LA EVOLUCIÓN DE LA ULTRADERECHA EN ESPAÑA: CLAVES HISTÓRICAS Y TERRITORIALES*

noviembre 10, 2018

Manifestación convocada por organizaciones de extrema derecha en Madrid el 12 de octubre de 2013. Foto: Fermín Grodira (CC BY 2.0), reproducida por el Real Instituto Elcano junto al presente artículo

Tema

La ultraderecha española se ha articulado desde fines del franquismo a partir de tres ciudades: Madrid, Barcelona y Valencia, cada una con rasgos específicos.

Resumen

Un estudio reciente de Carmen González Enríquez examina las causas de la ausencia en España de una derecha populista.1 Apunta, a grandes rasgos, tres factores: (1) un sistema político que dificulta la eclosión de nuevos partidos; (2) la ausencia de una oferta atractiva de este signo; y (3) una demanda de la misma limitada por diversos factores. Estos últimos incluyen el peso escaso de la inmigración y del antieuropeísmo en la agenda, la capitalización de la protesta por Podemos y una débil identidad nacional española. Por último, la larga duración del franquismo habría actuado como “vacuna” ante el ascenso de la ultraderecha. El diagnóstico es globalmente correcto, pero gana mayor nitidez si se le añade un examen de la evolución histórica y territorial en España de este sector ideológico, propósito de este análisis.2

Análisis

Consideramos que es difícil explicar el fracaso del sector político de la ultraderecha sin examinar su trayectoria desde el fin del franquismo. La dictadura oficializó el discurso ultraderechista de los años 30 del siglo XX y al hacerlo favoreció que perdurase hasta inicios de los 80. A grandes rasgos, este mensaje se vertebró en torno a cuatro ejes: (1) la denuncia de un complot heterogéneo para destruir el país (la “anti-España”); (2) un acendrado catolicismo; (3) la exaltación de la Hispanidad; y (4) la visión de la Guerra Civil como una Cruzada decisiva contra el comunismo ateo.

El hundimiento (1975-1982)

Así las cosas, al fallecer Francisco Franco en 1975 la extrema derecha halló una sociedad escasamente receptiva a su mensaje, pues había un amplio deseo de “reconciliación nacional” y la exhortación a retornar al enfrentamiento de 1936 difícilmente podía tener una adhesión significativa. Igualmente, la reivindicación del franquismo chocaba con la imposibilidad de restaurarlo al ser una dictadura personal, como reflejó una popular consigna de la época: “Franco resucita, España te necesita”. Por último, el ultracatolicismo de este sector ideológico topó con una sociedad cada vez más laicizada y generó una cosmovisión antirracista al asumir la igualdad de todos los hombres ante Dios. Este hecho obstaculizó la introducción de consignas xenófobas, a lo que también contribuyó la defensa de la Hispanidad, al integrar a los países latinoamericanos en una comunidad fraterna.

En las primeras elecciones democráticas, celebradas en 1977, la ultraderecha no obtuvo ningún escaño debido a los citados factores, a los que se añadieron su desunión y la competencia ejercida por Alianza Popular (AP). Entonces, esta formación liderada por el ex ministro Manuel Fraga buscó el apoyo del llamado “franquismo sociológico” (un electorado supuestamente satisfecho con la dictadura que ansiaría cambios limitados) y erosionó el voto de la extrema derecha. Pero la situación cambió en los comicios de 1979, cuando Fuerza Nueva (FN) se consolidó como partido hegemónico de este sector político y obtuvo un escaño en Madrid que ocupó su líder, Blas Piñar. Este acaudilló la coalición Unión Nacional y sumó 378.964 votos (el 2,1% del voto total). Tal éxito se reveló efímero ya que en las siguientes elecciones, celebradas en 1982, FN se estrelló en las urnas y se disolvió el 20 de noviembre de ese año.

Las causas del fracaso fuerzanovista fueron diversas. FN no constituyó un partido sólido ni unificó las diferentes tendencias de la extrema derecha, como hizo en Francia el Frente National dirigido por Jean-Marie Le Pen. Tampoco desarrolló una organización eficaz, mientras adoptó tácticas confusas sin una estrategia clara: osciló entre incorporarse al sistema democrático como el Movimento Sociale Italiano (MSI) o conformar un partido anti-establishment. A la vez, su invocación constante a luchar contra el sistema democrático, el “separatismo” y el marxismo facilitó que integrantes o miembros de su entorno protagonizaran episodios criminales. De este modo, FN no ofreció una imagen de “partido de orden” sino del “desorden”. Finalmente, el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 (23-F) acabó con los sueños ultraderechistas de llegar al poder por la vía militar. Esta situación desactivó a parte de sus seguidores y provocó la deserción del grueso de los de mediana edad y dejó un sector ideológico polarizado en torno a dos grupos de edad –jóvenes y ancianos– sin un colectivo de edades intermedias que ofreciera cuadros dirigentes experimentados.

El hundimiento de FN fue parejo al espectacular ascenso de AP, que se consolidó como alternativa a un PSOE con mayoría absoluta y satelizó el “voto útil” de ultraderecha. Así las cosas, las entidades de este espacio político experimentaron un proceso de fragmentación y autocrítica que hizo inviable su reorganización. El resultado fue que este sector ideológico quedó desprovisto de partido hegemónico, líder carismático y discurso movilizador.

La travesía del desierto (1982-2003)

En este escenario las tentativas de importación del discurso lepenista coexistieron con la nostalgia del franquismo. De este modo, tras constituirse Juntas Españolas (JJ.EE.), un partido tibiamente renovador activo entre 1984 y 1995, los afanes innovadores cristalizaron en la formación de Democracia Nacional (DN) en 1995. En ella convergió la militancia de varios colectivos ultraderechistas, pero la iniciativa no cuajó y perpetuó la atomización de la extrema derecha prácticamente hasta hoy.

Además, las siglas de este ámbito se enfrentaron a dos obstáculos. Uno fue que el sistema democrático, recién instaurado, no conocía una desafección significativa. El otro fue la competencia ejercida por un populismo protestatario que entre 1989 y 2000 contó con tres liderazgos y presencia mediática e institucional destacada, aunque no consolidó una opción duradera. Nos referimos a José María Ruiz-Mateos, que logró dos escaños a las elecciones europeas de 1989; Jesús Gil, cuyo Grupo Independiente Liberal (GIL, activo entre 1991 y 2000) gobernó Marbella, tuvo ediles en el litoral andaluz, controló el gobierno de Ceuta y entró en el de Melilla; y el banquero Mario Conde, que concurrió sin éxito a los comicios de 2000 con el Centro Democrático y Social (CDS). De este modo, a inicios del siglo XXI no se había afirmado un liderazgo de ultraderecha ni tampoco el de un populismo protestatario.

El escenario cambió al irrumpir Plataforma per Catalunya (PxC) en los comicios locales de 2003. Reclamando un “mejor control de la inmigración” logró cuatro ediles en ciudades pequeñas y medianas: Vic, Manlleu, Cervera y El Vendrell. Su fundador y líder fue el edil de Vic (una ciudad de 35.354 habitantes) Josep Anglada. Este comercial nacido en 1959 había militado previamente en FN y fue un efímero candidato de Ruiz-Mateos. En 2002 creó PxC en Vic y logró atraer la atención mediática, dando a conocer su nueva marca sin disponer de recursos económicos.

Ascenso y declive del “plataformismo” (2003-2015)

La minúscula presencia consistorial de PxC se expandió territorialmente en los comicios locales de 2007, ganó 17 ediles y devino segunda fuerza en Vic. En el siguiente ciclo electoral el partido aumentó sus apoyos. Así, en los comicios autonómicos de 2010 captó el 2,4% del voto (fue la primera fuerza extraparlamentaria) y en los locales de 2011 logró 67 ediles, penetró en el área metropolitana e ingresó en el consistorio del Hospitalet (segunda urbe catalana en población, con 219.786 habitantes). También revalidó su condición de segunda fuerza en Vic (19,9%), un dato no menor porque es una urbe dinámica de la Cataluña central que históricamente ha manifestado una gran capacidad de irradiación ideológica e incluso se la ha considerado “la capital de la Catalunya catalana”, en expresión que acuñó su alcalde en 1983 e hizo fortuna. Así, Anglada y PxC tuvieron en Vic un gran escaparate político y mediático.

