¿QUÉ IMPORTANCIA TUVO EL CONSUMO DE DROGAS EN EL NAZISMO? UNA HISTORIA DEL “NACIONALSOCIALISMO EN PASTILLAS”*

julio 27, 2017

Portada de la edición inglesa del ensayo de  Norman Ohler sobre el consumo de drogas en el III Reich, que muestra a un Hitler demacrado por el consumo de estupefacientes.

EL NAZISMO HA GENERADO UN ALUD DE ESTUDIOS Y SE ESTIMA QUE EN 2007 TENÍA YA 37.000 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS. En ellas Adolf Hitler ocupa un lugar relevante y su prestigiosa nómina de biógrafos (Alan Bullock, Joachim Fest o Ian Kershaw entre otros) parecía haber diseccionado al dictador hasta en detalles nimios. Sin embargo, El gran delirio. Hitler, drogas y III Reich (Crítica, Barcelona, 2016), ofrece una visión innovadora del personaje al centrarse en su ignorada adicción a las drogas, que compartieron amplios sectores del aparato nazi, hasta el extremo de aludir el libro a un “nacionalsocialismo en pastillas”.

Su autor, Norman Ohler, no es historiador, sino periodista y guionista. De hecho, quiso hacer un film sobre este tema, lo investigó en distintos archivos y finalmente no lo plasmó en un documental, sino en este ensayo ágil, cuyas 260 páginas se leen de un tirón sin necesitar grandes conocimientos previos del tema.

Hitler, un politoxicómano

Alemania contó con una potente industria química que en los años veinte la convirtió en el primer productor mundial de cocaína y morfina, a la vez que lideró la exportación de heroína. En este marco, cuando el nazismo llegó al poder en 1933 efectuó una política contra las drogas, pero no impidió que su máximo jerarca ni sus tropas recurrieran a ellas para mejorar su rendimiento.

La relación de Hitler con los psicótropos se inició en 1936. Entonces un médico berlinés célebre por sus hábiles pinchazos para inyectar vitaminas y otras substancias, Theodor Morell, se ganó su confianza al curarle problemas digestivos. Desde entonces doctor y paciente no volvieron a separarse y Morell fue la única persona que desde 1936 vio a Hitler casi diariamente hasta su muerte. El resultado fue que el dictador llegó a tomar 28 comprimidos distintos al día y consumió 90 substancias distintas durante la guerra.

Es más, entre 1941 y 1945, a lo largo de 1.349 días, Morell le recetó medicamentos en 1.100 ocasiones y le puso casi 800 inyecciones, lo que convirtió a Hitler en politoxicómano. Incluso le administró testosterona para crearle deseo sexual y a su amante, Eva Braun, la medicó para cortarle el período y así poder tener ambos relaciones afectivas. Según Ohler, este consumo desaforado de drogas (que incluyó Eukodal, una mezcla de cocaína y morfina) explica tanto la decrepitud progresiva del líder nazi (en su última etapa temblaba y tenía el cerebro dañado) como su incapacidad de dirigir la contienda.

Pero no solo fue el autócrata quién recurrió a psicotropos para estar hiperactivo. El espectacular avance de sus tropas al inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939 no se comprende sin una metanfetamina que gozó de consumo masivo: el pervitin. Descubierta en 1937 y comercializada en 1938, fue presentada como un poderoso estimulante al que recurrieron todos los estratos sociales hasta devenir un producto de primera necesidad. En este escenario, los Ejércitos hitlerianos recurrieron a 35 millones de unidades de pervitin, cuya ingesta permitía una actividad continuada cerca de 40 horas, sin que hicieran mella el cansancio y el sueño.

Portada de la edición española.

Una aportación relevante

El gran delirio es importante para comprender el nazismo. Como afirma en su epílogo el reputado historiador Hans Mommsen, la obra presenta “sin miramientos la otra cara de la estrategia militar alemana” y “cambia la visión de conjunto” del Tercer Reich. Estamos, pues, ante una lectura indispensable para adentrarse en este ámbito desconocido del hitlerismo y entender la desconexión de la realidad que experimentó su máximo dirigente durante la contienda y que -en buena medida- explicaría su suicidio.

Clicando aquí puede leerse un fragmento de la obra en PDF.

