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septiembre 23, 2016

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TRUMP Y SUS SIMPATIZANTES EUROPEOS: ¿HACIA UNA ULTRADERECHA EUROAMERICANA?*

septiembre 16, 2016

Anuncio electoral de Donald Trump sobre la inmigración ilegal (en él se confunde la frontera de Melilla con la de México).

«SI FUERA UN CIUDADANO AMERICANO, NO VOTARÍA POR HILLARY CLINTON NI QUE ME PAGARAIS», dijo Nigel Farage este mes de agosto en un mitin de Donald Trump. El magnate utilizó como reclamo al líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), gran valedor del brexit, al creer que sus electores y los votantes eurófobos comparten una visión de Bruselas y Washington como centros de poder que secuestran derechos de los ciudadanos. Así, Trump afirmó que votarle permitiría «redeclarar la independencia americana».

De hecho, Farage y Geert Wilders -líder del Partido de la Libertad holandés (PVV)- ya asistieron a la convención republicana que proclamó candidato a Trump en julio y Marine Le Pen le define como «un hombre libre».

Estas asociaciones reflejan una confluencia de la derecha populista europea y estadounidense, algo que los académicos Jeffrey Kaplan y Leonard G. Weinberg señalaron en 1998 al aludir a una «derecha radical euroamericana». Los temas hoy son similares en ambos continentes: ultrapatriotismo, antinmigración, islamofobia, proteccionismo económico y denuncia del establishment por oligárquico y antinacional (Trump incluso cuestiona la ciudadanía americana de Barack Obama).

Reacción populista

La globalización, pues, es el catalizador de una reacción populista amplia a ambos lados del Atlántico e incluso en Australia, donde el partido Una Nación captó el 4,3% de votos del Senado en los comicios federales.

La candidatura de Trump, el triunfo del brexit o el éxito del candidato del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), Norbert Hofer, en las presidenciales (49,7%) acreditan una normalización de la ultraderecha. Sus formaciones ganan centralidad, compiten eficazmente con la derecha conservadora, integran o condicionan gobiernos, aspiran a presidir países y su mensaje radicaliza la agenda política. Lo ha reflejado Nicolas Sarkozy con el endurecimiento de su programa sobre inmigración al proponer la suspensión del reagrupamiento familiar.

Además, en EEUU la evolución reciente del Partido Republicano ilustra el peligro de asociarse a la ultraderecha con afán instrumental. La formación se acercó al extremista Tea Party para beneficiarse de su dinamismo en las elecciones legislativas del 2010 y acabó presa del grupo ultrapatriota, que derechizó a los republicanos alejándolos del electorado moderado y favoreció la recepción posterior del agresivo discurso de Trump.

Entrevista a Nigel Farage sobre la semejanza de sus ideas y las de Trump.

Electorado transversal

Este multimillonario se dirige a un electorado transversal, como es propio de los grandes partidos, pero comparte con la ultraderecha europea su pretensión de proteger a los de abajo del impacto de la mundialización con su deseo de renegociar tratados, contener la economía china o frenar la inmigración y erigir un muro con México. Asimismo, una gran bolsa de su electorado es semejante a la de la derecha populista europea, ya que en él está sobrerrepresentado el votante blanco de bajo nivel de estudios. Plasma lo que se ha calificado de revuelta del hombre blanco ante la competencia laboral extranjera, la deslocalización industrial y el nuevo protagonismo de la mujer que diluye roles tradicionales.

Además, con Trump la derecha radical estadounidense se aleja de su meta de reducir el peso del Estado federal, pues llevar a cabo algunas de sus propuestas requiere un Estado fuerte, de ahí su afán de que México pague el muro fronterizo que planea erigir. A la vez, su fulgurante ascenso como candidato se enmarca en una escena política parecida a la de los países europeos en los que irrumpe la ultraderecha: erosión de los grandes partidos, mayor polarización electoral, éxito de candidatos antiestablishment (como Trump y el demócrata Bernie Sanders) y fuga de voto a otras siglas (que en EEUU serían el Partido Libertario y el Verde).

Por último, el hecho de que el candidato republicano sea multimillonario tampoco desentona con la ultraderecha europea: Jean-Marie Le Pen o Jörg Haider dispusieron de un importante patrimonio, hecho que no les impidió captar el mayor porcentaje de voto obrero en sus países.

Consecuencias imprevisibles

Gane o no las elecciones, el mensaje de Trump, que amalgama nacionalismo y exclusión, se normalizará socialmente, como sucedió en Gran Bretaña con las tesis del UKIP en el debate del brexit: los insultos, los anónimos amenazadores y las agresiones a inmigrantes han aumentado. Las posiciones de ultraderecha, pues, avanzan en el tablero europeo y americano, y sus discursos son cada vez más homologables. Parafraseando el Manifiesto Comunista, hoy un fantasma recorre Occidente: el de la derecha populista. Y sus consecuencias son tan inquietantes como imprevisibles.

