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febrero 18, 2017

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LA LEGISLACIÓN DEL “DISCURSO DEL ODIO” Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL CASO DE DINAMARCA

febrero 4, 2017

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La UE tiene problemas para dominar un poderoso can -la islamofobia- en nombre de la libertad de expresión (caricatura de www.correomadrid.com)

¿PENALIZAR EL “DISCURSO DEL ODIO” PUEDE COARTAR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN? Este interrogante plantea un debate nada fácil.

Por nuestra parte, en términos generales, consideramos que la persecución penal no es efectiva para combatir el vance de la ultraderecha. De hecho, hemos reflexionado ya en este blog sobre el efecto que tienen las diversas estrategias empleadas en tal sentido y nos hemos pronunciado por aquellas que pasan por la argumentación y la actuación sobre las causas directas del ascenso del extremismo, no por las de su persecución legal.

En este marco, consideramos de especial interés el reportaje publicado por Óscar Gutiérrez en El País titulado  “El precio del odio en Dinamarca” (30/I/2017). En él analiza el efecto del artículo 266b del Código Penal vigente en este país, que -según sus detractores- es de difícil encaje con la libertad de expresión e  impacto limitado en Internet.

baixaMerece destacarse que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, ya en el 2008 editó un ensayo de Karen Jespersen y Ralf Pittelkow que incidía en el debate público que el Islam genera en Dinamarca: Islamistas y buenistas. Escrito de acusación.

La controversia al respecto es relevante en la medida que actualmente -como señala Gutiérrez- la UE promueve que sus integrantes impulsen legislaciones para combatir el “discurso del odio”. Por esta razón, reproducimos a continuación el citado reportaje de El País (también puede accederse al original clicando aquí).

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El precio del odio en Dinamarca

La criminalización de expresiones racistas o xenófobas, nacida durante el auge del nazismo, divide aún hoy al país nórdico. La UE quiere ahora que todos sus miembros cuenten con leyes para penalizar este tipo de discurso, estandarte hoy de islamófobos e incontrolable en las redes sociales

Llamada oculta. Al otro lado del teléfono suena una voz muy grave, fuerte, de un hombre con un inglés de ligero acento escandinavo. “Soy Lars Hedegaard, creo que querías hablar conmigo”. Verse no es posible. Ni se encuentra en Copenhague ni puede dar su paradero al estar bajo protección policial. Hedegaard, historiador y periodista danés de 74 años, es un reconocido y duro crítico del islam. Le grabaron en su casa, sin previo aviso según defiende, diciendo cosas como que en las familias musulmanas, las niñas eran violadas por padres, tíos y sobrinos. Por esto fue multado en 2011 con unos 700 euros. Recurrió y un año después fue absuelto por el Supremo danés, pero su imagen quedó ya como la del gran condenado en Dinamarca por las leyes contra el discurso de odio. Y una cosa más: el 5 de febrero de 2013 sufrió un intento de asesinato en su domicilio por un individuo miembro hoy del Estado Islámico.

El artículo 266b

El artículo 266b del Código Penal danés dice lo siguiente: “Cualquier persona que públicamente o con intención de una amplia divulgación,  haga declaraciones o divulgue otras informaciones por las que un grupo de personas se vea amenazado, insultado o degradado a propósito de su raza, color, origen étnico o nacional, religión o inclinación sexual se expondrá a una multa o cárcel por un periodo no superior a dos años”.

Hedegaard, según él mismo dice, no cambiaría nada de esa u otras críticas que ha hecho de la religión que practican alrededor de un 4% de los daneses. Ahí va otra: “El islam”, señala al teléfono, “no es una religión sino una ideología totalitaria”. El tipo que trató de matarle a punta de pistola en la puerta de su casa, tras hacerse pasar por un cartero, se llama Basil Hassan y según la investigación, no actuó solo. Logró huir y acabar entre Siria e Irak vía Turquía. El Departamento de Estado norteamericano le ha vinculado al aparato yihadista de operaciones externas.

Intento de asesinato al margen, lo que fastidia a Hedegaard es que un juez le pueda condenar por decir lo que dice atendiendo al ya viejo artículo 266b del Código Penal danés. Muchos lo llaman el “párrafo”, porque es famoso y lo conoce todo el mundo. Este penaliza con multa o cárcel de hasta dos años las expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión. Llegó al Código Penal danés en 1939 para evitar las vejaciones verbales contra los judíos. Hoy se aplica, sobre todo, en casos que salpican a musulmanes. Y es polémico porque, según sus críticos, casa mal con la libre expresión, cuya plataforma hoy más manoseada, visceral e ingobernable es la Red. Ahí, el 266b no puede más que matar moscas a cañonazos.

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El periodista danés Lars Hedegaard, en una foto tomada en febrero de 2010 (imagen de Henning Bagger/AFP, publicada por El País).
Pese ello, el Parlamento Europeo trabaja ahora para reforzar en su revisión de la directiva de medios audiovisuales la prohibición por ley del denominado discurso de odio. Dinamarca es el paradigma. El texto de la directiva europea, aún por cerrar, sería más concreto: la incitación pública a la violencia o el odio contra un grupo debe ser penalizada.