Para comprender el ascenso de PxC debe destacarse que la formación marcó una ruptura con el pasado por su discurso homologable al de la ultraderecha europea y sus manifestaciones de catalanismo (Anglada se declaró autonomista, regionalista e incluso partidario de la autodeterminación). Oficialmente se define como “un partido político catalán, democrático y con vocación europea […] que se fundamenta en la libertad, la igualdad, la defensa de la verdad y la solidaridad entre los ciudadanos de Catalunya”. Afirma que “no es de derechas ni de izquierdas, sino el proyecto del sentido común al servicio del ciudadano” y configura “la plataforma amplia de todos los ciudadanos que no se sienten representados por los partidos tradicionales en temas tan importantes como la inmigración ilegal, la delincuencia, el paro, el terrorismo, la corrupción política o la degradación ambiental”. Manifiesta inspirarse “en los principios del humanismo cristiano e ilustrado, en el catalanismo político que arranca con Valentí Almirall o con Torras i Bages y, en general, en la tradición racional […] que caracteriza a la civilización occidental ante otras culturas” y “no apela a ninguna ideología, sino a unos valores éticos”. Como la derecha populista europea, PxC defiende una identidad y cohesión social amenazadas por la inmigración. Asocia al islam a una “forma reaccionaria de religión” y denuncia que sus practicantes pretenden conquistar Europa. Asimismo, critica a la clase política tradicional por corrupta y oligárquica (es “la casta podrida”) y la acusa de favorecer la inmigración. Preconiza un “chovinismo del Estado del bienestar” al exigir que los autóctonos reciban su atención prioritaria, como plasma su lema “primero los de casa”. Este discurso posicionó a PxC al margen del eje del sentimiento de pertenencia territorial Cataluña-España y proyectó otro alternativo que contrapuso inmigrantes y autóctonos. Así pudo aglutinar a quienes compartían su discurso, tanto si se sentían catalanes como españoles.

Todo ello dotó al partido de un crecimiento electoral sostenido, en la medida que su discurso sintonizó con un fenómeno que el politólogo Pascal Perrineau define como “lepenización de los espíritus” (en alusión al hecho de que las ideas de Jean-Marie Le Pen en Francia arraigaron primero en las conciencias y luego se plasmaron en las urnas).3 Este proceso de interiorización de estereotipos negativos de inmigrantes magrebíes y subsaharianos se inició en Cataluña a fines de los 80 y la década de los 90 y, finalmente, PxC lo plasmó en votos. En este sentido, un estudio de sus resultados en los comicios locales de 2003 y 2007 remarca que sus votos procederían especialmente de la abstención y del Partido Socialista.4 La formación buscó este electorado si nos atenemos a suManifiesto por el giro social que difundió en su V Congreso (mayo de 2010), pues en él se posicionó en favor de “un sector público fuerte y saneado al servicio de la sociedad catalana” y se opuso “a cualquier tipo de política liberal de privatizaciones”. A la vez, denunció que la izquierda se había “posicionado en favor de los beneficios del gran capital transnacional […] y de la inmigración masiva, abandonando de manera bochornosa la defensa de los intereses de los trabajadores autóctonos”. Por último, debe reseñarse que la eclosión de PxC se enmarcó en un clima de desafección política muy extendido en Cataluña que se tradujo en la irrupción de sucesivos partidos: entre 2003 y 2011 junto a PxC emergió en el ámbito local la Candidatura de Unidad Popular (CUP), mientras Ciutadans (C’s) y Solidaridad Catalana por la Independencia (SI) ingresaron en el parlamento.

Sin embargo, la trayectoria alcista de PxC conoció un eclipse en los comicios locales de 2015: sus 65.905 votos de 2011 cayeron a 27.348 y sus 67 ediles a ocho. ¿Qué explica este declive? Consideramos que en él confluyeron una crisis interna y una coyuntura desfavorable. En febrero de 2014 la cúpula de PxC expulsó a Anglada y se desató una pugna entre el fundador del partido y su dirección. El resultado fue que PxC se quedó sin líder conocido y el plataformismo se fragmentó (pues Anglada impulsó el partido Som Identitaris –SOMI–). Pero PxC también se quedó sin mensaje por el protagonismo arrollador del secesionismo en la agenda política, que expulsó del debate a sus temas estelares, como son la inmigración o la seguridad. Además, en Cataluña el crecimiento del independentismo ha conformado una dinámica inclusiva, en la medida que partidarios y detractores de la secesión buscan una movilización amplia. Ello supone desterrar discursos excluyentes en relación a la inmigración, como los de PxC. Por último, el discurso contra la “casta” pasó a monopolizarlo una nueva fuerza, Podemos.

Un triángulo decisivo: Madrid-Barcelona-Valencia

¿Cómo interpretar el éxito relativo de PxC entre 2003 y 2015, dado su carácter territorial? Al hacerlo es imprescindible tener en cuenta que la extrema derecha española se ha vertebrado a partir del tardofranquismo con perfiles muy diferentes en torno a tres ciudades: Madrid, Barcelona y Valencia.

La capital del Estado ha sido el epicentro del discurso hegemónico en este sector político, codificando mensajes de escasa innovación y refractarios a los cambios. Este encorsetamiento ideológico probablemente obedece a que en Madrid no existe un “enemigo” visible en la calle (cómo sucede en Barcelona con el “separatismo”, habitualmente asociado a la amenaza marxista o revolucionaria) y al hecho de que aquí se han hallado las sedes de partidos, entidades y prensa de este espectro político. En consecuencia, esta extrema derecha ha sido continuista, aunque no han faltado experiencias rupturistas (como Bases Autónomas –BB.AA.–). Ernesto Milá, conocido activista e ideólogo de este ámbito ha señalado que durante la Transición “la ultraderecha española […] era un fenómeno madrileño” y ha definido así la relación entre la extrema derecha de la capital y la del resto de España: “Madrid era […] la Meca de todas las conspiraciones y la ultra[derecha] de la periferia peregrinaba hacia el centro en busca de esperanzas y respuestas. Frecuentemente no encontraba ni de lo uno ni de lo otro”. Su conclusión sobre este polo político es demoledora: “si la ultra[derecha] es un cero a la izquierda en España […] es simplemente porque el centro madrileño siempre ha sido, en cuestiones ultras [,] un pozo de confusiones, un agregado de ineficacias y un desguace de ideas”.5

En cambio, la ultraderecha barcelonesa (y por extensión catalana) ha sido minoritaria en la calle y en las urnas y se ha enfrentado a enemigos poderosos. Esta debilidad y su mayor cercanía geográfica a Europa (que facilitó el contacto con activistas franceses e italianos) la ha configurado como un polo dispuesto a reinventarse para subsistir y crecer en la medida de lo posible. El resultado ha sido que Barcelona se ha erigido como el foco más dinámico de la ultraderecha estatal e ideológicamente importador. Tal tendencia se manifestó ya a fines del franquismo con la creación en 1966 del neonazi Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE) y en la Transición con la del Frente Nacional de la Juventud (FNJ) en 1977, dos organizaciones que adoptaron y difundieron consignas y mensajes del neofascismo europeo. En los años 90 esta pauta se mantuvo y se hizo visible en varias publicaciones y colectivos que incluso asumieron discursos “nacional-bolcheviques” de la Rusia postsoviética, como Alternativa Europea (AE). No es extraño, pues, que haya sido en Cataluña dónde ha irrumpido PxC (una ultraderecha homologable a la europea) ni sorprende el poco éxito de sus intentos de exportar la “marca”. Primero creó “plataformas” en distintas comunidades autónomas (Plataforma por Madrid –PxM–, Plataforma por la Coalición Valenciana –PxCV–, Plataforma por Castilla y León –PxCL–) y en 2012 lo hizo impulsando Plataforma por la Libertad, que devino Partido por la Libertad (PxL).

En este marco, Valencia ha sido la tercera urbe en importancia. Desde fines del franquismo la ciudad y su hinterland han conformado una placa tectónica ideológica al establecer una frontera física y lingüística con el catalanismo, a menudo asociado a un afán de dominio “imperialista” y marxista. Esta situación ha generado una ultraderecha de escasa sofisticación ideológica y marcado carácter combativo o escuadrista. Se ha hecho muy visible en la calle y ha mantenido vínculos fluidos con los círculos del populismo anticatalanista que encarna el “blaverismo”, un movimiento regionalista defensor de una identidad valenciana anticatalanista que asume como enseña la bandera con la franja azul o “blava”.