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* Artículo originalmente publicado con el título “Un fantasma recorre Occidente” en El Periódico (11/IX/2016).


LA DIADA Y EL CATALANISMO: HISTORIA DE LA FIESTA NACIONAL DE CATALUÑA*

septiembre 9, 2016

Via Lliure MeridianaPropaganda de la Assemblea Nacional Catalana de la concentración en la Meridiana.

¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DE LA DIADA? ¿Cuando se empezó a conmemorar? ¿Por qué en el Fossar de les Moreres se reúne el catalanismo más radical? ¿Qué cambios ha experimentado con el tiempo? Lo exponemos en este artículo publicado inicialmente en La Vanguardia

BarcelonaGrabado del asedio deBarcelona en 1714.

La fiesta nacional catalana -la Diada- conmemora la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 ante las tropas de Felipe de Borbón durante la guerra de Sucesión. El conflicto se originó al fallecer sin descendencia en 1700 el monarca Carlos II y extinguirse la línea dinástica de los Habsburgo. Entonces chocaron las pretensiones a la Corona hispánica de franceses y austriacos, encarnadas respectivamente por Felipe de Borbón y el archiduque Carlos de Austria. La mayoría de los catalanes se sumaron al segundo candidato y fueron vencidos.

Casanovas, unitario y oficial

Rafael_Casanova-11SPero la derrota no se conmemoró hasta finales del siglo XIX, cuando la Renaixença (el proceso de recuperación de las letras catalanas) rememoró gestas épicas como el Corpus de Sangre de 1640 o el sitio de 1714. Tal recuperación del pasado -destaca el historiador David Martínez Fiol- no fue una operación catalanista, pues resaltó la especificidad del Principado como elemento “enriquecedor de la nueva España liberal y nacional”.

La Diada inició su andadura en 1886, cuando el Centre Català organizó el 11 de septiembre una misa en Santa Maria del Mar por los muertos de 1714 “en defensa de las libertades catalanas”, aunque el sermón fue prohibido por presiones militares. “El templo no debe ser un club político”, se arguyó. En 1888 Rossend Nobas erigió la estatua a Rafael Casanova, quien en 1714 era conseller en cap de la ciudad y fue herido en su asalto final. Su monumento fue uno de los ocho dedicados a catalanes ilustres que entonces se ubicaron en el actual paseo Lluís Companys con motivo de la Exposición Universal de aquel año. El 7 de abril de 1889 la efigie ya congregó una protesta contra un nuevo Código Civil que amenazaba al derecho civil catalán.

Así las cosas, el 11 de septiembre de 1891 el Foment Catalanista organizó una velada patriótica otorgando un carácter reivindicativo al acto e inició la tradición de publicar esquelas de los “mártires de 1714” en la prensa. En 1894 empezaron las ofrendas florales y en 1905 varias entidades catalanistas organizaron la celebración de forma unitaria. En 1914 la estatua de Casanova se trasladó a su emplazamiento actual (donde supuestamente fue herido), siendo muy concurrida aquella Diada al cumplirse el bicentenario de los hechos.

De modo paralelo, en 1913 tuvo lugar la primera concentración catalanista en el fossar de les Moreres (un camposanto que acogía restos de defensores de 1714), impulsada por el colectivo catalanista Néts dels Almogàvars. Ese año se colocó allí una lápida con los populares versos que Frederic Soler escribió en 1882: “Al fossar de les moreres /no s’hi enterra cap traïdor /fins perdent nostres banderes /serà l’urna de l’honor”.

El Fossar, radical y combativo

FossarEn este marco, la escultura de Casanova devino un símbolo oficialista y el fossar el lugar de cita de sectores que se reclamaban “puros” y combativos ante los moderados. Era lógico, pues allí -señaló el historiador Pere Anguera- se homenajeaba al “combatiente anónimo” y “privado del derecho de pasar a la historia”.

La Diada, en síntesis, se configuró a finales del siglo XIX y -como subrayó Anguera- es “la festa nacional més antiga i de més llarga tradició a Espanya”. Por el camino quedaron otras opciones: en 1905 una entidad catalanista propuso conmemorar el Corpus de Sangre; en 1910 Enric Prat de la Riba cuestionó celebrar una derrota en lugar de evocar a reyes como Jaime I o Pere el Gran; y en 1917 el republicanismo catalán descontento con la Lliga rindió culto a la estatua de Pau Claris (quien en 1641 proclamó una República Catalana).

