UN MUNDO PEOR O CÓMO LA CIENCIA FICCIÓN HA ANTICIPADO SOCIEDADES TOTALITARIAS*

agosto 13, 2015

1984Imagen del film 1984, dirigido por Michael Radford, basado en la novela homónima de George Orwell y estrenado ese año.

LA LITERATURA DE ANTICIPACIÓN TIENE EN JULIO VERNE SU FIGURA ESTELAR, pero muchos otros escritores han imaginado también el futuro, en ocasiones con tintes apocalípticos. ¿Quiénes han sido estos “visionarios” y hasta qué punto se han cumplido sus profecías?

Han pasado casi quinientos años desde que en 1516 Tomás Moro imaginó una sociedad ideal en Utopía. El título aludía a una isla ubicada en América y regida por una organización social a sus ojos ideal. Su nombre fue resultado de unir los términos griegos ou (“no”) y topos (“lugar”): un ”no-lugar”. Al diseño de un mundo mejor trazado por Moro siguieron muchos otros en distintas épocas. El último de cierto eco fue la novela Ecotopía (1975), de Ernest Callenbach, que describe un paraíso ecológico.

En cambio, hasta inicios del siglo XX no aparecieron las primeras antiutopías, llamadas distopías (del griego dus, “malo”), un término acuñado en 1688 por el economista inglés John Stuart Mill. Aunque suele contarse entre ellas La Máquina del tiempo de H.G. Wells de 1895, la primera del siglo XX fue obra del soviético Yevgueni Zamiatín. Este imaginó, en su novela Nosotros (1924), una sociedad totalitaria a partir del control ejercido por el pujante bolchevismo. La obra fue publicada fuera de la URSS y fue la base del célebre 1984 de George Orwell.

Pero aparecieron otras distopías destacadas. EI británico Aldous HuxIey percibió las amenazas de la biotecnología en Un mundo feliz (1932), donde dibujó una comunidad uniforme a causa de las clonaciones. Ya en r953, el norteamericano Ray Bradbury describió otra sociedad totalitaria en Fahrenheit 451, cuyo eje era un férreo control cultural basado en la destrucción de libros.

En este aspecto, si Zamiatín y Orweil diseñaron sociedades totalitarias sustentadas en la represión, Huxley y Braibury las recrearon a través de la adhesión ciega al poder de sus miembros. Finalmente incluimos una antiutopía menos relevante, pero que cobra cierta actualidad: El campamento de los santos (1973), del francés Jean Raspail, que describe la “invasión” de la “Europa blanca” por parte de inmigrante llegados en barcos desde el Tercer Mundo.

Varias décadas después de su aparición hemos analizado si estas obras acertaron con su visión pesimista. Este es el balance.

Del paraíso comunista al infierno

NosotrosEn Nosotros, Yevgueni Zamiatín (1884- 1937) expuso el potencial desarrollo totalitario de la entonces emergente sociedad soviética. La trama se desarrolla en un futuro indeterminado y presenta un llamado “Estado Único” gobernado por un dictador, “El Bienhechor”. Los habitantes son seres despersonalizados, designados con guarismos y cuya vida está regulada por el Estado en todos sus detalles, lo que les garantiza supuestamente su felicidad. La novela está construida a partir de las anotaciones del protagonista, D-503, un matemático que se enamora de I-330, una disidente del Estado Único.  Su idilio imposible se resuelve con el lavado de cerebro de D-503 (que denuncia a I-330) y su reinserción en el sistema.

Nosotros retrata así a una sociedad en la que imperan la tecnología y la racionalidad, con seres que carecen de derecho e intimidad (tienen vivienda de cristal) y cuyos sentimientos son reprimidos (el mal diagnosticado a D-503 consiste en que se la ha formado un alma), mientras El Bienhechor es reelegido en un simulacro de elecciones.

¿De qué fuentes bebió Zamiatín para escribir su obra? Se inspiró en H. G. Wells (a quien dedicó su ensayo), pero sobre todo –como explica el gran experto en cultura soviética Orlando Figes, autor de El baile de Natasha, 2006- en los rasgos más avanzados de la Unión Soviética de los años 20 del pasado siglo, como sus viviendas comunales; estas impedían la privacidad en todos los ámbitos; contaban con un gran dormitorio único y cuartos aislados para mantener relaciones sexuales: “Se construyeron pocos edificios de esa clase aunque tuvieron mucho peso en […] novelas futuristas como Nosotros”, advierte Figes. Remarca que Zamiatín conoció las ideas del ingeniero Alexei Gastey que en aras de la eficacia previó considerar a las personas como unidades proletarias identificadas con números, anunció la desaparición de las emociones y señaló que el alma no se mediría “por un grito o una sonrisa, sino con una válvula de presión o un velocímetro”.

En suma, este escritor, que murió en el exilio, advirtió pronto la pavorosa dictadura que anidaba bajo diseños de felicidad proletaria y la plasmó en un texto de indudable fuerza que inspiró el 1984 de Orwell influyó en Un mundo feliz de Huxley.

Del Padrecito al Gran Hermano

1984-dosLo que, en Zamiatín, era intuición sobre la dictadura soviética, en 1984 (1949) de George Orwell (pseudónimo de Eric Blair, 1903 1950), era en gran medida realidad. 1984 está basada en el relato de Zamiatín. Muestra una sociedad totalitaria identificada con la Unión Soviética de Stalin, cuyo alter ego en la novela es el Gran Hermano que supervisa toda la actividad de los ciudadanos gracias a grandes pantallas.

En el mundo existen tres superpotencias aparentemente en guerra continua: Oceanía −donde transcurre la acción−, Eurasia y Asia Oriental. El dictador, objeto de un desmedido culto a la personalidad, ejerce un control total de los individuos. Para ello cuenta con múltiples medios, como la reescritura de la historia, una brutal represión de la que se encarga, paradójicamente, por el Ministerio del Amor- y la tergiversación sistemática de la verdad: “La guerra es paz; la libertad es esclavitud; la ignorancia es fuerza”, rezan las máximas de esta sociedad.

Como en la obra de Zamiatín, el amor de1 protagonista, Winston Smith, por una mujer, |julia, hace entrar en crisis su fe en el Gran Hermano. Se 1o acusa entonces de ser seguidor del gran enemigo Goldstein (en realidad Lev Trotski) y de formar parte de su supuesta Hermandad, que conspira contra el Gran Hermano.

La fábula de Orwell, desde nuestra óptica actual, no constituyó tanto una novela de anticipación sino un reflejo hiperbólico del boyante estalinismo, consolidado tras la Segunda Guerra Mundial: el desmedido culto al Padrecito Stalin: la dictadura represiva que ejercía un control extraordinario sobre la población; el poder omnímodo del Partido Comunista; la justificación del sistema en la supuesta felicidad que aportaba a la sociedad; la invención de un enemigo imaginario -el trotskismo- al que se atribuían múltiples complots, o la reescritura del pasado según las conveniencias.

