LA RATA NEGRA, LA MASCOTA DEL NEOFASCISMO EUROPEO QUE SURGIÓ DE MAYO DE 1968

mayo 19, 2018

La rata negra nació en 1968 en la Facultad de derecho de Assas.

EN ESPAÑA  “EL VIEJO TOPO” es el nombre de una cabecera de publicación izquierdista ampliamente conocida. Pues bien, frente al topo izquierdista, la ultraderecha europea posee una mascota también subterránea y contracultural: la rata negra. Su origen radica en el “mayo blanco de 1968”: es decir, en la contrarrevolución que generó la revolución de mayo de 1968. Esta es su historia.

A la reconquista de las aulas: el Groupe Union-Droite [GUD]

Después de la revuelta de mayo, sectores neofascistas -apoyando al gobierno- se lanzaron a la “reconquista” de las universidades. La lucha que se produjo entre elementos izquierdistas y ultraderechistas fue especialmente dura en la Facultad de Derecho de Assas, donde los enfrentamientos entre estudiantes de ideologías opuestas generaron verdaderas batallas campales.

En el curso de las últimas, los izquierdistas insultaban a los neofascistas llamándoles “ratas”. Paralelamente, un grupo de extrema derecha de la Facultad, el Groupe Union-Droite [GUD], confeccionó murales de propaganda en los que uno de sus mimebros, Jacques Marchal (antiguo militante del agresivo colectivo Occident), dibujó una rata negra haciendo comentarios irónicos sobre la situación en el lugar, tanto favorables como desfavorables al GUD.  Se había inspirado en las creaciones del dibujante de cómic franco-belga Raymond Macherot (1924-2008): los roedores Anthracite y Chlorophil.

Anthracite fue un personaje del cómic francés en el que se inspiró el “rat noir”.

El humor manifestado por aquella rata negra del GUD atrajo la atención de los estudiantes, incluyendo a algunos de sus enemigos. Por otra parte, los colectivos ultraderechistas empezaron a asumir su identificación con el roedor negro que de ellos hacía la izquierda y el resultado de todo ello fue que la “rata negra” devino la mascota neofascista de Assas.

Ésta última pronto ganó una popularidad que trascendió el marco local y se difundió entre la juventud neofascista francesa para cobrar una popularidad notable, especialmente en Francia y Bélgica, por lo que devino un emblema del neofascismo europeo, asociándose a la cruz céltica en numerosos casos.

La cruz céltica y la rata negra, dos símbolos del neofascismo europeo desde inicios de los años setenta.

Una tardía llegada a España

Esta difusión internacional del símbolo fue debida, sobre todo, a la edición de sendas revistas underground publicadas en Francia e Italia: Alternative (París, 1973-1975), dirigida por el propio Marchal, y La voce della fogna (La voz de la alcantarilla, Florencia, 1974-1983).

Sin embargo, en España no tuvo eco hasta bien entrados los años ochenta, cuando la rata negra fue popularizada por dos publicaciones: La peste negra (Madrid, 1985-¿1987?), editada por el colectivo anarcofascista madrileño Bases Autónomas [BB.AA.], y Alcantarilla (Barcelona, 1986-1988), editada por el colectivo Europa.

Esta tardía difusión de la rata negra como mascota del neofascismo español fue ilustrativa de la escasa y limitada renovación que experimentó al ultraderecha española en relación al conjunto del neofascismo europeo durante el franquismo y el postfranquismo.

La voce della fogna, publicada en Florencia, popularizó a la rata negra en Italia.

Cuando ya han transcurrido más de 40 años desde su creación, el neofascismo europeo  no ha sido capaz de engendrar un nuevo símbolo que substituyera al “rat noir” sesentayochista. Así, por ejemplo, en los años noventa el cómic francés Noir et Rouge (Grenoble, 1991-¿1992?) ha continuado difundiendo a esta mascota, aunque adaptada a los nuevos tiempos: el dibujante Sergueï hizo una fusión de la nueva generación ultraderechista que representaban los skinheads y la simbología heredera de mayo en una rata negra que era cabeza rapada.

En definitiva, la contrarrevolución de mayo no estuvo exenta de un grafismo imaginativo y dotó al neofascismo europeo de una mascota con la que hoy aún se identifica.

[Este artículo es una traducción con algunos cambios de nuestro trabajo “Una mascota per al neofeixisme europeu: la rata negra”, L’Avenç, 176 (diciembre 1993), p. 15. Puede descargarse el PDF aquí]. Esta entrada se publicó en diciembre de 2010 y  con el aniversario de mayo de 1968 la hemos reeditado.

Referencias

Sobre el origen de la mascota, véase una entrevista a Marchal habla en Devenir, nº 13.

Sobre el personaje de cómic que la inspiró, véase la obra colectiva, Les rats maudits, p. 13. Sobre su significado político, véase R. Montero, “Jack Marchal, la imaginación al poder (¿o en la oposición?)”, Alcantarilla, 12 (marzo-abril 1988), pp. 24-27.

Sobre la contrarrevolucion de los estudiantes franceses de de 1968, véase nuestros trabajos: “França: el maig ‘blanc’ desconegut”. L’Avenç, 176 (diciembre 1993), pp.8-17. ISSN: 0210.0150;  “El mayo blanco francés”, El Viejo Topo, 121 (septiembre 1998), pp. 26-28.


1968: EL DESCONOCIDO “MAYO NEOFASCISTA” FRANCÉS*

mayo 12, 2018

Cartel de Occident: “Por una revolución popular nacionalista antimarxista/anticapitalista” (imagen de  www.resistances.be).

 

MAYO DEL 68 SUELE ASOCIARSE GENERALMENTE A LA IRRUPCIÓN DE LA NUEVA IZQUIERDA. Sin embargo, este episodio político influyó notablemente en la evolución del neofascismo francés y europeo y los cambios que experimentó la extrema izquierda tuvieron su réplica -parafraseando a Lewis Carroll- en el otro lado del espejo. La propia génesis de los hechos de mayo aparece estrechamente vinculada a los avatares de la ultraderecha francesa, concretamente a una formación activista y violenta, el Mouvement Occident [Movimiento Occidente], más conocido como Occident.

Occident: ¿Detonador del mayo francés?

A mediados de los años sesenta, la extrema derecha francesa se hallaba en crisis y fragmentada. Al abandono de Argelia y al consiguiente hundimiento de la Organisation Armée Secrète [OAS, Organización del Ejército Secreto] había sucedido el fiasco de la candidatura del ultraderechista Jean-Louis Tixier-Vignancour en las elecciones presidenciales de 1965 (5.2% de los votos). En este contexto emergió el grupo Occident. Fundado en 1964 por disidentes del movimiento neofascista Europe-Action [Europa-Acción] y agrupando algunos ex-miembros de la OAS, Occident reunió una militancia escasa (unos 800 miembros) pero consiguió gran notoriedad por su recurso a la acción directa en pleno Quartier Latin. “Es el prototipo de escisión estúpida”, comentarían más tarde algunos de sus impulsores.

El grupo no contaba con local ni medios económicos, e intentó salir de la marginalidad política buscando protagonismo en los medios de comunicación, aunque los comentarios fueran peyorativos. Así, entre 1964 y 1968 los choques entre neofascistas y ultraizquierdistas se hicieron cada vez más frecuentes en París y en algunos campus universitarios, a la vez que la dureza de las peleas fue en aumento: cadenas de bicicleta, cascos de motorista, porras y cinturones claveteados devinieron armas habituales en las trifulcas.

