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febrero 18, 2017

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HOFER Y LA NORMALIZACIÓN DE LA ULTRADERECHA. ¿POR QUÉ CRECE EL FPÖ?*

noviembre 30, 2016

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Cartel de la campaña electoral de los comicios de abril del candidao del FPÖ con el lema “En defensa de Austria. Tu patria te necesita ahora”.

Ante la repetición de los comicios presidenciales en Austria el próximo domingo, recuperamos el artículo que publicamos en relación a los mismos cuando se celebraron el pasado 24 de abril, ya que las tesis que sostenemos no han perdido vigencia.

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LOS COMICIOS PRESIDENCIALES DE AUSTRIA HAN CONMOCIONADO A EUROPA porque el candidato del ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ), Norbert Hofer, venció en la primera vuelta con el 35% de los votos y fue derrotado in extremis en la segunda (con un 49,7%) por su rival, el ecologista Alexander van der Bellen. ¿Cómo explicar este hecho?

El tema de los refugiados ha influido, pero no basta para justificarlo, ni tampoco la crisis económica: el país tiene un 5,8% de paro. De hecho, las formaciones de este espectro están ausentes en cuatro países rescatados (Irlanda, Portugal, España y Chipre) y su presencia es acotada en Grecia (7% de votos a Amanecer Dorado y 4,8% a Griego Independientes, ANEL). Se impone, pues, un análisis más complejo. Veámoslo.

De marginales a centrales

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la extrema derecha o derecha populista ya no es marginal. Lo reflejaron los comicios europeos del 2014: el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) captó el 26,7% de los votos, el Partido Popular Danés (DF), el 26,6%; el Frente Nacional (FN) lepenista el 24,8% y el FPÖ el 19,7%. Además, desde el 2015 gobierna Polonia el reaccionario partido Ley y Justicia (PiS), que lidera Jaroslaw Kaczynski (ese año obtuvo el 37,7% de votos). Asimismo, en Hungría lo hace desde el 2010 Víktor Orbán (Viktátor para sus detractores), cuya Unión Cívica Húngara (Fidesz) experimenta una radicalización derechista y captó el 45% de votos el 2014.

Esta cartografía indica una aceptación social creciente de formaciones de derecha populista, muchas de cuyas siglas gozan de arraigo. Así, en 1973 ya ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso en Dinamarca (origen del actual DF) con el 16% de votos y el de Noruega (FrP), con el 5%. Ambos agitaron la protesta fiscal y contra el ‘establishment’ y al exigir que las prestaciones sociales fueran para autóctonos configuraron un “chauvinismo del bienestar”. Una década después, en los comicios europeos de 1984 el FN logró un 11% de sufragios y se integró en la escena gala. A la vez, el FPÖ (formación con una ala liberal y otra nacionalista) conoció un giro populista en 1986 con Jorg Haider y captó el 10% de votos ese año. Así, tras décadas de existencia, estos partidos gozan ya de electorado fidelizado.

Los móviles: protesta e identidad

En segundo lugar, la extrema derecha cuenta con dos pilares de movilización: la afirmación de la “identidad nacional” y elrechazo a las élites tradicionales, que también ilustra el ascenso del FPÖ. De este modo, el politólogo Gaël Brustier remarca que su ultranacionalismo se enmarca en un país de lenta toma de conciencia nacional, pues aunque la actual república se constituyó en 1918, su acta de nacimiento fue un tratado de 1955 que puso fin a su ocupación aliada tras la segunda guerra mundial. Así, el FPÖ une a su islamofobia, antieuropeísmo y rechazo a los refugiados, un nacionalismo exaltado que incluye la reivindicación del Tirol del Sur italiano. A la vez, denuncia a los partidos tradicionales, cuestionando el Proporzsystem (un reparto de cargos institucionales en función de los votos), cuyos beneficios han monopolizado largo tiempo socialdemócratas (SPÖ) y conservadores (ÖVP). Ambas fuerzas, que gobiernan coaligadas, conocen una erosión y la primera vuelta de los comicios presidenciales solo sumaron el 22,4% de votos.

Sin embargo, el discurso de la derecha populista es distinto al de la izquierda. ¿En qué sentido? Porque no solo se limita a denunciar a las élites ante el “pueblo llano” por secuestrar presuntamente sus derechos políticos y sociales, sino que –como señala el politólogo Pierre-André Taguieff– también las denuncia por favorecer la inmigración y el multiculturalismo, constituyendo un imaginario “partido del extranjero” traidor a la nación. Este antielitismo asociado a la xenofobia proyecta un nuevo enemigo: el extranjero-invasor.