Orwell, pues, proyectó en 1984 una pesadilla que ya era real cuando fue publicada la obra, en 1949.Para constatar hasta qué punto acertó al diseñar su retrato de la Unión Soviética, basta leer las novedades aparecidas en los últimos años sobre Stalin y su era: desde las sucesivas biografías del dictador (D. Rayfield, S. Sebag, R. Service) hasta la descripción de la brutal censura que conocieron los escritores (V. Shentalinsky).

Merece subrayarse que entre Zamiatín y Orwell existe un claro nexo, el nosotros frente al yo. Nosotros viene de Dios y yo del Diablo esa es la idea imperante en el universo de Zamiatín: “nosotros controlamos la vida en cada uno de sus aspectos”, explica un dirigente del Partido al protagonista de 1984. En ambos casos el individuo no existe, solo un impersonal y diluido nosotros.

EI ADN y la clonación

UnmundofelizEn Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley (1894-1963)  mostró una sociedad totalitaria organizada en torno a dos ejes: el culto a 1a producción -la máxima deidad se llama Ford- y la meticulosa vigilancia técnica y científica de la reproducción humana (los individuos ya nacen dentro de una suerte de sistema de castas que los predestina a sus futuros menesteres) y de las emociones gracias al consumo de una droga, el soma.

Las personas pierden así su individualidad en una sociedad amorfa de fácil control social. Pero en este mundo existen reservas de humanos -los salvajes- que viven a la antigua usanza. Cuando un miembro de la comunidad la abandona junto con su madre, emergen las con tradiciones: la madre fallece y el salvaje intenta sin éxito vivir como un humano de antaño. Asediado por la prensa y por miles de curiosos, se suicida.

El libro fue una ácida y temprana reflexión sobre las amenazas de la biotecnología. Ya en 1946, Huxley señaló que un rasgo de 1as sociedades totalitarias futuras sería que sus jerarcas gobernarían “una población de esclavos” mediante “un dominio tecnológico y científico”. Por consiguiente, centró la novela en “la aplicación en los seres humanos de los resultados de la futura investigación biológica, psicológica y fisiológica. Apuntó que en su relato la “uniformidad del producto humano ha sido llevada a un extremo sorprendente, aunque quizás no imposible pues consideraba que esa sociedad podía hacerse realidad” en el plazo de un solo siglo

¿Hasta qué punto Huxley dio en el blanco? Él mismo lo analizó en Nueva visita a un mundo feliz (1958), pero era pronto para vislumbrar sus aciertos. Hoy sabemos que los avances biotecnológicos refrendaron parte de sus fantasías, como señaló un gran divulgador de la ciencia, Michio Kaku, en Vísiones (1998): “Las predicciones de Huxley fueron proféticas. Escribió en una época en que las leyes del desarrollo embrionario eran, en gran medida, desconocidas. Menos de cuarenta años después, sin embargo, nació Louise Brown, la primera bebé probeta […]. Y con la llegada de la revolución biomolecular, muchas de sus otras predicciones podrían estar también al alcance”.

En cuanto a si Huxley tenía razón al considerar que tales avances pueden comportar una amenaza para nuestra libertad, creemos que si, en la medida en que planteó un debate hoy candente: el uso de información genética contra los individuos, como advierte Kaku. Por ejemplo, ante el aumento creciente de costes sanitarios, no se puede descartar “que alguien, desde el Gobierno, sienta la tentación de exigir 1a obligación de someterse a pruebas para detectar enfermedades genéticas y negarse simplemente a pagar los costes sanitarios de un niño cuya enfermedad habría sido evitable en caso de haberse realizado pruebas”. Es más, en un futuro, “las personas que tengan hijos sin someterse a pruebas genéticas podrían ser tratadas como parias”. En suma, es muy posible que e1 Estado acabe disponiendo, en el porvenir, de bancos de información genética de cada individuo, con todo lo que ello comportaría.

La destrucción de libros

Farenheit 451Ray Bradbury (1920) escribió Fahrenheit 451 en 1953 con el telón de fondo de la Caza de Brujas anticomunista desatada por el senador Joseph McCarthv. Su obra plantea un problema recurrente en la historia: cómo ejercer el control social mediante 1a censura.

El título de su fábula alude a los grados de temperatura que ha de alcanzar el papel para arder. Su trama se basa en la evolución que experimenta su protagonista, Guy Montag, un bombero pirómano: su labor -como la de todos los bomberos de su sociedad no es apagar fuegos, sino actuar policialmente quemando los libros prohibidos y las casas que los almacenan, incluyendo a sus moradores si se resisten a dejarlas.

En la novela, Montag se cuestiona su labor y las normas de su sociedad. Deviene así enemigo del sistema y su mujer acaba denunciándolo a los bomberos-policías. Ella vive subyugada por un mecanismo de control audiovisual: grandes pantallas de televisión situadas en las paredes del hogar que permiten interactuar a los espectadores con los programas, en lo que parece constituir una suerte de Gran Hermano televisivo: “Es mi familia”, dice la mujer de Montag al referirse a ellos. En esta sociedad, quienes leen inquietan al poder que ve en los libros “fusiles cargados”. Así las cosas, Montag se une a los proscritos que conservan en su memoria diferentes obras para salvaguardarlas, convertidos en libros vivientes.

Bradbury explicitó viejos problemas con mimbres nuevos. Por una parte, recordó que un mecanismo esencial del totalitarismo es la censura de libros, como refleja Fernando Báez en su Historia universal de la destrucción de libros (2004). Pero, además, planteó otras cuestiones hoy vigentes: ¿Hasta qué punto puede sucumbir la cultura escrita ante la audiovisual?, ¿Pueden los grandes hermanos televisivos regir nuestras vidas, como en el film El show de Truman (Peter Weir, 1997)? Y si nos preguntamos si son un ensueño las pantallas televisivas domésticas de Bradbury gigantes e interactivas, Kaku -en su mencionado ensayo Visiones– vislumbra algo de cierto parecido en 1a vivienda inteligente del futuro: “Los tableros, de aproximadamente un metro de longitud, son enormes pantallas informatizadas que se cuelgan en la pared. En casa […] pueden funcionar como pantallas de vídeo de tamaño mural para la televisión interactiva o la web explica.

La “invasión” del Tercer Mundo

campamento de los santosEl temor a la sociedad multicultural cuenta asimismo con una antiutopía: El campamento de los santos, publicada en 1973 por el escritor francés Jean Raspail (1925) y traducida a diversos idiomas (el español entre ellos). La novela recrea el ocaso de Europa debido a una invasión pacífica del Tercer Mundo, iniciada con un convoy de navíos que sale de la India con un millón de indigentes. La expedición parte por sorpresa y es orquestada por un poder oculto.

