EL PRÓXIMO GRAND ROUND POPULISTA: MACRON CONTRA LE PEN

marzo 19, 2017

Marine Le Pen y Emmanuel Macron, los grandes aspirantes a la presidencia francesa.

TRAS LAS ELECCIONES HOLANDESAS, el nuevo gran reto que planteará el populismo antieuropeísta tendrá lugar en las elecciones presidenciales francesas, cuya primera vuelta tendrá lugar el 23 de abril. Sus dos grandes contendientes son Marine Le Pen y Emmanuel Macron.

A continuación reproducimos un interesante artículo de Marc Bassets publicado por El País (19/III/2017) que ofrece una síntesis bien planteada de la contienda que se plantea entre lo que el autor considera “las fuerzas del repliegue y las del cosmopolitismo”.

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Macron contra Le Pen, el pulso del populismo global

Francia es el próximo escenario del choque entre las fuerzas del repliegue y las del cosmopolitismo

El banquero-filósofo y la rica heredera. El elitista y la populista. El liberal y la partidaria de un estado fuerte e intervencionista. El europeísta y la soberanista. El cosmopolita y la chovinista. Los puentes y los muros.

Pocas veces el contraste había sido tan nítido y políticamente explosivo. Emmanuel Macron —un banquero de inversiones con formación humanista, un exministro de Economía que hoy ocupa el centro del tablero en Francia— y Marine Le Pen —líder y transformadora del partido ultra que fundó su padre— serán los probables finalistas en las elecciones presidenciales en Francia de esta primavera. No es descartable que el candidato de la derecha hasta ahora hegemónica, François Fillon, se acabe colando en la ronda final, pero, si los sondeos aciertan, Macron y Le Pen encabezarán la primera vueltas, el 23 de abril, y se disputarán la victoria en la segunda, el 7 de mayo.

Espot oficial de Marine Le Pen.

Puede ser la batalla decisiva entre las fuerzas que llevan más de un año colisionando a ambas orillas del Atlántico. Los términos del combate —dos ideas de Francia, de Europa y del mundo frente a frente— están bien delineados, y son similares a los de los últimos meses en Reino Unido, Estados Unidos y, esta semana, Holanda.

En Francia los dos candidatos se parecen en algunos aspectos. Ni Macron ni Le Pen han pasado por primarias en sus partidos. Son partidos emergentes, como En Marche!, el de Macron. O, en el caso del Frente Nacional de Le Pen, marginales: no por su fuerza electoral, que es sólida y considerable, sino porque se coloca fuera del consenso republicano predominante en las últimas décadas, y porque su peso legislativo es escaso. Ambos candidatos se postulan como políticos antisistema, aunque Macron haya sido ministro, y Le Pen y antes su padre, Jean-Marie lleven en política desde hace más de medio siglo.

Es más: ambos rechazan las etiquetas de derecha e izquierda; quieren trascenderla. El primero, desde el campo de los progresistas de todo color frente a los conservadores de izquierda y derecha: un extremo centroque abarcaría el vasto espacio que han dejado abiertos los viejos partidos hegemónicos. La segunda, desde una extrema derecha que asume referentes de la izquierda tradicional, como las ideas del Nobel de Economía Joseph Stiglitz sobre la desigualdad, o la retórica patriótica de Jean Jaurès, el padre del socialismo francés, ambos citados en discursos recientes por Le Pen.

“Vivimos una desestructuración de las líneas divisorias. Es decir, la división derecha-izquierda sobre el que se estructuraba toda la vida política hace treinta años, poco a poco ha perdido su legibilidad y, para muchos franceses, su pertinencia”, dice Gilles Finchelstein, director general de la Fundación Jean Jaurès, próxima al Partido Socialista, y autor del ensayo ‘Trampa de identidad. Reflexiones (inquietas) sobre la izquierda, la derecha y la democracia’. El cambio se explica, primero, por la fatiga tras décadas de coexistencia y alternancia del PS y el actual partido de Los Republicanos. Además, nuevos asuntos han dividido transversalmente a la izquierda y a la derecha, como Europa: los europeístas y los euroescépticos están a ambos lados.

