OTTO RAHN: LAS CONEXIONES ENTRE CATARISMO Y NAZISMO*

marzo 4, 2017

himmlergrail

Iconografía nazi en torno a la búsqueda del Grial (publicado por La Opinión de La Coruña)

UNA DE LAS FIGURAS  QUE MÁS FASCINACIÓN HA EJERCIDO EN RELACIÓN AL MUNDO “NEOCÁTARO” ES OTTO RAHN, que buscó el Santo Grial en la fortaleza de Montségur. Miembro de las SS que acabó expulsado de sus filas, dejó una obra escrita breve pero influyente en el entorno hitleriano al amalgamar nazismo y catarismo.

otto_rahnSabemos muy poco de él, pues su trayectoria está rodeada de toda suerte de especulaciones. Y es que su personalidad fue harto chocante: francófilo y al parecer homosexual, se desenvolvió en un universo nazi pangermánico y exaltador de la virilidad. Así las cosas, los interrogantes sobre Rahn (a la derecha, imagen de Wikipedia) son numerosos, abarcan todos los órdenes de su vida y tienen difícil respuesta con las fuentes disponibles: ¿Fue un estudioso del catarismo o lo empleó como pretexto para labores de espionaje? ¿Actuó como un nazi convencido o su condición de homosexual y la falta de medios le llevaron a las filas de las SS? ¿Murió en 1939 o se orquestó una farsa para “blanquear” sus supuestos ancestros judíos? Al margen de sus móviles, sabemos con certeza que nazificó el catarismo y mereció la atención y la complacencia del máximo dirigente de las SS, Heinrich Himmler.

De Monsalvat a Montségur

Rahn nació en Michelstadt en 1904, en el seno de una familia provinciana muy religiosa. Desde su primera juventud ambicionó ser un gran escritor y en 1930 viajó a París, en busca de fortuna en el mundo del cine y para continuar su tesis doctoral sobre el poeta Wolfram von Eschenbach (¿1170-1220?).

Fue su curiosidad por su obra Perceval la que le llevó al mundo cátaro, al aludir a la existencia del Grial en un lugar llamado Mountsalvatsche, bajo la influencia de El cuento del Grial, del escritor francés del siglo XII Chrètien de Troyes. A su vez, Richard Wagner (1813-1883) se inspiró en Perceval al escribir su drama Parsifal, que situó la leyenda del Grial en Montsalvat, en los Pirineos. Se abrió así una brecha que condujo a Rahn a identificar Mountsalvatsche y Montsalvat con el Montségur occitano y a los cátaros con los custodios del Grial.

Castillo cátaro de Montsegur.

Instalado en la capital francesa con pocos recursos, Rahn frecuentó medios bohemios esotéricos que avivaron su interés por el catarismo. Y en 1931, viajó por el sur de Francia y contactó con Antonin Gadal, que poseía un museo cátaro y una extensa librería sobre el tema y era miembro de una sociedad de Amigos de Montségur y el Grial. Esta entidad -expone Peter Levenda en su estudio sobre nazismo y ocultismo Unholy Alliance (1995)- estaba convencida de que existía una conexión entre el movimiento cátaro y los romances sobre el Grial. Asimismo, el joven germano trabó estrecha relación con la condesa Myrianne de Pujol-Murat, descendiente de la condesa cátara Esclarmunda de Foie (1155-1240).

Obra en la que Rhan germanizó al catarismo.

Rahn, sin embargo, tuvo que regresar a su país al ser sospechoso de practicar espionaje (aunque sus erráticas andanzas no parecen cooroborarlo) y en 1933 plasmó sus tesis sobre los cátaros en Cruzada contra el Grial. Conoció entonces una lenta aproximación al entorno de Himmler que le animó a seguir sus indagaciones. Una vez más, es difícil dilucidar las claves de la carrera de Rahn en medios hitlerianos, aunque sabemos que contó con el beneplácito del influyente Karl Maria Wiligut (considerado como el “Rasputín” de Himmler).

Éste pertenecía a la galaxia de los “ariosofistas” (exaltados nacionalistas que preconizaban la existencia de una antigua raza aria) y manifestaba tener una “memoria ancestral” que le permitía captar las andanzas de sus antepasados teutones miles de años atrás. Afirmaba que la Cristiandad había sido invención germánica, incluyendo la Biblia. Sus teorías le ganaron la confianza de un crédulo Himmler, que le convirtió en asesor áulico al organizar la Anhenerbe (“Memoria ancestral”), una entidad de las SS que debía rastrear huellas arias a través del planeta en la que convergieron expertos y lunáticos.

rahnFoto de Rahn con 29 años. Lleva la fecha y su firma (imagen de Otto Rahn Memorial).

La germanización de los cátaros

Rahn formó parte de este tinglado en el que sus teorías sobre el Grial –como era de preveer- hallaron un campo fértil para arraigar y dar un paso adelante: “germanizar” el catarismo. En 1937 Rahn lo hizo en La corte de Lucífer, complaciendo a Himmler hasta el punto de que éste regaló a Adolf Hitler una lujosa edición de la obra por su cumpleaños.

En ella Rahn exponía que los cátaros no consideraban a Lucífer el maligno, sino todo lo contrario. Le percibían como Luzbel, el portador de la Luz, y le asimilaban con el Norte, diferenciándole del maligno Satán, identificado con el Sur. En esta cosmovisión, el Grial era una piedra preciosa caída de la Corona de Lucífer de la que la Iglesia se había apropiado y convertido en símbolo cristiano (el cáliz que sostiene Jesús). Asimismo hizo al monasterio benedictino de Montserrat depositario del Santo Grial. Ateniéndonos a lo expuesto, no es de extrañar la célebre visita que Himmler y su séquito realizaron al cenobio catalán en octubre de 1940.

