ASÍ ERA LA ULTRADERECHA ESPAÑOLA DE CATALUÑA EN LOS AÑOS REPUBLICANOS

abril 6, 2020

 

Manifestación falangista en defensa de la unidad de España en 1934 (foto de eldiario.es).

 

EXISTE UN VACÍO EN LOS ESTUDIOS DE LA ULTRADERECHA EN CATALUÑA en relación al primer tercio de siglo XX. Ahora el historiador José Fernando Mota Muñoz (a quien ya entrevistamos en este blog)  ha llenado el correspondiente a la década de los años treinta con un estudio que acaban de editar les Publicacions de la Universitat de Barcelona: ¡Viva la Cataluña española! Historia de la extrema derecha en la Barcelona republicana (1931-1936).

La ultraderecha española en Cataluña, una historia fragmentaria

Hasta ahora teníamos informaciones fragmentarias sobre el ultraespañolismo del primer tercio de siglo. Conocemos su origen en Cataluña, ya que llegó de Ultramar, con la repatriación de los peninsulares que vivían en Cuba tras la derrota de 1898. Entonces los recién llegados, esencialmente militares, vieron en el despuntar del regionalismo que Cataluña una “segunda Cuba” y se aprestaron a defender la unidad de España, a sus ojos amenazada.

No obstante, el primer colectivo fascista y españolista no se constituyó hasta 1918-1919, al crearse la Liga Patriótica Española [LPE], que se enfrentó a los catalanistas y cuya figura destacada fue Ramón Sales Amenós, fundador del Sindicato Libre. El segundo grupo notable fue el colectivo La Traza, formado por oficiales bajo el impacto de la “marcha sobre Roma” de Benito Mussolini en octubre de 1922 y constituido en 1923.

Con la instauración de la dictadura de Miguel Primo de Riveraen 1923  y la promoción de la Unión Patriótica [UP] como partido oficial del régimen, el ecosistema político catalán cambió, lo que también afectó a la extrema derecha barcelonesa. En la actualidad aún está por escribir la historia del upetismo en Cataluña.

Los años treinta, un excelente retrato

En relación a los años treinta teníamos igualmente trabajos fragmentarios. Ahora el estudio de Mota cambia de forma substancial esta situación gracias a su trabajo: un libro extenso (más de 450 páginas), escrito de forma ágil, con una importante bibliografía y un apartado de fuentes en el que constan los archivos consultados. Cuenta con un índice onomástico y está prologado por Joan María Thomàs, experto en los estudios sobre Falange y fascismo en España.

La obra se estructura en cuatro partes. La primera se titula “Orígenes” y traza un panorama de la extrema derecha antes de la proclamación de la Segunda República que constituye una suerte de retrato de familia, al aparecer el universo deportivo (con la Peña Ibérica) y el político. La segunda parte, “Reconstrucción”, expone como se recompuso la ultraderecha durante la Segunda República hasta los llamados hechos de octubre de 1934. La tercera parte, “Oportunidad” analiza su importante conexión con los militares que se sublevaron en 1936 y la cuarta y última, “Fracaso”, se centra en el triunfo de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936 y la sublevación en Barcelona (puede accederse al sumario clicando aquí o en este PDF: indice_cataluña_española).

El libro de Mota es más que recomendable por varias razones, de las que a continuación destacamos las tres que juzgamos más importantes. Por una parte, es una obra necesaria porque –como hemos apuntado- traza una visión de conjunto de este espectro político. Por otra parte, el autor, además de exponer las historias de los grupos analizados, aporta útiles biografías de numerosos protagonistas significados.

Un libro de referencia

Finalmente, es un estudio de referencia obligada por su minuciosa labor de reconstrucción de hechos y personajes. En tal sentido, Mota partía de una limitación notable, como explica en la introducción: los ultraderechistas quemaron su documentación en julio de 1936 para evitar represalias. Así las cosas, el autor ha recurrido a la hemeroteca, a archivos públicos y privados (notablemente al de Joan Mª Thomas) y ha realizado entrevistas a hijos y familiares de los protagonistas.

