APORTACIONES IMPRESCINDIBLES SOBRE EL FRENTE NACIONAL: LOS ÚLTIMOS ANÁLISIS DE LA FUNDACIÓN JEAN JAURÈS

mayo 7, 2017

A CONTINUACIÓN REPRODUCIMOS EL ANUNCIO DE LAS ÚLTIMAS APORTACIONES de la Fundación Jean Jaurès sobre el lepenismo. Destacan los análisis de politólogos, que efectúan textos concisos, solventes y actualizados. Ello hace de esta web un referente imprescindible para comprender la evolución y cambios experimentados por el Frente Nacional.

 

Fondation Jean Jaurès
PhotoLe FN à la loupe : nos derniers travaux      © photo : Kanyarat HUNZIKER
Le Front national à la loupe
Nos dernières analyses
Alors que débattront ce soir les deux candidats à l’élection présidentielle, retrouvez nos récentes productions sur le Front national, issues de réflexions de responsables politiques ou de travaux de chercheurs – particulièrement ceux de notre Observatoire des radicalités politiques qui, depuis sa création en 2013, est devenu une référence dans l’analyse des dynamiques radicales qui travaillent nos sociétés.

 

L’analyse du premier tour, conférence de presse de l’Observatoire des radicalités politiques pour les médias étrangers (vidéo, 25 avril)

Le militant d’extrême droite : militant de la violence, Stéphane François (note, 11 avril)

Son vrai visage. Témoignage sur le FN au Parlement européen, Pervenche Berès, préface de Jean-Christophe Cambadélis (essai, 13 mars)

2007-2017 : dix années de « marino-lepénisme », Nicolas Lebourg (note, 27 février)

Combattre le Front national par l’économie, Rémi Bazillier (vidéo, 1er février)

À droite du Front national, combien de divisions ?, Jean-Yves Camus (tribune, 10 janvier)

 

Sortie de l’euro, politique étrangère, histoire du FN… : retrouvez les autres travaux de la Fondation sur le sujet, ainsi que nos analyses du vote FN menées lors de cette campagne par l’Observatoire de l’opinion de la Fondation Jean-Jaurès.


LA IMPORTANCIA CRECIENTE DEL VOTO OBRERO A LA ULTRADERECHA

mayo 1, 2017

Reportaje de la visita de Macron y Le Pen a la fábrica Whirlpool.

LA DERECHA POPULISTA ACTUAL CUENTA CON UN AMPLIO VOTO OBRERO. Lo hemos analizado con detalle en un trabajo accesible en PDF de modo gratuito: ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha? Diez reflexiones para elaborar una respuesta (2015).

En la campaña electoral francesa este episodio ya se ha advertido en el distinto recibimiento que tuvieron los dos candidatos a la presidencia francesa cuando visitaron Whirlpool en Amiens el día 27 de abril. La empresa será trasladada a Polonia el año próximo, lo que implicará destruir 380 puestos de trabajo (pese a obtener beneficios). Mientras no faltaron serios abucheos a Emmanuel Macron, Le Pen gozó de una favorable acogida, como los medios de comunicación han difundido (lo refleja el video del inicio de este post).

En un extenso y documentado artículo reciente, el periodista y editor Manuel Florentín ha vuelto sobre esta cuestión: “El voto obrero de Marine Le Pen”, en www.huffingtonpost.es (17/IV/2017). En él cita nuestro estudio precedente y reitera la mayoría de sus planteamientos, aportando datos actualizados o novedosos que lo convierten en una lectura interesante. Por esta razón lo reproducimos a continuación.

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El voto obrero de Marine Le Pen

Bolonia, “Bolonia la roja”, bastión tradicional de la izquierda comunista italiana, en las municipales de 2016, la candidata de la Liga Norte alcanzó el 22,19 por 100 de los votos en una continua línea ascendente de este partido en dicha localidad. Simmering, barrio obrero y tradicional feudo izquierdista de “Viena la roja”, últimas presidenciales, ganó el FPO con el 42,9 por 100 de los votos: entre sus votantes había obreros locales y también inmigrantes. En Dinamarca, en 2015, el Partido Popular Danés siguió aumentando su porcentaje de voto obrero que supera el 21 por 100 cuando en 1979 era solo del 2. En Finlandia ocurre otro tanto hasta el punto de que Verdaderos Finlandeses se presenta como “el partido de los obreros sin socialismo”. En Holanda el Partido por la Libertad, de Geert Wilders, creado en 2006, tras la crisis de 2008 ha ido aumentando su implantación popular, siendo a veces el partido más votado de zonas humildes de localidades como Almere, Onderbanken, Volendam, el puerto de Róterdam…

En Francia, el caso de mayor recorrido histórico y el que más se ha estudiado, el Frente Nacional (FN) es el partido que actualmente obtiene más votos entre los trabajadores, entendiéndose por tal a obreros, mano de obra poco cualificada y clases bajas. En las últimas elecciones departamentales de 2015, el Frente Nacional obtuvo el 35 por 100 de los votos de los trabajadores, mientras que la derecha obtuvo el 31 y la izquierda el 32 cuando esta última tradicionalmente captaba el 70 por 100 del voto obrero, y aún en 1988 el socialista Mitterrand obtuvo el 59 (Libération, 2-11-2016). Cifras que rechaza el periódico comunista L´Humanité apuntando que ese alto porcentaje no es tanto porque los obreros voten al FN sino por la elevada abstención entre éstos: no especifica el porcentaje de abstención obrera, pero afirma que menos de un obrero de cada siete votó FN (“Moins d´un ouvrier sur sept a voté FN en 2015”, L´Humanité, 6-2-2017). Opinión refrendada por el candidato izquierdista Jean-Luc Mélenchon quien sostiene que el 60 por 100 de los obreros se abstiene “molestos con un sistema político y mediático que los margina” (Europe 1, 15-3-2017).

Dicho esto, la implantación del Frente Nacional, mayor o menor, entre el electorado de clase obrera ha sido progresiva. Según el politólogo francés Florent Gougou, el FN ha pasado de tener el 25 por 100 del voto obrero con Jean-Marie Le Pen a más del 30 con su hija: el 17,6 por 100 en 1988; el 21,1 en 1995; el 25,6 en 2002; cayó al 15,6 en 2007; y volvió a subir en 2012 con el 30,9 por 100 (VV. AA., Les faux-semblants du Front national, Sciences-Po, París 2015). Se ha asentado en viejos feudos comunistas como Tolón, Marsella, la región de Calais, el noreste de Francia, el cinturón rojo de París con Saint-Denis a la cabeza… Un fenómeno para el que el politólogo francés Pascal Perrineau acuñó el término de “gaucho-lepénisme”, o izquierdo-lepenismo (Pascal Perrineau, Le symptôme Le Pen, Fayard 1997).