Un barómetro político

1714-1938La festividad arraigó y retuvo fidelidades cuando se prohibió bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera, vigente entre 1923 y 1930. Instaurada la Segunda República en 1931, la Diada cobró un perfil institucional alto, pues intervino en ella el presidente de la Generalitat y su alocución se radió. El estallido de la Guerra Civil en 1936 la potenció como ejemplo de resistencia heroica y le confirió carácter bélico: participó la CNT, desfilaron milicias y se efectuaron colectas contra el fascismo.

Su nueva prohibición por la dictadura de Franco entre 1939 y 1975 no evitó las convocatorias clandestinas (pese a ser retirada la estatua de Casanova). En 1967 el sindicato CC.OO. se sumó al comité organizador y reflejó que los sectores sociales surgidos de la inmigración no quedaban al margen de la efeméride. Fallecido el dictador, la Diada resurgió espectacularmente: en 1976 fue convocada en Sant Boi de Llobregat (donde estaba enterrado Casanova) y acudieron cien mil personas y el año siguiente, cuando la escultura de Casanova fue devuelta a su lugar, lo hicieron un millón en Barcelona. La democracia la institucionalizó, ya que el 12 de junio de 1980 el Parlament catalán declaró Fiesta Nacional el 11 de septiembre.

Este panorama cambió con la Diada del 2012, al reflejar un giro independentis-ta súbito y masivo, visible en convocatorias posteriores de eco internacional gracias a las redes sociales y a coreografías visi-bles desde el aire. La festividad parece así reinventarse como un acto reivindicativo presidido por la señera estelada y adaptado a la espectacularidad mediática de la era global.

BARCELONA. 11.09.2014 Onze de setembre Diada v Via Catalana. FOTO FERRAN SENDRA

Diada de Barcelona del 11 de septiembre de 2014 (foto de Ferran Sendra)

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* X. Casals, “La Diada y el catalanismo”, La Vanguardia (11/IX/2015). Este artículo fue publicado originalmente en septiembre de 2015 en el blog, pero peticiones de nuestr@s lector@s nos han llevado a reeditarlo.

 


EL UKIP: ¿ESTÁ MURIENDO DE ÉXITO TRAS EL BREXIT?

septiembre 2, 2016

Farage

Farage durante la campaña del Brexit (imagen de PA).

LA VICTORIA DEL BREXIT MARCÓ EL CENIT DEL UKIP. Supuso su mayor éxito político y el inicio de un aparente declive del partido. Su líder, Nigel Farage, dimitió y desde entonces la formación parece desnortada.

A la vez, debe tenerse en cuenta que la salida de Gran Bretaña de la UE supone una gran crisis para el UKIP: este partido solo dispone de un diputado en la Cámara de los Comunes, Douglas Carswell, y su gran activo político era precisamente el parlamento europeo. En este hemiciclo Farage copreside el Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa en el que cuenta con 23 eurodiputados.

Así las cosas, el Brexit reduce prácticamente a la nada al antaño boyante partido eurófobo: sin presencia en Westminster, ni  escaños en Estrasburgo (ni los ingresos que comportaban a las arcas de la formación), su futuro es incierto. Y es que, paradójicamente, los comicios europeos eran los más competitivos para Farage, pues allí captaba un voto de protesta que hasta el presente ha constituido el motor del partido. En apariencia, el UKIP podría haber empezado a morir de éxito.

A continuación reproducimos el artículo de Patricia Tubella, “El eurófobo UKIP se desangra tras su éxito con el ‘Brexit’”, publicado en El País (29/VIII/2016), que ofrece una buena aproximación a la crisis que experimenta el partido.

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El eurófobo UKIP se desangra tras su éxito con el ‘Brexit’

El partido sufre una guerra interna para la sucesión de Nigel Farage, que reaparece en escena

“Quiero que me devuelvan mi país”, ha sido el lema reiterado por Nigel Farage en las dos últimas dos décadas hasta conseguir propulsar al eurófobo UKIP como tercera fuerza política del Reino Unido y forzar con ello la convocatoria de un referéndum sobre el Brexit que acabó ganando. Su renuncia tras el voto del 23 de junio, esgrimiendo que ya había cumplido su misión, ha dejado al partido huérfano de liderazgo, sumido en el caos de las luchas internas y bajo la amenaza de volver a convertirse en irrelevante. El UKIP ha perdido su razón de ser, una vez la mayoría de británicos ya se decantó por la salida de la Unión Europea, mientras los rivales conservadores aspiran a comerle terreno con Theresa May al mando.

En plenas vacaciones de la clase política, la reaparición de Farage en escena para reclamar al gobierno tory la invocación sin dilaciones del artículo 50 (mecanismo de retirada de la UE) está alimentando las especulaciones sobre su retorno al frente del UKIP. No sería la primera vez, ni siquiera la segunda, que este personaje controvertido y carismático presenta su dimisión en falso. Pero su afilado instinto sugiere que cuanto menos esperará a que se perfile el nuevo panorama político británico, trastocado a raíz del resultado del plebiscito, y a sondear cómo el electorado percibe los primeros pasos de May con vistas a la desconexión de Europa.