“El Islam no es un religión sino una ideología totalitaria”

Lars Hedegaard, periodista danés

Dinamarca es el país de la felicidad. Del Estado del bienestar, del pleno empleo, de la economía fuerte y del hygge, esa suerte de gusto por las pequeñas cosas, ya sea beberse unas cervezas con los amigos viendo el querido balonmano patrio o tomarse un chocolate con la familia, en casa y con una lamparita en la ventana. Es la vida, lo demás son complementos para un país pequeño (seis millones de habitantes) y rico. Pero Dinamarca es también mucho diálogo. Los gobiernos son de consenso, no hay mayorías -el actual Ejecutivo conservador de Lars Lokke Rasmussen está formado por tres partidos- y el debate es una tradición. Que cada uno suelte lo que quiera.

Una ley contra los imanes radicales

Cuando uno pregunta en Dinamarca sobre discursos radicales, el nombre de Abu Bilal Ismail sale con frecuencia. Una cámara oculta de la cadena danesa TV2 le filmó en febrero del pasado año durante un sermón en la mezquita Grimhoj, en la localidad de Aarhus. Entre otras cosas abogaba por lapidar a las mujeres adulteras. Dos años antes, Ismail había sido cazado por otra grabación pidiendo la destrucción de los judíos. Este tipo de discursos han llevado recientemente al Parlamento danés a aprobar una nueva ley (Ley 18) que prevé multas o penas de hasta tres años para aquellas “autoridades religiosas” -no menciona confesión alguna, aunque la norma ha sido pensada para frenar el discurso salafista violento- que defiendan la comisión de actos violentos.

El Parlamento danés, el Folketing, en la capital, Copenhague, es un buen sitio para verlo. Kenneth Kristensen Berth es diputado del Partido Popular Danés [Dansk Folkeparti, DF], la segunda fuerza en escaños (37) en la Cámara. Un juez tiró del artículo 266b en 2003 para condenarlo por racismo a 14 días de prisión, que no tuvo que cumplir. Su delito: difundió un póster en el que alertaba contra una sociedad multiétnica. El cartel, y aquí es donde recae la pena, mostraba a dos individuos cubiertos de sangre con un Corán en la mano.

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Cartel del Partido Popular Danés que generó una condena de racismo.

Lo que Kristensen quiso decir, según relata ahora, es que ese tipo de sociedades llevan a “más criminalidad”. Mantiene que así ha sido a la postre y añade otro caso que sacudió a su partido: “Uno de nuestros parlamentarios, Jesper Langballe, ya fallecido, dijo en un debate que era un problema que padres musulmanes violaran e incluso mataran a sus hijas. Fue llevado al tribunal y condenado, a pesar incluso de que es un hecho que entre los musulmanes existen crímenes de honor”. La idea se repite: ¿por qué condenar una expresión por fuerte que sea si hay “hechos” que la avalan? Otra cosa es comprobar esos “hechos”.

Sobra decir que tanto Kristensen como el veterano Hedegaard quieren abolir el 266b.

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Mujeres musulmanas tocadas con velo pasean por el centro de Copenhague, en octubre de 2011 (imagen de Francis Dean Getty, publicada por El País).
Los daneses están acostumbrados a la inmigración (un 10% de la población es de origen inmigrante), también a la que profesa el islam. Pero la sensación entre los ciudadanos es que la llegada de nuevos inmigrantes o refugiados se ha instalado en la clase política y en los medios como una amenaza para el país. Y de ahí a discursos degradantes hay un paso. Siguiendo la calle Stroget, una de las peatonales más largas de Europa, muy cerca del Folketing, hasta la plaza del Ayuntamiento, se eleva un bloque lleno de cabeceras de diarios daneses. La seguridad en las entradas a las redacciones es elevada, 11 años después de la ola de protestas y amenazas por las caricaturas de Mahoma publicadas en uno de esos diarios, el Jyllands Posten.

¿La ley contra el discurso de odio limita a los reporteros? “No, el mayor problema es la autocensura”, contesta Marcus Rubin, editor del respetado diario Politiken, “sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo, no por temor a que la policía venga y te arreste sino por temor a los terroristas”. El famoso artículo 266b no coarta a la prensa, como tampoco obsesiona a los ciudadanos. Como apunta la columnista y editora de Radio24syv Sofie Allarp, acostumbrada a los comentarios de radicales, sobre todo en la Red, la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Pero alerta del escenario retórico actual: “El mensaje de que la inmigración es solo un problema y no una solución para el futuro es demasiado fuerte”.

“El mayor problema es la autocensura, sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo”

Marcus Rubin, editor de Politiken

El 266b del Código Penal danés ha caído sobre un grupo variopinto de daneses. A los Hedegaard y Kristensen se podrían añadir el poeta superventas palestino-danés Yahyah Hassan, la artista danesa-iraní Firoozeh Bazrafkan, el imán de origen sirio Mohammed al Jaled Samha… O el joven, no identificado, condenado hace tres años a pagar 280 euros por comparar islam y nazismo en un comentario de un post de Facebook sobre la organización salafista Hizb ut Tahrir. Rebuscado, pero pasó. Hubo más sentencias en el pasado, pero si tomamos esta última, por ejemplo, y la de Kristensen han transcurrido más de una docena de años y las multas o penas no frenan ciertos discursos por mucha tradición que haya.