Algunos analistas niegan la relación paro-ascenso de la extrema derecha y ponen como ejemplo que en la crisis de 2008, en países como España, Portugal o Grecia subió la izquierda y no la extrema derecha. En el caso francés sí hay cierta relación. En los departamentos en los que el desempleo es superior al 14 por 100, en 2015 el FN superó el 40 por 100 frente al 25 cosechado donde es inferior al 8 por 100. Zonas, las primeras, en las que se han dado deslocalización y cierres de fábricas (Challenges, 23-9-2016). Sirva de ejemplo el caso de Florange. En las últimas elecciones europeas el partido socialista llevó como cabeza de lista a Edouard Martin quien, pese a ser un conocido sindicalista de la región, obtuvo el 18 por 100 de los votos frente al 31 por 100 del candidato del Frente Nacional.

Según la politóloga francesa Nonna Mayer, en las elecciones de 2012, de entre el electorado sin estudios o con estudios básicos, el FN captó el 30 por 100 de los votos, mientras que solo obtuvo el 15 por 100 de los que tienen un título medio y un 7 por 100 de los poseedores de un título superior. Según Mayer votan más los trabajadores con riesgo a perder su nivel de vida y su puesto de trabajo que los parados de larga duración. En las elecciones de 2012, Marine Le Pen captó el 37 por 100 de los trabajadores con riesgo a perder su puesto de trabajo y solo el 23 por 100 de los que lo habían perdido todo (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks 27-2-2014; VV. AA., Les faux-semblants du Front National, Sciences-Po, París 2015) que se inclinarían por votar izquierda o abstenerse como manifiesta Mélenchon. También ha pasado en las dos últimas elecciones holandesas (“Dutch election: How the far right…”, The Telegraph, 17-3-2017).

A la captación de voto obrero, y este fenómeno no es únicamente francés, se une el paso de cuadros y militantes izquierdistas a estas formaciones, sosteniendo que lo hacen porque son las únicas que siguen defendiendo los derechos de los trabajadores. En la cúpula del FN, uno de los ideólogos del cambio de imagen entre el FN de Jean-Marie Le Pen y el de su hija es Florian Philippot: viene de las filas del exministro socialista Jean Pierre Chévénement. No es el único, ahí están entre otros los casos del histórico socialista Daniel Gest o el del trotskista y sindicalista de la Confederación General de Trabajadores Fabien Engelmann. Éste, en 2011, se pasó al FN y con él ganó la alcaldía de Hayangue con el 37,7 por 100 de los votos, enclave de la siderurgia de Lorena y feudo tradicional del comunismo y del socialismo francés.

“Los actuales nacional populistas europeos no solo captan el voto obrero, también el femenino cuando hasta no hace mucho éste era mayoritariamente masculino”.

Los actuales nacional populistas europeos no solo captan el voto obrero, también el femenino cuando hasta no hace mucho éste era mayoritariamente masculino. Por un lado, por la irrupción de mujeres al frente de estos partidos: Marine Le Pen en el Frente Nacional francés; Frauke Petry, en Alternativa para Alemania (AfD); Pia Kjaersgaard, fundadora del Partido Popular Danés y actual presidenta del Parlamento de Dinamarca. Por la visión diferente que tienen éstas, con respecto a la tradicional de estos partidos, sobre cuestiones como el divorcio, el aborto, la familia, la homosexualidad… Un factor muy importante en la captación del voto femenino es la mayor presencia islámica en nuestras sociedades y el rol que confiere a la mujer: el temor a que una mayor influencia islámica acabe con los derechos logrados hasta ahora en nuestras sociedades –en este sentido coincide con un aumento del voto manifiesto entre homosexuales hacia estos partidos–. Y, por último, y esto está vinculado al voto obrero, la transformación social que ha llevado a que un amplio sector femenino se vea sometido a duras condiciones laborales. En Francia, el 75 por 100 de los contratos a tiempo parcial son de mujeres.

Además del voto femenino, la extrema derecha también capta el voto juvenil, tanto obrero como no obrero: en el caso del FN, el 35 por 100 en 2015 entre las edades de 18 y 24 años (“Régionales: le Front National en tête chez les ouvriers et les jeunes”, PublicSénat,17-12-2015). En Francia se explica porque el joven ya no tiene presente la dictadura del mariscal Pétain durante la Segunda Guerra Mundial para asociarla con el FN como hacen los mayores. Según el politólogo Florent Gougou, son jóvenes que ya nacieron existiendo el FN y con él sus campañas contra la inmigración y su crítica a las “elites” políticas y económicas (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks, 27-2-2014). Jóvenes que nunca cambiaron su voto ya que muchos nunca votaron a la izquierda (“Front National: les raisons d´une ascension”, Sciences Humaines, 15-11-2013). En el caso de Austria, y sería válido para el resto de Europa, el politólogo Peter Filzmaier lo asocia al carácter antisistema de estos partidos que resulta más atractivo entre los jóvenes que entre el electorado de mayor edad (Libération, 16-5-2014).

En la línea de Gougou, algunos politólogos como Nonna Mayer ya habían apuntado como explicación a la captación del voto obrero por la extrema derecha a que se trata de una nueva generación de obreros los que votan al FN. Con ello niega que haya habido un cambio de voto del obrero y de paso argumenta, en contra del término de Perrineau de “gaucho-lepenisme”, que no hay tal “obrero-lepenismo” sino que siempre fue “derecho-lepenismo”: según una encuesta de 2012, el 49 por 100 de los trabajadores que votaron al FN se declararon de derechas, frente al 29 de centro y solo el 9 de izquierdas (“Le FN, parti des ouvriers?” Les Inrocks, 27-2-2014).

Pero el tema es más complejo. En los años ochenta los trabajadores que votaban por el entonces líder del FN, Jean-Marie Le Pen, manifestaban a la prensa que más que votar por el Frente Nacional lo hacían en contra de los partidos tradicionales de la izquierda: los socialistas de Mitterrand, los comunistas de Marchais… La razón: que sentían que ya no defendían sus intereses. Votaban al FN como voto de castigo, hoy se habla de voto de adhesión. No dudamos de que los que se autodefinen de derechas así se consideren, pero habría que ver también si alguno no se define de tal manera también como efecto rechazo a quienes se llaman de izquierda y que consideran que no defienden sus derechos. Lo cual no excluye el cambio generacional, el que no sean los mismos obreros y por lo tanto no han cambiado su voto, y que en algún caso, como dice Nonna Mayer (“Le FN, parti des ouvriers?” Les Inrocks, 27-2-2014) el “obrero lepenismo” sería “derecho lepenismo” ya que es cierto que comparten criterios con la extrema derecha en materia de inmigración o identidad nacional.

Aunque en este aspecto también hay controversias. Pascal Perrineau señala que los valores del votante de izquierda no siempre han coincidido con los que reivindican sus partidos, o si han coincidido hoy se verían como políticamente incorrectos. Apunta una encuesta de 1969 en la que los trabajadores, cuando votaban en un 80 por 100 a los partidos de izquierda, en un 71 por 100 opinaban que había “demasiados norteafricanos en Francia” y el 59 por 100 pensaba lo mismo con respecto de “españoles y portugueses”. También recuerda que en 1981, el secretario general del partido comunista, George Marchais, escribió al rector de la mezquita de París sobre la necesidad de que se “frenara la inmigración oficial y clandestina” para evitar que aumentara el paro, aunque especificando que lo que le movía era la “comunidad de intereses, la solidaridad de los trabajadores inmigrados. Todo lo contrario del odio y la ruptura”. Ese año varios alcaldes comunistas de distintas localidades destacaron por su actitud contra la acogida de inmigrantes extranjeros: en Vitry-sur-Seine se derribó un hogar de inmigrantes con palas mecánicas (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard, París 2014).