Ilustra lo expuesto la descripción irónica del perfil ideológico de las tres ciudades del escritor Juan Carlos Castillón (quien militó en la extrema derecha barcelonesa en su juventud): “Lo primero que hace un grupo de ultraderecha que se organiza en Barcelona es crear una revista; en Madrid diseña un uniforme y en Valencia abre un gimnasio”.6

Una interacción dinámica

A inicios del siglo XXI esta cartografía política habría cambiado: si hasta entonces la extrema derecha madrileña había marcado el compás del sector ideológico, ahora devino un yermo, mientras despuntó en Cataluña con PxC en 2003 y en Valencia se conformó un segundo núcleo de presencia institucional mucho menor con España 2000 (Esp2000). Este partido lo impulsó y lideró el empresario y abogado José Luis Roberto, un activista de dilatada trayectoria nacido en 1953. Esp2000 (que inicialmente fue el rótulo de una coalición y en 2002 se registró como formación en Valencia) se define como un “partido de carácter social y patriota que defiende los derechos de los españoles ante las agresiones, tanto de los respectivos gobiernos nacionales como de las amenazas exteriores”. Al igual que PxC, ha conocido un ciclo de ascenso y declive en los comicios locales: en los de 2003 solo captó 998 sufragios (0%); en los de 2007 ascendió a 3.792 (0,2%) y logró dos ediles (en Silla, con 18.597 habitantes, y Onda, con 24.140); en los de 2011 sumó 8.066 papeletas (0,3%) y cuatro ediles (dos en Onda, uno en Silla y otro en la localidad de Dos Aguas), a la vez que se expandió a Madrid al obtener un quinto edil en Alcalá en Henares (tercera urbe madrileña en población, con 203.686 habitantes) al captar un 5,1% del voto. Pero en los comicios de 2015 el partido retrocedió en la Comunidad Valenciana (posiblemente debido a la irrupción de nuevas marcas políticas que capitalizaron la protesta contra el establishment) y solo logró un edil en Silla. En contrapartida, en Alcalá de Henares mejoró sus resultados y –como veremos– ganó implantación en la zona.

Pese a lo expuesto, PxC y Esp2000 no han sido formaciones homólogas. Por una parte, coinciden en denunciar las pretendidas amenazas que comporta la inmigración, el islam (cuya supuesta intolerancia, según Esp2000, “le hace incompatible con otras religiones, incluso en marcos de civilización abiertos”) y comparten el mensaje de exigencia de “prioridad” o “preferencia nacional” en las prestaciones del Estado. Asimismo, han efectuado algunos repartos de alimentos solo para autóctonos (a semejanza de Amanecer Dorado en Grecia). Por otra parte, divergen en aspectos importantes. De este modo, en una fecha tan tardía como octubre de 2010, Esp2000 pretendía crear un “Estado orgánico” para “restar poder a los partidos” y quería reintroducir “la representación corporativa en el gobierno”, un anhelo que remite a la ultraderecha tradicional y que ya no consta en su ideario actual. Pero, sobre todo, Esp2000 asumió, junto al ultraespañolismo, un discurso “blavero” que no sólo choca con la catalanidad de PxC sino que supone renunciar a una transversalidad política similar a la de este partido, capaz –como hemos visto– de aglutinar catalanistas y anticatalanistas. Asimismo, Esp2000 tampoco ha tenido un consistorio como el de Vic, que ofreciera un vistoso escaparate político y la dotase de una imagen institucional.

Conclusiones

En definitiva, la ultraderecha española desde fines del franquismo se ha articulado a partir de tres ciudades: Madrid como un epicentro poco propenso a innovaciones; Barcelona como un polo innovador que fracasa en tentativas de influir en la capital; y Valencia como un polo de ideología poco elaborada y activismo combativo, con pasarelas entre el universo ultraespañol y el “blavero”. Hasta hoy sólo han sido significativos los fenómenos de extrema derecha que se han desarrollado en estas tres urbes, que interactúan de forma dinámica. De este modo, tras el declive electoral de PxC y Esp2000, ambos partidos y PxL en abril de 2016 confluyeron en la federación Respeto.

En el cuadro trazado, Madrid parece recuperar protagonismo si nos atenemos a dos elementos. Uno ya lo hemos señalado: Esp2000 revalidó en 2015 su edil en Alcalá de Henares con más apoyos (5.214 votos, el 5,8%) y aumentó su presencia en la zona con ediles en San Fernando de Henares (6,5%), Velilla de San Antonio (5,9%) y Los Santos de la Humosa (25%), a la vez que el PxL obtuvo uno en Valdeavero (18,2%). En este marco, el edil alcalaíno, Rafael Ripoll, sustituyó a Roberto como presidente de Esp2000. El segundo elemento que podría apuntar una recuperación del protagonismo madrileño sería el impacto mediático y la capacidad de movilización del Hogar Social Madrid (HSM). Este ente, parecido a la Casa Pound de Roma, surgió en 2014 y ha cobrado notoriedad su portavoz, Melisa Domínguez.

No obstante, es difícil discernir si actualmente asistimos a un enésimo movimiento pendular entre Barcelona a Madrid o a una tendencia de mayor calado. ¿Puede cambiar la situación de la ultraderecha en España a corto y medio plazo? Parece inviable la emergencia de una opción de este tipo por los diversos factores apuntados. Sin embargo, no puede descartarse de modo tajante al hallarnos en una situación política muy fluida, con cambios inesperados y un amplio sector de electorado poco fiel a nuevas y viejas siglas. A ello se añade la existencia de una potencial bolsa de un millón de votantes a una opción de “españolidad radical” y que podría incrementarse de recurrir a un mensaje crítico con la inmigración.7 De ahí se infiere que existe espacio político para una opción situada a la derecha del Partido Popular (PP), como apuntarían los resultados de Vox en los comicios europeos de 2014, pues esta escisión del PP captó 246.833 votos (el 1,5%).

En definitiva, se impone cierta cautela al trazar escenarios de futuro sobre la extrema derecha, así como prestar especial atención a los comicios locales (hasta ahora los más favorables a la eclosión de sus fuerzas) y a sus dinámicas en Madrid, Barcelona y Valencia, pues son los nódulos centrales de este ámbito político y permiten valorar sus cambios relevantes.

Notas

1 C. González-Enriquez (2017), The Spanish exception: unemployment, inequality and immigration, but no right-wing populist parties, WP nº 3/2017, Elcano Royal Institute, 14/II/2017.

2 Una primera versión de las tesis de este ensayo se expuso en X. Casals (2011), “La nova dreta populista i l’enigma espanyol”, L’Espill, nº 38, otoño, pp. 82-91.

3 P. Perrineau (1997), Le symptôme Le Pen. Radiographie des électeurs du Front National, Fayard, París, p. 33.

4 S. Pardos-Prado (2012), Xenofòbia a les urnes, Columna, Barcelona, pp. 166-167 y 184-191.

5 E. Milà (2010), Ultramemorias. Vol. 1, Eminves, Unión Europea, pp. 186-187 y 295.

6 X. Casals (2006), Ultracatalunya. L’extrema dreta a Catalunya: de l’emergència del búnker al rebuig de les mesquites (1966-2006), L’esfera dels llibres, Barcelona, pp. 129-130.

7 C. Castro (2017), “El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar”, La Vanguardia, 7/I/2017.

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* Análisis nuestro publicado originalmente por el Real Instituto Elcano (19/VII/2017), donde puede obtenerse en PDF, y que reproducimos ahora a petición de diversos lectores y lectoras ante el ascenso de Vox en las encuestas.


BANNON APUESTA POR LA FORMACIÓN DE CUADROS POLÍTICOS DE ULTRADERECHA EN UN CENTRO QUE IMPULSA CERCA DE ROMA

septiembre 23, 2018

Steve Bannon y Marine Le Pen (foto de AFP/Philippe Huguen).

THE MOVEMENT, LA PLATAFORMA DE STEVE BANON CREADA PARA AYUDAR A LA ULTRADERECHA EUROPA A COORDINARSE Y MEJORAR SUS RESULTADOS, YA TIENE SEDE.