Karl Maria Wiligut, el “Rasputín” de Himmler.

El resultado de esta lectura cátara de Rahn era una mutación de papeles: ahora los herejes encarnaban una rebelión espiritual contra Roma y Jerusalén, y los cruzados eran servidores de un Satán identificado con la Iglesia católica y, en sentido amplio, con la cultura judeocristiana, señala su biógrafo Mario Baudino (Il mito che uccide, 2004). En este aspecto, la visión de los “perfectos” de Rahn sintonizaba con las teorías raciales hitlerianas, ya que la cruzada anticátara se insertaba en un intento de los hombres del Sur por asaltar al Norte y acabar con los cátaros, que conservaban una memoria ancestral de sus orígenes nórdicos.

¿Asesinato, suicidio o… resurrección?

diccionario-critico-de-mitos-y-simbolos-del-nazismoEn marzo de 1939 Rahn fue expulsado de las SS y, siguiendo a la germanista Roser Sala Rose (Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, 2003), ello obedeció a su homosexualidad, a problemas con la bebida y a sus dudas sobre el sistema nazi. Se especula al respecto que el buscador del Grial pasó un cuatrimestre en el campo de Dachau en 1937 como guardián en sanción por su adicción al alcohol, y quizá reflexionó sobre las similitudes entre el sistema punitivo nazi y el que conocieron los herejes occitanos, aunque ello es pura especulación. Igualmente, el 9 de noviembre de 1938 se desencadenó la “noche de los cristales rotos”, que marcó el inicio de los pogromos antisemitas. ¿Cobró conciencia Rahn de haber obrado al servicio de un Estado criminal? También llama la atención de que fue apartado de las SS al mismo tiempo que Wiligut: ¿Compartieron ambos algún secreto?

En todo caso, poco sabemos de sus últimos días y el mes de mayo de ese año fue hallado su cadáver en los Alpes austriacos, en el monte Kufstein. Aparentemente se suicidó por sobredosis de somníferos, pero su muerte –como todo lo que rodea a Rhan- ha merecido teorías imaginativas y se han disparado las especulaciones. De este modo, su fallecimiento se ha atribuido a la intervención de oficiales de la Wehrmacht o a una orden de suicidio. Por otra parte, se ha apuntado que Rahn habría tenido antecedentes familiares judíos y para “blanquearlos” las SS urdieron una “falsa muerte”. Después de ésta, Otto Rahn adoptó la identidad de Rudolf Rahn, último embajador plenipotenciario alemán en Italia. Ernesto Milá, en Nazismo y esoterismo (s. a.; versión francesa de 1990), apunta que tal tesis es verosímil.

himmler-montserratHimmler durante su visita a Montserrat en 1940.

En definitiva, Rahn y su catarismo nazi han acabado por conformar un juego de muñecas rusas: si abrimos la mayor con su efigie, en su interior hallamos otras más pequeñas de Himmler y Wiligut, dramaturgos y trovadores atraídos por Grial, estudiosos y bohemios del mundo cátaro. Las figurillas explican la obra de Rahn a la vez que le rodean de un halo enigmático que le convierte en “héroe del ocultismo”, en expresión de su biógrafo Baudino. Rhan contribuyó a ello en la medida que se forjó una identidad heterodoxa: “Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes”, escribió en La Corte de Lucífer.

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* Artículo publicado en su versión inicial como “¿Qué se esconde tras el catarismo nazi?”, Especial Clío, 1 (marzo 2009), pp. 100-101. Esta entrada fue editada en este blog en julio de 2011 y la hemos recuperado ahora al recibir una petición.


AMPLIAMOS CONTENIDO EN NUESTRA PÁGINA DE ACADEMIA.EDU CON NUESTROS TRABAJOS GRATUITOS EN PDF

febrero 18, 2017

academia.edu

En los últimos meses hemos ampliado los contenidos de nuestra página en Academia.edu. Puede accederse a ella y descargar diversos trabajos nuestros en PDF sin coste alguno clicando aquí y seleccionando a continuación el documento -o documentos- de interés.


LA MASACRE DE ATOCHA: LOS INTERROGANTES ABIERTOS*

enero 28, 2017

Breve reportaje sobre los hechos de Atocha.

LA NOCHE DEL 24 DE ENERO DE 1977 SE PRODUJO EN MADRID LA MASACRE DE LOS ABOGADOS comunistas del gabinete laboralista del número 55 de la calle Atocha, obra de un comando ultraderechista. La tragedia se enmarcó en una huelga de transporte convocada el día 17, liderada por Joaquín Navarro (de CC.OO.) y asesorado por el bufete mencionado. El conflicto le enfrentó al sindicato oficial franquista todavía vigente, hecho que aparentemente desencadenó el crimen. Pero 40 años después, varios aspectos del episodio permanecen en la oscuridad, como exponemos a continuación.

“Esferas de poder” ocultas y espiral criminal

Todo empezó a las 22.30 horas del día 24, cuando irrumpió en al bufete citado el terceto formado por José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada. El último  custodió la puerta y sus compañeros reunieron a los presentes al salón. Allí les encañonaron y les preguntaron sin éxito por Navarro (quien había marchado poco antes). Entonces les dispararon y huyeron dejando tres cadáveres -Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides y Ángel Rodríguez- y seis heridos: Alejandro Ruiz-Huerta, Miguel Sarabia, Dolores González, Luis Ramos, Francisco Javier Sauquillo y Serafín Holgado (los dos últimos fallecieron el día siguiente).

