LA LEGISLACIÓN DEL “DISCURSO DEL ODIO” Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL CASO DE DINAMARCA

febrero 4, 2017

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La UE tiene problemas para dominar un poderoso can -la islamofobia- en nombre de la libertad de expresión (caricatura de www.correomadrid.com)

¿PENALIZAR EL “DISCURSO DEL ODIO” PUEDE COARTAR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN? Este interrogante plantea un debate nada fácil.

Por nuestra parte, en términos generales, consideramos que la persecución penal no es efectiva para combatir el vance de la ultraderecha. De hecho, hemos reflexionado ya en este blog sobre el efecto que tienen las diversas estrategias empleadas en tal sentido y nos hemos pronunciado por aquellas que pasan por la argumentación y la actuación sobre las causas directas del ascenso del extremismo, no por las de su persecución legal.

En este marco, consideramos de especial interés el reportaje publicado por Óscar Gutiérrez en El País titulado  “El precio del odio en Dinamarca” (30/I/2017). En él analiza el efecto del artículo 266b del Código Penal vigente en este país, que -según sus detractores- es de difícil encaje con la libertad de expresión e  impacto limitado en Internet.

baixaMerece destacarse que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, ya en el 2008 editó un ensayo de Karen Jespersen y Ralf Pittelkow que incidía en el debate público que el Islam genera en Dinamarca: Islamistas y buenistas. Escrito de acusación.

La controversia al respecto es relevante en la medida que actualmente -como señala Gutiérrez- la UE promueve que sus integrantes impulsen legislaciones para combatir el “discurso del odio”. Por esta razón, reproducimos a continuación el citado reportaje de El País (también puede accederse al original clicando aquí).

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El precio del odio en Dinamarca

La criminalización de expresiones racistas o xenófobas, nacida durante el auge del nazismo, divide aún hoy al país nórdico. La UE quiere ahora que todos sus miembros cuenten con leyes para penalizar este tipo de discurso, estandarte hoy de islamófobos e incontrolable en las redes sociales

Llamada oculta. Al otro lado del teléfono suena una voz muy grave, fuerte, de un hombre con un inglés de ligero acento escandinavo. “Soy Lars Hedegaard, creo que querías hablar conmigo”. Verse no es posible. Ni se encuentra en Copenhague ni puede dar su paradero al estar bajo protección policial. Hedegaard, historiador y periodista danés de 74 años, es un reconocido y duro crítico del islam. Le grabaron en su casa, sin previo aviso según defiende, diciendo cosas como que en las familias musulmanas, las niñas eran violadas por padres, tíos y sobrinos. Por esto fue multado en 2011 con unos 700 euros. Recurrió y un año después fue absuelto por el Supremo danés, pero su imagen quedó ya como la del gran condenado en Dinamarca por las leyes contra el discurso de odio. Y una cosa más: el 5 de febrero de 2013 sufrió un intento de asesinato en su domicilio por un individuo miembro hoy del Estado Islámico.

El artículo 266b

El artículo 266b del Código Penal danés dice lo siguiente: “Cualquier persona que públicamente o con intención de una amplia divulgación,  haga declaraciones o divulgue otras informaciones por las que un grupo de personas se vea amenazado, insultado o degradado a propósito de su raza, color, origen étnico o nacional, religión o inclinación sexual se expondrá a una multa o cárcel por un periodo no superior a dos años”.

Hedegaard, según él mismo dice, no cambiaría nada de esa u otras críticas que ha hecho de la religión que practican alrededor de un 4% de los daneses. Ahí va otra: “El islam”, señala al teléfono, “no es una religión sino una ideología totalitaria”. El tipo que trató de matarle a punta de pistola en la puerta de su casa, tras hacerse pasar por un cartero, se llama Basil Hassan y según la investigación, no actuó solo. Logró huir y acabar entre Siria e Irak vía Turquía. El Departamento de Estado norteamericano le ha vinculado al aparato yihadista de operaciones externas.

Intento de asesinato al margen, lo que fastidia a Hedegaard es que un juez le pueda condenar por decir lo que dice atendiendo al ya viejo artículo 266b del Código Penal danés. Muchos lo llaman el “párrafo”, porque es famoso y lo conoce todo el mundo. Este penaliza con multa o cárcel de hasta dos años las expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión. Llegó al Código Penal danés en 1939 para evitar las vejaciones verbales contra los judíos. Hoy se aplica, sobre todo, en casos que salpican a musulmanes. Y es polémico porque, según sus críticos, casa mal con la libre expresión, cuya plataforma hoy más manoseada, visceral e ingobernable es la Red. Ahí, el 266b no puede más que matar moscas a cañonazos.

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El periodista danés Lars Hedegaard, en una foto tomada en febrero de 2010 (imagen de Henning Bagger/AFP, publicada por El País).
Pese ello, el Parlamento Europeo trabaja ahora para reforzar en su revisión de la directiva de medios audiovisuales la prohibición por ley del denominado discurso de odio. Dinamarca es el paradigma. El texto de la directiva europea, aún por cerrar, sería más concreto: la incitación pública a la violencia o el odio contra un grupo debe ser penalizada.

“El Islam no es un religión sino una ideología totalitaria”

Lars Hedegaard, periodista danés

Dinamarca es el país de la felicidad. Del Estado del bienestar, del pleno empleo, de la economía fuerte y del hygge, esa suerte de gusto por las pequeñas cosas, ya sea beberse unas cervezas con los amigos viendo el querido balonmano patrio o tomarse un chocolate con la familia, en casa y con una lamparita en la ventana. Es la vida, lo demás son complementos para un país pequeño (seis millones de habitantes) y rico. Pero Dinamarca es también mucho diálogo. Los gobiernos son de consenso, no hay mayorías -el actual Ejecutivo conservador de Lars Lokke Rasmussen está formado por tres partidos- y el debate es una tradición. Que cada uno suelte lo que quiera.

Una ley contra los imanes radicales

Cuando uno pregunta en Dinamarca sobre discursos radicales, el nombre de Abu Bilal Ismail sale con frecuencia. Una cámara oculta de la cadena danesa TV2 le filmó en febrero del pasado año durante un sermón en la mezquita Grimhoj, en la localidad de Aarhus. Entre otras cosas abogaba por lapidar a las mujeres adulteras. Dos años antes, Ismail había sido cazado por otra grabación pidiendo la destrucción de los judíos. Este tipo de discursos han llevado recientemente al Parlamento danés a aprobar una nueva ley (Ley 18) que prevé multas o penas de hasta tres años para aquellas “autoridades religiosas” -no menciona confesión alguna, aunque la norma ha sido pensada para frenar el discurso salafista violento- que defiendan la comisión de actos violentos.

