VUELVE LA ESPAÑA DEL DESASTRE: LAS SEMEJANZAS ENTRE LA CRISIS DE 1898 Y EL CRASH DEL 2008

marzo 18, 2018

Caricatura del caciquismo de la España de la Restauración.

¿SE PARECEN LA ESPAÑA DE LA CRISIS DE 1898 Y LA SURGIDA DE LA CRISIS DEL 2008? La crisis de Ultramar, como la actual, engendró movimientos populistas de masas que estudió el difunto hispanista Carlos Serrano (1943-2001) en un libro recomendable al respecto: El turno del pueblo: crisis nacional, movimientos populares y populismo en España, 1890-1910 (2000).

Por nuestra parte, consideramos que existen parecidos entre ambas crisis y lo argumentamos en un artículo publicado en el diario catalán Ara (28/VIII/2012), “El retorn de l’Espanya del desastre”, que reproducimos a continuación traducido al castellano.*

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El retorno de la España del Desastre

“Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal [de España] : discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia […] observa este singular estado de España: dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso “. Así describió Francisco Silvela, líder conservador, el clima creado por la pérdida de las colonias de ultramar en un famoso artículo que publicó el agosto del 1898 y que tituló “Sin pulso” . Hoy su diagnóstico cobra insólita actualidad, puesto que la España surgida del crash del 2008 recuerda cada vez más a la del Desastre.

Y es que la radiografía del país a inicios del siglo XXI presenta cada vez más concomitancias con el del alba del siglo XX, pues con la derrota de Ultramar entró en crisis el sistema político de la época -conocido como la Restauración- de manera similar a la que experimenta la democracia juancarlista.

Semejanzas llamativas

La derrota colonial fue el catalizador de los malestares incubados bajo el régimen monárquico liberal instaurado el 1874 con Alfonso XII y fundado en una alternancia al poder de dos grandes partidos -el liberal y el conservador- con elecciones amañadas. Muerto el rey el 1885, cuando su hijo Alfonso XIII devino mayor de edad el 1902 había cristalizado el movimiento regeneracionista, crítico con la falta de representatividad del sistema. Entonces se denunciaron los pucherazos y se extendió la percepción que los dos grandes partidos no diferían entre sí y representaban a oligarquías, y se creó un alejamiento entre elpaís legal y el real. El líder liberal Segismundo Moret lo explicitó al decir que “las líneas que separan hoy a las agrupaciones políticas son tan vagas y están tan esfumadas, que es muy difícil distinguirlas “.

En este contexto, irrumpieron nuevas fuerzas (catalanismo, republicanismo, obrerismo) y se pidió la reforma del Senado al haber acontecido inútil. El historiador Francisco Acosta ha descrito su pérdida de atribuciones a la época con unos términos que hoy podemos subscribir: “Una cámara secundaria, donde prima más el sentido honorífico del cargo que su operatividad política. Funcionalmente se reduce a una réplica […] del Congreso “.

Hace un siglo ya sde debatía la necesidad de reformar el Senado por su carácter inútil, como sucede hoy.

Todo ello nos resulta familiar porque la política española actual parece que entra en el túnel del tiempo: ahora se percibe también una separación creciente entre el país legal y el real por la crisis de representatividad del sistema. El PP y el PSOE acortan diferencias ideológicas y parece que actúan como aparatos autónomos de la sociedad que generan oligarquías. Cada vez está más extendida la demanda de reforma del Senado y emergen nuevos partidos que quieren regenerar la política.

España-Cataluña: ¿Una historia circular?

Igualmente, si el catalanismo surgió a raíz del 1898 afirmándose ante un nacionalismo español fracasado, desde el estallido de la crisis el 2008 lo ha vuelto a hacer con una deriva soberanista, con el afán de abandonar o distanciarse de una España percibida como decadente. De nuevo se pide el concierto económico, ya presente a las Bases de Manresa (1892), y la llama de alzamiento cívico que reflejó la coalición Solidaridad Catalana el 1906 ha revivido como nombre de partido, con la coletilla significativa de “por la independencia”.

Propaganda de Solidaritat Catalana.

Este clima de opinión tampoco es una novedad, puesto que el dramaturgo Àngel Guimerà lo describió el 1899 así: “Pensamos que España es un barco podrido y abierto por todas partes y que no tenemos nosotros la culpa […] de que se hunda […]. Y ya que las naciones extranjeras se preparan para tirarse encima, siguiendo el barco como tiburones, […] preparémonos también nosotros que vamos dentro de él para salvarnos cuando se estrelle contra los bajos de la costa”.

Un problema secular de sastrería. El carácter circular que han adquirido la política catalana y española los últimos años lo muestran también los discursos. De este modo, el 1899 Miquel de los Sants Oliver describió el regionalismo cómo “La protesta inconsciente y espontánea del cuerpo contra el vestido. Este cuerpo tiene brazos, pero el vestido no lo consiente; todo va apretado y confundido en el corsé”. En 1995 José M. Aznar utilizó la misma metáfora en sentido contrario: “España no ha sido sentida por los españoles como un corsé sino como un vestido, a veces ajado y no siempre a la moda, pero siempre suelto y llevadero”.

Vuelven, pues, los mismos problemas que hace un siglo y el que atañe a la sastrería territorial cada vez es más penetrante. La razón es sencilla: se quiere hacer un vestido a gusto de todo el mundo con sistemas métricos diferentes.

