EL VOTO A LA DERECHA ANTI-INDEPENDENTISTA EN CATALUÑA EL 10-N

diciembre 2, 2019

Santiago Abascal, líder de Vox, e Ignacio Garriga. su dirigente en Cataluña (foto de CG).

 

LA TENDENCIA DEL BLOQUE DE DERECHA ANTI-INDEPENDENTISTA (C’S, PP Y VOX) EN CATALUÑA contradice a la que impera en el resto de España al conocer un declive desde los comicios de 2016, pero se radicaliza y pierde autonomía en relación a Madrid con la implosión de C’s. Veámoslo.

1. Declive lento

Constatamos und escenso en su resultado global desde los comicios legislativos de 2011, previos al estallido del independentismo de masas. Entonces el voto total al PP y a UPyD (pues C’s no concurrió a los comicios) sumó el 21.8% (11 escaños). En los de 2015 (ahora también con C’s y Vox presentes) logró el 24.3% (10 escaños), cifra que perduró en los de 2016 (24.2%, 11 escaños). Sin embargo, experimentó una caída en las elecciones del 28-A (20.8%, 7 escaños) que las del 10-XI ha rubricado (19.3%, 6 escaños).

En suma, los discursos más intransigentes ante cualquier trato con el independentismo tienen aquí un resultado discreto y dibujan un espacio político más flexible.

2. Radicalización

Pese a ello, en el seno de este bloque gana protagonismo Vox, que el 28-A logró un escaño (3.6%) que duplicó el 10_N (6.3%). Este partido modula un nacionalismo esencialista que ha incorporado temas de la ultraderecha europea (como la crítica en la UE o la denuncia de la “invasión migratoria”). Es un actor emergente potencialmente muy disruptivo, dado que quiere enmendar substancialmente la Carta Magna (a pesar de ser “constitucionalista”) y ha sido capaz de marcar la agenda del conjunto de la derecha y condicionar los temas de debate público.

Si la presencia institucional de Vox se consolida y perdura, puede transformar la política española de forma irreversible.

 

Infografía de los resultados del 10-N en Cataluña de cronicaglobal.elespanol.com

3. “Sucursalización”

La implosión espectacular de C’s, que en Cataluña pasa de 5 a 2 escaños, supone otro cambio: la pérdida de autonomía substancial de este bloque. C’s tenía sus raíces en Cataluña y había conseguido acontecer un “partido bisagra” de ámbito estatal capaz de gobernar con PP y PSOE. Su crisis hace que se afirme la “sucursalización” de este ámbito político, al depender el PP y Vox orgánicamente de las direcciones estatales, hecho visible en que la candidata barcelonesa de los populares -Cayetana Álvarez de Toledo- vive a Madrid, mientras Vox considera que se ha uniformizar el Estado.

A la vez, la baja de C’s y los resultados de Vox prácticamente aseguran la presencia de este último partido en el parlamento en los próximos comicios catalanes.

Conclusión

En suma, las tres fuerzas de este sector (PP, C’s y Vox) en estos comicios han competido por un espacio político que tiende a reducirse, a la vez que parecen equilibrarse los apoyos de las tres formaciones: 7.4% el PP, 6.3% Vox y 5.6% C’s.

Ello apunta que asistimos a una aparente reconfiguración de sus dinámicas internas y de su correlación de fuerzas en detrimento del partido naranja que los futuros comicios corroborarán o descartarán.

_________

* Versión más extensa del artículo publicado originalmente en catalán: Xavier Casals, “La dreta: declivi, radicalització i sucursalització”, Ara.cat (11/XI/2019).


EN 2009 YA ADVERTIMOS LA ECLOSIÓN DE UNA PODEROSA DINÁMICA INDEPENDENTISTA EN CATALUÑA. UNA DÉCADA DESPUÉS REPRODUCIMOS AQUEL ANÁLISIS

octubre 19, 2019

Manifestación indepedentista (foto de ABC).

 

UNA DE LAS PRIMERAS ENTRADAS DE ESTE BLOG fue nuestro artículo “Cataluña: ¿La secesión ligera?”, publicado en El noticiero de las ideas, 40 (octubre-diciembre 2009), pp. 32-39. Puede consultarse en PDF en este archivo: SL. Ahora lo reeditamos a continuación para conocer la génesis del independentismo actual.

*****

Cataluña: ¿La secesión ligera?

En noviembre de 2007 el presidente de la Generalitat José Montilla afirmó que en Cataluña había “cabreo, recelo y pesimismo”, y que si no mejoraban las inversiones del gobierno central en infraestructuras ni cesaba la incertidumbre en torno al Estatuto creada por los recursos presentados en el Tribunal Constitucional por el Partido Popular [PP], se debían valorar “graves consecuencias a medio y largo plazo de una desafección emocional de Cataluña hacia España y hacia las instituciones comunes”. El aviso era claro: muchos catalanes podían empezar a dejar de sentirse españoles. ¿Hasta qué punto es una realidad la desafección a la que aludió Montilla hace dos años?

Es difícil demostrarlo más allá de lo que refleja la demoscopia, que parece refrendarla. Así, en el último barómetro del Centro d’Estudis d’Opinió [CEO] de la Generalitat (publicado en junio de 2009) un 62% de encuestados consideraba que el nivel de autonomía de Cataluña era insuficiente. Este porcentaje es muy superior al 45% de la muestra que se identificaba como “únicamente catalán” o “más catalán que español”. De este modo, entre los insatisfechos por las limitaciones del autogobierno figuraba un 17% que se definía como “español” o “más español que catalán”. Este hecho se explicaría porque la autonomía habría dejado de asociarse cada vez más en Cataluña a emociones para hacerlo a razones, entendiendo como tales las infraestructuras, la sanidad o la educación. Asimismo, el barómetro apuntaba que para un l9% de encuestados Cataluña debería ser independiente y para un 32% un Estado dentro de una España federal. Los sondeos, pues, constatan que la desafección catalana hacia España no es una entelequia, aunque sea complejo calibrar su magnitud.

Pero la demoscopia indica igualmente que la sociedad catalana también manifiesta una desafección hacia su propia clase política, cuya valoración se halla en caída libre. Un “Índice de satisfacción política” acuñado por el CEO lo ha puesto de relieve de forma contundente: si en julio de 2008 su valor negativo alcanzaba –1.91, en junio de 2009 cayó hasta su récord: –2.59. Esta realidad se reflejó ya en la abstención del 51% del electorado en el referéndum del Estatuto de 2006 y un porcentaje del 5% de voto en blanco, conducta que se repitió en los comicios autonómicos de aquel mismo año, con un 44% de abstención y un 2% de voto en blanco. Ello indica que para gran parte de los catalanes las elecciones de su parlamento son de segundo nivel en relación a las legislativas o generales. ¿Por qué la desafección de los catalanes se manifiesta tanto hacia el resto de España como hacia su clase política?

Un sistema político en caída libre

La respuesta, a nuestro juicio, radica en que en Cataluña se desarrollan dos procesos simultáneos e inseparables desde hace poco más de un lustro: uno es la percepción extendida de un fracaso del encaje catalán en España y el otro el hundimiento progresivo de su sistema político actual. Ambos son indisociables de la constitución del gobierno tripartito de la Generalitat en el 2003, presidido por Pasqual Maragall y formado por la coalición del Partit dels Socialistes de Catalunya [PSC-PSOE], Iniciativa per Catalunya Verds [IVC] y Esquerra Republicana de Catalunya [ERC], reeditado en el 2006 bajo la presidencia de Montilla. Consideramos que en esta etapa (2003-2009) se cerró de modo definitivo la Transición iniciada en 1975 (significativamente abandonaron la política activa sus dos líderes históricos, Jordi Pujol y el propio Maragall) y con la elaboración del nuevo Estatuto se inició otra, en el marco de la cual tres grandes factores explicarían la desafección de los catalanes hacia su establishment político.

En primer lugar, porque seis años después de haberse producido una alternancia gobierno de la Generalitat cada vez más ciudadanos percibirían la existencia de un fenómeno que en Italia se ha denominado “lotización” –lottizzazione– de la administración. Nos referimos a la existencia de un celoso reparto de parcelas de poder entre coaliciones: Convergencia i Unió [CiU] primero y el ejecutivo tripartito después. Este desgaste general de los partidos, además, estuvo jalonado por dos hitos. Uno fue la crisis de El Carmel: en enero de 2005 un socavón creado por perforaciones de un túnel de metro en este barrio barcelonés obligó a demoler dos bloques de pisos. El desastre provocó acusaciones cruzadas de responsabilidad entre el gobierno y la oposición, incluso el presidente Maragall denunció en el Parlamento que CiU cobró comisiones por las obras públicas, aunque pronto retiró tal acusación. La pésima gestión del desaguisado por parte del ejecutivo tripartito desató una oleada de indignación popular y cuando Maragall comparó lo ocurrido con la tragedia del Prestige en Galicia por su magnitud, no anduvo desencaminado: el hundimiento de El Carmel fue un chapapote que enlodó a los políticos catalanes. El otro hito que marcó el descrédito de los partidos fueron sus rivalidades constantes durante la elaboración del Estatuto, al actuar guiados por el tacticismo y rivalizar en su afán de acaparar protagonismo público, mientras el PP no recogió rédito por su oposición al Estatuto.

