadas en la penúltima hora; algún cuaderno de apuntes, algunas notas dispersas”, escribió. Pero señaló que “en 1972 no existía nada parecido a unas memorias”. En el 2008, Payne y Jesús Palacios, en la edición de sus conversaciones con Carmen Franco (tituladas Franco, mi padre), señalaron que el dictador “no dejó redactadas ni dictadas sus memorias (que sepamos hasta ahora)”.

“Es verosímil la existencia de documentos dispersos de Franco, algunos esbozados y otros más desarrollados siguiendo un guion de su vida”.

Sin embargo, sendos testimonios acreditan que Franco concibió sus memorias o que su familia atesoró material en vista a las mismas. Uno de los testimonios es el de Joaquín Giménez-Arnau en Yo, Jimmy (1981). El libro se centra en su matrimonio con una nieta del dictador, María del Mar, y aporta información relevante sobre el tema. Según el autor, el marqués de Villaverde (entonces su suegro) le enseñó más de 40 cajas repletas de papeles, la mayoría manuscritos, que definió como “las memorias del Generalísimo”. No obstante, eran fondos heterogéneos, pues reunían “todos los resúmenes de cientos de Consejos” de Ministros con acotaciones de Franco. Villaverde le comentó también que el dictador “todos los días escribía sus pensamientos, una, dos y hasta tres horas por día. Escribió mucho”. Villaverde le informó asimismo de que estaba sacando de España aquella documentación de forma clandestina y le propuso a Giménez-Arnau editarla para no ponerla en manos de terceras personas: “En estos papeles se cuentan muchas cosas de amigos nuestros y no se pueden enseñar”, advirtió el marqués. También le contó que había 13 o 14 cajas de fotos del dictador “que no se han visto nunca”.

En este sentido, cabe pensar que Villaverde hizo un acopio importante de material documental de su suegro. Según el testimonio de Juan Cobos, empleado de El Pardo en vida del autócrata (La vida privada de Franco, 2010), cuando el dictador murió, el marqués dirigió una brigada que recogió toda la documentación de su despacho y se la llevó.

El otro testimonio que constata la existencia de unas memorias de Franco es el de Vicente Pozuelo (el doctor que cuidó al autócrata en su último año de vida) en Los últimos 476 días de Franco (1980). En esta obra, Pozuelo explicó que instigó al dictador a hacer sus memorias y le preparó un sumario. Franco las dictó en cintas tras una meticulosa preparación y confió su transcripción a la mujer del médico, Consuelo Ortueta. El material resultante lo guardó Carmen Franco, aunque Pozuelo reprodujo fragmentos del mismo en su obra.

Parece plausible que otras anotaciones del dictador destinadas a estas memorias fueron editadas en 1987 por el historiador Luis Suárez como “Apuntes” personales sobre la República y la guerra civil de Franco. Las publicó la Fundación Nacional Francisco Franco [FNFF], que custodia el archivo personal del dictador, en unas 40 páginas. Según indicó entonces Suárez, estas notas estaban en el despacho del dictador al fallecer y parecían el índice de unas memorias. Pero en 1990, Suárez cambió de idea y, en Manuscritos de Franco, las consideró “guiones” para conversar con algunos biógrafos suyos y sin fines autobiográficos. Por nuestra parte, consideramos discutible esta apreciación, pues en esas notas Franco pareció plasmar un plan para sus memorias.

En definitiva, ateniéndonos a lo expuesto es verosímil la existencia de textos autobiográficos de Franco dispersos, algunos esbozados y otros más desarrollados siguiendo un guion. Dado que en el archivo de la FNFF no constan los documentos del dictador a los que aluden Pozuelo, Giménez-Arnau y Cobos, cabe pensar que podría tenerlos su familia. Esta, pues, debería clarificar en qué medida existen tales fondos y hacerlos accesibles. De lo contrario, asistiremos a una ironía de la historia: el dictador que tanto censuró en vida, ahora podría ser censurado de forma póstuma por sus descendientes, al no ver la luz sus textos autobiográficos.

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* Este artículo fue publicado originalmente como Xavier Casals, “El enigma de las memorias de Franco”, El Periódico (24/IX/2018).


