EL “15-J” DE 1977: LAS CLAVES DE LAS PRIMERAS ELECCIONES DEMOCRÁTICAS EN ESPAÑA*

junio 19, 2017

Vídeos electorales de las primeras elecciones celebradas tras la dictadura.

EL 15 DE JUNIO DE 1977 [15-J] SE CELEBRARON LOS PRIMEROS COMICIOS DEMOCRÁTICOS EN ESPAÑA DESPUÉS DEL FRANQUISMO. Votó el 78.8% del censo mayor de 21 años y las urnas conformaron unas Cortes constituyentes. Aun así, como exponemos a continuación, aquellas elecciones fueron singulares por tres razones: tuvieron un trasfondo que favoreció la entente, sus grandes opciones políticas se perfilaron sobre la marcha y los resultados pusieron las bases de la Transición

1. Las dinámicas del consenso

Los comicios se celebraron en un clima propicio al entendimiento por el peso de tres factores. Por un lado nos referimos al golpe de estado protagonizado por el general Augusto Pinochet en Chile el 1973, que aplastó un gobierno de izquierdas surgido de las urnas. Por otro lado debe señalarse la revolución de los claveles de Portugal de 1974, que puso fin a una larga dictadura anticomunista y emprendió un proceso revolucionario.

Por último, hace falta aludir al recuerdo omnipresente de la Guerra Civil, que mostraba los riesgos de una confrontación intensa. De esta forma, antes de morir Franco el gobierno sabía que tenía que buscar una salida en el régimen “desde arriba” para evitar un eventual proceso revolucionario como el portugués. Y el grueso de la oposición era consciente de que hacía falta contención para evitar que el Ejército interviniera en el proceso político, como Chile. Se impuso, pues, rehuir enfrentamientos.

2. Un juego de enredos políticos

Las elecciones se caracterizaron por una cierta ceremonia de la confusión. Así, al ámbito zurdo el PCE moderó el discurso y el PSOE lo radicalizó. Los comunistas tenían una imagen pésima acuñada por el franquismo, eran “la bestia negra” de la cúpula militar y sus máximos dirigentes (Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri) estaban asociados a la Guerra Civil. Por consiguiente, la legalización del partido el abril de 1977 comportó una vistosa moderación para ganar respetabilidad. En cambio, el PSOE liderado por Felipe González (que no era percibido como una amenaza por la establishment a pesar de declararse marxista) hizo un camino inverso para disputar el electorado al PCE. El resultado de esta evolución se reflejó en lemas electorales semblantes: “Socialismo es libertad” (PSOE) y “Socialismo en libertad” (PCE).

Al ámbito de centroderecha sucedió algo similar con la UCD liderada por Adolfo Suárez y la AP acaudillada por Manuel Fraga. Ambos políticos procedían del franquismo y rivalizaban entre sí  para vertebrar un gran polo de centroderecha. Suárez optó para crear la UCD desde el gobierno a partir de las redes del Movimiento (el partido único de la dictadura) y absorbió en la clase política más joven del régimen. Construyó así un artefacto que englobó liberalismo, socialdemocracia y democracia cristiana. En cambio, Fraga optó por una vía opuesta y reivindicó el franquismo al hacer un cálculo erróneo. Quiso atraer a los sectores que veían positívamente la dictadura (el “franquismo sociológico”) al pensar que eran una gran bolsa electoral. La consecuencia de esta pugna fue que AP aconteció “neofranquista” y UCD triunfó como “centrista”.

3. El triunfo del reformismo

Los votantes premiaron las fuerzas más moderadas, alejadas del pasado y con líderes más jóvenes: la UCD (34.4% del voto y 165 escaños) y el PSOE (29.3% y 118), que fueron seguidas de lejos por el PCE (9.3% y 20) y AP (8.2% y 16). Este balance marcó el triunfo del reformismo ante alternativas radicales o rupturistas. De hecho, fuerzas como ERC o el Partido Carlista no fueron legalizadas hasta después de los comicios.

Aun así, estos resultados favorecieron una situación fluida. Cómo señala el historiador Charles Powell, “de haber obtenido UCD la mayoría absoluta, es posible que la izquierda hubiese cuestionado la limpieza de los comicios” y “de haber triunfado la izquierda […] es posible que las Fuerzas Armadas hubiesen hecho acto de presencia”. Esta última amenaza no era ninguna exageración porque, como expuso el sociólogo Juli Busquets, desde 1971 cada guarnición tenía planos secretos para actuar en las urbes contra el enemigo interior, donde  constaban los barrios obreros que había que neutralizar para evitar una oleada comunista.

Una herencia decisiva

Del legado de aquellos comicios, además de la Constitución de 1978, sobresalen dos aspectos. Uno es el sistema electoral vigente, que se fundamenta en el que se empleó el 15-J. Paradójicamente, fue aprobado por las últimas Cortes franquistas y su diseño quería limitar el peso de las grandes ciudades, que eran baluartes zurdos. El otro aspecto son las dos singularidades territoriales que emergieron electoralmente: el País Vasco, donde ganó el PNV (29.2%) en un contexto marcado por la violencia de ETA, y Cataluña. Aquí triunfaron los socialistas (28.5%) seguidos de los comunistas (18.3%), el que provocó inquietud al gobierno al temer que se constituyera una Generalitat de izquierdas. Suárez lo impidió hábilmente al facilitar el regreso del presidente de la Generalitat al exilio, Josep Tarradellas, y nombrarlo titular de la provisional (a pesar de que nadie lo había votado y su legitimidad política era republicana).

