EL PRIMER FASCISMO ESPAÑOL: LOS “HIJOS DE MALASAÑA” Y LA LIGA PATRIÓTICA ESPAÑOLA*

agosto 19, 2016

Una de las escasas fotos de Ramón Sales Amenós en diciembre de 1919, en un acto de homenaje al general  Severiano Martínez Anido

HACE 90 AÑOS NACIÓ EN  BARCELONA EL PRIMER FASCISMO ESPAÑOL. Su promotor fue Ramón Sales Amenós, un carlista de acción leridano, nacido en La Fuliola, que pasó a la historia por fundar oficialmente en octubre de 1919 el Sindicato Llibre. Esta organización se enfrentó a tiros a la poderosa Confederación Nacional del Trabajo [CNT] en el marco de una “guerra social” que conmocionó Barcelona.

El Libre logró un importante protagonismo en los años veinte, pues bajo la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930) se extendió por toda España como Confederación Nacional de Sindicatos Libres [CNSL] e igualó en afiliados a la Unión General de Trabajadores [UGT] socialista. Así, en 1929 la organización dirigida por Sales tenía 197.853 miembros y más de un 40% residía fuera de Cataluña (unos 81.000).

La Liga Patriótica, los primeros fascistas

Pues bien, en los meses previos a la creación del Sindicato Libre, Sales perteneció y promovió el primer colectivo ultrapatriota que surgió en el país: la Liga Patriótica Española [LPE]. Ésta configuró un ente ultraespañol de combate que surgió ante la campaña de demanda de autonomía promovida por la Lliga desde noviembre de 1918, secundada por republicanos y la mayoría del carlismo y radicalizada por los nacionalistas que lideraba Francesc Macià, oficial que dejó el Ejército tras el asalto al Cu-Cut! y fundó la ultracatalanista Federació Democràtica Nacionalista [FDN] el mismo 1918.

Según el primer y más minucioso estudioso de la LPE, Enric Ucelay-Da Cal, la agitación catalanista condujo a “tres meses de virtual rebelión nacionalista” entre noviembre de 1918 y febrero de 1919, al generar una espiral de manifestaciones espontáneas seguidas de represiones policiales. En diciembre de 1918 un oficial fue herido grave de bala y un sargento acabó con la cabeza abierta por un garrotazo. El diario El Imparcial retrató alarmista el clima barcelonés: “Para dar un ¡Viva a España! Hay que empuñar la browning, o hallarse dispuesto a ir a la casa de socorro”.

Esta situación generó la confluencia de elementos españolistas en la Liga que, con la complicidad de policías y militares, “limpió” de separatistas las Ramblas –donde tenía su sede- con bastones y pistolas. Cristalizó así un núcleo ultraespañol nutrido por oficiales de paisano, funcionarios de bajo rango, policías fuera de servicio, e “hinchas” del club de fútbol Español que constituyeron -según Ucelay-Da Cal- “la reducida clientela del fascismo español en Barcelona hasta 1936”.

“A todos los buenos españoles”

La nueva Liga editó un manifiesto fundacional (“¡Viva España!”) dirigido “A todos los buenos españoles” denunciando que en “este trozo de España que se llama Cataluña” unos malvados catalanes “pretenden intervenir en la conferencia de paz [de París] para que le sea concedida a Cataluña la independencia que los villanos sueñan les llegue impuesta por el mandato de Europa”, como Cuba al mediar EE.UU.. El texto exhortaba “un día y otro día a aclamar [¡Viva España!] para ahogar con él las vociferaciones de esos perros separatistas”.

El colectivo tuvo su sede sobre el teatro Petit Pelayo, en la Rambla (desde donde hostilizaba actos de signo catalanista), y su “grito de guerra” fue la canción “La hija de Malasaña” que cantaba en el teatro Goya la cupletista “Mary Focela” y concluía así:

“Lucho como una leona/ al grito de viva España!/ Y es que por mis venas corre/ la sangre de Malasaña”.

Finalmente, el desarrollo de una gran huelga entre febrero y abril de 1919 de la gran empresa suministradora de luz de Barcelona –llamada popularmente La Canadiense (la Barcelona Traction Light and Power)-  tuvo un impacto social que eclipsó súbitamente la agitación catalanista y la LPE.

La capital del fascismo: Barcelona, no Madrid

No obstante, como Sales hizo de puente en estos meses entre tres ámbitos distintos -la oficialidad, el carlismo radicalizado y los elementos ultraespañolistas- creó el sustrato que alumbró los Sindicatos Libres y su particular radicalismo blanco, que les ha hecho  ser considerados por su gran investigador Colin M. Winston como prefascistas o, según el historiador Manuel Pastor, como claramente fascistas (Los orígenes del fascismo en España, 1975).

Propaganda de los Sindicatos Libres: su encarnación persigue al anarquismo, el separatismo, la masonería, el comunismo y el judaísmo.

Cuando se cumplen 90 años de la creación del eclipse de la LPE y la creación del Libre por Sales (murió en noviembre de 1936 fusilado o descuartizado con vehículos que ataron a sus extremidades), éste ha sido borrado de la historia del fascismo español, cuyo protagonismo ha acaparado el tardío fascismo madrileño y vallisoletano, que han generado una abundante literatura y distorsionado su historia en España: al igual que en Italia surgió en el Norte -en una Barcelona muy similar a Milán- y no en la capital. Y lo hizo también con un carácter escuadrista y combativo.

Para concluir, apuntaremos que esta situación de “vanguardismo” ideológico catalán ha perdurado en la ultraderecha española todo el siglo XX: Barcelona ha sido el gran centro innovador y exportador ideológicamente y -salvando las distancias- el actual Movimiento Social Revolucionario [MSR] testimonia aún esta vitalidad. Si esta dinámica ha cambiado en la última década ha sido precisamente por los esfuerzos ideológicos importadores de los núcleos de Barcelona o la innovación autóctona que ha supuesto la irrupción de un populismo islamófobo como la Plataforma per Catalunya [PxC].

Bibliografía

Sobre la LPE, véase Enric Ucelay-Da Cal, El nacionalisme radical català i la resistencia a la dictadura de Primo de Rivera, 1923-1931, Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 1983, s. n.. Véase asimismo la voz de la LPE en I. Molas (ed.),  Diccionari dels partits polítics de Catalunya segle XX, Institut de Ciències Polítiques i Socials / Enciclopèdia Catalana, Barcelona, 2000, pp. 150-151. Sobre el Sindicato Libre, véase Colin M. Winston, La clase trabajadora y la derecha en España (1900-1936), Cátedra, Madrid, 1989.

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* Reproducimos esta entrada debido a la consulta de un lector interesado en el tema, pues fue publicada originalmente en el blog en 2012.