“Vamos a ver lo que pasa en el plazo de dos años y medio”, declaraba Farage tras arrojar la toalla a principios de julio, aunque dejando la puerta abierta a su enésimo regreso. Entonces garantizó su apoyo incondicional a quien sea elegido nuevo líder del UKIP, dividido entre sus partidarios y los del número dos, Steve Woolfe, pero las acusaciones de amaño de las primarias y otras cuitas han proyectado una imagen poco presentable del partido. Episodios como la decisión del líder de la rama galesa, Natham Gill, de pasarse a las filas independientes en la Asamblea autonómica para retener al tiempo su escaño en el Parlamento Europeo (se le exigió que renunciara a este último), o las acusaciones de connviencia con los tories vertidas contra el único diputado del UKIP en Westminster, Douglas Carswell, retratan el desbarajuste de un partido que carece de una organización sólida y en el que priman los intereses personales por encima de la estrategia.

La candidatura de Woolfe, que partía como favorito, ha sido desestimada por cursar los papeles de registro con 17 minutos de retraso, extremo que él niega. Los cinco restantes aspirantes, entre los cuales saldrá un ganador el 15 de septiembre, son tres mujeres y dos hombres semidesconocidos y de magro capital político. Ninguno parece capaz de sostener el legado de Farage, un dirigente que supo arrancar votos tanto a los conservadores como a los laboristas con su discurso antieuropeo, antiinmigración y supuestamente antisitema que abrazaron muchos trabajadores de los enclaves posindustriales del norte inglés y de Gales, azotados por los estragos de la globalización.

Casi el 70% de las circunscripciones prolaboristas votaron a favor del Brexit y en contra de la posición oficial del principal partido de la oposición. El UKIP no aparece ahora en posición de rentabilizar para sí la crisis que desangra al Labour por el enfrentamiento entre una militancia adepta a Jeremy Corbyn y el desafío del grupo parlamentario a su liderazgo con la candidatura alternativa de Owen Smith. Si se cumplen los pronósticos de una votación interna que ha arrancado esta semana, y cuyo resultado se conocerá el 24 de septiembre, Corbyn seguirá al frente del laborismo a pesar de que sus expectativas de ganar unas elecciones generales son muy precarias.

La primera ministra conservadora puede ser la gran beneficiada de ese paisaje político (con Corbyn como debilitado oponente y la ausencia de Farage) que encara al frente de un gobierno donde ha colocado a furibundos euroescépticos en primera fila. Ello dependerá de su gestión de los plazos para el desengarce de Europa, que ya apuntan a un retraso en la invocación del artículo 50 hasta finales del 2017 frente a la creciente ansiedad del bando proBrexit. “Empiezo a detectar mucha frustración entre los 17 millones de británicos que votaron por la salida de la UE. May debe cumplir ya su compromiso, cualquier otra cosa sería una traición”, acaba de advertir un Farage todavía al acecho. Su venenoso tweet sugiere que está a la espera de un hipotético desgaste de May para decidir si regresa a la palestra. Al fin y al cabo, tal es la identificación del personaje con el propio partido que el UKIP carece de músculo sin Farage.


LAS CONTRADICCIONES DE LA CUP*

agosto 26, 2016

Asamblea de elección del nuevo secretariado de la cup

Elección del nuevo secretariado de la CUP (imagen de la web de la CUP)

¿SE RESOLVERÁ LA CRISIS DE LA CUP CON SU NUEVO SECRETARIADO NACIONAL? Lo vemos improbable y posiblemente la formación está abocada a la inestabilidad permanente por varias razones que exponemos a continuación.

Entre el gobierno y la protesta

Sobre la CUP existen dos planteamientos muy extendidos. Uno apunta que en ella conviven “dos almas”: la social y la nacional. De este modo, el exdiputado de la CUP Josep Manel Busqueta ha afirmado que la formación tiene una militancia metropolitana “netamente anticapitalista” y una rural de planteamientos “más patrióticos”. El otro enfoque contrapone un dogmatismo de su organización Endavant con un talante más abierto de Poble Lliure. La historiadora y miembro de la CUP Blanca Serra lo ha formulado así: “el sector Endavant […] son muy sectarios… Y […] el sector del Poble Lliure […] tiene una visión más reflexiva sobre el proceso”.