Su entierro movilizó 200.000 personas en silencio en las calles de Madrid y, según el ministro Rodolfo Martín Villa, la demostración de dolor inclinó al gobierno a legalizar el Partido Comunista [PCE] el 9 de abril. Así, el atentado anticomunista paradójicamente facilitó la inserción de los comunistas a la nueva democracia.

atocha

Las investigaciones del crimen acreditaron vínculos de los verdugos con el secretario del Sindicato Provincial de Transportas, Francisco Albadalejo, quien manifestó que sólo quería dar “una lección” a Navarro. Fueron considerados cómplices Gloria Herguedas (compañera de Fernández) y el exlegionario Leocadio Jiménez.

El juicio se celebró en febrero de 1980 y la sentencia concluyó que los aludidos formaban un grupo autónomo con “abundantes armas”. Condenó a Albadalejo a 73 años como inductor; a 193 años a Fernández y García por los asesinatos; a Jiménez a más de 4 por tenencia de armas; Herguedas fue absuelta y Lerdo huyó en un permiso penitenciario. No osbtante, la Audiencia Nacional señaló que podía haber culpables sin juzgar y “grupos y esferas de poder” podían estar detrás el episodio.

El abogado de las víctimas, José Mª Mohedano, hizo esta reflexión: “todavía no he podido responderme […] a la pregunta de por qué les eligieron como víctimas. […] Pero sigo pensando que […] estas cosas no sucedieron al azar”, dadas las provocaciones que aquella semana se sucedieron “con una coincidencia tan concatenada”. Y es que Atocha fue el clímax de una espiral violenta iniciada el diciembre con epicentro en Madrid.

La “semana trágica” de 1977

El día 11 de aquel mes un comando del grupo maoísta GRAPO secuestró al presidente del Consejo de Estado, Antonio Mª de Oriol, y a cambio de su vida pidió liberar varios presos políticos. El gobierno no cedió y el GRAPO no mató a Oriol, pero le retuvo. La situación se complicó en la última semana de enero: el día 23 un ultraderechista mató de un disparo al estudiante Arturo Ruiz en una manifestación por la amnistía.

El día siguiente el GRAPO secuestró al teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo de Justicia Militar, que devino su segundo rehén. La misma jornada falleció la estudiante María Luz Nájera por el impacto a la cabeza de un bote de humo en una manifestación en protesta por la muerte de Ruíz y por la noche se produjo el crimen de Atocha. Esta tensión acabó el 11 de febrero, al ser liberados Oriol y Villaescusa. Pese a que sólo se puede trazar conjeturas, parece plausible pensar que existió algún vínculo entre los acontecimientos descritos por varias razones.

Cabos sin atar

Así, si bien el episodio criminalizó al conjunto de la ultradreta, desde este espectro se denunció una manipulación. Por ejemplo, Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, hacéis este apunte: “Si hay una cosa clara en la ‘matanza de Atocha’ son las personas que actuaron y las armas empleadas. Lo oculto está en otro aspecto: en los inductores y en los verdaderos móviles”. La afirmación, a pesar de ser exculpatoria, no se puede descartar al haber indicios de que el crimen podría no haber sido un acto aislado y espontáneo como pareció.

portada

Nuestro último estudio dedica tres capítulos a la “semana trágica” de enero de 1977.

En este aspecto, la noche de la matanza el despacho de Atocha no fue el único asaltado. La UGT afirmó que se quiso forzar un local suyo a las 22 horas y circularon otras informaciones parecidas en círculos feministas y laboralistas. También hubo incidentes: explotó un artefacto en la calle López de Hoyos y grupos ultraderechistas que recorrían calles obligaron a cantar el “Cara al sol” a clientes de establecimientos. El ambiente, según la periodista Victoria Ruego, fue “de una violencia y de una excitación aterradoras”.

Igualmente, según el sumario, uno de los asesinos, Fernández, llamó desde Almería poco antes de ser detenido a Muebles Laorga (o La Orga), un ente aparentemente comercial ubicado en un inmueble de Defensa que desapareció los meses posteriores al crimen. Además, en el juicio afloraron pasarelas entre ámbitos ultraderechistas y cuerpos de seguridad: algunos detenidos manifestaron tener “estrecha amistad” con los inspectores Antonio González Gay y Antonio González Pacheco (Billy el Niño), aunque luego se  desdijeron.

Llegados aquí, puede plantearse que la matanza tal vez pudo tener hitos ocultos desconocidos, que podrían ir desde crear un clima proclive a un golpe de estado o bien evitarlo al contrarrestar el efecto de los secuestros del GRAPO con violencia ultraderechista. Si bien estas conjeturas son indemostrables, José Miguel Ortí Bordás (entonces subsecretario de Gobernación) ha hecho esta valoración: “el indudable y poderoso impacto político” de Atocha “contrarrestó a efectos de opinión pública […] los secuestros de Oriol y de Villaescusa […]. Tampoco parece descabellado poder afirmar que este fenómeno permitió una especie de neutralización entre ambas actuaciones delictivas”.

En cualquier caso, hoy es difícil no coincidir con esta valoración de Ruiz-Huerta, superviviente de la masacre: “‘El caso Atocha’ se cerró. ¿Se cerró?: no sé. Tantas cosas quedan que será muy difícil que podamos cerrarlo entre todos”.

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* Artículo publicado originalmente en catalán conel título “La massacre d’Atocha: els interrogants oberts”, en el diario catalán Ara (22/I/2017).

 


EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA NUESTRO LIBRO “LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”

enero 21, 2017

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EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA EN EL PAÍS SEMANAL (15/I/2017) nuestro reciente estudio La transición española. El voto ignorado de las armas. Lo hace en un artículo crítico con los posicionamientos políticos partidistas vigentes sobre la democratización española, tanto de aquellos que sostienen los detractores de aquel proceso político, como los de sus apologetas.

Reproducimos el texto a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores y lectoras. Puede accederse al artículo original clicando aquí.