El Parlamento danés, el Folketing, en la capital, Copenhague, es un buen sitio para verlo. Kenneth Kristensen Berth es diputado del Partido Popular Danés [Dansk Folkeparti, DF], la segunda fuerza en escaños (37) en la Cámara. Un juez tiró del artículo 266b en 2003 para condenarlo por racismo a 14 días de prisión, que no tuvo que cumplir. Su delito: difundió un póster en el que alertaba contra una sociedad multiétnica. El cartel, y aquí es donde recae la pena, mostraba a dos individuos cubiertos de sangre con un Corán en la mano.

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Cartel del Partido Popular Danés que generó una condena de racismo.

Lo que Kristensen quiso decir, según relata ahora, es que ese tipo de sociedades llevan a “más criminalidad”. Mantiene que así ha sido a la postre y añade otro caso que sacudió a su partido: “Uno de nuestros parlamentarios, Jesper Langballe, ya fallecido, dijo en un debate que era un problema que padres musulmanes violaran e incluso mataran a sus hijas. Fue llevado al tribunal y condenado, a pesar incluso de que es un hecho que entre los musulmanes existen crímenes de honor”. La idea se repite: ¿por qué condenar una expresión por fuerte que sea si hay “hechos” que la avalan? Otra cosa es comprobar esos “hechos”.

Sobra decir que tanto Kristensen como el veterano Hedegaard quieren abolir el 266b.

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Mujeres musulmanas tocadas con velo pasean por el centro de Copenhague, en octubre de 2011 (imagen de Francis Dean Getty, publicada por El País).
Los daneses están acostumbrados a la inmigración (un 10% de la población es de origen inmigrante), también a la que profesa el islam. Pero la sensación entre los ciudadanos es que la llegada de nuevos inmigrantes o refugiados se ha instalado en la clase política y en los medios como una amenaza para el país. Y de ahí a discursos degradantes hay un paso. Siguiendo la calle Stroget, una de las peatonales más largas de Europa, muy cerca del Folketing, hasta la plaza del Ayuntamiento, se eleva un bloque lleno de cabeceras de diarios daneses. La seguridad en las entradas a las redacciones es elevada, 11 años después de la ola de protestas y amenazas por las caricaturas de Mahoma publicadas en uno de esos diarios, el Jyllands Posten.

¿La ley contra el discurso de odio limita a los reporteros? “No, el mayor problema es la autocensura”, contesta Marcus Rubin, editor del respetado diario Politiken, “sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo, no por temor a que la policía venga y te arreste sino por temor a los terroristas”. El famoso artículo 266b no coarta a la prensa, como tampoco obsesiona a los ciudadanos. Como apunta la columnista y editora de Radio24syv Sofie Allarp, acostumbrada a los comentarios de radicales, sobre todo en la Red, la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Pero alerta del escenario retórico actual: “El mensaje de que la inmigración es solo un problema y no una solución para el futuro es demasiado fuerte”.

“El mayor problema es la autocensura, sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo”

Marcus Rubin, editor de Politiken

El 266b del Código Penal danés ha caído sobre un grupo variopinto de daneses. A los Hedegaard y Kristensen se podrían añadir el poeta superventas palestino-danés Yahyah Hassan, la artista danesa-iraní Firoozeh Bazrafkan, el imán de origen sirio Mohammed al Jaled Samha… O el joven, no identificado, condenado hace tres años a pagar 280 euros por comparar islam y nazismo en un comentario de un post de Facebook sobre la organización salafista Hizb ut Tahrir. Rebuscado, pero pasó. Hubo más sentencias en el pasado, pero si tomamos esta última, por ejemplo, y la de Kristensen han transcurrido más de una docena de años y las multas o penas no frenan ciertos discursos por mucha tradición que haya.

En la orilla oriental, no muy lejos de la sirenita, icono de Copenhague, en uno de esos edificios inteligentes, trabaja una de las voces más críticas contra el artículo 266b. El abogado Jacob Mchangama es director del think tank jurídico Justitia. Su oposición a criminalizar el discurso de odio es clara. Pero más interesante es su alternativa a la pena: “El contradiscurso, por supuesto”, dice. “Si estás en contra de limitar la libertad de expresión, como yo lo estoy, tienes una obligación moral de pronunciarte en contra del discurso de odio”. Es de los que cree que si penalizas, ganan los radicales y se engorda el mensaje. Pone un ejemplo: “La radicalización es un problema en la comunidad musulmana de Dinamarca, pero no en la hindú o budista; es un hecho y tenemos que poder hablar de ello para resolverlo”.

“Hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”

Rune Lund, diputado de la Alianza Roji-Verde

Si bien son muchos en Dinamarca los que aceptan la existencia del 266b, a los que no lo hacen se les oye más. De vuelta al Folketing, el diputado sirio-danés Naser Khader comparte la visión de Mchangama. Como este último, Khader, nacido en Damasco hace 53 años, cree que el debate abierto funciona mejor que el castigo. Y para muestra el botón de la vecina Suecia, con altos índices de violencia de ultraderecha que, según coinciden ambos, tiene mucho que ver con que hablan muy poco de inmigración. Khader, miembro del Partido Conservador, ha sufrido también la presión de los que condenan su visión del islam, pero él mantiene su postura. Y no es habitual: “Forma parte de la cultura danesa burlarse de las religiones, los dioses, los profetas sin ninguna discriminación, ya sea Jesús, Moisés, ¿por qué no Mahoma? ¿Por qué tienen los musulmanes que forzar los tabúes? Si no te gustan unas caricaturas no compres el periódico”.

El rechazo a la criminalización del discurso de odio no cuaja, sin embargo, ni en la calle ni en el Folketing, donde partidos como el Venstre, liberal y a las riendas de la jefatura de Gobierno, o la opositora Alianza Roji-Verde, conviven bien con el artículo. “Funciona como última estancia contra el racismo y el discurso de odio”, señala Rune Lund, portavoz de la alianza de centroizquierda. ¿Y la libre expresión? “Hay limitaciones, por supuesto”, continúa el diputado danés, “pero hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”.


LA MASACRE DE ATOCHA: LOS INTERROGANTES ABIERTOS*

enero 28, 2017

Breve reportaje sobre los hechos de Atocha.

LA NOCHE DEL 24 DE ENERO DE 1977 SE PRODUJO EN MADRID LA MASACRE DE LOS ABOGADOS comunistas del gabinete laboralista del número 55 de la calle Atocha, obra de un comando ultraderechista. La tragedia se enmarcó en una huelga de transporte convocada el día 17, liderada por Joaquín Navarro (de CC.OO.) y asesorado por el bufete mencionado. El conflicto le enfrentó al sindicato oficial franquista todavía vigente, hecho que aparentemente desencadenó el crimen. Pero 40 años después, varios aspectos del episodio permanecen en la oscuridad, como exponemos a continuación.