En segundo lugar, porque el gobierno tripartito ha supuesto el fin de la Cataluña políticamente bipolar de las décadas precedentes. De este modo, el ejecutivo catalán desde el 2003 no ha contado con contrapeso político alguno: controla la Generalitat; todos los consistorios que son capitales provinciales; tres de las cuatro diputaciones; y aparentemente dispone de un gobierno “amigo” en Madrid. En este panorama no existen contrapesos a la hegemonía del bloque tripartito. Si antaño, ante un Pujol que gozaba de mayoría absoluta el PSC podía reclamar colaboración a un gobierno central del PSOE, ahora ninguna fuerza de la oposición al gobierno de la Generalitat puede recurrir a tal apoyo. Ante tal situación, han sido inoperantes los buenos resultados electorales de CiU (pese a perder votos) y se ha dado la paradoja de que el PSC ha perdido sufragios en los comicios catalanes de 2006 y en los locales de 2007 sin que disminuyan sus parcelas de poder. Así las cosas, la competencia política en Cataluña resulta cada vez menos atractiva para su electorado.

En tercer lugar, porque han advertido nuevos actores políticos que quieren romper el monopolio de los partidos dominantes. Lo representan gráficamente Ciutadans [C’s] en el ámbito autonómico y la islamófoba Plataforma per Catalunya [PxC] y las independentistas Candidatures d’Unitat Popular [CUP] en el local. Estas tres formaciones comparten dos banderas: la protesta contra el establishment político (reclamando una mayor participación de electorado y una democracia más representativa) y la defensa de una identidad amenazada, sea ésta española (como en el caso de C’s), catalana (las CUP) o “autóctona” frente a la inmigración (la PxC).

De manera paralela han ganado peso vías de participación “antipolíticas”, que van más allá de la abstención creciente y a la alza del voto en blanco, al generarse un fenómeno que ha pasado desapercibido para los politólogos pese a su importancia: la expansión de plataformas de protesta vecinales y ecologistas que cuestionan decisiones institucionales -como la construcción de vertederos- y que han sido designadas popularmente como expresiones de una “cultura del no”, versión catalana de la expresión inglesa not in my backyard (“no en mi patio trasero”). En resumen, la desaparición de los mecanismos que han caracterizado a la política catalana durante tres décadas y el desgaste de los partidos tradicionales son las claves de la desafección de los catalanes hacia sus políticos, que se manifiesta tanto en la abstención como en la irrupción de nuevas formaciones y plataformas de protesta. Todo ello hace pensar que el actual sistema político catalán experimenta un proceso de cambio profundo.

Hecha esta sucinta y esquemática exposición sobre la desafección de los catalanes hacia sus políticos quedan por dilucidar las causas de su desafección hacia el resto de España enunciada por Montilla. De nuevo, las respuestas a esta cuestión son indisociables de la constitución del gobierno tripartito de la Generalitat en el 2003, pues a partir de entonces Cataluña marcó las dinámicas políticas españolas por razones diversas.

Razones de un distanciamiento

Si procedemos a enumerarlas jerárquicamente, en primer lugar destacarían las consecuencias que en el gobierno de Maragall tuvieron dos actuaciones más que desafortunadas de su vicepresidente y entonces también líder de ERC, Josep-Lluís Carod-Rovira: por una parte, la conmoción política que causó su entrevista con dirigentes de ETA en Francia cuando era presidente en funciones de la Generalitat; por otra parte, su sugerencia posterior de efectuar un boicot catalán a la candidatura de Madrid como sede olímpica. Ambos hechos generaron un formidable movimiento de rechazo en el conjunto de España. En segundo lugar, debe ubicarse la gestación del nuevo Estatuto, que fue percibido como una amenaza a la integridad territorial de España por amplios sectores políticos y sociales y alumbró una gran oposición al mismo y de la que el PP hizo bandera. En tercer y último lugar debe señalarse la frustrante falta de apoyo al texto estatutario del presidente José Luis Rodríguez-Zapatero, tras haberse comprometido públicamente a ser su valedor en noviembre de 2003: “Apoyaré la reforma del estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento”, afirmó en un acto multitudinario. La confluencia de las dinámicas políticas generadas por estos hechos, como veremos a continuación, sentó las bases de la actual desafección catalana.

Empecemos por el primero. El escándalo protagonizado por Carod-Rovira al entrevistarse con líderes de ETA fue objeto de toda suerte de críticas desde el resto de España, de los que hizo de altavoz un PP dolido por su exclusión de la política catalana (las formaciones del tripartito explicitaron su rechazo a pactar con él bajo ningún concepto). Eduardo Zaplana, por ejemplo, enunció que “el Gobierno de Cataluña son tres, pero uno de ellos suma un cuarto, ETA”. La difunta ministra Julia García-Valdecasas manifestó que “de alguna manera el PSOE ha pactado con asesinos que irá con asesinos en la candidatura al Senado” (aludiendo a una lista unitaria PSC-ERC-ICV), palabras que luego rectificó. Asimismo, a las penosas manifestaciones de Carod-Rovira insinuando el boicot a Madrid como sede olímpica, siguió una campaña popular de boicot a los productos catalanes que hizo mella en el conjunto de la sociedad catalana por su amplio eco.

Al añadirse la oposición beligerante del PP y la de amplios sectores sociales y políticos del resto de España al nuevo Estatuto, la estigmatización inicial del gobierno tripartito por sus pretendidos vínculos con ETA evolucionó hacia el anticatalanismo, en la medida que se presentaba a Cataluña como insolidaria y egoísta. Así lo testimonió una campaña de recogida de firmas de los populares contra el Estatuto, al estar abanderada con una pregunta que soslayaba la gran desigualdad (entre otras existentes) que supone el concierto económico vasco y navarro: “¿Considera conveniente que España siga siendo una única Nación en la que todos sus ciudadanos sean iguales en derechos, obligaciones, así como en el acceso a las prestaciones públicas?” Asimismo, Mariano Rajoy difundió el mensaje de que el gobierno central era rehén de un proyecto del ejecutivo catalán para acabar con España: “Asistimos ya a un plan muy elaborado para el desmantelamiento del Estado según las directrices que imponen algunas minorías nacionalistas y muy particularmente el gobierno tripartito de Cataluña”.

En este contexto, emergió un anticatalanismo belicoso del que los locutores estelares de la cadena propiedad del obispado español –la COPE- fueron sus voceros emblemáticos. Si César Vidal calificó al ejecutivo catalán como “nacionalsocialista”, Federico Jiménez Losantos hizo comentarios como éste: “el Gobierno español sólo habla con terroristas, homosexuales o catalanes. A ver cuando se decide a hablar con gente normal”. Este clima de opinión lo reflejó igualmente el fallecido presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales [CEOE], José Mª Cuevas, al definir una OPA de la empresa Gas Natural –radicada en Barcelona- sobre Endesa como hecha “muy a la catalana; es decir, muy barata y con el Boletín Oficial a favor”.

Finalmente, el nuevo Estatuto catalán se concluyó y aprobó de modo desangelado: Rodríguez Zapatero hizo gala de un pragmatismo maniobrero al pactar sus flecos con el líder convergente Artur Mas y no con el presidente Maragall, en un acuerdo que no evitó recortes del texto en el Congreso. A ello siguió un referéndum deslucido, con una campaña pidiendo el voto en contra para el texto de ERC y el PP, que formuló recursos contra numerosos artículos del mismo ante el Tribunal Constitucional.

Sin embargó, erraríamos el diagnóstico sobre la desafección catalana si viéramos aquí su principio y fin. Ciertamente, ésta nació en el proceso descrito, pero cuajó con el esperpéntico espectáculo que siguió a la aprobación del texto estatutario.

Unos españoles más iguales que otros

Los catalanes, que habían visto cómo su Estatuto era denunciado por el PP y otros sectores políticos como una amenaza a la unidad de la patria, asistieron atónitos a una verdadera carrera por plagiarlo en distintas Comunidades. El entonces presidente balear del PP, Jaume Matas, justificó tal maniobra señalando que el camino político seguido por Cataluña provocó que “los demás [dirigentes autonómicos] nos viéramos obligados, por razones de supervivencia [sic] y de intereses amenazados, a emprender nuestras reformas autonómicas”. En definitiva, tras recibir bofetadas los catalanes por egoístas y insolidarios, había barra libre para que todas las Comunidades pudieran pedir las mismas competencias sin ser estigmatizadas por ello.