La prensa progresista bautiza el convoy como “la flota de la última esperanza”, que es rechazada por Australia, Egipto y Sudáfrica, hasta desembarcar en las costas de Francia. En este país las conciencias han sido adormecidas por un clima de opinión políticamente correcto generado por los medios de comunicación y la Iglesia (gobernada por un papa brasileño que ha vendido 1as riquezas del Vaticano para dar testimonio de pobreza). Al aproximarse la flota a la costa, se multiplican en todo el mundo iniciativas migratorias similares, un asalto pacífico por parte de1 Tercer Mundo que constituye e1 preludio del ocaso de Occidente. La llegada de la flota al Midi genera una revolución multirracial y el último reducto de defensores de Occidente es aniquilado. Sucumbe así la raza blanca y la propia Europa. El título de la novela procede del Apocalipsis y, según afirmó Raspail en 1985, su parábola se haría realidad en los primeros decenios del tercer milenio. Lo argumentó en función del desequilibrio demográfico: “Cercados en medio de 7.000 millones de hombres, 700 millones de blancos solamente […], frente a una vanguardia de cerca de 400 millones de magrebíes y musulmanes. ¿Puede imaginarse alguien en un segundo y en nombre de qué ceguera de avestruz es posible la supervivencia de este desequilibrio?

En suma, la obra articula toda la mitología ultrapatriota sobre el eclipse de nuestra civilización: hordas procedentes del Tercer Mundo asaltan pacíficamente Europa, obedeciendo planes ocultos, y hallan una sociedad aletargada.

Ello permite considerarla como una antiutopía que sintetiza los temores y obsesiones propios de la ultraderecha, que denuncia los peligros de la inmigración concebida como invasión. Así 1o reflejó Jean-Marie Le Pen en el 2002: “Se puede estimar que la población de origen extranjero reciente [en Francia] en el año 2000 es del orden de 8 millones, […] en una población francesa global de 58,5 millones. La asimilación no es ya posible. Uno piensa entonces en la profecía de Jean Raspail”.

Trailer del film Fahrenheit 451, dirigido por François Truffaut (1966) y basado en la novela homónima de Ray Bradbury.

Espejo de nuestros temores

E1 siglo XXI parece haber arrinconado en e1 baúl de la historia las esperanzas de utopías relacionadas con una humanidad libre de desigualdades, armónica con su medio natural, sin dictaduras y dotada de instrumentos para dirimir conflictos sin guerras. En cambio, las pesadillas plasmadas por algunos de estos escritores –visionarios aún estremecen.

E1lo se comprende en la medida en que las sociedades que imaginaron han reflejado los terrores obsesivos de inicios y fines del siglo XX: miedo a los sistemas totalitarios, a los peligros de la biotecnología, a los de la censura, a la invasión migratoria. Vistas sus fábulas en perspectiva, se han alejado de la realidad por su carácter apocalíptico, pero se han acercado extraordinariamente a ella por su capacidad de enfatizar los grandes temores del siglo pasado y del nuevo milenio

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* Este artículo fue publicado originalmente con el título “Un mundo peor. El futuro más negro imaginado por la literatura clásica”, Qué leer, 121 (mayo 2007), pp. 44-48. Posteriormente, lo reprodujo la revista Minatura, 123 (julio del 2013) accesible en PDF aquí.

 

 

 

Publicado en la revista Que leer (mayo #121, 2007)


¿QUIEN FUE GABRIELE D’ANNUNZIO? EL PRIMER DUCE (2)

diciembre 5, 2014

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Como complemento a nuestra entrada sobre Gabriele d’Annunzio en el blog, nos ha parecido interesante reproducir el artículo de Núria Escur en La Vanguardia (14/XI/2014) sobre la publicación en España de la biografía de este poeta titulada El gran depredador, de Lucy Hughes-Hallett (le hemos añadido subtítulos para facilitar la lectura). Puede accederse al primer capítulo de la obra clicando aquí.

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Gabriele d’Annunzio, el gran depredador

Una completa biografía presenta al ideólogo del Estado libre de Fiume como precursor del futurismo y adicto al sexo | “En Il Vittoriale, al lado de su mesa de trabajo, donde murió, todavía se encuentran frascos medicinales” | Secretos de d’Annunzio, en el libro triplemente premiado de Lucy Hughes-Hallett

A orillas del lago de Garda, en el municipio de Gardone Riviera, se erige Il Vittoriale, villa y alrededores donde un día se retiró para escribir y pasar sus últimos años Gabriele d’Annunzio. Un bar destartalado y una decadente tienda de camisetas abren paso a un palacio rodeado de esos jardines donde una vez él ordenó plantar diez mil rosales, hoy complejo turístico y lugar de peregrinación de todos cuantos sienten curiosidad por este personaje poliédrico.

El temor al deterioro físico

Al entrar la oscuridad es evidente. Así lo quiso el poeta tras un accidente que lesionó su vista el 16 de enero de 1916 cuando el enemigo alcanzó su avión y él salió despedido. Nunca recuperaría la visión de uno ojo. Todo sigue igual. Interiores sombríos, persianas bajadas, sofás con fundas de terciopelo burdeos, salones llenos -atiborrados- de recuerdos, flanqueados por pesados cortinajes y juegos de mármoles. Quien fue el más grande de los poetas italianos desde Dante dispuso una habitación para orar, otra para las maquetas de aviones. Como un niño que se resiste a crecer. La casa la mantienen, aún hoy, llena de orquídeas, tejidos indios, bordados, estatuas de Buda, jarrones con plumas de pavo real y platos de malaquita llenos de melocotones…

Dos fotos presiden la mesita de azulejos: una de su madre y otra de la actriz Eleonora Duse, quien fue el amor de su vida. A ella regaló una tortuga gigante cuya réplica en escultura sigue impertérrita sobre la mesa de uno de los comedores donde el poeta, sus últimos años, acogía a sus amigos sin dejarse ver él.

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D’Annunzio, aviador.

No soportaba la idea de que presenciaran su deterioro físico, el de un hombre que un día fue apuesto y ahora -rostro desdentado y lleno de arrugas- un cuerpo donde han hecho mella enfermedades venéreas y una creciente adicción a la cocaína. Quince sirvientes tenía vigilando sus manías obsesivas contra la suciedad. Los mantos debían ser de color malva, obligatorio broncearse, los incensarios a punto, un hábito de fraile para días especiales. Archihedonista, su lema es “vivir, escribir”.

D’Annunzio, que fue un gran hipocondriaco, quería tenerlo todo a mano. Apenas un metro a la izquierda de su mesa de trabajo -en el despacho donde le encontraron muerto el 1 de marzo de 1938 de un derrame cerebral- sigue abierta la puerta de un lavabo repleto de estanterías donde el turista puede encontrar decenas de frascos medicinales. El ambiente es claustrofóbico.

El poeta soldado

El Gran Depredador (Ariel), obra de Lucy Hughes-Hallett, es la biografía que ahora aporta detalles más completos de este personaje, tanto que sido galardonada con tres prestigiosos premios de ensayo: el Samuel Johnson, el Costa Award y el Duff Cooper Prize. La historia de ese Gabriele d’Annunzio que nace en Pescara en 1863, hijo de un terrateniente, publica su primer libro de poesía a los 16 años, pronto ingresa en la Universidad de La Sapienza de Roma, donde forma parte de diversos grupos literarios y a los veinte años ya deja embarazada a la hija de un duque.