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El combate del siglo

En una esquina, los Grandes Odiadores de la Transición; en otra, los Grandes Apologetas de la Transición. Y en medio, los historiadores serios.

Hay gente que hace un uso personal de la Transición. O más bien un abuso. Los abusones se dividen en dos tipos: los Grandes Odiadores de la Transición (GOT) y los Grandes Apologetas de la Transición (GAT). En una esquina del ring están los primeros, que de un tiempo a esta parte arman bastante ruido. No son sólo jóvenes en teoría izquierdistas que no vivieron la Transición, sino también viejos en teoría izquierdistas que vivieron la Transición como jóvenes y creen que podrán seguir siendo jóvenes y de izquierdas gracias a su pertenencia a los GOT. Unos y otros sostienen que la Transición fue un tongo, una sucia treta urdida con el fin de que el franquismo pareciera cambiar cuando nada cambiaba (y aquí citan siempre, mal, a Lampedusa), de modo que la democracia española no es más que una democracia fraudulenta o una versión maquillada del franquismo, la culpa de todos nuestros males públicos la tiene la Transición y nosotros no somos responsables de ninguno, aunque no escasean los GOT con un elevado concepto de sí mismos que también le echan la culpa a la Transición de sus males privados, de la injusticia clamorosa de que este país no haya reconocido sus méritos excepcionales. Los GOT, en fin, son bastante inofensivos, algunos incluso entrañables; en cuanto a sus argumentos, no precisan refutación, de hecho ni siquiera son argumentos, sino desahogos de frustraciones personales o palancas de ambiciones políticas, y a menudo delatan un conocimiento de la Transición comparable al que un servidor posee de la cría de la oveja merina australiana.

En la otra esquina del ring están los GAT. Son más escasos que los anteriores, pero mucho más poderosos. Todos son suficientemente viejos para haber vivido la Transición en primer plano, o en un segundo o tercer o cuarto plano lo bastante próximo al primero para permitirles fingir que fue el primero y afirmar que nadie conoce la Transición como ellos, lo que viene a ser más o menos igual que si Fabrizio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, afirmara que nadie conoce Waterloo como él, que vivió la batalla, pero no entendió una palabra de lo que ocurría a su alrededor. La razón de la existencia de los GAT es obvia: como sabe cualquiera un poco leído y en sus cabales, la Transición salió razonablemente bien, así que tiene mil padres. Los GAT sostienen en lo esencial que aquél fue un periodo histórico ejemplar en el que, guiados por la grandeza de miras de una clase dirigente ejemplar, los españoles crearon una democracia ejemplar y bla, bla, bla. En suma: otro timo. Pero es que, en cuanto te descuidas, los GAT te aseguran que le dictaban los discursos al Rey, le daban collejas al badulaque de Suárez y frenaban los ímpetus preseniles de Carrillo. Y, como algunos obtienen réditos notables de defender la Transición, venga a cuento o no la defienden, si es menester inventándole enemigos temibles, lo que explica que cualquier nadería de la inefable Pilar Urbano provoque respuestas tan estridentes como superfluas de notorios GAT. Aunque, claro, también entre ellos hay personas sinceras y bienintencionadas. Pero la mayoría de los GAT parecen convencidos de que les ha ido tan bien por sus propios méritos y no porque nunca se hayan beneficiado de las insuficiencias de la democracia que alumbró la Transición.

Y en esas estamos. ¿Hay alguien en medio del combate entre GOT y GAT? ¿Hay árbitro en el ring? Sí: los historiadores. Hablo de los historiadores serios, claro está. No es que ellos tengan la verdad (la verdad sólo la tiene Dios, que no existe), pero son los que con más ahínco la buscan. El último que he leído es Xavier Casals, autor de La transición española, un grueso volumen donde discute el papel de la violencia en aquellos años, según él mucho más relevante de lo que se suele decir porque contribuyó de manera involuntaria a estabilizar la democracia que pretendía desestabilizar. No es un libro inobjetable –si lo fuera, no sería bueno–, pero sí el tipo de libro capaz de coger de la oreja a los GOT y los GAT y mandarlos a sus respectivas esquinas del ring. Y desde allí a su casa, de donde nunca debieron salir.


ASÍ FUE LA VOLADURA CONTROLADA DEL FRANQUISMO*

noviembre 24, 2016

MADRID ADOLFO SUAREZ EN EL MOMENTO DE PRESTAR JURAMENTO DE SU CARGO COMO PRESIDENTE DEL GOBIERNO ANTE EL REY DON JUAN CARLOS LE TOMA JURAMENTO EL PRESIDENTE DEL CONSEJO DEL REINO TORCUATO FERNANDEZ MIRANDA FOTO EUROPAPRESS

Adolfo Suárez jura como presidente ante el Rey y Torcuato Fernández-Miranda el 5 de julio de 1976 (foto de Europa Press).

EL 18 DE NOVIEMBRE DE 1976, dos días antes del primer aniversario de la muerte de Franco, su régimen conoció una voladura controlada, pues ese día las Cortes aprobaron la Ley para la Reforma Política. La había promovido Juan Carlos I y diseñado Torcuato Fernández-Miranda (presidente del Consejo del Reino y estrecho colaborador del Rey), mientras el presidente Adolfo Suárez se encargó de que llegara a puerto.

Un mes después de esta votación, el 15 de diciembre, un referéndum aprobó la ley con una participación del 77,7% y un sí abrumador (94,4%). Quedó libre así el camino para transitar hacia la democracia y el 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones del posfranquismo. ¿Pero cómo fue posible este proceso tan rápido?