El resultado es una obra imprescindible para conocer la extrema derecha española en Cataluña en un período crucial y cuya lectura recomendamos. Puede accederse aquí a una reciente reseña del libro publicada por eldiario.es


CUELGAMUROS: Y DESPUÉS DEL TRASLADO DE FRANCO, ¿QUÉ?*

octubre 26, 2019

La cruz de 150 metros que preside el Valle de los Caídos.

 

EL TRASLADO DE LOS RESTOS DE FRANCO AL CEMENTERIO DE EL PARDO es el primer paso para que el Valle de los Caídos, según afirmó el PSOE en febrero del 2018, “se reconvierta en espacio para la cultura de la reconciliación, de la memoria colectiva democrática, y de […] reconocimiento de las víctimas de la guerra civil y la dictadura”. ¿Es posible cambiar el simbolismo franquista del recinto en tal sentido? Consideramos que tal propósito no es fácil por tres razones.

¿Tendrá apoyo suficiente el cambio del Valle de los Caídos?

Materializar tal proyecto requiere un consenso político amplio, algo que hoy es muy complicado. El PSOE ha hecho bandera de las “políticas de la memoria”: en el 2007 José Luis Rodríguez Zapatero promovió la ley de memoria histórica, y en el 2018 Pedro Sánchez dio al tema nuevo brío al decidir exhumar a Franco. Pero la citada norma tuvo la oposición del PP y –por razones distintas- de ERC, sumando 185 votos a favor y 135 en contra. Entonces los populares apoyaron despolitizar el Valle de los Caídos, pero no la ley, lo que se tradujo en su falta de presupuesto durante el Gobierno de Mariano Rajoy. Y en agosto del 2018, PP y Ciudadanos se abstuvieron en la decisión de exhumar a Franco porque el Gobierno lo hizo con un decreto ley (lo que supone “extraordinaria y urgente necesidad”). Igualmente, Pablo Casado ha afirmado que no gastaría “ni un euro” en tal iniciativa. Tal panorama indica que crear el mencionado centro de interpretación en Cuelgamuros puede tener un desarrollo errático según el Gobierno de turno.

¿El recuerdo de la guerra civil dificultará el proyecto?

La exhumación de los restos de Franco ha evidenciado que la vigorosa “memoria republicana” de la contienda coexiste con otra de los vencedores también robusta. Así, el recuerdo de la guerra civil goza de una ‘mala salud de hierro’. Según una encuesta de El Mundo del 21 de octubre, un 18% de ciudadanos son indiferentes a exhumar al dictador, un 42,8% son favorables y un 35,6% contrarios, identificándose estos últimos con votantes de la derecha: Vox (81%), PP (77%) y Cs (48%). Y es que la contienda concluida en 1939 conforma actualmente un elemento potente de identidad política. Lo ilustró la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, al aludir a una hipotética quema de iglesias “como en el 36” tras el traslado del cuerpo de Franco. De hecho, la oposición de la familia del dictador a esta decisión ha situado su figura en el debate público durante año y medio. En este marco sorprende que el CIS no haga preguntas sobre Franco desde el 2008, pues ignoramos si influye su legado. Esta cultura política guerracivilista revela la dificultad de hacer de Cuelgamuros un “lugar de memoria” acorde con una relativa pluralidad ideológica.

¿Es la mejor solución para el futuro de Cuelgamuros?