Se sitúa entre 1993 (según la Fundación socialista Jean Jaurès, Libération, 2-11-2016) y 1995 la fecha en la que se produce este giro del obrero hacia el FN y se basa en tres pilares: la “desobrerización” del discurso de la izquierda, ya no se habla del mundo obrero en campaña electoral; el cambio del liberalismo económico por el proteccionismo en el discurso del FN; y la renovación generacional del mundo obrero de la que ya hemos hablado (France Info, 16-3-2017).

“La clase trabajadora que no se socializa de la misma manera en lo que se llama la actual sociedad postindustrial, perdiendo el vínculo con los sindicatos y los partidos de izquierda tradicionales”.

La mayor parte de los estudiosos del ascenso de la extrema derecha dan como explicación a este fenómeno el miedo a la inmigración como competencia laboral, como mano de obra más barata, sobre todo después de la crisis económica de 2008; competencia también de cara a recibir prestaciones sociales de un Estado de bienestar que los recorta. Otros aspectos son la globalización que ha traído deslocalización de empresas y con ello paro y precariedad laboral; el malestar con el funcionamiento de la democracia; los escándalos de corrupción entre las “elites” políticas y económicas; y el desencanto con los partidos tradicionales de izquierda. En este último caso, porque estos partidos han gobernado y han aplicado las mismas políticas de austeridad económica de la derecha; por otro, porque no han sabido frenar el paro o generar puestos de trabajo; y, por último, porque, aunque no lo han fomentado, tampoco se han opuesto a la globalización y a la deslocalización de las empresas, lo que ha elevado el desempleo.

Otra de las explicaciones que se da es que los centros de trabajo no son como los de antaño: ya no hay tantas fábricas, se ha reducido el número de obreros industriales en favor del de servicios, se ha dispersado la estructura laboral en una economía globalizada en la que priman las multinacionales, lo que ha reducido las “solidaridades obreras” (Où en est le vote ouvrier?, Fondation Jean Jaurès, París, 8-1-2013). La clase trabajadora que no se socializa de la misma manera en lo que se llama la actual sociedad postindustrial, perdiendo el vínculo con los sindicatos y los partidos de izquierda tradicionales. La sustitución de los contratos indefinidos por los temporales, el trabajo autónomo, o en casa, y la precariedad laboral han conllevado una caída de la sindicación y la militancia en los partidos de izquierda y con ello la canalización del voto obrero hacia éstos. Según una encuesta de Ifop para el periódico comunista francés L´Humanité, en las últimas elecciones el 13 por 100 de los asalariados votó a la izquierda frente al 32 al FN; el 18 “próximos a un sindicato” votó izquierda” frente al 29 al FN; y el 35 de los militantes del sindicato CGT, próximo al partido comunista, votó a la izquierda frente al 27 que lo hizo al FN (L´Opinion, 12-1-2016).

Según Pascal Perrineau, la extrema derecha ha asumido aparentemente la defensa del Estado de bienestar, el FN reclama proteccionismo, intervencionismo económico del Estado y garantizar los servicios públicos (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard París 2014). Une valores sociales de izquierda con valores políticos de la derecha como el orden y la autoridad (Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg, Les Droites extrêmes en Europe, Seuil, París 2015). En palabras del politólogo Peter Filzmaier, y en el caso de Austria, el FPO tiene “una política migratoria de derechas y una política social de izquierdas, a veces mucho más a la izquierda que la socialdemocracia en algunos puntos, lo que atrae a electores desencantados con los socialdemócratas” (Libération, 16-5-2014). En el caso de Dinamarca, en 2015, el Partido Popular Danés basó su campaña en prometer una subida del 0,8 por 100 del gasto público, invertir más en servicios públicos, mejorar los subsidios de desempleo; es decir, preservar el Estado de bienestar: según el politólogo Ove K. Pedersen fue el partido que más hincapié hizo en la política social lo que le llevó a manifestar, aunque irónicamente, que estamos ante “un partido de extrema derecha socialdemócrata” (Politiken, 30-4-2016).

Otro factor que explica el voto obrero entre la extrema derecha está en la composición de los cuadros y cargos electos de los partidos actuales de izquierda: ya no forman parte de la clase trabajadora como antaño sino a la clase media alta, cuadros bien remunerados o funcionarios (profesores universitarios) con los que los trabajadores no se identifican ya que sienten que no defienden sus intereses al no conocer sus problemas porque no están a pie de calle, no viven en sus mismos barrios, no sufren la inseguridad social de algunos de éstos, tampoco corren peligro sus puestos de trabajo ni sus patrimonios. “Los roces se producen por la convivencia, los ricos no conviven con los inmigrantes”, decía en La Sexta el profesor Antonio Izquierdo (La Sexta 5-3-2017). Según Luc Rouban y Martial Foucault, del Cevipof, entre 2010 y 2015, el FN tuvo un 29,3 por 100 de cargos regionales electos de extracción obrera frente al 24,4 de la izquierda (Le Monde, 27-9-2016).

Ello provoca desafección como recuerda el profesor Xavier Casals, que la izquierda deje de ser considerada como tal en buena parte de lo que fueron sus feudos tradicionales y que se acuñen términos peyorativos como “casta” tan popular en nuestras tierras en los últimos años aunque aquí no de la mano de la extrema derecha (Xavier Casals, ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha?, ICPS, Barcelona 2015). Pascal Perrineau sostiene que el aburguesamiento social y cultural de la izquierda en Francia ha dejado fuera de su universo ideológico los discursos sobre la inmigración, el orden o el énfasis de lo nacional en relación a otros grupos (Pascal Perrineau, La France au Front, Fayard París 2014). Hace treinta años, los temas de las campañas electorales de la izquierda francesa, y europea en general, eran económicos: redistribuir la riqueza, subida salarial, intervención del Estado en la economía… Hoy han quedado relegados por otros temas sociales, no menos importantes, pero que hacen sentir a la clase trabajadora que se desestiman sus intereses: inmigración, multiculturalismo, defensa del medio ambiente…

“La principal razón por la que algunos obreros han dejado de votar a la izquierda es simplemente porque sienten que ésta no defiende sus derechos ni sus intereses, sus puestos de trabajo”.

Decía recientemente en El País el profesor Daniel Innerarity con motivo de la victoria de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos y el factor de la diversidad cultural: “Existe un tipo de persona progresista que se siente cosmopolita y moralmente superior porque se eleva por encima de sus intereses cuando en realidad sus intereses no están en juego y los que son sacrificados son los intereses de otros, más vulnerables, más en contacto con las zonas en conflicto. Hay una forma de arrogancia e hipocresía en las élites multiculturales porque su experiencia de la alteridad se reduce a encuentros agradables en el bazar de la diversidad (en el consumo, la diversión o como mano de obra barata). Son élites que no sienten la inseguridad física en sus barrios ni la inseguridad laboral en sus puestos de trabajo. Si la izquierda, los liberales o las élites no terminan de entender esto (salvo en cierto modo Sanders y Trump a su manera) es porque no tienen contacto ni con el mundo industrial ni con “los otros” y solo ven las ventajas de la globalización o los encantos de la diversidad” (Daniel Innerarity, “¿El final del multiculturalismo?”, El País, 16-2-2017).