En la orilla oriental, no muy lejos de la sirenita, icono de Copenhague, en uno de esos edificios inteligentes, trabaja una de las voces más críticas contra el artículo 266b. El abogado Jacob Mchangama es director del think tank jurídico Justitia. Su oposición a criminalizar el discurso de odio es clara. Pero más interesante es su alternativa a la pena: “El contradiscurso, por supuesto”, dice. “Si estás en contra de limitar la libertad de expresión, como yo lo estoy, tienes una obligación moral de pronunciarte en contra del discurso de odio”. Es de los que cree que si penalizas, ganan los radicales y se engorda el mensaje. Pone un ejemplo: “La radicalización es un problema en la comunidad musulmana de Dinamarca, pero no en la hindú o budista; es un hecho y tenemos que poder hablar de ello para resolverlo”.

“Hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”

Rune Lund, diputado de la Alianza Roji-Verde

Si bien son muchos en Dinamarca los que aceptan la existencia del 266b, a los que no lo hacen se les oye más. De vuelta al Folketing, el diputado sirio-danés Naser Khader comparte la visión de Mchangama. Como este último, Khader, nacido en Damasco hace 53 años, cree que el debate abierto funciona mejor que el castigo. Y para muestra el botón de la vecina Suecia, con altos índices de violencia de ultraderecha que, según coinciden ambos, tiene mucho que ver con que hablan muy poco de inmigración. Khader, miembro del Partido Conservador, ha sufrido también la presión de los que condenan su visión del islam, pero él mantiene su postura. Y no es habitual: “Forma parte de la cultura danesa burlarse de las religiones, los dioses, los profetas sin ninguna discriminación, ya sea Jesús, Moisés, ¿por qué no Mahoma? ¿Por qué tienen los musulmanes que forzar los tabúes? Si no te gustan unas caricaturas no compres el periódico”.

El rechazo a la criminalización del discurso de odio no cuaja, sin embargo, ni en la calle ni en el Folketing, donde partidos como el Venstre, liberal y a las riendas de la jefatura de Gobierno, o la opositora Alianza Roji-Verde, conviven bien con el artículo. “Funciona como última estancia contra el racismo y el discurso de odio”, señala Rune Lund, portavoz de la alianza de centroizquierda. ¿Y la libre expresión? “Hay limitaciones, por supuesto”, continúa el diputado danés, “pero hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”.


LA “FACHOSFERA” O LA ULTRADERECHA EN LA RED*

enero 16, 2017

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Donald Trump caracterizado como Pepe the frog (imagen thedailybeast.com)

LA INFLUENCIA DE LA EXTREMA DERECHA Y LA DERECHA RADICAL EN INTERNET ES CADA VEZ MÁS IMPORTANTE, como han constatado los comicios presidenciales de Estados Unidos. Allí la red es un poderoso altavoz de los mensajes de Trump, así como de la mixtura de verdad y falsedad que marcó la contienda política y constituyó un campo decisivo de movilización de votantes.

De este modo, Steve Bannon, una suerte de asesor áulico de Donald Trump durante la campaña (recompensado tras la victoria con el relevante cargo de consejero principal y estratega jefe), cobró fama como dinamizador del amplio espectro ultraderechista designado con el término ‘alt-right’ (sinónimo de ‘alternative right’ o derecha alternativa) a través de la tribuna electrónica Breitbart News.

Los extremistas han hallado también una nueva plataforma en la flamante red social Gab.ai, similar a Twitter. Creada en agosto por el empresario Andrew Torba, hace bandera de libertad de expresión ante la censura ideológica que impera en las redes sociales y tendría más de 100.000 usuarios y 300.000 en lista de espera. También en internet ha emergido un nuevo icono extremista:’ Pepe the Frog’, una rana creada por el artista Matt Furie en el 2008. A su pesar, el citado movimiento ‘alt-right’ (término acuñado por el escritor y activista supremacista Richard Spencer) la popularizó como símbolo durante la campaña electoral norteamericana.

La galaxia ultraderechista virtual

Esta visibilidad cada vez más significativa y exitosa de la ultraderecha en la red no es un caso único. Un ensayo francés reciente codifica el término ‘fachosfera’ para aludir a este fenómeno: nos referimos a La Fachosphère. Comment l’extrême droite remporte la bataille du net, de los periodistas Dominique Albertini y David Doucet. Ambos autores examinan los elementos más destacados de la galaxia ultraderechista virtual, como www.fdesouche.com («français de souche», francés de cepa) y exponen su impacto.

Analizan –entre otros temas– la plasmación del lepenismo (el Frente Nacional fue el primer partido francés en disponer de web y Marine Le Pen supera hoy el millón de seguidores en Facebook) o el de los vídeos virales de Dieudonné M’Bala, un cómico denunciado por antisemitismo, algunos de ellos con más de tres millones de visionados y cuya popularidad habría inquietado a François Hollande.