En definitiva, al examinar hoy el 15-J podemos captar que aquella cita electoral ya manifestó la ductilidad propia de la Transición y puso sus fundamentos.

____

* Este artículo fue publicado originalmente como X. Casals, “15-6-1977: obligats a entendre’s”, Ara (18/VI/2017).


DON JUAN DE BORBÓN O EL MITO DEL PRETENDIENTE AL TRONO DEMÓCRATA

marzo 26, 2017

Acto de renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977.

ESTE AÑO SE CUMPLEN CUARENTA AÑOS  DE LA RENUNCIA DE DON JUAN A SUS DERECHOS DINÁSTICOS, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1977, un hecho sobre el que se suele pasar de puntillas porque empañaba la legitimidad de su hijo en el Trono.

Dado que tiende a reproducirse una biografía idealizada del mismo que le presenta como una alternativa demócrata a la dictadura de Franco, hemos considerado pertinente reproducir esta semblanza que publicamos en el 2007 al respecto.*

Como puede apreciarse a continuación, éste distó mucho de ser un demócrata rectilíneo. En general, tuvo una trayectoria política errática y oportunista, que le llevó a transitar por el autoritarismo, ya que su principal afán fue llegar a reinar. Quien esté interesado en más información al respecto, puede consultar nuestro ensayo Franco y los Borbones (2005). 

 

JUAN III: EL REY QUE NUNCA REINÓ

El pasado 14 de mayo se cumplieron treinta años de la renuncia de Don Juan de Borbón y Battenberg a sus derechos a la Corona en favor de su hijo Juan Carlos I. La efeméride no ha merecido conmemoración alguna porque ésta evidenciaría de nuevo las contradicciones iniciales que revistió la legitimidad dinástica del actual monarca: fue Rey de hecho desde noviembre de 1975, cuando fue proclamado como tal por las Cortes, pero no lo fue de derecho hasta que su padre hizo esta renuncia.

Esta situación explica las trabas que halló Don Juan para hacerla como deseaba: con una vistosa ceremonia en la cubierta del Dédalo, ante el ataúd de Alfonso XIII. Su propuesta fue desestimada por temor a realzar un acto que podía crear confusión en la opinión pública. La reina Sofía defendió que la renuncia “se hiciera simplemente por carta” y Torcuato Fernández-Miranda afirmó que no debía producirse, pues “significaba enmendarle la plana al régimen”.

Don Juan no era el primogénito de Alfonso XIII, sino su tercer hijo varón (en la imagen está de pie a la derecha).

Finalmente Don Juan la llevó a cabo en un acto televisado: “En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Juan Carlos I”, declaró. No obstante, tras este gesto dinástico “anormal”, que restableció la “normalidad” dinástica, siguió empleando el título de conde de Barcelona, pese a ser un título de soberanía del Rey de España y resultar incongruente con su renuncia.

Ésta última habría marcado una inflexión vital, pues según el juanista Víctor Salmador “dejó de interesarle todo” e “hizo un esfuerzo sobrehumano para sobreponerse a la apatía y a la tristeza”. En 1982 regresó a España, poniendo fin a su exilio en la ciudad lusa de Estoril (donde residía desde 1946) con su esposa Doña María. En octubre de 1992 hizo unas declaraciones al Diario de Navarra reflejando una visión pesimista de España (“La veo mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada”) y su gran frustración: “Me hubiera gustado ser Rey de todos los españoles. Fue mi vocación para la que me educaron y para la que viví, pero renuncié plenamente [a ella] porque era para el bien de España”. Falleció poco después, en abril de 1993.

 

Alfonso XIII con Don Juan en el exilio.

Hijo de Rey y padre de Rey, nunca reinó

La renuncia de Don Juan en 1977 puso fin a su dilatado esfuerzo por reinar. Nacido en 1913 del matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, fue su tercer hijo varón y no devino heredero de la Corona hasta 1933, cuando la familia real ya vivía en el exilio. Ignoramos la razón de este tardío reconocimiento, pues su hermano mayor, Don Alfonso, era hemofílico y el segundo, Don Jaime, sordomudo. Don Juan, por tanto, era ya desde su niñez el único vástago capaz de suceder a Alfonso XIII. ¿Por qué el monarca no tomó esta decisión cuando reinaba? El republicano Rafael Borràs apunta una respuesta: de abdicar el Rey en Don Juan según la Constitución de 1876, las Cortes debían sancionar su decisión, lo que pudo disuadirle al herir “su orgullo de rey” y poner de manifiesto las limitaciones de sus hijos.

En todo caso, sólo cuando sus dos hermanos mayores renunciaron en 1933 a sus derechos dinásticos y contrajeron sendos matrimonios desiguales quedó expedito su camino al Trono. Enrolado entonces Don Juan en la Royal Navy, recibió un lacónico telegrama paterno en Colombo (Sri Lanka): “Por renuncia de tus dos hermanos mayores, quedas tú como mi heredero. Cuento contigo para que cumplas con tu deber”. Su condición de heredero al Trono truncó la vocación naval de Don Juan (“Se acabó la Marina, se acabó todo”, recordó años después) y pronto se halló inmerso en las tensiones que rodearon a Alfonso XIII en el exilio: el grueso de monárquicos –liderado por José Calvo Sotelo- quiso que el Rey renunciara a sus derechos en favor de Don Juan y éste tuvo que maniobrar entre su padre y sus belicosos leales.

Don Juan se presentó como combatiente voluntario del bando alzado. En la foto lleva la boina carlista y el símbolo falangista.