En una línea similar apareció el año pasado en Estados Unidos el libro Listen, liberal, de Thomas Frank, cuyo mensaje a los seguidores y cuadros del Partido Demócrata estadounidense –en su día “el Partido del Pueblo”– es que si quieren saber por qué han perdido en gran parte el voto de la clase media y obrera deben mirar dentro de sí mismos. Les acusa de haberse olvidado de los intereses de aquellos yendo de vacaciones a Martha´s Vineyard y hablando de lo saludable que es ir en bicicleta, de los “TED talks”, de las universidades privadas, de los microcréditos y que la desigualdad se soluciona con políticas educativas que promuevan la innovación, mientras crece la desigualdad económica entre sus niveles de vida y la de los que se supone que defienden. En este sentido también es interesante el libro de Steve Fraser The Limousine Liberal.

Podemos justificar el rechazo obrero a la izquierda tradicional porque se haya derechizado parte de la clase trabajadora como dicen algunos analistas como Nonna Mayer; o porque la clase trabajadora ya no es como la de antaño ni se socializa igual en la sociedad postindustrial. Pero la principal razón por la que algunos obreros han dejado de votar a la izquierda –ya sea porque voten FN o porque se abstengan en un 60 por 100 como dice Jean-Luc Mélenchon– es simplemente porque sienten que ésta no defiende sus derechos ni sus intereses, sus puestos de trabajo, como sostiene la izquierdista Fundación Jean Jaurès que niega tal “derechización” de la clase obrera (Où en est le vote ouvrier?, Fondation Jean Jaurès, París, 8-1-2013). Lo que además rompe con la tradición y razón de ser de la propia izquierda; con la idea, en palabras de Gramsci, de que “el Partido Comunista representa la totalidad de intereses y aspiraciones de la clase obrera” (Antonio Gramsci, Escritos, Alianza, Madrid 2017). Como recordó el politólogo francés Florent Gougou en unas jornadas organizadas en 2014 por la Fundación Jean Jaurès para abordar la fuga de votos hacia la extrema derecha: “los partidos de izquierda se formaron sobre la idea de la emancipación de la clase obrera, el voto obrero forma parte de su ADN, razón por la que este fenómeno pone en cuestión su propia identidad” (“Le FN, parti des ouvriers?”, Les Inrocks, 27-2-2014).

Como colofón, de cara a las próximas elecciones francesas, según las encuestas del Ifop para la Fundación Jean-Jaurès, Elabe para BFMTV y la de Cevipof, Marine Le Pen recibiría el voto del 44 por 100 de los obreros –además del 35 por 100 de los empleados y otros tantos de los agricultores–, el candidato de izquierdas Jean-Luc Mélenchon obtendría el 17, el exministro del gobierno socialista Emmanuel Macron el 15, el socialista Benoît Hamon el 12, el derechista François Fillon el 7 y la extrema izquierda el 3 en el caso de Philippe Poutou del Nuevo Partido Anticapitalista y el 2 en el de Nathalie Arthaud de Lucha Obrera. Si sumamos los votos de izquierda tendríamos el 34 por 100, y el 49 si quisiéramos añadirles los de Macron. Aún así, el FN seguiría siendo como fuerza individual el partido con más votos entre la clase obrera (Europe 1, 15-3-2017, L´Opinion, 27-3-2017 y BFMTV, 21-2-2017). Un motivo para seguir reflexionando sobre la sociedad que estamos construyendo.


EL UNIVERSO LEPENISTA EN CINCO ARTÍCULOS*

abril 24, 2017

CUANDO MARINE LE PEN SE PREPARA PARA LA SEGUNDA VUELTA DE LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES… ¿Podemos resumir el universo lepenista en unas pocas referencias documentales?

La bibliografía sobre el Front National [FN] lepenista es ingente y difícil de reducir a cinco aportaciones por muchas razones, de las que citamos a continuación las que consideramos más importantes y aconsejamos una lectura al respecto en cada una de ellas.

1. Partido, pero también empresa familiar

Es ilustrativa y gráfica la aproximación a la familia Le Pen en 37 imágenes que recientemente publicó L’Obs: “La saga familiale de l’entreprise Le Pen”.

En primer lugar, el FN es un partido creado en 1972 y cuenta, por consiguiente, con 45 años de historia con la particularidad de constituir una marca corporativa dinástica: “Le Pen”. Ambos rótulos son indisociables: sin conocer a la familia no es posible conocer al partido (incluyendo el portazo de una de las hijas, Marie-Caroline Le Pen, al sumarse a una escisión en 1998). De hecho, hoy en su liderazgo conviven ya tres generaciones: el padre, Jean-Marie; su hija Marine y una nieta, Marion.  

2. ¿Podemos hablar de “nuevo” y “viejo” lepenismo?

En segundo lugar, porque su evolución ha sido compleja, pasando de ser un partido “antisistema” en la etapa guiada por Jean-Marie Le Pen a un partido deseoso de reemplazar a la derecha conservadora bajo el liderazgo de su hija. Tal afán ha conducido a realizar una compleja evolución a Marine Le Pen con un afán “desdiabolizador”, que -según distintos expertos- no ha variado substancialmente los ejes ideológicos profundos del lepenismo. Es interesante al respecto este apunte periodístico de las tesis del politólogo Alexandre Dézé (uno de quienes subraya que no hay cambios esenciales en la ideología): “Cinq idées reçues sur le “nouveau” Front National”.

3. El gran logro: crear una ultraderecha ecuménica

En tercer lugar, porque el FN ha sido una formación que ha logrado devenir un “partido ecuménico” del ámbito de la extrema derecha, lo que ha permitido a la formación agrupar y convivir en ella a distintos sectores de este espectro, como “identitarios”, legitimistas y también seguidores de la Nouvelle Droite o gaullistas desencantados.

Es difícil hallar síntesis breves que expliquen este proceso, pero es sumamente interesante y bien elaborada la que publicó Jean-Yves Camus, uno de los más relevantes expertos en el FN, traducida al catalán en la revista L’Espill en 2011, accesible en PDF (pp. 92-101) en un dossier sobre la derecha populista europea: “El Front National: entre la normalització democràtica i la força antisistema”.

4. El apoyo obrero al lepenismo, un largo debate

En cuarto lugar, desde que el FN hizo su eclosión institucional en los comicios europeos de 1984, en los que obtuvo un 11% de los votos y un 10 escaños en Estrasburgo, se ha integrado en el paisaje político francés y se ha normalizado. De este modo, hoy ya no se alude tanto a “mutaciones” del electorado, pues numerosos votantes han crecido en un marco político en el que el FN era una opción más y se han alineado con sus líderes y discursos.