EL BREXIT. ENTREVISTA A MARIA MUT (2): “EL EUROESCEPTICISMO BRITÁNICO ESTÁ EN EL ADN DEL REINO UNIDO”

julio 1, 2016

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[Hace dos años, el 21 de mayo de 2014, publicamos una extensa entrevista con Maria Mut en dos entradas sobre el euroescepticismo británico y la derecha populista y la ultraderecha. Tras la victoria del Brexit consideramos que la entrevista tiene un renovado interés al ofrecer una amplia panorámica de la cuestión y hemos decidido reproducirla de nuevo. Esta es la segunda parte].

Maria Mut Bosque es  profesora de Derecho Internacional  y Comunitario de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC) y Research Fellow ICS (Universidad de Londres). Incisiva analista del euroesceptiscismo británico, nos ha parecido pertinente entrevistarla sobre un tema importante: la situación de los partidos de extrema derecha y eurófobos de derecha radical.

Mut, al margen de realizar su tesis doctoral sobre las relaciones entre Europa y Gran Bretaña, colabora con los medios de comunicación (12). Por nuestra parte, le agradecemos su amabilidad y generosidad al responder ampliamente por email a nuestras cuestiones, que consideramos de gran interés para nuestros lectores y lectoras.

Esta es la segunda parte de la entrevista. En la primera, como vimos, analizó la situación previa a las elecciones. En esta segunda entrega, expone la evolución histórica de la ultraderecha británica y del euroescepticismo, que ha sido muy importante e  ideológicamente transversal en Gran Bretaña.

¿Históricamente cuáles fueron las primeras fuerzas de ultraderecha del Reino Unido?

Como antecedentes de grupos de ideología racista y antisemita en 1918 tenemos colectivos como la Britons Society o Sociedad de los británicos, pero habrá que esperar algunos años para que esta ideología cobrara vida política.

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Concentración de los British Fascisti en el Hyde Park de Londres, en 1923.

El primer intento fue en 1923 cuando una mujer, Rotha Lintorn-Orman, que sirvió en la Gran Guerra, fundó el grupo de los British Fascisti (Fascistas británicos), un grupo patriótico de inspiración italiana.

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Rotha Lintorn-Orman, fundadora de los British Fascisti.

No obstante, no tuvo gran trascendencia debido principalmente a su falta de liderazgo y a un programa poco elaborado. Este grupo desapareció en 1934, pero, por el camino, vivió algunas escisiones, que darían lugar al nacimiento de nuevas fuerzas extremistas, que radicalizarían su discurso racista y antisemita y aumentarían su apoyo a la Italia fascista; si bien, a nivel popular contaron con escaso respaldo

Es el caso del National Fascisti, que tuvo una vida breve, y la Imperial Fascist League(Liga Imperial  Fascista), que apenas contó con una década de vida.

OMosleyEn 1930, Sir Oswald Mosley, un diputado que había formado parte tanto del partido conservador como del laborista, fundó el New Party [Partido Nuevo], que radicalizó progresivamente su discurso y acabó abrazando una ideología claramente fascista. Así, dos años más tarde de su creación, Mosley fundó la British Union of Fascists [BUF,Unión Británica de Fascistas], que integró varias organizaciones británicas de este espectro. La Unión tampoco tuvo un gran arraigo y desapareció en 1940, dando lugar a nuevas formaciones.

¿Y en la postguerra cuáles habrían sido las organizaciones más significativas?

Conviene recordar que las siglas British People’s Party [BPP, Partido Popular Británico] han acogido diversas formaciones de ultraderecha, todas ellas consideradas de ideología nazi, pero con escaso apoyo popular.

La primera de ellas nació en 1939, fruto de una escisión de la Unión de Fascistas Británicos y se extinguió en 1954. Tuvo una actividad limitada, reducida a la celebración de mítings y la publicación de un diario. La utilización más reciente de este rótulo fue en 2005, por Kevin Watmough, Eddy Morrison, John Graeme Wood y Sid Williamson, que fundaron el BPP- Putting Britons First [Partido Popular Británico – Anteponiendo a los británicos sobre todos los demás]. De ideología fascista, neonazi y eurófoba.

Parece que esta formación no ha corrido mejor suerte que las anteriores. En el 2013 entró en una grave crisis, ya que nunca contó con apoyo popular significativo y sufrió el abandono de un gran número de militantes y hoy en día se encuentra gravemente debilitada.

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Propaganda del BBP en su web defendiendo la integridad del Reino Unido.

En la presentación de su web, el actual British Popular Party manifiesta el siguiente propósito: “Abogamos por una sociedad monoracial: Vivimos en una nación que es históricamente aria y nuestro propósito es estabilizar nuestra población mediante la prohibición de admitir más inmigración en nuestro país”.

¿Qué importancia ha tenido el National Front?

El National Front [NF, Frente Nacional] se constituyó en 1967 y está vigente actualmente, pero muy debilitado. De ideología racista y contraria a cualquier tipo de inmigración, la época en que contó con mayor apoyo popular fue la década de los setenta, bajo el liderazgo de John Tyndall.

De hecho, sin contar el Scottish National Party y el Ulster Unionist Party, en 1979 se convirtió en cuarto partido del Reino Unido (sexto si se tienen en cuenta estos dos), consiguiendo casi 200.000 votos, aunque no obtuvo representación parlamentaria estatal. Conoció un rápido declive, hasta llegar a su gran debilitamiento actual.

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Logotipo del National Front.

Tyndall  fundó el actual British National Party [BNP, Partido Nacional Británico]  en 1982, cuya ideología testimonia esta máxima: “El día que nuestros seguidores pierdan su capacidad de odio, será el día en que pierdan su poder y su voluntad de lograr algo que realmente merezca la pena”. Tyndall promovió el BNP al ser consciente de que el NF conocía una decadencia electoral y quiso crear una formación que pudiera controlar y ofreciera una nueva imageny estructura, aunque de ideología muy similar.

Así, los dos factores principales que contribuyeron al mencionado declive del NF fueron dos factores. Uno fue el endurecimiento del discurso de los conservadores, bajo el liderazgo de Margaret Thatcher, que lograron hacerse con parte del apoyo del electorado que tradicionalmente votaba a este tipo de formaciones. El segundo factor fue la mencionada creación del BNP,  cuyo liderazgo fue asumido desde 1999 por su controvertido dirigente Nick Griffin, acusado en numerosas ocasiones de incitación al odio racial y de difusión de propaganda racista.

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Imagen del actual líder del BNP, Nick Griffin, participando en una marcha del NF en 1983.

Sin embargo, Griffin se ha defendido constantemente, argumentando que ni él ni el BNP son racistas, y que lo único que hacen es abordar de una manera clara y directa la grave problemática de la inmigración y es eso, lo que les permite disfrutar de gran apoyo popular. También señala que una gran mayoría de ciudadanos británicos son racistas.

Si ahora nos centramos en el ascenso del UKIP, surge una pregunta importante: ¿En Reino Unido el euroescepticismo es patrimonio de la ultraderecha?