A estos problemas se añaden los que ofrece el propio Valle de los Caídos, empezando por la necesidad de apartar del altar mayor la tumba del fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, y continuando con el relevo del prior benedictino Santiago Cantera, dada su beligerante oposición a exhumar a Franco. Con tal fin el Gobierno estaría ya maniobrando para que la archidiócesis de Madrid se hiciera cargo del lugar. El tema económico ocupa otro importante capítulo, pues mantener el recinto requiere 1.836.325 euros anuales, que incluyen los 340.000 que reciben sus monjes benedictinos (según datos del 2017). Quizá los ingresos del turismo paliarán este problema, dado que la polémica que creó el traslado del dictador disparó las visitas, que pasaron de 283.277 en 2017 a 378.875 en 2018. Ese año aportaron 1,89 millones de euros a Patrimonio Nacional, que regenta el monumento. Sin embargo, en el 2011 se estimó que rehabilitarlo requiere una inyección de 13 millones de euros.

A estas cuestiones económicas enjundiosas se suman otras de más difícil manejo relativas a los 33.833 difuntos allí enterrados, la identidad de más de un tercio de los cuales se ignora (12.410). ¿Accederán sus familiares a mantener allí sus restos? Planteamos esta pregunta porque si hoy son familiares de republicanos quienes desean retirar sus cuerpos del lugar, mañana pueden ser los parientes de franquistas quienes lo reclamen.

En definitiva, asistimos al inicio de una remoción del Valle de los Caídos de final incierto al afrontar un reto arduo: ¿Puede un conjunto arquitectónico franquista convertirse en un espacio democrático? Tal iniciativa puede topar aquí con obstáculos tan enormes como la cruz de 150 metros de altura que preside el lugar.

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Artículo publicado originalmente en El Periódico (24/X/2019): Xavier Casals, “Cuelgamuros: y después de Franco, ¿qué?”.


CINCO CLAVES PARA ENTENDER LA POLÉMICA SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS

octubre 12, 2019

Entierro de Franco en el Valle de los Caídos, el 23 de noviembre de 1975 (imagen de EFE).

 

EN ESTE BLOG HEMOS DEDICADO DIVERSOS ARTÍCULOS A LA MUERTE DE FRANCO y su entierro en el Valle de los Caídos que abordan los cinco aspectos esenciales de polémicas vigentes al respecto. A continuación, los hemos organizado en forma de cinco preguntas con sus pertinentes respuestas que permiten comprender el debate actual sobre el Valle de Cuelgamuros y sus raíces históricas.

1. ¿Fue prolongada la agonía de Franco hasta el 20-N?

Este tema ha sido objeto de especulaciones muy diversas  e incluso circuló una cábala al respecto que argumentó que, supuestamente, se decidió que el dictador falleciera el 20-N para evitar que se cumpliera una suerte de profecía críptica: la suma de la fecha oficial de inicio de la Guerra Civil (18-07-1936) y la de su fin (01-04-1939) proporcionaba un llamativo resultado: 19-11-1975. Es decir, la ecuación contenía una profecía latente sobre la fecha de la muerte de Franco, de ahí que -desde visiones conspirativas- se señalase que se hizo prolongar su muerte hasta el 20-N.

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2. ¿Quién decidió enterrar a Franco en el Valle de los Caídos?

La respuesta es un tanto sorprendente: en última instancia no lo hizo ni el dictador (que había hecho erigir el conjunto como mausoleo propio) ni su familia, sino el gobierno de Carlos Arias Navarro siguiendo una sugerencia del personal del Servicio Central de Documentación [SECED].

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3. ¿Cómo discurrió el entierro de Franco?

El domingo 23 de noviembre tuvo lugar el entierro de Franco, que se desarrolló según un minucioso plan del  citado SECED, dependiente del presidente Arias. Fue la “Operación Lucero”, que un exmiembro de ese ente, Juan Mª de Peñaranda, expuso en un ensayo homónimo (Operación Lucero, 2017). Este operativo quiso garantizar que el entierro de Franco transcurriera con normalidad y elaboró un protocolo que cubrió todos los aspectos de la muerte del dictador, desde su uniforme mortuorio hasta la jura del príncipe Juan Carlos como sucesor.

Tal diseño tuvo su origen en el asesinato de Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973, pues entonces el régimen improvisó las honras fúnebres, lo que se quiso evitar al fallecer el dictador.