El enfrentamiento con la extrema izquierda se polarizó en el eco que el conflicto vietnamita tenía entonces en Francia. Como respuesta al apoyo de la izquierda al Viet-cong, a través de los llamados comités Vietnam de Base, se creó un Frente Unido de Apoyo a Vietnam del Sur, anticomunista, liderado por Roger Holeindre (dirigente de Occident), que difundía consignas como “La bomba H sobre Hanoï” o “Marines a Hanoï”. El 28 de abril de 1968 una exposición del frente dirigido por Holeindre fue arrasada por un comando izquierdista. El detonador de las jornadas de mayo se había puesto en marcha.

Mitin de Occident en 1964 en París (imagen de npa2009.org).

La revolución: división y desconcierto  

Occident reclamó venganza y anunció un acto el 2 de mayo en Nanterre. Los estudiantes de extrema izquierda tomaron el anuncio como un desafío: “Fascistas que habéis escapado de Diên-Biên-Phu [la batalla en la que fueron derrotadas las tropas francesas en Vietnam en 1954], no escapareis de Nanterre”. El decano, ante la tensa situación, decidió cerrar la facultad. Al día siguiente, los militantes de extrema izquierda se concentraron en la Sorbona, y tras la agresión de un grupo de neofascistas, se generalizó el enfrentamiento entre estudiantes y policía. Un miembro de Occident, en la huida, lanzó un cóctel molotov. Era el primero de las jornadas de mayo.

La revuelta había comenzado. ¿Qué hacer? El desconcierto y la división caracterizaron la actitud de los jóvenes neofascistas desde el primer momento, atrapados por sus contradicciones. ¿Debían unirse a la revuelta junto a la extrema izquierda? ¿O debían apoyar al general Charles De Gaulle, quien había claudicado abandonando Argelia y represaliado a la OAS? La evolución de los acontecimientos decantó al neofascismo hacia el orden establecido. “¡Expulsad a Cohn-Bendit!” o “¡La Sorbona para los franceses!”, eran algunos de los lemas coreados en las manifestaciones.

Los servicios de información gaullistas buscaron apoyo entre la ultraderecha (incluyendo los seguidores de Occident) para contener la agitación estudiantil. Occident, finalmente, se inclinó por sumarse al bando del gobierno y entre mayo y junio de 1968 sus militantes fueron autores de diversas provocaciones contra comités de huelga de obreros y estudiantes y asaltaron locales del Partido Comunista. Cuando el 12 de junio las autoridades disolvieron los movimientos de extrema izquierda, Occident quedó indemne. René Capitant -Ministro de Justicia- declaró que “El movimiento Occidente tal vez ha empleado la violencia, pero no se ha manifestado como un movimiento subversivo”. Finalmente, el 31 de octubre de 1968 Occident fue disuelto, dejando tras de si una estela mítica.

La herencia neofascista de mayo

Occident se creó una imagen de extrema derecha “pura y dura” y lanzó una propaganda un tanto imaginativa. A la vez, mostró claramente las contradicciones del neofascismo francés, incapaz de convertirse en una fuerza rupturista. Ya en 1977, François Duprat, ex-dirigente de Occident, manifestó que “en mayo de 1968, la actitud de los nacionalistas que se vendían a las policías paralelas, me ha repugnado”. Sin embargo, la experiencia política de las jornadas de mayo resultó de gran influencia en la trayectoria posterior de la extrema derecha francesa.

Manifestación de Occident en mayo de 1968  (imagen de www.francetvpro.fr) .

La herencia de Occident fue recogida por Ordre Nouveau [ON, Orden Nuevo] -partido creado en 1969- que configuró el sector más vanguardista del neofascismo francés. ON contó con numerosas mujeres en sus filas (hecho hasta entonces insólito), llegando a reunir 5.000 militantes y a organizar en el Palacio de los Deportes de París en 1970 la mayor concentración de extrema derecha efectuada en Francia desde la posguerra. Al igual que Occident, su violencia le valió la prohibición en 1973; la mayoría de sus cuadros y militantes terminaron por confluir en el Front National [FN, Frente Nacional] dirigido por Le Pen.

Mayo también propició la eclosión de la llamada Nouvelle Droite [Nueva Derecha], agrupada en torno al Groupement de recherche et d’études pour la civilisation européenne [GRECE, Grupo de Investigación y de Estudios para la Civilización Europea]. Creado oficialmente en 1969 y dirigido por antiguos militantes neofascistas, el GRECE llevó a cabo una amplia renovación del discurso de la derecha radical francesa, buscando nuevos temas y nuevos enfoques y pretendiendo elaborar un “gramscismo de derecha”. A este respecto, la historiadora Anne-Marie Duranton Crabol afirma que “las preocupaciones de la Nueva Derecha llevan la imprenta posterior al mayo de 1968: regionalismo, feminismo, ecologismo, crisis de las instituciones establecidas como la Escuela y el Ejército”.

Mayo del 68, en síntesis, actuó sobre la ultraderecha francesa y europea como un catalizador político y los activistas neofascistas de los años setenta quedaron marcados por aquellas tempestuosas jornadas. En 1977, un anónimo exdirigente de comandos que atentaron contra el movimiento antimilitarista francés a inicios de los setenta, convencido de luchar en una guerra contra la subversión, manifestó que “a nuestra manera, éramos los niños del mito revolucionario de mayo de 1968 en su versión derechista”.

Estrambote: lecciones de mayo

Mayo de 1986. “¡Madelin paga tu cuota!” era el lema que figuraba en una pancarta del tradicional cortejo anual de la extrema derecha frente a la estatua de Juana de Arco en París (foto de www.resistances.be). El mensaje iba dirigido a Alain Madelin, a quien Jacques Chirac había nombrado Ministro de Industria dos meses antes. Madelin había iniciado una precoz carrera política militando en el grupo Occidente y su entrada en el gobierno conservador fue considerada una traición por algunos de sus antiguos correligionarios y el ultraderechista periódico Présent (1-2/V/1986) no dejó de recordar irónicamente su pasado: “He aquí un muchacho que nosotros hemos conocido en […] Occidente y en el Frente Unido de Apoyo a Vietnam del Sur, más extremista que el más convencido de los coroneles de los Boinas Verdes. Nada era bastante `duro’ para él”. Esta fue la evolución de un exmiembro de Occident. ¿Fue un hecho excepcional?

Otro exmilitante del colectivo, Alain Robert, hizo estas declaraciones interesantes al respecto en 1977: “Algunos camaradas, después de Mayo del 68 han tenido su ‘tentación mayoritaria’: continuar el mismo combate, pero bajo otros colores […]. Es probable que dentro de algunos años se encuentre a un cierto número de antiguos militantes de Occidente y Orden Nuevo en los cargos dirigentes de los grandes partidos no comunistas. No habrán olvidado nada, pero lo habrán aprendido todo: han querido salir del gueto donde se encuentra cerrado nuestro movimiento político y ofrecer las mismas ideas, pero bajo una presentación más respetable”.

Con el tiempo, pues, no sólo los inconformistas de la izquierda radical llegaron al poder, sino también quienes les combatían en la calle. Y es que mayo dio lecciones a todos.

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* La versión original de este texto se publicó en Xavier Casals, “El mayo blanco francés”, El Viejo Topo, 121 (septiembre 1998), pp. 26-28.

 


ESPAÑA: LA TRANSICIÓN MÁS SANGRIENTA DE EUROPA

enero 11, 2018

Información de la llamada “masacre de Atocha” cometida en enero de 1977.

GENERALMENTE, SE CONSIDERA QUE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA FUE PACÍFICA y que ello contribuyó a conferirle un carácter modélico y ejemplar. Sin embargo, en nuestro último estudio La Transición española. El voto ignorado de las armas (2016), hemos analizado su impacto político y hemos constatado que este fue muy importante, hasta el extremo de conformar la Transición más violenta de Europa.