ENTREVISTA A JUAN HERNÁNDEZ: “LA ‘LIMPIEZA DE SANGRE’ COMENZÓ COMO UN MEDIO DE EXCLUSIÓN DE LOS DESCENDIENTES DE JUDÍOS CONVERSOS”

julio 26, 2018


El historiador Juan Hernández Franco.

LOS ESTATUTOS DE “LIMPIEZA DE SANGRE” EN LA ESPAÑA MODERNA garantizaban la ausencia de ascendencia  judía conversa en quienes debían ocupar cargos relevantes. Con el tiempo la idea de sangre “pura” se asimiló a sangre “española” y los “cristianos viejos” se opusieron a la erradicación de los estatutos para defender sus posiciones sociales evitando la competencia.

Juan Hernández Franco, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Murcia, ha publicado un excelente estudio sobre este tema: Sangre limpia, sangre española. El debate sobre los estatutos de limpieza (siglos XV-XVIII) (Cátedra, Madrid, 2011). En él expone la evolución de la “limpieza de sangre” desde sus orígenes en el siglo XV hasta su erradicación en el siglo XIX. Muestra así cómo surgieron sus estatutos  y el intenso debate que generaron en el siglo XVI y su larga continuidad en la España contemporánea, que ha pasado muy desapercibida pese a su importante impacto en el ámbito de las mentalidades.

Ello hace del libro un trabajo de referencia recomendable para todo aquel  que tenga curiosidad por el tema.  Dado su interés y las peticiones de diversos seguidores del blog sobre el tema, hemos reeditado la entrevista al autor (efectuada inicialmente el 8/IX/2011), que entonces accedió a contestar a nuestras preguntas por e-mail.

¿Qué era la llamada “limpieza de sangre” y cuándo se estableció?

No es fácil responder exactamente qué es la limpieza de sangre, pues el concepto evoluciona a lo largo de su existencia. Comienza siendo un medio para excluir de instituciones políticas, religiosas, universitarias, laborales… a los descendientes de judíos convertidos al cristianismo –los cristianos nuevos o conversos- y de los que se dudaba de su sincera conversión. Pero conforme avanza la edad moderna, especialmente a partir del siglo XVIII, los estatutos lo que hacen es establecer una barrera para diferenciar a los cristianos con más honor y distinción social, de los que no la tienen –es decir, aquellos que desempeñan oficios viles o bajos-.

El arzobispo de Toledo, Juan Martínez Siliceo, defensor de los estatutos.

Si sabemos cuándo se establece por vez primera.  Fue el año 1449 en Toledo. Pedro Sarmiento, alcaide de su alcázar,  y una parte mayoritaria del concejo, asesorados ideológicamente por el bachiller Marcos García de la Mora, promulgan una Sentencia-Estatuto, conforme a la cual “todos los dichos conversos descendientes del perverso linaje de los judíos, en cualquier guisa que sea…. sean habidos e tenidos como el derecho los ha e tiene por infames, inhábiles, incapaces e indignos para haber todo oficio e beneficio público y privado en la dicha cibdad de Toledo”.

Alcanzaron su momento cenital otra vez en la ciudad de Toledo, el año 1547, cuando el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Siliceo y una parte de su cabildo catedralicio lo establecieron. Desde estas fechas, se puede decir que ésta es una de las cuestiones claves dentro de la historia de España y uno de los temas más vinculados a su “leyenda negra”.

¿Por qué se intentó erradicar en el siglo XVII y no se logró?

Por los reparos y críticas a los excesos que suponía la aplicación de los estatutos, pues un único y lejano pariente manchado impedía a quien se le descubría –sin tener para nada en cuenta su virtud o preparación profesional- acceder a instituciones que habían establecido estatuto, es anterior al siglo XVII.

“Los estatutos de limpieza de sangre alcanzan su momento de apogeo en 1547 y serán uno de los temas más vinculados a la “leyenda negra” de España”. 

Fue desde la segunda mitad del siglo anterior y especialmente en los cuarenta primeros años del seiscientos cuando con mas ahínco y esfuerzo intelectual se intentó minimizar los efectos negativos de los estatutos, reformándolos según una opinión extendida entre la intelectualidad y una parte importante de los gobernantes, especialmente los que servían durante el valimiento del Conde Duque de Olivares, o incluso suprimiéndolos.