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Cartel del Partido Antisionista [PAS], en el que Dieudonné, en primer plano, efectúa su saludo, el llamado ‘quenelle’.

Además, Dieudonné (cuyo tercer hijo tiene como padrino a Jean-Marie Le Pen) ha difundido un controvertido saludo con el brazo de su creación que ha devenido popular e incluso han efectuado conocidos deportistas: el llamado ‘quenelle’ (de ahí que haya creado un canal ficticio, el Quenel+).

En suma, ‘La Fachosphère’ es un libro recomendable para reflexionar sobre la presencia creciente de la extrema derecha en internet y su impacto. En este sentido, es importante destacar que –según publicó The Washington Post el 21 de octubre– los jóvenes de comunidades virtuales son los que se politizan más rápidamente.

La “robot-política”

En este marco, la campaña del ‘brexit’ demostró la importancia política de las redes, hasta el punto de que Damian Tambini –experto en comunicación política– haya planteado que podría suponer el triunfo de «la robot-política», una política mediatizada por una compleja interacción entre la prensa e internet y sus algoritmos, con un rol clave de la inteligencia artificial.

Con la victoria de Trump ha sucedido otro tanto y se ha aludido de nuevo al recurso a robots –’bots’– en Twitter y al manejo de ‘big data’ (por ejemplo, el equipo del magnate descubrió que a los seguidores de la serie The walking dead les preocupaba la inmigración y focalizó en ellos su mensaje).

No obstante, más allá de la eventual manipulación que permite internet, la ultraderecha se muestra especialmente hábil en este ámbito. En él incuba, articula y difunde sus mensajes y una innovadora simbología (como el’ quenelle’ o Pepe the Frog) que seducen a nuevos seguidores.

Es llamativo al respecto que en Austria un vídeo del 2013 de Heinz-Christian Strache, líder del FPÖ, cantando un rap político en Youtube («Steht auf, wenn ihr für HC seid!», ¡Ponte de pie si HC está presente!) haya superado 1.242.000 visualizaciones, cuando la población del país es de 8,3 millones de habitantes. Desde esta óptica, quizá no es tan sorprendente que su candidato en las últimas elecciones presidenciales captase casi la mitad de votos.

Y es que la red es hoy cada vez más un elemento determinante para comprender la expansión de este espectro político.

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* Artículo publicado originalmente con el título “La ‘fachosfera’ o los ultras en la red” en El Periódico (15/I/2017).


HOFER Y LA NORMALIZACIÓN DE LA ULTRADERECHA. ¿POR QUÉ CRECE EL FPÖ?*

noviembre 30, 2016

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Cartel de la campaña electoral de los comicios de abril del candidao del FPÖ con el lema “En defensa de Austria. Tu patria te necesita ahora”.

Ante la repetición de los comicios presidenciales en Austria el próximo domingo, recuperamos el artículo que publicamos en relación a los mismos cuando se celebraron el pasado 24 de abril, ya que las tesis que sostenemos no han perdido vigencia.

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LOS COMICIOS PRESIDENCIALES DE AUSTRIA HAN CONMOCIONADO A EUROPA porque el candidato del ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ), Norbert Hofer, venció en la primera vuelta con el 35% de los votos y fue derrotado in extremis en la segunda (con un 49,7%) por su rival, el ecologista Alexander van der Bellen. ¿Cómo explicar este hecho?

El tema de los refugiados ha influido, pero no basta para justificarlo, ni tampoco la crisis económica: el país tiene un 5,8% de paro. De hecho, las formaciones de este espectro están ausentes en cuatro países rescatados (Irlanda, Portugal, España y Chipre) y su presencia es acotada en Grecia (7% de votos a Amanecer Dorado y 4,8% a Griego Independientes, ANEL). Se impone, pues, un análisis más complejo. Veámoslo.

De marginales a centrales

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la extrema derecha o derecha populista ya no es marginal. Lo reflejaron los comicios europeos del 2014: el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) captó el 26,7% de los votos, el Partido Popular Danés (DF), el 26,6%; el Frente Nacional (FN) lepenista el 24,8% y el FPÖ el 19,7%. Además, desde el 2015 gobierna Polonia el reaccionario partido Ley y Justicia (PiS), que lidera Jaroslaw Kaczynski (ese año obtuvo el 37,7% de votos). Asimismo, en Hungría lo hace desde el 2010 Víktor Orbán (Viktátor para sus detractores), cuya Unión Cívica Húngara (Fidesz) experimenta una radicalización derechista y captó el 45% de votos el 2014.

Esta cartografía indica una aceptación social creciente de formaciones de derecha populista, muchas de cuyas siglas gozan de arraigo. Así, en 1973 ya ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso en Dinamarca (origen del actual DF) con el 16% de votos y el de Noruega (FrP), con el 5%. Ambos agitaron la protesta fiscal y contra el ‘establishment’ y al exigir que las prestaciones sociales fueran para autóctonos configuraron un “chauvinismo del bienestar”. Una década después, en los comicios europeos de 1984 el FN logró un 11% de sufragios y se integró en la escena gala. A la vez, el FPÖ (formación con una ala liberal y otra nacionalista) conoció un giro populista en 1986 con Jorg Haider y captó el 10% de votos ese año. Así, tras décadas de existencia, estos partidos gozan ya de electorado fidelizado.