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* Esta reseña ha sido publicada originalmente en la revista Librújula correspondiente al mes de julio.


¿CUÁNDO Y DÓNDE SURGIÓ EL ULTRANACIONALISMO ESPAÑOL? DE LA HABANA A BARCELONA

junio 26, 2017

Portada de la revista L’Esquella de la Torratxa de 1920 que hace alusión al pistolerismo con una pregunta: “¿A quién le toca, hoy?” (imagen de K-ntra-Kultura).

 

¿CUÁNDO Y DÓNDE SURGIÓ EL ULTRANACIONALISMO ESPAÑOL? Varios lectores y lectoras nos han planteado esta cuestión. Aunque pueda parecer paradójico, la respuesta radica en que el lugar dónde primero irrumpió fue en la Cuba colonial durante el siglo XIX, con un golpe de Estado en 1869, y llegó a España a través de Barcelona.

De La Habana a Barcelona

En Cuba se conformó el primer poder castrense autónomo de la metrópoli, ya que entre 1825 y 1878 Madrid concedió poderes extraordinarios al capitán general de La Habana. Estos comprendían “el gobierno discrecional de la colonia, con facultades ejecutivas para aplicar la legislación, adaptarla o suspenderla” para garantizar el statu quo de los peninsulares que dominaban la vida cubana.

El resultado fue que el capitán general devino allí un “virrey” de facto y su autonomía engendró un intervencionismo militar de nuevo cuño que –paradójicamente- se inició con un golpe de Estado contra la propia Capitanía en mayo de 1869, cuando la dirigía el general Domingo Dulce. Su política reformista le granjeó la oposición de los sectores reaccionarios que promovieron el golpe citado, acaudillado por el general Francisco A. Lersundi, su antecesor en el cargo.

Tras la pérdida de las colonias de Ultramar en 1898, los militares repatriados asistieron a la irrupción en Barcelona de una amenaza bifronte: lo que a sus ojos era un “separatismo” idéntico al de Cuba asociado a una amenaza revolucionaria, encarnada por el obrerismo organizado capaz de plantear huelgas generales. Cuajó entonces un ultraespañolismo cuyo polo aglutinador fue la capitanía general barcelonesa.

De este modo, durante el primer cuarto de siglo se configuró un poderoso “partido militar” que devino capaz de configurar un poderoso grupo de presión, capaz de hacer caer los gobiernos de Madrid. El resultado fue que entre 1917 y 1923, cuando se desarrolló el pistolerismo en Barcelona, los militares -Joaquín Milans del Bosch, Severiano Martínez Anido y Miguel Primo de Rivera- establecieron un poder autónomo en Cataluña (acabaron convertidos en una suerte de “virreyes”) que, finalmente, fue capaz de constituir la base de la dictadura militar primorriverista.

 

El general Miguel Primo de Rivera se convirtió en el primer dictador militar del siglo XX al protagonizar un golpe de Estado desde Barcelona.

La historia del “partido militar”

Hemos explicado este proceso con detalle en nuestro trabajo “Auge y declive del «partido militar» de Barcelona (1898-1936)”, Iberic@, Revue d’études ibériques et ibéro-américaines, editada electrónicamente por el CRIMIC (Centre de Recherches Interdisciplinaires sur les Mondes Ibériques Contemporains) de la Universidad de la Sorbona, nº 4 (otoño 2013), pp. 163-180. ISSN 2260-2534. Puede consultarse el texto en PDF aquí PartidoMilitar-Xavier Casals

A continuación reproducimos su abstract o resumen en francés e inglés, así como sus palabras claves y el enlace para consultar el texto.

Resumen

Historia del “partido militar” de Barcelona desde sus orígenes en 1898 hasta su crisis en 1930. La expresión “partido militar” alude al proyecto de la oficialidad de la Capitanía General de Barcelona de convertir a esta institución en una base de poder militar en Cataluña independiente del gobierno. Este proyecto surgió a inicios de siglo XX, cuando la Capitanía barcelonesa actuó de modo cada vez más autónomo de Madrid para combatir al movimiento catalanista y al pistolerismo anarcosindicalista. Así, entre 1917 y 1923 en ella se pusieron los fundamentos de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930), instaurada con un golpe de Estado ejecutado en Barcelona. Al finalizar la dictadura el “partido militar” inició su declive.