Presentarse con el programa de Macron, y más en un país reticente a toda reforma como es Francia, tiene algo de kamikaze. Defender el liberalismo económico en tiempos de desconfianza hacia el capitalismo; promover la sociedad abierta en tiempos de repliegue; ser europeísta sin complejos en un momento en que defender la integración europea suponer ir contracorriente: su empeño es temerario.

Espot oficial de Emmanuel Macron.

Una clave de su éxito es haber adoptado una actitud antiestablishment, lo que algunos han definido como un populismo liberal. Joven, con poca experiencia política, exbanquero: en apariencia son debilidades. Podrían convertirse en ventajas si los franceses ven, en un recién llegado, no un novato sino una esperanza de renovación, y en un banquero no un oligarca sino una garantía de autonomía financiera y profesional y de competencia económica.

Si Le Pen ganase, “sería el final, de facto, de la Unión Europea”, avisa Jeremy Shapiro del laboratorio de ideas Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Pero si gana Macron, continúa, significará que el liberalismo entendido en el sentido amplio, no solo económico, sino como progresismo social, no está muerto, que “el problema no era el liberalismo en sí sino como había quedado atado a las viejas élites y figuras del establishment”.

Significará, también, que el relato del Brexit y de Donald Trump en EE UU, el de la rabia populista que hace temblar a los gobiernos occidentales, tiene sus límites. No hay un solo hilo: la realidad —y los sistemas políticos— son más sinuosos. Trump ganó siendo su rival demócrata, Hillary Clinton, la más votada; Le Pen puede perder tras ser la más votada en la primera vuelta.

“Que Francia elija a un presidente que no tiene ni 40 años, que es proeuropeo, que está abierto al mundo, teniendo en cuenta la imagen que puede haber del país y a la inquietud que existe sobre Marine Le Pen, sería una señal extraordinaria”, dice Finchelstein. “Pero aún no hemos llegado a este punto”.

ANTIGLOBALIZACIÓN O ‘ANTIESTABLISHMENT’

“Emmanuel Macron será una prueba sobre si lo que está ocurriendo es antiglobalización o antiestablishment”, dice Jeremy Shapiro, investigador en el laboratorio de ideas Consejo Europeo de Relaciones Exteriores y alto funcionario en el Departamento de Estado durante la Administración Obama. “Macron es un rostro nuevo, y en la política francesa los rostros nuevos son bastante raros. Y contrasta con Marine Le Pen: ella y su padre han sido una presencia en la política desde hace décadas. Ella es antiglobalización pero él, en cierto modo, es antiestablishment”.


TRES LECTURAS PARA COMPRENDER EL FRENTE NACIONAL Y EL LEPENISMO

marzo 12, 2017

Marine Le Pen con el lema y símbolo de su campaña presidencial.

LA BIBLIOGRAFÍA DISPONIBLE SOBRE EL LEPENISMO Y LA ULTRADERECHA FRANCESA ES MÁS QUE ABUNDANTE. En este blog ya apuntamos en 2012 una primera sugerencia bibliográfica sobre el Front National marinista. A continuación sugerimos al lector otros tres títulos para aproximarse a este espectro ideológico cuando Francia se halla a las puertas de las elecciones presidenciales.

Joël Gombin, Le Front National. Va-t-elle diviser la France? 

La obra constituye una síntesis histórica sobre el FN lepenista interesante, sólidamente documentada y bien escrita.

El ensayo muestra la evolución de este partido desde sus orígenes en 1972 hasta el presente. Publicado en octubre de 2016, ofrece una panorámica muy actualizada del partido, que permite comprender cómo el marinismo se ha convertido en una importante oferta electoral. Muestra sus tensiones internas, fortalezas y debilidades. Lo hace con una prosa ágil y mínimas referencias bibliográficas para facilitar la lectura. Debe destacarse que el autor es un politólogo que realiza estudios de sociología electoral y el lepenismo ha sido uno de sus temas de investigación.

Todo lo expuesto la convierte en una síntesis idónea para obtener una panorámica histórica actualizada de esta formación.