¿Fascismo o reacción antiglobalización?

En tercer lugar, el éxito de la derecha populista radica en constituir un exitoso movimiento contra la globalización que no se define como tal, muy diferente de los fascismos. Estos últimos emergieron en los años de entreguerras, en un marco de industrialización y de clases sociales nítidas, manifestaron una vocación totalitaria y su eje aglutinador fue el anticomunismo.

En cambio, la nueva derecha populista irrumpe en la era postindustrial, de clases sociales desdibujadas y con el comunismo extinto. Rechaza oficialmente el racismo y asume un singular “elogio de la diferencia”: afirma querer preservar la diversidad cultural evitando mestizajes para que las comunidades foráneas regresen a sus países de origen. Asimismo, a diferencia del fascismo, no desea un individuo pasivo, sino que le exhorta a movilizarse en las urnas y exalta el referéndum para manifestar la voluntad popular. Tal apuesta puede legitimar la exclusión, como testimonió, un plebiscito que promovió la Unión Democrática de Centro [UDC/SVP] suiza el 2000 en Emmen: sus habitantes decidieron si naturalizaban a 52 residentes extranjeros, rechazando a 48.

En definitiva, este espectro ideológico quiere erigirse en defensora del “hombre de la calle” ante las amenazas de la mundialización: económicas (flujos migratorios, deslocalizaciones industriales, competencia comercial), políticas (cesiones de soberanía a entes supranacionales, notablemente la Unión Europea) y culturales (presencia del Islam, multiculturalismo). El resultado, como indica el politólogo Cass Mudde, es que son las fuerzas de oposición a la globalización de más éxito electoral.

Un voto transversal

En cuarto lugar, entre su electorado tiende a estar sobrerrepresentado el masculino, urbano, joven y de bajo nivel de estudios. Parte de sus votantes no se considera ni de derecha ni de izquierda, de ahí que la politóloga Nonna Mayer les designe como “ninistas”.

Paralelamente, la asunción de la islamofobia por la derecha populista ha atraído un apoyo femenino y de ámbitos homosexuales al temer que el Islam genere un retroceso en libertad sexual e igualdad de género. Pero el rasgo más llamativo de estos partidos es su gran voto obrero, que –por ejemplo– representó el 31% del cosechado por Marine Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del 2012.

En general, los apoyos de estas fuerzas, siguiendo al también politólogo Pascal Perrineau, proceden del impacto de cinco grandes fracturas. La económica, que opone a beneficiarios y perdedores de la mundialización. La nacionalista, que opone a quienes desean ampliar la obertura internacional de la sociedad con sus detractores. La cultural, que confronta a partidarios de valores antiautoritarios y defensores de los tradicionales. La geográfica, que configura zonas desindustrializadas y marginadas de las insertas en una economía dinámica y global. Y la política, ya citada, que opone a defensores de culturas de gobierno y a los desencantados con la política tradicional que apuestan por culturas antisistema.

Una realidad poliédrica

En suma, actualmente amplios sectores sociales apoyan a la derecha populista debido a dinámicas locales y globales, lo que favorece su normalización y respetabilidad. Esta realidad es igualmente visible en EEUU con Donald Trump: un gestor multimillonario de perfil antagónico al de un político profesional, antielitista y que ha alineado al Partido Republicano con un extremismo inquietante.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (29/V/2016) con el título “¡Heil Europa!” Es interesante el artículo de complemento “Los 12 rostros de la Europa ultra”, en el mismo diario.


TRUMP Y LOS POPULISTAS EUROPEOS: ¿VOLVEMOS A LOS AÑOS TREINTA?*

noviembre 16, 2016

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Marine Le Pen y Donald Trump: ¿Encarnan un regreso a la era de los fascismos?

EL TRIUNFO DE DONALD TRUMP EN LOS EE.UU. y el ascenso de la derecha populista en Europa y más allá del continente (el partido Una Nación ha logrado este año en Australia el 4.3% de los votos del Senado) indican un aparente regreso a los fascismos de entreguerras. ¿La razón?

Presentan liderazgos fuertes con un discurso político que pretende situarse al margen de la dicotomía derecha-izquierda y combina xenofobia y exaltación nacionalista con ataques al Establishment y a las élites. ¿Pero asistimos realmente a un regreso en treinta? Más allá de estos parecidos hay diferencias importantes que proyectan un fenómeno de rasgos nuevos.