Los móviles: protesta e identidad

En segundo lugar, la extrema derecha cuenta con dos pilares de movilización: la afirmación de la “identidad nacional” y elrechazo a las élites tradicionales, que también ilustra el ascenso del FPÖ. De este modo, el politólogo Gaël Brustier remarca que su ultranacionalismo se enmarca en un país de lenta toma de conciencia nacional, pues aunque la actual república se constituyó en 1918, su acta de nacimiento fue un tratado de 1955 que puso fin a su ocupación aliada tras la segunda guerra mundial. Así, el FPÖ une a su islamofobia, antieuropeísmo y rechazo a los refugiados, un nacionalismo exaltado que incluye la reivindicación del Tirol del Sur italiano. A la vez, denuncia a los partidos tradicionales, cuestionando el Proporzsystem (un reparto de cargos institucionales en función de los votos), cuyos beneficios han monopolizado largo tiempo socialdemócratas (SPÖ) y conservadores (ÖVP). Ambas fuerzas, que gobiernan coaligadas, conocen una erosión y la primera vuelta de los comicios presidenciales solo sumaron el 22,4% de votos.

Sin embargo, el discurso de la derecha populista es distinto al de la izquierda. ¿En qué sentido? Porque no solo se limita a denunciar a las élites ante el “pueblo llano” por secuestrar presuntamente sus derechos políticos y sociales, sino que –como señala el politólogo Pierre-André Taguieff– también las denuncia por favorecer la inmigración y el multiculturalismo, constituyendo un imaginario “partido del extranjero” traidor a la nación. Este antielitismo asociado a la xenofobia proyecta un nuevo enemigo: el extranjero-invasor.

¿Fascismo o reacción antiglobalización?

En tercer lugar, el éxito de la derecha populista radica en constituir un exitoso movimiento contra la globalización que no se define como tal, muy diferente de los fascismos. Estos últimos emergieron en los años de entreguerras, en un marco de industrialización y de clases sociales nítidas, manifestaron una vocación totalitaria y su eje aglutinador fue el anticomunismo.

En cambio, la nueva derecha populista irrumpe en la era postindustrial, de clases sociales desdibujadas y con el comunismo extinto. Rechaza oficialmente el racismo y asume un singular “elogio de la diferencia”: afirma querer preservar la diversidad cultural evitando mestizajes para que las comunidades foráneas regresen a sus países de origen. Asimismo, a diferencia del fascismo, no desea un individuo pasivo, sino que le exhorta a movilizarse en las urnas y exalta el referéndum para manifestar la voluntad popular. Tal apuesta puede legitimar la exclusión, como testimonió, un plebiscito que promovió la Unión Democrática de Centro [UDC/SVP] suiza el 2000 en Emmen: sus habitantes decidieron si naturalizaban a 52 residentes extranjeros, rechazando a 48.

En definitiva, este espectro ideológico quiere erigirse en defensora del “hombre de la calle” ante las amenazas de la mundialización: económicas (flujos migratorios, deslocalizaciones industriales, competencia comercial), políticas (cesiones de soberanía a entes supranacionales, notablemente la Unión Europea) y culturales (presencia del Islam, multiculturalismo). El resultado, como indica el politólogo Cass Mudde, es que son las fuerzas de oposición a la globalización de más éxito electoral.

Un voto transversal

En cuarto lugar, entre su electorado tiende a estar sobrerrepresentado el masculino, urbano, joven y de bajo nivel de estudios. Parte de sus votantes no se considera ni de derecha ni de izquierda, de ahí que la politóloga Nonna Mayer les designe como “ninistas”.

Paralelamente, la asunción de la islamofobia por la derecha populista ha atraído un apoyo femenino y de ámbitos homosexuales al temer que el Islam genere un retroceso en libertad sexual e igualdad de género. Pero el rasgo más llamativo de estos partidos es su gran voto obrero, que –por ejemplo– representó el 31% del cosechado por Marine Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del 2012.

En general, los apoyos de estas fuerzas, siguiendo al también politólogo Pascal Perrineau, proceden del impacto de cinco grandes fracturas. La económica, que opone a beneficiarios y perdedores de la mundialización. La nacionalista, que opone a quienes desean ampliar la obertura internacional de la sociedad con sus detractores. La cultural, que confronta a partidarios de valores antiautoritarios y defensores de los tradicionales. La geográfica, que configura zonas desindustrializadas y marginadas de las insertas en una economía dinámica y global. Y la política, ya citada, que opone a defensores de culturas de gobierno y a los desencantados con la política tradicional que apuestan por culturas antisistema.

Una realidad poliédrica

En suma, actualmente amplios sectores sociales apoyan a la derecha populista debido a dinámicas locales y globales, lo que favorece su normalización y respetabilidad. Esta realidad es igualmente visible en EEUU con Donald Trump: un gestor multimillonario de perfil antagónico al de un político profesional, antielitista y que ha alineado al Partido Republicano con un extremismo inquietante.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (29/V/2016) con el título “¡Heil Europa!” Es interesante el artículo de complemento “Los 12 rostros de la Europa ultra”, en el mismo diario.