En este sentido, la procedencia de su importante voto obrero es objeto de un importante debate académico. Puede accederse a una aproximación reciente al tema en un opúsculo que recoge intervenciones de expertos que plantean si estos sufragios son resultado de un cambio de apoyo de la izquierda a la ultraderecha o el resultado de una larga tendencia: Le Front National et les ouvriers: longue histoire ou basculement?

5. La geopolítica frentista y el tema ruso

En quinto lugar, porque sus conexiones internacionales han variado con el tiempo y han sido complejas. De este modo, el FN ha tenido una ONG como SOS Enfants d’Irak o lazos con la Rusia de Putin. Igualmente, ha articulado liderazgos políticos en Estrasburgo y proyectos europeos como Euronat. ¿Cuál es, pues, la geopolítica del lepenismo? Aconsejamos al respecto leer las intervenciones de un debate al respecto recogido en el opúsculo La politique étrangère du Front National.

En él, por ejemplo, Jean-Yves Camus, destaca que en la relación entre lepenismo y “putinismo” se ha confundido la causa con el efecto: la financiación del partido por parte de bancos rusos no es la causa del apoyo lepenista a Putin, sino la consecuencia de que el lepenismo considere que el proyecto ideológico y social del gobierno de Putin sintoniza con el que eventualmente podría instaurar el FN en caso de llegar al pode

Un sitio web a tener en cuenta

Para concluir, aconsejamos al lector o lectora capaz de leer en francés las muy interesantes publicaciones y aportaciones on-line sobre el lepenismo del Observatoire des Radicalités Politiques de la Fondation Jean Jaurès: trabajos académicos solventes de carácter sintético y en su mayor parte asequibles en PDF de forma gratuita que ofrecen una información actualizada del universo lepenista.

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* Artículo publicado originalmente como “El universo lepenista en cinco artículos… según Xavier Casals” en www.agendapublica.es (23/IV/2017)


LA DERECHA POPULISTA Y LOS JUDÍOS: ACTITUDES AMBIVALENTES

abril 16, 2017

Redada del Velódromo de Invierno en París (imagen de www.lasegundaguerra.com).

TRAS LOS ATENTADOS DEL 11-S DEL 2001 LA DERECHA POPULISTA INICIÓ UN LENTO GIRO ISLAMÓFOBO. El reverso de este giro fue que su antisemitismo se diluyó en el discurso oficial por dos razones.

Una es la máxima “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. En este sentido,  el giro islamófobo no solo ha otorgado renovado valor las “raíces cristianas” de Europa (criticadas en los años setenta y ochenta por discursos “neopaganos” surgidos de la llamada Nouvelle Droite), sino también al Estado de Israel. De ahí que una legación de líderes de este espacio político viajara a este país en diciembre de 2010 a entrevistarse en su parlamento con políticos ultraortodoxos. El dirigente de Interés Flamenco, Filip Dewinter, fue explícito sobre el sentido de aquel encuentro en Tel-Aviv: “El conflicto árabe-israelí ilustra la lucha entre la cultura occidental y el islam radical”, manifestó.

La otra razón es que la “desdiabolización” de este espectro ideológico para ampliar su electorado y normalizar su presencia política pasa por eliminar el antisemitismo de su discurso, pues le vincula a la tradición nazifascista.

Tres actitudes ambivalentes

En este marco, en los últimos días desde la órbita de la derecha populista se han efectuado declaraciones que han traslucido actitudes ambivalentes y complejas en relación al genocidio judío en EE.UU., Alemania y Francia.

Estados Unidos

El portavoz de Donald Trump en la Casablanca, Sean Spicer, tras un ataque con armas químicas efectuado en Siria el 7 de abril,  comparó al presidente Bachar el-Assad  con el líder del nazismo y dijo que era peor que Adolf Hitler, quien “ni siquiera se rebajó a usar armas químicas”. Pasó así por alto que el dictador alemán utilizó cámaras de gas para asesinar a millones de ciudadanos alemanes judíos. Posteriormente Spicer pidió disculpas:  “Francamente, por error hice una referencia inapropiada e insensible al Holocausto, con el que no cabe comparación”.

El caso sería anecdótico si no existiera un precedente llamativo sobre la cuestión que tuvo lugar el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto el 27 de enero. Entonces Donald Trump emitió un comunicado que no incluyó los términos “judíos” o “antisemitismo”, que sí utilizaron sus antecesores como Barack Obama o George W. Bush al participar en aquel homenaje.

Alemania

La líder de Alternativa para Alemania [AfD], Frauke Petry, afirmó el pasado 6 de abril que su partido era “uno de los pocos garantes políticos de la vida judía, también en tiempos de una migración antisemita ilegal hacia Alemania”.  Sus declaraciones eran una respuesta a las de Charlotte Knobloch, expresidenta del consejo central judío en Alemania y actual presidenta de la comunidad judía de Múnich, quien manifestó que “AfD es una desgracia para nuestro país y la comunidad judía no lo considera un partido al que poder votar”.

Para entender la polémica es importante tener presente que en enero un dirigente de AfD , Björn Höcke, calificó de “vergüenza” el monumento a las víctimas del Holocausto de Berlín y cuestionó también en una entrevista que Hitler hubiese sido un “malo absoluto”. Asimismo, en septiembre de 2016 la propia Petry sugirió volver a utilizar un término de claras connotaciones hitlerianas: Völkisch.

Francia

Marine Le Pen creó una controversia política en plena campaña presidencial el 11 de abril al manifestar que “Francia no fue responsable del Velódromo de Invierno”. “Si hubo responsables, fueron quienes estaban en el poder en la época, y no Francia”. Aludió así a la gran redada antisemita que tuvo lugar entre el 16 y 17 de julio de 1942 y que supuso la concentración en el parisino Velódromo de Invierno o Vel d’Hiv de 13.000 judíos, de los que solo unos cientos sobrevivieron. Le Pen hizo estas declaraciones amparándose en otras precedentes de –entre otros personajes- los expresidentes Charles De Gaulle y François Mitterrand.

Estas manifestaciones lepenistas generaron una polémica en la medida que –como ha señalado el corresponsal de La Vanguardia, Rafael Poch- hay un matiz entre la posición de De Gaulle y Mitterrand y la suya: ambos cancilleres afirmaron “que la República Francesa no fue responsable de aquello, porque se encontraba en el exilio o en la resistencia, no en el poder”. Sin embargo Le Pen “no habla de la República, como régimen, sino de ‘Francia’ como país, lo que se parece a un revisionismo históricamente defectuoso”.

Posiblemente Le Pen, al recurrir a estas declaraciones, ha pretendido animar su campaña con un discurso exculpatorio de la nación (en contraste a las declaraciones del presidente Jacques Chirac, quien en 1995 aludió a la “responsabilidad de Francia”). Con ellas quizá aspira a sintonizar con el orgulloso nacionalismo de sus seguidores, pero también pueden interpretarse como un guiño a su electorado más radical y de tradición ideológico neofascista, que es el área de procedencia del Frente Nacional.