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4. ¿Cuál es la historia del Valle de los Caídos?

El pasado abril el Valle de los Caídos cumplió 60 años de su apertura. Su historia es conocida: Franco decretó su construcción en 1940 e intervinieron presos republicanos en las obras, concluidas en 1958. El dictador, según su hija Carmen, “quizá quería que [el conjunto] fuera como lo de Felipe II después de la batalla de San Quintín, que había hecho el monasterio de El Escorial”. Franco, en apariencia conciliador, decidió que el lugar acogiera a difuntos de ambos bandos de la contienda, reuniendo allí los restos de 34.000 víctimas.

Pero pronto se constató que el Valle de los Caídos difícilmente sería un lugar de confraternización, pues en el discurso de inauguración el dictador recordó su triunfo en la contienda: lo efectuó el 1 de abril de 1959 (vigésimo aniversario  de su victoria) y recordó que su lucha seguía: “La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, afirmó.

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5. ¿La exhumación de los restos de Franco cerrará la polémica?

Pese a que el flamante fallo del Supremo permite al gobierno cumplir su objetivo, cabe plantearse si la ausencia de la tumba de Franco en Cuelgamuros, más allá de dar satisfacción a un sector importante de la ciudadanía, permitirá “desacralizar” ideológicamente el Valle de los Caídos. Especialmente cuando se reubiquen en su basílica los restos de José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange), depositados en su altar mayor, y no exista una jerarquía visual entre los difuntos que yacen allí.

Desde nuestra óptica, y consideramos que esto es lo esencial del asunto, y consideramos que esto es lo esencial del asunto, parece muy difícil que el lugar devenga el espacio de reconciliación de la Guerra Civil del que carece el país.

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EL TRASLADO DE FRANCO: ¿FIN DE LA POLÉMICA? *

septiembre 29, 2019

 Sepultura de Franco en la basílica del Valle de Los Caídos (foto de Javier Lizón, Efe).

 

HOY EL TRIBUNAL SUPREMO HA DICTAMINADO QUE LOS RESTOS DE FRANCO, tras permanecer 60 años en el Valle de los Caídos, reposen con los de su esposa, Carmen Polo, en el cementerio de El Pardo. Pero la familia del dictador recurrirá el veredicto ante el Tribunal Constitucional y, si es necesario, llegará al de Derechos Humanos de Estrasburgo. Su guerra judicial, pues, prosigue.

La sombra alargada de Franco

El ejecutivo socialista anunció el 18 de junio de 2018 su decisión de llevarse en breve los restos del autócrata del Valle de Cuelgamuros. Según Pedro Sánchez, tal decisión quería “cerrar heridas”. Pero sus planes se torcieron en dos sentidos.

Por una parte, el gobierno no hizo bien los deberes al no contemplar que los restos del dictador podían acabar en la cripta de la catedral de la Almudena, donde Carmen Franco Polo había comprado una sepultura. Ello abrió un frente legal imprevisto y pudo llevar a Sánchez a dispararse metafóricamente un tiro en su propio pie: fue el último gobierno franquista quien enterró al dictador fuera de Madrid para evitarse problemas (con la “Operación Lucero”) y podía ser ahora un ejecutivo socialista quien involuntariamente hiciera que sus restos reposaran en el centro de la capital, para mayor gloria del autócrata. El mundo al revés.

Por otra parte, lo que debía “cerrar heridas” con microcirugía barata (el coste del traslado se estimó en 3.738,9 euros), brindando al gobierno un aura progresista, se convirtió en una costosa operación quirúrgica. ¿Las razones? Puso el recuerdo del dictador en el centro del debate público (el nuncio Vaticano, Renzo Fratini, manifestó que el ejecutivo había “resucitado a Franco”), permitió a Vox monopolizar en las urnas la oposición a la “ley de memoria histórica” y las visitas al Valle de los Caídos se dispararon (crecieron un 50% en julio de 2018). La sombra de Franco devino muy alargada de repente.