TRUMP Y LOS POPULISTAS EUROPEOS: ¿VOLVEMOS A LOS AÑOS TREINTA?*

noviembre 16, 2016

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Marine Le Pen y Donald Trump: ¿Encarnan un regreso a la era de los fascismos?

EL TRIUNFO DE DONALD TRUMP EN LOS EE.UU. y el ascenso de la derecha populista en Europa y más allá del continente (el partido Una Nación ha logrado este año en Australia el 4.3% de los votos del Senado) indican un aparente regreso a los fascismos de entreguerras. ¿La razón?

Presentan liderazgos fuertes con un discurso político que pretende situarse al margen de la dicotomía derecha-izquierda y combina xenofobia y exaltación nacionalista con ataques al Establishment y a las élites. ¿Pero asistimos realmente a un regreso en treinta? Más allá de estos parecidos hay diferencias importantes que proyectan un fenómeno de rasgos nuevos.

Del anticomunismo a la antiglobalización

redEn primer lugar, los contextos son muy diferentes. El fascismo surgió en una sociedad que se industrializaba, con una inmigración masiva del campo a la ciudad y una polarización política y social extrema marcada por la eclosión del comunismo. En cambio, la nueva ultraderecha irrumpe en una sociedad que se desindustrialitza y las clases sociales, apunta el politólogo Piero Ignazi, no están “muy definidas en sus contornos, ni tampoco son centrales como en el pasado”. Y si antes la amenaza era la revolución marxista, ahora lo es el efecto devastador de la globalización, que destruye ocupación y genera una bolsa creciente de perdedores.

En este escenario, y a diferencia de los totalitarismos de los años treinta, la derecha populista no otorga un papel central al Estado. De hecho, es ambivalente sobre su rol: quiere que intervenga de forma limitada en la economía, pero que sea activo para garantizar prestaciones sociales por los autóctonos o proteger fronteras. En última instancia, percibe al Estado como el gran baluarte ante corrientes migratorias y culturas foráneas, las deslocalizaciones industriales y la competencia extranjera o las entidades y acuerdos internacionales que depreden la soberanía.

De la diferencia racial a la cultural

antismeitismEn segundo lugar, si los fascismos asumieron cosmovisiones racistas, la derecha populista las rechaza de forma oficial. En contrapartida, enfatiza las diferencias culturales y, simplificando, quiere evitar mestizajes para que en un futuro no lejano las comunidades foráneas vuelvan a sus países de origen. Y en el caso de los musulmanes manifiesta una oposición frontal: proclama que no se pueden integrar al tener una religión retrógrada y de conquista.

Este rechazo del multiculturalismo y de los flujos migratorios vertebra el discurso ultraderechista porque su diana no son tanto “los de arriba” (las élites), como “los de en frente” (los extranjeros). Ahora, advierte el sociólogo Pierre-André Taguieff, “las élites son rechazadas en la medida que son percibidas como ‘el partido del extranjero’”. Por tanto, defender la identidad nacional pasa para denunciar una pretendida “invasión” migratoria y, con ella, a las élites que lo favorecen.

De destruir la democracia a exigir hiperdemocracia

reichstagEn tercer lugar, los fascismos acabaron con los regímenes democráticos y querían una sociedad muda y pasiva, disciplinada y encuadrada en organizaciones de masas. En cambio, la ultraderecha actual hace un llamamiento constante a la movilización ciudadana para que vaya a las urnas.

Cómo señalan los politólogos Yves Mèny y Yves Surel, para la derecha populista “si el pueblo es la fuente de poder, nada puede contener su capacidad de decidir y de cuestionar”. Y ve la mejor forma de expresarla en los plebiscitos, dado que en ellos la ciudadanía no vota mediatizada por los partidos y sus intereses.

La nueva ultraderecha, pues, no rechaza en bloque el legado de la Ilustración, sino que  hace una lectura selectiva del mismo al dar protagonismo decisivo a la “voz del pueblo”. Pero no por ello deja de cuestionar los valores ilustrados que fundamentan las democracias actuales, como la igualdad, la tolerancia o el pluralismo.

Qué futuro político podemos esperar?

Los cambios descritos hacen que sea difícil prever los regímenes que pueden instaurar estas fuerzas populistas, pero se divisa un tipo de “neobonapartismo plebiscitario”. Con esta expresión queremos a aludir a regímenes de cariz presidencialista y nacionalista, dirigidos por líderes que limiten las libertades, rehúyan controles parlamentarios y aprueben decisiones polémicas mediante referéndums.

En cierta medida, un ejemplo de esta tendencia se puede apreciar en Hungría. Allí Viktor Orbán cada vez concentra más poder, ha hecho construir una valla de 175 km con Serbia para parar a los refugiados y en octubre convocó un plebiscito para oponerse a la política migratoria de la UE. En suma, como alerta el ensayista Anne Applebaum, en el futuro quizás “dejen de existir la democracia liberal y con ella Occidente, tal como los conocemos”.