Iniciada la Guerra Civil (1936-1939) Don Juan fue invitado a protagonizar un “salto dinástico” en dos ocasiones al menos. Por una parte Dionisio Ridruejo le propuso iniciar en la Falange una carrera como militante de base para devenir monarca después. Don Juan rechazó el despropósito: “Yo les dije que si les fallaba como jefe local, ya no me harían Rey”.

Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva señaló un eventual acuerdo que posteriormente se frustró entre Don Juan y el general Franco: “Franco le confirmó secreta y personalmente como su futuro sucesor a título de rey sin fecha fija”. Dio fe de tales rumores un significado confidente de Alfonso XIII en Suiza, Ramón de Franch: “¿Manteníanse contactos entre Burgos y la residencia romana de D. Juan, a espaldas de su padre? En Lausanne se andaba de puntillas sobre el terreno resbaladizo de las hipótesis”, escribió.

En 1941 falleció Alfonso XIII y Don Juan empleó desde entonces el título de conde de Barcelona, aunque sus leales le aclamaron como “Juan III”. Entre ese año y 1948 la actuación política de Don Juan fue errática y oportunista. Entre 1941 y 1942 tanteó círculos nazis y fascistas en busca de avales para reinar, pero en realidad apostó de forma decidida por los aliados, en especial con su Manifiesto de Lausana (1945), lo que irritó profundamente a Franco.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, e instalado en Estoril, Don Juan mantuvo su complejo juego político entre 1946 y 1948. Entonces estableció las llamadas Bases de Estoril –que definían una monarquía corporativa y antiliberal- y a la vez buscó un pacto con la oposición al franquismo, incluyendo a anarquistas y socialistas. Todo fue en vano: el anticomunismo de la Guerra Fría consolidó la dictadura de Franco y éste vio aprobada en un referéndum celebrado en 1947 una Ley de Sucesión que dejó a su arbitrio el nombramiento de su sucesor a título de Rey.

Encuentro de Franco y Don Juan en el Azor en 1948.

En agosto de 1948 Don Juan mantuvo una entrevista con Franco a bordo del yate Azor, en el Cantábrico, en la que se decidió que estudiara en España su hijo Juan Carlos, nacido en 1938. Con tan valioso rehén en manos del dictador, poco pudo hacer ya Don Juan para acceder al Trono, salvo esperar un golpe de Estado que nunca llegó. Había perdido la batalla de la Corona y en sus empeños dilapidó su credibilidad política ante franquistas y antifranquistas, ya que sus vaivenes acuñaron una imagen de hombre sin criterios.

Así, cuando Franco comentó al escritor monárquico José M. Pemán que “Don Juan, hombre afable por acogedor, se deja influir por el último que llega”, recibió esta réplica: “Pues llegue usted el último”. Igualmente, Ibérica, revista del exilio sostenida en Nueva York por Victoria Kent y patrocinada por Salvador de Madariaga, expresó en 1960 su desencanto: “Don Juan unas veces dice a los hombres de ‘la Corte’ que su monarquía será liberal y otras veces declara […] que seguirá el ‘movimiento del general Franco’”.

Acto de aceptación de Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969.

Paradójicamente, el “salto dinástico” que Franco decidió en 1969, al designar oficialmente a Don Juan Carlos sucesor, hizo que la desvaída figura del conde de Barcelona cobrase nuevo brillo: excluido del Trono, su figura fue contemplada por parte de la oposición al régimen como una “alternativa demócrata” a la presunta continuidad institucional de la dictadura encarnada por su hijo. Su proyección fue también realzada a posteriori por monárquicos que aludieron a la existencia de un “pacto de familia” entre Don Juan y Don Juan Carlos para llevar la democracia a España, aunando esfuerzos para evitar la instauración de una República.

De ese modo, el historiador Charles T. Powell apunta que los neojuanistas hacen suya “una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta”. La realidad cuestiona esta conjetura: sin ir más lejos, Don Juan estuvo a punto de abanderar la oposición a su hijo en 1974, lo que dejó literalmente “aterrada” a su esposa, Doña Maria.

¿Drama personal o espejo generacional?

Una abundante publicística monárquica presenta el enfrentamiento entre Don Juan y su hijo como un drama personal, enfoque que confiere un protagonismo a la familia real de resonancias hagiográficas: son los “sacrificios” y “renuncias” de Don Juan y la mediación abnegada de Doña María entre esposo e hijo lo que permite restablecer la Corona y restaurar la democracia. Desde nuestra perspectiva, esta narración en clave de “epopeya dinástica” oculta sin pretenderlo una realidad más profunda: el “salto dinástico” que protagonizó Don Juan Carlos fue el reflejo más visible del cambio generacional que hizo viable la llamada Transición.

Durante el franquismo las organizaciones de la oposición se caracterizaron por un recambio generacional que supuso una relativa asimilación de la política española a la europea. Este cambio marcó el ocaso de las direcciones del exilio, comosucedió consocialistas como Rodolfo Llopis, anarquistas como Federica Montseny o incluso con la “vieja guardia” comunista. El caso de Don Juan fue similar al de estos exiliados: compartió con ellos un largo alejamiento, vanas esperanzas de regresar triunfante con complots más fantasiosos que factibles y la percepción distorsionada de la realidad española.

Todos ellos fueron grandes perdedores de la democratización y Don Juan, aunque no se contó entre los vencidos de la guerra ni los represaliados del franquismo, fue uno más, como escribió en 1958: “Yo soy el único exiliado que sin cometer delitos comunes o de sangre no me deja el General ir [a España]”. Hoy, “Juan III” -Rey que nunca reinó- aún espera una biografía crítica que supere distorsiones, filias y fobias en torno a su figura.