Del anticomunismo a la antiglobalización

redEn primer lugar, los contextos son muy diferentes. El fascismo surgió en una sociedad que se industrializaba, con una inmigración masiva del campo a la ciudad y una polarización política y social extrema marcada por la eclosión del comunismo. En cambio, la nueva ultraderecha irrumpe en una sociedad que se desindustrialitza y las clases sociales, apunta el politólogo Piero Ignazi, no están “muy definidas en sus contornos, ni tampoco son centrales como en el pasado”. Y si antes la amenaza era la revolución marxista, ahora lo es el efecto devastador de la globalización, que destruye ocupación y genera una bolsa creciente de perdedores.

En este escenario, y a diferencia de los totalitarismos de los años treinta, la derecha populista no otorga un papel central al Estado. De hecho, es ambivalente sobre su rol: quiere que intervenga de forma limitada en la economía, pero que sea activo para garantizar prestaciones sociales por los autóctonos o proteger fronteras. En última instancia, percibe al Estado como el gran baluarte ante corrientes migratorias y culturas foráneas, las deslocalizaciones industriales y la competencia extranjera o las entidades y acuerdos internacionales que depreden la soberanía.

De la diferencia racial a la cultural

antismeitismEn segundo lugar, si los fascismos asumieron cosmovisiones racistas, la derecha populista las rechaza de forma oficial. En contrapartida, enfatiza las diferencias culturales y, simplificando, quiere evitar mestizajes para que en un futuro no lejano las comunidades foráneas vuelvan a sus países de origen. Y en el caso de los musulmanes manifiesta una oposición frontal: proclama que no se pueden integrar al tener una religión retrógrada y de conquista.

Este rechazo del multiculturalismo y de los flujos migratorios vertebra el discurso ultraderechista porque su diana no son tanto “los de arriba” (las élites), como “los de en frente” (los extranjeros). Ahora, advierte el sociólogo Pierre-André Taguieff, “las élites son rechazadas en la medida que son percibidas como ‘el partido del extranjero’”. Por tanto, defender la identidad nacional pasa para denunciar una pretendida “invasión” migratoria y, con ella, a las élites que lo favorecen.

De destruir la democracia a exigir hiperdemocracia

reichstagEn tercer lugar, los fascismos acabaron con los regímenes democráticos y querían una sociedad muda y pasiva, disciplinada y encuadrada en organizaciones de masas. En cambio, la ultraderecha actual hace un llamamiento constante a la movilización ciudadana para que vaya a las urnas.

Cómo señalan los politólogos Yves Mèny y Yves Surel, para la derecha populista “si el pueblo es la fuente de poder, nada puede contener su capacidad de decidir y de cuestionar”. Y ve la mejor forma de expresarla en los plebiscitos, dado que en ellos la ciudadanía no vota mediatizada por los partidos y sus intereses.

La nueva ultraderecha, pues, no rechaza en bloque el legado de la Ilustración, sino que  hace una lectura selectiva del mismo al dar protagonismo decisivo a la “voz del pueblo”. Pero no por ello deja de cuestionar los valores ilustrados que fundamentan las democracias actuales, como la igualdad, la tolerancia o el pluralismo.

Qué futuro político podemos esperar?

Los cambios descritos hacen que sea difícil prever los regímenes que pueden instaurar estas fuerzas populistas, pero se divisa un tipo de “neobonapartismo plebiscitario”. Con esta expresión queremos a aludir a regímenes de cariz presidencialista y nacionalista, dirigidos por líderes que limiten las libertades, rehúyan controles parlamentarios y aprueben decisiones polémicas mediante referéndums.

En cierta medida, un ejemplo de esta tendencia se puede apreciar en Hungría. Allí Viktor Orbán cada vez concentra más poder, ha hecho construir una valla de 175 km con Serbia para parar a los refugiados y en octubre convocó un plebiscito para oponerse a la política migratoria de la UE. En suma, como alerta el ensayista Anne Applebaum, en el futuro quizás “dejen de existir la democracia liberal y con ella Occidente, tal como los conocemos”.

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* Este artículo fue publicado originalmente en catalán. Véase “Trump i els altres: retorn als anys 30?”, Ara (12/XI/2016)


EL GIRO DERECHISTA DEL PARTIDO CONSERVADOR Y LA REVUELTA “DEL HOMBRE BLANCO”*

octubre 14, 2016

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Un congresista del Partido Conservador lee un panfleto sobre el Brexit (foto de Oli Scarff/AFP publicada en El Mundo)

LA SEMANA PASADA PASÓ RELATÍVAMENTE DESAPERCIBIDO UN CAMBIO DE GRAN CALADO: EL GIRO POPULISTA DEL PARTIDO CONSERVADOR BRITÁNICO en su congreso celebrado en Birmingham.