La fórmula mágica: “De la ley a la ley”

El cambio fue viable gracias a un artificio que Fernández-Miranda plasmó en la fórmula «de la ley a la ley». Indicó de este modo que no debía existir vacío legal en la evolución de la dictadura a la democracia. En este sentido, la Ley para la Reforma era esencial porque permitía modificar las leyes fundamentales del franquismo y acabar con sus instituciones. Pero antes de someter la ley a las Cortes, Suárez tuvo que lidiar con un Ejército reacio a la iniciativa.

Se reunió con la cúpula castrense el 8 de septiembre y logró convencerla de la bondad de su proyecto. Pese a ello, el día 23 dimitió el vicepresidente, el general Fernando de Santiago, al oponerse a la legalización de los sindicatos. Suárez capeó el temporal sustituyéndole por el general Manuel Gutiérrez Mellado, que se convirtió en su brazo derecho. Sorteado este importante escollo, el Gobierno sometió la Ley para la Reforma a las Cortes.

Las Cortes: ¿Un suicidio voluntario?

El hemiciclo la aprobó por amplia mayoría (425 votos favorables, 59 contrarios y 13 abstenciones), lo que plantea una importante pregunta: ¿por qué los procuradores de las Cortes que Franco creó en 1942 votaron dócilmente su fin y el del régimen? Se ha señalado que en tal decisión confluyeron varios factores. Por una parte, entre 1967 y 1971 se incorporaron al hemiciclo jóvenes procuradores proclives a un cambio político. Por otra parte, el Gobierno maniobró hábilmente. Así, advirtió a los procuradores que los tiempos cambiaban y animó a algunos de ellos a presentarse a futuras elecciones y les hizo creer que el Gobierno les ayudaría: «Si yo no hubiera tenido a mano escaños de senador para ofrecer a los procuradores, ¿cómo habría sacado adelante la reforma política?», manifestó Suárez.

En realidad, en las Cortes elegidas en 1977 solo tuvieron un escaño 37 exprocuradores. El Ejecutivo recurrió también a ardides formales, de modo que la votación de la ley no fue secreta, sino nominal (para dejar en evidencia a quienes se opusieran). Igualmente, el Gobierno logró el voto crucial del grupo de 183 procuradores que formaban Alianza Popular (una federación de partidos liderada por Fragaque se había constituido en octubre) al pactar con ellos el sistema de elección de las futuras Cortes democráticas. Por último, se ha subrayado que Suárez triunfó al presentar la aprobación de la ley como una cuestión decisiva, lo que le aportó muchos votos favorables.

No obstante, existe un aspecto menos conocido que podría contribuir a explicar el suicidio de las Cortes. Nos referimos a que se tiene constancia de que procuradores reacios a aprobar la Ley fueron extorsionados con dosieres desde el servicio de inteligencia (el SECED). Uno de sus miembros en la época afirmó que «eso de que las Cortes de Franco se hicieron el harakiri…, no se lo hicieron, es que a muchos les chantajearon».

Esta presión invisible quizá hace más comprensible cierta confusión que rodeó el éxito de la Reforma en las Cortes. Lo ilustró la reflexión de su vicepresidente, el conde de Mayalde, cuando le dijo al procurador Baldomero Palomares: «Baldomero, yo con estos follones ya no sé si soy de los nuestros».

¿La ley electoral: un legado franquista?

Sin embargo, cuando hoy se alude al fin de aquellas Cortes, se olvida que las bases del sistema electoral vigente fueron acordadas entonces. Como hemos visto, Suárez lo pactó con AP para aprobar la Ley para la Reforma y las primeras Cortes electas lo asumieron en buena medida. El constitucionalista Javier Pérez Royo ha descrito esta realidad en términos diáfanos: «Las Cortes Constituyentes se limitaron a hacer suyas las Cortes Generales definidas en su composición y sistema electoral por unas Cortes antidemocráticas y anticonstitucionales». En suma, este legado apenas conocido influye aún en las urnas.

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* Este artículo fue publicado originalmente como “La voladura controlada del franquismo”, El Periódico (17/XI/2016).

 


FEROCIDADES DE LA TRANSICIÓN: CÓMO LA VIOLENCIA POLÍTICA ESTABILIZÓ DESESTABILIZANDO

agosto 13, 2016

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Cadáver de Yolanda González, cuyo asesinato en 1980 fue reivindicado en nombre del BVE.

¿CUÁL FUE LA IMPORTANCIA DE LA VIOLENCIA POLÍTICA DURANTE LA TRANSICIÓN? El periodista Carles Geli publicó al respecto en El País (6/VIII/1985) la siguiente reflexión sobre nuestro último libro, La transición española. El voto ignorado de las armas, que reproducimos a continuación por considerarla de interés para nuestros lectores.

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Ferocidades de la Transición

El historiador Xavier Casals disecciona la paradoja de la violencia que buscaba radicalizar la situación entre 1975 y 1982 y acabó alejando a los extremismos de uno y otro lado.

¿Qué es eso del Batallón Vasco Español?”, inquirió el rey Juan Carlos al líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar. Podía haber sido una pregunta capciosa, pero más bien era así: la cúpula del Estado no tenía mucha información sobre la guerra sucia en plena Transición. En paralelo, el ministro de la Presidencia, José Manuel Otero Novas, alertaba a Adolfo Suárez de la resistencia de las organizaciones paramilitares contraterroristas a someterse al Gobierno y el temor a que se creara un Estado dentro del Estado. Suárez le decía que estaba en ello, intentando eliminar una que se conocía como Batallón Vasco Español.

PortadaHabía de todo: aparatos parapoliciales, paramilitares, el Ejército, la ultraderecha, la extrema izquierda anarquista y comunista, el independentismo vasco, catalán y canario… Silenciada la mayoría de las veces o usada como espantapájaros, la violencia política se cobró unos 700 muertos entre 1975 y 1982, en unas 3.200 acciones conflictivas. ¿No influyó todo ello en los resultados políticos? Esa es la pregunta que plantea en La Transición española: el voto ignorado de las armas(Pasado & Presente) el historiador Xavier Casals. Y una de las primeras respuestas es de las que solo se dan en España: sí, el temor a una involución rebajó las expectativas de la reforma política y moderó la oposición, pero la desestabilización que buscaba la violencia acabó, mutatis mutandis, estabilizando el país.