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* Esta entrada fue publicada inicialmente el 30 agosto de 2012 y la hemos completado a petición de algun@s lector@s que consideran que aún mantiene su vigencia.


EL “CASO SCALA”: ANARQUISMO, INFILTRACIÓN POLICIAL Y UNA TRANSICIÓN MENOS MODÉLICA*

enero 18, 2018

La sala de fiestas Scala en llamas (imagen de www.regeneracionlibertaria.org).

HACE 40 AÑOS, EL 15 DE ENERO DE 1978, UN GRUPO DE JÓVENES ARROJÓ CÓCTELES MOLOTOV EN LA ENTRADA DE LA SALA DE FIESTAS SCALA, provocando un incendio que destruyó el edificio y mató a cuatro trabajadores. El caso conmovió a la sociedad catalana y la filiación ácrata de los autores del atentado marcó el declive de un vigoroso movimiento anarquista. Este último denunció el atentado como una maniobra policial. ¿Lo fue verdaderamente? La respuesta, como veremos a continuación, es compleja.

En 1976 se reconstituyó la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y en su entorno confluyeron sindicalistas pragmáticos, figuras del exilio, jóvenes que exaltaban valores como la espontaneidad o la autogestión, grupos autónomos dispuestos a la acción directa y también ‘faístas’ (partidarios de reconstruir la Federación Anarquista Ibérica (FAI)). El universo ácrata repuntó entonces con gran poder de convocatoria: en 1977 un mitin de la CNT reunió a 100.000 personas en Montjuïc y unas Jornadas Libertarias Internacionales celebradas ese año en el parque Güell habrían atraído a 600.000.

Un comando de la FAI

En este marco, la mañana del 15 de enero de 1978 la CNT celebró una manifestación contra los Pactos de la Moncloa y las elecciones sindicales. Poco después se produjo el mencionado atentado contra la sala Scala. La madrugada del 16 la policía detuvo a sus presuntos autores y el 17 emitió un comunicado que los presentó como un comando de la FAI integrado en la CNT y asoció el sindicato al episodio al afirmar que la FAI era su “brazo armado”. En 1980 se celebró el juicio por los hechos y tres de los acusados fueron condenados a 17 años de cárcel y otro, menor de edad, a un año y medio.

Más allá de supuestos ‘hechos oscuros’ del caso que denunció el movimiento libertario (como la detención de los presuntos culpables en menos de 12 horas), fue muy controvertido el papel que habría desempeñado un confidente policial: Joaquín Gambín. Según uno de los condenados, Xavier Cañadas, este infiltrado se ganó su confianza al presentarse como un anarquista bregado y les emplazó a lanzar las botellas incendiarias: “¿Qué mierda de revolución vamos a hacer con unos niñatos cagados como vosotros?”, les increpó. Luego desapareció sin ser detenido. No podemos contrastar este testimonio, pero cabe pensar que si Gambín incitó realmente a arrojar los cócteles su meta era erosionar al mundo ácrata o facilitar la represión del sector ‘faísta’, sin prever las trágicas consecuencias.

Gambín fue un infiltrado policial en el episodio (imagen de Ficedl – Affiches).

Avala tal hipótesis el hecho de que en abril contribuyó a desarticular un grupo armado, el Ejército Revolucionario de Ayuda a los Trabajadores (ERAT). Detenido en 1981 por un atraco, Gambín fue juzgado en 1983 y entonces manifestó su condición de confidente, así como su delación de los autores del atentado del Scala. Condenado a 7 años, en 1986 obtuvo la libertad provisional. Ante lo expuesto, no sorprende que ámbitos anarquistas denunciaran el ‘caso Scala’ como una manipulación del ministerio de Gobernación, dirigido por Rodolfo Martín Villa.

Culto a la violencia

Desde nuestra óptica el episodio fue más complejo, al ser consecuencia de varias dinámicas del movimiento libertario que permitieron la acción de Gambín, notablemente el culto a la violencia que se había extendido en el mismo, su porosidad ante infiltrados o la existencia de los citados grupos autónomos. Por otra parte, el caso dividió a la CNT entre partidarios de implicarse en el juicio o mantenerse al margen, a la par que divergieron también las posiciones a seguir en la defensa: una sostenía que debía basarse en la inocencia o culpabilidad de los procesados y otra que se debía hacer del juicio un proceso al Estado.

De forma paralela, la CNT perdió peso en el mundo laboral al no concurrir a las elecciones sindicales y en 1979 surgieron tensiones de raíz diversa, especialmente entre defensores y detractores de acudir a los comicios sindicales. El resultado fue la escisión de los primeros, que originó la futura Confederación General del Trabajo (CGT). En este marco la militancia de la CNT cayó y los ateneos libertarios conocieron un declive.

Una Transición menos modélica

El ‘caso Scala’, en suma, no provocó la crisis del mundo libertario porque hubiera estallado igualmente por sus tiranteces internas, pero la aceleró al intensificarlas y criminalizar a la CNT. Hoy el atentado, con la inquietante figura de Gambín por medio y su triste balance, testimonia que la Transición no fue tan modélica como se afirma y menos aún pacífica: las víctimas del Scala fueron parte de las 504 muertes que la violencia política causó entre 1975 y 1982, un legado que conviene no olvidar.

NOTA

L@s lector@s interesad@s en el tema pueden consultar nuestra obra La Transición española. El voto ignorado de las armas, que dedica un capítulo íntegro a este tema.