Valérie Igounet, Les français d’abord: slogans et viralité du discours Front National (1972-2017)

A diferencia de la aproximación anterior al FN, Igounet ofrece aquí un muy sugerente estudio de la historia de este partido a partir de su propaganda: una selección de lemas, temas y carteles de la formación que permiten comprender su evolución. El reciente ensayo (se publicó en enero), bien ilustrado, ágil y breve, es una aportación interesante para comprender el éxito del lepenismo y la evolución de su ideario a través del tiempo: valora sus innovaciones y, a la vez, señala aparentes novedades propagandísticas que reciclan viejas temáticas del partido. Es especialmente interesante su análisis de cómo la fraseología e ideas-fuerza del FN han sido asumidas por otras fuerzas de derecha.

Como en el caso anterior, la autora es una historiadora solvente y buena conocedora de este espectro político, pues destacó por su estudio sobre el negacionismo del genocidio judío en Francia y es autora también de una historia del FN lepenista.

Dominique Albertini y David Doucet, La Fachosphère. Comment l’extrême droite remporte la bataille du net.

Extenso reportaje periodístico sobre la relevante presencia de la extrema derecha francesa en Internet.

Los autores, ambos periodistas, han realizado un extenso trabajo de documentación que traza la historia de los sitios web más significativos e incluye entrevistas con la mayoría de sus administradores. Como ya hemos señalado en un artículo sobre la extrema derecha e Internet, Albertini y Doucet examinan –entre otros temas– la plasmación del lepenismo (el Frente Nacional fue el primer partido francés en disponer de web y Marine Le Pen supera hoy el millón de seguidores en Facebook) o  los vídeos virales de Dieudonné M’Bala, un cómico denunciado por antisemitismo, algunos de ellos con más de tres millones de visionados y cuya popularidad habría inquietado a François Hollande.


AMPLIAMOS CONTENIDO EN NUESTRA PÁGINA DE ACADEMIA.EDU CON NUESTROS TRABAJOS GRATUITOS EN PDF

febrero 18, 2017

academia.edu

En los últimos meses hemos ampliado los contenidos de nuestra página en Academia.edu. Puede accederse a ella y descargar diversos trabajos nuestros en PDF sin coste alguno clicando aquí y seleccionando a continuación el documento -o documentos- de interés.


HOFER Y LA NORMALIZACIÓN DE LA ULTRADERECHA. ¿POR QUÉ CRECE EL FPÖ?*

noviembre 30, 2016

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Cartel de la campaña electoral de los comicios de abril del candidao del FPÖ con el lema “En defensa de Austria. Tu patria te necesita ahora”.

Ante la repetición de los comicios presidenciales en Austria el próximo domingo, recuperamos el artículo que publicamos en relación a los mismos cuando se celebraron el pasado 24 de abril, ya que las tesis que sostenemos no han perdido vigencia.

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LOS COMICIOS PRESIDENCIALES DE AUSTRIA HAN CONMOCIONADO A EUROPA porque el candidato del ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ), Norbert Hofer, venció en la primera vuelta con el 35% de los votos y fue derrotado in extremis en la segunda (con un 49,7%) por su rival, el ecologista Alexander van der Bellen. ¿Cómo explicar este hecho?

El tema de los refugiados ha influido, pero no basta para justificarlo, ni tampoco la crisis económica: el país tiene un 5,8% de paro. De hecho, las formaciones de este espectro están ausentes en cuatro países rescatados (Irlanda, Portugal, España y Chipre) y su presencia es acotada en Grecia (7% de votos a Amanecer Dorado y 4,8% a Griego Independientes, ANEL). Se impone, pues, un análisis más complejo. Veámoslo.

De marginales a centrales

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la extrema derecha o derecha populista ya no es marginal. Lo reflejaron los comicios europeos del 2014: el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) captó el 26,7% de los votos, el Partido Popular Danés (DF), el 26,6%; el Frente Nacional (FN) lepenista el 24,8% y el FPÖ el 19,7%. Además, desde el 2015 gobierna Polonia el reaccionario partido Ley y Justicia (PiS), que lidera Jaroslaw Kaczynski (ese año obtuvo el 37,7% de votos). Asimismo, en Hungría lo hace desde el 2010 Víktor Orbán (Viktátor para sus detractores), cuya Unión Cívica Húngara (Fidesz) experimenta una radicalización derechista y captó el 45% de votos el 2014.