“Esferas de poder” ocultas y espiral criminal

Todo empezó a las 22.30 horas del día 24, cuando irrumpió en al bufete citado el terceto formado por José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada. El último  custodió la puerta y sus compañeros reunieron a los presentes al salón. Allí les encañonaron y les preguntaron sin éxito por Navarro (quien había marchado poco antes). Entonces les dispararon y huyeron dejando tres cadáveres -Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides y Ángel Rodríguez- y seis heridos: Alejandro Ruiz-Huerta, Miguel Sarabia, Dolores González, Luis Ramos, Francisco Javier Sauquillo y Serafín Holgado (los dos últimos fallecieron el día siguiente).

Su entierro movilizó 200.000 personas en silencio en las calles de Madrid y, según el ministro Rodolfo Martín Villa, la demostración de dolor inclinó al gobierno a legalizar el Partido Comunista [PCE] el 9 de abril. Así, el atentado anticomunista paradójicamente facilitó la inserción de los comunistas a la nueva democracia.

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Las investigaciones del crimen acreditaron vínculos de los verdugos con el secretario del Sindicato Provincial de Transportas, Francisco Albadalejo, quien manifestó que sólo quería dar “una lección” a Navarro. Fueron considerados cómplices Gloria Herguedas (compañera de Fernández) y el exlegionario Leocadio Jiménez.

El juicio se celebró en febrero de 1980 y la sentencia concluyó que los aludidos formaban un grupo autónomo con “abundantes armas”. Condenó a Albadalejo a 73 años como inductor; a 193 años a Fernández y García por los asesinatos; a Jiménez a más de 4 por tenencia de armas; Herguedas fue absuelta y Lerdo huyó en un permiso penitenciario. No osbtante, la Audiencia Nacional señaló que podía haber culpables sin juzgar y “grupos y esferas de poder” podían estar detrás el episodio.

El abogado de las víctimas, José Mª Mohedano, hizo esta reflexión: “todavía no he podido responderme […] a la pregunta de por qué les eligieron como víctimas. […] Pero sigo pensando que […] estas cosas no sucedieron al azar”, dadas las provocaciones que aquella semana se sucedieron “con una coincidencia tan concatenada”. Y es que Atocha fue el clímax de una espiral violenta iniciada el diciembre con epicentro en Madrid.

La “semana trágica” de 1977

El día 11 de aquel mes un comando del grupo maoísta GRAPO secuestró al presidente del Consejo de Estado, Antonio Mª de Oriol, y a cambio de su vida pidió liberar varios presos políticos. El gobierno no cedió y el GRAPO no mató a Oriol, pero le retuvo. La situación se complicó en la última semana de enero: el día 23 un ultraderechista mató de un disparo al estudiante Arturo Ruiz en una manifestación por la amnistía.

El día siguiente el GRAPO secuestró al teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo de Justicia Militar, que devino su segundo rehén. La misma jornada falleció la estudiante María Luz Nájera por el impacto a la cabeza de un bote de humo en una manifestación en protesta por la muerte de Ruíz y por la noche se produjo el crimen de Atocha. Esta tensión acabó el 11 de febrero, al ser liberados Oriol y Villaescusa. Pese a que sólo se puede trazar conjeturas, parece plausible pensar que existió algún vínculo entre los acontecimientos descritos por varias razones.

Cabos sin atar

Así, si bien el episodio criminalizó al conjunto de la ultradreta, desde este espectro se denunció una manipulación. Por ejemplo, Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, hacéis este apunte: “Si hay una cosa clara en la ‘matanza de Atocha’ son las personas que actuaron y las armas empleadas. Lo oculto está en otro aspecto: en los inductores y en los verdaderos móviles”. La afirmación, a pesar de ser exculpatoria, no se puede descartar al haber indicios de que el crimen podría no haber sido un acto aislado y espontáneo como pareció.

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Nuestro último estudio dedica tres capítulos a la “semana trágica” de enero de 1977.

En este aspecto, la noche de la matanza el despacho de Atocha no fue el único asaltado. La UGT afirmó que se quiso forzar un local suyo a las 22 horas y circularon otras informaciones parecidas en círculos feministas y laboralistas. También hubo incidentes: explotó un artefacto en la calle López de Hoyos y grupos ultraderechistas que recorrían calles obligaron a cantar el “Cara al sol” a clientes de establecimientos. El ambiente, según la periodista Victoria Ruego, fue “de una violencia y de una excitación aterradoras”.

Igualmente, según el sumario, uno de los asesinos, Fernández, llamó desde Almería poco antes de ser detenido a Muebles Laorga (o La Orga), un ente aparentemente comercial ubicado en un inmueble de Defensa que desapareció los meses posteriores al crimen. Además, en el juicio afloraron pasarelas entre ámbitos ultraderechistas y cuerpos de seguridad: algunos detenidos manifestaron tener “estrecha amistad” con los inspectores Antonio González Gay y Antonio González Pacheco (Billy el Niño), aunque luego se  desdijeron.

Llegados aquí, puede plantearse que la matanza tal vez pudo tener hitos ocultos desconocidos, que podrían ir desde crear un clima proclive a un golpe de estado o bien evitarlo al contrarrestar el efecto de los secuestros del GRAPO con violencia ultraderechista. Si bien estas conjeturas son indemostrables, José Miguel Ortí Bordás (entonces subsecretario de Gobernación) ha hecho esta valoración: “el indudable y poderoso impacto político” de Atocha “contrarrestó a efectos de opinión pública […] los secuestros de Oriol y de Villaescusa […]. Tampoco parece descabellado poder afirmar que este fenómeno permitió una especie de neutralización entre ambas actuaciones delictivas”.

En cualquier caso, hoy es difícil no coincidir con esta valoración de Ruiz-Huerta, superviviente de la masacre: “‘El caso Atocha’ se cerró. ¿Se cerró?: no sé. Tantas cosas quedan que será muy difícil que podamos cerrarlo entre todos”.

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* Artículo publicado originalmente en catalán conel título “La massacre d’Atocha: els interrogants oberts”, en el diario catalán Ara (22/I/2017).

 


EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA NUESTRO LIBRO “LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”

enero 21, 2017

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EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA EN EL PAÍS SEMANAL (15/I/2017) nuestro reciente estudio La transición española. El voto ignorado de las armas. Lo hace en un artículo crítico con los posicionamientos políticos partidistas vigentes sobre la democratización española, tanto de aquellos que sostienen los detractores de aquel proceso político, como los de sus apologetas.