Todos los partidos políticos británicos han tenido momentos de euroescepticismo y algunos han ido un paso más allá defendiendo posturas eurorupturistas e incluso eurófobas. Por tanto, la idea de que el euroescepticismo británico es un fenómeno exclusivo de los partidos de derecha es falsa.

De hecho, fueron los laboristas los que se mostraron contrarios al proceso de adhesión del Reino Unido en las entonces Comunidades Europeas, proceso que negociaron precisamente los conservadores. Así, tanto los conservadores como los laboristas han mostrado sentimientos contradictorios respecto del proyecto de integración europea, a medida que éste ha ido avanzando.

A diferencia de los conservadores que basan su euroescepticismo en la erosión que comporta el proyecto de integración en los valores tradicionales británicos, el Partido de los Verdes lo basa, en gran medida, en el temor que la  política británica acabe dominada por intereses corporativistas y mercantilistas. Desde una perspectiva histórica, el partido que ha mostrado una posición más estable y proeuropea ha sido indudablemente los Liberales–Demócratas.

¿Cuáles han sido las tendencias más recientes en este ámbito?

En los últimos años, con el proyecto europeo estancado por la crisis, el euroescepticismo británico ha ido proliferando más si cabe entre la sociedad británica, e incluso se ha vuelto el foco central del ideario de diversas formaciones políticas, como el UKIP o el BNP.

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Concentración de NO2EU con el lema “No a la UE, sí a la democracia”.

Incluso, en 2009 apareció un nuevo partido político, NO2EU [No a la Unión Europea] que de manera expresa e inequívoca aboga por la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Es una alianza electoral euroescéptica que podríamos calificar de extrema izquierda, creada en el 2009 para hacer campaña en las elecciones al Parlamento Europeo de ese año utilizando el lema “No2EU (No a la Unión Europea) – Sí a la Democracia”.

¿El euroescepticismo es una realidad reciente su amplitud?

El euroescepticismo británico está en el ADN del Reino Unido, forma parte de él como algo crónico. Por tanto, no se trata de una cuestión que haya surgido recientemente ni de un hecho aislado, de duración breve y actualmente superada, tal como ha ocurrido en otros esrados, como en el caso de Malta.

Curiosamente, el euroescepticismo británico no tiene un carácter lineal, sino que es un euroescepticismo modulable y modulado, en el sentido que pasa por períodos en que es moderado, y aunque nunca ha logrado convertirse en un verdadero euroentusiasmo, ni siquiera en el momento de adhesión a la Unión Europea (ingresó en la CEE en 1973).

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El euroescepticismo está arraigo en la política británica. Esta caricatura de Rainer Hachfeld, publicada en The Guardian, muestra a David Cameron abandonando Europa llevándose literalmente al Reino Unido (fuente www.voxeurop.eu).

Recordemos que éste último fue complicado: sus países fundadores, especialmente Francia, no tenían muy claro que el Reino Unido tuviera el firme propósito de comprometerse con el proyecto europeo y su candidatura fue vetada, hasta en dos ocasiones (1963 y 1967) por el general Charles de Gaulle, presidente de Francia.

Los temores fueron fundados y corroborados tan sólo dos años después de su entrada, en 1975 el Reino Unido celebró un referéndum en que se replanteaba su permanencia en el mercado común, la opción favorable se impuso por mayoría amplia, con un 67% de los votos.

¿Ha habido en algún momento “euroentusiasmo” en la política británica?

La modulación del euroescepticismo británico nunca ha conducido al euroentusiasmo, pero si ha habido épocas de euroestabilidad o eurotranquilidad. Si bien ha sido una tranquilidad relativa, porque siempre han subsistido notas de eurocriticismo.

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Propaganda de la UE: “La Unión Europea no funciona”.

En otros períodos este euroescepticismo se ha modulado en la dirección opuesta, radicalizándose, es decir, convirtiéndose en eurorupturismo e incluso, en eurofobia. En los momentos de eurorupturismo, el Estado británico se caracteriza por adoptar una posición antieuropea, que contempla como única vía posible, la marcha de la Unión Europea. En definitiva, el euroescepticismo británico no es un fenómeno ni aislado ni pasajero.


¿QUÉ HACER CON LOS INTELECTUALES FASCISTAS?*

marzo 28, 2016

Knut_HamsunKnut Hamsun en 1914 (foto de Anders Beer Wilse procedente de Wikipedia).

LA CONMEMORACIÓN DEL 150º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL ESCRITOR KNUT HAMSUN (1859-1952) en Noruega en el 2009 creó allí una incómoda situación, al reunir este autor la condición de galardonado con el Nobel en 1920 y admirador del nazismo. La efeméride dividió al país, y su presupuesto de 1.3 millones de euros contrastó con los 7.5 millones dedicados el 2006 al centenario de la muerte de Henrik Ibsen. Vino a ser, pues, una conmemoración con sordina: “hablemos de él, pero en voz baja”.

Con Louis Ferdinand-Céline (1894-1961) la cuestión no varía mucho: autor imprescindible en la literatura francesa, resulta incómodo al encarnar la “vanguardia” fascista con sus contradicciones, ahora visibles en buena medida en los comentarios publicados de su última esposa, Lucette Destouches, en Céline secreto.

¿Qué hacer con los autores fascistas?

Hoy su ideología sólo puede parecernos execrable, pero existen dos elementos de fondo a tener en cuenta al abordar sus figuras, al margen de reivindicaciones ideológicas. El primero es que no se puede disociar al autor de su época, y si rechazamos la cultura fascista de entreguerras nuestra nómina de autores “libres de toda sospecha” puede quedar muy limitada. En el caso francés, por ejemplo, incluiría a Marcel Jouhandeau (1888-1979), Henry de Montherlant (1895-1972) o Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), cuya biografía publica ahora Enrique López Viejo. La de Italia, por poner otro ejemplo, podría sumar a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Luigi Pirandello (1867-1936), Curzio Malaparte (1898-1957) y los hombres de letras que se asociaron al fascismo, flirtearon o se comprometieron con él y luego rompieron con esta ideología. Así la nómina de intelectuales “malditos” (o como se les quiera llamar) puede crecer de modo voluminoso.

La segunda cuestión que se debe plantear al valorar a estos autores es aún más relevante: el intelectual de fama que pone su nombre en letras de molde al servicio del enemigo deviene el “traidor” por antonomasia. En la Francia de posguerra el escritor Jean Paulhan (1884-1968) puso el dedo en esta llaga en 1947, cuando afirmó que “los ingenieros, empresarios y albañiles que construyeron el muro del Atlántico [una fortificación erigida en el norte de Francia entre 1941 y 1944 por los alemanes], pasean muy tranquilos entre nosotros” y “construyen los muros de las nuevas cárceles donde se encierra a los periodistas que cometieron el error de escribir que el muro del Atlántico estaba bien construido”. Y es que se sancionó con mayor severidad a quienes loaron el esfuerzo de guerra nazi, que a quienes participaron en él. Céline lo comentó con sorna ante su proceso: “Con tres o cuatro kilómetros de muro del Atlántico, yo me libraría. ¡Haría mucho que estaría ‘archivado’!”.