El tema no es menor porque este año se cumplen cuatro décadas de episodios como el caso Scala (la destrucción de esta sala de fiestas en Barcelona por un atentado ácrata), el fallido intento de asesinato del líder independentista canario Antonio Cubillo en Argel (en lo que se consideró un crimen de Estado) o el asesinato del matrimonio Viola en Barcelona por parte de un grupo separatista catalán (bautizado por la policía como EPOCA, Ejército Popular Catalán). Todos estos hechos y muchos otros, como el 23-F, son analizados y diseccionados en esta obra.

Portada de nuestro último estudio.

Nuestra tesis: ¿Una Transición pacífica?

[A continuación reproducimos literalmente un fragmento de la introducción]

Ante esta alabada y difundida “Transición pacífica” se alzan aportaciones recientes que demuestran que el terrorismo fue omnipresente en la época. De esta manera, un estudio minucioso del sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca y la citada politóloga Paloma Aguilar constató que entre el 1 de enero de 1975 y el 31 de diciembre de 1982 la violencia política causó 504 víctimas mortales: su gran mayoría (96.2%) falleció por la acción de grupos terroristas, siendo ETA autora de 361 asesinatos (un 71.6%), mientras un 3.8% lo hizo en incidentes diversos (manifestaciones, disturbios o enfrentamientos).[i] Este balance ofrece una perspectiva menos halagadora de la Transición, ya que “resultó mucho más sangrienta que la griega o la portuguesa, ambas iniciadas en 1974” (la primera se saldó con 29 víctimas y la segunda con menos) y “ha sido la más sangrienta en Europa”, exceptuando la de Rumanía.[ii] Asimismo, un detallado estudio del periodista Mariano Sánchez Soler contabilizó entre el 20 de noviembre de 1975 y el 30 de diciembre de 1983 un total de 2.663 víctimas (sumando muertes y heridos hospitalizados), de las que fallecieron 591.[iii] Ya en el 2012, la historiadora francesa Sophie Baby en un minucioso análisis de la violencia política durante la Transición computó entre 1975 y 1982 un mínimo de 3.200 acciones violentas y más de 700 víctimas mortales, 530 de las cuales fueron causadas por terroristas.[iv] Tal balance de víctimas dibuja una Transición menos modélica y, sobre todo, mucho menos “pacífica” en relación a la percepción imperante.

Es importante destacar que este nivel de violencia no fue excepcional, pues otros países de Europa occidental y América latina lo conocieron en los llamados “años del plomo” (los años sesenta y setenta del pasado siglo).[v] De hecho, como advierte el historiador Juan Avilés, la Transición “se produjo en el momento de mayor auge del terrorismo en la historia reciente de Europa. El período más sangriento fue el comprendido entre 1971 y 1976 en Irlanda del Norte y entre 1978 y 1982 en Italia. A partir de entonces comenzó el declive y a finales de los años ochenta sólo subsistían en Europa dos organizaciones terroristas de alguna entidad, las dos de carácter nacionalista, el IRA y ETA”.[vi] En este aspecto, Sophie Baby considera que el nivel de violencia política en España la sitúa a “la altura de la Italia de los años de plomo”.[vii]

Quienes lideraron el tránsito a la democracia en España han remarcado la importancia de esta violencia con posterioridad, pero evitando que confiriera una aura tenebrosa al fresco ejemplarizante de la Transición. Así, Martín Villa en 1984 manifestó que, junto a la crisis económica, el fenómeno terrorista “fue la principal dificultad con que tropezó la transición democrática”.[viii] Adolfo Suárez lo expuso así en 1988: “Teníamos serias dificultades interiores [durante la Transición]: desórdenes y pretensiones involucionistas y, sobre todo, sufríamos un fuerte acoso terrorista, que actuaba como excitación constante de los más implacables enemigos del cambio político”.[ix] En 1997 Felipe González fue más contundente y advirtió que “la democracia que vivimos […] ha estado condicionada por el terrorismo, el antiterrorismo y la involución en lo que a Seguridad del Estado se refiere”.[x]

En realidad, desde los años ochenta se denunció este importante impacto de la violencia desde ópticas ideológicas contrapuestas. La extrema derecha se hizo eco del mismo asociando democratización a desorden público, mientras la izquierda denunció la criminalidad de la extrema derecha y de ámbitos de los cuerpos de seguridad cómo una demostración de pervivencia de reductos franquistas.[xi] En todo caso, de lo expuesto hasta aquí emerge una certeza poco conocida: la Transición estuvo mucho más marcada por la violencia de lo que dan a entender sus visiones más difundidas. Baby lo ha subrayado en estos términos: “no cabe ninguna duda de que la fuerte presencia de la violencia política ha determinado el ritmo y el alcance del proceso de democratización español, mucho más allá del mito tan difundido de la ‘Inmaculada Transición'”.[xii] Por nuestra parte consideramos que constituyó su banda sonora más inquietante.

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* Puede descargarse gratuitamente el sumario y la introducción completa de la obra en PDF clicando aquí.

* Pueden verse los comentarios y reseñas publicados sobre la obra clicando aquí.

Notas

[i] Véase I Sánchez-Cuenca y P. Aguilar, “Violencia política y movilización social en la Transición española”, en S. Baby, O. Compagnon y E. González Calleja (eds)., “Violencia y transiciones políticas a finales del siglo XX”, Collection Casa de Velázquez (110), Madrid, 2009, p. 99. Véase la versión en inglés del trabajo en I Sánchez-Cuenca y P. Aguilar, “Terrorist Violence and Popular Mobilization: The Case of the Spanish Transition to Democracy”, Politics & Society, Vol. 37, nº 3 (septiembre 20099, pp. 435.

[ii] I Sánchez-Cuenca, “La violencia terrorista en la transición española a la democracia”, Historia del presente, 14 (2009/II), 2ª época, pp. 9-10.

[iii] M. Sánchez Soler, La transición sangrienta, p. 353.

[iv] S. Baby, Le mythe de la transition pacifique, p. 427.

[v] Véase su uso en I. San Sebastián, Los años del plomo: memoria en carne viva de las víctimas.

[vi] J. Avilés, El terrorismo en España: de ETA a Al Qaeda, p. 27.

[vii] S. Baby, Le mythe de la transition pacifique, p. 427.

[viii] R. Martín Villa, Al servicio del Estado, p. 158.

[ix] A. Suárez, “Consideraciones sobre la Transición española”, Cuenta y Razón, 41 (1988), p. 16.

[x] F. González, “Prólogo” a J. Barrionuevo, 2.001 días en Interior, p. II.

[xi] Véase al respecto la amplia panorámica de la violencia de EQUIPO ‘D’, 1973/1983 La década del terror (con el explícito subtítulo de “datos para una causa general”), publicada en 1984, y, por otra parte, la Crónica negra de la transición española 1976–1985 del ensayista libertario Eduardo Pons Prades (1920-2007), que vio la luz en 1987 y su versión actualizada del 2005 en Los años oscuros de la transición española.

[xii]  S. Baby, “Estado y violencia en la Transición española”, en S. Baby, O. Compagnon y E. González Calleja, Violencia y transiciones politicas a finales del siglo XX, p. 198.


EE.UU.: LA IMPORTANCIA DE LA ‘ALT-RIGHT’ Y DEL SUPREMACISMO EN LA ERA TRUMP*

septiembre 17, 2017

Supremacistas estadounidenses (imagen de AP/John Flavell en Salon).

LA CONCENTRACIÓN SUPREMACISTA DE CHARLOTTESVILLE  (Virginia, Estados Unidos) del 19 de agosto y sus secuelas han tenido hondas repercusiones. En ella falleció una contramanifestante antifascista embestida por el automóvil de un joven neonazi Donald Trump evitó condenar a los racistas por este acto y lo imputó por igual a los extremistas y sus oponentes. Un sondeo indicó que un 64% de sus votantes compartiría tal actitud, lo que plantea un tema importante: ¿se expande el supremacismo en EEUU?