¿Y ahora qué?

Pese a que el flamante fallo del Supremo permite al gobierno cumplir su objetivo, cabe plantearse si la ausencia de la tumba de Franco en Cuelgamuros, más allá de dar satisfacción a un sector importante de la ciudadanía, permitirá “desacralizar” ideológicamente el Valle de los Caídos. Especialmente cuando se reubiquen en su basílica los restos de José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange), depositados en su altar mayor, y no exista una jerarquía visual entre los difuntos que yacen allí. Desde nuestra óptica, y consideramos que esto es lo esencial del asunto, parece muy difícil que el lugar devenga el espacio de reconciliación de la Guerra Civil del que carece el país.

Lo sucedido hasta hoy parece indicar lo contrario, en la medida que este asunto ha plasmado la mala salud de hierro de la cultura “guerracivilista” española, ya que la Guerra Civil y el franquismo todavía son capaces de remover pasiones. Y ello proyecta una aparente certeza inquietante: que determinadas heridas del pasado parecen imposibles de cauterizar.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (24/IX/2019): Xavier Casals, “El traslado de Franco: ¿fin de la polémica?”.


¿VUELVE EL FASCISMO? ¿LA ULTRADERECHA ACTUAL REFLEJA EL RETORNO DEL FASCISMO? DOS HISTORIADORES EXPERTOS EXPERTOS EN EL TEMA ANALIZAN LA CUESTIÓN

agosto 31, 2019

 

Los historiadores Emilio Gentile (izq.) y Enzo Traverso (der.).

DONALD TRUMP, MATTEO SALVINI, MARINE LE PEN, NIGEL FARAGE… ¿VUELVE AL FASCISMO? Esta es una pregunta habitual en los medios de comunicación y foros ante el ascenso de la extrema derecha. Ahora disponemos de dos textos breves solventes y legibles, redactados en forma de entrevista que abordan la cuestión.

Ambos reflejan las tesis de dos reputados historiadores italianos de dilatado currículum y sólida reputación: Emilio Gentile (nacido en Bojano en 1946), en Quién es fascista (2019), y Enzo Traverso (nacido en Gavi en 1957),  en Las nuevas caras de la derecha (2018), del que existe versión en catalán, Els nous rostres del feixisme.

Del fascismo al postfascismo: ¿Qué ha cambiado?

¿Es posfascista la ultraderecha actual? Traverso plantea esta y otras cuestiones en una entrevista con el antropólogo Régis Meyran de 110 páginas con 87 notas. Es un diálogo con referencias numerosas a estudios, hechos y debates, y con unas respuestas llenas de matices. Todo ello le otorga complejidad sin limitar la comprensión.

Ahora bien, como la obra fue publicada en francés el 2017, la conversación pone el foco en Francia, a veces tiene referencias que el lector o lectora puede desconocer (como sucede aludir al Partido de los Indígenas de la República o al Comité Invisible). Pese a ello, los análisis perspicaces de Traverso compensan el esfuerzo.

El historiador prefiere el término “postfascismo” para aludir a la ultraderecha actual ante los de derecha populista o el de “nacional-populismo”. Con él designa “un estado inestable, expresión de una transición inacabada entre un fascismo superado -pero que no deja de ser la matriz de su movimiento- y una derecha nacionalista que no siempre aparece como legítima y respetable en una democracia liberal”. Es, pues, “un fenómeno transitorio, en mutación, que no ha cristalizado”, desvinculado del neofascismo. Este término, de hecho, sería un oxímoron: no designa algo nuevo, sino “residual” en querer “prolongar y regenerar el viejo fascismo”.

“El fascismo ha muerto definitivamente”

Muy distinto es el punto de vista de Gentile, opuesto a la pretendida existencia de un fascismo que ha pervivido hasta el presente, como se plantea de forma habitual. Es rotundo al respecto: “El fascismo ha muerto definitivamente, pues nadie hoy -ni siquiera los neofascistas- quiere restaurar el régimen que fue derribado por la victoria irreversibles de las fuerzas antifascistas, unidas para restituir al pubelo italiano la libertady la soberanía”.