Como señaló Rafael Ramos, autor de una excelente crónica del mismo en La Vanguardia (6/X/2016), sus workshops “han estado dominados por la xenofobia, el desprecio al inmigrante, la nostalgia de la Inglaterra imperial y las ideas más retrógradas. En vez de Regreso al futuro, regreso al pasado”.

La meta: captar electorado del UKIP y rivalizar con el Labour

May, en un partido internamente dividido, optó por convertir el Brexit en nuevo eje ideológico con lo que tal opción comporta: nacionalismo, control de fronteras y flujos migratorios, proteccionismo y recuperación de un Estado del Bienestar desmantelado por el thatcherismo.

Sin embargo, no se trata de un Welfare State de óptica socialdemócrata, sino -por lo que parece- más bien de carácter lepenista: proporcionar protección de los trabajadores autóctonos castigados por los efectos de la globalización adoptando mecanismos del Estado con tintes xenófobos. De este modo, desde el gobierno se ha propuesto ya que las empresas hagan públicos sus trabajadores extranjeros y quiere restringir su llegada (con enojo del empresariado), mientras en el censo escolar debe constar por primera vez la nacionalidad de los alumnos y alumnas.

Tal hoja de ruta no es descabellada, en la medida que May puede obtener réditos políticos claros. ¿La razón? Por una parte, permite captar el electorado desconcertado del UKIP, el partido que triunfó en el referéndum al lograr apartar al Reino Unido de la Unión Europea y cuyo líder -Nigel Farage- abandonó en plena euforia. Desde entonces estas siglas no logran levantar cabeza (1 y 2). Por otra parte, puede permitir a los tories competir con los laboristas entre el electorado obrero o castigado por el paro.

En suma, si Thatcher puso los cimientos de un conservadurismo que exaltó el neoliberalismo, ahora May ha decidido refundarlo desde mimbres nacionalpopulistas. Lo ha señalado claramente al delimitar los peligros nacionales, pues el partido quiere alzarse “contra la visión cosmopolita de las élites, contra el espíritu libertario de la derecha y el socialismo de la izquierda”.

Un síntoma del giro populista de la derecha conservadora

Esta evolución política no es excepcional y refleja una tendencia general: un giro populista por parte de la derecha que antaño era liberal, neoliberal o conservadora. Lo han reflejado de distinto modo la evolución del partido de Viktor Orbán, Fidesz, en Hungría; el Partido Republicano que representa Donald Trump en Estados Unidos o las incursiones en temas de inmigración y delincuencia que protagoniza Nicolas Sarkozy en su carrera por el liderazgo de la derecha en las elecciones presidenciales del próximo año.

Como telón de fondo, asistimos al auge de una derecha populista en la que coexisten liberalismo y proteccionismo, dispuesta a buscar voto obrero y que conforma partidos calificados como “neoproletarios”: formaciones obreras pero sin socialismo. Trump es quiza quien mejor encarna esta tendencia: un magnate multimillonario que busca el voto del electorado blanco enojado. Es un fenómeno que podemos contemplar en los partidos de derecha populista ya consolidados en Europa, como el Frente Nacional [FN] que lidera Marine Le Pen o el Partido Popular de Austria [FPÖ] .

En este sentido, el trabajador blanco frustrado por su situación económica y social se enmarcaría en la llamada “revuelta del hombre blanco”, que hemos analizado ya en un estudio accesible on line sobre las razones que favorecen el voto obrero a la ultraderecha.

La alargada sombra del Brexit

Así las cosas, cabe pensar que la sombra del Brexit es y será muy alargada. En este sentido, el plebiscito celebrado en Reino Unido ha conformado una agenda centrada en proteccionismo, inmigración y exaltación nacionalista. Una mercancía tan potencialmente atractiva como inflamable en los tiempos actuales.

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* Artículo orginalmente publicado en Agenda Pública (13/X/2016).


EL ÉXITO DE AFD O LAS TRES LECCIONES DE LA DERECHA POPULISTA ALEMANA*

octubre 6, 2016

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La cúpula del AfD entona el himno alemán en Hannóver en 2015 (foto de EFE/Julian Stratenschulte en El Periódico).