El historiador Fernando García de Cortázar describió gráficamente la situación creada: “Abierta la puerta a la demanda catalana de mayor autogobierno, fueron excepción las autonomías españolas que no se empeñaron en exigir un nuevo y flamante estatuto en una carrera de fondo en la que todos competían entre sí y contra el Estado por ampliar transferencias y diseñar modelos de financiación siempre favorables a sus respectivas regiones sin tener en cuenta el interés general”. Eso, sin duda, fue lo que más irritó a la sociedad catalana, que –además- vio cómo el PP consideró inconstitucionales 60 artículos de su Estatuto que eran adoptados –o, mejor, plagiados- en el que elaboró el parlamento de Andalucía sin que los populares los denunciaran. Así, si para el PP era intolerable que Cataluña se definiera como una “nación”, no tuvo inconveniente alguno en que Andalucía lo hiciera como una “realidad nacional”.

La aprobación del nuevo sistema de financiación para las Comunidades siguiendo el desarrollo del Estatuto de Cataluña volvió a crear una situación simular a la descrita, pues las autonomías beneficiadas por el reparto establecido pero críticas con sus criterios –percibidos otra vez como insolidarios- acabaron asumiendo el presupuesto adjudicado con la boca pequeña. Lo más llamativo fue que los debeladores del sistema obviaron también en este caso el desequilibrio que genera la financiación vasca: si un catalán recibirá ahora 2.239 euros (aparente motivo de escándalo), un vasco tendrá asignados 5.255. Sin embargo, tan monumental incongruencia sigue siendo un verdadero tabú político y, que sepamos, hasta el presente sólo la líder de Unión, Progreso y Democracia [UpyD], Rosa Díez, ha abogado públicamente por eliminar el cupo vasco y navarro. ¿Dónde está, pues, la tan cacareada igualdad de derechos entre españoles?

Ateniéndonos a lo expuesto, la desafección catalana no parece muy difícil de comprender y, en cambio, consideramos que no será fácil de subsanar. La dificultad para cambiar esta situación radica precisamente en que –pese a las apariencias- ésta última no se define tanto por la dialéctica catalanismo/anticatalanismo, sino por otra de mayor calado que ha permanecido latente durante treinta años: la incapacidad para definir la naturaleza del Estado de las autonomías.

La segunda Transición

En este aspecto, el proceso de reforma estatutaria que inició el gobierno tripartito de Maragall y cuyo desarrollo ha promovido el de Montilla ha puesto sobre la mesa su carácter federal y asimétrico, lo que ha incomodado a una clase política variopinta que ha mantenido sobre el papel la existencia de una igualdad entre ciudadanos que -digámoslo claro- no existe.

No es real en términos lingüísticos por razones de todos conocidas. Tampoco lo es en términos económicos, pues al margen del cupo vasco y navarro, existen regímenes fiscales excepcionales en Ceuta, Melilla o las islas Canarias. Es igualmente inexistente en términos de prestaciones recibidas por sus ciudadanos, como –por ejemplo- testimonian la existencia del Plan de Empleo Rural en Andalucía y Extremadura. Es más, ni siquiera lo es en términos constitucionales, como explicitó un defensor tan exaltado de la unidad española como Manuel Fraga en el año 2005. Y lo hizo en estos diáfanos términos: “La Constitución reconoce hasta cinco tipo de estatutos: los de comunidades con derechos históricos (País Vasco y Navarra); comunidades con estatuto en los años treinta (las nacionalidades históricas, como Galicia); comunidades de régimen común, aunque Andalucía logró una fórmula especial; comunidades que son ciudades autónomas (Ceuta y Melilla) y, finalmente, hay una machada [sic] en las transitorias constitucionales, que permite un referendo para incorporar a los navarros al País Vasco, cuando aquéllos no quieren ni oír hablar del tema”. Añadamos por nuestra parte que la Constitución prohíbe de modo explícito una eventual federación de Cataluña con las Comunidades de Baleares y Valencia en su artículo 145.

¿Y qué decir del lenguaje oficial ambiguo que impera por doquier para aludir con eufemismos a esta situación? Ahora –según las Comunidades- tenemos “nacionalidades”, “naciones” y “realidades nacionales”, con el mérito de que tales términos aparentemente sinónimos para quien desconozca la realidad española designan realidades distintas. Asimismo, según legislaciones autonómicas, en España hay “lenguas oficiales”, “lenguas propias” y “lenguas históricas”. Uno no puede por menos que admirar la rica creatividad de nuestros políticos, dignos herederos del lema sesentayochista por excelencia: “la imaginación al poder”. De este modo, su retórica ensalza una igualdad que niega la tozuda realidad. En este marco, las dinámicas políticas que han irradiado desde Cataluña han crispado los discursos políticos españoles al poner esta realidad negro sobre blanco, generando el pertinente desconcierto.

No está de más recordar que el catedrático de derecho constitucional Roberto L. Blanco manifestó al respecto que si la Constitución de 1978 no contenía un modelo explícito de desarrollo territorial, los acuerdos autonómicos alcanzados en 1981 y en 1992 habían creando de hecho un Estado federal. Y hacía esta gráfico comentario al respecto: “Pese a tal evidencia, constatable a partir de lecturas que están al alcance casi de cualquiera, seguimos en España debatiendo todavía sobre cuál es la naturaleza de la estructura territorial de nuestro Estado”. Cataluña planteó esta cuestión con el nuevo Estatuto y el propio Maragall ha afirmado que lo hizo con tal intención, pues en marzo de 1999 entregó un documento a Carod-Rovira con esta afirmación: “Nuestra Constitución es de hecho federal. No utilizó este nombre por dos razones: 1) porque en España se asociaba aún en 1978 el término federal al concepto República, siendo así que nuestra Constitución era y es monárquica, y 2) porque espantaba el fantasma del cantonalismo y la secesión”.

El resultado del proceso expuesto es que el nuevo Estatuto catalán y el modelo de financiación que ha comportado ha iniciado nolens volens una segunda Transición en España, aunque esta realidad no ha sido asumida por ninguno de los grandes partidos, cuya actuación en este aspecto es una manera como otra de hacer el avestruz: esconder la cabeza bajo tierra e ignorar el tema, capeándolo como se pueda.

¿Hacia una “secesión ligera”?

Ante este panorama, la desafección que impera en Cataluña tiene una solución compleja, porque el proceso convulso que ha seguido el Estatuto y su alambicado desarrollo han supuesto un agotamiento de tendencias y mitos políticos seculares. Y es que en las dos últimas centurias -siguiendo al politólogo Josep Mª Colomer- se han cerrado con el fracaso de todos los proyectos de rediseño de España promovidos desde Cataluña, incluyendo la independencia: “Si en el siglo XIX, Cataluña había sido un Piamonte o una Prusia frustrada, en el XX fue también una Hungría o una Irlanda frustrada. Ninguno de los proyectos catalanes mencionados, nacional, estatal o imperial, intervencionista o separatista, se pudo consolidar”, afirma. A la vez, destaca que Cataluña está obligada a mantener sus vínculos con España porque “es demasiado pequeña para gobernar España, pero demasiado grande para desentenderse de ello”.

Los problemas que rodean a la desafección no acaban aquí, pues en España existe un problema estructural en cuanto a sus idiomas oficiales, ya que la población castellanohablante mayoritaria “parece no ser suficientemente consciente” del plurilingüismo del Estado, según subrayó un informe sobre lenguas minoritarias elaborado por el Consejo de Ministros del Consejo de Europa de 2008. Resulta sintomático de este hecho que el políglota príncipe Felipe no se haya molestado en dominar todos los idiomas oficiales españoles (catalán, vasco, gallego), indolencia poco justificable en quien no tiene otro trabajo que formarse como futuro Rey. Convendrá el lector que bajo esta realidad no sólo subyace una economía de costes lingüísticos (que la hay), sino una concepción de Estado. Para comprobarlo basta echar una mirada a Bélgica: ¿Sería imaginable allí un soberano que sólo hablara flamenco o francés?

Así las cosas, Cataluña se aleja de España como resultado de la doble desafección expuesta. Por una parte conoce la eclosión de un sistema político propio y cada vez más singular en relación al imperante en España: CiU, ERC e ICV son fuerzas de ámbito catalán; el PSC goza de importante autonomía en relación al PSOE; Ciutadans no se ha unido a UPyD, dando a entender que la “especificidad nacional catalana” que se afana en negar requiere –paradójicamente- una respuesta nacionalista española ceñida a Cataluña. Solo el PP rompe este escenario al constituir una sucursal de su dirección central (que ha cambiado sus líderes según su conveniencia), lo que le ha acarreado una pérdida progresiva de peso político.