_____________

*  Xavier Casals, “Juan III: el rey que no reinó”, El noticiero de las ideas, 32 (octubre-diciembre 2007), pp. 5-7. Reproducido inicialmente en este blog el 3 de febrero de 2013, con motivo del centenario del nacimiento de Don Juan.


AMPLIAMOS CONTENIDO EN NUESTRA PÁGINA DE ACADEMIA.EDU CON NUESTROS TRABAJOS GRATUITOS EN PDF

febrero 18, 2017

academia.edu

En los últimos meses hemos ampliado los contenidos de nuestra página en Academia.edu. Puede accederse a ella y descargar diversos trabajos nuestros en PDF sin coste alguno clicando aquí y seleccionando a continuación el documento -o documentos- de interés.


BARCELONA 1957: ¿ORDENÓ FRANCO ASESINAR AL CAPITÁN GENERAL POR PREPARAR UN GOLPE DE ESTADO?

febrero 11, 2017

capitan_sanchez02

Imagen del capitán general de Cataluña, Juan Bautista Sánchez (Hemeroteca del buitre)

LA NOCHE DEL 29 DE ENERO DE 1957 FALLECIÓ EL CAPITÁN GENERAL DE CATALUÑA, Juan Bautista Sánchez González. En el momento de su muerte, este militar se hallaba en el punto de mira de los servicios de información del régimen, al considerarle dsafecto al régimen. Y ello a pesar de que éste pudo ser el “primer alzado” de la rebelión militar que desencadenó la Guerra Civil, pues -según su Hoja de servicios– “la noche del 16 de julio, inició el Movimiento Nacional en el Rif, sublevando en Torres de Alcalá el Tercer Tabor de Regulares de Alhucemas”.

¿Por qué Sánchez se distanció del régimen que contribuyó a instaurar? Debido, sobre todo, a sus crecientes simpatías monárquicas: convencido partidario de Don Juan de Borbón, discrepó de modo cada vez más abierto de la dictadura de Franco.

Un sublevado de 1936 distanciado de la victoria de 1939

¿Pero quién era este general? Su hijo Juan Bautista Sánchez Bilbao (a quien entrevistamos antes de fallecer el 2005 y que por su brillante carrera militar pudo disponer de información relativa a los hechos aquí analizados) definió a su padre como “un hombre del 18 de julio [de 1936], no del 1 de abril [de 1939]”. Es decir, no se identificó con el régimen surgido de la victoria franquista.

En 1943 su padre fue ascendido a teniente general. En abril de 1945 fue nombrado capitán general de Zaragoza, tras manifestar su apoyo a Franco en marzo, cuando el dictador reunió al Consejo Superior del Ejército. En 1949 fue nombrado capitán general de Cataluña y en diciembre de 1955 procurador en Cortes.

Como otros muchos sublevados en 1936, en los años cincuenta Sánchez González experimentó un progresivo desacuerdo con el régimen. Siguiendo el testimonio de su hijo, tuvo hasta un mínimo de tres encuentros –en solitario o acompañado- con Franco para pedirle que restableciera la Monarquía.

Sánchez no se recató de manifestar su oposición a la Falange ante sus subordinados, como explicó un soldado a su servicio cuando Franco visitó a Barcelona al celebrarse el Congreso Eucarístico el 28 de mayo de 1952. Entonces Sánchez oyó música del exterior y se asomó al balcón, viendo como pasaba un grupo de falangistas uniformados desfilando hizo esta afirmación: “Es una vergüenza que aún se tenga que presenciar esto”.

Franco trasladó su inquietud por Sánchez a su primo y confidente Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón. Éste constató en sus anotaciones que el Generalísimo estaba “preocupado” por la “actitud pasiva” del capitán general en Barcelona. Consideraba que “se inhibió por completo” de la llamada huelga de tranvías que tuvo lugar entre el 14 y el 25 de enero de 1957 “y no fue a visitar ni a ofrecerse a la autoridad civil hasta seis días después de haberse iniciado la huelga”.

Asimismo, Franco sabía que Sánchez “alardeaba de antifranquista y de monárquico partidario de Don Juan de Borbón” y había dicho al presidente de la Diputación “que ya era hora que el Caudillo trajese la monarquía con Don Juan”.

Se disparan los rumores de un asesinato ordenado por Franco

En este contexto se produjo la muerte inesperada de Sánche la noche del 29 de enero de 1957. Fue hallado sin vida en su habitación del Hotel del Prado de Puigcerdà, donde se había alojado durante su viaje de inspección de la línea de fortificaciones pirenaicas.

Oficialmente falleció a causa de una angina de pecho (padecía una afección cardiaca), pero pronto surgieron versiones alternativas de gran arraigo que atribuyeron su óbito a un asesinato o a la tensión que le causaron enviados de Franco, bien para disuadirle de sus propósitos golpistas, bien para anunciarle su cese.  Rafael Calvo Serer -un intelectual del Opus Dei de compleja trayectoria- incluso afirmó que su muerte frustró un levantamiento en ciernes de Sánchez con tres objetivos: establecer la regencia de Franco, nombrar jefe de Gobierno e incluso convocar elecciones libres.

El monárquico Pedro Sainz Rodríguez, ya en 1981, atribuyó a Franco un gráfico comentario sobre Sánchez: “La muerte ha sido piadosa con él. Ya no tendrá que luchar con las tentaciones que tanto le atormentaban en los últimos tiempos. Tuvimos mucha paciencia, ayudándole a evitar el escándalo que estuvo a punto de cometer”.