Discípulo del célebre historiador Renzo de Felize, este investigador ha escrito una breve ensayo en forma de entrevista, pues esta no refleja un diálogo real. Ello obedece a que el autor ha organizado su argumentación a lo largo de 220 páginas de reducido tamaño a partir de una secuencia de preguntas que le han formulado a lo largo de su carrera y que aún se repiten. Este formato tiene la virtud de poder plantear numerosas cuestiones habituales en foros y medios de comunicación con respuestas sintéticas.

Al desarrollar sus tesis, Gentile insiste en acotar el fascismo a su época, evitando las simplificaciones que insisten en la existencia de un “fascismo eterno” o de su permanente retorno. Al hacerlo aporta explicaciones ilustradas con hechos y episodios históricos que le confieren solidez.

En este sentido, analiza muchas cuestiones interesantes, como las relaciones entre la Resistencia y el antifascismo o la actitud del comunismo italiano ante el fascismo. Esta última fue compleja y en 1934, tras llegar Hitler al poder el año anterior y consolidarse el régimen de Mussolini, pasó de identificar a los socialistas como “socialfascistas” a buscar la colaboración con estos y con el resto de formaciones antifascistas.

Miembros de Casa Pound en Roma con máscaras con los colores de la bandera italiana (foto: Reuters).

Dos visiones divergentes y sugerentes

En suma, estamos ante dos lecturas que se complementan, que coinciden en rechazar algunos lugares comunes del debate público o mediático (como la existencia de un “islamofascismo”) y que muestran cómo se pueden argumentar visiones muy distintas sobre la relación entre la ultraderecha actual y el fascismo con solidez, por lo que recomendamos su lectura. En una época en la que se repiten tópicos desde la pobreza de información y la pereza intelectual, estos dos textos breves ofrecen sendas perspectivas inteligentes y documentadas sobre la eventual persistencia del fascismo.

 


SE CUMPLEN CIEN AÑOS DE LA FIRMA DEL TRATADO DE VERSALLES: UNA PAZ QUE INCUBÓ OTRA GUERRA

junio 29, 2019

Portada del 29 de junio de 1919 del diario Excelsior en Museo de las Letras y Manuscritos de París (foto de afp_tickers).

 

EL 28 DE JUNIO DE 1919 SE FIRMÓ EN PARÍS EL TRATADO DE VERSALLES, QUE PUSO FIN A LA GRAN GUERRA (1914-1918). Sin embargo, aquella paz establecida en 1919 no impidió que en 1939 estallara otra gran conflagración, lo que plantea una cuestión importante: ¿Hasta qué punto la Primera Guerra Mundial sentó las bases de la Segunda? A continuación, mostramos como su legado puso los cimientos del conflicto de 1939 desde diversos ángulos.

El legado envenenado

En primer lugar, la paz de 1919 quiso excluir a Alemania y a la URSS de la esfera internacional y, como señaló el académico Eric J. Hobsbawm, su retorno a ella era inevitable. En 1922 ambos países rompieron su aislamiento cooperando entre sí con el Tratado de Rapallo. El corolario de su relación fue el pacto de no agresión entre Stalin y Hitler en 1939.

En segundo lugar, la reconstrucción de Europa impulsó un sistema de financiación que facilitó la expansión de la crisis de 1929: el Plan Dawes. Establecido en 1924, consistió en otorgar créditos norteamericanos a Alemania para que se reflotara y pagara sus indemnizaciones a Francia y Gran Bretaña, mientras estos países devolvían créditos de guerra a EE.UU. El crack de 1929 truncó este mecanismo.