TRAS LA IRRUPCIÓN DE ALTERNATIVA PARA ALEMANIA [Alternative für Deutschland, AfD] en los parlamentos de Mecklemburgo-Pomerània Occidental (20.8% del voto total) y Berlín (14.2%) este septiembre el escenario político germano ha cambiado. En apenas tres años, este partido de derecha populista ya analizado en este blog y que lidera Frauke Petry ha logrado estar presente en 10 de los 16 parlamentos regionales y las encuestas le otorguen un 12% del voto estatal. ¿Pero por qué crece AfD?

Si bien la formación canaliza el rechazo a la acogida de refugiados de Angela Merkel, ello no basta para explicar su ascenso. Cómo veremos, el análisis de su caso ofrece tres lecciones sobre las dinámicas de crecimiento de la extrema derecha.

1. Primero son las conciencias, después las urnas

En primer lugar, debemos tener presente que Alemania ha conocido un debate sobre multiculturalismo e inmigración desde 2010. Aquel verano Thilo Sarrazin (socialdemócrata y exmembre de la junta directiva del Bundesbank) editó el polémico ensayo Alemania se disuelve. Sostenía que el alta natalidad de turcos e inmigrantes árabes podría hacer que en tres generaciones la cultura originaría del país fuera extraña a la mayoría de su población. En octubre Der Spiegel publicó que tribunales alemanes habían aplicado la ley islámica en asuntos de herencia y familiares (incluyendo un caso de poligamia) y Merkel anunció el fracaso del multiculturalismo: “permitir que personas de diferentes culturas vivan sin que se integren no ha funcionado”.

A su vez, desde 2004 el neonazi Partido NacionalDemòcrata [NPD] despuntó en las urnas en algunos länder y logró un escaño a los comicios europeos de 2014. Y en octubre de este año surgió a Dresde la plataforma islamòfoba Pegida (acrónimo de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).

Este marco explica el éxito de AfD al constituir un proceso que el politólogo Pascal Perrineau denominó “lepenització de los espíritus” en Francia: primero, afirma, se difunden las ideas ultraderechistas y después éstas se traducen en votos.

2. El rechazo a la UE, una vía de radicalización derechista

En segundo lugar, el ascenso de AfD ilustra cómo la derecha populista se articula por distintas vías. Así, en los años setenta ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso danés [FrP] y noruego [FrP] haciendo bandera de la protesta fiscal y la oposición a la Establishment, pero para ensanchar su base electoral experimentaron una deriva xenófoba y exigieron que las prestaciones del Estado fueran por los autóctonos.

En los años ochenta irrumpió en Francia el Frente Nacional [FN] liderato por Jean-Marie Le Pen con la inmigración y la inseguridad como temas insignia, siendo emulado por numerosos partidos.

Después del atentado de las torres gemelas de 2001 de Nueva York, el rechazo al Islam y a la UE han ofrecido nuevos caminos para conformar ofertas ultraderechistas, como testimonian de diferente manera el Partido por la Libertad holandés [PVV], el Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP] y ahora AfD.

Y es que AfD se constituyó el 2013 como una formación euroescéptica que marcó distancias de la extrema derecha y logró buenos resultados a los comicios federales y europeos de 2014 al denunciar las políticas de rescate a la UE. Pero después su euroescepticismo confluyó con la oposición a la llegada de refugiados y el rechazo del Islam y adquirió un perfil extremista.

De forma significativa, en Estrasburgo este partido dejó el Grupo de los Conservadores y Reformistas (que incluye los tories británicos) y se unió al Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa (con el UKIP).

3. Crisis económica no implica ascenso ultraderechista

En tercer lugar, el ascenso de AfD en un país saneado como Alemania refleja que el crecimiento de la ultraderecha no se puede vincular de forma mecánica a crisis económica. Tal hecho se pudo constatar ya en los comicios europeos de 2014, cuando los países “rescatados” (Portugal, España, Irlanda y Chipre) mostraron la ausencia de fuerzas de este signo y en Grecia sólo sumaron el 12.8%, con Amanecer Dorado (9.4%) y Griegos Independientes [ANEL] (3.4%). Unos datos que contrastaron con los grandes resultados del UKIP (26.7%), del Partido Popular Danés [DF] (26.6%), del FN (25%) y del Partido de la Libertad de Austria [FPÖ] (19.7%).