Finalmente, en España, al calibrar la relación entre intelectuales y fascismo tenemos un problema de perspectiva y es que ésta no ha sido necesario plantearla. Los cuarenta años de dictadura ofrecieron un generoso margen para que todo el mundo evolucionara políticamente y quedasen difuminados sus compromisos del pasado: ¿Qué decir, sino, del Camilo José Cela que se ofrecía como confidente policial en 1938? ¿O del Poema de la bestia y el ángel que José Mª Pemán escribió ese año al servicio de los sublevados? ¿O del Dionisio Ridruejo que en 1942 rompió con Franco porque éste no instauraba un régimen realmente falangista?

¿Podemos separar a los autores de la obra?

En definitiva, podemos continuar estigmatizando a los autores fascistas o manipularlos con pinzas por el rechazo que nos producen, pero si prescindimos de ellos perderemos de vista que no fueron individuos aislados, sino que formaron el mascarón de proa de una Europa en la que el fascismo sedujo a amplias masas, por lo que la visión de la literatura del Viejo Continente quedará amputada.

Con estas consideraciones no exhortamos a tirar cohetes ante el cumpleaños de Hamsun ni a erigir altares a Cèline; sólo a dejar patente que sus figuras se deben asumir con su brillantez literaria y su ideología condenable: forman un todo indisociable en términos personales y de la era que les tocó vivir.

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* Este artículo se publicó originalmente en Qué leer, 144 (junio 2009, p. 4) con el título “Escritores fascistas, autores ‘malditos’”. En esta entrada hemos actualizado los tiempos verbales para facilitar la lectura.


¿QUÉ QUEDA DE FRANCO? CASI UN 20% DE ESPAÑOLES CONVIVIRÍA CON UN RÉGIMEN AUTORITARIO

diciembre 18, 2015

Sombra de franco

La sombra de Franco es ya solo una sombra difusa (imagen de www.elmundotoday.com).

SOLO UN 1% DE ESPAÑOLES SE SIENTE ORGULLOSO DEL RÉGIMEN DE FRANCO, aunque uno de cada cinco no tendría problemas con convivir bajo un régimen autoritario, el mismo porcentaje que  critica actualmente la Transición a la democracia.

Éstas son algunas de las conclusiones que el analista Carles Castro destacaba a partir de un análisis de datos del CIS publicado en La Vanguardia (23/XI/2015) y reproducimos a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores.

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Franquismo, cuatro décadas para olvidar

Cuatro décadas duró su régimen y cuatro décadas han pasado ya desde que Francisco Franco expiró en una cama de hospital, el 20 de noviembre de 1975. El dictador que se impuso militarmente a más de media España sólo pudo ser derrotado por el tiempo. Todo lo que él combatió a sangre y fuego –la democracia, los partidos políticos, las autonomías o la libertad de costumbres– se hizo realidad tan pronto desapareció de escena.

Quizás por eso, la figura de Francisco Franco se ha convertido en una sombra, otra más, del pasado, y en un oscuro fantasma que se diluye en la memoria inmediata de las nuevas generaciones. Y, sin embargo, las huellas de su dictadura (los muertos olvidados en las cunetas, los monumentos que evocan las siniestras hazañas de la Guerra Civil o el respingo colectivo que siempre produce recordar lo que realmente ocurrió) siguen ahí. Casi el 60% de los españoles y un 70% de los catalanes creen que “el recuerdo del franquismo continúa muy vivo en la memoria” de los ciudadanos. Pero, al mismo tiempo, hasta un tercio de los encuestados por el CIS (en España y en Catalunya) consideraban hace menos de una década que “es mejor olvidarse del pasado porque, si se remueve, podría volver a repetirse la Guerra Civil”.

Graficos-FrancoInfografía de La Vanguardia realizada a partir de datos del CIS.

De hecho, sólo en Catalunya son mayoría –y corta– los partidarios de esclarecer las violaciones de los derechos humanos que se registraron durante el franquismo. Y ello a pesar del reconocimiento generalizado (del 80% en España y del 91% en Catalunya) de que “durante el franquismo se violaron los derechos humanos”.

Pero la realidad ibérica es siempre más compleja. Muchos años después de su demolición, el porcentaje de españoles que emitían un juicio benévolo sobre el franquismo permanecía invariable: casi un 50% consideraba que la dictadura “tuvo cosas buenas y malas” y otro 10% la calificaba incluso de “positiva para España”.

Sin embargo, esa mirada laxa hacia el pasado ha convivido con una apuesta decidida por el régimen de libertades. Es verdad que el apoyo a la democracia ha disminuido a raíz de la crisis económica e institucional que estalló a partir del 2008, pero la tasa de españoles que muestran su preferencia por el régimen de libertades alcanza al 75% y sigue siendo superior a la que se registraba a mediados de la década de los ochenta, cuando aún estaban muy presentes las imágenes del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

Eso sí, uno de cada cinco españoles sigue afrontando sin la menor aprensión la eventualidad de un régimen autoritario. Es el mismo porcentaje (superior al 20%) que a día de hoy critica la transición a la democracia, frente a un 72% –la cifra más baja de los últimos 40 años– que se siente orgulloso del proceso de democratización que protagonizó España.

En realidad, y pese a que un 40% de los españoles y casi el 46% de los catalanes sienten rabia o tristeza al evocar el franquismo, el sentimiento predominante es el deseo de pasar página y dejar definitivamente atrás un periodo del que ­sólo se siente orgulloso el 1% de la población. Tal vez por ello los sondeos detectan una mayoría (rotunda en España y aplastante en Catalunya) a favor de que “los símbolos que rinden homenaje a Franco y al franquismo sean retirados de los lugares públicos”. No se trata sólo de olvidar al dictador sino, sobre todo, a la España violenta e intolerante (aunque muy “plácida” para algunos) que él llegó a representar tan eficazmente.


LA ULTRADERECHA ANTE EL 12-O: VUELVE EL TEMOR AL “TROCEAMIENTO” DE ESPAÑA

octubre 9, 2015

reconquista de EspañaCartel de Coalición Nacional convocando a la manifestación del 12-O en Barcelona.

DE LAS DIVERSAS CONVOCATORIAS QUE ESTE AÑO SE ORGANIZAN EN BARCELONA EL 12-O nos ha llamado la atención este cartel de Coalición Nacional por su lema: “Nueva reconquista para defender nuestro futuro”. La consigan escogida implica que una parte de España, en este caso Cataluña, ya no está en manos de quienes son considerados genuinos españoles y, en consecuencia, se impone “reconquistarla”.