Desde nuestra óptica, los problemas de la CUP no surgen sólo de estas tensiones, sino también de un problema estructural: el hecho que en su seno coexista una cultura de gobierno y otra de protesta. La primera, pragmática, es muy visible en la política local, como ilustra el caso de Berga (el municipio más grande que gobierna el partido con más de 16.000 habitantes), donde la necesidad de sanear la hacienda ha hecho aplazar propuestas rupturistas. En cambio, los vaivenes del partido ante la investidura de Artur Mas y su veto en los presupuestos de Carles Puigdemont plasman la cultura de la protesta. Este conjunto de tensiones hace imprevisible la acción de la CUP y parece difícil que traslade al parlamento su experiencia de gestión adquirida en el mundo local con buenos resultados.

El coste de crecer

A la vez, estas contradicciones han sido los síntomas más visibles de los dos riesgos que amenazaban al partido antes de crecer electoralmente y que Julià de Jòdar y David Fernàndez indicaron a Cop de Cup (2012, traducido al castellano con el título CUP): “[la CUP] tiene miedo de ganar y le hace pánico verse subsumida dentro del sistema”. Igualmente, el blog El pati descobert (Ara, 5/I/2015) señaló que la CUP debía optar entre la lógica previa a su crecimiento, de movimiento social, y la nueva, de presencia institucional. Sin un equilibrio entre ambas podía romperse o devenir marginal. Estas observaciones subrayan la dificultad de la CUP para hallar un encaje entre la Realpolitik (que conduce a pactos poco gratificantes) y la oposición afilada que preserva intacta su radicalidad.

Contra el statu quo?

Curiosamente, tras los comicios del 27-S de 2015 toda la negociación postelectoral de la CUP, la formación “anti-líderes” por excelencia, giró en torno a una persona (Artur Mas) y no sobre aquello que sería propio de una formación tan ideologizada: las políticas del futuro gobierno catalán. Su veto a los presupuestos corroboró que la decisión inicial de apoyar a Puigdemont no clarificó la apuesta de gobierno que etsa formación hizo por Junts pel Sí. Visto el episodio con distancia, parece que entonces la CUP estuvo más preocupada por elegir al nuevo presidente que por la acción de su futuro gabinete.

En este aspecto, si bien la CUP pretende enfrentarse con el statu quo, no está claro que sus decisiones estratégicas la hagan avanzar en esta dirección. Lo ilustran dos consecuencias importantes del mencionado veto a los presupuestos. Por una parte, ha hecho que estos sean los “más obedientes” del Estado, ya que al prorrogar los del 2015 debe destinar automáticamente los ingresos extraordinarios de este año a enjugar el déficit público. Por otra parte, según la profesora de Derecho Constitucional Isabel Giménez (agendapublica.es, 9/VI/2016), este veto no permitirá financiar las disposiciones de las leyes de transitoriedad jurídica que deben marcar la ruptura con el Estado y que paradójicamente la CUP considera prioritarias.

El riesgo de encogerse

El partido, con sólo 10 escaños, logró el 27-S una posición privilegiada. Pero si bien es consciente de su fuerza, no parece serlo bastante de sus límites: representa únicamente el 8.2% del voto independentista y como actor minoritario difícilmente podrá marcar la hoja de ruta a los mayoritarios (39.6%), y este tema no es menor para comprender sus relaciones con Junts pel Sí. En este marco, la formación anticapitalista no parece capaz de obtener réditos de su rol arbitral.

En definitiva, la CUP se ha hecho grande sin saber qué quiere ser, conoce tensiones y contradicciones por este hecho y el precio que puede pagar es el regreso a la marginalidad: un sondeo de junio le atribuyó sólo tres escaños de celebrarse ahora nuevas elecciones (La Vanguardia, 19/VI). Y es que, empleando una conocida metáfora de la CUP, la sombra de la “papelera de la historia puede ser peligrosamente alargada.

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* Este artículo se publicó originalmente en catalán con el título “Les contradiccions de la CUP” en el diario Ara (3/VII/2016)


EL PRIMER FASCISMO ESPAÑOL: LOS “HIJOS DE MALASAÑA” Y LA LIGA PATRIÓTICA ESPAÑOLA*

agosto 19, 2016

Una de las escasas fotos de Ramón Sales Amenós en diciembre de 1919, en un acto de homenaje al general  Severiano Martínez Anido

HACE 90 AÑOS NACIÓ EN  BARCELONA EL PRIMER FASCISMO ESPAÑOL. Su promotor fue Ramón Sales Amenós, un carlista de acción leridano, nacido en La Fuliola, que pasó a la historia por fundar oficialmente en octubre de 1919 el Sindicato Llibre. Esta organización se enfrentó a tiros a la poderosa Confederación Nacional del Trabajo [CNT] en el marco de una “guerra social” que conmocionó Barcelona.