De forma progresiva, el proyecto de Bannon, cuyo anuncio comentamos en este blog, cobra forma. Daniel Verdú ha publicado un extenso artículo al respecto en El País (21/IX/2018), “El templo populista de Steve Bannon en Italia”, que reproducimos a continuacion por su interés para  nuestros lectores y lectoras. Como puede apreciarse, el proyecto incluye una suerte de centro de formación de cuadros políticos, cuya sede estaría en la cartuja de Trisulti (Collepardo), a 130 km. de Roma.

Llama la atención al respecto el hecho de que la formación parece ser una meta importante para la derecha populista. Lo apuntamos en la medida que la sobrina de Marine Le Pen, Marion Maréchal-Le Pen, cuando se retiró de la política e impulsó el Institut des sciences sociales, économiques et politiques [ISSEP].  Asimismo, creó la marca de un servicio de comunicación, idées’O. ¿Acabará tejiendo Maréchal-Le Pen algún vínculo con el proyecto de Bannon? Lo ignoramos.

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El templo populista de Steve Bannon en Italia

El exasesor de Donald Trump promueve la creación de una suerte de academia política-religiosa en un monasterio de Roma.

La cartuja de Trisulti (Collepardo), un monasterio construido en 1204 e inaugurado por el papa Inocencio III en la cima de una montaña a 130 kilómetros al sureste de Roma, es el nuevo templo de Steve Bannon en Europa. El monumento religioso será la flamante sede de una suerte de universidad del populismo que el exasesor de Donald Trump ha diseñado junto con su mano derecha en la capital italiana y animador de los círculos ultraconservadores del Vaticano, Benjamin Harnwell. El nuevo artefacto aportará todo el apoyo ideológico y religioso a una estrategia amasada durante años para trasladar el trumpismo  a Europa y convertirlo en una suerte de Internacional Populista. Y la nave avanza. El líder de la Liga, Matteo Salvini, muy cercano al estadounidense, ya ha aceptado y mañana estará junto a Bannon y a la ultraderechista Giorgia Meloni en Roma para certificar un acuerdo para el asalto a Europa.

La tormenta populista que acecha el cielo europeo tiene su epicentro en Roma. Y Bannon lo sabe desde hace tiempo. El exasesor de Trump, cerebro de una exitosa campaña en 2016 y de gran parte del actual cuerpo ideológico antiestablishment del presidente de EE UU, vive obsesionado con trasladar sus métodos al Viejo continente desde uno de los hubs políticos y religiosos más importantes. No es casualidad que Bannon abriese en Roma una de las primeras sedes internacionales de Breitbart News, la publicación que dirigía. Aquí dos partidos de corte populista —Liga y Movimiento 5 Estrellas— gobiernan desde el 4 de marzo, cuando arrasaron en las elecciones. Además, la ciudad ofrece otro elemento clave para la nueva estrategia.

Bannon dio en junio de 2014 una insólita conferencia dentro del Vaticano promocionada por el Instituto Dignitatis Humanae (DHI), el think tank católico que dirige Harnwell e integra a destacados miembros de la oposición al papa Francisco. El presidente de su consejo asesor es Raymond Burke, líder de la corriente opositora a Francisco y nexo de unión entre el la derecha religiosa estadounidense y la Santa Sede. El presidente honorario de DHI es el cardenal Renato Martino, salpicado en el reciente escándalo Viganò, en cuya carta el exnuncio en Washington le acusaba de pertenecer a la corriente homosexual de la Iglesia. Un error estratégico de bulto que ha provocado que tanto Harnwell como Bannon, pese a su oposición a Francisco, se desmarcasen de aquel ataque. “No somos una organización contra el Papa”, señala Harnwell tras una pausa dramática de 20 segundos.

Italia contiene todo el pasado que Bannon necesita para acreditar una coartada cultural judeocristiana a su teoría política. Pero también es la cristalización del futuro de sus experimentos electorales. El laboratorio perfecto para lanzar una criatura independiente como The Movement, una plataforma que busca aglutinar a todos los partidos populistas de Europa de cara a las elecciones del próximo mayo. Una fundación inscrita en Bruselas en 2017 por Mischaël Modrikamen, abogado y miembro del minoritario Partido Popular belga. Una suerte de respuesta a Open Society, de George Soros, que financia luchas civiles y que Bannon ha definido como “un mal, pero una idea brillante”. Harnwell prefiere no entrar en detalles, pero asegura que “funcionará de arriba abajo, tal y como se forjó el Tea Party”.

Las visitas de Bannon a Italia se han multiplicado desde las pasadas elecciones yya ha anunciado que, a partir de ahora, pasará entre el 80% y el 90% del tiempo en Europa. Los contactos con la Liga se han intensificado y su influencia ha sido palpable, incluso eslóganes como “Primero los italianos”. Harnwell subraya la oportunidad del lugar elegido para levantar este particular centro. “Italia no es el primer país que combate el establishment. Lo ha hecho antes el trumpismo en EE UU y el Brexit en Reino Unido. Pero todo se ve muy claro aquí. Italia puede guiar a otros movimientos europeos desde su experiencia e iniciativa. Existe un hartazgo en Europa por seguir siempre los que pasa en EE UU, pero si algo nace dentro de estas fronteras será distinto. Hay que reconocer que antes de Salvini ya estaba Viktor Orbán, de modo que esto ya lleva tiempo cultivándose. Y Bannon los ha puesto en sintonía”, apunta dando un paseo por el templo, cedido como concesión por el Estado italiano.

Harnwell, curtido como asesor político y lobista durante años en Bruselas, muestra las instalaciones de lo que será la academia. Austero, muy devoto —lleva la trasera del coche forrada con adhesivos de Cristo— clava la rodilla en el suelo cada vez que pasa por delante de algunos de los altares. Marcadamente ideológico, pero con un incontenible humor británico, incluso para bromear sobre sí mismo, acepta el término populista para definir la corriente política que defienden. “Yo la uso en el contexto bannonista, trumpista. Significa dos cosas: una reacción contra la globalización y dar el poder al pueblo y quitárselo a las élites. No se trata de ir contra los ricos, sino contra la corrupción del Estado, contra el establishment. Los pobres no lo son por culpa de los ricos, sino por culpa de las leyes. La élite no debe usar el Estado para sus intereses. Ha de quedar claro: el populismo de Trump y Bannon no se basa en una dialéctica marxista. Es más bien en el american way”, señala sentado en una sala detrás de una de las capillas.

La universidad populista, financiada con donaciones privadas —según Harnwell— todavía necesitará un año para arrancar. El lugar, donde solo queda el viejo prior del monasterio, necesita algunas reformas para poder acoger a los alumnos. “Haremos retiros, cursos de formación, cursos educativos con profesores de reputación elevada. ¿Bannon? Es el hombre más demandado del mundo en este periodo. Pero tomará las decisiones más importantes del desarrollo del proyecto. Estamos en comunicación constante. Decidirá quiénes serán los profesores, las materias y los títulos”. Bannon, de 64 años, se ha divorciado tres veces. Salvini, pese a que a la mínima oportunidad blande un rosario y un Evangelio en los mítines, tuvo un hijo fuera del matrimonio y también vive con su pareja tras un divorcio. Nada extraño, pero poco acorde con la doctrina que se defiende desde Dignitatis Humanae. Harnwell sonríe. “Bueno, Bannon siempre ha dicho que no es ningún católico modélico, pero ve la importancia del cristianismo”.


¿TIENE BANNON UNA VARITA MÁGICA PARA LA ULTRADERECHA EUROPEA?*

julio 30, 2018

Steve Bannon y Marine Le Pen (foto de AFP/Philippe Huguen).

EL DESEMBARCO EN EUROPA DE STEVE BANNON, el ex estratega electoral y ex asesor presidencial de Donald Trump, ha levantado grandes expectativas. Bannon anunció el martes la creación de una estructura con sede en Bruselas para facilitar la coordinación de las fuerzas de derecha populista de la UE en vistas a los comicios del próximo año.