Palabras clave

Barcelona, Cataluña, capitanía general de Cataluña, Dictadura, Golpe de Estado, Extrema derecha

Résumé

Histoire du « parti militaire » de Barcelone depuis sa création en 1898 jusqu’à à la crise en 1930. Le terme «parti militaire» désigne le projet des officiels de la capitainerie générale de Barcelone pour transformer cette institution en une base de pouvoir indépendante en Catalogne du gouvernement. Ce projet est né au début du XXe siècle, lorsque la capitainerie de Barcelone a agi de façon de plus en plus autonome de Madrid pour lutter contre le gangstérisme et le mouvement anarchosyndicaliste catalan. Ainsi, entre 1917 et 1923, elle a jeté les bases de la dictature du général Miguel Primo de Rivera (1923-1930), établie par un coup d’État exécuté à Barcelone. À la fin de la dictature le «parti militaire» a commencé son déclin.


EL “15-J” DE 1977: LAS CLAVES DE LAS PRIMERAS ELECCIONES DEMOCRÁTICAS EN ESPAÑA*

junio 19, 2017

Vídeos electorales de las primeras elecciones celebradas tras la dictadura.

EL 15 DE JUNIO DE 1977 [15-J] SE CELEBRARON LOS PRIMEROS COMICIOS DEMOCRÁTICOS EN ESPAÑA DESPUÉS DEL FRANQUISMO. Votó el 78.8% del censo mayor de 21 años y las urnas conformaron unas Cortes constituyentes. Aun así, como exponemos a continuación, aquellas elecciones fueron singulares por tres razones: tuvieron un trasfondo que favoreció la entente, sus grandes opciones políticas se perfilaron sobre la marcha y los resultados pusieron las bases de la Transición

1. Las dinámicas del consenso

Los comicios se celebraron en un clima propicio al entendimiento por el peso de tres factores. Por un lado nos referimos al golpe de estado protagonizado por el general Augusto Pinochet en Chile el 1973, que aplastó un gobierno de izquierdas surgido de las urnas. Por otro lado debe señalarse la revolución de los claveles de Portugal de 1974, que puso fin a una larga dictadura anticomunista y emprendió un proceso revolucionario.

Por último, hace falta aludir al recuerdo omnipresente de la Guerra Civil, que mostraba los riesgos de una confrontación intensa. De esta forma, antes de morir Franco el gobierno sabía que tenía que buscar una salida en el régimen “desde arriba” para evitar un eventual proceso revolucionario como el portugués. Y el grueso de la oposición era consciente de que hacía falta contención para evitar que el Ejército interviniera en el proceso político, como Chile. Se impuso, pues, rehuir enfrentamientos.

2. Un juego de enredos políticos

Las elecciones se caracterizaron por una cierta ceremonia de la confusión. Así, al ámbito zurdo el PCE moderó el discurso y el PSOE lo radicalizó. Los comunistas tenían una imagen pésima acuñada por el franquismo, eran “la bestia negra” de la cúpula militar y sus máximos dirigentes (Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri) estaban asociados a la Guerra Civil. Por consiguiente, la legalización del partido el abril de 1977 comportó una vistosa moderación para ganar respetabilidad. En cambio, el PSOE liderado por Felipe González (que no era percibido como una amenaza por la establishment a pesar de declararse marxista) hizo un camino inverso para disputar el electorado al PCE. El resultado de esta evolución se reflejó en lemas electorales semblantes: “Socialismo es libertad” (PSOE) y “Socialismo en libertad” (PCE).

Al ámbito de centroderecha sucedió algo similar con la UCD liderada por Adolfo Suárez y la AP acaudillada por Manuel Fraga. Ambos políticos procedían del franquismo y rivalizaban entre sí  para vertebrar un gran polo de centroderecha. Suárez optó para crear la UCD desde el gobierno a partir de las redes del Movimiento (el partido único de la dictadura) y absorbió en la clase política más joven del régimen. Construyó así un artefacto que englobó liberalismo, socialdemocracia y democracia cristiana. En cambio, Fraga optó por una vía opuesta y reivindicó el franquismo al hacer un cálculo erróneo. Quiso atraer a los sectores que veían positívamente la dictadura (el “franquismo sociológico”) al pensar que eran una gran bolsa electoral. La consecuencia de esta pugna fue que AP aconteció “neofranquista” y UCD triunfó como “centrista”.