Reproducimos el texto a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores y lectoras. Puede accederse al artículo original clicando aquí.

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El combate del siglo

En una esquina, los Grandes Odiadores de la Transición; en otra, los Grandes Apologetas de la Transición. Y en medio, los historiadores serios.

Hay gente que hace un uso personal de la Transición. O más bien un abuso. Los abusones se dividen en dos tipos: los Grandes Odiadores de la Transición (GOT) y los Grandes Apologetas de la Transición (GAT). En una esquina del ring están los primeros, que de un tiempo a esta parte arman bastante ruido. No son sólo jóvenes en teoría izquierdistas que no vivieron la Transición, sino también viejos en teoría izquierdistas que vivieron la Transición como jóvenes y creen que podrán seguir siendo jóvenes y de izquierdas gracias a su pertenencia a los GOT. Unos y otros sostienen que la Transición fue un tongo, una sucia treta urdida con el fin de que el franquismo pareciera cambiar cuando nada cambiaba (y aquí citan siempre, mal, a Lampedusa), de modo que la democracia española no es más que una democracia fraudulenta o una versión maquillada del franquismo, la culpa de todos nuestros males públicos la tiene la Transición y nosotros no somos responsables de ninguno, aunque no escasean los GOT con un elevado concepto de sí mismos que también le echan la culpa a la Transición de sus males privados, de la injusticia clamorosa de que este país no haya reconocido sus méritos excepcionales. Los GOT, en fin, son bastante inofensivos, algunos incluso entrañables; en cuanto a sus argumentos, no precisan refutación, de hecho ni siquiera son argumentos, sino desahogos de frustraciones personales o palancas de ambiciones políticas, y a menudo delatan un conocimiento de la Transición comparable al que un servidor posee de la cría de la oveja merina australiana.

En la otra esquina del ring están los GAT. Son más escasos que los anteriores, pero mucho más poderosos. Todos son suficientemente viejos para haber vivido la Transición en primer plano, o en un segundo o tercer o cuarto plano lo bastante próximo al primero para permitirles fingir que fue el primero y afirmar que nadie conoce la Transición como ellos, lo que viene a ser más o menos igual que si Fabrizio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, afirmara que nadie conoce Waterloo como él, que vivió la batalla, pero no entendió una palabra de lo que ocurría a su alrededor. La razón de la existencia de los GAT es obvia: como sabe cualquiera un poco leído y en sus cabales, la Transición salió razonablemente bien, así que tiene mil padres. Los GAT sostienen en lo esencial que aquél fue un periodo histórico ejemplar en el que, guiados por la grandeza de miras de una clase dirigente ejemplar, los españoles crearon una democracia ejemplar y bla, bla, bla. En suma: otro timo. Pero es que, en cuanto te descuidas, los GAT te aseguran que le dictaban los discursos al Rey, le daban collejas al badulaque de Suárez y frenaban los ímpetus preseniles de Carrillo. Y, como algunos obtienen réditos notables de defender la Transición, venga a cuento o no la defienden, si es menester inventándole enemigos temibles, lo que explica que cualquier nadería de la inefable Pilar Urbano provoque respuestas tan estridentes como superfluas de notorios GAT. Aunque, claro, también entre ellos hay personas sinceras y bienintencionadas. Pero la mayoría de los GAT parecen convencidos de que les ha ido tan bien por sus propios méritos y no porque nunca se hayan beneficiado de las insuficiencias de la democracia que alumbró la Transición.

Y en esas estamos. ¿Hay alguien en medio del combate entre GOT y GAT? ¿Hay árbitro en el ring? Sí: los historiadores. Hablo de los historiadores serios, claro está. No es que ellos tengan la verdad (la verdad sólo la tiene Dios, que no existe), pero son los que con más ahínco la buscan. El último que he leído es Xavier Casals, autor de La transición española, un grueso volumen donde discute el papel de la violencia en aquellos años, según él mucho más relevante de lo que se suele decir porque contribuyó de manera involuntaria a estabilizar la democracia que pretendía desestabilizar. No es un libro inobjetable –si lo fuera, no sería bueno–, pero sí el tipo de libro capaz de coger de la oreja a los GOT y los GAT y mandarlos a sus respectivas esquinas del ring. Y desde allí a su casa, de donde nunca debieron salir.


LA “FACHOSFERA” O LA ULTRADERECHA EN LA RED*

enero 16, 2017

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Donald Trump caracterizado como Pepe the frog (imagen thedailybeast.com)

LA INFLUENCIA DE LA EXTREMA DERECHA Y LA DERECHA RADICAL EN INTERNET ES CADA VEZ MÁS IMPORTANTE, como han constatado los comicios presidenciales de Estados Unidos. Allí la red es un poderoso altavoz de los mensajes de Trump, así como de la mixtura de verdad y falsedad que marcó la contienda política y constituyó un campo decisivo de movilización de votantes.

De este modo, Steve Bannon, una suerte de asesor áulico de Donald Trump durante la campaña (recompensado tras la victoria con el relevante cargo de consejero principal y estratega jefe), cobró fama como dinamizador del amplio espectro ultraderechista designado con el término ‘alt-right’ (sinónimo de ‘alternative right’ o derecha alternativa) a través de la tribuna electrónica Breitbart News.

Los extremistas han hallado también una nueva plataforma en la flamante red social Gab.ai, similar a Twitter. Creada en agosto por el empresario Andrew Torba, hace bandera de libertad de expresión ante la censura ideológica que impera en las redes sociales y tendría más de 100.000 usuarios y 300.000 en lista de espera. También en internet ha emergido un nuevo icono extremista:’ Pepe the Frog’, una rana creada por el artista Matt Furie en el 2008. A su pesar, el citado movimiento ‘alt-right’ (término acuñado por el escritor y activista supremacista Richard Spencer) la popularizó como símbolo durante la campaña electoral norteamericana.

La galaxia ultraderechista virtual

Esta visibilidad cada vez más significativa y exitosa de la ultraderecha en la red no es un caso único. Un ensayo francés reciente codifica el término ‘fachosfera’ para aludir a este fenómeno: nos referimos a La Fachosphère. Comment l’extrême droite remporte la bataille du net, de los periodistas Dominique Albertini y David Doucet. Ambos autores examinan los elementos más destacados de la galaxia ultraderechista virtual, como www.fdesouche.com («français de souche», francés de cepa) y exponen su impacto.