Bautizo de judíos conversos.

Las razones para hacerlo de intelectuales y políticos eran que los estatutos, además de ser contrarios al derecho natural y al verdadero espíritu de la religión católica, eran una de las causas que venía agravando la crisis política, económica y de valores que afectaba especialmente a la sociedad castellana.

Si fracasó el impulso de religiosos, arbitristas, pensadores y políticos en este propósito  fue porque otra parte importante de  los mismos, como por ejemplo Francisco de Quevedo o el doctor y religioso Juan Espino, estuvieron en contra de la revisión de los estatutos y en su empeño se vieron favorecidos por un grupo social mayoritario, los cristianos viejos. Estos encontraron en el honor de su antigua limpieza, uno de los principales medios para poder situarse socialmente y hacer frente a un etapa de dificultades y crisis.

“Un único y lejano pariente manchado impedía a quien se le descubría –sin tener  en cuenta su virtud o preparación profesional- acceder a instituciones que habían establecido estatuto de limpieza de sangre”.

¿Por qué en las Cortes de Cádiz la “limpieza de sangre” aún tuvo defensores?

El antijudaismo, o antijudería (como la ha llamado José Jiménez Lozano), convertida tras la expulsión de los judíos que no recibieron las aguas bautismales en fobia y discriminación de una parte mayoritaria de la sociedad hacia el cristiano nuevo o converso, era una ideología tan arraigada que su disolución no era fácil.

No obstante escritos tan esclarecedores y divulgativos, como los del Padre Feijoo sobre la condición de auténtico cristiano del converso, o las medidas políticas tomadas por los gobiernos reformistas de Carlos III a favor de los descendientes de judíos, como es el caso de los chuetas mallorquines, fueron insuficientes para dar por concluido la discriminación de aquellos que remotamente procedían de judíos –la semilla u origen de su mala sangre siempre pervivía en opinión de sus detractores-, como para poder afirmar que a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los estatutos de limpieza de sangre hubieran desaparecido.


Francisco de Quevedo se opuso a la revisión de los estatutos de limpieza de sangre.

Por el contrario, vemos como su auge crece en territorios en los que no habían tenido tanta influencia, como son los de la Corona de Aragón, aunque aplicados fundamentalmente en la exclusión de quienes ejercen oficios viles –relacionados con los trabajos que podían practicar los judíos o sus descendientes-.

“Las Cortes de Cádiz no pudieron acabar con los estatutos por la oposición de un conjunto de diputados que se identificaban con el Antiguo Régimen”.

Por todo ello no es extraño que aunque hubo una corriente “liberal” que en las Cortes de Cádiz intentó suprimir una de las “taras” del pasado, otros diputados participantes en ellas, integrados dentro del sector más tradicional y rigorista (como es el caso del padre Hermida, Iguanzo, Ostaloza, Terrero…) se mostraran contrarios a la “destrucción de los estatutos de limpieza de sangre”. Ello se debía a que aún en el seno de la sociedad  había quienes eran cristianos viejos, seguros y fieles a un programa próximo a valores de las elites del antiguo régimen, y en cambio, otros eran poco fiables – relacionados con la axiología burguesa-, como los “manchados con la sospecha de raza judaica”.

¿Cuándo se acabó jurídicamente con estos estatutos?

Los estatutos nunca fueron una norma en vigor para toda una Monarquía primero y el Estado después. Fueron adoptados por instituciones y en cada caso, dependiendo de su jurisdicción, pidieron y obtuvieron su aprobación definitiva por parte de la Monarquía o el Papado. En consecuencia, desde el Estado, ya en el siglo XIX, no se pudo dictar una ley que los suprimiera totalmente. Ello no fue un impedimento para que  en las instituciones que dependían del mismo, fuera imponiendo su supresión.

Por poner algunos ejemplos significativos, el año 1835 la reina gobernadora Maria Cristina  decretó la supresión de las pruebas de limpieza para acceder a seminarios de nobles, o bien -a propuesta de la Sociedad Económica Matritense- también los suprimió en diversas carreras y profesiones. Podríamos seguir citando otros ejemplos que afectan al propio Estado, que toma sus últimas medidas el año 1865, cuando los declara nulos para poder acceder a algunas carreras en las que aún se seguían exigiendo probar que se tenía sangre limpia.