3. El triunfo del reformismo

Los votantes premiaron las fuerzas más moderadas, alejadas del pasado y con líderes más jóvenes: la UCD (34.4% del voto y 165 escaños) y el PSOE (29.3% y 118), que fueron seguidas de lejos por el PCE (9.3% y 20) y AP (8.2% y 16). Este balance marcó el triunfo del reformismo ante alternativas radicales o rupturistas. De hecho, fuerzas como ERC o el Partido Carlista no fueron legalizadas hasta después de los comicios.

Aun así, estos resultados favorecieron una situación fluida. Cómo señala el historiador Charles Powell, “de haber obtenido UCD la mayoría absoluta, es posible que la izquierda hubiese cuestionado la limpieza de los comicios” y “de haber triunfado la izquierda […] es posible que las Fuerzas Armadas hubiesen hecho acto de presencia”. Esta última amenaza no era ninguna exageración porque, como expuso el sociólogo Juli Busquets, desde 1971 cada guarnición tenía planos secretos para actuar en las urbes contra el enemigo interior, donde  constaban los barrios obreros que había que neutralizar para evitar una oleada comunista.

Una herencia decisiva

Del legado de aquellos comicios, además de la Constitución de 1978, sobresalen dos aspectos. Uno es el sistema electoral vigente, que se fundamenta en el que se empleó el 15-J. Paradójicamente, fue aprobado por las últimas Cortes franquistas y su diseño quería limitar el peso de las grandes ciudades, que eran baluartes zurdos. El otro aspecto son las dos singularidades territoriales que emergieron electoralmente: el País Vasco, donde ganó el PNV (29.2%) en un contexto marcado por la violencia de ETA, y Cataluña. Aquí triunfaron los socialistas (28.5%) seguidos de los comunistas (18.3%), el que provocó inquietud al gobierno al temer que se constituyera una Generalitat de izquierdas. Suárez lo impidió hábilmente al facilitar el regreso del presidente de la Generalitat al exilio, Josep Tarradellas, y nombrarlo titular de la provisional (a pesar de que nadie lo había votado y su legitimidad política era republicana).

En definitiva, al examinar hoy el 15-J podemos captar que aquella cita electoral ya manifestó la ductilidad propia de la Transición y puso sus fundamentos.

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* Este artículo fue publicado originalmente como X. Casals, “15-6-1977: obligats a entendre’s”, Ara (18/VI/2017).


DON JUAN DE BORBÓN O EL MITO DEL PRETENDIENTE AL TRONO DEMÓCRATA

marzo 26, 2017

Acto de renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977.

ESTE AÑO SE CUMPLEN CUARENTA AÑOS  DE LA RENUNCIA DE DON JUAN A SUS DERECHOS DINÁSTICOS, que tuvo lugar el 14 de mayo de 1977, un hecho sobre el que se suele pasar de puntillas porque empañaba la legitimidad de su hijo en el Trono.

Dado que tiende a reproducirse una biografía idealizada del mismo que le presenta como una alternativa demócrata a la dictadura de Franco, hemos considerado pertinente reproducir esta semblanza que publicamos en el 2007 al respecto.*

Como puede apreciarse a continuación, éste distó mucho de ser un demócrata rectilíneo. En general, tuvo una trayectoria política errática y oportunista, que le llevó a transitar por el autoritarismo, ya que su principal afán fue llegar a reinar. Quien esté interesado en más información al respecto, puede consultar nuestro ensayo Franco y los Borbones (2005). 

 

JUAN III: EL REY QUE NUNCA REINÓ

El pasado 14 de mayo se cumplieron treinta años de la renuncia de Don Juan de Borbón y Battenberg a sus derechos a la Corona en favor de su hijo Juan Carlos I. La efeméride no ha merecido conmemoración alguna porque ésta evidenciaría de nuevo las contradicciones iniciales que revistió la legitimidad dinástica del actual monarca: fue Rey de hecho desde noviembre de 1975, cuando fue proclamado como tal por las Cortes, pero no lo fue de derecho hasta que su padre hizo esta renuncia.