Analizan –entre otros temas– la plasmación del lepenismo (el Frente Nacional fue el primer partido francés en disponer de web y Marine Le Pen supera hoy el millón de seguidores en Facebook) o el de los vídeos virales de Dieudonné M’Bala, un cómico denunciado por antisemitismo, algunos de ellos con más de tres millones de visionados y cuya popularidad habría inquietado a François Hollande.

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Cartel del Partido Antisionista [PAS], en el que Dieudonné, en primer plano, efectúa su saludo, el llamado ‘quenelle’.

Además, Dieudonné (cuyo tercer hijo tiene como padrino a Jean-Marie Le Pen) ha difundido un controvertido saludo con el brazo de su creación que ha devenido popular e incluso han efectuado conocidos deportistas: el llamado ‘quenelle’ (de ahí que haya creado un canal ficticio, el Quenel+).

En suma, ‘La Fachosphère’ es un libro recomendable para reflexionar sobre la presencia creciente de la extrema derecha en internet y su impacto. En este sentido, es importante destacar que –según publicó The Washington Post el 21 de octubre– los jóvenes de comunidades virtuales son los que se politizan más rápidamente.

La “robot-política”

En este marco, la campaña del ‘brexit’ demostró la importancia política de las redes, hasta el punto de que Damian Tambini –experto en comunicación política– haya planteado que podría suponer el triunfo de «la robot-política», una política mediatizada por una compleja interacción entre la prensa e internet y sus algoritmos, con un rol clave de la inteligencia artificial.

Con la victoria de Trump ha sucedido otro tanto y se ha aludido de nuevo al recurso a robots –’bots’– en Twitter y al manejo de ‘big data’ (por ejemplo, el equipo del magnate descubrió que a los seguidores de la serie The walking dead les preocupaba la inmigración y focalizó en ellos su mensaje).

No obstante, más allá de la eventual manipulación que permite internet, la ultraderecha se muestra especialmente hábil en este ámbito. En él incuba, articula y difunde sus mensajes y una innovadora simbología (como el’ quenelle’ o Pepe the Frog) que seducen a nuevos seguidores.

Es llamativo al respecto que en Austria un vídeo del 2013 de Heinz-Christian Strache, líder del FPÖ, cantando un rap político en Youtube («Steht auf, wenn ihr für HC seid!», ¡Ponte de pie si HC está presente!) haya superado 1.242.000 visualizaciones, cuando la población del país es de 8,3 millones de habitantes. Desde esta óptica, quizá no es tan sorprendente que su candidato en las últimas elecciones presidenciales captase casi la mitad de votos.

Y es que la red es hoy cada vez más un elemento determinante para comprender la expansión de este espectro político.

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* Artículo publicado originalmente con el título “La ‘fachosfera’ o los ultras en la red” en El Periódico (15/I/2017).


¿HAY ESPACIO PARA LA ULTRADERECHA EN ESPAÑA? MÁS DE 13 MILLONES DE ELECTORES CONSIDERAN “EXCESIVA” LA INMIGRACIÓN

enero 7, 2017

 ultraderechaGráfico del diario ABC.

¿EXISTE ESPACIO POLÍTICO PARA UNA OPCIÓN DE ULTRADERECHA EN ESPAÑA? El analista Carles Castro lo ha estudiado en su artículo “El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar”, publicado en La Vanguardia (7/I/2017) y al que puede accederse clicando aquí.

Según su estudio, los electores situados en el flanco derecho del PP “suponen menos del 10% del censo (casi tres millones sobre un total de algo más de 34 millones)”. Pero “el porcentaje de ciudadanos que consideran que el número de extranjeros es excesivo se acerca nada menos que al 40%; es decir, más de 13 millones de electores”. De ellos, dos millones y medio se sitúan “entre el centroderecha […] y la extrema derecha. Los otros tres millones y medio restantes se localizan en el grupo de los que no saben/no contestan”.

Su conclusión es interesante: existe un espacio político potencial para una opción que se sitúe a la derecha del PP, aunque su número de votantes reales es una incógnita en relación a estos 13 millones de electores es difícil de precisar y pueden descender a menos de dos (1.8 millones).

A continuación, reproducimos este interesante estudio electoral por considerarlo de interés para nuestr@s lector@s.

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El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar

Existe una brecha, pero quizás sea demasiado exigua para el expresidente

Los frecuentes exabruptos ideológicos de José María Aznar contra la supuesta flaccidez programática del PP llevan a especular con la posibilidad de que el expresidente se sienta tentado de crear un partido a su imagen y semejanza. Y ese partido, en principio, debería situarse a la derecha del PP o, al menos, solaparse con su flanco derecho. Cualquier especulación, sin embargo, debe ubicar previamente al Partido Popular y a sus votantes en la escala ideológica, a fin de detectar el espacio potencial de una marca de nuevo cuño.

En este sentido, las cifras de los sondeos del CIS reflejan las profundas raíces del PP en el espacio del centro a la derecha y desvelan, por tanto, el secreto de su éxito. Para empezar, los electores sitúan al Partido Popular en torno al 8,3 en una escala ideológica en la que el 1 es la extrema izquierda y el diez la extrema derecha. Sin embargo, los votantes populares colocan al PP algo más al centro: en el 7,55. Y, finalmente, los propios electores de Rajoy se sitúan ellos mismos en una posición más templada: el punto 7.

A la derecha del PP
A la derecha del PP (Alan Jürgens)

La radiografía de esta última cifra es todavía más elocuente. Más del 60% de los votantes populares se encuentran en los puntos 6, 7 y 8 de la escala; es decir, claramente en el centroderecha. Otro 13% se sitúa en el punto 5 (centro puro), y más del 14%, en el 9 y el 10 (derecha extrema). Pero si la operación se realiza desde otra perspectiva, el resultado es más clarificador en un horizonte de competencia electoral. Por ejemplo, el conjunto de electores situados en el flanco derecho (del 8 al 10) suponen menos del 10% del censo (casi tres millones sobre un total de algo más de 34 millones).

Pero en ese tramo, el dominio actual del PP es abrumador: entre el 80% y el 90% de los electores que se sitúan en ese espacio votan al Partido Popular. Otra cosa es que voten más al PP de Aznar que al de Rajoy (o que se identifiquen más con su “déjame que beba tranquilamente” que con las campañas de tráfico del actual Gobierno). Por el contrario, la cifra de electores que no votan al PP en ese tramo de la escala supone sólo unos 600.000 (más del doble de los que apoyaron a la derecha radical de Vox en las últimas europeas).