En tercer lugar, la Sociedad de Naciones no fue efectiva como árbitro internacional y la paz wilsoniana no consolidó a las democracias: las dictaduras proliferaron, el comunismo y el fascismo polarizaron Europa, y el afán de revancha de Alemania (por el Tratado de Versalles) y el de Italia (al no recibir territorios prometidos por los aliados) estimuló su imperialismo.

En cuarto lugar, en 1919 quedaron larvadas graves tensiones nacionalistas. Los expertos Francisco Veiga y Pablo Martín lo ilustran con un episodio de “limpieza étnica” de 1923 justificado porque “pacificaba” el Próximo Oriente. Fue bendecido por las grandes potencias y consistió en un intercambio de población entre Grecia y Turquía: 400.000 musulmanes helenos partieron a Turquía y 1.300.000 helenos de Turquía lo hicieron a Grecia, con un gran impacto sobre su población (4.5 millones de habitantes).

En quinto lugar, se perfiló el belicoso militarismo nipón. El historiador David Stevenson señala que el estado mayor japonés extrajo una lección de la derrota germana de 1918: para ser una gran potencia, su país debía ser autosuficiente adquiriendo territorios. De hecho, su imperialismo emergente se constató ya en 1915, en las llamadas “21 exigencias” que Tokio formuló a Pequín, mostrando su voluntad de controlar China.

Por último, debe destacarse que el reparto del imperio turco entre las grandes potencias dejó unos territorios inestables porque sus nuevas fronteras eran ajenas a realidades políticas y culturales. Además, la agitación anticolonial efectuada en la Gran Guerra estimuló la insurgencia: británicos y franceses exaltaron primero “la emancipación total” de los pueblos “oprimidos por los turcos” y luego quisieron dominarlos.

Una larga guerra: 1914-1945

Los vínculos de ambas contiendas dotan de unidad el período 1914-1945 desde distintas ópticas. Por ejemplo, como etapa de destrucción del viejo orden del llamado Antiguo Régimen (según sostiene Arno J. Mayer); como una larga guerra civil europea de lecturas diversas (como afirman Ernst Nolte o Enzo Traverso); o como una sucesión de contiendas imperialistas (como apunta Donny Gluckstein). Las dos grandes guerras, en suma, son inseparables.

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* Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico con el título “La paz que incubó otra contienda” (23/VIII/2014).


VOX RECUPERA LA “ANTI-ESPAÑA” PARA DESIGNAR A LOS ENEMIGOS DE “LA ESPAÑA VIVA”

mayo 4, 2019

 

Imagen del tweet de Vox del 28 de abril comentado en esta entrada.

 

EL PASADO 28 DE ABRIL,  durante la jornada electoral, Vox publicó un tweet con esta imagen adaptada del film de El señor de los anillos y la leyenda “¡Que comience la batalla!”.

En el montaje puede verse la amalgama de enemigos que desea combatir Vox: independentistas, feministas, antifascistas, comunistas, colectivos LGTB, republicanos, “La Sexta”, el grupo Prisa, anarquistas… ¿Qué representa este cúmulo de enemigos? Consideramos que la respuesta estaba en una afirmación previa del dirigente del partido, Santiago Abascal, en su multitudinario acto de cierre de campaña, celebrado el viernes 26 en la plaza de Colón: “El domingo elegimos entre la anti España o la España viva”. La imagen del tweet, en suma, plasmaba de modo gráfico a esta “anti-España”.

La “España viva” ya tiene su reverso: la “anti-España”

Esta cuestión aparentemente menor reviste su importancia en dos sentidos. Por una parte, desarrolla el discurso de Vox, aún en construcción, y muestra parcialmente lo que sería el reverso de su “España viva”: la “España muerta” o “Anti-España”. Y es que -como apuntamos en nuestra entrada anterior– el lema  o idea-fuerza de “la España viva” de Vox requería un reverso o un antagonista:

[…] hay que subrayar que la idea-fuerza con la que se identifica el partido es “la España viva”. Esta metáfora afirma de forma implícita la existencia de “una España muerta” contra la que se debe luchar (es un trasunto de la Anti-España) y, sobre todo, proyecta una España que se afirma y renace de forma simultánea en el combate contra sus enemigos seculares.