¿Hacia dónde se dirige la proa de la Cataluña de la desafección? Desde nuestra perspectiva, su deriva actual puede designarse con el término que acuñó el periodista italiano Paolo Rumiz en el 2001 para aludir a la protesta que encarnó la Liga Norte liderada por Umberto Bossi en Italia, al abanderar éste un nacionalismo padano (en alusión a sus raíces en el valle del Po), pues la calificó como una “secesión ligera” para indicar un alejamiento progresivo de Roma –entendida como símbolo de Italia- por parte de los italianos del norte, los “padanos”. Rumiz ha descrito la “secesión ligera” en estos términos: “Levemente, de manera inadvertida, un hombre nuevo ha crecido en el ethnos italiano, y la secesión está antes que nada en su cabeza: es un alejamiento mental de la política, del Estado, de la res publica, incluso hasta de aquel supremo bien común que se llama territorio”. Desde nuestra óptica, en Cataluña existe un sentimiento “catalanista” ampliamente compartido y que genera una extensa unanimidad social en torno a la desafección o –en términos de Rumiz- al “alejamiento mental de la política, del Estado, de la res publica” que ha caracterizado la “secesión ligera” encarnada por la Liga Norte. En este sentido, nos atreveríamos a apuntar que la mayoría de los catalanes están dejando de sentirse españoles, sin devenir por ello antiespañoles.

A diferencia del País Vasco, en Cataluña no hay violencia política; ni –hasta el momento- abundan grandes manifestaciones callejeras; ni tampoco se tiende a magnas escenificaciones de política gestual. Pero esto no implica que su sociedad sea indiferente al curso político. Llegados a este punto, no está de más recordar que una de las dificultades que tienen los historiadores es explicar de manera satisfactoria cómo entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX se pasó de un patriotismo dual –es decir, del amor a la “patria chica” y a España- en Cataluña, el País Vasco y en menor medida en Galicia a profesar sus respectivos nacionalismos. Pues bien, consideramos que el actual estadio de desafección catalán constituye un gradiente en esta evolución.

A nuestro juicio, la presencia del idioma catalán en Internet permite establecer un símil clarificador con la situación analizada. En la red, los internautas catalanohablantes han conseguido obtener el primer dominio que representa a una comunidad lingüística, ya que estos pueden recurrir al “.cat”. Pero para un sector nacionalista esta victoria es sólo un paso más hacia su objetivo final: lograr el dominio “.ct”, que identificaría a Cataluña como un Estado independiente. Haciendo una comparación con estos dominios de Internet, el sentimiento de pertenencia de buena parte de los catalanes hoy estaría transitando del dominio “.es” al “.cat”, pero sin migrar hacia el “.ct”. Dejarían de esta manera de sentirse vinculado a España en términos emocionales (otra cosa es ejercer de ciudadanos españoles con derechos y deberes), aunque sin devenir por ahora separatistas ni anti-españoles. Estos serían los peculiares parámetros de una “secesión ligera” que el paso del tiempo tiende a agravar en lugar de aminorar. Tal situación podría crear en la España del siglo XXI una situación política nueva: que el principal foco de tensión política del Estado se desplazara progresivamente del País Vasco a Cataluña durante la segunda Transición que ha empezado.


¿POR QUÉ A LOS CATALANES LES LLAMAN POLACOS?

agosto 10, 2019

foto

Reeditamos la entrada más visitadas del blog publicada en  2012.

CATALUÑA HA SIDO EL PIAMONTE DE ESPAÑA PRIMERO, POLONIA DESPUÉS Y HOY ES SU ESCOCIA. Así lo analizamos en un artículo en el diario catalán Ara (30/XI/2012) De los calificativos señalados en el artículo el más llamativo y menos conocido es el de “polacos”. ¿Cuál es su origen? Lo explicamos a continuación.

España: “la Polonia del mediodía”

El origen de su carga peyorativa en relación a los catalanes es incierto y posiblemente remite a su uso político iniciado en la España del siglo XIX, que conoció un largo y cambiante recorrido. Según un brillante y documentado estudio del historiador Juan Fernández-Mayoralas ( “La Polonia del mediodía: un tópico polaco en la historia española”, 2002), la identificación de España con Polonia se difundió durante el Sexenio Democrático (1868-1874), cuando el país temió convertirse en la “Polonia del mediodía” ante la combinación de inestabilidad política, injerencia de potencias extranjeras en los asuntos internos y la amenaza de ruptura de su integridad territorial.

El Sexenio Democrático y el miedo a ser Polonia

Independencia de Cuba, revista la flaca,1873_Ésta última llegó a su cenit tras proclamarse la Primera República en 1873 y sus gobiernos se vieron obligados a combatir en tres frentes: una nueva contienda carlista,  una insurrección cantonal y un levantamiento en Cuba (arriba, caricatura sobre el mismo de La Flaca).

Fernández-Mayoralas describe cómo cuajó el temor a que España deviniera una nueva Polonia trazando un amplio y sugerente fresco internacional. Reproducimos una larga cita de su argumentación por su interés ilustrativo:

[…] Si Francia, “vanguardia de la raza latina”, se sentía insegura ante su futuro tras la amputación de Alsacia-Lorena [tras la victoria prusiana], ¿qué podía esperar España, pobre, atrasada e inestable, agitada por la revolución y asolada por la guerra civil? Tan generalizada estaba entonces la creencia en su irremediable decadencia, tan aceptada la idea fatalista de que las naciones estaban sujetas ciclos inexorables, que mientras los españoles temían ser la “Polonia del Mediodía”, el estado mayor prusiano, eufórico por la victoria, soñaba con que Francia sería pronto una “segunda España”.

Para los observadores del siglo XIX, resultaba evidente que la España de 1872 se parecía mucho a la Polonia de 1772. Cuando ejercía la hegemonía en la marca oriental de Europa, Polonia tuteló la infancia de las potencias que habrían de acabar con ella. Los reyes polacos concedieron un título real a sus vasallos, los marqueses de Brandenburgo; los dominios polacos llegaban al mar Negro cuando el señor de Moscú era un régulo oriental; en 1683 un polaco salvó la capital de los Habsburgo de la suerte de Constantinopla. Sólo una decadencia biológica o una degeneración moral podía explicar que un siglo después pereciese desmembrada, minada por los vicios de la monarquía electiva y víctima del egoísmo de sus notables, siempre dispuestos a solicitar ayuda extranjera para solventar sus diferencias. También aquí se achacaban los males de España a la división interna, a la incapacidad de los partidos para sacrificar los intereses de su facción al bien común; también aquí se temía la intervención extranjera.

La búsqueda de un candidato para el trono español recordaba las intrigas que habían sentado a un sajón sobre el polaco, comienzo de su rápida decadencia. En muchos aspectos, los españoles de 1872 se sentían tan humillados como los polacos de 1772: tras dominar Italia durante siglos, tendrían ahora por rey al vástago de una casa ducal despreciada por la aristocracia hispana; después de haber sido por largo tiempo una potencia de primer orden, veían que ahora otras naciones intervenían con descaro en sus asuntos internos, lanzaban vetos y amenazaban con “poner orden”. Aquellas ex-colonias inglesas que un día se emanciparan con ayuda de Carlos III pretendían ahora arrebatar a España, descubridora y conquistadora de las Americas, los últimos jirones del que un día fuera el mayor de los imperios. Lejanos, olvidados los esplendores de antaño, los españoles del siglo XIX se sentían atrasados e ignorantes respecto a las “naciones cultas”. A finales del siglo XVIII los poderosos pronunciaron una terrible sentencia: Finis Poloniae ¿Había llegado el momento del Finis Hispaniae? En esta crucial encrucijada, en esta hora decisiva de la evolución del nacionalismo español, un espectro recorría la Península: era el fantasma de los repartos de Polonia.

El catalanismo mira hacia Polonia con admiración

PratDespués de que España superara este momento crítico, la referencia a Polonia persistió y marcó a los nacionalismos periféricos emergentes, en la medida que era un modelo a seguir por estos: se trataba de “una nación vital, con una cultura floreciente, capaz de suplir con patriotismo la carencia de un Estado”. 

En el caso del catalanismo, señala Fernández-Mayoralas, Polonia fue asumida como referente explícito por Enric Prat de la Riba (en la imagen) “como demostración de la eternidad y santidad de las patrias”, tal como reflejó ya en 1894 su Compendi de doctrina catalanista:

¿Qué diferencia existe entre el Estado y la patria? El Estado es una entidad política artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. Lo primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas. ¿Qué ejemplo de la historia contemporánea hace palpables estas diferencias? El de Polonia. El Estado polaco murió cuando los ejércitos de Austria, Rusia y Prusia la descuartizaron; pero Polonia continuó y continua siendo la única patria de los polacos.