Pero de nuevo hay que insistir en que ese mínimo podría perfectamente ampliarse con un candidato potente como Aznar, ya que es del todo verosímil que una porción sustancial de los tres millones de electores situados en el extremo derecho de la escala se identifiquen más con el conservadurismo duro del expresidente que con el pragmatismo actual del PP, forzado al diálogo y a la contención verbal por el desenlace de las urnas. Sin olvidar que el expresidente podría arañar votos en espacios más centrados (hasta el 5) o entre los seis millones de ciudadanos que no se definen políticamente (aunque la mayoría tampoco vota).

A partir de ahí, el crecimiento potencial de esa hipotética marca de derecha aznarista podría apuntalarse sobre tres ejes perfectamente complementarios y, en algún caso, transversales. El primero sería el espacio ideológico natural de un Aznar radicalizado (es decir, muy distinto y distante del que pactó con Pujol en 1996), que, como se ha indicado, tendría un techo de aproximadamente tres millones de votos.

A la derecha del PP
A la derecha del PP (Alan Jürgens)

Sin embargo, esa nueva derecha podría explotar el vector identitario (es decir, el sentimiento de españolidad), algo que ya permitió al PP mantener un sólido suelo electoral frente a Rodríguez Zapatero, a cuenta de la reforma del Estatut. Concretamente, casi seis millones de electores de todas las ideologías se sienten única y por encima de todo españoles. El grueso en cifras absolutas se sitúa en el punto 5 (alrededor de 1.300.000 electores) o en la franja del no sabe/no contesta (otro millón largo). Pero si se acota el sentimiento de españolidad radical al espacio de centroderecha y derecha (votantes que se ubican del 7 al 10 y que serían los que menos contradicciones ideológicas exhibirían con ese hipotético partido de Aznar), entonces la cifra se reduce a algo más de un millón de electores (o a casi dos millones si se incluyen aquellos situados en el punto seis).Eso sí, el desenlace del conflicto catalán puede modificar las lealtades partidistas de estos electores.

Ahora bien, un partido de derecha radical podría explotar un tercer vector para la captación de votos: la inmigración. Y aunque nadie se imagina en España a monsieur (ahora madame) Le Pen, el porcentaje de ciudadanos que consideran que el número de extranjeros es excesivo se acerca nada menos que al 40%; es decir, más de 13 millones de electores. De esa cifra, algo más de tres millones y medio se sitúan en la izquierda; otros tres millones y medio en el centro (el punto 5) y dos millones y medio entre el centroderecha (punto 6) y la extrema derecha. Los otros tres millones y medio restantes se localizan en el grupo de los que no saben/no contestan.

En definitiva, el voto potencial que anida en el rechazo a la inmigración supera el mejor registro electoral de PP y PSOE, aunque si esa actitud se expresa en sintonía con un proyecto ideológico de derecha sin centro, la cifra cae por debajo de los dos millones de electores posibles (o sea, de quienes creen que hay demasiados inmigrantes y, al mismo tiempo, se sitúan entre el 7 y el 10 de la escala ideológica). Por último, la cifra de votantes del PP, el PSOE, C’s o la nueva izquierda que podrían entrar en conflicto con sus respectivos partidos por la política de inmigración (al considerar excesivo el número de extranjeros), se eleva a casi ocho millones de electores (y la mitad corresponden al PP).

En definitiva, la horquilla de voto potencial es lo suficiente amplia como para animar a un inconformista a emprender una nueva aventura electoral, pero quizás demasiado incierta –y exigua en algún supuesto– para quien ha disfrutado ya de las mieles de la mayoría absoluta, como José María Aznar López.


LA ENTRADA MÁS VISITADA DEL BLOG EN 2016: ¿POR QUÉ A LOS CATALANES LES LLAMAN POLACOS?

diciembre 31, 2016

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Esta entrada ha sido este año la más visitada del blog. Publicada en el 2012 y reeditada el 2014, solo este año ha tenido más de 5.700 visitas.

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CATALUÑA HA SIDO EL PIAMONTE DE ESPAÑA PRIMERO, POLONIA DESPUÉS Y HOY ES SU ESCOCIA. Así lo hemos analizado en un artículo en el diario catalán Ara (30/XI/2012), cuya lectura recomendamos para entender la diferente percepción de Cataluña en España. Su acceso es gratuito previo registro clicando aquí.

De los calificativos señalados en el artículo el más llamativo y menos conocido es el de “polacos”. ¿Pero cuál es su origen?

España: “la Polonia del mediodía”

El origen de su carga peyorativa en relación a los catalanes es incierto y posiblemente remite a su uso político iniciado en la España del siglo XIX, que conoció un largo y cambiante recorrido. Según un brillante y documentado estudio del historiador Juan Fernández-Mayoralas ( “La Polonia del mediodía: un tópico polaco en la historia española”, 2002), la identificación de España con Polonia se difundió durante el Sexenio Democrático (1868-1874), cuando el país temió convertirse en la “Polonia del mediodía” ante la combinación de inestabilidad política, injerencia de potencias extranjeras en los asuntos internos y la amenaza de ruptura de su integridad territorial.

El Sexenio Democrático y el miedo a ser Polonia

Independencia de Cuba, revista la flaca,1873_Ésta última llegó a su cenit tras proclamarse la Primera República en 1873 y sus gobiernos se vieron obligados a combatir en tres frentes: una nueva contienda carlista,  una insurrección cantonal y un levantamiento en Cuba (arriba, caricatura sobre el mismo de La Flaca).

Fernández-Mayoralas describe cómo cuajó el temor a que España deviniera una nueva Polonia trazando un amplio y sugerente fresco internacional. Reproducimos una larga cita de su argumentación por su interés ilustrativo:

[…] Si Francia, “vanguardia de la raza latina”, se sentía insegura ante su futuro tras la amputación de Alsacia-Lorena [tras la victoria prusiana], ¿qué podía esperar España, pobre, atrasada e inestable, agitada por la revolución y asolada por la guerra civil? Tan generalizada estaba entonces la creencia en su irremediable decadencia, tan aceptada la idea fatalista de que las naciones estaban sujetas ciclos inexorables, que mientras los españoles temían ser la “Polonia del Mediodía”, el estado mayor prusiano, eufórico por la victoria, soñaba con que Francia sería pronto una “segunda España”.