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* Este artículo nuestro fue publicado originalmente como “‘Caso Scala’: las claves”, El Periódico (16/I/2018)


ESPAÑA: LA TRANSICIÓN MÁS SANGRIENTA DE EUROPA

enero 11, 2018

Información de la llamada “masacre de Atocha” cometida en enero de 1977.

GENERALMENTE, SE CONSIDERA QUE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA FUE PACÍFICA y que ello contribuyó a conferirle un carácter modélico y ejemplar. Sin embargo, en nuestro último estudio La Transición española. El voto ignorado de las armas (2016), hemos analizado su impacto político y hemos constatado que este fue muy importante, hasta el extremo de conformar la Transición más violenta de Europa.

El tema no es menor porque este año se cumplen cuatro décadas de episodios como el caso Scala (la destrucción de esta sala de fiestas en Barcelona por un atentado ácrata), el fallido intento de asesinato del líder independentista canario Antonio Cubillo en Argel (en lo que se consideró un crimen de Estado) o el asesinato del matrimonio Viola en Barcelona por parte de un grupo separatista catalán (bautizado por la policía como EPOCA, Ejército Popular Catalán). Todos estos hechos y muchos otros, como el 23-F, son analizados y diseccionados en esta obra.

Portada de nuestro último estudio.

Nuestra tesis: ¿Una Transición pacífica?

[A continuación reproducimos literalmente un fragmento de la introducción]

Ante esta alabada y difundida “Transición pacífica” se alzan aportaciones recientes que demuestran que el terrorismo fue omnipresente en la época. De esta manera, un estudio minucioso del sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca y la citada politóloga Paloma Aguilar constató que entre el 1 de enero de 1975 y el 31 de diciembre de 1982 la violencia política causó 504 víctimas mortales: su gran mayoría (96.2%) falleció por la acción de grupos terroristas, siendo ETA autora de 361 asesinatos (un 71.6%), mientras un 3.8% lo hizo en incidentes diversos (manifestaciones, disturbios o enfrentamientos).[i] Este balance ofrece una perspectiva menos halagadora de la Transición, ya que “resultó mucho más sangrienta que la griega o la portuguesa, ambas iniciadas en 1974” (la primera se saldó con 29 víctimas y la segunda con menos) y “ha sido la más sangrienta en Europa”, exceptuando la de Rumanía.[ii] Asimismo, un detallado estudio del periodista Mariano Sánchez Soler contabilizó entre el 20 de noviembre de 1975 y el 30 de diciembre de 1983 un total de 2.663 víctimas (sumando muertes y heridos hospitalizados), de las que fallecieron 591.[iii] Ya en el 2012, la historiadora francesa Sophie Baby en un minucioso análisis de la violencia política durante la Transición computó entre 1975 y 1982 un mínimo de 3.200 acciones violentas y más de 700 víctimas mortales, 530 de las cuales fueron causadas por terroristas.[iv] Tal balance de víctimas dibuja una Transición menos modélica y, sobre todo, mucho menos “pacífica” en relación a la percepción imperante.

Es importante destacar que este nivel de violencia no fue excepcional, pues otros países de Europa occidental y América latina lo conocieron en los llamados “años del plomo” (los años sesenta y setenta del pasado siglo).[v] De hecho, como advierte el historiador Juan Avilés, la Transición “se produjo en el momento de mayor auge del terrorismo en la historia reciente de Europa. El período más sangriento fue el comprendido entre 1971 y 1976 en Irlanda del Norte y entre 1978 y 1982 en Italia. A partir de entonces comenzó el declive y a finales de los años ochenta sólo subsistían en Europa dos organizaciones terroristas de alguna entidad, las dos de carácter nacionalista, el IRA y ETA”.[vi] En este aspecto, Sophie Baby considera que el nivel de violencia política en España la sitúa a “la altura de la Italia de los años de plomo”.[vii]

Quienes lideraron el tránsito a la democracia en España han remarcado la importancia de esta violencia con posterioridad, pero evitando que confiriera una aura tenebrosa al fresco ejemplarizante de la Transición. Así, Martín Villa en 1984 manifestó que, junto a la crisis económica, el fenómeno terrorista “fue la principal dificultad con que tropezó la transición democrática”.[viii] Adolfo Suárez lo expuso así en 1988: “Teníamos serias dificultades interiores [durante la Transición]: desórdenes y pretensiones involucionistas y, sobre todo, sufríamos un fuerte acoso terrorista, que actuaba como excitación constante de los más implacables enemigos del cambio político”.[ix] En 1997 Felipe González fue más contundente y advirtió que “la democracia que vivimos […] ha estado condicionada por el terrorismo, el antiterrorismo y la involución en lo que a Seguridad del Estado se refiere”.[x]

En realidad, desde los años ochenta se denunció este importante impacto de la violencia desde ópticas ideológicas contrapuestas. La extrema derecha se hizo eco del mismo asociando democratización a desorden público, mientras la izquierda denunció la criminalidad de la extrema derecha y de ámbitos de los cuerpos de seguridad cómo una demostración de pervivencia de reductos franquistas.[xi] En todo caso, de lo expuesto hasta aquí emerge una certeza poco conocida: la Transición estuvo mucho más marcada por la violencia de lo que dan a entender sus visiones más difundidas. Baby lo ha subrayado en estos términos: “no cabe ninguna duda de que la fuerte presencia de la violencia política ha determinado el ritmo y el alcance del proceso de democratización español, mucho más allá del mito tan difundido de la ‘Inmaculada Transición'”.[xii] Por nuestra parte consideramos que constituyó su banda sonora más inquietante.