Esta cartografía indica una aceptación social creciente de formaciones de derecha populista, muchas de cuyas siglas gozan de arraigo. Así, en 1973 ya ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso en Dinamarca (origen del actual DF) con el 16% de votos y el de Noruega (FrP), con el 5%. Ambos agitaron la protesta fiscal y contra el ‘establishment’ y al exigir que las prestaciones sociales fueran para autóctonos configuraron un “chauvinismo del bienestar”. Una década después, en los comicios europeos de 1984 el FN logró un 11% de sufragios y se integró en la escena gala. A la vez, el FPÖ (formación con una ala liberal y otra nacionalista) conoció un giro populista en 1986 con Jorg Haider y captó el 10% de votos ese año. Así, tras décadas de existencia, estos partidos gozan ya de electorado fidelizado.

Los móviles: protesta e identidad

En segundo lugar, la extrema derecha cuenta con dos pilares de movilización: la afirmación de la “identidad nacional” y elrechazo a las élites tradicionales, que también ilustra el ascenso del FPÖ. De este modo, el politólogo Gaël Brustier remarca que su ultranacionalismo se enmarca en un país de lenta toma de conciencia nacional, pues aunque la actual república se constituyó en 1918, su acta de nacimiento fue un tratado de 1955 que puso fin a su ocupación aliada tras la segunda guerra mundial. Así, el FPÖ une a su islamofobia, antieuropeísmo y rechazo a los refugiados, un nacionalismo exaltado que incluye la reivindicación del Tirol del Sur italiano. A la vez, denuncia a los partidos tradicionales, cuestionando el Proporzsystem (un reparto de cargos institucionales en función de los votos), cuyos beneficios han monopolizado largo tiempo socialdemócratas (SPÖ) y conservadores (ÖVP). Ambas fuerzas, que gobiernan coaligadas, conocen una erosión y la primera vuelta de los comicios presidenciales solo sumaron el 22,4% de votos.

Sin embargo, el discurso de la derecha populista es distinto al de la izquierda. ¿En qué sentido? Porque no solo se limita a denunciar a las élites ante el “pueblo llano” por secuestrar presuntamente sus derechos políticos y sociales, sino que –como señala el politólogo Pierre-André Taguieff– también las denuncia por favorecer la inmigración y el multiculturalismo, constituyendo un imaginario “partido del extranjero” traidor a la nación. Este antielitismo asociado a la xenofobia proyecta un nuevo enemigo: el extranjero-invasor.

¿Fascismo o reacción antiglobalización?

En tercer lugar, el éxito de la derecha populista radica en constituir un exitoso movimiento contra la globalización que no se define como tal, muy diferente de los fascismos. Estos últimos emergieron en los años de entreguerras, en un marco de industrialización y de clases sociales nítidas, manifestaron una vocación totalitaria y su eje aglutinador fue el anticomunismo.

En cambio, la nueva derecha populista irrumpe en la era postindustrial, de clases sociales desdibujadas y con el comunismo extinto. Rechaza oficialmente el racismo y asume un singular “elogio de la diferencia”: afirma querer preservar la diversidad cultural evitando mestizajes para que las comunidades foráneas regresen a sus países de origen. Asimismo, a diferencia del fascismo, no desea un individuo pasivo, sino que le exhorta a movilizarse en las urnas y exalta el referéndum para manifestar la voluntad popular. Tal apuesta puede legitimar la exclusión, como testimonió, un plebiscito que promovió la Unión Democrática de Centro [UDC/SVP] suiza el 2000 en Emmen: sus habitantes decidieron si naturalizaban a 52 residentes extranjeros, rechazando a 48.

En definitiva, este espectro ideológico quiere erigirse en defensora del “hombre de la calle” ante las amenazas de la mundialización: económicas (flujos migratorios, deslocalizaciones industriales, competencia comercial), políticas (cesiones de soberanía a entes supranacionales, notablemente la Unión Europea) y culturales (presencia del Islam, multiculturalismo). El resultado, como indica el politólogo Cass Mudde, es que son las fuerzas de oposición a la globalización de más éxito electoral.