El ente que promueve se llama The Movement y su referente es la Open Society del magnate filántropo George Soros (aquí la respuesta de Patrick Gaspard, Presidente de Open Society Foundations). Pero si ésta difunde la democracia liberal en Europa, The Movement pretende asesorar a la ultraderecha sobre la difusión de mensajes y el uso de datos en la Red, y promover un macrogrupo en el Parlamento de Estrasburgo capaz de bloquear y minar la UE.

El anuncio ha levantado gran expectación mediática por el eventual impacto político que pueda tener la entidad, pero consideramos que debe verse con cautela por las tres razones que se exponen a continuación.

1. Unir a la ultraderecha europea ha sido imposible hasta hoy

La extrema derecha ha sido incapaz de unirse en un grupo en el Parlamento Europeo, pese a los beneficios e influencia que ello le reportaría. Es una vieja aspiración de este espectro político iniciada en 1979, cuando el Movimiento Social Italiano [MSI] impulsó la Euroderecha en las elecciones europeas de ese año. Entonces quiso tener grupo propio en Estrasburgo uniendo fuerzas de varios países, pero no tuvo éxito.

También han fracasado los intentos posteriores. Sucedió con el Grupo Técnico de Derechas Europeas, constituido en 1984 y liderado por Jean-Marie Le Pen, que se rompió en 1989 por tensiones de germanos e italianos por el Tirol. Le siguió en 2007 el grupo Identidad, Tradición y Soberanía [ITS], que concluyó abruptamente ese año al chocar rumanos e italianos.

Tras los comicios de 2014, las fuerzas de derecha populista formaron dos grupos en Estrasburgo: el Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa [EFDD], que abandera el Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP], y el Frente Nacional lepenista (ahora Agrupación Nacional [RN]), que lidera la Europa de las Naciones y de las Libertades [ENF]. Es más, en el Hemiciclo europeo, formaciones que se asemejan en su afán de limitar la inmigración y revitalizar fronteras militan en grupos diversos: la magiar Fidesz está en el Partido Popular Europeo [EPP]; la polaca Ley y Justicia [PiS], en el Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos [ECR], y la húngara Jobbik en ninguno.

¿Por qué se produce esta situación? Porque unificar la extrema derecha supone crear una internacional de ultranacionalistas cuyos intereses, por definición, pueden entrar en conflicto. Es, pues, improbable que Bannon resuelva este problema y se geste un macrogrupo en Estrasburgo, aunque en política nada es imposible.

A la vez, por encima de los discursos impera el pragmatismo. Existen cada vez más gobiernos críticos con políticas de la UE (como los del grupo de Visegrado), pero de ahí a predicar el fin de la Unión hay un trecho. En tal sentido, es significativo que Gran Bretaña no haya logrado crear una cuña para negociar bilateralmente aspectos del Brexit con algún Estado miembro. La UE, pues, mantiene su mala salud de hierro. Otra cosa es ver con qué principios y valores perdurará.

2. La ultraderecha europea ya es ducha en la Red

Bannon demostró en los comicios presidenciales de EE.UU. su habilidad en el manejo de datos de la Red para canalizar el mensaje político. ¿Supone esto que la extrema derecha europea va a obtener gracias a él réditos sustanciales de Internet? En realidad, sus partidos hace tiempo que explotan las redes sociales con habilidad, hasta el punto de que se ha hablado de una ‘fachosfera’.

El Frente Nacional fue la primera formación gala en disponer de web y Marine Le Pen tiene 1,5 millones de seguidores en Facebook. Asimismo, el Partido de la Libertad de Austria [FPÖ] ha hecho notables campañas virales: un rap que en 2013 cantó su líder y hoy vicepresidente, Heinz-Christian Strache, supera 1.300.000 visualizaciones (en un país de 8,3 millones de habitantes), y en las últimas elecciones austriacas el FPÖ creó la sitcom ‘The Hubers’ con gran éxito.

Bannon, pues, puede ofrecer know how en uso de Internet, especialmente en datos de usuarios, pero la influencia actual de la ultraderecha en este canal es ya harto importante. Por tanto, su ayuda no tiene por qué suponer necesariamente un cambio exponencial en este campo.

3. Existen audiencias múltiples de intereses contrapuestos

En los comicios presidenciales de Estados Unidos, Bannon trabajó con un electorado diverso, pero con relevantes denominadores comunes al ser unas elecciones presidenciales. En cambio, unos comicios simultáneos en la UE presentan electorados estatales y regionales, con intereses diversos y contrapuestos. Por tanto, es un reto más complejo dirigirse a una audiencia tan fragmentada con mensajes supuestamente unificadores.

Conclusión: ¿qué puede aportar Bannon?

Desde nuestra óptica, Bannon puede ciertamente influir en la eficacia de la campaña electoral ultraderechista, como ha remarcado su biógrafo Tilman Jens, y consideramos que puede hacerlo de dos formas. Uno es facilitar la relativa homogeneización de mensajes de la ultraderecha europea y estadounidense, en el marco de un proceso iniciado en los años 60 que originó una ‘extrema derecha euro-americana’. El otro es que Bannon, como agente externo al universo de la extrema derecha europea, pero con contactos diversificados en la misma, tiene cierto margen de maniobra para facilitar aproximaciones entre sus actores (aunque existen ya ámbitos de colaboración entre ellos, como ilustran los grupos de Estrasburgo).

Pero, sobre todo, debe resaltarse que el mero anuncio de The Movement, aún en mantillas, ha dado gran visibilidad a la ultraderecha europea. Ello indica que el influjo de este estratega radica en lo que ha hecho (llevar a la Casa Blanca a un extremista), más que en lo que pueda hacer. Encarna el Yes We Can, el Sí se puede, de la ultraderecha. Y si el teórico de la comunicación Marshall McLuhan afirmó que “el medio es el mensaje”, ahora el mensaje es el propio Bannon como icono de victorias ultraderechistas pasadas y futuras. He ahí la clave de su magnetismo.

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* Este artículo fue publicado originalmente como Xavier Casals, “¿Tiene Bannon una varita mágica para la ultraderecha europea?”, agendapublica.elperiodico.com (25/VII/2018).


¿HA EXISTIDO UN INDEPENDENTISMO CATALÁN FASCISTA TRAS LA MUERTE DE FRANCO?

julio 11, 2018

Cartel del PNSC (fondo de la UAB).

 

¿QUÉ RELACIÓN SE HA ESTABLECIDO HISTÓRICAMENTE ENTRE FASCISMO Y CATALANISMO? Esta ha sido la cuestión que han abordado desde distintos ángulos una veintena de historiadores en una obra colectiva en catalán titulada El catalanisme davant del feixisme (1919-2018), con distintos análisis abarcan un siglo de historia.

Los tres editores de esta interesante aportación (Enric Ucelay-Da Cal, Arnau Gonzàlez Vilalta y Xosé Manoel Núñez Seixas) han plasmado así la conclusión que puede extraerse de la lectura conjunta de los trabajos: “De este volumen, salen explicaciones nuevas, originales y de relevancia, que se pueden sintetizar en una primera conclusión: fascistas catalanistas, sí, ha habido, y quizás muchos, pero fascismo catalanista, no. Así de claro y de complicado a la vez”.

Por nuestra parte, hemos elaborado para la obra una aproximación al período que abarca desde la muerte de Franco hasta el presente. De este modo, nuestro capítulo se titula “Ha existit un feixisme nacionalista-independentista català (1975-2016)?” [¿Ha existido un fascismo nacionalista-independentista catalán (1975-2016)?]. En este estudio planteamos que durante el período reseñado, en Cataluña se produjeron tres evoluciones distintas. Estas, además, se sucedieron en términos cronológicos, como exponemos a continuación.

Una evolución desde la extrema derecha hacia el catalanismo (1978-1980)

La encarnó el disuelto Círculo Español De Amigos De Europa [CEDADE]. Entre 1978 y 1980 este colectivo neonazi (cuya sede central estaba en Barcelona) no solo editó propaganda en catalán y de carácter catalanista, sino que también creó un grupúsculo instrumental: el Partit NacionalSocialista Català [PNSC].

Este rótulo se difundió mediante adhesivos y carteles en el breve período de tiempo citado.

Una evolución del independentismo hacia la ultraderecha (1980-1982)

La plasmó el grupúsculo independentista Nosaltres Sols! [NS!], activo entre 1980 y 1982, con un efímero paso de sus integrantes por Estat Català. Este rótulo ganó eco al lanzar la campaña “xarnegos fora!” y su lema alcanzó notoriedad en la precampaña electoral de los comicios legislativos de octubre de 1982, al crear una significativa controversia política.