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* Puede descargarse gratuitamente el sumario y la introducción completa de la obra en PDF clicando aquí.

* Pueden verse los comentarios y reseñas publicados sobre la obra clicando aquí.

Notas

[i] Véase I Sánchez-Cuenca y P. Aguilar, “Violencia política y movilización social en la Transición española”, en S. Baby, O. Compagnon y E. González Calleja (eds)., “Violencia y transiciones políticas a finales del siglo XX”, Collection Casa de Velázquez (110), Madrid, 2009, p. 99. Véase la versión en inglés del trabajo en I Sánchez-Cuenca y P. Aguilar, “Terrorist Violence and Popular Mobilization: The Case of the Spanish Transition to Democracy”, Politics & Society, Vol. 37, nº 3 (septiembre 20099, pp. 435.

[ii] I Sánchez-Cuenca, “La violencia terrorista en la transición española a la democracia”, Historia del presente, 14 (2009/II), 2ª época, pp. 9-10.

[iii] M. Sánchez Soler, La transición sangrienta, p. 353.

[iv] S. Baby, Le mythe de la transition pacifique, p. 427.

[v] Véase su uso en I. San Sebastián, Los años del plomo: memoria en carne viva de las víctimas.

[vi] J. Avilés, El terrorismo en España: de ETA a Al Qaeda, p. 27.

[vii] S. Baby, Le mythe de la transition pacifique, p. 427.

[viii] R. Martín Villa, Al servicio del Estado, p. 158.

[ix] A. Suárez, “Consideraciones sobre la Transición española”, Cuenta y Razón, 41 (1988), p. 16.

[x] F. González, “Prólogo” a J. Barrionuevo, 2.001 días en Interior, p. II.

[xi] Véase al respecto la amplia panorámica de la violencia de EQUIPO ‘D’, 1973/1983 La década del terror (con el explícito subtítulo de “datos para una causa general”), publicada en 1984, y, por otra parte, la Crónica negra de la transición española 1976–1985 del ensayista libertario Eduardo Pons Prades (1920-2007), que vio la luz en 1987 y su versión actualizada del 2005 en Los años oscuros de la transición española.

[xii]  S. Baby, “Estado y violencia en la Transición española”, en S. Baby, O. Compagnon y E. González Calleja, Violencia y transiciones politicas a finales del siglo XX, p. 198.


¿EL SECESIONISMO CATALÁN HA DESPERTADO A LA ULTRADERECHA?*

enero 4, 2018

Militantes de ultraderecha queman una bandera independentista en la manifestación del 12-O en Montjuïc (foto de Manolo García en el diari Ara).

LAS SUCESIVAS MANIFESTACIONES DE LA ULTRADERECHA EN CATALUÑA ACAPARAN LA ATENCIÓN MEDIÁTICA y parecen augurar su crecimiento. De hecho, Pablo Iglesias acusó el independentismo de “contribuir a despertar el fantasma del fascismo”. ¿Es así? Desde nuestra óptica, afirmaciones como esta pueden proyectar una imagen errónea o deformada de la ultraderecha en España. Lo argumentamos a continuación a partir de tres reflexiones.

1. La visibilidad mediática no implica éxito a las urnas

Como ya remarcamos en “Independentismo y ultraderecha, un binomio inseparable”, el protagonismo mediático de la extrema derecha por sus actos en la vía pública no implica un aumento de sus expectativas electorales. Por una parte, porque el marco político actual es muy competitivo y votar una opción marginal no resulta muy tentador. Por otra parte, porque si este sector ideológico aparece vinculado a desórdenes o violencia, una parte de su electorado potencial puede girarle la espalda. Recordemos al respecto que durante la Transición -como explicamos de forma detallada en La tentación neofascista en España (1998)- el partido Fuerza Nueva movilizó miles de seguidores, pero quedó asociado a episodios de criminalidad y perdió votantes.

En este sentido, la federación Respeto -que reúne a España 2000, Plataforma por Cataluña [PxC] y el Partido por la Libertad [PxL]- ha actuado con pragmatismo no concurriendo a los comicios del 21-D para no restar sufragios “al bloque contrario a la independencia”.

2. Las movilizaciones de Barcelona empañan la importancia de Madrid

Ciertamente, el epicentro del seísmo político que conmueve España está en Barcelona y aquí es donde la extrema derecha ha cobrado dinamismo. Pero a la hora de valorar el apoyo a las urnas de este ámbito ideológico hay que recordar que tanto PxC como España 2000 en Valencia experimentaron un notable descenso de apoyos en los comicios locales del 2015.

En cambio, Madrid parece ganar peso en el seno de este espacio político: España 2000 revalidó su edil en Alcalá de Henares el 2015 con más votos que el 2011 (pasó del 5.1% al 5.8%) y aumentó la presencia en la zona con regidores a San Fernando de Henares, Velilla de San Antonio y Los Santos de la Humosa, mientras que el PxL obtuvo uno en Valdeavero. Además, Hogar Social Madrid refleja como la ultraderecha ha articulado un tejido social minoritario pero consistente en la capital española, lo que contrasta con el cierre del Casal Tramuntana en Barcelona. Por consiguiente, la capitalidad política de la extrema derecha ahora podría desplazarse a Madrid.