La posguerra: ¿Cataluña ocupada como Polonia?

En este contexto, ignoramos cuando la identificación positiva entre Cataluña y Polonia devino peyorativa en el ámbito español, pues la investigación mencionada no aborda esta cuestión. No obstante, dado que el uso despreciativo del término “polaco” aplicado a los catalanes se difundió bajo el franquismo no se puede descartar que en medios castrenses se equiparase a la Cataluña ocupada por las fuerzas sublevadas en enero de 1939, cuando era cercano el fin de la Guerra Civil, con la Polonia ocupada y dividida entre rusos y alemanes en septiembre del mismo año.

El antropólogo Roger Costa así lo ha planteado en la revista Sàpiens, aunque es una mera hipótesis. Lo formula en estos términos: “ambos hechos [la ocupación de Cataluña y la de Polonia] se habrían equiparado en ambientes militares durante la posguerra y ello habría dado pie a este uso estigmatizador de la palabra polaco aplicada a los catalanes”.

caída de barcelona

Las autoridades franquistas despliegan una bandera española en la Generalitat.

Sin embargo, debe remarcarse que el uso de esta palabra [polaco] como insulto no se generalizó fuera de los cuarteles hasta la década de los setenta, quizás de forma paralela a la extensión de las manifestaciones populares y sin ambigüedades de afirmación catalanista en escenarios públicos”.

Tenemos pues, una cierta idea de cómo los polacos se convirtieron en “polacos” primero por voluntad propia y luego a su pesar, aunque no cesaron de ser vistos como unos potenciales regeneradores de España.

De Polonia como estigma a Polonia como identidad

La asociación de Cataluña con Polonia dio un nuevo giro en febrero del 2006, cuando comenzó a emitirse en TV3 un programa semanal de sátira política titulado Polònia (en inequívoca referencia a la alusión peyorativa de los catalanes como “polacos”), cuya parodia de líderes y partidos obtuvo un enorme éxito de audiencia.

Grafismo del programa de sátira política “Polonia”.

Hoy este programa es un referente y permite pensar que Polonia vuelve a ser un espejo de Cataluña, pero ahora muy distinto del que imaginó Prat, pues conforma una visión crítica e irónica de la realidad política catalana y la española. Es una reapropiación más del gentilicio que -visto lo hasta aquí expuesto- probablemente no será la única, como apunta el gag de este programa que reproducimos a continuación.

Gag de “Polònia” del 2007 en el que Franco muestra simpatías por la Polonia gobernada por los gemelos derechistas Jaroslaw y Lech Kaczynski.


UN SIGLO DE LAZOS, ULTRAS E INDEPES (1919-2019)*

julio 20, 2019

Propaganda del nacionalismo radical catalán editada en inglés en vistas a lograr eco internacional en vistas al futuro orden europeo de la posguerra (foto de Wikipedia).

 

EN LA SOCIEDAD CATALANA IMPERA LA SENSACIÓN DE VIVIR UN MOMENTO EXCEPCIONAL E IRREPETIBLE CREADO POR LA CRISIS SECESIONISTA. Pero un viaje en el tiempo a la Cataluña de 1919, marcada por el fin de la Gran Guerra con la victoria Aliada en noviembre, ofrece cierta familiaridad con el presente. Veámoslo.

La internacionalización de las aspiraciones catalanistas

En enero de 1918 Woodrow Wilson, presidente de EE.UU., hizo una declaración de 14 puntos en la que consideró esencial para la paz futura el principio de autodeterminación. En medios catalanistas estalló el optimismo, sobre todo en los nacionalistas radicales. Como explican los historiadores Joan Esculies y David Martínez Fiol, entonces 2.000 voluntarios catalanes luchaban en la Legión francesa (pero su cifra se elevó a 12.000 al sumarle a los soldados galos del Rosellón) para internacionalizar la “causa” de Cataluña y obtener un autogobierno en la posguerra. Así, aquel 11 de septiembre circuló propaganda independentista en francés e inglés con un “¡Gloria a Wilson!”.

Entonces la Lliga Regionalista lideró una campaña suprapartidista que acaudilló Francesc Cambó y reclamó autonomía para Cataluña y los ayuntamientos, suscribiendo la demanda el 98% de consistorios. Al presentarse el resultado el 16 de noviembre en el Ayuntamiento barcelonés, la “estelada” ondeó por primera vez en la Plaza de Sant Jaume. Reflejó el separatismo emergente de Francesc Macià, diputado independiente, y grupos juveniles.

Los choques entre catalanistas y ultraespañolistas en La Rambla: La Liga Patriótica Española

Como Alfonso XIII había dado su aval a Cambó para efectuar la campaña autonomista, este pensó que sería exitosa, pero la oposición en el Congreso y en el resto de España fue desalentadora. Hubo boicots comerciales y una manifestación de 120.000 personas en Madrid el 9 de diciembre. Así las cosas, señala el historiador Enric Ucelay-Da Cal, “la agitación patriótica de los catalanes el noviembre de 1918 llevó a tres meses de virtual rebelión nacionalista”. Los catalanistas adoptaron lazos y distintivos con la señera y diariamente, señala el investigador, “cuando las tiendas cerraban, dependientes, estudiantes y algunos obreros se encontraban en la Rambla para gritar consignas independentistas y cantar canciones catalanistas, ‘Els Segadors’ y ‘La Marsellesa’”. Sus demostraciones concluían con choques con policías.

Como respuesta surgió la Liga Patriótica Española [LPE] el 19 de diciembre en la Rambla, al acudir allí un grupo con garrotes contrario a los catalanistas. Al día siguiente catalanistas y ultraespañolistas se enfrentaron en la plaza Cataluña. Y la noche del 22 un teniente de seguridad fue gravemente herido (o muerto) por un francotirador en la calle de la Cera. La temperatura política subió.

La LPE tuvo su sede en el número 7 de La Rambla de Canaletas y sus seguidores fueron fans de la cantante Mary Focela, festejando en el teatro Goya la tonada de su canción “La hija de Malasaña”: “Lucho como una leona, al grito de ¡Viva España!”.

En enero los catalanistas acudieron a estas actuaciones para boicotearlas, armándose un guirigay que continuaba a la salida. A la vez, los choques físicos continuaron en La Rambla y aledaños.

Los ligueros (que reunían sobre todo a militares y policías de paisano) provocaban a los catalanistas y les intentaban quitar los lazos, oyéndose gritos de “¡Viva España!” y “Visca Catalunya lliure!”. Estos incidentes adquirieron suma gravedad al ser asesinados dos catalanistas (Manuel Miralpeix, de 17 años, y Joan Benet, de 15) y remitieron cuando el 28 de enero el gobernador civil prohibió enseñas no oficiales y lazos e hizo cerrar las sedes de la LPE y de los dependientes catalanistas (el CADCI). Pero solo desaparecieron cuando la campaña autonomista quedó eclipsada por el impacto del conflicto laboral de la empresa eléctrica La Canadiense, que en febrero dejó Barcelona a oscuras.

Lecciones del pasado

¿Ofrecen alguna lección los hechos descritos? Sí, que nacionalistas catalanes y ultraespañolistas mantienen patrones de movilización de hace un siglo. Los primeros recurren a campañas cívicas unitarias, auto-disciplinadas y que internacionalizan el “problema catalán” en busca de ayuda externa (Wilson en 1918, la UE en 2017). Los segundos denuncian la “amputación” de España, se movilizan ostentosamente en la vía pública y reiteran objetivos de la LPE, pues abogó por el castellano como único idioma oficial, una instrucción pública exclusiva del Estado y la disolución de la Mancomunidad (el gobierno regional) por ir “contra la unidad nacional”. Es más, como ha señalado Esculies, la LPE quiso imputar a Cambó y otros dos líderes de la Lliga delitos de desórdenes públicos, rebelión y sedición. ¿A qué les suena la historia?

___________

* Este artículo fue publicado originalmente como Xavier Casals, “Un siglo de lazos, ultras e ‘indepes’ (1919-2019)”, El Periódico (14/VII/2019).


¿CUÁL ES AL SITUACIÓN DE VOX DESPUÉS DEL 28-A?

mayo 12, 2019

Propaganda elecoral del 28-A del candidato barcelonés de Vox, Ignacio Garriga.

 

¿QUÉ BALANCE PUEDE HACERSE DE VOX DESPUÉS DEL 28-A? Consideramos que destacan tres aspectos analizados a continuación.