Quien sería “il Vate”, “el Poeta Profeta”, publicó en 1889 su primera novela, Il piacere. Se casó con Maria Hardouin di Gaselle en 1883 pero el matrimonio duró poco. Con ella tuvo tiene tres hijos pero la deja por una condesa siciliana. Ambas intentan suicidarse cuando él las abandona. Elegido miembro de la Cámara de los Diputados, es obligado a dimitir por su “estilo de vida temerario” y marcha a Francia huyendo de sus acreedores.

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D’Annunzio y Mussolini, una relación compleja.

Poeta, aviador, nacionalista, considera que la muerte debe ser heroica. André Gide describe su mirada como “fría y de refinadas sensualidad”. A todos los dannunzianos les atrae por igual lo espantoso y lo bucólico. Él se avanza a su tiempo. Muchos años antes de que se publique el popular manifiesto futurista de Marinetti, por ejemplo, d’Annunzio ya ha propugnado su pasión por “lo dinámico”, de aeroplanos a automóviles.

La originalidad y el decadentismo de sus textos -también escribió el guión de la película Cabiria– se reflejan en sus habitaciones, con techos y paredes que incluyen anagramas grandilocuentes, lemas, inscripciones llenas de símbolos, objetos que son casi amuletos. “Cuando escribo se apodera de mí una fuerza magnética, como un ataque epiléptico”.

D’Annunzio está obsesionado con su físico: a los treinta años empieza a perder pelo y su figura acaba siendo la de alguien “bajito, calvo, estrecho de hombros y, aun así, podía parecer esbelto, acicalado y seductor”. Su compulsiva promiscuidad le arrastra.

En una de las salas la puerta es tan pequeña que hay que agacharse para entrar. Dentro, una biblioteca. Así la diseñó d’Annunzio para que quien entrara se viera obligado a inclinarse ante “un espacio sagrado de cultura”. Una señal de veneración. Abajo, el pequeño museo que rinde homenaje a su amante, guantes, gafas, corsés de Eleonora Duse (“detesto a Gabriele pero le adoro, le amo tanto, le odio tanto”) y piezas de ropa y escritorio del propio d’Annunzio.

Conoce a Eleonora cuando la gran actriz tiene 37 años, cinco más que él. “Me gustan sus manos blancas -escribe- observadas desde mi monóculo, la mejor zona erógena imaginable”. Una diva y un megalómano tomando champán Mumm, con el mundo a sus pies, puede ser una mezcla explosiva. Su relación acaba de modo tormentoso.

A d’Annunzio le fascinan las mujeres bisexuales como la pintora Romaine (“talento y belleza, mi pequeña cenicienta llena de lirios y violetas”) porque “están seguras de sí mismas”. Pero lo que verdaderamente le vuelve loco es una mujer enferma, “más las amo cuanto más cerca de la muerte”. Tuvo múltiples relaciones -Alessandra, Nike, Amaranta, Giuseppina… incontables-, dejó escritas sus preferencias en la cama con todo lujo de detalle y reconoció ser un verdadero adicto al sexo.

La seducción del fascismo

“Il Vate” no llama a la puerta del sistema fascista italiano, pero los fascistas le buscan. Maravillados por sus construcciones ideológicas, le imitan, lo adoptan. De d’Annunzio les seduce todo. A pesar de apropiarse de sus mensajes, él nunca llega a estar involucrado directamente en sus gobiernos. Se le considera, pues, precursor de sus ideales. Copian su estética -“camisas negras, saludo romano, cantos de guerra”- y se ciegan con su talento literario trufado de escándalos amorosos.

Fiume

D’Annunzio en la Fiume ocupada por sus seguidores decora una bandera.

D’Annunzio regresa a Italia, piloto de guerra voluntario, comandante del escuadrón número 87, conocido como La Serenísima. La guerra refuerza sus ideas nacionalistas. La cesión de la ciudad de Fiume -hoy Rijeka en Croacia- en la conferencia de París en 1919 le irrita enormemente. Así que d’Annunzio decide, desafiando las potencias aliadas, declarar Fiume Estado constitucional independiente.

Para el “Estado libre de Fiume”, un modelo que copiaría después el sistema fascista italiano, d’Annunzio redacta, junto a Alceste de Ambris, una constitución -la Carta de Carnaro, 1920-, que declara, entre otras cosas, la música como principio fundamental del Estado. Durante quince meses dirige dictatorialmente esa ciudad estado, que será paraíso de cocaína libre, prostitutas y aristócratas diletantes.

La suya es una de las vidas mejor documentadas de la historia. Quien se denomina a sí mismo Duce es nombrado, en 1937, miembro de la Real Academia Italiana. A su muerte, esquinado del mundo, a los 74 años, Mussolini -a quien D’Annunzio consideró un vulgar imitador- le ofrece funerales de Estado.

Poeta, aviador, ególatra, seductor e ideólogo

Gabriele d’Annunzio ha pasado a la historia como personaje poliédrico al que le gustaba escucharse. Ególatra, megalómano, gran poeta, se avanzó a los futuristas mucho antes de que ellos publicaran su manifiesto y acabó solo, retirado en Il Vittoriale, hoy lugar de peregrinación. Una de sus mayores excentricidades fue crear el “Estado libre de Fiume”, un modelo que acabó siendo paraíso para cocainómanos, prostitutas y aristócratas diletantes. Para vertebrarlo redactó una constitución –la Carta de Carnaro, 1920– donde se declara, entre otras cosas, la música como principio fundamental del Estado. En la última imagen, el retrato que le hizo una de sus amantes, la pintora Romaine Brooks.


LA HISTORIA DE ENRIC MARCO, EL PRESO DE LOS NAZIS QUE MINTIÓ, AHORA EN NOVELA

noviembre 22, 2014

Enric marco

Enric Marco en los micrófonos de la cadena SER, donde criticó a Cercas (foto de la cadena SER).

EL ESCRITOR JAVIER CERCAS HA PUBLICADO EL IMPOSTOR, obra en la que se aproxima a la figura de Enric Marco, que actualmente tiene 93 años. Éste fue expresidente de la Amical Mauthausen hasta que se demostró que había mentido en las experiencias carcelarias sobre el nazismo que relataba. Ello trascendió en el año 2005, cuando el investigador Benito Bermejo indagó en los archivos del campo alemán donde Marco afirmó haber estado internado -Flossenburg- y no halló dato alguno que lo avalaran.

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Portada de El impostor, de Javier Cercas.

El resultado fue un escándalo mayúsculo, pues se consideró que Marco había traicionado a la memoria de las víctimas del nazismo que manifestaba defender. Por su parte, Marco alegó su buena fe en el episodio diciendo que “mintió para resaltar la verdad”, como puede apreciarse en esta entrevista en PDF de La Vanguardia (11/XII/2009): PDF-Marco

La obra de Cercas (de la que puede leerse el primer capítulo clicando aquí), sin embargo,  ha sido criticada por Marco, quien ha afirmado “sentirse engañado” por el escritor.