Portada de Sangre limpia, sangre española, de Juan Hernández Franco.

Pero lo importante es la nueva ideología que comenzó a reinar a partir de 1840 aproximadamente, pues frente a la antijudería, ahora primó y venció que el origen, el pasado, la sangre y los ancestros no pueden ser un “castigo” para las generaciones presentes y que los estatutos eran un inútil obstáculo, que lo único que hacía era privar a la sociedad de hombres capacitados, relevantes, bien formados y necesarios para el desarrollo de la misma y que no se atrevían a acceder a una institución de estatuto por si en el proceso de averiguación de su limpieza apareciera un remoto antepasado que arruinase su honor, su prestigio y el de toda su familia.

“En 1865 el Estado toma sus últimas medidas sobre los estatutos, cuando los declara nulos para poder acceder a algunas carreras en las que aún seguían exigiendo probar que se tenía sangre limpia”.

Al final, tras cuatro siglos de ideología antijudía, se desvaneció el principio tan largamente arraigado de que la sangre manchada no se borraba y que bastaba una partícula o átomo para conducir a la anomia social –en una sociedad organizada y dirigida por quienes tenían su máximo honor en considerarse cristianos viejos-  a quien la portase.

 ¿Dejaron un legado que tuviera continuidad?

Venimos relacionando la antijudería con los estatutos de limpieza de sangre, aunque hay que decir que esa antijudería en Europa y en los Reinos Hispánicos es anterior al establecimiento de los estatutos. Pero la ideología antijudía y en concreto los estatutos lo que hicieron, indudablemente mal y negativo, fue la exclusión social del que fuera tenido o fuese por descendencia  judío dentro de una sociedad regulada por valores hidalgo-cristianos viejos. Hasta ahí la repercusión, volvemos a decir negativa, de los estatutos. Hechos posteriores, como el antisemitismo de naturaleza estrictamente racial y sus fatales consecuencias en el siglo XX, pueden tener algún lejano origen o influjo en las actitudes contrarias al judío, según algunos historiadores.

Ángel Pulido, que favoreció una campaña de aproximación a los sefardíes.

Sin embargo y paradójicamente, en esos momentos que la persecución contra el judío en su forma más cruel tomó cuerpo en Europa, en España, una parte de su sociedad, movilizada por personas como Ángel Pulido (anteriormente lo habían hecho Adolfo de Castro, Amador de los Rios, Pedro José Pidal, Juan de la Puerta…) desde comienzos del siglo XX y con respaldo de destacados intelectuales (como Cajal y Galdos), se mostró a favor del estrechamiento de relaciones entre España y los sefardíes dispersos por el mundo.

Las consecuencias más inminentes de esta campaña fueron, en 1924, la concesión de pasaportes a sefarditas que lo solicitaron –fundamentalmente por motivos culturales y económicos-; y en el momento más álgido del holocausto judío, la eficaz acción de la diplomacia española salvando la vida de bastantes sefardies –se calcula que sobre unos 15.000- en los Balcanes, Italia y Francia.


EL VALLE DE LOS CAÍDOS, LA RECONCILIACIÓN IMPOSIBLE*

julio 19, 2018

Manifestación en el Valle de los Caídos del 15 de julio de este año para protestar contra el eventual traslado de los restos dde Francisco Franco (foto de EFE/ Juan Carlos Hidalgo).

 

EL PRÓXIMO ABRIL EL VALLE DE LOS CAÍDOS CUMPLIRÁ 60 AÑOS DE SU APERTURA. Su historia es conocida: Franco decretó su construcción en 1940 e intervinieron presos republicanos en las obras, concluidas en 1958. El dictador, según su hija Carmen, “quizá quería que [el conjunto] fuera como lo de Felipe II después de la batalla de San Quintín, que había hecho el monasterio de El Escorial”. Franco, en apariencia conciliador, decidió que el lugar acogiera a difuntos de ambos bandos de la contienda, reuniendo allí los restos de 34.000 víctimas.

Pero pronto se constató que el Valle de los Caídos difícilmente sería un lugar de confraternización, pues en el discurso de inauguración el dictador recordó su triunfo en la contienda: lo efectuó el 1 de abril de 1959 (vigésimo aniversario  de su victoria) y recordó que su lucha seguía: “La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, afirmó.