“La violencia generó una gran paradoja: buscaba radicalizar la situación pero acabo alejando a los extremismos de uno y otro bando, los dejó fuera del proceso, por lo que se apostó por los partidos que daban estabilidad; y, por otro lado, los partidarios de la reforma exageraron esa realidad violenta para jugar a su favor, lo que facilitó la consolidación de Suárez”, resume Casals. Su trayectoria (es autor, entre otros títulos, de La tentación neofascista en España) y la bibliografía empleada ahora (más de 500 referencias y 133 páginas de notas) le llevan a afirmar que “la Transición tuvo un punto de azarosa, pero no hubo una teoría conspirativa, un gran diseño de todo desde las alcantarillas del Estado: cada episodio tuvo su dinámica propia”.

La matanza de Atocha

Quizá no hubo conspiración, pero lo parece: cada acción violenta acabó beneficiando el proceso democrático. El paradigma quizá fue, en el caso de la ultraderecha, la matanza de Atocha (1977), que solo aceleró lo que se quería impedir: la legalización del Partido Comunista de España. El carlismo quedó tocado y hundido con el episodio sangriento de Montejurra (mayo de 1976): se les vetó concurrir a las primeras elecciones de 1977 y llegaron muy afectados y divididos a las de 1979. El atentado anarquista en la sala Scala de Barcelona en 1978 aceleró la implosión del movimiento. Aquel mismo año, el intento de asesinato (con visos de ser orquestado desde el aparato policial del Estado) del líder del movimiento independentista canario, Antonio Cubillo, evitó que el proceso de autodeterminación de las islas saltara al panorama internacional de la ONU. El Grapo quedó bajo sospecha como “grupo raro” con el secuestro del político Antonio María de Oriol y el militar Emilio Villaescusa, pero más criminalizado y residual acabó el independentismo catalán violento, con los sangrientos secuestros del empresario Josep Maria Bultó (1977) y del exalcalde de Barcelona Joaquim Viola y su esposa (1978). El golpe de Estado del 23-F resultó también una vacuna contra la deriva pretoriana del Ejército: tras él aguantó sin más sobresaltos un Gobierno tan débil de la UCD como el de Calvo Sotelo, cuando hasta entonces el ruido de sables permanente más el golpismo de papel de la ultraderecha hacían irrespirable la situación, según Casals. Para el historiador, eso pesaba más que la llamada “estrategia de la tensión” ultraderechista. Solo el terrorismo de ETA fue una excepción a todo ello.

“Mayormente, son casualidades: el Gobierno no controlaba todo esto porque los hechos así lo demuestran, pero sí revela que había una autonomía importante de determinados aparatos del Estado, difíciles de perfilar y con elementos oscuros que permitieron desde extorsiones a atentados fabricados desde las entrañas del poder”, resume Casals, que lo achaca a “querer hacerse una Transición democrática manteniendo todo el antiguo aparato policial del Estado franquista”. El paradigma de ello sería la figura del comisario Roberto Conesa, turbia estrella de la lucha antiterrorista de la época.

La traducción política de esa violencia puede incluso entreverse en la Constitución. Así, la actitud pretoriana del Ejército explicaría su presencia garante en los artículos 2 y 8.1 de la Ley Fundamental, mientras que ETA generó, en particular, el 55.2 (la suspensión de derechos fundamentales por temas de terrorismo). También parecen evidentes los réditos en lo económico: Canarias, Euskadi y Navarra, conflictiva cartografía durante la Transición, gozan hoy de un trato fiscal distinto, y se deja una puerta abierta a la unión entre Navarra y el País Vasco, que contrasta con el cerrojo para Cataluña, Valencia y Baleares, como constata el artículo 145.1. “No se puede documentar una causa-efecto, pero sin duda abre una reflexión sobre el peso del voto violento”, cree Casals.

Son muchos los aspectos a estudiar porque la violencia en la Transición ha quedado un poco en la cuneta historiográfica. “La Transición tiene su mito fundacional en la propia Transición, por lo que no puede darse protagonismo a la violencia: como tal mito, ha de ser ejemplar y exportable”. Hay hoy más documentación, pero aun así falta “poder acceder a archivos de los Servicios de Información del Estado o recuperar papeles como el sumario sobre Montejurra, perdido, o tener una buena biografía de Conesa”.

Acabadas las 800 páginas del libro, uno no sabe qué vertiente refuerza de la actual discusión sobre si la Transición fue la única posible o un lamentable pacto a la baja. “¿Cómo se podía hacer una ruptura democrática teniendo un Ejército que ya en 1971 tenía planes secretos para tomar el poder y frenar la subversión? Creo que el resultado fue francamente estimable; visto lo visto, la Transición salió bien de precio”.