El temor al “troceamiento” de España

En realidad, este discurso no es nuevo, pues el pánico al “troceamiento” de España tiene más de un siglo de existencia y remite, sobre todo, a la crisis que tuvo lugar en 1898, en la medida que el catalanismo surgió afirmándose ante un nacionalismo español aparentemente fracasado. Las concomitancias entre el pasado y el presente (cuando ha tenido lugar la gran crisis del 2008) se advierten en este exhorto de 1899 del dramaturgo catalán Àngel Guimerà a alejarse de una España que se hunde:

Pensamos que [España] es un barco podrido y abierto por todas partes y no tenemos nosotros la culpa […] de que se hunda […]. Y ya que las naciones forasteras se preparan para tirarse encima, siguiendo al barco como tiburones, […] preparémonos también nosotros que vamos en su interior para salvarnos cuando se estrelle contra los bajos de la costa.

Tales soflamas merecieron reprensiones similares a las actuales, como refleja la que formuló en octubre de 1898 el líder conservador en Cataluña, Josep Planas Casals, reproducidas en octubre de aquel año en La Vanguardia:

Espíritus indoctos y exaltados quieren la autonomía absoluta para Cataluña: aún más, la independencia del poder central; aspiración utópica, porque Cataluña necesita de las demás provincias.

 Además, todo tiende en la época presente a la formación de grandes nacionalidades, soñando, aún los más importantes Estados, con engrandecerse, adquiriendo dominios coloniales.

Pero hay caracteres insensatos que todavía van más allá y se muestran partidarios de la separación, renegando de la patria común.

Éstos afortunadamente son pocos.

Los verdaderos catalanes son al propio tiempo buenos españoles.

En tales discursos subyacía el temor a la división de España, que emergió con fuerza en 1898, pues la pérdida de las colonias instaló en sectores políticos y militares el temor a que el regionalismo hiciera de Cataluña una “segunda Cuba”. Y en febrero de 1906 la publicación castrense El Ejército Español consideró que para acabar con el problema catalán se debía recurrir a una política de mano dura: “por no atacar el mal desde el principio, sufrimos en 1898 el desastre que padecimos […]. ¡Pan y Palo! He aquí la política que aconsejamos, seguros de sus buenos resultados”.

España abandonadaEspaña abandonada por las potencias europeas ante la crisis de Cuba (La Campana de Gràcia).

El temor de José Antonio a la independencia de Cataluña

El miedo a la división del Estado persistió y se acentuó en los años treinta, cuando se afianzaron los nacionalismos periféricos. Para ilustrarlo, hemos recuperado una carta de José Antonio Primo de Rivera (que dimos a conocer en el blog en septiembre del 2012) dirigida al general Franco el 24 de septiembre de 1934, poco antes de la revolución de octubre en Asturias y de que el presidente de la Generalitat Lluís Companys proclamase el Estado Catalán de la República Federal Española.

Lo más llamativo de la misiva, desde nuestra óptica, es que el líder de la Falange, al preveer una proclamación de la independencia catalana, consideraba una dificultad significativa para “recobrar por la fuerza” a Cataluña, dada la oposición que tal intento podía generar en Europa.

El alcalde ‘popular’ de Horcajo de Santiago recupera una calle para “José Antonio Primo de Rivera”José Antonio Primo de Rivera, fundador e ideólogo de la Falange.

A continuación reproducimos el fragmento de la misiva de una web con las obras completas de José Antonio Primo de Rivera, que suponemos que reproduce fielmente el texto original y donde nuestros lectores y lectoras disponen del documento completo.

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Madrid, 24 de septiembre de 1934.

Excelentísimo Sr.D. Francisco Franco.

Mi general: Tal vez estos momentos que empleo en escribirle sean la última oportunidad de comunicación que nos quede; la última oportunidad que me queda de prestar a España el servicio de escribirle. Por eso no vacilo en aprovecharla con todo lo que, en apariencia, pudiera ella tener de osadía. Estoy seguro de que usted, en la gravedad del instante, mide desde los primeros renglones el verdadero sentido de mi intención y no tiene que esforzarse para disculpar la libertad que me tomo.

[…]

Una victoria socialista, ¿puede considerarse como mera peripecia de política interior? Sólo una mirada superficial apreciará la cuestión así. Una victoria socialista tiene el valor de invasión extranjera, no sólo porque las esencias del socialismo, de arriba abajo, contradicen el espíritu permanente de España; no sólo porque la idea de patria, en régimen socialista, se menosprecia, sino porque de modo concreto el socialismo recibe sus instrucciones de una Internacional. Toda nación ganada por el socialismo desciende a la calidad de colonia o de protectorado.

Pero además, en el peligro inminente hay un elemento decisivo que lo equipara a una guerra exterior; éste: el alzamiento socialista va a ir acompañado de la separación, probablemente irremediable, de Cataluña. El Estado español ha entregado a la Generalidad casi todos los instrumentos de defensa y le ha dejado mano libre para preparar los de ataque. Son conocidas las concomitancias entre el socialismo y la Generalidad. Así, pues, en Cataluña la revolución no tendría que adueñarse del poder: lo tiene ya. Y piensa usarlo, en primer término, para proclamar la independencia de Cataluña. Irremediablemente, por lo que voy a decir. Ya que, salvo una catástrofe completa, el Estado español podría recobrar por la fuerza el territorio catalán. Pero aquí viene lo grande: es seguro que la Generalidad, cauta, no se habrá embarcado en el proyecto de revolución sin previas exploraciones internacionales. Son conocidas sus concomitancias con cierta potencia próxima. Pues bien: si se proclama la República independiente de Cataluña, no es nada inverosímil, sino al contrario, que la nueva República sea reconocida por alguna potencia. Después de eso, ¿cómo recuperarla?. El invadirla se presentaría ya ante Europa como agresión contra un pueblo que, por acto de autodeterminación, se había declarado libre. España tendría frente a sí no a Cataluña, sino a toda la anti–España de las potencias europeas.

Todas estas sombrías posibilidades, descarga normal de un momento caótico, deprimente, absurdo, en el que España ha perdido toda noción de destino histórico y toda ilusión por cumplirlo, me ha llevado a romper el silencio hacia usted con esta larga carta.

El gobierno de la Generalitat en la cárcel tras la rebelión fallida de octubre de 1934. Companys está en el centro.


UN MUNDO PEOR O CÓMO LA CIENCIA FICCIÓN HA ANTICIPADO SOCIEDADES TOTALITARIAS*

agosto 13, 2015

1984Imagen del film 1984, dirigido por Michael Radford, basado en la novela homónima de George Orwell y estrenado ese año.

LA LITERATURA DE ANTICIPACIÓN TIENE EN JULIO VERNE SU FIGURA ESTELAR, pero muchos otros escritores han imaginado también el futuro, en ocasiones con tintes apocalípticos. ¿Quiénes han sido estos “visionarios” y hasta qué punto se han cumplido sus profecías?