Al responder la cuestión es necesario tener en cuenta que el rótulo supremacismo designa un mosaico político que ha conocido cambios importantes a lo largo del tiempo. De este modo, en los años 20 el Ku Klux Klan (KKK) creció en las grandes urbes, engrosando sus filas con los blancos anglosajones y protestantes (los ‘wasp’), inquietos por la competencia laboral de la población negra e inmigrante, y en 1925 sumó cinco millones de miembros. Pero en 1965 el fundador del Partido Nazi Americano, George Lincoln Rockwell, alteró este discurso. Ante el éxito de la consigna “Black power” del nacionalismo negro, optó por exaltar el “White power”.

“El movimiento combina mitos raciales autóctonos  y temores extendidos en varios países de la UE”

Al hacerlo, acabó con el dogma nazi de que la «raza» superior era la de alemanes, escandinavos y anglosajones, pues ahora latinoamericanos, mediterráneos y europeos del Este también pertenecían a ella en pie de igualdad. Según el historiador Frederick J. Simonelli, Rockwell atrajo así “a aquellos a los que Hitler habría rechazado” y “cambió la fisonomía del racismo en América”.

Legitimación teológica

A la vez, el supremacismo ha sido inseparable de una legitimación teológica que le aporta Identidad Cristiana. Esta conforma un movimiento heterogéneo que aglutina a grupos, organizaciones e iglesias. Sus orígenes remiten al Israelismo Británico, que se originó en el siglo XVII y se expandió en el XIX. Sostenía que los ingleses eran el pueblo escogido de Dios y que, por tanto, sus integrantes eran los verdaderos israelitas. Tales ideas se popularizaron en EEUU desde los años 20, exaltando aquí a los blancos anglosajones y protestantes como pueblo elegido. Este mesianismo se vincula a tesis que denuncian un complot antinacional. A sus ojos, regiría el Estado un Ejecutivo oculto, un pretendido Gobierno de Ocupación Sionista (designado como ZOG, su acrónimo en inglés). De ahí que de forma errática hayan actuado grupos terroristas contra este poder considerado ilegítimo, como La Orden o Hermandad Silenciosa en los años 80.

En este panorama, la Alternative Right o ‘alt-right’ (derecha alternativa) ha comportado otra redefinición del supremacismo. Sus seguidores apoyaron a Trump en las urnas, galvanizados por Steve Bannon, asesor áulico del magnate durante la campaña electoral y luego efímero estratega jefe de la Casa Blanca. La ‘alt-rigth’ (término que acuñó el académico derechista Paul Gottfried en el 2008) tiene sus orígenes en los años 60 y ha emergido en un contexto marcado por el fin de la guerra fría y la globalización.

Tres rasgos comunes

Los análisis de tres expertos recogidos por el magacín político Salon en junio destacan tres rasgos de la misma. Uno es la importancia de sus vínculos e intercambios ideológicos con la ultraderecha europea, pues la ‘alt-right’ combina mitos raciales autóctonos y temores extendidos en diversos países de la Unión Europea ante la inmigración o el islam. Otro es la aparición de nuevos liderazgos en la escena extremista –como el joven Matthew Heimbach (un promotor de la concentración de Charlottesville)– tras fallecer sus dirigentes históricos. El tercero es su relevancia. Según el politólogo Michael Barkun, con la ‘alt-right’ las ideas del nacionalismo blanco habrían superado la marginalidad y ganado una importante audiencia, hasta el punto de no descartar una posibilidad hasta poco inconcebible: “La potencial reaparición pública de una organización supremacista blanca”, algo no visto desde el KKK de los años 20.

“El experto Michael Barkun no descarta ‘la potencial reaparición pública de una organización supremacista blanca’ de amplio seguimiento”

Los incidentes de Charlottesville, en definitiva, pueden ser una anécdota, pero también un inquietante aviso sobre el potencial auge de un supremacismo renovado y desacomplejado en la era de Trump.

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* Este artículo lo hemos publicado originalmente en El Periódico: Xavier Casals, “La ‘alt-right’ y el supremacismo”, El Periódico (15/IX/2017).


LA EVOLUCIÓN DE LA ULTRADERECHA EN ESPAÑA: CLAVES HISTÓRICAS Y TERRITORIALES*

agosto 10, 2017

Manifestación convocada por organizaciones de extrema derecha en Madrid el 12 de octubre de 2013. Foto: Fermín Grodira (CC BY 2.0), reproducida por el Real Instituto Elcano junto al presente artículo

Tema

La ultraderecha española se ha articulado desde fines del franquismo a partir de tres ciudades: Madrid, Barcelona y Valencia, cada una con rasgos específicos.

Resumen

Un estudio reciente de Carmen González Enríquez examina las causas de la ausencia en España de una derecha populista.1 Apunta, a grandes rasgos, tres factores: (1) un sistema político que dificulta la eclosión de nuevos partidos; (2) la ausencia de una oferta atractiva de este signo; y (3) una demanda de la misma limitada por diversos factores. Estos últimos incluyen el peso escaso de la inmigración y del antieuropeísmo en la agenda, la capitalización de la protesta por Podemos y una débil identidad nacional española. Por último, la larga duración del franquismo habría actuado como “vacuna” ante el ascenso de la ultraderecha. El diagnóstico es globalmente correcto, pero gana mayor nitidez si se le añade un examen de la evolución histórica y territorial en España de este sector ideológico, propósito de este análisis.2

Análisis

Consideramos que es difícil explicar el fracaso del sector político de la ultraderecha sin examinar su trayectoria desde el fin del franquismo. La dictadura oficializó el discurso ultraderechista de los años 30 del siglo XX y al hacerlo favoreció que perdurase hasta inicios de los 80. A grandes rasgos, este mensaje se vertebró en torno a cuatro ejes: (1) la denuncia de un complot heterogéneo para destruir el país (la “anti-España”); (2) un acendrado catolicismo; (3) la exaltación de la Hispanidad; y (4) la visión de la Guerra Civil como una Cruzada decisiva contra el comunismo ateo.

El hundimiento (1975-1982)

Así las cosas, al fallecer Francisco Franco en 1975 la extrema derecha halló una sociedad escasamente receptiva a su mensaje, pues había un amplio deseo de “reconciliación nacional” y la exhortación a retornar al enfrentamiento de 1936 difícilmente podía tener una adhesión significativa. Igualmente, la reivindicación del franquismo chocaba con la imposibilidad de restaurarlo al ser una dictadura personal, como reflejó una popular consigna de la época: “Franco resucita, España te necesita”. Por último, el ultracatolicismo de este sector ideológico topó con una sociedad cada vez más laicizada y generó una cosmovisión antirracista al asumir la igualdad de todos los hombres ante Dios. Este hecho obstaculizó la introducción de consignas xenófobas, a lo que también contribuyó la defensa de la Hispanidad, al integrar a los países latinoamericanos en una comunidad fraterna.

En las primeras elecciones democráticas, celebradas en 1977, la ultraderecha no obtuvo ningún escaño debido a los citados factores, a los que se añadieron su desunión y la competencia ejercida por Alianza Popular (AP). Entonces, esta formación liderada por el ex ministro Manuel Fraga buscó el apoyo del llamado “franquismo sociológico” (un electorado supuestamente satisfecho con la dictadura que ansiaría cambios limitados) y erosionó el voto de la extrema derecha. Pero la situación cambió en los comicios de 1979, cuando Fuerza Nueva (FN) se consolidó como partido hegemónico de este sector político y obtuvo un escaño en Madrid que ocupó su líder, Blas Piñar. Este acaudilló la coalición Unión Nacional y sumó 378.964 votos (el 2,1% del voto total). Tal éxito se reveló efímero ya que en las siguientes elecciones, celebradas en 1982, FN se estrelló en las urnas y se disolvió el 20 de noviembre de ese año.