Para el lector no familiarizado con el término “xarnego”, señalamos que -según el Diec– este tiene una acepción peyorativa: “Inmigrante castellanoparlante residente en Cataluña, dicho despectivamente”.

Una nueva síntesis ideológica que supera la dicotomía Cataluña-España (2002-2015)

La reflejó la irrupción de la Plataforma per Catalunya [PxC], constituida el 2002 y que conoció un largo ciclo de ascenso y un súbito declive entre los comicios locales del 2003, 2007, 2011 y 2015. Aludimos en este caso a una nueva síntesis ideológica en la medida que este partido superó -aunque de forma limitada- las contradicciones que crea el eje catalanismo-españolismo con el lema “Primero los de casa”. Este eslogan proyectó un eje ideológico que contrapuso “autóctonos” (se sintieran estos catalanes o españoles) y foráneos (inmigrantes).

Como ya explicamos en este blog, la confluencia de tres factores provocó el eclipse de la PxC en los comicios locales de 2015: la crisis interna del partido; el impacto del proceso secesionista (que monopolizó la agenda política en detrimento de otras cuestiones y creó una dinámica electoral inclusiva); y la irrupción de nuevas marcas anti-establishment.

Pronósticos imposibles

En el libro mencionado finalizamos nuestro análisis señalando estas eventuales tendencias de futuro: “En este marco la ultraderecha puede continuar estancada y marginal, persistir su carácter dual (fracturada entre separatistas catalanes y ultranacionalistas españoles) o generar nuevas síntesis ideológicas hoy imprevisibles que le permitan progresar en las urnas”.

Desde nuestra óptica es difícil ir más allá de lo apuntado en la obra, pues -paradójicamente- el único pronóstico que hoy puede hacerse (tanto en relación a la política catalana como española) es que resulta imposible hacer pronósticos.


JAIR BOLSONARO, LA NUEVA ESTRELLA DE LA ULTRADERECHA EN BRASIL: COMPARADO A MENUDO CON TRUMP Y DUTERTE, ES RACISTA, SEXISTA Y MILITARISTA

diciembre 3, 2017

Jair Bolsonaro, el candidato de extrema derecha a la presidencia de Brasil (imagen de EFE en El País).

Jair Bolsonaro es un diputado y capitán del ejército en la reserva de 62 años que lidera el Partido Social Cristão [Partido Social Cristiano, PSC].  Según los sondeos acapara ya el 17% de los votos en vistas a las elecciones presidenciales de 2018.

Considerado el “Trump” o el “Duterte” brasileño, su mensaje es ultraconservador y provocador, sexista y racista. Exalta las bondades de una intervención militar y, como señala María Martín en su sugerente perfil de El País (2/XII/2017), su discurso “defiende la venta libre de armas, la tortura de delincuentes y las ejecuciones extrajudiciales por parte de la policía”.

Asimismo, Martín remarca que “su colección de frases estridentes es interminable: ‘los gais son producto del consumo de drogas’, ‘el error de la dictadura fue torturar y no matar’, ‘los policías que no matan no son policías’ o ‘las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas’. Bolsonaro —de segundo nombre Messias— interpreta su propia versión, aunque un tanto suavizada, del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, conocido por defender la ejecución de consumidores y traficantes de drogas”.

En suma, en Bolsonaro confluyen dos vectores tradicionales de la derecha extremista brasileña -el mesianismo bíblico y una sólida tradición de intervencionismo militar- con un populismo autoritario en sintonía con los nuevos aires de EE.UU. (Trump) y Filipinas (Duterte).

A continuación reproducimos la interesante crónica “Con la bala y la Biblia”, de Andy Robinson, publicada en La Vanguardia (3/XII/2017). En ella se expone la coalición de intereses que apoya a Bolsonaro y sus sucesivas mutaciones para sintonizar con un amplio espectro del electorado (la imagen reproducida procede del mismo artículo).

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Con la bala y la Biblia

El militar ultra Jair Bolsonaro presenta batalla a Lula da Silva por la presidencia de Brasil

Manifestación en Sao Paulo a favor de un golpe militar, el pasado 15 de noviembre, día de la república (Andy Robinson).

Dos encuentros, hace un par de semanas, en la avenida Paulista de São Paulo durante la fiesta anual del día de la República dieron la medida de hasta qué punto la nueva derecha en Brasil está ganando espacio político.

Por un lado, un grupo de cristianos evangélicos levantaban las manos y cantaban con gestos de euforia “¡Brasil es la tierra de la Santa Cruz!” animados por un pastor que despotricaba contra la inmoralidad de las exposiciones en el museo de arte que está en frente. Eran integrantes de una comunidad de protestantes fundamentalistas, socialmente ultraconservadores que crecen como la espuma en Brasil. De los 13 millones que había en 1990, han pasado a 45 millones, más del 20% de la población.

La derecha católica sube también y queda ya muy lejos aquella teología de la liberación que ayudó a llegar al poder el Partido del Trabajo (PT) de Lula Inacio da Silva hace 14 años.

El mismo día, 15 de noviembre pasado, un poco más arriba en misma avenida Paulista, medio millar de personas se congregaban en torno a un enorme monigote hinchable de unos 10 metros de altura que representaba un soldado de uniforme.

Portaban pancartas que rezaban “El comunismo mata, la corrupción también. ¡Intervención militar, ya!”. “El pueblo brasileño esta siendo masacrado por los políticos y los medios de comunicación; si los militares no actúan este país pronto dejará de existir”, dijo Paulo Ferreira da Silva , un parado de 57 años, subido a un taburete y con un cartel en la mano que decía: “ Armed Forces, save Brasil” (“Fuerzas Armadas, salvad Brasil”).

Según un sondeo del instituto Pew, el 38% de los brasileño considera “positiva” una alternativa militar a la democracia. Muchos aún recuerdan con nostalgia los 21 años (1963-1984) de gobiernos militares.

“Bolsonaro, popular entre los jóvenes y los nostálgicos de la dictadura, sube gracias a las redes sociales”

Acercándose las elecciones presidenciales del 2018, el candidato en boca de todos es Jair Bolsonaro, capitán en la reserva del ejército. El año pasado, este diputado ultraconservador de 62 años hizo guiños a una intervención militar antes de la destitución de la presidenta de izquierdas Dilma Rousseff. Nostálgico de los tiempos de los generales, Bolsonaro abarca las dos corrientes de la nueva derecha brasileña: la bala y la Biblia.

Defiende la pena de muerte, el derecho a poseer armas de fuego, una guerra militarizada contra la delincuencia en las favelas y el encarcelamiento de delincuentes menores de edad a pesar del peligro que se vive en las prisiones. Tras la noticia de la muerte de une decena de residentes de una favela en Rio acribillados por la policía la semana pasada, Bolsonaro respondió: “Un policía que no mata no es un policía”. Con el apoyo de los principales líderes de la derecha cristiana, Bolsonaro ha librado una guerra cultural contra el Estado laico y la libertad artística. Arremete contra un supuesto sesgo de izquierdas en la educación. Sostiene que la homosexualidad es el precursor de la pederastia. Es abiertamente racista y agresivamente misógino.

“Ni mereces ser violada”, le espetó a una diputada del PT en el Congreso el año pasado tras dedicar su voto contra Rousseff al general Carlos Alberto Brillhante, el militar que torturó a la ex presidenta durante la dictadura.

Pese a todo esto, Bolsonaro es el número dos en los sondeos con el 18% de la intención de voto (después de Lula que registra el 32%, pero cuya candidatura se ve amenazada por un caso de corrupción).

“Brasil recuerda un poco a España; tuvimos una transición pactada desde arriba; mucho ha cambiado y mucho, no”, opina Jorge Chaloub , analista político de la Universidad Católica de Rio (PUC). Pero quizás lo más chocante es que el 60% los admiradores de Bolsonaro no habían nacido durante aquellos años de gobiernos militares. Tiene 4,5 millones de seguidores en Facebook, la mayoría jóvenes. “Acabo de regresar de Brasilia y en el aeropuerto todo el mundo se hacía selfies con Bolsonaro y gritaba ¡Presidente!”, dijo perplejo el rabino Nilton Bonder, del centro Midrash en Rio.