Han pasado casi quinientos años desde que en 1516 Tomás Moro imaginó una sociedad ideal en Utopía. El título aludía a una isla ubicada en América y regida por una organización social a sus ojos ideal. Su nombre fue resultado de unir los términos griegos ou (“no”) y topos (“lugar”): un ”no-lugar”. Al diseño de un mundo mejor trazado por Moro siguieron muchos otros en distintas épocas. El último de cierto eco fue la novela Ecotopía (1975), de Ernest Callenbach, que describe un paraíso ecológico.

En cambio, hasta inicios del siglo XX no aparecieron las primeras antiutopías, llamadas distopías (del griego dus, “malo”), un término acuñado en 1688 por el economista inglés John Stuart Mill. Aunque suele contarse entre ellas La Máquina del tiempo de H.G. Wells de 1895, la primera del siglo XX fue obra del soviético Yevgueni Zamiatín. Este imaginó, en su novela Nosotros (1924), una sociedad totalitaria a partir del control ejercido por el pujante bolchevismo. La obra fue publicada fuera de la URSS y fue la base del célebre 1984 de George Orwell.

Pero aparecieron otras distopías destacadas. EI británico Aldous HuxIey percibió las amenazas de la biotecnología en Un mundo feliz (1932), donde dibujó una comunidad uniforme a causa de las clonaciones. Ya en r953, el norteamericano Ray Bradbury describió otra sociedad totalitaria en Fahrenheit 451, cuyo eje era un férreo control cultural basado en la destrucción de libros.

En este aspecto, si Zamiatín y Orweil diseñaron sociedades totalitarias sustentadas en la represión, Huxley y Braibury las recrearon a través de la adhesión ciega al poder de sus miembros. Finalmente incluimos una antiutopía menos relevante, pero que cobra cierta actualidad: El campamento de los santos (1973), del francés Jean Raspail, que describe la “invasión” de la “Europa blanca” por parte de inmigrante llegados en barcos desde el Tercer Mundo.

Varias décadas después de su aparición hemos analizado si estas obras acertaron con su visión pesimista. Este es el balance.

Del paraíso comunista al infierno

NosotrosEn Nosotros, Yevgueni Zamiatín (1884- 1937) expuso el potencial desarrollo totalitario de la entonces emergente sociedad soviética. La trama se desarrolla en un futuro indeterminado y presenta un llamado “Estado Único” gobernado por un dictador, “El Bienhechor”. Los habitantes son seres despersonalizados, designados con guarismos y cuya vida está regulada por el Estado en todos sus detalles, lo que les garantiza supuestamente su felicidad. La novela está construida a partir de las anotaciones del protagonista, D-503, un matemático que se enamora de I-330, una disidente del Estado Único.  Su idilio imposible se resuelve con el lavado de cerebro de D-503 (que denuncia a I-330) y su reinserción en el sistema.

Nosotros retrata así a una sociedad en la que imperan la tecnología y la racionalidad, con seres que carecen de derecho e intimidad (tienen vivienda de cristal) y cuyos sentimientos son reprimidos (el mal diagnosticado a D-503 consiste en que se la ha formado un alma), mientras El Bienhechor es reelegido en un simulacro de elecciones.

¿De qué fuentes bebió Zamiatín para escribir su obra? Se inspiró en H. G. Wells (a quien dedicó su ensayo), pero sobre todo –como explica el gran experto en cultura soviética Orlando Figes, autor de El baile de Natasha, 2006- en los rasgos más avanzados de la Unión Soviética de los años 20 del pasado siglo, como sus viviendas comunales; estas impedían la privacidad en todos los ámbitos; contaban con un gran dormitorio único y cuartos aislados para mantener relaciones sexuales: “Se construyeron pocos edificios de esa clase aunque tuvieron mucho peso en […] novelas futuristas como Nosotros”, advierte Figes. Remarca que Zamiatín conoció las ideas del ingeniero Alexei Gastey que en aras de la eficacia previó considerar a las personas como unidades proletarias identificadas con números, anunció la desaparición de las emociones y señaló que el alma no se mediría “por un grito o una sonrisa, sino con una válvula de presión o un velocímetro”.

En suma, este escritor, que murió en el exilio, advirtió pronto la pavorosa dictadura que anidaba bajo diseños de felicidad proletaria y la plasmó en un texto de indudable fuerza que inspiró el 1984 de Orwell influyó en Un mundo feliz de Huxley.

Del Padrecito al Gran Hermano

1984-dosLo que, en Zamiatín, era intuición sobre la dictadura soviética, en 1984 (1949) de George Orwell (pseudónimo de Eric Blair, 1903 1950), era en gran medida realidad. 1984 está basada en el relato de Zamiatín. Muestra una sociedad totalitaria identificada con la Unión Soviética de Stalin, cuyo alter ego en la novela es el Gran Hermano que supervisa toda la actividad de los ciudadanos gracias a grandes pantallas.

En el mundo existen tres superpotencias aparentemente en guerra continua: Oceanía −donde transcurre la acción−, Eurasia y Asia Oriental. El dictador, objeto de un desmedido culto a la personalidad, ejerce un control total de los individuos. Para ello cuenta con múltiples medios, como la reescritura de la historia, una brutal represión de la que se encarga, paradójicamente, por el Ministerio del Amor- y la tergiversación sistemática de la verdad: “La guerra es paz; la libertad es esclavitud; la ignorancia es fuerza”, rezan las máximas de esta sociedad.

Como en la obra de Zamiatín, el amor de1 protagonista, Winston Smith, por una mujer, |julia, hace entrar en crisis su fe en el Gran Hermano. Se 1o acusa entonces de ser seguidor del gran enemigo Goldstein (en realidad Lev Trotski) y de formar parte de su supuesta Hermandad, que conspira contra el Gran Hermano.

La fábula de Orwell, desde nuestra óptica actual, no constituyó tanto una novela de anticipación sino un reflejo hiperbólico del boyante estalinismo, consolidado tras la Segunda Guerra Mundial: el desmedido culto al Padrecito Stalin: la dictadura represiva que ejercía un control extraordinario sobre la población; el poder omnímodo del Partido Comunista; la justificación del sistema en la supuesta felicidad que aportaba a la sociedad; la invención de un enemigo imaginario -el trotskismo- al que se atribuían múltiples complots, o la reescritura del pasado según las conveniencias.

Orwell, pues, proyectó en 1984 una pesadilla que ya era real cuando fue publicada la obra, en 1949.Para constatar hasta qué punto acertó al diseñar su retrato de la Unión Soviética, basta leer las novedades aparecidas en los últimos años sobre Stalin y su era: desde las sucesivas biografías del dictador (D. Rayfield, S. Sebag, R. Service) hasta la descripción de la brutal censura que conocieron los escritores (V. Shentalinsky).