3. La vía electoral posiblemente seguirá siendo local

Finalmente, hay que recordar que la vía de progreso electoral de este espectro ideológico se centra en el ámbito local. Ello se ha podido constatar desde los comicios locales del 2003 y no parece que la dinámica vaya a cambiar a corto plazo, si bien tal posibilidad no puede descartarse atendida la fluida situación política catalana y española.

En este contexto se debe tener en cuenta especialmente el electorado de periferias metropolitanas, porque puede ser receptivo a un discurso derechista centrado en la inseguridad ciudadana y la inmigración, como muestran Alcalá de Henares, con el edil obtenido por España 2000, y Badalona, con el éxito obtenido por el líder del Partido Popular, Xavier García Albiol, mediante un discurso centrado en la seguridad ciudadana y la inmigración (tema ya analizado en este blog).

Conclusión: un impacto aún difícil de valorar

La actual agitación de la extrema derecha, pues, puede crear una imagen distorsionada de este ámbito político en cuanto a su crecimiento, capitalidad y esfera de incidencia electoral. Asimismo, se deberá tener en cuenta también si su discurso antisecesionista variará, exaltando -por ejemplo- un “catalanismo hispánico” de carácter neoforal o asociando el independentismo a otros enemigos de España, como el yihadismo. En síntesis, los hechos de octubre del 2017 seguramente influirán en la ultraderecha, pero todavía es temprano para saber cómo lo harán y en qué medida.

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Artículo publicado originalmente en Xavier Casals, “¿El secessionisme ha despertat la ultradreta?”,  Ara (29/XII/2017).


ARNAU GONZÀLEZ I VILALTA: “LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA ESTUVO ENCIMA DE LA MESA DE LOS MINISTERIOS DE EXTERIORES DE EUROPA”

noviembre 26, 2017

 

EL HISTORIADOR ARNAU GONZÁLEZ I VILALTA  (Barcelona, 1980) es profesor del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona desde 2007. Es autor de una quincena libros sobre el periodo republicano español, la Cataluña de entreguerras, el nacionalismo catalán y la diplomacia europea. Entre otros destacan en el ámbito diplomático Cataluña bajo vigilancia. El Consulado italiano y el Fascio de Barcelona (1930-1943), PUV, 2009; Quan Catalunya preocupava a Europa. Diplomàcia i premsa internacional durant la Guerra Civil, Base, 2014. En estos momentos está preparando una amplia síntesis de las miradas diplomáticas y periodísticas de la Cataluña republicana después de un largo trabajo de archivo alrededor del continente americano y de la mayoría de países europeos.

Ahora ha comisariado la exposición “Une Catalogne Indépendante? Geopolítica y Guerra Civil (1936-1939)”, que explica cómo durante la contienda española las cancillerías europeas y americanas y la prensa internacional valoraron seriamente una eventual proclamación de la independencia de Cataluña. Asimismo, ha coordinado un libro colectivo homónimo –Une Catalogne Indépendante?– en el que han participado destacados académicos (como Enric Ucelay-Da Cal, Xosé Manoel Nuñez Seixas o Josep Sánchez Cervelló). La muestra puede visitarse en Barcelona, en el Memorial Democràtic, hasta el 2 de marzo de 2018.

 

Dado que esta cuestión no había sido abordada hasta ahora con amplitud (si bien existen diversos trabajos al respecto) y la consideramos de interés para nuestr@s lector@ hemos entrevistado a Arnau González. Le agradecemos su amabilidad al responder a nuestras preguntas. Asimismo, las diversas imágenes reproducidas a continuación pueden contemplarse en la exposición.

¿Se planteó seriamente la independencia de Cataluña durante la Guerra Civil?

Ciertamente estuvo encima de la mesa de los ministerios de exteriores de la Europa del 1936-1939, fue objeto de constante análisis en la prensa occidental -democrática y dictatorial-, así como sobrevoló la política catalana y española de ambos bandos de manera evidente. De hecho gran parte de los desacuerdos entre la Generalitat de Cataluña y los gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín así como con Manuel Azaña, provienen de esa opción. Una posibilidad que estaba ahí, que parecía moverse entre el rumor, la propaganda interesada y la realidad factible. La documentación diplomática y la prensa de todo el mundo lo acredita de manera apabullante.

¿Una Cataluña independiente habría tenido algún apoyo de las grandes potencias? 

Creo que esa no es la pregunta. El principal interrogante y de eso se trataba era: ¿Qué puede sacar de una Cataluña soberana cada potencia? Porque la mirada europea -y americana en menor medida- pondría el ojo en Cataluña por su especial e interesante situación geoestratégica. En una Europa próxima a una nueva conflagración continental, el lugar ocupado por el territorio catalán, al sur de los Pirineos y con una costa muy interesante y próxima a Menorca, podía ser de especial interés para Francia.

De hecho, la ayuda francesa, en forma de protectorado o de ocupación directa por parte de l’Armée, sería lo que se plantearía más seriamente, tanto en 1936 como en diferentes momentos de 1938-1939. Se valoraba ocupar Cataluña segregándola de España para romper el cerco al que Hitler, Mussolini e hipotéticamente Franco acabarían sometiendo al Hexágono. Eso, junto al interés de la Marine Nationale para evitar la conexión marítima mediterránea de Italia con España (este-oeste) para cortar las línias norte-sur (Europa-África Francesa del Norte), decidiría París a planteralo seriamente.