A la vez, los restos humanos depositados en el mausoleo llegaron por vías azarosas. La politóloga Paloma Aguilar señaló que su procedencia “no ha sido investigada” (hubo “traslados masivos de algunas fosas comunes que no fueron consultados con nadie”) y no todos los caídos republicanos pudieron ser enterrados en el lugar al tener que acreditar su fe católica los familiares.

Tampoco reinó la satisfacción entre vencedores: en junio de 1958 el primo del dictador, Francisco Franco Salgado-Araujo, anotó que había quienes veían mal “que se pudieran enterrar en la cripta lo mismo los que cayeron defendiendo la Cruzada que los rojos, que para eso aquellos están bien donde están”.

El traslado del cuerpo de José Antonio Primo de Rivera

Además, el traslado del cuerpo de José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange) al Valle respondió a intereses políticos. Primo fue ejecutado en Alicante en 1936 y en noviembre de 1939 sus restos fueron llevados al monasterio de El Escorial, donde están enterrados los reyes españoles, lo que solo podía irritar a los monárquicos. Según la socióloga Zira Box, Franco lo decidió porque aquel sitio era “el signo glorioso de la resurrección de la Patria”. El traslado del cuerpo fue el ritual más espectacular del régimen: un cortejo iluminado con antorchas portó el ataúd relevándose cada 10 kilómetros. Sin embargo, en marzo de 1959 el dictador ordenó depositar el cadáver de Primo en el Valle para dar cancha a los monárquicos en detrimento de la Falange y se ausentó del acto (le representó Luis Carrero Blanco).

Como puede apreciarse, el conjunto monumental ya no fue un ámbito de concordia desde sus inicios. En tal escenario, el entierro del autócrata en la basílica en 1975, junto a la tumba de José Antonio, selló la identificación del lugar con la dictadura. Sin embargo, Franco no decidió sus exequias allí, sino que habría sido el presidente Carlos Arias Navarro. El primero solo hizo un lacónico comentario al respecto el día de inauguración del conjunto a su arquitecto, Diego Méndez: “Bueno, Méndez, y en su día yo aquí, ¿eh?”, dijo. Es más: el dictador ni siquiera transmitió su voluntad a la familia: “Yo no tenía ni idea de dónde quería ser enterrado”, comentó su hija.

Juan Mª de Peñaranda, participante de la ‘Operación Lucero’ (nombre del dispositivo organizado por el servicio de información -el SECED- para el sepelio de Franco), dio esta explicación: “Fue una decisión de presidencia, a sugerencia nuestra”, para evitar enterrar el cadáver en la ciudad. Con esta decisión el Valle se convirtió en un centro de peregrinaje político de devotos del falangismo y nostálgicos del franquismo.

La ley de memoria histórica del 2007

La llamada ley de memoria histórica del 2007, que promovió José Luis Rodríguez Zapatero, quiso despolitizar el complejo y prohibió realizar en él “actos de naturaleza política”. Sin embargo, la medida fue de escasa mella en un imaginario que vincula el conjunto arquitectónico con la glorificación de la dictadura. Por esta razón, no parece que el traslado del cadáver de Franco (dejando el de José Antonio en la basílica) llegue a alterar de forma sustancial esta percepción.

Este panorama tiene un triste corolario: España carece hoy de un espacio de reconciliación de la Guerra Civil socialmente asumido como tal. En 1985 se quiso remediar este vacío y el Rey Juan Carlos inauguró en Madrid la plaza de la Lealtad un monumento a todos los caídos de la conflagración de 1936: una antorcha cuya llama debía arder en “honor a todos los que dieron su vida por España”. Pero la iniciativa no cuajó y hoy el Valle de los Caídos constituye un legado envenenado del franquismo, que encarna la vigencia de las “dos Españas” machadianas ocho décadas después de la Guerra Civil.

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* Artículo originalmente como Xavier Casals, “El Valle de los Caídos, la reconicliación imposible”, El Periódico (17/VII/2018).