1. Los resultados: avance con claroscuros

Sus buenos resultados (2.677.173 votos, 10.1% del voto total y 24 escaños) han comportado una inyección económica importante, 2.6 millones de euros. Pero la situación actual de Vox es distinta a la que conoció tras los comicios andaluces del 2-D. Entonces sus apoyos (10.9% y 12 escaños) rebasaron las encuestas más optimistas y el partido fue decisivo para expulsar al PSOE de la Junta, lo que incentivó su apoyo el 28-A. En cambio, tras esta cita electoral el partido afrontaría un escenario opuesto. Sus resultados han sido menores a los que auguraban varios sondeos (que hasta apuntaron su posible sorpasso a C’s). Como señala José Antonio Zarzalejos, Vox “iba ser un tsunami y se ha quedado en una ola”. Además, ha sido el partido más ineficiente a la hora de convertir votos en diputados según la ley electoral: no ha traducido en escaños casi 700.000 sufragios recibidos. Por último, la nueva composición del Congreso no parece depararle rol decisivo alguno. Ello puede desincentivar su voto el 26-M en beneficio de sus rivales.

Vox ha obtenido 700.000 votos que no ha convertido en escaños en 34 provincias y han supuesto  11 escaños menos para el bloque de la derecha. Infografía de ABC (30/IV/2019).

 

2. La agenda de la derecha: cambios a la vista

Los cercanos porcentajes de voto del PP (16.7%) y C’s (15.9%) del 28-A abren una pugna sin cuartel por liderar la derecha. Ello posiblemente supondrá un desplazamiento hacia el espacio de centro de la campaña electoral del 26-M. Así parecen indicarlo el lema del PP en las elecciones locales (“centrados en tu futuro”) y el hecho de que Pablo Casado haya calificado por primera vez a Vox como “ultraderecha”. Si este escenario se confirma, los temas de Vox dejarán de marcar la agenda política de la derecha, perdiendo protagonismo el partido y quizá con ello tirón electoral.

3. Una implantación territorial acotada

El voto a Vox refleja una implantación muy desigual, pues sus baluartes forman una mancha que se extiende de forma diversa por el centro y sureste peninsular: Madrid (5 escaños), Castilla-La Mancha (2), Valencia (3), Murcia (2) y Andalucía (6). Pero está ausente del País Vasco y Galicia, y en Cataluña solo tiene un escaño. Esta cartografía muestra límites claros de arraigo territorial de Vox y asocia su voto a una reacción nacionalista española recentralizadora del centro y sur peninsular ante las “nacionalidades históricas”, en sintonía con el afán de Vox de abolir el Estado autonómico. Lo ratificaría el hecho que en las islas Baleares, donde ha obtenido un escaño, el partido abona tesis del secesionismo lingüístico y apoya un “idioma balear”.

 

Mapa de los resultados provinciales de Vox eleborado por El País (30/IV/2019).

Conclusión

Desde esta óptica, las perspectivas de Vox ante el 26-M son menos favorables a las previas al 28-A dados los factores expuestos. Así, la triple convocatoria electoral puede afectar a Vox de modo distinto, con una eventual alza global del voto en los comicios europeos y con apoyos territoriales desiguales en los locales y autonómicos, y que pueden decrecer. No obstante, actualmente todo pronóstico electoral debe tomarse con cautela.

PS: Cuando ya se había publicado este artículo se hizo público que Gran Bretaña participará en las elecciones europeas del 26-M. Ello afecta a a las formaciones con menores porcentajee globales de votos a nivel estatal, entre las que figura Vox, pues de haber sucedido lo contrario España habría tenido cinco escaños más a repartir.

______

* Este artículo fue publicado originalmente como Xavier Casals, “¿Cuál es la situación de Vox tras el 28-A?”, El Periódico (6/V/2019).


VOX RECUPERA LA “ANTI-ESPAÑA” PARA DESIGNAR A LOS ENEMIGOS DE “LA ESPAÑA VIVA”

mayo 4, 2019

 

Imagen del tweet de Vox del 28 de abril comentado en esta entrada.

 

EL PASADO 28 DE ABRIL,  durante la jornada electoral, Vox publicó un tweet con esta imagen adaptada del film de El señor de los anillos y la leyenda “¡Que comience la batalla!”.

En el montaje puede verse la amalgama de enemigos que desea combatir Vox: independentistas, feministas, antifascistas, comunistas, colectivos LGTB, republicanos, “La Sexta”, el grupo Prisa, anarquistas… ¿Qué representa este cúmulo de enemigos? Consideramos que la respuesta estaba en una afirmación previa del dirigente del partido, Santiago Abascal, en su multitudinario acto de cierre de campaña, celebrado el viernes 26 en la plaza de Colón: “El domingo elegimos entre la anti España o la España viva”. La imagen del tweet, en suma, plasmaba de modo gráfico a esta “anti-España”.

La “España viva” ya tiene su reverso: la “anti-España”

Esta cuestión aparentemente menor reviste su importancia en dos sentidos. Por una parte, desarrolla el discurso de Vox, aún en construcción, y muestra parcialmente lo que sería el reverso de su “España viva”: la “España muerta” o “Anti-España”. Y es que -como apuntamos en nuestra entrada anterior– el lema  o idea-fuerza de “la España viva” de Vox requería un reverso o un antagonista:

[…] hay que subrayar que la idea-fuerza con la que se identifica el partido es “la España viva”. Esta metáfora afirma de forma implícita la existencia de “una España muerta” contra la que se debe luchar (es un trasunto de la Anti-España) y, sobre todo, proyecta una España que se afirma y renace de forma simultánea en el combate contra sus enemigos seculares.

El mensaje de Abascal en la plaza Colón unido a este tweet plasma la amalgama de entidades que, por ahora, incluye la “España muerta”. Como el mensaje se limita a un montaje gráfico, cabe pensar que esta conocerá nuevas incorporaciones, hasta incluir de forma sistemática al conjunto de supuestos “enemigos de España”. De este modo, es probable que la declinación de la “anti-España” solo haya empezado.

Viaje en el túnel del tiempo a los años treinta

Por otra parte, Vox recupera así un tópico del mensaje de la ultraderecha española de preguerra: la idea de “anti-España”. Esta última expresión cristalizó con el nacional-catolicismo, que asimila la identidad española con la religión católica, de modo que la España genuina solo puede ser católica. Tal idea se conformó durante el siglo XIX y el primer tercio del XX y quiso designar -entre otros elementos- a ilustrados y liberales, “nacionalistas periféricos” e izquierdistas, que conformaban la negación de la España genuina y actuaban en una suerte de complot larvado, aunque su composición varió.

Imagen de la contraportada del libro El enemigo (1935), del policia y publicista antimasónico Mauricio Carlavilla.

Merece destacarse que la oposición entre España y la Anti-España, según Juan Felipe García Santos (Léxico y política de la Segunda República), devino “especialmente frecuente en las elecciones generales de 1936”, de modo que fue “un claro indicio de la división política del país y como preludio de la guerra ya próxima”.

Conclusión: el pasado se hace más presente en Vox

El tema de la “anti-España” no es nuevo en nuestro blog. Ya lo habíamos abordado hace prácticamente una década, al comentar un cartel del extinto Movimiento Social Republicano [MSR]. ¿La razón? La idea de unos enemigos disolventes de España es constitutiva y esencial de todo ideario de extrema derecha, pero la diferencia entre el caso del MSR entonces analizado y el actual de Vox es que el primero evitó utilizar directamente el término de “anti-España”, de claras connotaciones guerracivilistas. De modo significativo, Vox no ha tenido inconveniente en recuperarlo para su lucha política.

En este aspecto, señalamos en otro artículo que Vox realizaba una síntesis ideológica de elementos del presente y del pasado:

Vox no refleja un retorno del neofranquismo. No ha asumido una filiación ideológica con la dictadura y se ubica en un cruce de temas tradicionales de la derecha radical o la extrema derecha española que combina con otros nuevos. Entre los primeros, como hemos visto, hallamos la oposición en la ley de “memoria histórica” y al independentismo, así como la defensa de la política familiar, la reivindicación de la españolidad de Gibraltar o el secesionismo lingüístico ante el idioma catalán.

 

Vox se identifica con el lema “la España viva”, que ha convertido en su sinónimo.

Ahora Vox ha añadido otro elemento de la cultura política de la extrema derecha española, en este caso muy presente en los años treinta del pasado siglo. Prosigue así su síntesis ideológica que refuerza el pretendido carácter épico de su discurso y prima las emociones: frente a la “verdadera” España -la “España viva” que encarna Vox- se alza la “anti-España”, que debe ser erradicada. Un discurso binario y simple, contundente y fácil de transmitir en las redes. Lo reflejaron als palabras de Abascal en el discurso citado de la plaza de Colón al cerrar su campaña:

“Decidimos lo más importante, o el pacto de la traición o una alternativa patriótica. O la disgregación o la continuidad histórica de nuestra patria. O la miseria socialista o la prosperidad de nuestros hijos y de nuestros nietos. O la dictadura progre o la libertad de los españoles. Y más claramente el 28 de abril elegimos o la anti España o la España viva”.

Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos muy posible que la idea de la “anti-España” tenga recorrido en el mensaje de Vox, en la medida que es un complemento imprescindible de “la España Viva”, ya que este lema requiere un antagonista para afirmarse.


CATALUÑA Y LA “ESPAÑA VIVA” DE VOX: EL RETORNO DEL NACIONALISMO ESPAÑOL INTEGRISTA*

abril 26, 2019

 

Puigdemont - VoxPropaganda de Vox contra Carles Puigdemont y el independentismo.

 

¿QUÉ IMPORTANCIA HA TENIDO CATALUÑA EN EL ASCENSO DE VOX? Ciertamente mucha, pero es difícil precisarla. Para calibrarlo, primero analizamos a continuación cómo la oposición al Estado autonómico forma parte de la identidad de este partido desde sus orígenes. Después examinamos cómo la formación ha actualizado un discurso ultranacionalista español casi extinguido. Y, por último, abordamos el protagonismo de Cataluña en su discurso.

De reconversion.es a Vox: el caballo de batalla autonómico

La crisis de 2008 estimuló la percepción de que las autonomías eran las responsables principales o, cuando menos, muy importantes del déficit público. No obstante, el Estado generaba más déficit que estas, pese a haberles traspasado muchas competencias. Así, en 2011 el déficit del Estado fue del 5.1% del PIB y el de las comunidades autónomas del 3.3%. Este clima de opinión se plasmó en el aumento de partidarios de una involución autonómica. Según un barómetro del CIS de julio del 2012 los niveles de aceptación del Estado autonómico lograban mínimos históricos (eran similares a los de 1985), abarcando poco más del 30% de los encuestados, mientras un 22% de estos defendía un Estado sin autonomías. En marzo de aquel año Rosa Díez, dirigente de Unión, Progreso y Democracia [UPyD], afirmó que era “la hora de refundar el Estado para evitar el despilfarro” y ofreció un pacto en tal sentido para ahorrar 45.000 millones de euros anuales. Para lograrlo se debía erigir “un Estado federal fuerte con competencias exclusivas en educación, sanidad, justicia o medio ambiente”, en el que todas las comunidades tuviesen “las mismas competencias y financiación, sin privilegios ni excepciones”.

reconversionPoco después, en julio, se presentó la plataforma reconversion.es, iniciativa que se halla en el origen de Vox. Este ente preconizó igualmente una gran reforma del Estado que afectaba profundamente a las autonomías. Entre sus promotores figuraban Aleix Vidal-Quadras, destacado dirigente del PP; José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones que sufrió un largo secuestro por parte de ETA y militante del PP; y Santiago Abascal, dirigente del PP y presidente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española [DENAES]. El colectivo dirigió una carta abierta al presidente Mariano Rajoy exponiendo su planteamiento y a la que era posible adherirse en Internet. Entre sus firmantes constaron intelectuales y políticos como Fernando Savater, Amando de Miguel, Fernando Sánchez Dragó, Gustavo Bueno, Francisco Sosa Wagner (eurodiputado de UPyD), César Alonso de los Ríos y Arcadi Espada (destacado promotor de C’s).

La misiva instaba al jefe de gobierno a adoptar medidas para mejorar la eficacia del Estado que comportaban una recentralización y cuya realización debería avalar un plebiscito consultivo. Se consideraba que con un “gran acuerdo” se podría cambiar “la organización, competencias y financiación de los poderes públicos en sus tres niveles territoriales (Estado, Comunidades Autónomas, Corporaciones Locales)”. Era necesario hacerlo por existir “problemas que se agudizarán en el inmediato futuro por la ofensiva ‘soberanista’ que ya se plantea en el País Vasco y en Cataluña y que pondrá a prueba la supervivencia del Estado constitucional”. En tal sentido, Abascal afirmó que para materializar esta “reconversión” era necesario eliminar “el 80% del empleo público, fusionar ayuntamientos y privatizar o cerrar televisiones autonómicas, entre otras cosas”.

La plataforma, de eco escaso, fue la levadura de Vox, puesto que en el nuevo partido confluyeron buena parte de sus impulsores. Constituida en enero de 2014, la formación concurrió a los comicios europeos de junio con Vidal-Quadras como candidato y cerca de un millón de euros. Este fondo procedía de integrantes de un ente de la oposición iraní, el Consejo Nacional de la Resistencia Iraní [CNRI], dada su buena sintonía con la cabeza de lista de Vox. Entonces el discurso del partido fue diferente al actual. Siguiendo los planteamientos de reconversion.es, se centró en reducir el Estado para hacerlo más eficiente desde un prisma económico. El lema de la campaña fue aséptico (“La solución se cambiar”) y en su spot Vidal-Quadras explicó que hacía falta que el Estado dejara de ser un elefante que devoraba de forma insaciable recursos públicos (para mantener una estructura mastodóntica) y deviniera un “brioso corcel”.

 

Alejo-Vidal-Quadras-OKSantiago Abascal, Alex Vidal-Quadras y José Antonio Ortega Lara en un acto de la plataforma reconversion.es (foto de www.eldiario.es).

Vox captó 244.929 votos (1.5%) y ningún escaño. Vidal-Quadras abandonó pronto la presidencia de Vox y en febrero de 2015 lo dejó al preconizar la aproximación a UPyD y C’s, lo que desagradó a la cúpula dirigente. Le sustituyó Abascal y Vox conoció una radicalización visible en los comicios andaluces del mes siguiente, en los que solo obtuvo 18.017 votos (0.4%). Estos resultados parecieron augurarle un futuro magro, como corroboraron sus reducidos apoyos a las elecciones legislativas de diciembre (58.114 sufragios; 0.2%), que menguaron al repetirse los comicios en junio de 2016 (47.182; 0.2%).

El ascenso de Vox: unas elecciones andaluzas marcadas por Cataluña

Sin embargo, esta situación se revirtió de forma espectacular dos años y medio después, cuando en los comicios andaluces de diciembre de 2018 Vox conoció un salto cualitativo y logró 395.185 votos (10.9%) y 12 escaños. Antes de estas elecciones Vox ya había despuntado en diferentes sondeos (el último de ellos fue el del CIS de septiembre del mismo 2018, con un 1.4% del voto estatal) gracias a una conjunción favorable debido a varios factores. Uno fue el proceso independentista de Cataluña, del que Vox devino la acusación popular en el Tribunal Supremo.

Este rol le confirió gran visibilidad y le permitió erigirse en una alternativa antiseparatista “dura” ante un PP a sus ojos fracasado (para Vox era la “derechita cobarde”, “la derecha cautiva y desarmada” o “un juguetillo de la izquierda”), mientras C’s no merecía crédito por sus cambios de criterio (era “la veleta naranja”). En el tema autonómico, pues, se había producido un cambio cualitativo que llevaba el agua al molino de Vox al clamar por poner fin a las autonomías, ya que la catalana amenazaba la propia integridad del Estado.

En este marco, la crisis política catalana tuvo un gran protagonismo en la campaña electoral andaluza. El presidente socialista Pedro Sánchez fue presentado por el PP y Vox como un títere de los independentistas y abogaron por ilegalizar a los partidos de este espectro político y también para aplicar el artículo 155 de la Constitución en Cataluña. A su vez, el candidato de C’s, Juan Marín, buscó la confrontación directa con Quim Torra. En este escenario, PP y C’s no presentaron a Vox como un partido ultraderechista del que había que distanciarse al ver que podía ser un socio necesario para formar gobierno después de las elecciones, como así sucedió.

La estrategia de ambos partidos, PP y C’s, confirió respetabilidad a la formación extremista y la “normalizó” políticamente. La consecuencia de todo ello fue que durante la campaña fue reiterado el recurso a la necesidad de mano dura con la crisis catalana, de forma que el posicionamiento político de C’s y PP se desplazó a la derecha en beneficio de Vox, que marcó en buena medida la agenda política. Lo constató la candidata socialista a la Junta, Susana Díaz, cuando manifestó a posteriori que debería haber hablado más de la crisis independentista: “Cataluña tiene la culpa de mí fracaso”, dijo. Un titular del diario humorístico http://www.elmundotoday.com resumió con acierto este clima: “La derecha consigue frenar el independentismo catalán en Andalucía” (3/XII/2018).

Sin embargo, antes de continuar con el análisis del protagonismo de Cataluña en el discurso de Vox, queremos destacar que el ascenso del partido en Andalucía no obedeció únicamente a la crisis secesionista, pues tuvieron peso otros factores de los que es difícil valorar su importancia. Nos referimos a la controversia generada por la exhumación del cadáver de Franco (C’s y el PP se abstuvieron al Congreso ante esta decisión), que insertó en el debate público la “ley de la memoria histórica” (Vox hace bandera de su oposición a la misma).