Antes fue el documental

Marco había merecido antes del libro de Cercas otra aproximación distinta: un documental estrenado el 2009 titulado Ich bin Enric Marco”, de los realizadores y guionistasLucas Vermal y Santiago Fillol. Lo protagonizó el propio Marco y en él volvió sobre su pasado a través de un viaje en coche a Alemania.

Fragmento del documental “Ich Bin Enric Marco”.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, su impostura ponía de manifiesto otra importante cuestión que nadie subrayó: al margen de constatar lo endeble que pueden ser un testimonio oral en términos de solvencia -pues no se conocía el caso de una fuente que mintiera exprofeso-, dejó en evidencia que durante la Transición muchos izquierdistas reinventaron sus pasados mintiendo como lo habían realizado numerosos exfranquistas. Pero existía un apriorismo: la izquierda tenía el patrimonio de la “verdad” histórica, ya que -a diferencia de la derecha- nunca mentía.

En este aspecto, hemos considerado pertinente reproducir a continuación el artículo “Marco: ¿excepción o norma?”, que en su momento publicamos en El País-Cataluña (19/V/2005) planteando esta cuestión (fue reproducido en este blog por primera vez en el 2009, al estrenarse el documental mencionado).

Marco: ¿Excepción o norma?

“SU MENTIRA HA SIDO UN FRAUDE a las emociones colectivas”, escribía Pilar Rahola en estas páginas aludiendo a Enric Marco. El caso de este “deportado mediático” que presidía la asociación Amical Mauthausen y no era tal ha conmovido a la sociedad catalana y Así, desde la Generalitat se han apresurado a retirarle la Creu de Sant Jordi concedida en 2001, mientras los medios de comunicación se han hecho gran eco de su invención. La causa de la impostura es simple, según Marco: “Con la aureola de deportado me ganaba la atención para explicar los horrores del nazismo”, explica. El método para descubrirla ha sido también obvio: el autor del hallazgo, Benito Bermejo, buscó en los archivos del campo alemán donde supuestamente estuvo internado Marco (Flossenburg) y no encontró datos que confirmasen su historia. A partir de ahí, la suerte del expresidente de Amical Mauthausen quedó echada. Ahora la dirección de la entidad lamenta que la confianza depositada en él revierta en su perjuicio.

Ello es indudable: la mentira ha impactado porque ha sido una invención creada sobre lo más sacro, el recuerdo de las víctimas. Potencialmente, constituye una segunda muerte de éstas (ahora relegada al campo de la memoria), en la medida que su tragedia puede quedar ahogada por el descrédito y un “todo es mentira” generalizado. Además, aporta carnaza a quienes se postulan revisionistas (cuando en realidad son negacionistas) y cuestionan la existencia de campos de exterminio nazis e incluso del genocidio judío. Para hacerlo se escudan a menudo en las contradicciones que hallan en testimonios fidedignos, como se supone que lo era el de Marco.

Cartel del documental sobre Marco.

Pero tras la amplia rasgadura de vestiduras ante el deslumbrante engaño, se atisba un tema de mayor calado histórico y en el que lo alarmante es la procedencia antifranquista del protagonista, en este caso del medio libertario. En general, la opinión pública del universo de izquierdas ha estado poco preocupada por el hecho de que conspicuos franquistas reinventaran su pasado. El ejemplo de Ramón Serrano Suñer es emblemático, pues con los años cambió su actuación en la inmediata posguerra: de partidario decidido de que España entrara en la guerra junto al Eje, se manifestó un decisivo oponente a ello, como demuestra el historiador Joan Maria Thomàs. Su fábula no escandalizó a nadie, porque para la izquierda bienpensante la derecha franquista falseaba sistemáticamente el pasado.

Igualmente, durante la transición democrática, desde las filas de la izquierda se denunció hasta el hartazgo la falta de legitimidad de los reformistas que pilotaron el cambio. Éstos eran percibidos como chaqueteros que arrinconaban sus camisas azules para abrazar la fe democrática, pero en el fondo eran eso: franquistas redomados. Alfredo Grimaldos recuperó esta tesis en La sombra de Franco en la Transición (2004) y apuntó que la democratización consistió en “la metamorfosis del franquismo en monarquía borbónica”. En suma, la derecha era y es por naturaleza camaleónica y manipuladora del pasado.

En cambio, la izquierda, desde una autopercepción, detenta aún una misión histórica (nunca mejor dicho): denunciar -tras cuarenta años de silencio- los crímenes de la dictadura y sus cómplices internos y externos. Debe reparar la memoria rota de las víctimas y restituir la vieja memoria de los perdedores; acabar con amnesias históricas y pactos de silencio. Por esta razón, la actuación de Marco escandaliza no sólo por ausencia de ética, sino también porque es inadmisible desde estos parámetros redentoristas del antifranquismo. De hecho, su falsedad no es muy distinta a las que cometió el difunto Enrique Tierno Galván. César Alonso de los Ríos, en La verdad sobre Tierno Galván (1997), explica cómo este político recreó una personalidad acorde a sus deseos, con una familia labradora imaginaria o una actividad militante en la guerra civil e incluso su persecución durante la posguerra. Tales revelaciones resultaron entonces impactantes -como las de Marco- por su fraude y porque éste no se contemplaba posible desde el bando de los buenos.

En realidad, la trayectoria de Marco es el vivo reflejo de un tiempo y de un país –la España del postfranquismo- en el que todo el mundo puso en orden sus credenciales de legitimidad política que consideraba convenientes, tanto entre la derecha como entre la izquierda, y no hubo mucho interés en verificarlas. En el caso de las de la izquierda -avaladas por la lucha clandestina- no era necesario, porque se suponían verdaderas. En el de las de la derecha era baladí hacerlo, porque sus integrantes recreaban el pasado en función de sus conveniencias y mentían per se. De este modo, la actuación de Enric Marco no deja de tener una dimensión mucho más amplia que la que hoy se le atribuye, pues es el espejo de una etapa en la que nadie tuvo mucho interés en reabrir sumarios, archivos e incluso revivir recuerdos.

Marco, pues, no es una excepción, sino un exponente destacado de un amplio proceso de recreación del pasado. Sin embargo, su escándalo no se limita a la comisión de una mentira más, ya que la sordidez de la misma apunta a la propia legitimidad moral de los vencidos y del antifranquismo: “los buenos” no pueden mentir. Este axioma está ahora en crisis. De ahí la necesidad que conlleva proceder ahora a una gran catarsis.


“REINOS DESAPARECIDOS”, UNA LECTURA DE INTERÉS PARA EL DEBATE TERRITORIAL EN ESPAÑA

marzo 14, 2014

Historia de una Europa desaparecida*

Cuando España y Gran Bretaña afrontan sendos desafíos independentistas, el nuevo libro del historiador británico Norman Davies (Bolton, 1939), Reinos desaparecidos, constituye una lectura tan atractiva como oportuna. El autor (un premiado académico conocido por sus estudios sobre Polonia y Europa) reconstruye aquí la historia de 15 reinos desaparecidos del viejo continente: Tolosa, Alt Clud, Burgundia, Aragón, Lituania, Bizancio, Borussia, Sabaudia, Galitzia, Etruria, Rosenau, Chernagora, Rutenia, Éire y la URSS.