Los británicos no se mojaban, esperaban acontecimientos. Los alemanes estaban en contra, aunque se mostrasen dispuestos a no cerrar su consulado en Barcelona, mientras que la URSS no se mostró nunca favorable a esa opción.

 

Cartel francés de 1936 alertando sobre unos Pirineos convertidos en vía de entrada del enemigo alemán: “¿Francés, quieres que esto sea posible mañana”? Queda patente así la importancia estratégica de Catalunya.

¿Los líderes del bando republicano contemplaron esta posibilidad?

Absolutamente. Tantos los jefes de gobierno como el presidente de la República mantuvieron un constante desencuentro con Lluís Companys y la Generalitat con sus principales líderes Josep Tarradellas o Carles Pi i Sunyer, a tenor de las informaciones sobre sondeos de los delegados de la Generalitat en las principales capitales de Europa.

De hecho, por ejemplo, y en pro de no dar ningúna presencia en la esfera internacional, a finales de 1936 tanto Francisco Franco como Largo Caballero se negaron a firmar un tratado de evacuación de no combatientes de ambas zonas porque el documento llevaba la firma de Companys y el Lehendakari José Anotnio Aguirre. Unos y otros afearon a la Cruz Roja Internacional, promotora del pacto, que hubiera equiparado a una “província” más con el Estado español.

¿Y los del bando franquista?

Sólo deben recogerse los temores de sus aliados italianos y alemanes para entender que la incursión francesa en Cataluña, de haberse producido, hubiera desatado un conflicto de consecuencias impredecibles. De hecho, los ministros de exteriores de Hitler y Mussolini llegarían a explicitar por escrito en un acuerdo más amplio la oposición a “la creación y consolidación de un estado catalán”. Lo firmarían en octubre de 1936 Konstantin von Neurath y Galeazzo Ciano. No obstante, en alguna ocasión el Duce llegaría a pedir a Franco que abandonase Cataluña y se centrara en ganar la guerra en el resto de la Península. Del mismo modo, el Vaticano y el propio Papa se mostrarían alarmados por la posibilidad de la eventual constitución de una Cataluña soviética.

Por su parte, la propaganda rebelde habló de ello en manifiestas ocasiones, especialmente vinculando esta opción a una ayuda soviética que derivaría en la creación de una República Comunista Catalana. Cosa que provocó el pavor, entre real y propagandístico, entre todos los círculos católicos y conservadores europeos y americanos.Por otro lado, a Franco le plantearon en diversas ocasiones esta cuestión ciertos periodistas, mientras que algunos de sus acólitos como Gonzalo Queipo de Llano lanzaban mensajes amenazadores ante en relación a una secesión catalana. Cabe entender la actitud castellanizadora que manifestó el franquismo teniendo en cuenta esta realidad.

 

Propaganda franquista alertando del peligro de separación de Cataluña y el País Vasco durante la contienda.

¿Puede trazarse alguna analogía entre el pasado y la actualidad?

Las analogías las carga el diablo. Los contextos entre 1936-1939 y el presente son tan alejados que sólo podemos especular y plantearnos, diría yo, si hay líneas de continuidad. Especialmente en las actitudes de los movimientos nacionalistas españoles. En ese sentido, más allá de advertir una analogía en la unión de quienes defienden España por encima de ideologías opuestas, lo demás ha cambiado todo.

Así, en los años treinta en Cataluña no había separatistas, ahora los hay; entonces todo el mundo era catalanohablante, ahora sólo lo es la mitad de la población; igualmente, se pretendía que la independencia fuera un gesto de una élite política -como siempre se habían hecho las independencias- y ahora se pretende hacerlo a través del refrendo de los ciudadanos; los pequeños estados no tenían garantizada su supervivencia y en estos momentos no se plantea la solución de conflictos identitarios por la fuerza de las armas, a pesar de lo sucedido en Kosovo o Crimea. 

En último lugar, en los años treinta la comunidad internacional era extremadamente agresiva y no contaba con acuerdos continentales, de modo que la guerra europea podía estallar en cualquier momento. Hoy en día eso es imposible.

La exposición tiene piezas muy curiosas. ¿Hay alguna que quiera destacar?

Sin lugar a dudas. Al margen de crear un producto expositivo que no concede argumentos a nadie en la actualidad, hemos conseguido un muy buen repertorio de piecas. Entre las más curiosas, por poco difundidas, destaca el primer cartel que se puede visualizar al entrar en la exposición y en el que la propaganda franquista explica como Francia quería aprovecharse de la guerra para, con los “traidores” catalanistas y vasquistas, apropiarse de Cataluña y Euskal Herria [es la imagen anterior que ilustra la entrevista].

Y, en segundo lugar, el documento del 21 de noviembre del 1938 redactado por Nicolau Mª Rubió i Tudurí, que no se llegó a enviar y que propone al Gobierno de Francia ayudar a Cataluña a quedar fuera de la guerra de España a cambio de que la Generalitat provoque un golpe de Estado contra el presidente Negrín que facilite la derrota de la República y el fin de la guerra [reproducido a continuación].

 


INDEPENDENTISMO Y ULTRADERECHA, UN BINOMIO INSEPARABLE*

octubre 29, 2017

Propaganda de la Plataforma Adelante Cataluña (2007).