Un voto transversal

En cuarto lugar, entre su electorado tiende a estar sobrerrepresentado el masculino, urbano, joven y de bajo nivel de estudios. Parte de sus votantes no se considera ni de derecha ni de izquierda, de ahí que la politóloga Nonna Mayer les designe como “ninistas”.

Paralelamente, la asunción de la islamofobia por la derecha populista ha atraído un apoyo femenino y de ámbitos homosexuales al temer que el Islam genere un retroceso en libertad sexual e igualdad de género. Pero el rasgo más llamativo de estos partidos es su gran voto obrero, que –por ejemplo– representó el 31% del cosechado por Marine Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del 2012.

En general, los apoyos de estas fuerzas, siguiendo al también politólogo Pascal Perrineau, proceden del impacto de cinco grandes fracturas. La económica, que opone a beneficiarios y perdedores de la mundialización. La nacionalista, que opone a quienes desean ampliar la obertura internacional de la sociedad con sus detractores. La cultural, que confronta a partidarios de valores antiautoritarios y defensores de los tradicionales. La geográfica, que configura zonas desindustrializadas y marginadas de las insertas en una economía dinámica y global. Y la política, ya citada, que opone a defensores de culturas de gobierno y a los desencantados con la política tradicional que apuestan por culturas antisistema.

Una realidad poliédrica

En suma, actualmente amplios sectores sociales apoyan a la derecha populista debido a dinámicas locales y globales, lo que favorece su normalización y respetabilidad. Esta realidad es igualmente visible en EEUU con Donald Trump: un gestor multimillonario de perfil antagónico al de un político profesional, antielitista y que ha alineado al Partido Republicano con un extremismo inquietante.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (29/V/2016) con el título “¡Heil Europa!” Es interesante el artículo de complemento “Los 12 rostros de la Europa ultra”, en el mismo diario.


TRUMP Y LOS POPULISTAS EUROPEOS: ¿VOLVEMOS A LOS AÑOS TREINTA?*

noviembre 16, 2016

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Marine Le Pen y Donald Trump: ¿Encarnan un regreso a la era de los fascismos?

EL TRIUNFO DE DONALD TRUMP EN LOS EE.UU. y el ascenso de la derecha populista en Europa y más allá del continente (el partido Una Nación ha logrado este año en Australia el 4.3% de los votos del Senado) indican un aparente regreso a los fascismos de entreguerras. ¿La razón?

Presentan liderazgos fuertes con un discurso político que pretende situarse al margen de la dicotomía derecha-izquierda y combina xenofobia y exaltación nacionalista con ataques al Establishment y a las élites. ¿Pero asistimos realmente a un regreso en treinta? Más allá de estos parecidos hay diferencias importantes que proyectan un fenómeno de rasgos nuevos.

Del anticomunismo a la antiglobalización

redEn primer lugar, los contextos son muy diferentes. El fascismo surgió en una sociedad que se industrializaba, con una inmigración masiva del campo a la ciudad y una polarización política y social extrema marcada por la eclosión del comunismo. En cambio, la nueva ultraderecha irrumpe en una sociedad que se desindustrialitza y las clases sociales, apunta el politólogo Piero Ignazi, no están “muy definidas en sus contornos, ni tampoco son centrales como en el pasado”. Y si antes la amenaza era la revolución marxista, ahora lo es el efecto devastador de la globalización, que destruye ocupación y genera una bolsa creciente de perdedores.

En este escenario, y a diferencia de los totalitarismos de los años treinta, la derecha populista no otorga un papel central al Estado. De hecho, es ambivalente sobre su rol: quiere que intervenga de forma limitada en la economía, pero que sea activo para garantizar prestaciones sociales por los autóctonos o proteger fronteras. En última instancia, percibe al Estado como el gran baluarte ante corrientes migratorias y culturas foráneas, las deslocalizaciones industriales y la competencia extranjera o las entidades y acuerdos internacionales que depreden la soberanía.