Según otras versiones, Franco fue más radical en su valoración y habría hecho una escueta y contundente manifestación sobre Sánchez en un Consejo de Ministros: “Era un traidor”. Incluso el historiador Ricardo de la Cierva –nada sospechoso de antifranquismo- aludió a otra supuesta frase del dictador en el citado Consejo que le fue revelada por uno de los allí presentes: “Mi general, te has ganado el derecho a morir”, habría dicho Franco repitiendo la frase que en 1932 dirigió al general José Sanjurjo cuando rechazó defenderle por su fallido golpe de Estado.

De lo expuesto se desprende –como mínimo- que Sánchez murió cuando Franco se disponía a relevarle al frente de Capitanía. En todo caso, como señaló el exministró Laureano López Rodó, con este óbito “la imaginación de muchos se desbordó”. El dictador fue consciente de ello, pues su primo Pacón lo recogió lacónicamente en sus notas: “Se dice que Franco mandó matar al capitán general de Cataluña Sánchez González”.

Por su parte, Franco fue explícito con Pacón: “Siento su muerte, pues era un gran soldado, pero al mismo tiempo se me ha quitado la preocupación de tenerlo que relevar, pues no convenía ni mucho menos que continuara ejerciendo el cargo de capitán general de Cataluña, dada su manera de pensar en relación con la política del régimen”, le dijo.

jbsg

Crónica del entierro de Sánchez González en La Vanguardia.

Los bulos del supuesto crimen benefician al dictador

Aunque sea paradójico, cabe pensar que estos rumores que circularon sobre el supuesto asesinato de Sánchez redundaron en favor del dictador, pues sólo podían tener una lectura: toda disidencia acarreaba fatales consecuencias para quien la protagonizara o secundara.

Esta percepción intimidó no sólo a los monárquicos, sino a todos los compañeros de armas del Generalísimo con sentimientos hostiles a su liderazgo. La “oportuna” muerte de Sánchez, pues, conjuró definitivamente maniobras pretorianas en su contra surgidas del descontento militar.

Sesenta años después de los hechos, consideramos interesante rememorar aquel episodio. De este modo, los lectores interesados en los mismos pueden acceder a nuestro exhaustivo estudio sobre el tema clicando aquí. 

Este texto en PDF publicadop en una revista académica reune toda la información dispersa publicada al respecto, incorpora testimonios orales y la consulta de diversos archivos (Archivo General Militar de Segovia, Archivo de las Cortes, Archivo General de la Guerra Civil Española y Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco). Asimismo, en él constan en notas a pie de página las distintas fuentes de las afirmaciones realizadas en esta entrada del blog.

 


EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA NUESTRO LIBRO “LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”

enero 21, 2017

portada

EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA EN EL PAÍS SEMANAL (15/I/2017) nuestro reciente estudio La transición española. El voto ignorado de las armas. Lo hace en un artículo crítico con los posicionamientos políticos partidistas vigentes sobre la democratización española, tanto de aquellos que sostienen los detractores de aquel proceso político, como los de sus apologetas.

Reproducimos el texto a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores y lectoras. Puede accederse al artículo original clicando aquí.

***

El combate del siglo

En una esquina, los Grandes Odiadores de la Transición; en otra, los Grandes Apologetas de la Transición. Y en medio, los historiadores serios.

Hay gente que hace un uso personal de la Transición. O más bien un abuso. Los abusones se dividen en dos tipos: los Grandes Odiadores de la Transición (GOT) y los Grandes Apologetas de la Transición (GAT). En una esquina del ring están los primeros, que de un tiempo a esta parte arman bastante ruido. No son sólo jóvenes en teoría izquierdistas que no vivieron la Transición, sino también viejos en teoría izquierdistas que vivieron la Transición como jóvenes y creen que podrán seguir siendo jóvenes y de izquierdas gracias a su pertenencia a los GOT. Unos y otros sostienen que la Transición fue un tongo, una sucia treta urdida con el fin de que el franquismo pareciera cambiar cuando nada cambiaba (y aquí citan siempre, mal, a Lampedusa), de modo que la democracia española no es más que una democracia fraudulenta o una versión maquillada del franquismo, la culpa de todos nuestros males públicos la tiene la Transición y nosotros no somos responsables de ninguno, aunque no escasean los GOT con un elevado concepto de sí mismos que también le echan la culpa a la Transición de sus males privados, de la injusticia clamorosa de que este país no haya reconocido sus méritos excepcionales. Los GOT, en fin, son bastante inofensivos, algunos incluso entrañables; en cuanto a sus argumentos, no precisan refutación, de hecho ni siquiera son argumentos, sino desahogos de frustraciones personales o palancas de ambiciones políticas, y a menudo delatan un conocimiento de la Transición comparable al que un servidor posee de la cría de la oveja merina australiana.

En la otra esquina del ring están los GAT. Son más escasos que los anteriores, pero mucho más poderosos. Todos son suficientemente viejos para haber vivido la Transición en primer plano, o en un segundo o tercer o cuarto plano lo bastante próximo al primero para permitirles fingir que fue el primero y afirmar que nadie conoce la Transición como ellos, lo que viene a ser más o menos igual que si Fabrizio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, afirmara que nadie conoce Waterloo como él, que vivió la batalla, pero no entendió una palabra de lo que ocurría a su alrededor. La razón de la existencia de los GAT es obvia: como sabe cualquiera un poco leído y en sus cabales, la Transición salió razonablemente bien, así que tiene mil padres. Los GAT sostienen en lo esencial que aquél fue un periodo histórico ejemplar en el que, guiados por la grandeza de miras de una clase dirigente ejemplar, los españoles crearon una democracia ejemplar y bla, bla, bla. En suma: otro timo. Pero es que, en cuanto te descuidas, los GAT te aseguran que le dictaban los discursos al Rey, le daban collejas al badulaque de Suárez y frenaban los ímpetus preseniles de Carrillo. Y, como algunos obtienen réditos notables de defender la Transición, venga a cuento o no la defienden, si es menester inventándole enemigos temibles, lo que explica que cualquier nadería de la inefable Pilar Urbano provoque respuestas tan estridentes como superfluas de notorios GAT. Aunque, claro, también entre ellos hay personas sinceras y bienintencionadas. Pero la mayoría de los GAT parecen convencidos de que les ha ido tan bien por sus propios méritos y no porque nunca se hayan beneficiado de las insuficiencias de la democracia que alumbró la Transición.