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* Este artículo fue publicado originalmente en catalán. Véase “Trump i els altres: retorn als anys 30?”, Ara (12/XI/2016)


LA MARGINALIDAD DE LA ULTRADERECHA EN ESPAÑA*

noviembre 9, 2016
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Ilustración de Leonard Beard de este artíulo en El Periódico (7/XI/2016).

ESPAÑA APARENTEMENTE CUMPLE TODOS LOS REQUISITOS asociados al ascenso de la ultraderecha: gran impacto de la crisis económica, numerosos casos de corrupción política, rechazo de las élites tradicionales, 4,4 millones de extranjeros, una tasa de paro del 19,6% (44% la juvenil) y un 28,6% de ciudadanos en riesgo de pobreza. Con tales indicadores sorprende que no irrumpa aquí un partido importante de este signo. ¿Cuáles son las razones?

La ultraderecha y el PP

La respuesta habitual es quela extrema derecha se halla «dentro del PP». Ciertamente este partido ‘sateliza’ el voto de este ámbito desde 1982 e incluso en algunos lugares centra su mensaje en la inmigración y la seguridad, como en Badalona (tercera urbe catalana en población). Pero, desde nuestra óptica, la ausencia de la ultraderecha en las instituciones se explica por la trayectoria que este ámbito experimentó desde 1975.

pinarY es que tras fallecer el dictador este espectro ideológico se articuló en torno a Fuerza Nueva (FN), el partido liderado por Blas Piñar. Su resultado en los comicios de 1977 fue irrelevante, pues compitió con la Alianza Popular (AP) de Manuel Fraga que buscaba el voto del llamado ‘franquismo sociológico’.

Pero en las elecciones de 1979 Piñar obtuvo casi 380.000 votos y un escaño, un inicio prometedor que truncó su debacle en las elecciones de 1982, cuando Fraga aglutinó el voto útil antisocialista y FN se disolvió, marcando la entrada de la ultraderecha española en la atonía y la marginalidad.

Guerra y dictadura

Así las cosas, el discurso que este universo político codificó durante la Transición lastró su modernización ideológica y -con ella- sus posibilidades de éxito. Nos referimos a su reivindicación de la dictadura (visible en la consigna “Franco resucita, España te necesita’), su invocación a volver a las trincheras de la guerra civil y su ultracatolicismo.

Además, este último (al sostener la igualdad de los hombres ante Dios) dificultó aquí el arraigo de mensajes xenófobos y antiinmigración que galvanizaban a la derecha populista europea. Tal cosa era ya de por sí difícil porque nuestro país experimentó una emigración masiva de población en los años 60: ¿cómo estigmatizar, pues, a los emigrantes si muchos españoles lo eran?

ruiz-mateoAl disolverse FN dejaron la política sus seguidores de mediana edad, de forma que este espacio ideológico quedó fracturado generacionalmente entre una masa juvenil y otra formada por ancianos, careciendo de activistas de edades intermedias que hicieran de puente entre ambas. Esta división se solapó a otra que oponía a los sectores que asumían el discurso ‘piñarista’ con los que deseaban arrinconar la nostalgia y adoptar fórmulas triunfantes en Europa, siendo Jean-Marie Le Pen su gran referente.

La marginalidad de este espectro se acentuó al hacer eclosión dos liderazgos populistas protestatarios: José María Ruiz Mateos en los comicios europeos de 1989 (captó más de 600.000 votos y dos escaños) y Jesús Gil en los locales de 1991 en Marbella. El resultado fue que desde 1982 la ultraderecha quedó atomizaday eclipsada en España y su ausencia de las instituciones obedece a causas históricas en buena medida.

El “fenómeno Anglada”

cartelEsta situación solo cambió con los comicios locales del 2003, cuando Plataforma per Catalunya (PxC) irrumpió en cuatro consistorios liderada por un expiñarista, Josep Anglada, y pareció que una derecha populista podía despuntar en España. Su discurso centrado en la inmigración (notablemente musulmana), orden público y denuncia de las élites cuajó y PxC penetró en el 2011 en el área metropolitana.

Pero en las elecciones locales del 2015 se colapsó al confluir una crisis interna con una agenda marcada por el secesionismo (que hizo perder protagonismo a la inmigración en la agenda) y la eclosión de nuevas siglas que canalizaron la protesta contra el ‘establishment’.

¿Puede cambiar esta situación a corto y medio plazo? La respuesta es un ‘no’ cauteloso. La política actual es muy fluida, conoce súbitos cambios de calado y el electorado se muestra poco fiel a nuevas y viejas siglas, lo que impide formular pronósticos duraderos.  Asimismo, la experiencia de PxC y el resultado de Vox (una escisión del PP que en los comicios europeos del 2014 captó casi 245.000 votos) indican que eventuales derechas diferentes a la que encarna el PP pueden tener apoyos electorales significativos. Ahora bien, otra cosa muy distinta es que tales opciones surjan y los consigan.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (7/XI/2016).