Las causas del fracaso fuerzanovista fueron diversas. FN no constituyó un partido sólido ni unificó las diferentes tendencias de la extrema derecha, como hizo en Francia el Frente National dirigido por Jean-Marie Le Pen. Tampoco desarrolló una organización eficaz, mientras adoptó tácticas confusas sin una estrategia clara: osciló entre incorporarse al sistema democrático como el Movimento Sociale Italiano (MSI) o conformar un partido anti-establishment. A la vez, su invocación constante a luchar contra el sistema democrático, el “separatismo” y el marxismo facilitó que integrantes o miembros de su entorno protagonizaran episodios criminales. De este modo, FN no ofreció una imagen de “partido de orden” sino del “desorden”. Finalmente, el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 (23-F) acabó con los sueños ultraderechistas de llegar al poder por la vía militar. Esta situación desactivó a parte de sus seguidores y provocó la deserción del grueso de los de mediana edad y dejó un sector ideológico polarizado en torno a dos grupos de edad –jóvenes y ancianos– sin un colectivo de edades intermedias que ofreciera cuadros dirigentes experimentados.

El hundimiento de FN fue parejo al espectacular ascenso de AP, que se consolidó como alternativa a un PSOE con mayoría absoluta y satelizó el “voto útil” de ultraderecha. Así las cosas, las entidades de este espacio político experimentaron un proceso de fragmentación y autocrítica que hizo inviable su reorganización. El resultado fue que este sector ideológico quedó desprovisto de partido hegemónico, líder carismático y discurso movilizador.

La travesía del desierto (1982-2003)

En este escenario las tentativas de importación del discurso lepenista coexistieron con la nostalgia del franquismo. De este modo, tras constituirse Juntas Españolas (JJ.EE.), un partido tibiamente renovador activo entre 1984 y 1995, los afanes innovadores cristalizaron en la formación de Democracia Nacional (DN) en 1995. En ella convergió la militancia de varios colectivos ultraderechistas, pero la iniciativa no cuajó y perpetuó la atomización de la extrema derecha prácticamente hasta hoy.

Además, las siglas de este ámbito se enfrentaron a dos obstáculos. Uno fue que el sistema democrático, recién instaurado, no conocía una desafección significativa. El otro fue la competencia ejercida por un populismo protestatario que entre 1989 y 2000 contó con tres liderazgos y presencia mediática e institucional destacada, aunque no consolidó una opción duradera. Nos referimos a José María Ruiz-Mateos, que logró dos escaños a las elecciones europeas de 1989; Jesús Gil, cuyo Grupo Independiente Liberal (GIL, activo entre 1991 y 2000) gobernó Marbella, tuvo ediles en el litoral andaluz, controló el gobierno de Ceuta y entró en el de Melilla; y el banquero Mario Conde, que concurrió sin éxito a los comicios de 2000 con el Centro Democrático y Social (CDS). De este modo, a inicios del siglo XXI no se había afirmado un liderazgo de ultraderecha ni tampoco el de un populismo protestatario.

El escenario cambió al irrumpir Plataforma per Catalunya (PxC) en los comicios locales de 2003. Reclamando un “mejor control de la inmigración” logró cuatro ediles en ciudades pequeñas y medianas: Vic, Manlleu, Cervera y El Vendrell. Su fundador y líder fue el edil de Vic (una ciudad de 35.354 habitantes) Josep Anglada. Este comercial nacido en 1959 había militado previamente en FN y fue un efímero candidato de Ruiz-Mateos. En 2002 creó PxC en Vic y logró atraer la atención mediática, dando a conocer su nueva marca sin disponer de recursos económicos.

Ascenso y declive del “plataformismo” (2003-2015)

La minúscula presencia consistorial de PxC se expandió territorialmente en los comicios locales de 2007, ganó 17 ediles y devino segunda fuerza en Vic. En el siguiente ciclo electoral el partido aumentó sus apoyos. Así, en los comicios autonómicos de 2010 captó el 2,4% del voto (fue la primera fuerza extraparlamentaria) y en los locales de 2011 logró 67 ediles, penetró en el área metropolitana e ingresó en el consistorio del Hospitalet (segunda urbe catalana en población, con 219.786 habitantes). También revalidó su condición de segunda fuerza en Vic (19,9%), un dato no menor porque es una urbe dinámica de la Cataluña central que históricamente ha manifestado una gran capacidad de irradiación ideológica e incluso se la ha considerado “la capital de la Catalunya catalana”, en expresión que acuñó su alcalde en 1983 e hizo fortuna. Así, Anglada y PxC tuvieron en Vic un gran escaparate político y mediático.

Para comprender el ascenso de PxC debe destacarse que la formación marcó una ruptura con el pasado por su discurso homologable al de la ultraderecha europea y sus manifestaciones de catalanismo (Anglada se declaró autonomista, regionalista e incluso partidario de la autodeterminación). Oficialmente se define como “un partido político catalán, democrático y con vocación europea […] que se fundamenta en la libertad, la igualdad, la defensa de la verdad y la solidaridad entre los ciudadanos de Catalunya”. Afirma que “no es de derechas ni de izquierdas, sino el proyecto del sentido común al servicio del ciudadano” y configura “la plataforma amplia de todos los ciudadanos que no se sienten representados por los partidos tradicionales en temas tan importantes como la inmigración ilegal, la delincuencia, el paro, el terrorismo, la corrupción política o la degradación ambiental”. Manifiesta inspirarse “en los principios del humanismo cristiano e ilustrado, en el catalanismo político que arranca con Valentí Almirall o con Torras i Bages y, en general, en la tradición racional […] que caracteriza a la civilización occidental ante otras culturas” y “no apela a ninguna ideología, sino a unos valores éticos”. Como la derecha populista europea, PxC defiende una identidad y cohesión social amenazadas por la inmigración. Asocia al islam a una “forma reaccionaria de religión” y denuncia que sus practicantes pretenden conquistar Europa. Asimismo, critica a la clase política tradicional por corrupta y oligárquica (es “la casta podrida”) y la acusa de favorecer la inmigración. Preconiza un “chovinismo del Estado del bienestar” al exigir que los autóctonos reciban su atención prioritaria, como plasma su lema “primero los de casa”. Este discurso posicionó a PxC al margen del eje del sentimiento de pertenencia territorial Cataluña-España y proyectó otro alternativo que contrapuso inmigrantes y autóctonos. Así pudo aglutinar a quienes compartían su discurso, tanto si se sentían catalanes como españoles.

Todo ello dotó al partido de un crecimiento electoral sostenido, en la medida que su discurso sintonizó con un fenómeno que el politólogo Pascal Perrineau define como “lepenización de los espíritus” (en alusión al hecho de que las ideas de Jean-Marie Le Pen en Francia arraigaron primero en las conciencias y luego se plasmaron en las urnas).3 Este proceso de interiorización de estereotipos negativos de inmigrantes magrebíes y subsaharianos se inició en Cataluña a fines de los 80 y la década de los 90 y, finalmente, PxC lo plasmó en votos. En este sentido, un estudio de sus resultados en los comicios locales de 2003 y 2007 remarca que sus votos procederían especialmente de la abstención y del Partido Socialista.4 La formación buscó este electorado si nos atenemos a suManifiesto por el giro social que difundió en su V Congreso (mayo de 2010), pues en él se posicionó en favor de “un sector público fuerte y saneado al servicio de la sociedad catalana” y se opuso “a cualquier tipo de política liberal de privatizaciones”. A la vez, denunció que la izquierda se había “posicionado en favor de los beneficios del gran capital transnacional […] y de la inmigración masiva, abandonando de manera bochornosa la defensa de los intereses de los trabajadores autóctonos”. Por último, debe reseñarse que la eclosión de PxC se enmarcó en un clima de desafección política muy extendido en Cataluña que se tradujo en la irrupción de sucesivos partidos: entre 2003 y 2011 junto a PxC emergió en el ámbito local la Candidatura de Unidad Popular (CUP), mientras Ciutadans (C’s) y Solidaridad Catalana por la Independencia (SI) ingresaron en el parlamento.