Para los observadores del siglo XIX, resultaba evidente que la España de 1872 se parecía mucho a la Polonia de 1772. Cuando ejercía la hegemonía en la marca oriental de Europa, Polonia tuteló la infancia de las potencias que habrían de acabar con ella. Los reyes polacos concedieron un título real a sus vasallos, los marqueses de Brandenburgo; los dominios polacos llegaban al mar Negro cuando el señor de Moscú era un régulo oriental; en 1683 un polaco salvó la capital de los Habsburgo de la suerte de Constantinopla. Sólo una decadencia biológica o una degeneración moral podía explicar que un siglo después pereciese desmembrada, minada por los vicios de la monarquía electiva y víctima del egoísmo de sus notables, siempre dispuestos a solicitar ayuda extranjera para solventar sus diferencias. También aquí se achacaban los males de España a la división interna, a la incapacidad de los partidos para sacrificar los intereses de su facción al bien común; también aquí se temía la intervención extranjera.

La búsqueda de un candidato para el trono español recordaba las intrigas que habían sentado a un sajón sobre el polaco, comienzo de su rápida decadencia. En muchos aspectos, los españoles de 1872 se sentían tan humillados como los polacos de 1772: tras dominar Italia durante siglos, tendrían ahora por rey al vástago de una casa ducal despreciada por la aristocracia hispana; después de haber sido por largo tiempo una potencia de primer orden, veían que ahora otras naciones intervenían con descaro en sus asuntos internos, lanzaban vetos y amenazaban con “poner orden”. Aquellas ex-colonias inglesas que un día se emanciparan con ayuda de Carlos III pretendían ahora arrebatar a España, descubridora y conquistadora de las Americas, los últimos jirones del que un día fuera el mayor de los imperios. Lejanos, olvidados los esplendores de antaño, los españoles del siglo XIX se sentían atrasados e ignorantes respecto a las “naciones cultas”. A finales del siglo XVIII los poderosos pronunciaron una terrible sentencia: Finis Poloniae ¿Había llegado el momento del Finis Hispaniae? En esta crucial encrucijada, en esta hora decisiva de la evolución del nacionalismo español, un espectro recorría la Península: era el fantasma de los repartos de Polonia.

El catalanismo mira hacia Polonia con admiración

PratDespués de que España superara este momento crítico, la referencia a Polonia persistió y marcó a los nacionalismos periféricos emergentes, en la medida que era un modelo a seguir por estos: se trataba de “una nación vital, con una cultura floreciente, capaz de suplir con patriotismo la carencia de un Estado”. 

En el caso del catalanismo, señala Fernández-Mayoralas, Polonia fue asumida como referente explícito por Enric Prat de la Riba (en la imagen) “como demostración de la eternidad y santidad de las patrias”, tal como reflejó ya en 1894 su Compendi de doctrina catalanista:

¿Qué diferencia existe entre el Estado y la patria? El Estado es una entidad política artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. Lo primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas. ¿Qué ejemplo de la historia contemporánea hace palpables estas diferencias? El de Polonia. El Estado polaco murió cuando los ejércitos de Austria, Rusia y Prusia la descuartizaron; pero Polonia continuó y continua siendo la única patria de los polacos.

La posguerra: ¿Cataluña ocupada como Polonia?

En este contexto, ignoramos cuando la identificación positiva entre Cataluña y Polonia devino peyorativa en el ámbito español, pues la investigación mencionada no aborda esta cuestión. No obstante, dado que el uso despreciativo del término “polaco” aplicado a los catalanes se difundió bajo el franquismo no se puede descartar que en medios castrenses se equiparase a la Cataluña ocupada por las fuerzas sublevadas en enero de 1939, cuando era cercano el fin de la Guerra Civil, con la Polonia ocupada y dividida entre rusos y alemanes en septiembre del mismo año.

El antropólogo Roger Costa así lo ha planteado en la revista Sàpiens, aunque es una mera hipótesis. Lo formula en estos términos: “ambos hechos [la ocupación de Cataluña y la de Polonia] se habrían equiparado en ambientes militares durante la posguerra y ello habría dado pie a este uso estigmatizador de la palabra polaco aplicada a los catalanes”.

caída de barcelona

Las autoridades franquistas despliegan una bandera española en la Generalitat.

Sin embargo, debe remarcarse que el uso de esta palabra [polaco] como insulto no se generalizó fuera de los cuarteles hasta la década de los setenta, quizás de forma paralela a la extensión de las manifestaciones populares y sin ambigüedades de afirmación catalanista en escenarios públicos”.

Tenemos pues, una cierta idea de cómo los polacos se convirtieron en “polacos” primero por voluntad propia y luego a su pesar, aunque no cesaron de ser vistos como unos potenciales regeneradores de España.

De Polonia como estigma a Polonia como identidad

La asociación de Cataluña con Polonia dio un nuevo giro en febrero del 2006, cuando comenzó a emitirse en TV3 un programa semanal de sátira política titulado Polònia (en inequívoca referencia a la alusión peyorativa de los catalanes como “polacos”), cuya parodia de líderes y partidos obtuvo un enorme éxito de audiencia.

Grafismo del programa de sátira política “Polonia”.

Hoy este programa es un referente y permite pensar que Polonia vuelve a ser un espejo de Cataluña, pero ahora muy distinto del que imaginó Prat, pues conforma una visión crítica e irónica de la realidad política catalana y la española. Es una reapropiación más del gentilicio que -visto lo hasta aquí expuesto- probablemente no será la única, como apunta el gag de este programa que reproducimos a continuación.

Gag de “Polònia” del 2007 en el que Franco muestra simpatías por la Polonia gobernada por los gemelos derechistas Jaroslaw y Lech Kaczynski.


EL VOTO OBRERO A LA ULTRADERECHA: ¿MUTACIÓN POLÍTICA O REAJUSTE ENTRE DEMANDA Y OFERTA POLÍTICA?*

diciembre 24, 2016

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Marine Le Pen en una intervención el primero de mayo (foto de AFP/Getty Images).

ES FÁCIL ATRIBUIR A UN APARENTE GIRO IDEOLÓGICO EL CAMBIO DE SIGNO POLÍTICO DEL VOTO EN FEUDOS ELECTORALES QUE HABÍAN SIDO DE IZQUIERDA. Sin embargo, la realidad que reflejan investigaciones y sondeos es mucho más compleja, especialmente de los sectores más castigados del mercado laboral, como los parados y los trabajadores no cualificados.

En este aspecto, la ultraderecha constituye un receptáculo de todas las protestas y capta votos de quienes ven amenazado su estatus o lo pierden, pero también de quienes ven frenada su ascensión social. Así, a finales de los años noventa se señaló que los  “perdedores de la modernización” (los desfavorecidos sociales, los grupos marginados, el “cuarto mundo” y los parados) no constituían de inmediato una clientela privilegiada para estas formaciones.