EL ÉXITO DE AFD O LAS TRES LECCIONES DE LA DERECHA POPULISTA ALEMANA*

octubre 6, 2016

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La cúpula del AfD entona el himno alemán en Hannóver en 2015 (foto de EFE/Julian Stratenschulte en El Periódico).

TRAS LA IRRUPCIÓN DE ALTERNATIVA PARA ALEMANIA [Alternative für Deutschland, AfD] en los parlamentos de Mecklemburgo-Pomerània Occidental (20.8% del voto total) y Berlín (14.2%) este septiembre el escenario político germano ha cambiado. En apenas tres años, este partido de derecha populista ya analizado en este blog y que lidera Frauke Petry ha logrado estar presente en 10 de los 16 parlamentos regionales y las encuestas le otorguen un 12% del voto estatal. ¿Pero por qué crece AfD?

Si bien la formación canaliza el rechazo a la acogida de refugiados de Angela Merkel, ello no basta para explicar su ascenso. Cómo veremos, el análisis de su caso ofrece tres lecciones sobre las dinámicas de crecimiento de la extrema derecha.

1. Primero son las conciencias, después las urnas

En primer lugar, debemos tener presente que Alemania ha conocido un debate sobre multiculturalismo e inmigración desde 2010. Aquel verano Thilo Sarrazin (socialdemócrata y exmembre de la junta directiva del Bundesbank) editó el polémico ensayo Alemania se disuelve. Sostenía que el alta natalidad de turcos e inmigrantes árabes podría hacer que en tres generaciones la cultura originaría del país fuera extraña a la mayoría de su población. En octubre Der Spiegel publicó que tribunales alemanes habían aplicado la ley islámica en asuntos de herencia y familiares (incluyendo un caso de poligamia) y Merkel anunció el fracaso del multiculturalismo: “permitir que personas de diferentes culturas vivan sin que se integren no ha funcionado”.

A su vez, desde 2004 el neonazi Partido NacionalDemòcrata [NPD] despuntó en las urnas en algunos länder y logró un escaño a los comicios europeos de 2014. Y en octubre de este año surgió a Dresde la plataforma islamòfoba Pegida (acrónimo de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).

Este marco explica el éxito de AfD al constituir un proceso que el politólogo Pascal Perrineau denominó “lepenització de los espíritus” en Francia: primero, afirma, se difunden las ideas ultraderechistas y después éstas se traducen en votos.

2. El rechazo a la UE, una vía de radicalización derechista

En segundo lugar, el ascenso de AfD ilustra cómo la derecha populista se articula por distintas vías. Así, en los años setenta ingresaron en el parlamento el Partido del Progreso danés [FrP] y noruego [FrP] haciendo bandera de la protesta fiscal y la oposición a la Establishment, pero para ensanchar su base electoral experimentaron una deriva xenófoba y exigieron que las prestaciones del Estado fueran por los autóctonos.

En los años ochenta irrumpió en Francia el Frente Nacional [FN] liderato por Jean-Marie Le Pen con la inmigración y la inseguridad como temas insignia, siendo emulado por numerosos partidos.

Después del atentado de las torres gemelas de 2001 de Nueva York, el rechazo al Islam y a la UE han ofrecido nuevos caminos para conformar ofertas ultraderechistas, como testimonian de diferente manera el Partido por la Libertad holandés [PVV], el Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP] y ahora AfD.

Y es que AfD se constituyó el 2013 como una formación euroescéptica que marcó distancias de la extrema derecha y logró buenos resultados a los comicios federales y europeos de 2014 al denunciar las políticas de rescate a la UE. Pero después su euroescepticismo confluyó con la oposición a la llegada de refugiados y el rechazo del Islam y adquirió un perfil extremista.

De forma significativa, en Estrasburgo este partido dejó el Grupo de los Conservadores y Reformistas (que incluye los tories británicos) y se unió al Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa (con el UKIP).

3. Crisis económica no implica ascenso ultraderechista

En tercer lugar, el ascenso de AfD en un país saneado como Alemania refleja que el crecimiento de la ultraderecha no se puede vincular de forma mecánica a crisis económica. Tal hecho se pudo constatar ya en los comicios europeos de 2014, cuando los países “rescatados” (Portugal, España, Irlanda y Chipre) mostraron la ausencia de fuerzas de este signo y en Grecia sólo sumaron el 12.8%, con Amanecer Dorado (9.4%) y Griegos Independientes [ANEL] (3.4%). Unos datos que contrastaron con los grandes resultados del UKIP (26.7%), del Partido Popular Danés [DF] (26.6%), del FN (25%) y del Partido de la Libertad de Austria [FPÖ] (19.7%).

Esta panorama refleja que la derecha populista se nutre del apoyo de perdedores de la globalización, pero no de manera exclusiva: amalgama un voto socialmente amplio e ideológicamente transversal. En tal contexto, la lógica de su ascenso no obedece a ningún determinismo y puede ser cortocircuitada cuando otras opciones canalizan la protesta contra El Establishment, como plasman Podemos en España o Syriza en Grecia.

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* Esta es una versión actualizada del artículo publicado originalmente en catalán en el diario Ara titulada “Les tres lliçons de la ultradreta alemanya” (13/IX/2016)