HECHOS COMO LAS AGRESIONES ULTRADERECHISTAS DE VALENCIA EL 9 DE OCTUBRE o la concentración extremista de Zaragoza el 24 de septiembre contra el encuentro de cargos electos convocado por Podemos proyectan la idea de que el ultranacionalismo español repunta con el secesionismo catalán y puede irrumpir políticamente. ¿Es así? Lo respondemos a continuación a partir de tres reflexiones.

La movilización actual contra la secesión no es una novedad

Al valorar la situación actual se debe tener presente que las manifestaciones agresivas contra la independencia son inherentes al ultrapatriotismo español desde sus orígenes. Este surgió a fines del siglo XIX para oponerse al secesionismo cubano y con la derrota de 1898 arraigó el temor a que el regionalismo convirtiera en Cataluña en una “segunda Cuba”. Ya en 1918 la llamada Liga Patriótica Española [LPE] denunció que había catalanistas deseosos de lograr una independencia “impuesta mediante el mandato de Europa”, aprovechando la conferencia de paz de la Gran Guerra.

Esta idea persistió y en septiembre de 1934 (la vigilia de los “hechos de octubre”) José Antonio Primo de Rivera creía que la Generalitat proclamaría la independencia con apoyo internacional y el Estado se tendría que enfrentar a “la anti–España de las potencias europeas”. El miedo al troceamiento de España reapareció durante la Transición, cuando la ultraderecha vio el catalanismo como el primer paso cabe el separatismo. Hoy, pues, contemplamos la enésima movilización contra la ruptura de España.

Presencia en la calle no quiere decir votos a las urnas

En el marco actual parece difícil que la extrema derecha obtenga réditos en las urnas porque –cómo veremos- no tiene una fuerza vertebrada que aglutine al grueso de su espectro ideológico ni líderes conocidos. Además, hace falta no olvidar que hacer bandera de temas que inquietan a la sociedad (en este caso la unidad de España) no implica un apoyo mecánico a las urnas.

Puede ilustrarlo la ultraderechista Plataforma Adelante Cataluña, que concurrió a los comicios autonómicos de 2006 con el lema “¡Defendemos Cataluña, Defendemos España!” y preconizó derogar el nuevo estatuto y defendió el bilingüismo. Incluso su lema del 12-O del 2007 fue el que se ha impuesto este año: “Orgulloso de ser español”. Pese a ello, sólo captó 2.529 votos por su marginalidad.

El ultraespañolismo puede iniciar un proceso de acumulación de fuerzas

En gran medida el futuro cercano de la extrema derecha depende de cómo Mariano Rajoy afronte el conflicto de Cataluña: si no evita que este se cronifique o decepciona a los sectores ultrapatriotas puede crearse un espacio político a su derecha. Pero ello no implica necesariamente que irrumpa en el Congreso una opción extremista, porque hoy sólo hay dos fuerzas que difícilmente pueden competir con éxito con el PP: Vox y la federación Respeto (que reúne la PxC, España 2000 y el Partido por la Libertad).

¿Qué podemos concluir de lo expuesto? Que el ultranacionalismo español, espoleado por el secesionismo, hoy –más que devenir capaz de vertebrar una alternativa al PP- conforma un potente grupo de presión. Llegados aquí se divisan dos eventuales escenarios: uno es que el mapa político no conozca cambios porque Rajoy es capaz de aglutinar a este electorado belicoso (sin que esto implique que el PP sea de ultraderecha); el otro es que este ultrapatriotismo inicie un proceso de acumulación de fuerzas ideológicamente transversal, como ha hecho el independentismo desde 2012. Si sucede esto último, posiblemente más temprano que tarde se visualizará a la política española por vías ahora difíciles de prever, como pueden ser –entre otras posibles plasmaciones- la eclosión de partidos, asociaciones o una involución autonómica.

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* Este artículo fue publicado originalmente en catalán como Xavier Casals, “Independentisme vs. ultradreta: un binomi inseparable”, Ara (15/X/2017).


¿RESURGE EN ESPAÑA LA ULTRADERECHA?*

octubre 15, 2017

Manifestantes de ultraderecha (foto de EFE en www.eldiario.es).

LAS AGRESIONES ULTRADERECHISTAS QUE TUVIERON LUGAR CONTRA MANIFESTANTES DE IZQUIERDA E INDEPENDENTISTAS EL 9 DE OCTUBRE EN VALENCIA han puesto sobre la mesa una pregunta recurrente: ¿Asistimos finalmente al ascenso de la extrema derecha en España? La cuestión es pertinente en la medida que el episodio citado fue precedido por otros dos llamativos. Uno fue que entre los asistentes a la concentración multitudinaria de Barcelona del 8 de octubre figuraban colectivos extremistas y se profirieron insultos a los Mossos y gritos de “Puigdemont a prisión” (que desautorizó Sociedad Civil Catalana, entidad convocante). Otro sucedió en Zaragoza el 24 de septiembre. Entonces hasta 600 ultraderechistas se agruparon en un pabellón donde se celebraba una asamblea de cargos electos de toda España convocada por Podemos y la presidenta de las Cortes de Aragón fue agredida por los concentrados con una botella de agua.

Aparentemente, pues, la extrema derecha parece rebrotar. Pero tal percepción no se ajusta necesariamente a la realidad, lo que argumentamos mediante las respuestas a tres cuestiones planteadas a continuación.