El mensaje de Abascal en la plaza Colón unido a este tweet plasma la amalgama de entidades que, por ahora, incluye la “España muerta”. Como el mensaje se limita a un montaje gráfico, cabe pensar que esta conocerá nuevas incorporaciones, hasta incluir de forma sistemática al conjunto de supuestos “enemigos de España”. De este modo, es probable que la declinación de la “anti-España” solo haya empezado.

Viaje en el túnel del tiempo a los años treinta

Por otra parte, Vox recupera así un tópico del mensaje de la ultraderecha española de preguerra: la idea de “anti-España”. Esta última expresión cristalizó con el nacional-catolicismo, que asimila la identidad española con la religión católica, de modo que la España genuina solo puede ser católica. Tal idea se conformó durante el siglo XIX y el primer tercio del XX y quiso designar -entre otros elementos- a ilustrados y liberales, “nacionalistas periféricos” e izquierdistas, que conformaban la negación de la España genuina y actuaban en una suerte de complot larvado, aunque su composición varió.

Imagen de la contraportada del libro El enemigo (1935), del policia y publicista antimasónico Mauricio Carlavilla.

Merece destacarse que la oposición entre España y la Anti-España, según Juan Felipe García Santos (Léxico y política de la Segunda República), devino “especialmente frecuente en las elecciones generales de 1936”, de modo que fue “un claro indicio de la división política del país y como preludio de la guerra ya próxima”.

Conclusión: el pasado se hace más presente en Vox

El tema de la “anti-España” no es nuevo en nuestro blog. Ya lo habíamos abordado hace prácticamente una década, al comentar un cartel del extinto Movimiento Social Republicano [MSR]. ¿La razón? La idea de unos enemigos disolventes de España es constitutiva y esencial de todo ideario de extrema derecha, pero la diferencia entre el caso del MSR entonces analizado y el actual de Vox es que el primero evitó utilizar directamente el término de “anti-España”, de claras connotaciones guerracivilistas. De modo significativo, Vox no ha tenido inconveniente en recuperarlo para su lucha política.

En este aspecto, señalamos en otro artículo que Vox realizaba una síntesis ideológica de elementos del presente y del pasado:

Vox no refleja un retorno del neofranquismo. No ha asumido una filiación ideológica con la dictadura y se ubica en un cruce de temas tradicionales de la derecha radical o la extrema derecha española que combina con otros nuevos. Entre los primeros, como hemos visto, hallamos la oposición en la ley de “memoria histórica” y al independentismo, así como la defensa de la política familiar, la reivindicación de la españolidad de Gibraltar o el secesionismo lingüístico ante el idioma catalán.

 

Vox se identifica con el lema “la España viva”, que ha convertido en su sinónimo.

Ahora Vox ha añadido otro elemento de la cultura política de la extrema derecha española, en este caso muy presente en los años treinta del pasado siglo. Prosigue así su síntesis ideológica que refuerza el pretendido carácter épico de su discurso y prima las emociones: frente a la “verdadera” España -la “España viva” que encarna Vox- se alza la “anti-España”, que debe ser erradicada. Un discurso binario y simple, contundente y fácil de transmitir en las redes. Lo reflejaron als palabras de Abascal en el discurso citado de la plaza de Colón al cerrar su campaña:

“Decidimos lo más importante, o el pacto de la traición o una alternativa patriótica. O la disgregación o la continuidad histórica de nuestra patria. O la miseria socialista o la prosperidad de nuestros hijos y de nuestros nietos. O la dictadura progre o la libertad de los españoles. Y más claramente el 28 de abril elegimos o la anti España o la España viva”.

Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos muy posible que la idea de la “anti-España” tenga recorrido en el mensaje de Vox, en la medida que es un complemento imprescindible de “la España Viva”, ya que este lema requiere un antagonista para afirmarse.