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Dinero para un ejército independentista catalán

El independentismo armado catalán es uno de los episodios más chocantes de la Transición. El misterioso grupo EPOCA (Exèrcit Popular Català), nacido en 1969 en el entorno del Front Nacional de Cataluña, no afloró hasta mayo de 1977, cuando intentó extorsionar al empresario Josep Maria Bultó colocándole una bomba lapa en el pecho que acabó estallando. 10 meses después colocó sendas bombas al último alcalde franquista de Barcelona, Joaquim Viola, y a su esposa. También explotaron. En ambos casos, fueron atentados con poco sentido político, lo que acentuó el rechazo de una sociedad catalana ya escarmentada con el atentado ultra a la revista satírica El Papusy otro anarquista a la sala Scala. El grupo EPOCA fue desarticulado en 1980, coincidiendo con un supuesto plan para atentar contra Jordi Pujol. Quedan enigmas, como la aparición de un agente secreto del Mossad israelí muerto en casa de unos familiares de un miembro del grupo; o para qué pedir la friolera de 500 millones de 1977 como rescate a Bultó. Esa cifra solo engarza con la idea de crear “una fuerza armada a disposición de una futura autoridad catalana legítima”, como dijeron algunos componentes que era su función. Solo cuatro miembros fueron a Terra Lliure, que en 1981 tuvo su caso más mediático con el atentado al periodista Federico Jiménez Losantos. En 1992 se disolvió.


‘LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA’: UNA DEMOCRACIA DE SANGRE Y PLOMO

julio 16, 2016

Imágenes del entierro de los abogados asesinados en la matanza de Atocha.

NUESTRO ENSAYO LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS ha tenido una buena acogida de crítica y público.  A continuación reproducimos la reseña del libro que ha escrito el historiador Gustau Nerín en el diario digital El Nacional (17/VI/2016), que pasa revista a distintos aspectos y temas abordados en el libro.

Portada

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La transición española‘: una democracia de sangre y plomo

La editorial Pasado & Presente presenta La transición española. El voto ignorado de las armas, de Xavier Casals. En contra de las visiones edulcoradas de la transición, Casals pone énfasis en que éste no fue un proceso pacífico y armónico. Se refiere a la “transición de plomo”. La teoría de este historiador es que el “voto de las armas”, durante la transición, en algunos casos fue tan decisivo como el “voto de las urnas”. Recuerda que entre 1975 y 1982 hubo 504 muertos por violencia política; la transición estuvo asociada a las armas: se inició con un atentado, el que mató a Carrero Blanco, y se acabó con un golpe de Estado, el 23-F.

Un libro con muchos ejes

El estudio de Casals no es un texto monolítico. De hecho, se ve obligado a abordar temáticas muy diversas, porque la violencia política durante la transición llegó por varios canales y tuvo implicaciones muy diferentes. De hecho, es una tarea enciclopédica en que se trata de sintetizar una serie de materiales de orígenes bien diferentes.

Equilibrio

La transición española apunta que los grupos violentos, lejos de desestabilizar la transición, consiguieron fortalecerla, ya que para evitar una deriva violenta, colectivos muy diversos, desde herederos del franquismo hasta comunistas, se vieron obligados a negociar y a llegar a acuerdos. Casals rechaza la teoría conspirativa de algunos autores, según la cual había una “estrategia de la tensión”, acordada por la extrema derecha y la extrema izquierda, para acabar con la transición. Casals se decanta más bien por la existencia de un “equilibrio de terror”: la presión simultánea de los grupos armados de extrema izquierda y de extrema derecha acabaron por reforzar a los grupos situados en el centro. La violencia habría tenido un efecto contrario al deseado por sus autores, que confiaban con entrar en una espiral de acción-reacción que llevara a una situación explosiva y a un cambio revolucionario.

No todo era negociable

Una de las cosas que queda clara en esta obra es que el redactado de la Constitución no dependió sólo de la voluntad popular, sino que en buena parte fue acondicionado por el ejército. El rumor de sables constituyó la banda sonora de la transición. Fraga afirmó, abiertamente, que en la democratización “no todo era negociable”. En La transición española se revela que varios aspectos de la Constitución fueron decididos por la presión de las fuerzas armadas: la indisoluble unidad de España, la suspensión de derechos en caso de terrorismo… Pero también hubo puntos que se pactaron con el fin de desarticular la amenaza de los grupos terroristas: el régimen fiscal especial para el Canarias y para el País Vasco, la posibilidad de incorporar Navarra a Euskadi…

La extrema derecha y el bunker

El libro se pregunta en muchas ocasiones sobre las complicidades entre los grupos armados de ultraderecha y el llamado bunker, los poderes fácticos franquistas que se negaban a democratizar el país. Casals constata que no hay una división clara entre grupos ultraderechistas y fuerzas de orden público; actúan en colaboración. De hecho, significativamente, las fuerzas policiales no mataron ni a un solo ultraderechista, y en cambio, provocaron numerosas víctimas de grupos de extrema izquierda e independentistas. Queda clara la combinación entre ambos sectores en la guerra fría contra ETA. Pero también en numerosos otros casos. Ahora bien, finalmente Casals apunta que en algunos casos los ultraderechistas fueron manipulados por las fuerzas de seguridad. La relación, pues, sería bastante ambigua.

Juego sucio

El papel de los servicios secretos y de los servicios de información en la transición fue muy complejo. No faltaron los casos escandalosos: por ejemplo, en 1977 los servicios secretos prepararon un falso atentado contra el Rey en Mallorca con el objetivo de que se les atribuyeran más recursos. También queda claro que el atentado de un grupo anarquista contra la sala de fiestas Scala estuvo dirigido y coordinado por un confidente policial. Y en los enfrentamientos de Montejurra en 1977 entre diferentes facciones carlistas, también tuvieron un turbio papel grupos parapoliciales. Ahora bien, los servicios secretos fueron muy autónomos durante bastante tiempo, y no queda claro si actuaron por cuenta propia o por encargo del Gobierno.