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Con este fin, este voluminoso libro (850 páginas de texto y 50 de apretadas referencias bibliográficas) organiza su información en breves ensayos autónomos. Cada uno se inicia con unas pinceladas descriptivas del territorio abordado en la actualidad, seguidas del relato de su historia que acaba con una meditación del autor sobre la huella del pasado. La obra, pues, no es una historia europea al uso, sino una aproximación caleidoscópica y singular al pasado, subjetiva en su enfoque, quizá discutible en algunos aspectos, pero globalmente enriquecedora y lograda.

Una opción arriesgada y atractiva

¿Qué reservas puede suscitar el libro? Por una parte, que es muy diverso el tratamiento de los casos analizados. Así, el dilatado imperio de Bizancio (que abarca del 330 al 1450) tiene escaso peso (28 páginas) frente al de otras entidades: dedica 76 a la Corona de Aragón y 14 a Rutenia, la Ucrania de los Cárpatos que apenas existió un día (del 15 al 16 de marzo de 1939). Asimismo, la trayectoria de la URSS no se narra desde Moscú, en clave interna, sino desde las vicisitudes que conoció Estonia al ser incorporada al conglomerado soviético.

Por otra parte, Davies expone continuidades seculares de los reinos (como el de Sabaudia, asociado a la monarquía de los Saboya y que abarca desde 1033 a 1946), sin entrar en matices cuando tal vez sería aconsejable acotar una definición de Estado, pues este concepto experimenta cambios sustanciales a lo largo de los siglos. Por último, algunos de sus juicios -a menudo contundentes- pueden sorprender al lector por ser inusuales: a título ilustrativo, afirma que se alude al militarismo prusiano como culpable de las miserias de Europa y se silencia el ruso (igual o más temible) o considera que “el concepto de una ‘Corona de Aragón’ plurinacional está claramente pasado de moda” en los territorios que la formaron.

Ahora bien, más allá de estas observaciones, el resultado es un ensayo de alta divulgación, inteligente y bien construido, cuyo políglota autor ha hecho un esfuerzo de síntesis tras bucear en una amplia bibliografía y recurrir a la consulta de expertos. La obra posee un buen tono narrativo y sus mapas, cuadros dinásticos e índices onomásticos ayudan al lector a no extraviarse ante matrimonios de Estado, cambios de fronteras y otros avatares. Intelectualmente estimulante, satisface al lector curioso por su erudición y la presencia de anécdotas incisivas, como la táctica del conde de Cavour (artífice de la unificación italiana) para embaucar diplomáticos: “les digo la verdad y jamás me creen”.

Conocer el pasado no es fácil

Como es previsible, Davies muestra como la memoria histórica “desdeña la imparcialidad” y expone manipulaciones del pasado. Tal vez el caso más llamativo de los incluidos es el de la Corona británica por su sofisticación y vistosidad. Y es que sus titulares han maquillado y ocultado con malabarismos genealógicos sus raíces germánicas, hasta el punto que es poco sabido que lady Di fue la primera persona “de ascendencia principalmente inglesa” cercana al Trono durante tres siglos.

Sin embargo, la obra plantea otros problemas importantes para acercarnos al pasado, como la dificultad de localizar archivos de países extintos, visible sobre todo en las vicisitudes de los fondos documentales del Gran Ducado de Lituania (vigente entre 1253 y 1795), que sufrió saqueos, destrucciones y se dispersó. Asimismo, Davies advierte que los tratados de referencia que empleamos pueden hacer simplificaciones engañosas. Lo acredita con el caso de Borgoña, en el que computa hasta 15 acepciones históricas distintas y tras comparar la información que ofrecen al respecto diccionarios enciclopédicos reputados con la de fuentes de Internet concluye que las últimas deben “usarse con un ojo crítico”, pero no son muy inferiores a las primeras (de hecho, en las notas finales consta información de Wikipedia).

Los Estados nacen, viven y… mueren

No obstante, el elemento más remarcable del libro es su tesis: “Tarde o temprano, todos los Estados acaban desplomándose”. En este marco, Davies advierte que Gran Bretaña seguirá este patrón y su “último acto puede llegar más pronto que tarde”. Su prospectiva apunta que primero podría producirse la escisión de Escocia (aunque aún no estaría lista para protagonizarla), que generaría tendencias emuladoras en Irlanda del Norte y Gales y el país podría quedar reducido al reino de Inglaterra.Desde esta óptica, la obra constituye un antídoto de visiones sacralizadas de los pasados nacionales, demuestra que las fronteras son realidades elásticas, que la existencia secular de un Estado no impide su disolución y que tampoco es fácil a los nuevos Estados alcanzar el horizonte feliz que auguran sus promotores. Al contrario: en estos casos su éxito “es una rara bendición”, ya que requiere una conjunción de “prosperidad y vigor, buena suerte, vecinos benévolos” y un rumbo que facilite madurar. En definitiva, las odiseas de estos 15 reinos extinguidos pueden antojarse extrañamente próximas al lector que actualmente contempla el debate secesionista español, cuya ausencia del texto debe obedecer a que la versión original inglesa se publicó en el 2011.

* Recensión publicada en el  suplmento Cultura|s de La Vanguardia (29 I/2014), p. 14.


1939-1945: ¿GUERRA ANTIFASCISTA, IMPERIAL O DEL “PUEBLO”?

enero 8, 2014

SegundaGuerraMundial

El historiador Donny Gluckstein plantea una revisión profunda de la Segunda Guerra Mundial.

LA CREENCIA EXTENDIDA DE QUE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL  fue “un enfrentamiento entre fascismo y antifascismo” era “en gran parte irrelevante para los mandatarios de ambos lados” enfrentados, afirma el historiador británico Donny Gluckstein en La otra historia de la segunda guerra mundial. Resistencia contra imperio (Ariel, Barcelona, 2013). Lo justifica al considerar que la contienda amparó dos guerras de metas opuestas: una imperialista y otra popular.

Así, por una parte, el conflicto fue “una disputa entre los gobiernos Aliados y los del Eje por quien dominaría” el mundo. Enfrentó a imperios consolidados (Francia, Gran Bretaña, EE.UU y la URSS) y emergentes (Alemania, Italia y Japón), que movilizaron a su población con “una ideología más extremadamente ultraderechista” e incluyó “a muchos Estados sin imperios porque actuaron como satélites de las grandes potencias”. Por otra parte, conformó una guerra popular a través de la Resistencia, que amalgamó lucha social (en beneficio de clases bajas) y nacional.

History: World War Two / Partisans.-Russian partisans cleaning a heavy machine gun.-Photo, 1943.

Portada de D. Gluckstein, La otra historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra imperio.