Sin embargo, la trayectoria alcista de PxC conoció un eclipse en los comicios locales de 2015: sus 65.905 votos de 2011 cayeron a 27.348 y sus 67 ediles a ocho. ¿Qué explica este declive? Consideramos que en él confluyeron una crisis interna y una coyuntura desfavorable. En febrero de 2014 la cúpula de PxC expulsó a Anglada y se desató una pugna entre el fundador del partido y su dirección. El resultado fue que PxC se quedó sin líder conocido y el plataformismo se fragmentó (pues Anglada impulsó el partido Som Identitaris –SOMI–). Pero PxC también se quedó sin mensaje por el protagonismo arrollador del secesionismo en la agenda política, que expulsó del debate a sus temas estelares, como son la inmigración o la seguridad. Además, en Cataluña el crecimiento del independentismo ha conformado una dinámica inclusiva, en la medida que partidarios y detractores de la secesión buscan una movilización amplia. Ello supone desterrar discursos excluyentes en relación a la inmigración, como los de PxC. Por último, el discurso contra la “casta” pasó a monopolizarlo una nueva fuerza, Podemos.

Un triángulo decisivo: Madrid-Barcelona-Valencia

¿Cómo interpretar el éxito relativo de PxC entre 2003 y 2015, dado su carácter territorial? Al hacerlo es imprescindible tener en cuenta que la extrema derecha española se ha vertebrado a partir del tardofranquismo con perfiles muy diferentes en torno a tres ciudades: Madrid, Barcelona y Valencia.

La capital del Estado ha sido el epicentro del discurso hegemónico en este sector político, codificando mensajes de escasa innovación y refractarios a los cambios. Este encorsetamiento ideológico probablemente obedece a que en Madrid no existe un “enemigo” visible en la calle (cómo sucede en Barcelona con el “separatismo”, habitualmente asociado a la amenaza marxista o revolucionaria) y al hecho de que aquí se han hallado las sedes de partidos, entidades y prensa de este espectro político. En consecuencia, esta extrema derecha ha sido continuista, aunque no han faltado experiencias rupturistas (como Bases Autónomas –BB.AA.–). Ernesto Milá, conocido activista e ideólogo de este ámbito ha señalado que durante la Transición “la ultraderecha española […] era un fenómeno madrileño” y ha definido así la relación entre la extrema derecha de la capital y la del resto de España: “Madrid era […] la Meca de todas las conspiraciones y la ultra[derecha] de la periferia peregrinaba hacia el centro en busca de esperanzas y respuestas. Frecuentemente no encontraba ni de lo uno ni de lo otro”. Su conclusión sobre este polo político es demoledora: “si la ultra[derecha] es un cero a la izquierda en España […] es simplemente porque el centro madrileño siempre ha sido, en cuestiones ultras [,] un pozo de confusiones, un agregado de ineficacias y un desguace de ideas”.5

En cambio, la ultraderecha barcelonesa (y por extensión catalana) ha sido minoritaria en la calle y en las urnas y se ha enfrentado a enemigos poderosos. Esta debilidad y su mayor cercanía geográfica a Europa (que facilitó el contacto con activistas franceses e italianos) la ha configurado como un polo dispuesto a reinventarse para subsistir y crecer en la medida de lo posible. El resultado ha sido que Barcelona se ha erigido como el foco más dinámico de la ultraderecha estatal e ideológicamente importador. Tal tendencia se manifestó ya a fines del franquismo con la creación en 1966 del neonazi Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE) y en la Transición con la del Frente Nacional de la Juventud (FNJ) en 1977, dos organizaciones que adoptaron y difundieron consignas y mensajes del neofascismo europeo. En los años 90 esta pauta se mantuvo y se hizo visible en varias publicaciones y colectivos que incluso asumieron discursos “nacional-bolcheviques” de la Rusia postsoviética, como Alternativa Europea (AE). No es extraño, pues, que haya sido en Cataluña dónde ha irrumpido PxC (una ultraderecha homologable a la europea) ni sorprende el poco éxito de sus intentos de exportar la “marca”. Primero creó “plataformas” en distintas comunidades autónomas (Plataforma por Madrid –PxM–, Plataforma por la Coalición Valenciana –PxCV–, Plataforma por Castilla y León –PxCL–) y en 2012 lo hizo impulsando Plataforma por la Libertad, que devino Partido por la Libertad (PxL).

En este marco, Valencia ha sido la tercera urbe en importancia. Desde fines del franquismo la ciudad y su hinterland han conformado una placa tectónica ideológica al establecer una frontera física y lingüística con el catalanismo, a menudo asociado a un afán de dominio “imperialista” y marxista. Esta situación ha generado una ultraderecha de escasa sofisticación ideológica y marcado carácter combativo o escuadrista. Se ha hecho muy visible en la calle y ha mantenido vínculos fluidos con los círculos del populismo anticatalanista que encarna el “blaverismo”, un movimiento regionalista defensor de una identidad valenciana anticatalanista que asume como enseña la bandera con la franja azul o “blava”.

Ilustra lo expuesto la descripción irónica del perfil ideológico de las tres ciudades del escritor Juan Carlos Castillón (quien militó en la extrema derecha barcelonesa en su juventud): “Lo primero que hace un grupo de ultraderecha que se organiza en Barcelona es crear una revista; en Madrid diseña un uniforme y en Valencia abre un gimnasio”.6

Una interacción dinámica

A inicios del siglo XXI esta cartografía política habría cambiado: si hasta entonces la extrema derecha madrileña había marcado el compás del sector ideológico, ahora devino un yermo, mientras despuntó en Cataluña con PxC en 2003 y en Valencia se conformó un segundo núcleo de presencia institucional mucho menor con España 2000 (Esp2000). Este partido lo impulsó y lideró el empresario y abogado José Luis Roberto, un activista de dilatada trayectoria nacido en 1953. Esp2000 (que inicialmente fue el rótulo de una coalición y en 2002 se registró como formación en Valencia) se define como un “partido de carácter social y patriota que defiende los derechos de los españoles ante las agresiones, tanto de los respectivos gobiernos nacionales como de las amenazas exteriores”. Al igual que PxC, ha conocido un ciclo de ascenso y declive en los comicios locales: en los de 2003 solo captó 998 sufragios (0%); en los de 2007 ascendió a 3.792 (0,2%) y logró dos ediles (en Silla, con 18.597 habitantes, y Onda, con 24.140); en los de 2011 sumó 8.066 papeletas (0,3%) y cuatro ediles (dos en Onda, uno en Silla y otro en la localidad de Dos Aguas), a la vez que se expandió a Madrid al obtener un quinto edil en Alcalá en Henares (tercera urbe madrileña en población, con 203.686 habitantes) al captar un 5,1% del voto. Pero en los comicios de 2015 el partido retrocedió en la Comunidad Valenciana (posiblemente debido a la irrupción de nuevas marcas políticas que capitalizaron la protesta contra el establishment) y solo logró un edil en Silla. En contrapartida, en Alcalá de Henares mejoró sus resultados y –como veremos– ganó implantación en la zona.