Los terrorismos

Casals pone énfasis en la existencia de cuatro polos de terrorismo, con diferentes tipos de terrorismo en cada uno, durante la transición. En Barcelona se concentraba el terrorismo anarquista, y había una fuerte presencia de grupos violentos ultraderechistas y focos armados independentistas. El País Vasco actuaba ETA, y también diferentes grupos ultras. En Madrid se concentraba el terrorismo de ETA, el del GRAPO y el de los grupos ultras. Y en Canarias había un pequeño movimiento armado independentista, que ponía en peligro la estabilidad del Estado al internacionalizar su reivindicación. Las fuerzas de seguridad pudieron ir neutralizando los diferentes grupos: el MPAIAC canario a través de un atentado contra Antonio Cubillo, su máximo dirigente; los grupos anarquistas mediante el caso Scala; los grupos independentistas catalanes sufrieron un fuerte rechazo popular después de los atentados contra Bultó y Viola, que los llevó a su extinción…

El efecto ETA

El único grupo que durante décadas supuso un riesgo de desestabilización para el Gobierno español fue ETA. Casals apunta que ETA estuvo en el origen del bunker: fue el proceso de Burgos el que empezó a movilizar la reivindicación del poder para el ejército, que se convertiría en el leitmotiv de los grupos involucionistas durante toda la transición. Más adelante, después de la muerte de Franco, la reacción contra ETA sería el principal catalizador del nacionalismo español. Y el sacrificio en vidas humanas del ejército y de las fuerzas de seguridad en manos de ETA fue el principal motivo para no depurar las fuerzas armadas a pesar de su ultraderechismo: hasta hoy. ETA, al fin, constituyó un obstáculo para una democratización en profundidad de la sociedad española. Trajo pretorianismo, guerra sucia, torturas, falta de transparencia, centralismo, corporativismo de los policías y guardias civiles…

El Rey sin propaganda

Muchas veces se ha mitificado al Rey como el salvador de la democracia española el 23-F. Casals reconoce que Juan Carlos paró el golpe en un momento en qué los partidos y la ciudadanía no actuaron. Y, a pesar de todo, apunta que el Rey tuvo una responsabilidad clara en los hechos. En primer lugar, de forma inconstitucional, presionó a Suárez para que dimitiera. Y, además, tuvo conversaciones con Armada y con otros actores políticos de cara a la constitución de un gobierno de unidad nacional dirigido por un militar (el llamado “golpe blando”). De esta forma habría vulnerado la Constitución que establece que los militares tienen que estar apartados de la política. Así pues, Joan Carles sería el bombero pirómano, que apaga el incendio que ha contribuido a encender.

Un 23-F muy amplio

Casals considera que el 23-F implicó a mucha más gente que la que se juzgó. Y apunta que el “golpe blando” movilizó a mucha gente que actuó en contra de los principios democráticos: apunta que en él habría tenido un papel relevante el expresident Tarradellas, pero que también habría involucrado a gente como el alcalde socialista de Lleida, Antoni Siurana, o el presidente de la CEOE, Joan Rosell. Argumenta que el consejo de guerra no lo investigó en profundidad expresamente, porque el número de implicados era elevadísimo.

Desmitificador

Casals apunta que el escrutinio del referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978 podría haber sido manipulado. Algunos testigos aseguran que se hincharon los datos de participación con el fin de simular que el 50% de los españoles habían votado a favor del texto, cuando en realidad no habría sido así. Se trataba de dar una imagen de consenso que convirtiera la Constitución en un elemento incuestionable e intocable del ordenamiento jurídico. Si esta maniobra existió, obviamente tuvo éxito.

Un largo engaño

Xavier Casals ha trabajado, básicamente, con libros y con prensa. Es decir, buena parte de los datos que aporta eran públicos, pero habían quedado ocultos, sumergidos bajo una avalancha de informaciones, de baja calidad, laudatorias de los partidos políticos mayoritarios y repletas de referencias hagiográficas al Rey y a los personajes clave del periodo. Queda claro que durante mucho tiempo los medios mayoritarios han tenido tendencia a despreciar ciertos aspectos incómodos de la transición que podían contribuir al cuestionamiento del actual sistema democrático.

La culminación de una trayectoria

Este es un libro muy sólido, de este tipo de obras de síntesis que sólo están al alcance de investigadores con un largo recurrido en una materia. Casals pone orden a una bibliografía muy dispersa, en una hemeroteca muy rica, y a algunos testigos excepcionales. Y todo eso rehuyendo teorías especulativas y reconociendo las contradicciones entre las fuentes: cuando hay hechos que no quedan claros, Casals lo explicita y no intenta forzar una explicación si no tiene pruebas. Un índice exhaustivo, una completa bibliografía y un buen aparato de notas hacen que este libro sea esencial para los investigadores. Y eso no saca que, por su ágil redacción, puede ser de gran interés para cualquier interesado en la historia reciente de España. En tiempo de cambio como los que corren, este es un libro esencial para entender las dinámicas de cambio en nuestro país.

Quizás ya basta

Ahora bien, pese a los evidentes méritos del libro de Casals, al fin hay un grave problema de fuentes, que no depende del investigador. Casals, en muchos casos, se ve obligado a sugerir varias hipótesis, que no puede corroborar por no poder acceder a los archivos. Así, buena parte del debate está basado en aquello que dijo uno o aquello que dijo otro. Testimonios poco fiables, de individuos que en muchos casos han estado implicados en hechos delictivos o que quieren borrar un pasado poco ejemplar. Algunas de las declaraciones en que se basa la reconstrucción de los hechos fueron hechas 30 años después de los sucesos, y eran diferentes de las hechas 20 años antes, o incluso de las hechas un día antes. En muchos casos los testigos se contradicen. Hay personajes clave que rehúsan aportar sus informaciones… Queda claro que algunos temas, sólo se pueden acabar de conocer si se da acceso a los investigadores a los archivos. “Hay cosas que es mejor no saber”, alegan bastantes de los implicados. La administración parece que está de acuerdo. A cuarenta años de la muerte del dictador, quizás es hora que tengamos derecho a conocer nuestro pasado. Hasta que no podamos saber qué sucedió, la transición no se habrá completado