Idealismo y pragmatismo

Gluckstein pretende validar su argumento con un estudio de escenarios de lucha europeos (Yugoslavia, Grecia, Polonia y Letonia), coloniales (India, Indonesia y Vietnam), del Eje (Alemania, Austria e Italia) y aliados (Francia, Gran Bretaña y EE.UU.). A su juicio, la guerra civil española fue preludio de la mundial al plasmar estas tensiones, especialmente en mayo de 1937.

Entonces la derrota en Cataluña de los partidarios de derrocar el sistema (CNT y POUM) por el resto de fuerzas republicanas que no querían alienarse a las potencias occidentales “apagó el entusiasmo popular” por la lucha. Ello es importante, pues la obra muestra como -salvo excepciones como Yugoslavia y Vietnam- el pragmatismo de los líderes aliados escamoteó victorias a la Resistencia o limitó su efecto subversivo.

La obra lo ilustra con una casuística extensa. Por ejemplo, expone como los anglosajones limitaron el apoyo a Tito o a la resistencia helena por su comunismo. Narra cómo Stalin dejó liquidar a los nazis en 1944 un épico alzamiento nacionalista en Varsovia (pese a que sus tropas estaban a 30 km.) o describe el gran peso de la discriminación racial en unos EE.UU. paradójicamente empeñados en un combate antirracista: en 1940 solo había dos oficiales de color en el Ejército y los presos germanos podían moverse en ambientes vetados a soldados negros.

Austria-nazismo

Población austríaca que celebra la anexión de su país por el Tercer Reich en 1938. Diez años después una amnistía en Austria hizo que el 90% de investigados por su pasado evitara un castigo (foto de Hanns Hubmann).

En la posguerra tales tensiones se extremaron cuando se instauró el nuevo orden bipolar. De este modo, en Europa occidental el temor al comunismo limitó la depuración de nazis y fascistas (en 1948 una amnistía en Austria hizo que el 90% de investigados por su pasado evitara un castigo) e hizo reprimir a los marxistas. Una resistente griega asistió atónita al cambio de papeles: “nosotros, que luchamos contra la ocupación, […] éramos los malos, y aquellos que habían colaborado con los nazis, los buenos. El gobierno los recompensó y nos castigó a nosotros”.

En las colonias las cosas no fueron muy distintas: tras derrotar a los japoneses en Indonesia se quiso restablecer el orden imperial y los británicos rearmaron a nipones vencidos para reprimir a los nacionalistas. Ello suscitó esta amarga reflexión de un sargento inglés: “Nuestros camaradas […] deben estar retorciéndose en sus tumbas en la jungla: ¿para qué murieron?”.

Un libro controvertido y discutible, pero interesante

En suma, esta interpretación de la contienda substituye su eje fascismo-antifascismo por otro que opone al pueblo resistente contra las élites cínicas y maniobreras. Afirma asimismo que el legado de la guerra popular ha perdurado en causas como el antirracismo o la defensa del Estado de Bienestar y la imperialista en conflictos como Irak.

Tal visión -como puede apreciarse- puede suscitar numerosas objeciones, pero éstas no deberían menoscabar el atractivo de un ensayo que describe las contradicciones entre la guerra desde abajo y su gestión desde el poder. Lo hace con prosa fluida y asequible (a la que contribuye el traductor) y testimonios impactantes, como este epitafio apócrifo de un soldado estadounidense: “Aquí yace un hombre negro, muerto luchando contra un hombre amarillo, para proteger a un hombre blanco”.


EL MUNDO QUE VIENE SEGÚN LA GEOPOLÍTICA

diciembre 7, 2013

China

China emerge como potencia hegemónica mundial.

¿QUÉ PANORAMA GEOPOLÍTICO SE DIBUJA EN LOS ALBORES DEL SIGLO XXI? A continuación reproducimos nuestra recensión de la obra de Robert D. Kaplan, La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones (RBA), publicada con el título de este post en el suplemento  Cultura/s del diario La Vanguardia (13/XI/2013), pp. 14-15.

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Robert D. Kaplan (New York, 1952) es un famoso periodista y reputado analista político, autor de numerosas obras de viajes y ensayos sobre política exterior. Sus puntos de vista son influyentes, pues -entre otros cargos- ha asesorado al consejo de defensa de EE.UU y Foreing Policy le incluyó entre los cien pensadores notorios de la era global (Global Thinkers). En este ensayo sitúa la geografía en un plano privilegiado, al analizar el mundo actual desde la geopolítica: un “estudio del entorno al que se enfrenta cada Estado cuando ha de determinar su propia estrategia”.

Pensar en clave geográfica

La venganza de la geografía, su llamativo título, alude a “las restricciones severas” que ésta última impuso a EE.UU. en Irak y Afganistán tras haber perdido la geografía relevancia en la toma de grandes decisiones. Por tanto, Kaplan advierte que “lo único perdurable es la ubicación de los pueblos en el mapa”, sin que ello resulte determinante, pues “el mapa es un principio, no un fin, para interpretar el pasado y el presente” y la geografía no es “una fuerza implacable”.

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Portada de La venganza de la geografía.

La obra se estructura en tres partes. La primera sintetiza tesis de pensadores geopolíticos de los siglos XIX y XX, como Alfred Thayer Mahan (1840-1914), quien acuñó la expresión “Oriente Medio” y fue un estratega del poder naval, o Halford Mackinder (1861-1947), que afirmó que Asia Central era crucial para los grandes imperios. El nazismo se apropió de sus ideas y las habría tergiversado para justificar su imperio a través de Karl Haushofer (1869-1946). El autor examina igualmente a geopolíticos que se opusieron al hitlerismo, como Robert Strausz-Hupé (1903-2002), que denunció el peligro de las tesis de Haushofer, o Nicholas John Spykman (1893-1943), que alertó de la amenaza que entrañaría para EE.UU. un control nazi de América del sur.

Las placas tectónicas geopolíticas

Las otras dos partes del ensayo son las más atractivas, al analizar las distintas zonas del planeta con datos significativos (anota que Yemen albergaría 80 millones de armas de fuego, casi tres por habitante) u observaciones incisivas, como valorar a Irán como primer “imperio militar postmoderno”. Este país es una gran potencia sin invasiones, ocupaciones ni tanques: ha armado ocultamente a los palestinos de Gaza, controla los gobiernos de Siria e Irak y también el Golfo Pérsico.

En Europa, Kaplan advierte que el poder se desplazará hacia el este, “desde Bruselas y Estrasburgo hacia Berlín”. Asimismo, apunta que el Mediterráneo recuperará su papel de conector entre Europa y África. En este marco, Turquía “puede proyectar poder blando por todo el Mediterráneo”.

China emerge como potencia hegemónica mundial y su poder económico (junto al militar) “alcanzará un grado de tensión crucial en los años venideros”, pues EE.UU. intentará contenerlo. Este último país, a su vez, debe preparar “una salida prolongada y elegante de la historia como potencia dominante” y su gran problema a corto plazo será una hipotética crisis de México como Estado.

EEUU

EE.UU. debe preparar “una salida prolongada y elegante de la historia como potencia dominante”.