Esta situación explica las trabas que halló Don Juan para hacerla como deseaba: con una vistosa ceremonia en la cubierta del Dédalo, ante el ataúd de Alfonso XIII. Su propuesta fue desestimada por temor a realzar un acto que podía crear confusión en la opinión pública. La reina Sofía defendió que la renuncia “se hiciera simplemente por carta” y Torcuato Fernández-Miranda afirmó que no debía producirse, pues “significaba enmendarle la plana al régimen”.

Don Juan no era el primogénito de Alfonso XIII, sino su tercer hijo varón (en la imagen está de pie a la derecha).

Finalmente Don Juan la llevó a cabo en un acto televisado: “En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Juan Carlos I”, declaró. No obstante, tras este gesto dinástico “anormal”, que restableció la “normalidad” dinástica, siguió empleando el título de conde de Barcelona, pese a ser un título de soberanía del Rey de España y resultar incongruente con su renuncia.

Ésta última habría marcado una inflexión vital, pues según el juanista Víctor Salmador “dejó de interesarle todo” e “hizo un esfuerzo sobrehumano para sobreponerse a la apatía y a la tristeza”. En 1982 regresó a España, poniendo fin a su exilio en la ciudad lusa de Estoril (donde residía desde 1946) con su esposa Doña María. En octubre de 1992 hizo unas declaraciones al Diario de Navarra reflejando una visión pesimista de España (“La veo mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada”) y su gran frustración: “Me hubiera gustado ser Rey de todos los españoles. Fue mi vocación para la que me educaron y para la que viví, pero renuncié plenamente [a ella] porque era para el bien de España”. Falleció poco después, en abril de 1993.

 

Alfonso XIII con Don Juan en el exilio.

Hijo de Rey y padre de Rey, nunca reinó

La renuncia de Don Juan en 1977 puso fin a su dilatado esfuerzo por reinar. Nacido en 1913 del matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, fue su tercer hijo varón y no devino heredero de la Corona hasta 1933, cuando la familia real ya vivía en el exilio. Ignoramos la razón de este tardío reconocimiento, pues su hermano mayor, Don Alfonso, era hemofílico y el segundo, Don Jaime, sordomudo. Don Juan, por tanto, era ya desde su niñez el único vástago capaz de suceder a Alfonso XIII. ¿Por qué el monarca no tomó esta decisión cuando reinaba? El republicano Rafael Borràs apunta una respuesta: de abdicar el Rey en Don Juan según la Constitución de 1876, las Cortes debían sancionar su decisión, lo que pudo disuadirle al herir “su orgullo de rey” y poner de manifiesto las limitaciones de sus hijos.

En todo caso, sólo cuando sus dos hermanos mayores renunciaron en 1933 a sus derechos dinásticos y contrajeron sendos matrimonios desiguales quedó expedito su camino al Trono. Enrolado entonces Don Juan en la Royal Navy, recibió un lacónico telegrama paterno en Colombo (Sri Lanka): “Por renuncia de tus dos hermanos mayores, quedas tú como mi heredero. Cuento contigo para que cumplas con tu deber”. Su condición de heredero al Trono truncó la vocación naval de Don Juan (“Se acabó la Marina, se acabó todo”, recordó años después) y pronto se halló inmerso en las tensiones que rodearon a Alfonso XIII en el exilio: el grueso de monárquicos –liderado por José Calvo Sotelo- quiso que el Rey renunciara a sus derechos en favor de Don Juan y éste tuvo que maniobrar entre su padre y sus belicosos leales.

Don Juan se presentó como combatiente voluntario del bando alzado. En la foto lleva la boina carlista y el símbolo falangista.

Iniciada la Guerra Civil (1936-1939) Don Juan fue invitado a protagonizar un “salto dinástico” en dos ocasiones al menos. Por una parte Dionisio Ridruejo le propuso iniciar en la Falange una carrera como militante de base para devenir monarca después. Don Juan rechazó el despropósito: “Yo les dije que si les fallaba como jefe local, ya no me harían Rey”.

Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva señaló un eventual acuerdo que posteriormente se frustró entre Don Juan y el general Franco: “Franco le confirmó secreta y personalmente como su futuro sucesor a título de rey sin fecha fija”. Dio fe de tales rumores un significado confidente de Alfonso XIII en Suiza, Ramón de Franch: “¿Manteníanse contactos entre Burgos y la residencia romana de D. Juan, a espaldas de su padre? En Lausanne se andaba de puntillas sobre el terreno resbaladizo de las hipótesis”, escribió.