Y en esas estamos. ¿Hay alguien en medio del combate entre GOT y GAT? ¿Hay árbitro en el ring? Sí: los historiadores. Hablo de los historiadores serios, claro está. No es que ellos tengan la verdad (la verdad sólo la tiene Dios, que no existe), pero son los que con más ahínco la buscan. El último que he leído es Xavier Casals, autor de La transición española, un grueso volumen donde discute el papel de la violencia en aquellos años, según él mucho más relevante de lo que se suele decir porque contribuyó de manera involuntaria a estabilizar la democracia que pretendía desestabilizar. No es un libro inobjetable –si lo fuera, no sería bueno–, pero sí el tipo de libro capaz de coger de la oreja a los GOT y los GAT y mandarlos a sus respectivas esquinas del ring. Y desde allí a su casa, de donde nunca debieron salir.


“JUAN DE CATALUÑA”: UN SOCIALISTA ANTICATALANISTA EXPULSADO DEL PSOE POR CATALANISTA*

diciembre 10, 2016

 

joan-codina

JOAN CODINA VIVET FUE UN DESTACADO COOPERATIVISTA Y SOCIALISTA DE MANLLEU (en la comarca barcelonesa de Osona) que tuvo un final trágico –fue fusilado- y una trayectoria paradójica: significado anticatalanista desde la década de 1910 por sus artículos firmados como “Juan de Cataluña” en El Socialista, fue expulsado de la UGT por catalanista.

Cooperativista y socialista

Nació el 13 de febrero de 1873 en una familia humilde (el padre era bracero) y fue el menor de cuatro hermanos que pronto quedaron huérfanos. Los mayores le buscaron trabajo en una empresa de hilados y se preocuparon de que aprendiera a leer y escribir cuando ya era adolescente.

Con 16 años se sintió atraído por el cooperativismo y lo consideró una vía para instaurar el socialismo, como señaló en 1935: “La cooperación […] socializará toda la producción a fin de que nadie pueda especular con ella y hará del mundo una vasta cooperativa con todas sus ramas, producción, distribución y consumo” y “en su empeño de transformar el mundo […] hará que todos los seres humanos tengan asegurado el plato correspondiente en el banquete de la vida, y por lo tanto no habrá paro forzoso ni un mundo en ruinas”. Así cooperativismo y socialismo fueron inseparables en su actuación, que desarrolló en estrecha relación su gran amigo Josep Lladó Quintana (1880-1963).

Según su elogiosa biografía publicada en Acción Cooperativista (el órgano de la Federación de Cooperativas de Cataluña en el que Codina colaboró), era de carácter “un poco áspero, directo” y “poco diplomático en táctica psicológica”, lo que implicó “que su actuación no se reflejara con la intensidad que se merecía”. Protagonizó intervenciones públicas de manera habitual, pero fue un orador de “escasa elocuencia” y “sencillez de expresión”. En cambio, tuvo relativa facilidad para escribir, como testimoniaron sus numerosas colaboraciones de prensa.

Como cooperativista desplegó una intensa actividad en la Mútua de Pa i Queviures, una cooperativa de consumo fundada en Manlleu en 1903 de rápido crecimiento que constituyó una destacada institución local. Fue su primer secretario y siempre permaneció vinculado a ella: la presidió entre 1922 y 1924, veló por la aplicación estricta de su reglamento y escribió su historia.

Según el historiador Josep Casanovas, ejerció en este centro “una constante influencia desde diferentes cargos”, a la vez que llevó a cabo una importante tarea de articulación del cooperativismo comarcal de Osona al impulsar una Federació Comarcal de Cooperatives de Vic desde los años veinte. Esta iniciativa se situó en la vanguardia de un cooperativismo catalán hasta entonces organizado en federaciones provinciales.

La militancia en un socialismo entre dos aguas

Codina inició su compromiso socialista también en su juventud y cuando en 1889 se constituyó la sección de la UGT en Manlleu fue su tesorero. Afiliado al PSOE, desde 1903 participó como delegado en varias conferencias regionales de agrupaciones socialistas de Cataluña y congresos de la Federació Socialista Catalana. Conoció a las primeras figuras del partido (como Pablo Iglesias, Andrés Saborit o Francisco Largo Caballero) y escribió en El Socialista, La Justicia Social y La Internacional.

Concejal de Manlleu el bienio 1912-1913, en 1931 le faltaron 8 votos para volver a serlo y en 1934 fou edil suplente. A pesar de creer en la lucha de clases, confió en el advenimiento de un cambio de sistema no traumático, como afirmó en 1930: “el socialismo que triunfará en el presente siglo no viene a matar fabricantes, ni a comer curas, sino a cumplir el precepto bíblico que manda: ganarás el pan con el sudor de tu frente y a hacer que no existan parásitos y a garantizar que el trabajador, cuando no tenga fuerzas, no vaya a parar en el hospital”.