El Libre logró un importante protagonismo en los años veinte, pues bajo la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930) se extendió por toda España como Confederación Nacional de Sindicatos Libres [CNSL] e igualó en afiliados a la Unión General de Trabajadores [UGT] socialista. Así, en 1929 la organización dirigida por Sales tenía 197.853 miembros y más de un 40% residía fuera de Cataluña (unos 81.000).

La Liga Patriótica, los primeros fascistas

Pues bien, en los meses previos a la creación del Sindicato Libre, Sales perteneció y promovió el primer colectivo ultrapatriota que surgió en el país: la Liga Patriótica Española [LPE]. Ésta configuró un ente ultraespañol de combate que surgió ante la campaña de demanda de autonomía promovida por la Lliga desde noviembre de 1918, secundada por republicanos y la mayoría del carlismo y radicalizada por los nacionalistas que lideraba Francesc Macià, oficial que dejó el Ejército tras el asalto al Cu-Cut! y fundó la ultracatalanista Federació Democràtica Nacionalista [FDN] el mismo 1918.

Según el primer y más minucioso estudioso de la LPE, Enric Ucelay-Da Cal, la agitación catalanista condujo a “tres meses de virtual rebelión nacionalista” entre noviembre de 1918 y febrero de 1919, al generar una espiral de manifestaciones espontáneas seguidas de represiones policiales. En diciembre de 1918 un oficial fue herido grave de bala y un sargento acabó con la cabeza abierta por un garrotazo. El diario El Imparcial retrató alarmista el clima barcelonés: “Para dar un ¡Viva a España! Hay que empuñar la browning, o hallarse dispuesto a ir a la casa de socorro”.

Esta situación generó la confluencia de elementos españolistas en la Liga que, con la complicidad de policías y militares, “limpió” de separatistas las Ramblas –donde tenía su sede- con bastones y pistolas. Cristalizó así un núcleo ultraespañol nutrido por oficiales de paisano, funcionarios de bajo rango, policías fuera de servicio, e “hinchas” del club de fútbol Español que constituyeron -según Ucelay-Da Cal- “la reducida clientela del fascismo español en Barcelona hasta 1936”.

“A todos los buenos españoles”

La nueva Liga editó un manifiesto fundacional (“¡Viva España!”) dirigido “A todos los buenos españoles” denunciando que en “este trozo de España que se llama Cataluña” unos malvados catalanes “pretenden intervenir en la conferencia de paz [de París] para que le sea concedida a Cataluña la independencia que los villanos sueñan les llegue impuesta por el mandato de Europa”, como Cuba al mediar EE.UU.. El texto exhortaba “un día y otro día a aclamar [¡Viva España!] para ahogar con él las vociferaciones de esos perros separatistas”.

El colectivo tuvo su sede sobre el teatro Petit Pelayo, en la Rambla (desde donde hostilizaba actos de signo catalanista), y su “grito de guerra” fue la canción “La hija de Malasaña” que cantaba en el teatro Goya la cupletista “Mary Focela” y concluía así:

“Lucho como una leona/ al grito de viva España!/ Y es que por mis venas corre/ la sangre de Malasaña”.

Finalmente, el desarrollo de una gran huelga entre febrero y abril de 1919 de la gran empresa suministradora de luz de Barcelona –llamada popularmente La Canadiense (la Barcelona Traction Light and Power)-  tuvo un impacto social que eclipsó súbitamente la agitación catalanista y la LPE.

La capital del fascismo: Barcelona, no Madrid

No obstante, como Sales hizo de puente en estos meses entre tres ámbitos distintos -la oficialidad, el carlismo radicalizado y los elementos ultraespañolistas- creó el sustrato que alumbró los Sindicatos Libres y su particular radicalismo blanco, que les ha hecho  ser considerados por su gran investigador Colin M. Winston como prefascistas o, según el historiador Manuel Pastor, como claramente fascistas (Los orígenes del fascismo en España, 1975).

Propaganda de los Sindicatos Libres: su encarnación persigue al anarquismo, el separatismo, la masonería, el comunismo y el judaísmo.

Cuando se cumplen 90 años de la creación del eclipse de la LPE y la creación del Libre por Sales (murió en noviembre de 1936 fusilado o descuartizado con vehículos que ataron a sus extremidades), éste ha sido borrado de la historia del fascismo español, cuyo protagonismo ha acaparado el tardío fascismo madrileño y vallisoletano, que han generado una abundante literatura y distorsionado su historia en España: al igual que en Italia surgió en el Norte -en una Barcelona muy similar a Milán- y no en la capital. Y lo hizo también con un carácter escuadrista y combativo.