De la diferencia racial a la cultural

antismeitismEn segundo lugar, si los fascismos asumieron cosmovisiones racistas, la derecha populista las rechaza de forma oficial. En contrapartida, enfatiza las diferencias culturales y, simplificando, quiere evitar mestizajes para que en un futuro no lejano las comunidades foráneas vuelvan a sus países de origen. Y en el caso de los musulmanes manifiesta una oposición frontal: proclama que no se pueden integrar al tener una religión retrógrada y de conquista.

Este rechazo del multiculturalismo y de los flujos migratorios vertebra el discurso ultraderechista porque su diana no son tanto “los de arriba” (las élites), como “los de en frente” (los extranjeros). Ahora, advierte el sociólogo Pierre-André Taguieff, “las élites son rechazadas en la medida que son percibidas como ‘el partido del extranjero’”. Por tanto, defender la identidad nacional pasa para denunciar una pretendida “invasión” migratoria y, con ella, a las élites que lo favorecen.

De destruir la democracia a exigir hiperdemocracia

reichstagEn tercer lugar, los fascismos acabaron con los regímenes democráticos y querían una sociedad muda y pasiva, disciplinada y encuadrada en organizaciones de masas. En cambio, la ultraderecha actual hace un llamamiento constante a la movilización ciudadana para que vaya a las urnas.

Cómo señalan los politólogos Yves Mèny y Yves Surel, para la derecha populista “si el pueblo es la fuente de poder, nada puede contener su capacidad de decidir y de cuestionar”. Y ve la mejor forma de expresarla en los plebiscitos, dado que en ellos la ciudadanía no vota mediatizada por los partidos y sus intereses.

La nueva ultraderecha, pues, no rechaza en bloque el legado de la Ilustración, sino que  hace una lectura selectiva del mismo al dar protagonismo decisivo a la “voz del pueblo”. Pero no por ello deja de cuestionar los valores ilustrados que fundamentan las democracias actuales, como la igualdad, la tolerancia o el pluralismo.

Qué futuro político podemos esperar?

Los cambios descritos hacen que sea difícil prever los regímenes que pueden instaurar estas fuerzas populistas, pero se divisa un tipo de “neobonapartismo plebiscitario”. Con esta expresión queremos a aludir a regímenes de cariz presidencialista y nacionalista, dirigidos por líderes que limiten las libertades, rehúyan controles parlamentarios y aprueben decisiones polémicas mediante referéndums.

En cierta medida, un ejemplo de esta tendencia se puede apreciar en Hungría. Allí Viktor Orbán cada vez concentra más poder, ha hecho construir una valla de 175 km con Serbia para parar a los refugiados y en octubre convocó un plebiscito para oponerse a la política migratoria de la UE. En suma, como alerta el ensayista Anne Applebaum, en el futuro quizás “dejen de existir la democracia liberal y con ella Occidente, tal como los conocemos”.

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* Este artículo fue publicado originalmente en catalán. Véase “Trump i els altres: retorn als anys 30?”, Ara (12/XI/2016)


EL GIRO DERECHISTA DEL PARTIDO CONSERVADOR Y LA REVUELTA “DEL HOMBRE BLANCO”*

octubre 14, 2016

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Un congresista del Partido Conservador lee un panfleto sobre el Brexit (foto de Oli Scarff/AFP publicada en El Mundo)

LA SEMANA PASADA PASÓ RELATÍVAMENTE DESAPERCIBIDO UN CAMBIO DE GRAN CALADO: EL GIRO POPULISTA DEL PARTIDO CONSERVADOR BRITÁNICO en su congreso celebrado en Birmingham.

Como señaló Rafael Ramos, autor de una excelente crónica del mismo en La Vanguardia (6/X/2016), sus workshops “han estado dominados por la xenofobia, el desprecio al inmigrante, la nostalgia de la Inglaterra imperial y las ideas más retrógradas. En vez de Regreso al futuro, regreso al pasado”.

La meta: captar electorado del UKIP y rivalizar con el Labour

May, en un partido internamente dividido, optó por convertir el Brexit en nuevo eje ideológico con lo que tal opción comporta: nacionalismo, control de fronteras y flujos migratorios, proteccionismo y recuperación de un Estado del Bienestar desmantelado por el thatcherismo.