Esta panorama refleja que la derecha populista se nutre del apoyo de perdedores de la globalización, pero no de manera exclusiva: amalgama un voto socialmente amplio e ideológicamente transversal. En tal contexto, la lógica de su ascenso no obedece a ningún determinismo y puede ser cortocircuitada cuando otras opciones canalizan la protesta contra El Establishment, como plasman Podemos en España o Syriza en Grecia.

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* Esta es una versión actualizada del artículo publicado originalmente en catalán en el diario Ara titulada “Les tres lliçons de la ultradreta alemanya” (13/IX/2016)


EL USO DEL REFERÉNDUM COMO INSTRUMENTO DE LA DERECHA POPULISTA EN EUROPA

septiembre 29, 2016

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“En nombre del pueblo”, nuevo lema del Frente Nacional (foto de AFP).

EL ÉXITO DE LA DERECHA POPULISTA RADICA EN QUE HA CONFORMADO UN VIGOROSO MOVIMIENTO CONTRA LA GLOBALIZACIÓN,  que no se define como tal y que es muy diferente al de los fascismos.

No asistimos al retorno de los nazifascismos

Estos últimos emergieron en los años de entreguerras, en un marco de industrialización y de clases sociales nítidas, manifestaron una vocación totalitaria y su eje aglutinador fue el anticomunismo. En cambio, la nueva derecha populista irrumpe en la era postindustrial, de clases sociales desdibujadas y con el comunismo extinto. Rechaza oficialmente el racismo y enfatiza la diversidad cultural, que en casos como el de los musulmanes supuestamente impide su integración.

Asimismo, a diferencia del fascismo, esta derecha no desea un individuo pasivo, sino que le exhorta a movilizarse en las urnas y exalta el referéndum para manifestar la voluntad popular. Tal apuesta puede legitimar la exclusión, como testimonió un plebiscito que promovió la Unión Democrática de Centro [UDC/SVP] suiza el 2000 en Emmen: sus habitantes decidieron si naturalizaban a 52 residentes extranjeros, rechazando a 48.

Una derecha populista plebiscitaria

Y es que la derecha populista actual es plebiscitaria: anima a los ciudadanos a acudir a las urnas para pronunciarse de modo directo evitando la mediatización de instancias como el parlamento. Así, Marine Le Pen, que abogó ya por la disolución de la Asamblea Nacional para convocar otra supuestamente “verdadera”, ha asumido este mes un explícito lema: “En nombre del pueblo”.

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En este contexto, el plebiscito británico sobre el Brexit se reveló como un gran altavoz de las tesis del Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP] y del conjunto de la derecha populista, como ya analizamos en este blog. A la vez, abrió la puerta a eventuales consultas similares en otros países: Le Pen quiere autoerigirse en “madame Freexit” y Geert Wilders, el líder del Partido de la Libertad holandés [PVV], preconiza el Nexit. Ahora, el 2 de octubre Hungría acudirá a las urnas para pronunciarse sobre esa cuestión: “¿Quiere Vd. que la Unión Europea pueda estipular la instalación obligatoria en Hungría de ciudadanos no húngaros sin la aprobación de la Asamblea Nacional?”

Tal panorama, en síntesis, refleja cómo el referéndum se ha convertido en un arma política para extender y legitimar los posicionamientos de la derecha populista. A continuación reproducimos un artículo de Albert Branchadell (profesor de la Facultad de Traducción y de Interpretación de la UAB), que reflexiona sobre la convocatoria de referéndums previstos en Europa que reforzarán las posiciones de la derecha populista y fue publicado en El Periódico (27/IX/2016).

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El primer ministro magiar, Viktor Orbán (foto de AFP).

El referéndum que se avecina

La próxima consulta en Hungría sobre cuotas de refugiados se inscribe en la creciente ola de xenofobia

El 5 de julio el presidente de Hungría, János Áder, formalizó la convocatoria del referéndum que había anunciado el primer ministro Víktor Orbán sobre las cuotas de refugiados en los países de la Unión Europea. El día 2 de octubre los ciudadanos húngaros deberán pronunciarse sobre la pregunta siguiente: «¿Quiere Vd. que la Unión Europea pueda estipular la instalación obligatoria en Hungría de ciudadanos no húngaros sin la aprobación de la Asamblea Nacional?».

El referéndum húngaro del 2 de octubre se inscribe en la ola xenófoba que asola Europa. En una controvertida votación promovida por el Partido Popular Suizo (SVP), en el 2009 los ciudadanos suizos decidieron prohibir la construcción de nuevos minaretes; y en el 2010 votaron a favor de la «deportación» de los criminales extranjeros. En abril de este año, los holandeses votaron en contra del acuerdo de asociación entre la UE y Ucrania para evitar el levantamiento del requisito de visado para los ciudadanos ucranios y la llegada de más inmigrantes de ese país a Holanda. El ingrediente xenófobo en el referéndum británico del 23 de junio es de sobras conocido.