 


¿HA EXISTIDO UN INDEPENDENTISMO CATALÁN FASCISTA TRAS LA MUERTE DE FRANCO?

julio 11, 2018

Cartel del PNSC (fondo de la UAB).

 

¿QUÉ RELACIÓN SE HA ESTABLECIDO HISTÓRICAMENTE ENTRE FASCISMO Y CATALANISMO? Esta ha sido la cuestión que han abordado desde distintos ángulos una veintena de historiadores en una obra colectiva en catalán titulada El catalanisme davant del feixisme (1919-2018), con distintos análisis abarcan un siglo de historia.

Los tres editores de esta interesante aportación (Enric Ucelay-Da Cal, Arnau Gonzàlez Vilalta y Xosé Manoel Núñez Seixas) han plasmado así la conclusión que puede extraerse de la lectura conjunta de los trabajos: “De este volumen, salen explicaciones nuevas, originales y de relevancia, que se pueden sintetizar en una primera conclusión: fascistas catalanistas, sí, ha habido, y quizás muchos, pero fascismo catalanista, no. Así de claro y de complicado a la vez”.

Por nuestra parte, hemos elaborado para la obra una aproximación al período que abarca desde la muerte de Franco hasta el presente. De este modo, nuestro capítulo se titula “Ha existit un feixisme nacionalista-independentista català (1975-2016)?” [¿Ha existido un fascismo nacionalista-independentista catalán (1975-2016)?]. En este estudio planteamos que durante el período reseñado, en Cataluña se produjeron tres evoluciones distintas. Estas, además, se sucedieron en términos cronológicos, como exponemos a continuación.

Una evolución desde la extrema derecha hacia el catalanismo (1978-1980)

La encarnó el disuelto Círculo Español De Amigos De Europa [CEDADE]. Entre 1978 y 1980 este colectivo neonazi (cuya sede central estaba en Barcelona) no solo editó propaganda en catalán y de carácter catalanista, sino que también creó un grupúsculo instrumental: el Partit NacionalSocialista Català [PNSC].

Este rótulo se difundió mediante adhesivos y carteles en el breve período de tiempo citado.

Una evolución del independentismo hacia la ultraderecha (1980-1982)

La plasmó el grupúsculo independentista Nosaltres Sols! [NS!], activo entre 1980 y 1982, con un efímero paso de sus integrantes por Estat Català. Este rótulo ganó eco al lanzar la campaña “xarnegos fora!” y su lema alcanzó notoriedad en la precampaña electoral de los comicios legislativos de octubre de 1982, al crear una significativa controversia política.

Para el lector no familiarizado con el término “xarnego”, señalamos que -según el Diec– este tiene una acepción peyorativa: “Inmigrante castellanoparlante residente en Cataluña, dicho despectivamente”.

Una nueva síntesis ideológica que supera la dicotomía Cataluña-España (2002-2015)

La reflejó la irrupción de la Plataforma per Catalunya [PxC], constituida el 2002 y que conoció un largo ciclo de ascenso y un súbito declive entre los comicios locales del 2003, 2007, 2011 y 2015. Aludimos en este caso a una nueva síntesis ideológica en la medida que este partido superó -aunque de forma limitada- las contradicciones que crea el eje catalanismo-españolismo con el lema “Primero los de casa”. Este eslogan proyectó un eje ideológico que contrapuso “autóctonos” (se sintieran estos catalanes o españoles) y foráneos (inmigrantes).

Como ya explicamos en este blog, la confluencia de tres factores provocó el eclipse de la PxC en los comicios locales de 2015: la crisis interna del partido; el impacto del proceso secesionista (que monopolizó la agenda política en detrimento de otras cuestiones y creó una dinámica electoral inclusiva); y la irrupción de nuevas marcas anti-establishment.

Pronósticos imposibles

En el libro mencionado finalizamos nuestro análisis señalando estas eventuales tendencias de futuro: “En este marco la ultraderecha puede continuar estancada y marginal, persistir su carácter dual (fracturada entre separatistas catalanes y ultranacionalistas españoles) o generar nuevas síntesis ideológicas hoy imprevisibles que le permitan progresar en las urnas”.

Desde nuestra óptica es difícil ir más allá de lo apuntado en la obra, pues -paradójicamente- el único pronóstico que hoy puede hacerse (tanto en relación a la política catalana como española) es que resulta imposible hacer pronósticos.