Un nuevo realineamiento político

En 2001, el historiador y politólogo Patrick Moreau ya advirtió que “el análisis de los casos alemán, francés, austríaco y valón demuestra que, en una primera fase, los parados más bien tienen tendencia a retirarse de la vida política y de la participación en la gestión de la ciudad. Su radicalización es lenta. En cambio, es evidente que los partidos populistas prosperan electoralmente gracias a los votos de los electores que, con razón o no, sienten que su estatus está amenazado”.[i]

Desde esta óptica, la extrema derecha, pues, sería más la manifestación de la creación de un nuevo medio político y social “que la expresión de sectores desclasados o en fase de desclasamiento”.[ii] De hecho, en las elecciones presidenciales francesas del 2012, Marine Le Pen captó un mayor apoyo de votantes clasificados como “no precarios” (37%) que de los “precarios” (23%).[iii]

Igualmente, a principios de este siglo también se constató que el nacional-populismo atrae inicialmente a obreros que comparten sus valores políticos y sociales. El apoyo proletario inicial a estas formaciones, pues, no reflejaba tanto una mutación súbita del electorado como un ajuste entre oferta y demanda en las urnas.

Por consiguiente, los votantes de la ultraderecha no procederían tanto de antiguos electores de izquierda, sino que serían electores que poseerían ya los valores ideológicos que tal voto requiere.[iv]

Un debate lleno de matices

Aunque todavía perdura este debate sobre si el sufragio obrero de la ultraderecha es resultado de un giro ideológico o de un ajuste entre oferta y demanda,[v] el caso francés parece reflejar un realineamiento electoral lento y lleno de matices. Así, el sociólogo Laurent Bonelli destaca que el abstencionismo ha sido importante en medios obreros porque los trabajadores no han acudido a las urnas al no sentirse capaces de “ocuparse” de la política en términos de conocimiento y de falta de competencia en este dominio.[vi]

Advierte que su conducta afecta de modo prioritario a los partidos de izquierda y crece de forma progresiva a causa de diversos factores, como “el efecto de la profesionalización política, del tránsito a una sociedad posfordista y del hundimiento de los modelos de referencia”.[vii] Bonelli destaca que el lepenismo se nutrió inicialmente de obreros que apoyaban a la Agrupación por la República [RPR] o que eran de derechas y se habían instalado en la abstención.

Al hacer eclosión el FN, derecha e izquierda centraron su discurso en torno a la seguridad ciudadana, lo que confirió mayor centralidad a esta temática y obtuvo un eco mediático tan amplio como influyente.[viii] Este escenario, subraya Bonelli, abrió un campo de oportunidades a candidatos de circunscripciones populares capaces de traducir políticamente las tensiones de quienes se sentían socialmente marginales, como fue el caso del FN.[ix]

En un reciente estudio, el politólogo Florent Gougou ha destacado que Francia no ha asistido tanto a una mutación del electorado como a la configuración de una tendencia de larga duración, iniciada con la eclosión política del FN en los comicios europeos de 1984, en los que obtuvo el 11% de los sufragios.

El voto obrero a este partido muestra un incremento prácticamente continuo en el primer turno de las sucesivas elecciones presidenciales celebradas desde entonces: 17.6% en 1988; 21.1% en 1995; 25.6% en el 2002; 15.6% en el 2007; 30.9% en el 2012. Además, recibe el apoyo de los obreros más jóvenes, que han crecido cuando Le Pen ya era un referente electoral, han asistido a los fracasos de los gobiernos de derecha e izquierda para acabar con el paro y se ubican a la derecha o se definen como “ninistas”, esto es, quienes no se sienten ni de derechas ni de izquierdas y votan contra los otros partidos, la clase política y el sistema.

La clave: perdedores y ganadores de la globalización

Tales datos ponen de manifiesto que el clivage derecha-izquierda ha sido sustituido por otra nueva línea de conflicto dominante: la que separa a los ganadores y los perdedores de la globalización. Para Gougou, pues, la irrupción institucional del FN inició un realineamiento del electorado obrero hacia la extrema derecha (algo común a numerosas democracias europeas) y conformó una dinámica de crecimiento progresivo y que ha conocido una renovación generacional.[x]

NOTAS

[i] Moreau, Patrick. 2001.  La temptació populista de dreta a Europa vista a través del cas de l’FPÖ: estat de cada lloc i interpretació sistèmica, Barcelona: Fundació Rafael Campalans, Papers de la FRC 127, p. 8.

[ii] Véase Minkenberg, Michael. 2001. “La nouvelle droite radicale, ses électeurs et ses milieux partisans: vote protestataire, phénomène xénophobe ou ‘modernization losers’?”. A Pascal Perrineau, dir. Les croisés de la société fermée. L’Europe des extrêmes droites. La Tour d’Aigues: Éditions de l’Aube, p. 398.

[iii] Mayer, Nonna. 2015. “Le plafond de verre électoral entamé, mais pas brisé” A Sylvain Crépon, Alexandre Dézé y Nonna Mayer dirs. Les faux-semblants du Front National. Sociologie d’un parti politique, París: Presses de Sciences Po: pp. 311-312.

[iv] Evans, Jocelyn. 2001. “Les bases sociales et psychologiques du passage gauche-extrême droite. Exception française ou mutation européenne?”. A Pascal Perrineau, dir. Les croisés de la société fermée. L’Europe des extrêmes droites. La Tour d’Aigues: Éditions de l’Aube, pp. 216-218.

[v] Sobre este debate, véase Gougou, Florent. 2015. “Les ouvriers et le vote Front National. les logiques d’un réalignement électoral”. A Sylvain Crépon, Alexandre Dézé y Nonna Mayer dirs. Les faux-semblants du Front National. Sociologie d’un parti politique, París: Presses de Sciences Po: pp. 323-328. Véase también Bonelli, Laurent. 2008. La France a peur. Une histoire sociale de l'”insecurité”. París: La Découverte, pp. 372-375.

[vi] Bonelli, Laurent. 2008. La France a peur. Une histoire sociale de l'”insecurité”. París: La Découverte, pp. 367-368.

[vii] Ibídem, pp. 368-369.

[viii] Id, pp. 372-376.

[ix] Id, pp. 370-371.

[x] Véase Gougou, Florent. 2015. “Les ouvriers et le vote Front National. les logiques d’un réalignement électoral”. A Sylvain Crépon, Alexandre Dézé y Nonna Mayer dirs. Les faux-semblants du Front National. Sociologie d’un parti politique, París: Presses de Sciences Po: pp. 335-343. La definición de votante “ninista” procede de Mayer, Nonna. 1999. Ces Français qui votent FN. París: Flammarion, p. 302.

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* Fragmento de nuestro estudio  ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha? Diez reflexiones para elaborar una respuesta, accesible en PDF clicando aquí.