En 1941 falleció Alfonso XIII y Don Juan empleó desde entonces el título de conde de Barcelona, aunque sus leales le aclamaron como “Juan III”. Entre ese año y 1948 la actuación política de Don Juan fue errática y oportunista. Entre 1941 y 1942 tanteó círculos nazis y fascistas en busca de avales para reinar, pero en realidad apostó de forma decidida por los aliados, en especial con su Manifiesto de Lausana (1945), lo que irritó profundamente a Franco.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, e instalado en Estoril, Don Juan mantuvo su complejo juego político entre 1946 y 1948. Entonces estableció las llamadas Bases de Estoril –que definían una monarquía corporativa y antiliberal- y a la vez buscó un pacto con la oposición al franquismo, incluyendo a anarquistas y socialistas. Todo fue en vano: el anticomunismo de la Guerra Fría consolidó la dictadura de Franco y éste vio aprobada en un referéndum celebrado en 1947 una Ley de Sucesión que dejó a su arbitrio el nombramiento de su sucesor a título de Rey.

Encuentro de Franco y Don Juan en el Azor en 1948.

En agosto de 1948 Don Juan mantuvo una entrevista con Franco a bordo del yate Azor, en el Cantábrico, en la que se decidió que estudiara en España su hijo Juan Carlos, nacido en 1938. Con tan valioso rehén en manos del dictador, poco pudo hacer ya Don Juan para acceder al Trono, salvo esperar un golpe de Estado que nunca llegó. Había perdido la batalla de la Corona y en sus empeños dilapidó su credibilidad política ante franquistas y antifranquistas, ya que sus vaivenes acuñaron una imagen de hombre sin criterios.

Así, cuando Franco comentó al escritor monárquico José M. Pemán que “Don Juan, hombre afable por acogedor, se deja influir por el último que llega”, recibió esta réplica: “Pues llegue usted el último”. Igualmente, Ibérica, revista del exilio sostenida en Nueva York por Victoria Kent y patrocinada por Salvador de Madariaga, expresó en 1960 su desencanto: “Don Juan unas veces dice a los hombres de ‘la Corte’ que su monarquía será liberal y otras veces declara […] que seguirá el ‘movimiento del general Franco’”.

Acto de aceptación de Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969.

Paradójicamente, el “salto dinástico” que Franco decidió en 1969, al designar oficialmente a Don Juan Carlos sucesor, hizo que la desvaída figura del conde de Barcelona cobrase nuevo brillo: excluido del Trono, su figura fue contemplada por parte de la oposición al régimen como una “alternativa demócrata” a la presunta continuidad institucional de la dictadura encarnada por su hijo. Su proyección fue también realzada a posteriori por monárquicos que aludieron a la existencia de un “pacto de familia” entre Don Juan y Don Juan Carlos para llevar la democracia a España, aunando esfuerzos para evitar la instauración de una República.

De ese modo, el historiador Charles T. Powell apunta que los neojuanistas hacen suya “una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta”. La realidad cuestiona esta conjetura: sin ir más lejos, Don Juan estuvo a punto de abanderar la oposición a su hijo en 1974, lo que dejó literalmente “aterrada” a su esposa, Doña Maria.

¿Drama personal o espejo generacional?

Una abundante publicística monárquica presenta el enfrentamiento entre Don Juan y su hijo como un drama personal, enfoque que confiere un protagonismo a la familia real de resonancias hagiográficas: son los “sacrificios” y “renuncias” de Don Juan y la mediación abnegada de Doña María entre esposo e hijo lo que permite restablecer la Corona y restaurar la democracia. Desde nuestra perspectiva, esta narración en clave de “epopeya dinástica” oculta sin pretenderlo una realidad más profunda: el “salto dinástico” que protagonizó Don Juan Carlos fue el reflejo más visible del cambio generacional que hizo viable la llamada Transición.