Hay que recordar igualmente que el PP experimentaba una recomposición interna, castigado judicialmente por la corrupción, y Pablo Casado acababa de sustituir a Rajoy al frente del partido. También jugó a favor de Vox la rivalidad entre el PP y C’s por el voto derechista, que les condujo a dar protagonismo a la inmigración en la agenda política. Finalmente, el éxito de Vox en Andalucía fue inseparable de una crisis de representatividad preocupante: solo el 47.6% del censo electoral optó por los cuatro grandes partidos (PSOE, PP, C’s y Podemos), la abstención llegó al 41.3% y el voto en blanco y el nulo alcanzaron un 3.7%.

blog_2760_95Propaganda de Vox difundida en 2015 con motivo de la “diada” o fiesta nacional catalana del 11 de septiembre

La “España viva” o la resurrección del españolismo “incondicional”

De esta forma, entre el 2015 y el 2018 Vox articuló un nacionalismo español integrista que parecía casi erradicado de la política. Este, simplificando, tenía el eje (y también la capacidad de movilización) en el temor a la amputación de la patria. Su cuna fueron la Cuba y el Puerto Rico coloniales del siglo XIX. Allá lo acuñó el lobby ultraespañolista en su lucha contra el separatismo cubano y para bloquear toda reforma que alterara el statu quo de los peninsulares. Fue conocido como “incondicionalismo” porque sus dirigentes se definían cómo “ni conservadoras, ni liberales… somos patriotas incondicionales”.

Este nacionalismo extremo rebrotó en España después de 1898, cuando los militares repatriados vieron en el catalanismo el peligro de convertir a Cataluña en una “segunda Cuba” y fue la matriz de una nueva ultraderecha. Así, en la Barcelona de 1919 se constituyó una Liga Patriótica Española [LPE] (que se enfrentó a bastonazos a los catalanistas a las Ramblas) y posteriormente este discurso esencialista se visualizó en varios colectivos, desde el Partido Nacionalista Español [PNE], liderado por José Albiñana, hasta la Falange. La dictadura franquista también lo integró en su nacionalismo español. Recordemos al respecto no solo la persecución del catalanismo, sino también la estigmatización de Guipúzcoa o Vizcaya en 1937 como “provincias traidoras” al no triunfar allí los sublevados en 1936.

Vox, con la crisis secesionista, consiguió situar otra vez en el mainstream político este discurso de reacción ante la amenaza de amputación de la patria. Abascal ha sido diáfano al situar la defensa de España como ultima ratio: “Yo soy español. Ni monárquico ni republicano. […] España, su soberanía y su unidad están por encima de la monarquía, de la república, de la Constitución y de la democracia”.

En este aspecto, a pesar de que Vox ha adaptado el lema de Donald Trump en su divisa “Hacer España grande otra vez”, hay que subrayar que la idea-fuerza con la que se identifica el partido es “la España viva”. Esta metáfora afirma de forma implícita la existencia de “una España muerta” contra la que se debe luchar (es un trasunto de la Anti-España) y, sobre todo, proyecta una España que se afirma y renace de forma simultánea en el combate contra sus enemigos seculares. Entre estos destaca el islam, a pesar de que el discurso oficial del partido únicamente rechaza el fundamentalismo musulmán. No en vano, Vox planteó la campaña electoral andaluza como el inicio de una nueva Reconquista del país. Igualmente, Rafael Bardají, vocal de su Consejo Nacional, ha manifestado que “la lucha de VOX por recuperar el sentimiento nacional será recordada como la Covadonga 2.0”. De hecho, un libro titulado La España viva que recoge entrevistas con líderes del partido (y del que procede la cita anterior de Bardají) advierte al lector que ha sido impreso el 6 de octubre de 2018, “víspera […] de la Batalla de Lepanto”. Incluso, Abascal ha sido presentado por sus seguidores como un nuevo Cid campeador. Su ascendencia familiar de Amurrio avalaría su carácter de luchador genuino por “España”: su abuelo Manuel fue un alcalde franquista y el padre, Santiago, un miembro histórico de Alianza Popular que recibió numerosas amenazas de ETA (como su hijo homónimo) y sufrió un atentado a su tienda.

Hacer españaPropaganda de Vox adaptando el lema de Donald Trump.

La formación, en suma, ha logrado articular un discurso palingenésico de España (que incluye el mito de la Hispanidad), según el cual esta conseguirá renacer en el decurso de la lucha contra sus enemigos. El más visible de estos es el nacionalismo catalán, pero -como hemos señalado- el islam se proyecta como un gran peligro en sus metáforas, a la vez que acerca el partido al universo cristiano (Abascal ha aludido a la cruz como “elemento esencial de nuestra civilización”). Para Vox este combate solo puede acabar con la victoria de la genuina España, que supondrá la resurrección de la “España viva”.

La Cataluña de Vox es, simplemente, España

En este panorama, la propaganda específica dirigida a Cataluña que Vox habría emitido hasta hoy (aunque puede haber otra que desconozcamos) se habría limitado a una selección de catalanes eminentes que proclamaron su españolidad o la de Cataluña. El partido la difundió en 2015 con motivo de la “diada” o fiesta nacional catalana del 11 de septiembre con el lema “El mejor 11 de Cataluña. Homenaje a unos catalanes ilustres”. Conformaban la nómina Valentí Almirall, Agustina d’Aragó, Jaume Balmes, Víctor Balaguer, Joan Maragall, Joan Prim, Joaquim Rubió i Ors, Narcís Monturiol, Salvador Dalí, Narcís Verdaguer y Josep Pla.

De forma significativa, en el acto multitudinario de presentación del partido en Barcelona efectuado el 3 de junio de 2018 (con la asistencia de 2.0000 personas según Vox) solo se enarbolaban banderas españolas y durante las dos horas que duró ningún orador intervino en catalán y solo se gritó dos veces “¡Viva Cataluña!”. Cómo se puede constatar, Vox no ve necesario modular un discurso específico para Cataluña porque su singularidad por razones históricas o culturales es irrelevante.

De hecho, los líderes de la formación en Cataluña reflejan el nacionalismo español “incondicional” citado, aunque de formas diferentes. De este modo, Ignasi Garriga (miembro del Consejo Nacional de Vox) es un mulato hijo de una familia procedente de la antigua Guinea española, la España colonial. El abogado Jorge Buixadé (también presente al Consejo Nacional) ganó notoriedad en 2009, como abogado del Estado que denunció el plebiscito por la independencia convocado en Arenys de Munt. Previamente había integrado la candidatura de FE de las JONS por Tarragona en los comicios autonómicos de 1995 y en los legislativos de 1996 se sumó a la de Falange Española Auténtica [FEA] por Barcelona. Por último, la presidenta de Vox en Barcelona, Mª Dolores Martín, es una zaragozana que cuando llegó a Cataluña hace dos décadas le sorprendió la imposibilidad de escolarizar a sus hijos en castellano y afirma que cuando se disponía a mudarse de Cataluña se sintió reconfortada por el mensaje de Vox y decidió unirse al partido.

España viva

La “España viva” es la divisa de Vox.

Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos que el “programa catalán” de Vox, de forma breve y clara, se puede sintetizar en el lema “¡Puigdemont a prisión!”, sin hacer con ello ironía alguna. Lo gritó Rocío Monasterio (vicesecretaria de Acción Social) en el gran acto de Vox en Vistalegre en octubre de 2018. Desde esta óptica no sorprende que se haya apuntado como eventual candidato al ayuntamiento de Barcelona del partido a su secretario general, José Ortega Smith (cronicaglobal.elespanol.com, 7/XII/2018), rostro público de la acusación popular en el proceso independentista. Este letrado hispano-argentino ganó cierta notoriedad al integrar un comando de Vox que dejó expuesta en Gibraltar una bandera española de 180 metros. En cuanto a su mensaje en Cataluña, Ortega encarna el populismo punitivo ya apuntado. No obstante, su candidatura no está clara, pues desde la formación se afirma que esta saldrá de unas primarias [finalmente el candidato elegido no fue Ortega, sino Ignacio Garriga, pero este no salió de unas primarias].

En síntesis, si bien Vox encarna una derecha populista moderna y homologable a las de Europa occidental, revive a la vez un integrismo españolista centenario (ahora en formato 2.0 por su carácter viral). Lo plasma la idea de la “España viva”, que aspira a reintegrar Cataluña a un solar patrio recentralizado, unitario y uniformizado.

_________

* Artículo publicado originalmente en catalán: Xavier Casals, “Catalunya i ‘la España viva’ de Vox”, Política & Prosa, 5 (marzo 2019), pp. 44-47. Existe una versión on-line en catalán.