Pese a lo expuesto, PxC y Esp2000 no han sido formaciones homólogas. Por una parte, coinciden en denunciar las pretendidas amenazas que comporta la inmigración, el islam (cuya supuesta intolerancia, según Esp2000, “le hace incompatible con otras religiones, incluso en marcos de civilización abiertos”) y comparten el mensaje de exigencia de “prioridad” o “preferencia nacional” en las prestaciones del Estado. Asimismo, han efectuado algunos repartos de alimentos solo para autóctonos (a semejanza de Amanecer Dorado en Grecia). Por otra parte, divergen en aspectos importantes. De este modo, en una fecha tan tardía como octubre de 2010, Esp2000 pretendía crear un “Estado orgánico” para “restar poder a los partidos” y quería reintroducir “la representación corporativa en el gobierno”, un anhelo que remite a la ultraderecha tradicional y que ya no consta en su ideario actual. Pero, sobre todo, Esp2000 asumió, junto al ultraespañolismo, un discurso “blavero” que no sólo choca con la catalanidad de PxC sino que supone renunciar a una transversalidad política similar a la de este partido, capaz –como hemos visto– de aglutinar catalanistas y anticatalanistas. Asimismo, Esp2000 tampoco ha tenido un consistorio como el de Vic, que ofreciera un vistoso escaparate político y la dotase de una imagen institucional.

Conclusiones

En definitiva, la ultraderecha española desde fines del franquismo se ha articulado a partir de tres ciudades: Madrid como un epicentro poco propenso a innovaciones; Barcelona como un polo innovador que fracasa en tentativas de influir en la capital; y Valencia como un polo de ideología poco elaborada y activismo combativo, con pasarelas entre el universo ultraespañol y el “blavero”. Hasta hoy sólo han sido significativos los fenómenos de extrema derecha que se han desarrollado en estas tres urbes, que interactúan de forma dinámica. De este modo, tras el declive electoral de PxC y Esp2000, ambos partidos y PxL en abril de 2016 confluyeron en la federación Respeto.

En el cuadro trazado, Madrid parece recuperar protagonismo si nos atenemos a dos elementos. Uno ya lo hemos señalado: Esp2000 revalidó en 2015 su edil en Alcalá de Henares con más apoyos (5.214 votos, el 5,8%) y aumentó su presencia en la zona con ediles en San Fernando de Henares (6,5%), Velilla de San Antonio (5,9%) y Los Santos de la Humosa (25%), a la vez que el PxL obtuvo uno en Valdeavero (18,2%). En este marco, el edil alcalaíno, Rafael Ripoll, sustituyó a Roberto como presidente de Esp2000. El segundo elemento que podría apuntar una recuperación del protagonismo madrileño sería el impacto mediático y la capacidad de movilización del Hogar Social Madrid (HSM). Este ente, parecido a la Casa Pound de Roma, surgió en 2014 y ha cobrado notoriedad su portavoz, Melisa Domínguez.

No obstante, es difícil discernir si actualmente asistimos a un enésimo movimiento pendular entre Barcelona a Madrid o a una tendencia de mayor calado. ¿Puede cambiar la situación de la ultraderecha en España a corto y medio plazo? Parece inviable la emergencia de una opción de este tipo por los diversos factores apuntados. Sin embargo, no puede descartarse de modo tajante al hallarnos en una situación política muy fluida, con cambios inesperados y un amplio sector de electorado poco fiel a nuevas y viejas siglas. A ello se añade la existencia de una potencial bolsa de un millón de votantes a una opción de “españolidad radical” y que podría incrementarse de recurrir a un mensaje crítico con la inmigración.7 De ahí se infiere que existe espacio político para una opción situada a la derecha del Partido Popular (PP), como apuntarían los resultados de Vox en los comicios europeos de 2014, pues esta escisión del PP captó 246.833 votos (el 1,5%).

En definitiva, se impone cierta cautela al trazar escenarios de futuro sobre la extrema derecha, así como prestar especial atención a los comicios locales (hasta ahora los más favorables a la eclosión de sus fuerzas) y a sus dinámicas en Madrid, Barcelona y Valencia, pues son los nódulos centrales de este ámbito político y permiten valorar sus cambios relevantes.

Notas

1 C. González-Enriquez (2017), The Spanish exception: unemployment, inequality and immigration, but no right-wing populist parties, WP nº 3/2017, Elcano Royal Institute, 14/II/2017.

2 Una primera versión de las tesis de este ensayo se expuso en X. Casals (2011), “La nova dreta populista i l’enigma espanyol”, L’Espill, nº 38, otoño, pp. 82-91.

3 P. Perrineau (1997), Le symptôme Le Pen. Radiographie des électeurs du Front National, Fayard, París, p. 33.

4 S. Pardos-Prado (2012), Xenofòbia a les urnes, Columna, Barcelona, pp. 166-167 y 184-191.

5 E. Milà (2010), Ultramemorias. Vol. 1, Eminves, Unión Europea, pp. 186-187 y 295.

6 X. Casals (2006), Ultracatalunya. L’extrema dreta a Catalunya: de l’emergència del búnker al rebuig de les mesquites (1966-2006), L’esfera dels llibres, Barcelona, pp. 129-130.

7 C. Castro (2017), “El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar”, La Vanguardia, 7/I/2017.

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* Análisis nuestro publicado originalmente por el Real Instituto Elcano (19/VII/2017), donde puede obtenerse en PDF.


EL UNIVERSO LEPENISTA EN CINCO ARTÍCULOS*

abril 24, 2017

CUANDO MARINE LE PEN SE PREPARA PARA LA SEGUNDA VUELTA DE LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES… ¿Podemos resumir el universo lepenista en unas pocas referencias documentales?

La bibliografía sobre el Front National [FN] lepenista es ingente y difícil de reducir a cinco aportaciones por muchas razones, de las que citamos a continuación las que consideramos más importantes y aconsejamos una lectura al respecto en cada una de ellas.

1. Partido, pero también empresa familiar

Es ilustrativa y gráfica la aproximación a la familia Le Pen en 37 imágenes que recientemente publicó L’Obs: “La saga familiale de l’entreprise Le Pen”.

En primer lugar, el FN es un partido creado en 1972 y cuenta, por consiguiente, con 45 años de historia con la particularidad de constituir una marca corporativa dinástica: “Le Pen”. Ambos rótulos son indisociables: sin conocer a la familia no es posible conocer al partido (incluyendo el portazo de una de las hijas, Marie-Caroline Le Pen, al sumarse a una escisión en 1998). De hecho, hoy en su liderazgo conviven ya tres generaciones: el padre, Jean-Marie; su hija Marine y una nieta, Marion.  

2. ¿Podemos hablar de “nuevo” y “viejo” lepenismo?

En segundo lugar, porque su evolución ha sido compleja, pasando de ser un partido “antisistema” en la etapa guiada por Jean-Marie Le Pen a un partido deseoso de reemplazar a la derecha conservadora bajo el liderazgo de su hija. Tal afán ha conducido a realizar una compleja evolución a Marine Le Pen con un afán “desdiabolizador”, que -según distintos expertos- no ha variado substancialmente los ejes ideológicos profundos del lepenismo. Es interesante al respecto este apunte periodístico de las tesis del politólogo Alexandre Dézé (uno de quienes subraya que no hay cambios esenciales en la ideología): “Cinq idées reçues sur le “nouveau” Front National”.

3. El gran logro: crear una ultraderecha ecuménica

En tercer lugar, porque el FN ha sido una formación que ha logrado devenir un “partido ecuménico” del ámbito de la extrema derecha, lo que ha permitido a la formación agrupar y convivir en ella a distintos sectores de este espectro, como “identitarios”, legitimistas y también seguidores de la Nouvelle Droite o gaullistas desencantados.