El ascenso de Bolsonaro, al que hace tres o cuatro años nadie tomaba muy en serio, es el resultado –quizás inesperado– de la gran operación política y mediática para acabar con el poder del PT.

Fue urdida por grupos conservadores como Movimiento Brasil Libre (MBL), Vemprarrua y Cruzada por la Libertad, con el apoyo de las grandes empresas y bancos cuyas sedes en gigantescos rascacielos ensombrecen la avenida Paulista.

Estos grupos, algunos financiados directamente desde los grandes think thanks conservadores de Washington como Atlas, fueron cruciales para la convocatoria de las manifestaciones contra Rousseff en el 2015. Al igual que sus homólogos en la derecha alternativa estadounidense ( alt-right)supieron movilizarse en internet. “Hay que crear foros en la red con posturas anárquicas, iconoclastas, con montajes toscos y groseros”, recomendaron los fundadores del MBL. Así se prendería la mecha para una autentica rebelión popular.

“Lula Da Silva lidera los sondeos pero tiene un proceso pendiente y a la élite económica en contra”

Lo interesante es que los grupos que ahora defienden a Dios y los valores de la familia tradicional hace dos años eran de corte liberal. Defendían las privatizaciones, las reformas laborales, el desmantelamiento del sistema de pensiones, la apertura comercial. No hablaban mucho de la moralidad cristiana. El líder de MBL, Kim Kataguiri, con su melena larga y camiseta, parecía un tertuliano libertario en un seminario patrocinado por The Economist.

Pero estas ideas no sirven para ganar elecciones en un pueblo que puede ser conservador en lo social pero es de izquierdas en lo económico, como sucede en muchas otras partes de América Latina. Sirven todavía menos cuando los estragos de la recesión y la subida del paro, aunque disminuyen, aún no se han superado. La valoración popular del presidente Michel Temer, por ejemplo, está en el 3%.

“MBL hizo un rebranding”, explica el bloguero Gabriel Barceló en la edición brasileña de Le Monde Diplomatique. “Empezaron a atacar escuelas y exposiciones de arte como beatos con antorchas en las manos”.

“¿Ganará las elecciones el ‘Trump brasileño’? Análisis del Club de Prensa El País (11/XI/2017).

Paradójicamente, Bolsonaro ha tenido que hacer justo lo contrario. Tras defender durante años el intervencionismo y el nacionalismo económico, ahora propone privatizaciones y una apertura liberal. La semana pasada hizo un viaje a Nueva York donde fue recibido por Shannon O’Neill del respetable Council on Foreign Relations. Los analistas bursátiles en Sao Paulo ahora dicen que la elección de Bolsonaro podría cotizar al alza.

Pero Bolsonaro será el último recurso para la poderosa elite brasileña, necesario solamente en caso de que los jueces o los otros candidatos no pueden parar los pies a Lula. Geraldo Alckmin, el moderado gobernador del Estado de São Paulo, es el candidato que más elogiado en los grandes medios. Joao Doria, el radical alcalde de la ciudad de São Paulo es otra posibilidad, aunque su popularidad ha caído desde que ganó las elecciones a finales del año pasado.

Una victoria de Lula causa tanto temor que hasta se ha tanteado convencer a Luciano Huck para que se presente. Huck protagoniza un reality show que bate los récords de audiencia con una formula infalible en Brasil: selecciona a un pobre y concédele su deseo; una visita al Vaticano, por ejemplo.

En estos tiempos de rabia y hartazgo con la clase política no se puede descartar que Bolsonaro dé la sorpresa y cambie para siempre la imagen del país de la tolerancia, el buen humor y el placer.


ARNAU GONZÀLEZ I VILALTA: “LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA ESTUVO ENCIMA DE LA MESA DE LOS MINISTERIOS DE EXTERIORES DE EUROPA”

noviembre 26, 2017

 

EL HISTORIADOR ARNAU GONZÁLEZ I VILALTA  (Barcelona, 1980) es profesor del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona desde 2007. Es autor de una quincena libros sobre el periodo republicano español, la Cataluña de entreguerras, el nacionalismo catalán y la diplomacia europea. Entre otros destacan en el ámbito diplomático Cataluña bajo vigilancia. El Consulado italiano y el Fascio de Barcelona (1930-1943), PUV, 2009; Quan Catalunya preocupava a Europa. Diplomàcia i premsa internacional durant la Guerra Civil, Base, 2014. En estos momentos está preparando una amplia síntesis de las miradas diplomáticas y periodísticas de la Cataluña republicana después de un largo trabajo de archivo alrededor del continente americano y de la mayoría de países europeos.

Ahora ha comisariado la exposición “Une Catalogne Indépendante? Geopolítica y Guerra Civil (1936-1939)”, que explica cómo durante la contienda española las cancillerías europeas y americanas y la prensa internacional valoraron seriamente una eventual proclamación de la independencia de Cataluña. Asimismo, ha coordinado un libro colectivo homónimo –Une Catalogne Indépendante?– en el que han participado destacados académicos (como Enric Ucelay-Da Cal, Xosé Manoel Nuñez Seixas o Josep Sánchez Cervelló). La muestra puede visitarse en Barcelona, en el Memorial Democràtic, hasta el 2 de marzo de 2018.

 

Dado que esta cuestión no había sido abordada hasta ahora con amplitud (si bien existen diversos trabajos al respecto) y la consideramos de interés para nuestr@s lector@ hemos entrevistado a Arnau González. Le agradecemos su amabilidad al responder a nuestras preguntas. Asimismo, las diversas imágenes reproducidas a continuación pueden contemplarse en la exposición.

¿Se planteó seriamente la independencia de Cataluña durante la Guerra Civil?

Ciertamente estuvo encima de la mesa de los ministerios de exteriores de la Europa del 1936-1939, fue objeto de constante análisis en la prensa occidental -democrática y dictatorial-, así como sobrevoló la política catalana y española de ambos bandos de manera evidente. De hecho gran parte de los desacuerdos entre la Generalitat de Cataluña y los gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín así como con Manuel Azaña, provienen de esa opción. Una posibilidad que estaba ahí, que parecía moverse entre el rumor, la propaganda interesada y la realidad factible. La documentación diplomática y la prensa de todo el mundo lo acredita de manera apabullante.

¿Una Cataluña independiente habría tenido algún apoyo de las grandes potencias? 

Creo que esa no es la pregunta. El principal interrogante y de eso se trataba era: ¿Qué puede sacar de una Cataluña soberana cada potencia? Porque la mirada europea -y americana en menor medida- pondría el ojo en Cataluña por su especial e interesante situación geoestratégica. En una Europa próxima a una nueva conflagración continental, el lugar ocupado por el territorio catalán, al sur de los Pirineos y con una costa muy interesante y próxima a Menorca, podía ser de especial interés para Francia.

De hecho, la ayuda francesa, en forma de protectorado o de ocupación directa por parte de l’Armée, sería lo que se plantearía más seriamente, tanto en 1936 como en diferentes momentos de 1938-1939. Se valoraba ocupar Cataluña segregándola de España para romper el cerco al que Hitler, Mussolini e hipotéticamente Franco acabarían sometiendo al Hexágono. Eso, junto al interés de la Marine Nationale para evitar la conexión marítima mediterránea de Italia con España (este-oeste) para cortar las línias norte-sur (Europa-África Francesa del Norte), decidiría París a planteralo seriamente.

Los británicos no se mojaban, esperaban acontecimientos. Los alemanes estaban en contra, aunque se mostrasen dispuestos a no cerrar su consulado en Barcelona, mientras que la URSS no se mostró nunca favorable a esa opción.

 

Cartel francés de 1936 alertando sobre unos Pirineos convertidos en vía de entrada del enemigo alemán: “¿Francés, quieres que esto sea posible mañana”? Queda patente así la importancia estratégica de Catalunya.

¿Los líderes del bando republicano contemplaron esta posibilidad?

Absolutamente. Tantos los jefes de gobierno como el presidente de la República mantuvieron un constante desencuentro con Lluís Companys y la Generalitat con sus principales líderes Josep Tarradellas o Carles Pi i Sunyer, a tenor de las informaciones sobre sondeos de los delegados de la Generalitat en las principales capitales de Europa.