Adquirió notoriedad en el movimiento socialista por su anticatalanismo radical, hasta el punto que los historiadores lo han definido como un “antinacionalista visceral” (David Ballester) o un “destacado enemigo del catalanismo o cualquier cosa que se le asemejara” (Ricard Alcaraz). Pese a ello, Codina llegó a censurar el centralismo “brutal” imperante en España y no parece haber construido su crítica inicial al catalanismo tanto desde apriorismos ideológicos (que  existieron), como desde su experiencia de obrero autodidacta.

Merece destacarse que contempló la reforma lingüística de Pompeu Fabra como una diferenciación artificiosa del catalán hacia al castellano, lo que seguramente le predispuso a ver en el catalanismo un factor de división del obrerismo. Pero fue su trabajo de operario textil lo que le influyó de forma decisiva al identificar a la Lliga con la patronal intransigente con la que trataba. En consecuencia, asoció a los lligaires a todos los males, desde el caciquismo hasta el fomento del anarquismo (en detrimento del socialismo), y denunció que “aman mucho al terrer català, porque es rico y próspero para ellos; pero odian, desprecian y matan al pueblo obrero catalán”. De todo lo expuesto extrajo una rotunda conclusión: “los directores del catalanismo no cesan de laborar para crear un pueblo de castrados y soplones”.

Crítico con los intentos de hacer converger socialismo y catalanismo, polemizó con Josep Recasens i Mercadé y Joaquim Bueso el 1916 y con Rafael Campalans en 1923, cuando se creó la Unió Socialista de Catalunya (USC). Codina consideró que esta entidad era impulsada “por un grupo de intelectuales muy desocupados, ayudados por algunos señoritos de bolsillo proletario” y apuntó que no tenía futuro, dado el precedente que ofrecía en este sentido la fracasada Unió Federal Nacionalista Republicana de 1910. Por consiguiente, aplaudió al veterano Josep Comaposada cuando en 1925 dejó la USC y se reintegró al PSOE. El discurso anticatalanista de Codina se radicalizó y en 1931 consideró a la USC una variante del nazismo.

La expulsión de la UGT

Tales posicionamientos no le impidieron tener buenas relaciones con Manuel Serra i Moret y en julio de 1933 parece haber aceptado disciplinadamente la fusión de la Federació Catalana del PSOE y la USC. Sin embargo, esta decisión fue rechazada por la dirección del PSOE y las tensiones entre ambas organizaciones afloraron en abril de 1934, en el II Congreso del secretariado de la UGT celebrado en Barcelona. Entonces las secciones de la USC lo abandonaron y cuando Codina propuso en el cónclave que el secretariado del sindicato fuese ampliado y se reuniera semanalmente, los dirigentes ugetistas lo denunciaron como una maniobra “catalanista” y le expulsaron. Largo Caballero lo lamentó y Codina quedó desmoralizado: “Se me tiene por un indeseable sospechoso de catalanismo, ¡qué le vamos a hacer!”, escribió.

En este marco, cuando aquel año se rompió la rasgada unidad socialista, la agrupación de Manlleu decidió por unanimidad no volver al PSOE. A pesar de que desconocemos las razones que llevaron a Codina a permanecer en la USC, en ella posiblemente influyeron tanto su expulsión de la UGT como su pesimismo sobre el éxito del socialismo en el movimiento obrero catalán, pues en 1930 valoró que al cabo de 40 años de hacer política “si no está peor, en nada ha cambiado”.

Iniciada la Guerra Civil, formó parte del consistorio de Manlleu en representación del PSUC como edil de Abastos desde noviembre de 1936, al disolverse el comité local de milicias antifascistas. Del 20 al 29 de octubre de 1937 fue un efímero alcalde interino (por ser el concejal de más edad) y le sucedió en el cargo hasta el fin del conflicto su amigo Lladó, también del PSUC. Al acercarse las tropas franquistas Codina huyó en Francia con Lladó, pero a medio camino regresó convencido de no merecer represalias: “Estoy cansado y no me veo con fuerzas para huir. No he hecho nada”, explicó.

La ejecución

Los franquistas ocuparon Manlleu el 4 de febrero de 1939 y la delación de un vecino comportó su detención el día 21. El 5 de marzo fue trasladado a la prisión Modelo de Barcelona y se le instruyó un juicio sumarísimo, acusado de no haber impedido varios asesinatos durante la contienda en razón de su cargo de edil.

Codina lo negó con fundamento, puesto que en su expediente no figuró ningún hecho de sangre ni delito. Juzgado en la primera gran oleada represora franquista, su línea de defensa resultó inútil: cuando a alegó haber salvado a un carlista, un informe falangista manifestó que ello demostraba que “sabía anticipadamente los que se iban a asesinar”.

El día 13 se celebró su consejo de guerra y el fiscal le pidió “30 años de reclusión perpetua” [sic], pero el tribunal le condenó a muerte “como uno de los elementos más significados y responsables […] de Manlleu”. En un último acto de rebeldía se negó a firmar la notificación de la sentencia. Fusilado el día 29 de aquel marzo en el Campo de la Bota, los franquistas hicieron correr la voz de que antes de ejecutarle le obligaron a cantar el “Cara al sol”. Lo cierto es que Codina se desmayó al ser entregado al piquete de ejecución y murió inconsciente. Aunque se casó, no dejó descendencia. Casi 60 años después, en septiembre de 1997, recibió un homenaje póstumo al serle dedicada una calle en Manlleu.