Para concluir, apuntaremos que esta situación de “vanguardismo” ideológico catalán ha perdurado en la ultraderecha española todo el siglo XX: Barcelona ha sido el gran centro innovador y exportador ideológicamente y -salvando las distancias- el actual Movimiento Social Revolucionario [MSR] testimonia aún esta vitalidad. Si esta dinámica ha cambiado en la última década ha sido precisamente por los esfuerzos ideológicos importadores de los núcleos de Barcelona o la innovación autóctona que ha supuesto la irrupción de un populismo islamófobo como la Plataforma per Catalunya [PxC].

Bibliografía

Sobre la LPE, véase Enric Ucelay-Da Cal, El nacionalisme radical català i la resistencia a la dictadura de Primo de Rivera, 1923-1931, Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 1983, s. n.. Véase asimismo la voz de la LPE en I. Molas (ed.),  Diccionari dels partits polítics de Catalunya segle XX, Institut de Ciències Polítiques i Socials / Enciclopèdia Catalana, Barcelona, 2000, pp. 150-151. Sobre el Sindicato Libre, véase Colin M. Winston, La clase trabajadora y la derecha en España (1900-1936), Cátedra, Madrid, 1989.

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* Reproducimos esta entrada debido a la consulta de un lector interesado en el tema, pues fue publicada originalmente en el blog en 2012.


FEROCIDADES DE LA TRANSICIÓN: CÓMO LA VIOLENCIA POLÍTICA ESTABILIZÓ DESESTABILIZANDO

agosto 13, 2016

yolanda-gonzalez-

Cadáver de Yolanda González, cuyo asesinato en 1980 fue reivindicado en nombre del BVE.

¿CUÁL FUE LA IMPORTANCIA DE LA VIOLENCIA POLÍTICA DURANTE LA TRANSICIÓN? El periodista Carles Geli publicó al respecto en El País (6/VIII/1985) la siguiente reflexión sobre nuestro último libro, La transición española. El voto ignorado de las armas, que reproducimos a continuación por considerarla de interés para nuestros lectores.

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Ferocidades de la Transición

El historiador Xavier Casals disecciona la paradoja de la violencia que buscaba radicalizar la situación entre 1975 y 1982 y acabó alejando a los extremismos de uno y otro lado.

¿Qué es eso del Batallón Vasco Español?”, inquirió el rey Juan Carlos al líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar. Podía haber sido una pregunta capciosa, pero más bien era así: la cúpula del Estado no tenía mucha información sobre la guerra sucia en plena Transición. En paralelo, el ministro de la Presidencia, José Manuel Otero Novas, alertaba a Adolfo Suárez de la resistencia de las organizaciones paramilitares contraterroristas a someterse al Gobierno y el temor a que se creara un Estado dentro del Estado. Suárez le decía que estaba en ello, intentando eliminar una que se conocía como Batallón Vasco Español.

PortadaHabía de todo: aparatos parapoliciales, paramilitares, el Ejército, la ultraderecha, la extrema izquierda anarquista y comunista, el independentismo vasco, catalán y canario… Silenciada la mayoría de las veces o usada como espantapájaros, la violencia política se cobró unos 700 muertos entre 1975 y 1982, en unas 3.200 acciones conflictivas. ¿No influyó todo ello en los resultados políticos? Esa es la pregunta que plantea en La Transición española: el voto ignorado de las armas(Pasado & Presente) el historiador Xavier Casals. Y una de las primeras respuestas es de las que solo se dan en España: sí, el temor a una involución rebajó las expectativas de la reforma política y moderó la oposición, pero la desestabilización que buscaba la violencia acabó, mutatis mutandis, estabilizando el país.

“La violencia generó una gran paradoja: buscaba radicalizar la situación pero acabo alejando a los extremismos de uno y otro bando, los dejó fuera del proceso, por lo que se apostó por los partidos que daban estabilidad; y, por otro lado, los partidarios de la reforma exageraron esa realidad violenta para jugar a su favor, lo que facilitó la consolidación de Suárez”, resume Casals. Su trayectoria (es autor, entre otros títulos, de La tentación neofascista en España) y la bibliografía empleada ahora (más de 500 referencias y 133 páginas de notas) le llevan a afirmar que “la Transición tuvo un punto de azarosa, pero no hubo una teoría conspirativa, un gran diseño de todo desde las alcantarillas del Estado: cada episodio tuvo su dinámica propia”.