Es difícil hallar síntesis breves que expliquen este proceso, pero es sumamente interesante y bien elaborada la que publicó Jean-Yves Camus, uno de los más relevantes expertos en el FN, traducida al catalán en la revista L’Espill en 2011, accesible en PDF (pp. 92-101) en un dossier sobre la derecha populista europea: “El Front National: entre la normalització democràtica i la força antisistema”.

4. El apoyo obrero al lepenismo, un largo debate

En cuarto lugar, desde que el FN hizo su eclosión institucional en los comicios europeos de 1984, en los que obtuvo un 11% de los votos y un 10 escaños en Estrasburgo, se ha integrado en el paisaje político francés y se ha normalizado. De este modo, hoy ya no se alude tanto a “mutaciones” del electorado, pues numerosos votantes han crecido en un marco político en el que el FN era una opción más y se han alineado con sus líderes y discursos.

En este sentido, la procedencia de su importante voto obrero es objeto de un importante debate académico. Puede accederse a una aproximación reciente al tema en un opúsculo que recoge intervenciones de expertos que plantean si estos sufragios son resultado de un cambio de apoyo de la izquierda a la ultraderecha o el resultado de una larga tendencia: Le Front National et les ouvriers: longue histoire ou basculement?

5. La geopolítica frentista y el tema ruso

En quinto lugar, porque sus conexiones internacionales han variado con el tiempo y han sido complejas. De este modo, el FN ha tenido una ONG como SOS Enfants d’Irak o lazos con la Rusia de Putin. Igualmente, ha articulado liderazgos políticos en Estrasburgo y proyectos europeos como Euronat. ¿Cuál es, pues, la geopolítica del lepenismo? Aconsejamos al respecto leer las intervenciones de un debate al respecto recogido en el opúsculo La politique étrangère du Front National.

En él, por ejemplo, Jean-Yves Camus, destaca que en la relación entre lepenismo y “putinismo” se ha confundido la causa con el efecto: la financiación del partido por parte de bancos rusos no es la causa del apoyo lepenista a Putin, sino la consecuencia de que el lepenismo considere que el proyecto ideológico y social del gobierno de Putin sintoniza con el que eventualmente podría instaurar el FN en caso de llegar al pode

Un sitio web a tener en cuenta

Para concluir, aconsejamos al lector o lectora capaz de leer en francés las muy interesantes publicaciones y aportaciones on-line sobre el lepenismo del Observatoire des Radicalités Politiques de la Fondation Jean Jaurès: trabajos académicos solventes de carácter sintético y en su mayor parte asequibles en PDF de forma gratuita que ofrecen una información actualizada del universo lepenista.

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* Artículo publicado originalmente como “El universo lepenista en cinco artículos… según Xavier Casals” en www.agendapublica.es (23/IV/2017)


EUROPA: LA REINVENCIÓN CONSTANTE DE LA ULTRADERECHA*

abril 3, 2017

Propaganda lepenista del Frexit o abandono de Francia de la UE.

MARINE LE PEN, DIRIGENTE DEL FRENTE NACIONAL, QUIERE SER CONOCIDA COMO “MADAME FREXIT”, en alusión a su afán de que Francia rompa con la Unión Europea (UE). Posiblemente superará la primera vuelta de las presidenciales francesas del 23 de abril y sus tesis tendrán amplio eco.

Asimismo, en Italia gana protagonismo en el debate público el “italexit”, pues la Liga Norte desea que el país abandone la UE y, a su vez, el complejo Movimiento 5 Estrellas quiere convocar un plebiscito para dejar el euro. Sin embargo, es poco conocido que el actual mensaje antieuropeísta que emite la ultraderecha ha coexistido con una larga tradición de exaltación de una Europa unida desde este espectro político.

Los sueños europeos totalitarios

De este modo, señala el historiador Roger Griffin, sectores del fascismo italiano ya defendieron un “fascismo universal” de carácter cultural, especialmente a través de la revista Antieuropa. Así, en 1931 el periodista Asvero Gravelli preconizó la ruptura con la “vieja Europa” burguesa para edificar una “nueva Europa” fascista: “Somos la Herejía de la moderna Europa (…). Instauraremos la unidad religiosa de Europa para fundar el retorno a los ideales”, afirmó.

Pero diversos factores, especialmente la emergencia de movimientos fascistas tutelados por Adolf Hitler, hicieron que el “fascismo universal” fuese desplazado por el ideal hitleriano de un “Nuevo Orden Europeo”. Bajo tal rótulo, señala el también historiador Mark Mazower, durante la segunda guerra mundial (1939-1945) no hubo tanto un proyecto detallado de organización del continente como el afán de crear una Europa al servicio del Reich. No obstante, señala que ciertos ámbitos nazis reflexionaron sobre un espacio económico continental con metas similares a las de la Comunidad Económica Europea creada en 1957.

Los ideólogos de la guerra fría

Derrotado el Eje en 1945, excombatientes hitlerianos aprovecharon el temor a una agresión soviética para presentar a las Waffen SS (unidades multinacionales de las SS que combatieron en el frente del Este) como una suerte de ejército europeo que actuó como la vanguardia de la lucha anticomunista. Tales discursos fueron reelaborados de distinta forma en la posguerra. De este modo, los discursos raciales que identificaban a la “Europa blanca” con la civilización occidental (lo que podía incluir a Sudáfrica) coexistieron con los geopolíticos.

Así, en 1949 Francis Parker Yockey, un extremista estadounidense nacido en 1917, publicó Imperium. Su ensayo pretendía continuar La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, y reivindicaba la unión de Europa “desde Gibraltar al cabo Norte y desde los promontorios rocosos de Galway hasta los Urales”. Creía que el continente debía defenderse de lo que consideraba un nefasto influjo sionista y norteamericano. Con tal fin, vio a los soviéticos como un enemigo menor y tuvo contactos con servicios de información del bloque comunista. Fundó también un efímero e irrelevante Frente Europeo de Liberación. Yockey se suicidó en 1960, tras ser arrestado y encarcelado en su país.

Sin embargo, la mayor popularización del europeísmo neofascista se debe al excolaboracionista belga Jean Thiriart (1922-1992). En 1963 fundó Joven Europa, una organización con sede en Bruselas que preconizó que el continente debía conformar un bloque político y económico unido y alternativo tanto al comunismo como al capitalismo. Lo expuso en ¡Arriba Europa! Una Europa unida: un imperio de 400 millones de hombres (1964). Su entidad desterró la nostalgia por el nazismo y adoptó como emblema la cruz céltica, que pronto se popularizó en la ultraderecha. Tuvo secciones en 11 países y hasta se planteó crear Joven América en América Latina, de ideario próximo al peronismo. Las tesis paneuropeas de Thiriart le llevaron a contactar con el ultranacionalismo que emergió en Rusia al desintegrarse la URSS en 1991.

La UE como diana, un hecho reciente

En definitiva, los discursos unitarios sobre Europa cuentan con una dilatada trayectoria en el seno de la ultraderecha. Es más, el editor John B. Judis ha destacado que en 1985
Jean-Marie Le Pen no se oponía a la UE al considerarla un medio para facilitar el dominio galo del continente y un baluarte anticomunista. Fue el mencionado colapso de la URSS lo que hizo que el lepenismo viera en la UE una entidad con fines propios y contrarios a la soberanía nacional.

La ultraderecha, pues, ha proyectado diversos esbozos de unidad europea, aunque hoy sus formaciones exalten la “Europa de las patrias” contra el “superestado” que quieren imponer las élites de Bruselas. Tales cambios obedecen a una razón simple: Europa ha sido y es aún su mito movilizador transnacional más poderoso.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (2/IV/2017).