Finalmente, el llamado Gran Oriente Medio (la zona central del globo terrestre) “es también la más inestable”. Aquí Irán y Turquía intentarán aprovecharse la debilidad del mundo árabe llamando a constituir una gran umma o comunidad de creyentes. El conflicto árabe-israelí se tensará por la posibilidad de emplear armamento avanzado, de manera que su problemática reciente casi parecerá “un capítulo romántico, en tonos sepia, de la guerra fría y de la época posterior a ésta”.

En definitiva, estamos ante un libro que indica una posible evolución de las distintas zonas del planeta, rico en información y que invita a la reflexión más allá del grado de acuerdo que sus planteamientos susciten. Eso sí, no es apto para lecturas apresuradas por el caudal de información que Kaplan maneja: el contenido es claro, pero hay que digerirlo y para ello es aconsejable tener un atlas a mano. En este aspecto, sorprende que la obra solo incorpore una docena de mapas en sus más de 400 páginas cuando el autor intenta comprender el planeta desde la geografía.

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La inquietante frontera con el narcoestado

narcoestadomexicoKaplan advierte que México es el problema más inmediato de EE.UU.. La frontera entre ambos es amplia y el PIB norteamericano supera nueves veces al mexicano, la mayor diferencia del mundo entre países vecinos. En este marco, el dinamismo de la inmigración mexicana y los lazos comerciales podrían convertir a EE.UU. en “una cultura mestiza orientada de norte a sur, de Canadá a México, en vez de identificarse con una isla de piel clara […] con orientación este-oeste”. Incluso se ha apuntado la posibilidad de que en el 2080 surja un país (“la República del Norte”) que una estados de EE.UU. y de México.

Así las cosas, el control creciente del norte de México por cárteles de la droga dibuja un eventual escenario inquietante: de triunfar las bandas criminales, EE.UU. “compartirá una frontera de 3.200 kilómetros con un narcoestado” que amenazará “la estabilidad de Centroamérica y Sudamérica”. En tal contexto, EE.UU. -según Kaplan- debe aspirar a “ser una potencia que actúe como contrapeso en Eurasia y una potencia unificadora en Norteamérica”.


GAZIEL: ¿PROFETA DE LA CATALUÑA ACTUAL?

noviembre 1, 2013

gaziel El periodista Agustí Calvet, Gaziel (1887-1964). Imagen del blog de La serp blanca.

GAZIEL: ¿PROFETA DE LA CATALUÑA ACTUAL?*

POCAS VECES ES TAN OPORTUNO rescatar textos del olvido como en el caso de Tot s’ha perdut, de Gaziel, pseudónimo de Agustí Calvet (1887-1964). Este volumen reúne 47 artículos suyos en castellano que abarcan desde julio de 1922 hasta octubre de 1934, cuyas observaciones son de vigencia inesperada, como este apunte de 1930: “el separatismo es políticamente, para Cataluña, algo mil veces más difícil que el intervencionismo [en España]. […] requiere […] un esfuerzo infinitamente mayor que el exigido por el intento de influir en la marcha del Estado español y modificarlo”.

Un cronista extraordinario

Tal reflexión procede de un intelectual polifacético y de amplia creación en prosa, que incluye sus remarcables memorias Tots els camins duen a Roma (1958). Ideológicamente su catalanismo se forjó en el noucentisme y no fue un periodista vocacional, pues dejó inacabados los estudios de derecho y se doctoró en filosofía. Descolló como creador de opinión al frente de La Vanguardia desde 1920 hasta 1936, multiplicando la influencia del diario. La Guerra Civil truncó su trayectoria ascendente y le llevó al exilio, del que retornó en 1940. Instalado en Madrid, su figura quedó eclipsada hasta recuperar notoriedad en los años cincuenta.

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Tot s’ha perdut. El catalanisme polític entre 1922 i 1934 (RBA-La Magrana, Barcelona, 2013, 286 pp), con prólogo de Enric Juliana y edición a cargo de Jordi Amat. 

Esta recopilación de artículos revela al cronista excepcional que fue Gaziel, en la medida que son una meditada selección de su producción (más de 2.000 páginas mecanografiadas) que efectuó en los años cincuenta. Entonces revisó estos textos y los reunió en un manuscrito que quedó intitulado e inédito. Si bien en el 2002 Xavier Pericay publicó 14 de ellos en Cuatro historias de la República, solo ahora Jordi Amat ha hecho una cuidada labor de editor del conjunto y ha bautizado a la obra como “Tot s’ha perdut”, frase del autor que plasma su conmoción ante la rebelión de Lluís Companys en octubre de 1934. Es una opción acertada, pues Gaziel vio en el episodio la dilapidación del capital político catalán en un gesto inútil. Y es que su óptica de tinte racionalista, escéptica y poco inclinada a pulsiones emotivas transmite una visión a menudo lúcida y pesimista de los hechos, con páginas brillantes por su clarividencia.

¿Hoy es ayer? Lo parece

El resultado es un libro que en muchos pasajes “parece escrito ayer” (“sembla escrit ahir mateix”), tal como apunta Enric Juliana en su sugerente prólogo. Ello obedece a que Gaziel trasciende su época porque quiso captar la psicología colectiva de los catalanes (Juliana alude a la gestalt catalana), indagando sus dinámicas profundas, e impacta por su afinado diagnóstico y vigencia: “Nuestra obra maestra en política, es el arte de la protesta explosiva” (1931); “los partidos actuales proceden de un estado de cosas que pasó para siempre. […] Cataluña, aunque parezca mentira, ha caminado más que ellos” (1933).

La obra refleja su interpretación de la dicotomía Barcelona-Madrid (“los dos polos de España”) y su inquietud ante el creciente enrarecimiento político (“Toda España es hoy o derecha o izquierda, así, simplemente”), ante el que reclama una via moderada (“necesitamos con urgencia un gran partido de centro y una derecha decente”). Pero sobre todo Gaziel se proyecta como un augur y si en febrero de 1932 afirmó que se equivocaban quienes veían el mayor peligro en el comunismo y no en el anarquismo, en octubre de 1934 mascó la tragedia cercana: “nos aguardan terribles acontecimientos, una verdadera guerra civil, larga, feroz e incalculable”.

La lectura deja un poso inquietante, pues Gaziel veía a los catalanes incapaces de gestionar con éxito sus pleitos políticos, lo que convertía a Cataluña una “Polonia del sur”. Resumió su tesis en esta sentencia lapidaria: “cada vez que el destino nos coloca en una de esas encrucijadas decisivas, en que los pueblos han de escoger, entre varios caminos, el de su salvación y su encumbramiento, nosotros, los catalanes, nos metemos fatalmente, estúpidamente, en el que conduce al despeñadero”. ¿Se cumplirá de nuevo su vaticinio? A la espera de saberlo, esta lectura es más que aconsejable.

* Artículo que hemos publicado en el suplemento cultural de La Vanguardia sobre el libro de Gaziel: “Gaziel, ¿profeta de la Catalunya actual?”, Cultura/s (16/X/2013), p. 15.