La matanza de Atocha

Quizá no hubo conspiración, pero lo parece: cada acción violenta acabó beneficiando el proceso democrático. El paradigma quizá fue, en el caso de la ultraderecha, la matanza de Atocha (1977), que solo aceleró lo que se quería impedir: la legalización del Partido Comunista de España. El carlismo quedó tocado y hundido con el episodio sangriento de Montejurra (mayo de 1976): se les vetó concurrir a las primeras elecciones de 1977 y llegaron muy afectados y divididos a las de 1979. El atentado anarquista en la sala Scala de Barcelona en 1978 aceleró la implosión del movimiento. Aquel mismo año, el intento de asesinato (con visos de ser orquestado desde el aparato policial del Estado) del líder del movimiento independentista canario, Antonio Cubillo, evitó que el proceso de autodeterminación de las islas saltara al panorama internacional de la ONU. El Grapo quedó bajo sospecha como “grupo raro” con el secuestro del político Antonio María de Oriol y el militar Emilio Villaescusa, pero más criminalizado y residual acabó el independentismo catalán violento, con los sangrientos secuestros del empresario Josep Maria Bultó (1977) y del exalcalde de Barcelona Joaquim Viola y su esposa (1978). El golpe de Estado del 23-F resultó también una vacuna contra la deriva pretoriana del Ejército: tras él aguantó sin más sobresaltos un Gobierno tan débil de la UCD como el de Calvo Sotelo, cuando hasta entonces el ruido de sables permanente más el golpismo de papel de la ultraderecha hacían irrespirable la situación, según Casals. Para el historiador, eso pesaba más que la llamada “estrategia de la tensión” ultraderechista. Solo el terrorismo de ETA fue una excepción a todo ello.

“Mayormente, son casualidades: el Gobierno no controlaba todo esto porque los hechos así lo demuestran, pero sí revela que había una autonomía importante de determinados aparatos del Estado, difíciles de perfilar y con elementos oscuros que permitieron desde extorsiones a atentados fabricados desde las entrañas del poder”, resume Casals, que lo achaca a “querer hacerse una Transición democrática manteniendo todo el antiguo aparato policial del Estado franquista”. El paradigma de ello sería la figura del comisario Roberto Conesa, turbia estrella de la lucha antiterrorista de la época.

La traducción política de esa violencia puede incluso entreverse en la Constitución. Así, la actitud pretoriana del Ejército explicaría su presencia garante en los artículos 2 y 8.1 de la Ley Fundamental, mientras que ETA generó, en particular, el 55.2 (la suspensión de derechos fundamentales por temas de terrorismo). También parecen evidentes los réditos en lo económico: Canarias, Euskadi y Navarra, conflictiva cartografía durante la Transición, gozan hoy de un trato fiscal distinto, y se deja una puerta abierta a la unión entre Navarra y el País Vasco, que contrasta con el cerrojo para Cataluña, Valencia y Baleares, como constata el artículo 145.1. “No se puede documentar una causa-efecto, pero sin duda abre una reflexión sobre el peso del voto violento”, cree Casals.

Son muchos los aspectos a estudiar porque la violencia en la Transición ha quedado un poco en la cuneta historiográfica. “La Transición tiene su mito fundacional en la propia Transición, por lo que no puede darse protagonismo a la violencia: como tal mito, ha de ser ejemplar y exportable”. Hay hoy más documentación, pero aun así falta “poder acceder a archivos de los Servicios de Información del Estado o recuperar papeles como el sumario sobre Montejurra, perdido, o tener una buena biografía de Conesa”.

Acabadas las 800 páginas del libro, uno no sabe qué vertiente refuerza de la actual discusión sobre si la Transición fue la única posible o un lamentable pacto a la baja. “¿Cómo se podía hacer una ruptura democrática teniendo un Ejército que ya en 1971 tenía planes secretos para tomar el poder y frenar la subversión? Creo que el resultado fue francamente estimable; visto lo visto, la Transición salió bien de precio”.

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Dinero para un ejército independentista catalán

El independentismo armado catalán es uno de los episodios más chocantes de la Transición. El misterioso grupo EPOCA (Exèrcit Popular Català), nacido en 1969 en el entorno del Front Nacional de Cataluña, no afloró hasta mayo de 1977, cuando intentó extorsionar al empresario Josep Maria Bultó colocándole una bomba lapa en el pecho que acabó estallando. 10 meses después colocó sendas bombas al último alcalde franquista de Barcelona, Joaquim Viola, y a su esposa. También explotaron. En ambos casos, fueron atentados con poco sentido político, lo que acentuó el rechazo de una sociedad catalana ya escarmentada con el atentado ultra a la revista satírica El Papusy otro anarquista a la sala Scala. El grupo EPOCA fue desarticulado en 1980, coincidiendo con un supuesto plan para atentar contra Jordi Pujol. Quedan enigmas, como la aparición de un agente secreto del Mossad israelí muerto en casa de unos familiares de un miembro del grupo; o para qué pedir la friolera de 500 millones de 1977 como rescate a Bultó. Esa cifra solo engarza con la idea de crear “una fuerza armada a disposición de una futura autoridad catalana legítima”, como dijeron algunos componentes que era su función. Solo cuatro miembros fueron a Terra Lliure, que en 1981 tuvo su caso más mediático con el atentado al periodista Federico Jiménez Losantos. En 1992 se disolvió.