De hecho, por ejemplo, y en pro de no dar ningúna presencia en la esfera internacional, a finales de 1936 tanto Francisco Franco como Largo Caballero se negaron a firmar un tratado de evacuación de no combatientes de ambas zonas porque el documento llevaba la firma de Companys y el Lehendakari José Anotnio Aguirre. Unos y otros afearon a la Cruz Roja Internacional, promotora del pacto, que hubiera equiparado a una “província” más con el Estado español.

¿Y los del bando franquista?

Sólo deben recogerse los temores de sus aliados italianos y alemanes para entender que la incursión francesa en Cataluña, de haberse producido, hubiera desatado un conflicto de consecuencias impredecibles. De hecho, los ministros de exteriores de Hitler y Mussolini llegarían a explicitar por escrito en un acuerdo más amplio la oposición a “la creación y consolidación de un estado catalán”. Lo firmarían en octubre de 1936 Konstantin von Neurath y Galeazzo Ciano. No obstante, en alguna ocasión el Duce llegaría a pedir a Franco que abandonase Cataluña y se centrara en ganar la guerra en el resto de la Península. Del mismo modo, el Vaticano y el propio Papa se mostrarían alarmados por la posibilidad de la eventual constitución de una Cataluña soviética.

Por su parte, la propaganda rebelde habló de ello en manifiestas ocasiones, especialmente vinculando esta opción a una ayuda soviética que derivaría en la creación de una República Comunista Catalana. Cosa que provocó el pavor, entre real y propagandístico, entre todos los círculos católicos y conservadores europeos y americanos.Por otro lado, a Franco le plantearon en diversas ocasiones esta cuestión ciertos periodistas, mientras que algunos de sus acólitos como Gonzalo Queipo de Llano lanzaban mensajes amenazadores ante en relación a una secesión catalana. Cabe entender la actitud castellanizadora que manifestó el franquismo teniendo en cuenta esta realidad.

 

Propaganda franquista alertando del peligro de separación de Cataluña y el País Vasco durante la contienda.

¿Puede trazarse alguna analogía entre el pasado y la actualidad?

Las analogías las carga el diablo. Los contextos entre 1936-1939 y el presente son tan alejados que sólo podemos especular y plantearnos, diría yo, si hay líneas de continuidad. Especialmente en las actitudes de los movimientos nacionalistas españoles. En ese sentido, más allá de advertir una analogía en la unión de quienes defienden España por encima de ideologías opuestas, lo demás ha cambiado todo.

Así, en los años treinta en Cataluña no había separatistas, ahora los hay; entonces todo el mundo era catalanohablante, ahora sólo lo es la mitad de la población; igualmente, se pretendía que la independencia fuera un gesto de una élite política -como siempre se habían hecho las independencias- y ahora se pretende hacerlo a través del refrendo de los ciudadanos; los pequeños estados no tenían garantizada su supervivencia y en estos momentos no se plantea la solución de conflictos identitarios por la fuerza de las armas, a pesar de lo sucedido en Kosovo o Crimea. 

En último lugar, en los años treinta la comunidad internacional era extremadamente agresiva y no contaba con acuerdos continentales, de modo que la guerra europea podía estallar en cualquier momento. Hoy en día eso es imposible.

La exposición tiene piezas muy curiosas. ¿Hay alguna que quiera destacar?

Sin lugar a dudas. Al margen de crear un producto expositivo que no concede argumentos a nadie en la actualidad, hemos conseguido un muy buen repertorio de piecas. Entre las más curiosas, por poco difundidas, destaca el primer cartel que se puede visualizar al entrar en la exposición y en el que la propaganda franquista explica como Francia quería aprovecharse de la guerra para, con los “traidores” catalanistas y vasquistas, apropiarse de Cataluña y Euskal Herria [es la imagen anterior que ilustra la entrevista].

Y, en segundo lugar, el documento del 21 de noviembre del 1938 redactado por Nicolau Mª Rubió i Tudurí, que no se llegó a enviar y que propone al Gobierno de Francia ayudar a Cataluña a quedar fuera de la guerra de España a cambio de que la Generalitat provoque un golpe de Estado contra el presidente Negrín que facilite la derrota de la República y el fin de la guerra [reproducido a continuación].

 


INDEPENDENTISMO Y ULTRADERECHA, UN BINOMIO INSEPARABLE*

octubre 29, 2017

Propaganda de la Plataforma Adelante Cataluña (2007).

HECHOS COMO LAS AGRESIONES ULTRADERECHISTAS DE VALENCIA EL 9 DE OCTUBRE o la concentración extremista de Zaragoza el 24 de septiembre contra el encuentro de cargos electos convocado por Podemos proyectan la idea de que el ultranacionalismo español repunta con el secesionismo catalán y puede irrumpir políticamente. ¿Es así? Lo respondemos a continuación a partir de tres reflexiones.

La movilización actual contra la secesión no es una novedad

Al valorar la situación actual se debe tener presente que las manifestaciones agresivas contra la independencia son inherentes al ultrapatriotismo español desde sus orígenes. Este surgió a fines del siglo XIX para oponerse al secesionismo cubano y con la derrota de 1898 arraigó el temor a que el regionalismo convirtiera en Cataluña en una “segunda Cuba”. Ya en 1918 la llamada Liga Patriótica Española [LPE] denunció que había catalanistas deseosos de lograr una independencia “impuesta mediante el mandato de Europa”, aprovechando la conferencia de paz de la Gran Guerra.

Esta idea persistió y en septiembre de 1934 (la vigilia de los “hechos de octubre”) José Antonio Primo de Rivera creía que la Generalitat proclamaría la independencia con apoyo internacional y el Estado se tendría que enfrentar a “la anti–España de las potencias europeas”. El miedo al troceamiento de España reapareció durante la Transición, cuando la ultraderecha vio el catalanismo como el primer paso cabe el separatismo. Hoy, pues, contemplamos la enésima movilización contra la ruptura de España.

Presencia en la calle no quiere decir votos a las urnas

En el marco actual parece difícil que la extrema derecha obtenga réditos en las urnas porque –cómo veremos- no tiene una fuerza vertebrada que aglutine al grueso de su espectro ideológico ni líderes conocidos. Además, hace falta no olvidar que hacer bandera de temas que inquietan a la sociedad (en este caso la unidad de España) no implica un apoyo mecánico a las urnas.

Puede ilustrarlo la ultraderechista Plataforma Adelante Cataluña, que concurrió a los comicios autonómicos de 2006 con el lema “¡Defendemos Cataluña, Defendemos España!” y preconizó derogar el nuevo estatuto y defendió el bilingüismo. Incluso su lema del 12-O del 2007 fue el que se ha impuesto este año: “Orgulloso de ser español”. Pese a ello, sólo captó 2.529 votos por su marginalidad.

El ultraespañolismo puede iniciar un proceso de acumulación de fuerzas

En gran medida el futuro cercano de la extrema derecha depende de cómo Mariano Rajoy afronte el conflicto de Cataluña: si no evita que este se cronifique o decepciona a los sectores ultrapatriotas puede crearse un espacio político a su derecha. Pero ello no implica necesariamente que irrumpa en el Congreso una opción extremista, porque hoy sólo hay dos fuerzas que difícilmente pueden competir con éxito con el PP: Vox y la federación Respeto (que reúne la PxC, España 2000 y el Partido por la Libertad).

¿Qué podemos concluir de lo expuesto? Que el ultranacionalismo español, espoleado por el secesionismo, hoy –más que devenir capaz de vertebrar una alternativa al PP- conforma un potente grupo de presión. Llegados aquí se divisan dos eventuales escenarios: uno es que el mapa político no conozca cambios porque Rajoy es capaz de aglutinar a este electorado belicoso (sin que esto implique que el PP sea de ultraderecha); el otro es que este ultrapatriotismo inicie un proceso de acumulación de fuerzas ideológicamente transversal, como ha hecho el independentismo desde 2012. Si sucede esto último, posiblemente más temprano que tarde se visualizará a la política española por vías ahora difíciles de prever, como pueden ser –entre otras posibles plasmaciones- la eclosión de partidos, asociaciones o una involución autonómica.

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* Este artículo fue publicado originalmente en catalán como Xavier Casals, “Independentisme vs. ultradreta: un binomi inseparable”, Ara (15/X/2017).