Merece subrayarse que entre Zamiatín y Orwell existe un claro nexo, el nosotros frente al yo. Nosotros viene de Dios y yo del Diablo esa es la idea imperante en el universo de Zamiatín: “nosotros controlamos la vida en cada uno de sus aspectos”, explica un dirigente del Partido al protagonista de 1984. En ambos casos el individuo no existe, solo un impersonal y diluido nosotros.

EI ADN y la clonación

UnmundofelizEn Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley (1894-1963)  mostró una sociedad totalitaria organizada en torno a dos ejes: el culto a 1a producción -la máxima deidad se llama Ford- y la meticulosa vigilancia técnica y científica de la reproducción humana (los individuos ya nacen dentro de una suerte de sistema de castas que los predestina a sus futuros menesteres) y de las emociones gracias al consumo de una droga, el soma.

Las personas pierden así su individualidad en una sociedad amorfa de fácil control social. Pero en este mundo existen reservas de humanos -los salvajes- que viven a la antigua usanza. Cuando un miembro de la comunidad la abandona junto con su madre, emergen las con tradiciones: la madre fallece y el salvaje intenta sin éxito vivir como un humano de antaño. Asediado por la prensa y por miles de curiosos, se suicida.

El libro fue una ácida y temprana reflexión sobre las amenazas de la biotecnología. Ya en 1946, Huxley señaló que un rasgo de 1as sociedades totalitarias futuras sería que sus jerarcas gobernarían “una población de esclavos” mediante “un dominio tecnológico y científico”. Por consiguiente, centró la novela en “la aplicación en los seres humanos de los resultados de la futura investigación biológica, psicológica y fisiológica. Apuntó que en su relato la “uniformidad del producto humano ha sido llevada a un extremo sorprendente, aunque quizás no imposible pues consideraba que esa sociedad podía hacerse realidad” en el plazo de un solo siglo

¿Hasta qué punto Huxley dio en el blanco? Él mismo lo analizó en Nueva visita a un mundo feliz (1958), pero era pronto para vislumbrar sus aciertos. Hoy sabemos que los avances biotecnológicos refrendaron parte de sus fantasías, como señaló un gran divulgador de la ciencia, Michio Kaku, en Vísiones (1998): “Las predicciones de Huxley fueron proféticas. Escribió en una época en que las leyes del desarrollo embrionario eran, en gran medida, desconocidas. Menos de cuarenta años después, sin embargo, nació Louise Brown, la primera bebé probeta […]. Y con la llegada de la revolución biomolecular, muchas de sus otras predicciones podrían estar también al alcance”.

En cuanto a si Huxley tenía razón al considerar que tales avances pueden comportar una amenaza para nuestra libertad, creemos que si, en la medida en que planteó un debate hoy candente: el uso de información genética contra los individuos, como advierte Kaku. Por ejemplo, ante el aumento creciente de costes sanitarios, no se puede descartar “que alguien, desde el Gobierno, sienta la tentación de exigir 1a obligación de someterse a pruebas para detectar enfermedades genéticas y negarse simplemente a pagar los costes sanitarios de un niño cuya enfermedad habría sido evitable en caso de haberse realizado pruebas”. Es más, en un futuro, “las personas que tengan hijos sin someterse a pruebas genéticas podrían ser tratadas como parias”. En suma, es muy posible que e1 Estado acabe disponiendo, en el porvenir, de bancos de información genética de cada individuo, con todo lo que ello comportaría.

La destrucción de libros

Farenheit 451Ray Bradbury (1920) escribió Fahrenheit 451 en 1953 con el telón de fondo de la Caza de Brujas anticomunista desatada por el senador Joseph McCarthv. Su obra plantea un problema recurrente en la historia: cómo ejercer el control social mediante 1a censura.

El título de su fábula alude a los grados de temperatura que ha de alcanzar el papel para arder. Su trama se basa en la evolución que experimenta su protagonista, Guy Montag, un bombero pirómano: su labor -como la de todos los bomberos de su sociedad no es apagar fuegos, sino actuar policialmente quemando los libros prohibidos y las casas que los almacenan, incluyendo a sus moradores si se resisten a dejarlas.

En la novela, Montag se cuestiona su labor y las normas de su sociedad. Deviene así enemigo del sistema y su mujer acaba denunciándolo a los bomberos-policías. Ella vive subyugada por un mecanismo de control audiovisual: grandes pantallas de televisión situadas en las paredes del hogar que permiten interactuar a los espectadores con los programas, en lo que parece constituir una suerte de Gran Hermano televisivo: “Es mi familia”, dice la mujer de Montag al referirse a ellos. En esta sociedad, quienes leen inquietan al poder que ve en los libros “fusiles cargados”. Así las cosas, Montag se une a los proscritos que conservan en su memoria diferentes obras para salvaguardarlas, convertidos en libros vivientes.

Bradbury explicitó viejos problemas con mimbres nuevos. Por una parte, recordó que un mecanismo esencial del totalitarismo es la censura de libros, como refleja Fernando Báez en su Historia universal de la destrucción de libros (2004). Pero, además, planteó otras cuestiones hoy vigentes: ¿Hasta qué punto puede sucumbir la cultura escrita ante la audiovisual?, ¿Pueden los grandes hermanos televisivos regir nuestras vidas, como en el film El show de Truman (Peter Weir, 1997)? Y si nos preguntamos si son un ensueño las pantallas televisivas domésticas de Bradbury gigantes e interactivas, Kaku -en su mencionado ensayo Visiones– vislumbra algo de cierto parecido en 1a vivienda inteligente del futuro: “Los tableros, de aproximadamente un metro de longitud, son enormes pantallas informatizadas que se cuelgan en la pared. En casa […] pueden funcionar como pantallas de vídeo de tamaño mural para la televisión interactiva o la web explica.

La “invasión” del Tercer Mundo

campamento de los santosEl temor a la sociedad multicultural cuenta asimismo con una antiutopía: El campamento de los santos, publicada en 1973 por el escritor francés Jean Raspail (1925) y traducida a diversos idiomas (el español entre ellos). La novela recrea el ocaso de Europa debido a una invasión pacífica del Tercer Mundo, iniciada con un convoy de navíos que sale de la India con un millón de indigentes. La expedición parte por sorpresa y es orquestada por un poder oculto.