1. ¿El independentismo hace crecer las filas de la ultraderecha?

Debemos tener en cuenta que una cosa es que el separatismo catalán movilice y galvanice a este sector ideológico y otra muy distinta es que sus partidos logren presencia institucional significativa. En este aspecto es importante destacar que el separatismo ha sido un enemigo esencial de la extrema derecha española desde sus orígenes en el siglo XX. Y -por ejemplo- José Antonio Primo de Rivera en 1934 ya manifestó literalmente que un a “República independiente de Catalunya” no era “nada inverosímil”. Por tanto, no debe sorprender la vistosa combatividad ante el separatismo del ultranacionalismo español.

Ahora bien, que esta última se convierta en votos es harina de otro costal por dos razones. Una es que desconocemos la magnitud de sus seguidores: si bien los incidentes que estos protagonizan generan una cobertura mediática amplia, sus autores pueden reducirse a unos centenares. En este sentido, se da la paradoja de que la ultraderecha es una minoría institucionalmente irrelevante, pero de visibilidad desmedida. La segunda razón es que aunque sus seguidores aumenten no tiene porqué producirse de forma mecánica un salto cualitativo de sus siglas en votos.

2. ¿La crisis actual puede crear un espacio a la derecha del PP?

Es imposible ofrecer una respuesta clara a este interrogante porque ignoramos el desenlace del proceso político abierto en Catalunya. De este modo, ignoramos si el PP podrá presentarse como un gestor exitoso de la crisis ante los sectores ultranacionalistas más beligerantes (aquellos eventualmente identificados con la consigna “¡A por ellos!”). En este sentido, los ultrapatriotas pueden desempeñar un papel destacado en el conflicto al constituir un lobby de presión si el Gobierno, para satisfacer a este electorado más belicoso, opta por una política de dureza en relación al contencioso.

El tema no es baladí porque si el PNV no aprueba los presupuestos el año próximo se deberán convocar comicios y Mariano Rajoy podría presentarse entonces como el adalid de la unidad de España, lo que le podría beneficiar en las urnas. Pero si el problema de Catalunya se cronifica o el ejecutivo estatal es percibido como incapaz de atajarlo puede crearse un espacio de protesta a su derecha que podría ocupar una opción ultranacionalista española. Sin embargo, esta última posibilidad tampoco debe comportar per se la eclosión institucional de la extrema derecha.

3. ¿Quién puede ocupar hoy un espacio a la derecha del PP?

Para que se produzca un despuntar ultraderechista estatal no basta que exista un espacio político. Este es una condición imprescindible para su desarrollo, aunque insuficiente porque es necesario que también exista un partido capaz de ocuparlo, algo que por ahora no se vislumbra.

Por una parte, la Plataforma per Catalunya [PxC] y España 2000 en la Comunidad Valenciana experimentaron un severo varapalo en los comicios locales de 2015 que puso fin a su crecimiento en la esfera municipal. De este modo, España 2000 pasó de 8.066 sufragios (0.3%) y 4 ediles a 5.845 sufragios (0.2%) y 1 edil. El caso de PxC fue más dramático: pasó de 65.905 votos (2.3%) y 65 ediles (dos de ellos en L’Hospitalet, segunda urbe catalana en población) a 27.348 votos (0.8%) y 8 ediles. Así las cosas, la derecha populista española es un yermo en el que destacan la federación Respeto (que aglutina a PxC, España 2000 y el Partido por la Libertad [PxL]) y Vox, que en las elecciones europeas de 2014 cosechó 246.833 votos (1.5 %). Ninguno de ambos rótulos cuenta con presencia institucional relevante, liderazgos conocidos por amplios sectores sociales y capacidad inmediata de erigirse como una oferta competitiva.

En tal sentido, las elecciones europeas de 2014 aportan una enseñanza importante en relación a la extrema derecha y es que esta tuvo una presencia insignificante en los países más afectados por la crisis económica: Portugal, España, Irlanda, Chipre y Grecia. Se objetará que en este último caso se alumbró dos formaciones extremistas (Amanecer Dorado y Griegos Independientes), pero ambas suman el 12.8% de los votos, cifra muy alejada -por ejemplo- del 24.9% del lepenismo o del 26.7% del UKIP “brexiter”. La causa de esta diferencia en el voto es simple: la crisis económica y la de los refugiados beneficiaron a partidos de extrema derecha competitivos y presentes en las instituciones políticas, pero no los crearon donde estaban ausentes.

Conclusión: cualquier pronóstico es arriesgado

Pese a lo expuesto, se impone prudencia al hacer un balance. ¿El motivo? si algo enseña el contencioso de Catalunya es que la política estatal ha devenido una montaña rusa que genera nuevos escenarios con rapidez inusitada y el tablero político experimenta cambios inesperados . En esta situación convulsa es importante recordar que el analista Carles Castro apuntó en enero que una opción de “españolidad radical” tendría una bolsa potencial de un millón de votantes, que podría aumentar si confluía con un mensaje crítico sobre la inmigración ( La Vanguardia, 7/I/2017 ) . Por consiguiente, aunque es improbable una eclosión institucional de la ultraderecha, toda cautela es poca al trazar previsiones a corto y medio plazo.

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* Artículo publicado originalmente en Xavier Casals, “¿Resurge en España la ultraderecha?”, www.eldiario.es (14/X/2017).