¿QUIÉN DECIDIÓ QUE FRANCO FUESE ENTERRADO EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS? EL PAPEL DESCONOCIDO DE LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA

junio 28, 2018

 

La cruz del Valle de los Caídos (foto de El País).

 

EL VALLE DE LOS CAÍDOS ES UN POLÉMICO MAUSOLEO y en él se hallan sepultados tras el altar mayor tanto el fundador de la falange, José Antonio Primo de Rivera, como Franco. Actualmente se plantea retirar su cadáver del conjunto monumental. El entierro de José Antonio en este lugar lo decidió Franco en el marco de una compleja política de equilibrios del régimen. ¿Pero quien decidió que el dictador fuera sepultado al lado del líder falangista?

La “Operación Lucero” y los servicios de inteligencia

La respuesta es un tanto sorprendente: en última instancia no lo hizo ni el dictador (que había hecho erigir el conjunto como mausoleo propio) ni su familia, sino el gobierno de Carlos Arias Navarro siguiendo una sugerencia del personal del Servicio Central de Documentación [SECED].

Este servicio de información dependía de presidencia del Gobierno y le fue encargado planificar con antelación el dispositivo oficial que tendría lugar al fallecer Franco, designado como “Operación Lucero”.

memoriaocultadelejército

Portada de Memoria oculta del Ejército, de Francisco Medina.

A continuación reproducimos el testimonio de uno de los responsables de esta misión, Juan Peñaranda, recogido por el ensayista y periodista Francisco Medina en su más que recomendable estudio sobre el Ejército y los servicios de inteligencia en la política española: Memoria Oculta del Ejército. Los militares se confiesan (1970-2004) (Espasa, Madrid, 2004). Esta es la citación textual de las páginas 229-230:

 “¿Por qué [se escoge] el Valle de los Caídos al final? Pues no fue una decisión de Franco. No. Fue una decisión de Presidencia, a sugerencia nuestra. Pero, claro, ¿dónde ibas a enterrarle una vez que se decide que iba a ser aquí, en Madrid? La ventaja del Valle de los Caídos es que lo sacas de la ciudad, pues no había un sitio permanente en Madrid donde poder enterrarle. El Valle de los Caídos, en ese sentido, parecía un sitio estupendo; la basílica se había hecho para conmemorar a los caídos, aunque pocos del bando republicano quisieron enterrar allí a sus familiares. Algunos incluso lo prohibían. En fin, nosotros hicimos la sugerencia, explícamos los pros y los contras, y luego lo aprobaron quienes lo tenían que aprobar. ¿Se consultó con la familia? No lo sé… Aunque claro, Arias tenía buena relación con la familia del Generalísimo… Llega luego un momento en el que se ve que la salud del Caudillo decae rápidamente. Yo creo que eso es a la vuelta del verano del 75. Al iniico del otoño quizá Arias se lo dice a la familia… Y Doña Carmen [Polo] debió decirle: “Haced lo que os parezca más oportuno”. Pero no era un tema de consulta, sino tener la cortesía de anunciarles lo que íbamos a hacer… Para la Operación Lucero, el Valle de los Caídos era un asunto firme. Esa clase de decisiones tan importantes tardaron en tomarse, pero eran básicas para poder continuar… Tenías que decidir dónde enterrabas a Franco, dónde se ponía el féretro para que lo visitara la población… Y eso no lo dejabas al albur para, cuando llegue el momento… Porque todos los dispositivos de seguridad, de tráfico, de autoridades, de viajes…, todos estaban relacionados con esos puntos. Y ya se dijo: Valle de los Caídos y Palacio Real. 

En suma, una decisión que se ha mostrado tan controvertida y polémica con el paso del tiempo no solo fue ajena al dictador, sino quizá hasta a su familia.

Entierro Franco

Entierro de Franco en el Valle de los Caídos.

El episodio, por lo demás, refleja un elemento que suele pasar desapercibido en las crónicas de la Transición: la creciente importancia que adquirieron los servicios de inteligencia en nuestro país.

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* Entrada publicada en septiembre de 2013, reproducida en noviembre de 2015 (al cumplirse 40 años de la muerte de Franco) y ahora actualizado por su interés.