Conclusión: el pasado aún pesa

De esta casuística se deduce que el genocidio judío, pese a los afanes de “desdiabolizar” la imagen de la derecha populista, aún continúa siendo una referencia de su discurso. El pasado todavía aflora en referencias erráticas, contradicciones, interpretaciones de la historia u omisiones y rehabilitaciones de vocablos significativos.


TENSIONES EN EL SENO DE LA DERECHA POPULISTA ALEMANA: AFD CONOCE MOMENTOS DIFÍCILES

abril 10, 2017

Frauke Petry, líder de AfD.

ALTERNATIVA PARA ALEMANIA [ALTERNATIVE FÜR DEUTSCHLAND, AFD] EXPERIMENTA NOTABLES TENSIONES INTERNAS. Pese a los resultados electorales cosechados hasta ahora (de los que hemos informado en este blog, 1, 2 y 3), un aparente descenso de sus expectativas electorales en los comicios legislativos previstos en septiembre, el liderazgo de la formación populista atraviesa dificultades.

A continuación, reproducimos una interesante crónica de Luis Doncel publicada en El País (31/III/2017) que retrata el panorama reinante.

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Lágrimas, amenazas y guerras internas desgarran a los ultras alemanes

La líder de AfD sugiere un posible abandono del partido días después de romper a llorar en una reunión

Era la imagen de la victoria. Frauke Petry, copresidenta de Alternativa para Alemania (AfD), sonreía ante los aplausos y banderas que ondeaban en la ciudad de Coblenza. Reforzada por el triunfo de Donald Trump en EE UU y acompañada por los que presentaba como líderes de la nueva Europa –la francesa Marine Le Pen y el holandés Geert Wilders-, la jefa de los ultras alemanes se sentía el pasado enero impulsada por los vientos de la historia.

Dos meses más tarde, la situación parece muy distinta. No solo porque Wilders se quedara por debajo de sus expectativas. AfD vive momentos convulsos. Peleas internas, salidas de tono de líderes que coquetean con el nazismo y las renovadas fuerzas de los socialdemócratas han restado apoyo a los populistas de derechas. Y ahora Petry, la cara más conocida del partido, insinúa que podría abandonar el barco.

“Ni la política ni AfD son para mí la única alternativa”, aseguró Petry en una entrevista con el diario berlinés Tagesspiegel. La pujante líder de la derecha de la derecha alemana defiende la necesidad de replantearse la vida en determinados momentos. Y ella lo hace ahora. “Tras más de cuatro años en AfD que han supuesto un enorme esfuerzo y han obligado a despedirme de una vida ordenada”, dice la mujer que aspiraba a convertirse en la Le Pen alemana.

Tras la tormenta generada por estas palabras, Petry desmintió que baraje abandonar la política. Sus rivales internos se apresuraron a criticarla por lo que entienden se trata de una amenaza velada para salirse con la suya en el próximo congreso que deberá decidir quién lidera la lista en las elecciones. “Son palabras poco reflexionadas. No me las tomo en serio”, dijo uno de sus enemigos acérrimos.

No se trata de un exabrupto aislado. Faltan solo seis meses para las elecciones federales, y los ultraconservadores antiinmigración no se han puesto de acuerdo sobre quién encabezará el partido en la campaña. Petry aspiraba a ser la número uno, pero sus rivales han dejado claro que habrá más de un cabeza de lista. Y todavía no han decidido quién. Hace solo unos días que Petry rompió a llorar en un congreso regional del partido en el que la facción rival la criticó duramente. Las imágenes de esta mujer embarazada de su quinto hijo reflejaban bien hasta dónde llegan los navajeos en AfD.

Las luchas intestinas han acompañado a AfD desde su nacimiento. De hecho, Petry llegó a la cúspide del partido tras deshacerse de su fundador y hasta entonces líder, Bernd Lucke, que defendía un ideario conservador y eurófobo, pero alejado de guiños a la ultraderecha. Paradójicamente, Petry pasa ahora por lo que entonces sufrió Lucke. Es el sector más radical el que pretende destronarla.

La guerra interna subió un escalón en enero, cuando trascendió un discurso en el que Björn Höcke, representante del sector más ultra, criticaba el recuerdo constante de los horrores del nazismo. El monumento berlinés a las víctimas del Holocausto es, según este dirigente, algo vergonzoso. Petry –que también tuvo su polémica cuando defendió el uso del término völkisch, estrechamente ligado al nacionalsocialismo– aprovechó las críticas masivas contra este discurso que blanqueaba el periodo más negro de la historia alemana para tratar de deshacerse de un rival político. La cúpula del partido aprobó la expulsión de Höcke, pero esta todavía no se ha llevado a cabo.

Desde entonces, las encuestas reflejan una importante pérdida de apoyos. AfD, que el año pasado llegó a superar el 15%, rondaría ahora el 7%, según dos sondeos recientes. Es su nivel más bajo desde finales de 2015. Los resultados en las elecciones regionales de la semana pasada también supusieron una decepción.

AfD puede aún recuperar terreno perdido en los seis meses que faltan para el examen final. Y, pese al bajón de las últimas semanas, los de Petry tienen casi seguro convertirse en el primer partido a la derecha de los democristianos en entrar en el Parlamento federal desde la caída del nazismo. Pero la sonrisa que exhibía Petry en Coblenza rodeada de Le Pen y Wilders parece ya muy lejana.


EUROPA: LA REINVENCIÓN CONSTANTE DE LA ULTRADERECHA*

abril 3, 2017

Propaganda lepenista del Frexit o abandono de Francia de la UE.

MARINE LE PEN, DIRIGENTE DEL FRENTE NACIONAL, QUIERE SER CONOCIDA COMO “MADAME FREXIT”, en alusión a su afán de que Francia rompa con la Unión Europea (UE). Posiblemente superará la primera vuelta de las presidenciales francesas del 23 de abril y sus tesis tendrán amplio eco.

Asimismo, en Italia gana protagonismo en el debate público el “italexit”, pues la Liga Norte desea que el país abandone la UE y, a su vez, el complejo Movimiento 5 Estrellas quiere convocar un plebiscito para dejar el euro. Sin embargo, es poco conocido que el actual mensaje antieuropeísta que emite la ultraderecha ha coexistido con una larga tradición de exaltación de una Europa unida desde este espectro político.

Los sueños europeos totalitarios

De este modo, señala el historiador Roger Griffin, sectores del fascismo italiano ya defendieron un “fascismo universal” de carácter cultural, especialmente a través de la revista Antieuropa. Así, en 1931 el periodista Asvero Gravelli preconizó la ruptura con la “vieja Europa” burguesa para edificar una “nueva Europa” fascista: “Somos la Herejía de la moderna Europa (…). Instauraremos la unidad religiosa de Europa para fundar el retorno a los ideales”, afirmó.

Pero diversos factores, especialmente la emergencia de movimientos fascistas tutelados por Adolf Hitler, hicieron que el “fascismo universal” fuese desplazado por el ideal hitleriano de un “Nuevo Orden Europeo”. Bajo tal rótulo, señala el también historiador Mark Mazower, durante la segunda guerra mundial (1939-1945) no hubo tanto un proyecto detallado de organización del continente como el afán de crear una Europa al servicio del Reich. No obstante, señala que ciertos ámbitos nazis reflexionaron sobre un espacio económico continental con metas similares a las de la Comunidad Económica Europea creada en 1957.