La tentación de organizar más consultas

Lamentablemente, el referéndum del 2 de octubre puede no ser el último de la serie. Después de la previsible victoria del no en Hungría, otros países de Europa central y oriental pueden sucumbir a la tentación de organizar sus propios referéndums. En febrero de este año el ministro de Asuntos Europeos polaco, Konrad Szymánski, no tuvo ningún reparo en declarar que el plan para asentar refugiados en los países de la UE estaba «muerto». Su primer ministro, Jaroslaw Kaczyski, tuvo su minuto de gloria al sugerir que los refugiados traerían «enfermedades y parásitos» a Polonia.

Los dirigentes del partido Ley y Justica polaco (PiS) están en la onda del SVP suizo y de la extrema derecha holandesa. Pero la prueba de que la xenofobia es un credo transversal nos los ofrece Eslovaquia, donde el primer ministro socialdemócrata Robert Fico se ha hecho famoso por su retórica antinmigratoria en general y antimusulmana en particular. Bajo el lema ‘Es imposible integrar a los musulmanes’, Fico también se opone ferozmente al sistema de cuotas y en octubre del 2015 incluso sugirió la posibilidad de abandonar la Unión por este motivo. En cualquier momento Fico puede optar también por la vía del referéndum.

La pregunta del millón es: ¿existe alguna posibilidad de parar estos referéndums que solo sirven para afianzar la xenofobia europea? Posibilidades domésticas pocas: en Hungría la Constitución prohíbe someter a referéndum las obligaciones que se derivan de tratados internacionales, pero el pasado mayo el Tribunal Supremo concluyó que la consulta propuesta por Orbán era legítima con el argumento de que no persigue una modificación del tratado de adhesión sino simplemente cuestionar una decisión puntual del Consejo Europeo. En este conflicto de soberanías entre la Unión y los estados nacionales resulta difícil que los tribunales nacionales fallen en detrimento de la soberanía de los estados. Por razones obvias, la UE no puede ser el árbitro que dictamine sobre qué pueden votar los ciudadanos de los estados miembros: hacerlo sería invadir de nuevo la soberanía nacional de los estados nacionales.

Reportaje de Euronews sobre el plebiscito magiar (7/IX/2016).

El código de buenas prácticas del Consejo de Europa

¿Y el Consejo de Europa? ¿Podría hacer algo? El Consejo de Europa tiene un «código de buenas prácticas» sobre referéndums que solo se ocupa de cuestiones formales y nunca discute las materias que pueden someterse a referéndum. Y los requisitos formales que establece este código tampoco ayudan a bloquear consultas xenófobas, sino todo lo contrario. Según el Consejo de Europa, no es «recomendable» establecer un quórum de participación (un porcentaje mínimo), porque hacerlo supone asimilar a los votantes que se abstienen con los que votan no.

Según el Consejo de Europa, tampoco es recomendable establecer un quórum de aprobación (por un porcentaje mínimo del censo), por las dificultades políticas que entraña una victoria por mayoría simple que no supere ese umbral. Imaginemos que el 2 de octubre el 32% de los ciudadanos húngaros acuden a votar (fue el porcentaje de votantes en el referéndum holandés). Para el Consejo de Europa, el referéndum será válido, sea cual sea el resultado. E imaginemos que el 80% de los participantes se oponen al sistema de cuotas (es lo que pronostican los sondeos). Para el Consejo de Europa, la victoria del no será válida. El 80% del 32% quiere decir que apenas el 25% del censo electoral de un estado miembro apuntillará el sistema de cuotas de refugiados, desencadenará una nueva crisis en la Unión y pondrá gravemente en peligro el proyecto político europeo. Preocupante.


TRUMP Y SUS SIMPATIZANTES EUROPEOS: ¿HACIA UNA ULTRADERECHA EUROAMERICANA?*

septiembre 16, 2016

Anuncio electoral de Donald Trump sobre la inmigración ilegal (en él se confunde la frontera de Melilla con la de México).