La prensa progresista bautiza el convoy como “la flota de la última esperanza”, que es rechazada por Australia, Egipto y Sudáfrica, hasta desembarcar en las costas de Francia. En este país las conciencias han sido adormecidas por un clima de opinión políticamente correcto generado por los medios de comunicación y la Iglesia (gobernada por un papa brasileño que ha vendido 1as riquezas del Vaticano para dar testimonio de pobreza). Al aproximarse la flota a la costa, se multiplican en todo el mundo iniciativas migratorias similares, un asalto pacífico por parte de1 Tercer Mundo que constituye e1 preludio del ocaso de Occidente. La llegada de la flota al Midi genera una revolución multirracial y el último reducto de defensores de Occidente es aniquilado. Sucumbe así la raza blanca y la propia Europa. El título de la novela procede del Apocalipsis y, según afirmó Raspail en 1985, su parábola se haría realidad en los primeros decenios del tercer milenio. Lo argumentó en función del desequilibrio demográfico: “Cercados en medio de 7.000 millones de hombres, 700 millones de blancos solamente […], frente a una vanguardia de cerca de 400 millones de magrebíes y musulmanes. ¿Puede imaginarse alguien en un segundo y en nombre de qué ceguera de avestruz es posible la supervivencia de este desequilibrio?

En suma, la obra articula toda la mitología ultrapatriota sobre el eclipse de nuestra civilización: hordas procedentes del Tercer Mundo asaltan pacíficamente Europa, obedeciendo planes ocultos, y hallan una sociedad aletargada.

Ello permite considerarla como una antiutopía que sintetiza los temores y obsesiones propios de la ultraderecha, que denuncia los peligros de la inmigración concebida como invasión. Así 1o reflejó Jean-Marie Le Pen en el 2002: “Se puede estimar que la población de origen extranjero reciente [en Francia] en el año 2000 es del orden de 8 millones, […] en una población francesa global de 58,5 millones. La asimilación no es ya posible. Uno piensa entonces en la profecía de Jean Raspail”.

Trailer del film Fahrenheit 451, dirigido por François Truffaut (1966) y basado en la novela homónima de Ray Bradbury.

Espejo de nuestros temores

E1 siglo XXI parece haber arrinconado en e1 baúl de la historia las esperanzas de utopías relacionadas con una humanidad libre de desigualdades, armónica con su medio natural, sin dictaduras y dotada de instrumentos para dirimir conflictos sin guerras. En cambio, las pesadillas plasmadas por algunos de estos escritores –visionarios aún estremecen.

E1lo se comprende en la medida en que las sociedades que imaginaron han reflejado los terrores obsesivos de inicios y fines del siglo XX: miedo a los sistemas totalitarios, a los peligros de la biotecnología, a los de la censura, a la invasión migratoria. Vistas sus fábulas en perspectiva, se han alejado de la realidad por su carácter apocalíptico, pero se han acercado extraordinariamente a ella por su capacidad de enfatizar los grandes temores del siglo pasado y del nuevo milenio

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* Este artículo fue publicado originalmente con el título “Un mundo peor. El futuro más negro imaginado por la literatura clásica”, Qué leer, 121 (mayo 2007), pp. 44-48. Posteriormente, lo reprodujo la revista Minatura, 123 (julio del 2013) accesible en PDF aquí.

 

 

 

Publicado en la revista Que leer (mayo #121, 2007)


70 AÑOS DEL FIN DE HITLER: “YA NO DOY ÓRDENES”*

mayo 3, 2015

Trailer del film El hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004), que recrea el final de Hitler.

LA MADRUGADA DEL 1 DE MAYO el mariscal Giorgi Zhukov informó a Stalin de que Adolf Hitler había muerto. Su respuesta fue lacónica: «¡Bueno, ya hemos acabado con el bastardo ese!». El líder nazi se suicidó junto a Eva Braun hacia las 15.30 horas del 30 de abril. Fue el Götterdämmerung u ocaso de los dioses fascistas, pues el dictador alemán se mató influido por la suerte de Benito Mussolini.

El Duce y su amante Claretta Petacci fueron descubiertos por los partisanos cuando huían a Suiza y fusilados el 28 de abril en Mezzegra. Luego, sus cuerpos fueron trasladados a Milán y expuestos en el piazzale Loreto. Allí la multitud les escupió y agredió y colgó sus cuerpos por los pies en una gasolinera. Hitler expresó entonces su determinación de no entregarse: «¡No caeré en manos del enemigo ni vivo ni muerto! ¡Cuando muera mi cuerpo deberá ser incinerado para que nadie lo descubra jamás!».

Mussolini_Petacci_LoretoLos cuerpos de Mussolini y su amante, Claretta Petacci, fueron vejados por la multitud en Milán, lo que influyó en la decisión de Hitler de suicidarse.

Desquiciado

Cuando tomó esta decisión estaba desquiciado. Vivía encerrado en un búnker de hormigón a unos 12 metros de profundidad en la cancillería de Berlín. Sus paredes vibraban por la artillería soviética y el 16 de abril, explica Joachim Fest, ordenó preparar la defensa del lugar. Pero el líder nazi solo era una sombra del caudillo de antaño: «marchaba a paso lento y trabajoso, inclinando hacia delante la parte superior del cuerpo y arrastrando los pies. Le faltaba el sentido del equilibrio», afirmó un oficial.

El Reich se reducía a una pequeña zona de la capital y a sus seguidores irreductibles. Aún así, el 20 de abril celebró su 56 aniversario, al que asistieron jerarcas ansiosos de marcharse al temer que el Ejército Rojo les impidiera salir de la ciudad. Dos días después, en una conferencia con sus altos mandos, Hitler explotó de cólera y dio la guerra por perdida: «Hagan ustedes lo que quieran. Yo ya no doy órdenes». El 27, la urbe estaba rodeada y el 28 se quedó anonadado al saber que su fiel Heinrich Himmler exploraba una rendición.

En las primera horas del día 29, hacia medianoche, el dictador se casó con Eva Braun. Esa jornada dictó su testamento político y personal. Culpó de la guerra al judaísmo internacional y manifestó su voluntad de suicidarse y ser incinerado con su mujer por temor a que los judíos preparasen un espectáculo «para divertir a sus masas excitadas». Entonces supo el destino de Mussolini antes comentado, lo que avivó su temor a ser capturado y exhibido en una jaula por Stalin. Finalmente, el día 30, tras comer con sus secretarias, se dirigió hacia la muerte. Se encerró con Eva Braun en su suite y se oyó un disparo. Quienes entraron vieron a Hitler sentado en el sofá con un impacto en la sien y a su mujer al lado con los labios azulados por el cianuro. Los difuntos fueron bañados en gasolina y carbonizados.

El Reich milenario de Hitler se esfumó pronto, pues -como advierte Ian Kershaw- su muerte hizo desaparecer los signos nazis «de la noche a la mañana». En agosto un informe de los vencedores constataba que «apenas se habla ya de nacionalsocialismo». Pero el fin del dictador dejó una estela de muertes poco conocida: la de muchas alemanas que temían ser violadas. Giles MacDonogh ha rescatado su tragedia: «las berlinesas andaban escasas de comida, pero bien provistas de venenos». Muchas de ellas optaron por el suicidio, en algunos caso masivos. Fue el legado más silenciado del fin de Hitler.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (1/V/2015).