Los ideólogos de la guerra fría

Derrotado el Eje en 1945, excombatientes hitlerianos aprovecharon el temor a una agresión soviética para presentar a las Waffen SS (unidades multinacionales de las SS que combatieron en el frente del Este) como una suerte de ejército europeo que actuó como la vanguardia de la lucha anticomunista. Tales discursos fueron reelaborados de distinta forma en la posguerra. De este modo, los discursos raciales que identificaban a la “Europa blanca” con la civilización occidental (lo que podía incluir a Sudáfrica) coexistieron con los geopolíticos.

Así, en 1949 Francis Parker Yockey, un extremista estadounidense nacido en 1917, publicó Imperium. Su ensayo pretendía continuar La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, y reivindicaba la unión de Europa “desde Gibraltar al cabo Norte y desde los promontorios rocosos de Galway hasta los Urales”. Creía que el continente debía defenderse de lo que consideraba un nefasto influjo sionista y norteamericano. Con tal fin, vio a los soviéticos como un enemigo menor y tuvo contactos con servicios de información del bloque comunista. Fundó también un efímero e irrelevante Frente Europeo de Liberación. Yockey se suicidó en 1960, tras ser arrestado y encarcelado en su país.

Sin embargo, la mayor popularización del europeísmo neofascista se debe al excolaboracionista belga Jean Thiriart (1922-1992). En 1963 fundó Joven Europa, una organización con sede en Bruselas que preconizó que el continente debía conformar un bloque político y económico unido y alternativo tanto al comunismo como al capitalismo. Lo expuso en ¡Arriba Europa! Una Europa unida: un imperio de 400 millones de hombres (1964). Su entidad desterró la nostalgia por el nazismo y adoptó como emblema la cruz céltica, que pronto se popularizó en la ultraderecha. Tuvo secciones en 11 países y hasta se planteó crear Joven América en América Latina, de ideario próximo al peronismo. Las tesis paneuropeas de Thiriart le llevaron a contactar con el ultranacionalismo que emergió en Rusia al desintegrarse la URSS en 1991.

La UE como diana, un hecho reciente

En definitiva, los discursos unitarios sobre Europa cuentan con una dilatada trayectoria en el seno de la ultraderecha. Es más, el editor John B. Judis ha destacado que en 1985
Jean-Marie Le Pen no se oponía a la UE al considerarla un medio para facilitar el dominio galo del continente y un baluarte anticomunista. Fue el mencionado colapso de la URSS lo que hizo que el lepenismo viera en la UE una entidad con fines propios y contrarios a la soberanía nacional.

La ultraderecha, pues, ha proyectado diversos esbozos de unidad europea, aunque hoy sus formaciones exalten la “Europa de las patrias” contra el “superestado” que quieren imponer las élites de Bruselas. Tales cambios obedecen a una razón simple: Europa ha sido y es aún su mito movilizador transnacional más poderoso.

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* Artículo publicado originalmente en El Periódico (2/IV/2017).


DON JUAN DE BORBÓN O EL MITO DEL PRETENDIENTE AL TRONO DEMÓCRATA

marzo 26, 2017

Acto de renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977.

ESTE AÑO SE CUMPLEN CUARENTA AÑOS  DE LA RENUNCIA DE DON JUAN A SUS DERECHOS DINÁSTICOS, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1977, un hecho sobre el que se suele pasar de puntillas porque empañaba la legitimidad de su hijo en el Trono.

Dado que tiende a reproducirse una biografía idealizada del mismo que le presenta como una alternativa demócrata a la dictadura de Franco, hemos considerado pertinente reproducir esta semblanza que publicamos en el 2007 al respecto.*

Como puede apreciarse a continuación, éste distó mucho de ser un demócrata rectilíneo. En general, tuvo una trayectoria política errática y oportunista, que le llevó a transitar por el autoritarismo, ya que su principal afán fue llegar a reinar. Quien esté interesado en más información al respecto, puede consultar nuestro ensayo Franco y los Borbones (2005). 

 

JUAN III: EL REY QUE NUNCA REINÓ

El pasado 14 de mayo se cumplieron treinta años de la renuncia de Don Juan de Borbón y Battenberg a sus derechos a la Corona en favor de su hijo Juan Carlos I. La efeméride no ha merecido conmemoración alguna porque ésta evidenciaría de nuevo las contradicciones iniciales que revistió la legitimidad dinástica del actual monarca: fue Rey de hecho desde noviembre de 1975, cuando fue proclamado como tal por las Cortes, pero no lo fue de derecho hasta que su padre hizo esta renuncia.

Esta situación explica las trabas que halló Don Juan para hacerla como deseaba: con una vistosa ceremonia en la cubierta del Dédalo, ante el ataúd de Alfonso XIII. Su propuesta fue desestimada por temor a realzar un acto que podía crear confusión en la opinión pública. La reina Sofía defendió que la renuncia “se hiciera simplemente por carta” y Torcuato Fernández-Miranda afirmó que no debía producirse, pues “significaba enmendarle la plana al régimen”.

Don Juan no era el primogénito de Alfonso XIII, sino su tercer hijo varón (en la imagen está de pie a la derecha).

Finalmente Don Juan la llevó a cabo en un acto televisado: “En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Juan Carlos I”, declaró. No obstante, tras este gesto dinástico “anormal”, que restableció la “normalidad” dinástica, siguió empleando el título de conde de Barcelona, pese a ser un título de soberanía del Rey de España y resultar incongruente con su renuncia.

Ésta última habría marcado una inflexión vital, pues según el juanista Víctor Salmador “dejó de interesarle todo” e “hizo un esfuerzo sobrehumano para sobreponerse a la apatía y a la tristeza”. En 1982 regresó a España, poniendo fin a su exilio en la ciudad lusa de Estoril (donde residía desde 1946) con su esposa Doña María. En octubre de 1992 hizo unas declaraciones al Diario de Navarra reflejando una visión pesimista de España (“La veo mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada”) y su gran frustración: “Me hubiera gustado ser Rey de todos los españoles. Fue mi vocación para la que me educaron y para la que viví, pero renuncié plenamente [a ella] porque era para el bien de España”. Falleció poco después, en abril de 1993.

 

Alfonso XIII con Don Juan en el exilio.

Hijo de Rey y padre de Rey, nunca reinó

La renuncia de Don Juan en 1977 puso fin a su dilatado esfuerzo por reinar. Nacido en 1913 del matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, fue su tercer hijo varón y no devino heredero de la Corona hasta 1933, cuando la familia real ya vivía en el exilio. Ignoramos la razón de este tardío reconocimiento, pues su hermano mayor, Don Alfonso, era hemofílico y el segundo, Don Jaime, sordomudo. Don Juan, por tanto, era ya desde su niñez el único vástago capaz de suceder a Alfonso XIII. ¿Por qué el monarca no tomó esta decisión cuando reinaba? El republicano Rafael Borràs apunta una respuesta: de abdicar el Rey en Don Juan según la Constitución de 1876, las Cortes debían sancionar su decisión, lo que pudo disuadirle al herir “su orgullo de rey” y poner de manifiesto las limitaciones de sus hijos.