«SI FUERA UN CIUDADANO AMERICANO, NO VOTARÍA POR HILLARY CLINTON NI QUE ME PAGARAIS», dijo Nigel Farage este mes de agosto en un mitin de Donald Trump. El magnate utilizó como reclamo al líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), gran valedor del brexit, al creer que sus electores y los votantes eurófobos comparten una visión de Bruselas y Washington como centros de poder que secuestran derechos de los ciudadanos. Así, Trump afirmó que votarle permitiría «redeclarar la independencia americana».

De hecho, Farage y Geert Wilders -líder del Partido de la Libertad holandés (PVV)- ya asistieron a la convención republicana que proclamó candidato a Trump en julio y Marine Le Pen le define como «un hombre libre».

Estas asociaciones reflejan una confluencia de la derecha populista europea y estadounidense, algo que los académicos Jeffrey Kaplan y Leonard G. Weinberg señalaron en 1998 al aludir a una «derecha radical euroamericana». Los temas hoy son similares en ambos continentes: ultrapatriotismo, antinmigración, islamofobia, proteccionismo económico y denuncia del establishment por oligárquico y antinacional (Trump incluso cuestiona la ciudadanía americana de Barack Obama).

Reacción populista

La globalización, pues, es el catalizador de una reacción populista amplia a ambos lados del Atlántico e incluso en Australia, donde el partido Una Nación captó el 4,3% de votos del Senado en los comicios federales.

La candidatura de Trump, el triunfo del brexit o el éxito del candidato del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), Norbert Hofer, en las presidenciales (49,7%) acreditan una normalización de la ultraderecha. Sus formaciones ganan centralidad, compiten eficazmente con la derecha conservadora, integran o condicionan gobiernos, aspiran a presidir países y su mensaje radicaliza la agenda política. Lo ha reflejado Nicolas Sarkozy con el endurecimiento de su programa sobre inmigración al proponer la suspensión del reagrupamiento familiar.

Además, en EEUU la evolución reciente del Partido Republicano ilustra el peligro de asociarse a la ultraderecha con afán instrumental. La formación se acercó al extremista Tea Party para beneficiarse de su dinamismo en las elecciones legislativas del 2010 y acabó presa del grupo ultrapatriota, que derechizó a los republicanos alejándolos del electorado moderado y favoreció la recepción posterior del agresivo discurso de Trump.

Entrevista a Nigel Farage sobre la semejanza de sus ideas y las de Trump.

Electorado transversal

Este multimillonario se dirige a un electorado transversal, como es propio de los grandes partidos, pero comparte con la ultraderecha europea su pretensión de proteger a los de abajo del impacto de la mundialización con su deseo de renegociar tratados, contener la economía china o frenar la inmigración y erigir un muro con México. Asimismo, una gran bolsa de su electorado es semejante a la de la derecha populista europea, ya que en él está sobrerrepresentado el votante blanco de bajo nivel de estudios. Plasma lo que se ha calificado de revuelta del hombre blanco ante la competencia laboral extranjera, la deslocalización industrial y el nuevo protagonismo de la mujer que diluye roles tradicionales.

Además, con Trump la derecha radical estadounidense se aleja de su meta de reducir el peso del Estado federal, pues llevar a cabo algunas de sus propuestas requiere un Estado fuerte, de ahí su afán de que México pague el muro fronterizo que planea erigir. A la vez, su fulgurante ascenso como candidato se enmarca en una escena política parecida a la de los países europeos en los que irrumpe la ultraderecha: erosión de los grandes partidos, mayor polarización electoral, éxito de candidatos antiestablishment (como Trump y el demócrata Bernie Sanders) y fuga de voto a otras siglas (que en EEUU serían el Partido Libertario y el Verde).

Por último, el hecho de que el candidato republicano sea multimillonario tampoco desentona con la ultraderecha europea: Jean-Marie Le Pen o Jörg Haider dispusieron de un importante patrimonio, hecho que no les impidió captar el mayor porcentaje de voto obrero en sus países.

Consecuencias imprevisibles

Gane o no las elecciones, el mensaje de Trump, que amalgama nacionalismo y exclusión, se normalizará socialmente, como sucedió en Gran Bretaña con las tesis del UKIP en el debate del brexit: los insultos, los anónimos amenazadores y las agresiones a inmigrantes han aumentado. Las posiciones de ultraderecha, pues, avanzan en el tablero europeo y americano, y sus discursos son cada vez más homologables. Parafraseando el Manifiesto Comunista, hoy un fantasma recorre Occidente: el de la derecha populista. Y sus consecuencias son tan inquietantes como imprevisibles.

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* Artículo originalmente publicado con el título “Un fantasma recorre Occidente” en El Periódico (11/IX/2016).