____

* Esta biografía fue publicada inicialmente como Full suplement 19 del butlletí de l’arxiu històric de la Fundació Rafael Campalans (diciembre 2008) con el título “Joan Codina Vivet, cooperativista i socialista”. ISSN: 1578-5718. Puede accederse a la versión original clicando aquí


ASÍ FUE LA VOLADURA CONTROLADA DEL FRANQUISMO*

noviembre 24, 2016

MADRID ADOLFO SUAREZ EN EL MOMENTO DE PRESTAR JURAMENTO DE SU CARGO COMO PRESIDENTE DEL GOBIERNO ANTE EL REY DON JUAN CARLOS LE TOMA JURAMENTO EL PRESIDENTE DEL CONSEJO DEL REINO TORCUATO FERNANDEZ MIRANDA FOTO EUROPAPRESS

Adolfo Suárez jura como presidente ante el Rey y Torcuato Fernández-Miranda el 5 de julio de 1976 (foto de Europa Press).

EL 18 DE NOVIEMBRE DE 1976, dos días antes del primer aniversario de la muerte de Franco, su régimen conoció una voladura controlada, pues ese día las Cortes aprobaron la Ley para la Reforma Política. La había promovido Juan Carlos I y diseñado Torcuato Fernández-Miranda (presidente del Consejo del Reino y estrecho colaborador del Rey), mientras el presidente Adolfo Suárez se encargó de que llegara a puerto.

Un mes después de esta votación, el 15 de diciembre, un referéndum aprobó la ley con una participación del 77,7% y un sí abrumador (94,4%). Quedó libre así el camino para transitar hacia la democracia y el 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones del posfranquismo. ¿Pero cómo fue posible este proceso tan rápido?

La fórmula mágica: “De la ley a la ley”

El cambio fue viable gracias a un artificio que Fernández-Miranda plasmó en la fórmula «de la ley a la ley». Indicó de este modo que no debía existir vacío legal en la evolución de la dictadura a la democracia. En este sentido, la Ley para la Reforma era esencial porque permitía modificar las leyes fundamentales del franquismo y acabar con sus instituciones. Pero antes de someter la ley a las Cortes, Suárez tuvo que lidiar con un Ejército reacio a la iniciativa.

Se reunió con la cúpula castrense el 8 de septiembre y logró convencerla de la bondad de su proyecto. Pese a ello, el día 23 dimitió el vicepresidente, el general Fernando de Santiago, al oponerse a la legalización de los sindicatos. Suárez capeó el temporal sustituyéndole por el general Manuel Gutiérrez Mellado, que se convirtió en su brazo derecho. Sorteado este importante escollo, el Gobierno sometió la Ley para la Reforma a las Cortes.

Las Cortes: ¿Un suicidio voluntario?

El hemiciclo la aprobó por amplia mayoría (425 votos favorables, 59 contrarios y 13 abstenciones), lo que plantea una importante pregunta: ¿por qué los procuradores de las Cortes que Franco creó en 1942 votaron dócilmente su fin y el del régimen? Se ha señalado que en tal decisión confluyeron varios factores. Por una parte, entre 1967 y 1971 se incorporaron al hemiciclo jóvenes procuradores proclives a un cambio político. Por otra parte, el Gobierno maniobró hábilmente. Así, advirtió a los procuradores que los tiempos cambiaban y animó a algunos de ellos a presentarse a futuras elecciones y les hizo creer que el Gobierno les ayudaría: «Si yo no hubiera tenido a mano escaños de senador para ofrecer a los procuradores, ¿cómo habría sacado adelante la reforma política?», manifestó Suárez.

En realidad, en las Cortes elegidas en 1977 solo tuvieron un escaño 37 exprocuradores. El Ejecutivo recurrió también a ardides formales, de modo que la votación de la ley no fue secreta, sino nominal (para dejar en evidencia a quienes se opusieran). Igualmente, el Gobierno logró el voto crucial del grupo de 183 procuradores que formaban Alianza Popular (una federación de partidos liderada por Fragaque se había constituido en octubre) al pactar con ellos el sistema de elección de las futuras Cortes democráticas. Por último, se ha subrayado que Suárez triunfó al presentar la aprobación de la ley como una cuestión decisiva, lo que le aportó muchos votos favorables.

No obstante, existe un aspecto menos conocido que podría contribuir a explicar el suicidio de las Cortes. Nos referimos a que se tiene constancia de que procuradores reacios a aprobar la Ley fueron extorsionados con dosieres desde el servicio de inteligencia (el SECED). Uno de sus miembros en la época afirmó que «eso de que las Cortes de Franco se hicieron el harakiri…, no se lo hicieron, es que a muchos les chantajearon».

Esta presión invisible quizá hace más comprensible cierta confusión que rodeó el éxito de la Reforma en las Cortes. Lo ilustró la reflexión de su vicepresidente, el conde de Mayalde, cuando le dijo al procurador Baldomero Palomares: «Baldomero, yo con estos follones ya no sé si soy de los nuestros».

¿La ley electoral: un legado franquista?

Sin embargo, cuando hoy se alude al fin de aquellas Cortes, se olvida que las bases del sistema electoral vigente fueron acordadas entonces. Como hemos visto, Suárez lo pactó con AP para aprobar la Ley para la Reforma y las primeras Cortes electas lo asumieron en buena medida. El constitucionalista Javier Pérez Royo ha descrito esta realidad en términos diáfanos: «Las Cortes Constituyentes se limitaron a hacer suyas las Cortes Generales definidas en su composición y sistema electoral por unas Cortes antidemocráticas y anticonstitucionales». En suma, este legado apenas conocido influye aún en las urnas.

_____

* Este artículo fue publicado originalmente como “La voladura controlada del franquismo”, El Periódico (17/XI/2016).