Sin embargo, no se trata de un Welfare State de óptica socialdemócrata, sino -por lo que parece- más bien de carácter lepenista: proporcionar protección de los trabajadores autóctonos castigados por los efectos de la globalización adoptando mecanismos del Estado con tintes xenófobos. De este modo, desde el gobierno se ha propuesto ya que las empresas hagan públicos sus trabajadores extranjeros y quiere restringir su llegada (con enojo del empresariado), mientras en el censo escolar debe constar por primera vez la nacionalidad de los alumnos y alumnas.

Tal hoja de ruta no es descabellada, en la medida que May puede obtener réditos políticos claros. ¿La razón? Por una parte, permite captar el electorado desconcertado del UKIP, el partido que triunfó en el referéndum al lograr apartar al Reino Unido de la Unión Europea y cuyo líder -Nigel Farage- abandonó en plena euforia. Desde entonces estas siglas no logran levantar cabeza (1 y 2). Por otra parte, puede permitir a los tories competir con los laboristas entre el electorado obrero o castigado por el paro.

En suma, si Thatcher puso los cimientos de un conservadurismo que exaltó el neoliberalismo, ahora May ha decidido refundarlo desde mimbres nacionalpopulistas. Lo ha señalado claramente al delimitar los peligros nacionales, pues el partido quiere alzarse “contra la visión cosmopolita de las élites, contra el espíritu libertario de la derecha y el socialismo de la izquierda”.

Un síntoma del giro populista de la derecha conservadora

Esta evolución política no es excepcional y refleja una tendencia general: un giro populista por parte de la derecha que antaño era liberal, neoliberal o conservadora. Lo han reflejado de distinto modo la evolución del partido de Viktor Orbán, Fidesz, en Hungría; el Partido Republicano que representa Donald Trump en Estados Unidos o las incursiones en temas de inmigración y delincuencia que protagoniza Nicolas Sarkozy en su carrera por el liderazgo de la derecha en las elecciones presidenciales del próximo año.

Como telón de fondo, asistimos al auge de una derecha populista en la que coexisten liberalismo y proteccionismo, dispuesta a buscar voto obrero y que conforma partidos calificados como “neoproletarios”: formaciones obreras pero sin socialismo. Trump es quiza quien mejor encarna esta tendencia: un magnate multimillonario que busca el voto del electorado blanco enojado. Es un fenómeno que podemos contemplar en los partidos de derecha populista ya consolidados en Europa, como el Frente Nacional [FN] que lidera Marine Le Pen o el Partido Popular de Austria [FPÖ] .

En este sentido, el trabajador blanco frustrado por su situación económica y social se enmarcaría en la llamada “revuelta del hombre blanco”, que hemos analizado ya en un estudio accesible on line sobre las razones que favorecen el voto obrero a la ultraderecha.

La alargada sombra del Brexit

Así las cosas, cabe pensar que la sombra del Brexit es y será muy alargada. En este sentido, el plebiscito celebrado en Reino Unido ha conformado una agenda centrada en proteccionismo, inmigración y exaltación nacionalista. Una mercancía tan potencialmente atractiva como inflamable en los tiempos actuales.

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* Artículo orginalmente publicado en Agenda Pública (13/X/2016).


EL ÉXITO DE AFD O LAS TRES LECCIONES DE LA DERECHA POPULISTA ALEMANA*

octubre 6, 2016

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La cúpula del AfD entona el himno alemán en Hannóver en 2015 (foto de EFE/Julian Stratenschulte en El Periódico).

TRAS LA IRRUPCIÓN DE ALTERNATIVA PARA ALEMANIA [Alternative für Deutschland, AfD] en los parlamentos de Mecklemburgo-Pomerània Occidental (20.8% del voto total) y Berlín (14.2%) este septiembre el escenario político germano ha cambiado. En apenas tres años, este partido de derecha populista ya analizado en este blog y que lidera Frauke Petry ha logrado estar presente en 10 de los 16 parlamentos regionales y las encuestas le otorguen un 12% del voto estatal. ¿Pero por qué crece AfD?

Si bien la formación canaliza el rechazo a la acogida de refugiados de Angela Merkel, ello no basta para explicar su ascenso. Cómo veremos, el análisis de su caso ofrece tres lecciones sobre las dinámicas de crecimiento de la extrema derecha.