En todo caso, sólo cuando sus dos hermanos mayores renunciaron en 1933 a sus derechos dinásticos y contrajeron sendos matrimonios desiguales quedó expedito su camino al Trono. Enrolado entonces Don Juan en la Royal Navy, recibió un lacónico telegrama paterno en Colombo (Sri Lanka): “Por renuncia de tus dos hermanos mayores, quedas tú como mi heredero. Cuento contigo para que cumplas con tu deber”. Su condición de heredero al Trono truncó la vocación naval de Don Juan (“Se acabó la Marina, se acabó todo”, recordó años después) y pronto se halló inmerso en las tensiones que rodearon a Alfonso XIII en el exilio: el grueso de monárquicos –liderado por José Calvo Sotelo- quiso que el Rey renunciara a sus derechos en favor de Don Juan y éste tuvo que maniobrar entre su padre y sus belicosos leales.

Don Juan se presentó como combatiente voluntario del bando alzado. En la foto lleva la boina carlista y el símbolo falangista.

Iniciada la Guerra Civil (1936-1939) Don Juan fue invitado a protagonizar un “salto dinástico” en dos ocasiones al menos. Por una parte Dionisio Ridruejo le propuso iniciar en la Falange una carrera como militante de base para devenir monarca después. Don Juan rechazó el despropósito: “Yo les dije que si les fallaba como jefe local, ya no me harían Rey”.

Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva señaló un eventual acuerdo que posteriormente se frustró entre Don Juan y el general Franco: “Franco le confirmó secreta y personalmente como su futuro sucesor a título de rey sin fecha fija”. Dio fe de tales rumores un significado confidente de Alfonso XIII en Suiza, Ramón de Franch: “¿Manteníanse contactos entre Burgos y la residencia romana de D. Juan, a espaldas de su padre? En Lausanne se andaba de puntillas sobre el terreno resbaladizo de las hipótesis”, escribió.

En 1941 falleció Alfonso XIII y Don Juan empleó desde entonces el título de conde de Barcelona, aunque sus leales le aclamaron como “Juan III”. Entre ese año y 1948 la actuación política de Don Juan fue errática y oportunista. Entre 1941 y 1942 tanteó círculos nazis y fascistas en busca de avales para reinar, pero en realidad apostó de forma decidida por los aliados, en especial con su Manifiesto de Lausana (1945), lo que irritó profundamente a Franco.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, e instalado en Estoril, Don Juan mantuvo su complejo juego político entre 1946 y 1948. Entonces estableció las llamadas Bases de Estoril –que definían una monarquía corporativa y antiliberal- y a la vez buscó un pacto con la oposición al franquismo, incluyendo a anarquistas y socialistas. Todo fue en vano: el anticomunismo de la Guerra Fría consolidó la dictadura de Franco y éste vio aprobada en un referéndum celebrado en 1947 una Ley de Sucesión que dejó a su arbitrio el nombramiento de su sucesor a título de Rey.

Encuentro de Franco y Don Juan en el Azor en 1948.

En agosto de 1948 Don Juan mantuvo una entrevista con Franco a bordo del yate Azor, en el Cantábrico, en la que se decidió que estudiara en España su hijo Juan Carlos, nacido en 1938. Con tan valioso rehén en manos del dictador, poco pudo hacer ya Don Juan para acceder al Trono, salvo esperar un golpe de Estado que nunca llegó. Había perdido la batalla de la Corona y en sus empeños dilapidó su credibilidad política ante franquistas y antifranquistas, ya que sus vaivenes acuñaron una imagen de hombre sin criterios.

Así, cuando Franco comentó al escritor monárquico José M. Pemán que “Don Juan, hombre afable por acogedor, se deja influir por el último que llega”, recibió esta réplica: “Pues llegue usted el último”. Igualmente, Ibérica, revista del exilio sostenida en Nueva York por Victoria Kent y patrocinada por Salvador de Madariaga, expresó en 1960 su desencanto: “Don Juan unas veces dice a los hombres de ‘la Corte’ que su monarquía será liberal y otras veces declara […] que seguirá el ‘movimiento del general Franco’”.

Acto de aceptación de Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969.

Paradójicamente, el “salto dinástico” que Franco decidió en 1969, al designar oficialmente a Don Juan Carlos sucesor, hizo que la desvaída figura del conde de Barcelona cobrase nuevo brillo: excluido del Trono, su figura fue contemplada por parte de la oposición al régimen como una “alternativa demócrata” a la presunta continuidad institucional de la dictadura encarnada por su hijo. Su proyección fue también realzada a posteriori por monárquicos que aludieron a la existencia de un “pacto de familia” entre Don Juan y Don Juan Carlos para llevar la democracia a España, aunando esfuerzos para evitar la instauración de una República.

De ese modo, el historiador Charles T. Powell apunta que los neojuanistas hacen suya “una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta”. La realidad cuestiona esta conjetura: sin ir más lejos, Don Juan estuvo a punto de abanderar la oposición a su hijo en 1974, lo que dejó literalmente “aterrada” a su esposa, Doña Maria.

¿Drama personal o espejo generacional?

Una abundante publicística monárquica presenta el enfrentamiento entre Don Juan y su hijo como un drama personal, enfoque que confiere un protagonismo a la familia real de resonancias hagiográficas: son los “sacrificios” y “renuncias” de Don Juan y la mediación abnegada de Doña María entre esposo e hijo lo que permite restablecer la Corona y restaurar la democracia. Desde nuestra perspectiva, esta narración en clave de “epopeya dinástica” oculta sin pretenderlo una realidad más profunda: el “salto dinástico” que protagonizó Don Juan Carlos fue el reflejo más visible del cambio generacional que hizo viable la llamada Transición.

Durante el franquismo las organizaciones de la oposición se caracterizaron por un recambio generacional que supuso una relativa asimilación de la política española a la europea. Este cambio marcó el ocaso de las direcciones del exilio, comosucedió consocialistas como Rodolfo Llopis, anarquistas como Federica Montseny o incluso con la “vieja guardia” comunista. El caso de Don Juan fue similar al de estos exiliados: compartió con ellos un largo alejamiento, vanas esperanzas de regresar triunfante con complots más fantasiosos que factibles y la percepción distorsionada de la realidad española.

Todos ellos fueron grandes perdedores de la democratización y Don Juan, aunque no se contó entre los vencidos de la guerra ni los represaliados del franquismo, fue uno más, como escribió en 1958: “Yo soy el único exiliado que sin cometer delitos comunes o de sangre no me deja el General ir [a España]”. Hoy, “Juan III” -Rey que nunca reinó- aún espera una biografía crítica que supere distorsiones, filias y fobias en torno a su figura.

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*  Xavier Casals, “Juan III: el rey que no reinó”, El noticiero de las ideas, 32 (octubre-diciembre 2007), pp. 5-7. Reproducido inicialmente en este blog el 3 de febrero de 2013, con motivo del centenario del nacimiento de Don Juan.