1. Primero son las conciencias, después las urnas

En primer lugar, debemos tener presente que Alemania ha conocido un debate sobre multiculturalismo e inmigración desde 2010. Aquel verano Thilo Sarrazin (socialdemócrata y exmembre de la junta directiva del Bundesbank) editó el polémico ensayo Alemania se disuelve. Sostenía que el alta natalidad de turcos e inmigrantes árabes podría hacer que en tres generaciones la cultura originaría del país fuera extraña a la mayoría de su población. En octubre Der Spiegel publicó que tribunales alemanes habían aplicado la ley islámica en asuntos de herencia y familiares (incluyendo un caso de poligamia) y Merkel anunció el fracaso del multiculturalismo: “permitir que personas de diferentes culturas vivan sin que se integren no ha funcionado”.

A su vez, desde 2004 el neonazi Partido NacionalDemòcrata [NPD] despuntó en las urnas en algunos länder y logró un escaño a los comicios europeos de 2014. Y en octubre de este año surgió a Dresde la plataforma islamòfoba Pegida (acrónimo de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).

Este marco explica el éxito de AfD al constituir un proceso que el politólogo Pascal Perrineau denominó “lepenització de los espíritus” en Francia: primero, afirma, se difunden las ideas ultraderechistas y después éstas se traducen en votos.

2. El rechazo a la UE, una vía de radicalización derechista

En segundo lugar, el ascenso de AfD ilustra cómo la derecha populista se articula por distintas vías. Así, en los años setenta ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso danés [FrP] y noruego [FrP] haciendo bandera de la protesta fiscal y la oposición a la Establishment, pero para ensanchar su base electoral experimentaron una deriva xenófoba y exigieron que las prestaciones del Estado fueran por los autóctonos.

En los años ochenta irrumpió en Francia el Frente Nacional [FN] liderato por Jean-Marie Le Pen con la inmigración y la inseguridad como temas insignia, siendo emulado por numerosos partidos.

Después del atentado de las torres gemelas de 2001 de Nueva York, el rechazo al Islam y a la UE han ofrecido nuevos caminos para conformar ofertas ultraderechistas, como testimonian de diferente manera el Partido por la Libertad holandés [PVV], el Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP] y ahora AfD.

Y es que AfD se constituyó el 2013 como una formación euroescéptica que marcó distancias de la extrema derecha y logró buenos resultados a los comicios federales y europeos de 2014 al denunciar las políticas de rescate a la UE. Pero después su euroescepticismo confluyó con la oposición a la llegada de refugiados y el rechazo del Islam y adquirió un perfil extremista.

De forma significativa, en Estrasburgo este partido dejó el Grupo de los Conservadores y Reformistas (que incluye los tories británicos) y se unió al Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa (con el UKIP).

3. Crisis económica no implica ascenso ultraderechista

En tercer lugar, el ascenso de AfD en un país saneado como Alemania refleja que el crecimiento de la ultraderecha no se puede vincular de forma mecánica a crisis económica. Tal hecho se pudo constatar ya en los comicios europeos de 2014, cuando los países “rescatados” (Portugal, España, Irlanda y Chipre) mostraron la ausencia de fuerzas de este signo y en Grecia sólo sumaron el 12.8%, con Amanecer Dorado (9.4%) y Griegos Independientes [ANEL] (3.4%). Unos datos que contrastaron con los grandes resultados del UKIP (26.7%), del Partido Popular Danés [DF] (26.6%), del FN (25%) y del Partido de la Libertad de Austria [FPÖ] (19.7%).

Esta panorama refleja que la derecha populista se nutre del apoyo de perdedores de la globalización, pero no de manera exclusiva: amalgama un voto socialmente amplio e ideológicamente transversal. En tal contexto, la lógica de su ascenso no obedece a ningún determinismo y puede ser cortocircuitada cuando otras opciones canalizan la protesta contra El Establishment, como plasman Podemos en España o Syriza en Grecia.

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* Esta es una versión actualizada del artículo publicado originalmente en catalán en el diario Ara titulada “Les tres lliçons de la ultradreta alemanya” (13/IX/2016)