Durante el franquismo las organizaciones de la oposición se caracterizaron por un recambio generacional que supuso una relativa asimilación de la política española a la europea. Este cambio marcó el ocaso de las direcciones del exilio, comosucedió consocialistas como Rodolfo Llopis, anarquistas como Federica Montseny o incluso con la “vieja guardia” comunista. El caso de Don Juan fue similar al de estos exiliados: compartió con ellos un largo alejamiento, vanas esperanzas de regresar triunfante con complots más fantasiosos que factibles y la percepción distorsionada de la realidad española.

Todos ellos fueron grandes perdedores de la democratización y Don Juan, aunque no se contó entre los vencidos de la guerra ni los represaliados del franquismo, fue uno más, como escribió en 1958: “Yo soy el único exiliado que sin cometer delitos comunes o de sangre no me deja el General ir [a España]”. Hoy, “Juan III” -Rey que nunca reinó- aún espera una biografía crítica que supere distorsiones, filias y fobias en torno a su figura.

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*  Xavier Casals, “Juan III: el rey que no reinó”, El noticiero de las ideas, 32 (octubre-diciembre 2007), pp. 5-7. Reproducido inicialmente en este blog el 3 de febrero de 2013, con motivo del centenario del nacimiento de Don Juan.


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febrero 18, 2017

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BARCELONA 1957: ¿ORDENÓ FRANCO ASESINAR AL CAPITÁN GENERAL POR PREPARAR UN GOLPE DE ESTADO?

febrero 11, 2017

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Imagen del capitán general de Cataluña, Juan Bautista Sánchez (Hemeroteca del buitre)

LA NOCHE DEL 29 DE ENERO DE 1957 FALLECIÓ EL CAPITÁN GENERAL DE CATALUÑA, Juan Bautista Sánchez González. En el momento de su muerte, este militar se hallaba en el punto de mira de los servicios de información del régimen, al considerarle dsafecto al régimen. Y ello a pesar de que éste pudo ser el “primer alzado” de la rebelión militar que desencadenó la Guerra Civil, pues -según su Hoja de servicios– “la noche del 16 de julio, inició el Movimiento Nacional en el Rif, sublevando en Torres de Alcalá el Tercer Tabor de Regulares de Alhucemas”.

¿Por qué Sánchez se distanció del régimen que contribuyó a instaurar? Debido, sobre todo, a sus crecientes simpatías monárquicas: convencido partidario de Don Juan de Borbón, discrepó de modo cada vez más abierto de la dictadura de Franco.

Un sublevado de 1936 distanciado de la victoria de 1939

¿Pero quién era este general? Su hijo Juan Bautista Sánchez Bilbao (a quien entrevistamos antes de fallecer el 2005 y que por su brillante carrera militar pudo disponer de información relativa a los hechos aquí analizados) definió a su padre como “un hombre del 18 de julio [de 1936], no del 1 de abril [de 1939]”. Es decir, no se identificó con el régimen surgido de la victoria franquista.

En 1943 su padre fue ascendido a teniente general. En abril de 1945 fue nombrado capitán general de Zaragoza, tras manifestar su apoyo a Franco en marzo, cuando el dictador reunió al Consejo Superior del Ejército. En 1949 fue nombrado capitán general de Cataluña y en diciembre de 1955 procurador en Cortes.

Como otros muchos sublevados en 1936, en los años cincuenta Sánchez González experimentó un progresivo desacuerdo con el régimen. Siguiendo el testimonio de su hijo, tuvo hasta un mínimo de tres encuentros –en solitario o acompañado- con Franco para pedirle que restableciera la Monarquía.

Sánchez no se recató de manifestar su oposición a la Falange ante sus subordinados, como explicó un soldado a su servicio cuando Franco visitó a Barcelona al celebrarse el Congreso Eucarístico el 28 de mayo de 1952. Entonces Sánchez oyó música del exterior y se asomó al balcón, viendo como pasaba un grupo de falangistas uniformados desfilando hizo esta afirmación: “Es una vergüenza que aún se tenga que presenciar esto”.

Franco trasladó su inquietud por Sánchez a su primo y confidente Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón. Éste constató en sus anotaciones que el Generalísimo estaba “preocupado” por la “actitud pasiva” del capitán general en Barcelona. Consideraba que “se inhibió por completo” de la llamada huelga de tranvías que tuvo lugar entre el 14 y el 25 de enero de 1957 “y no fue a visitar ni a ofrecerse a la autoridad civil hasta seis días después de haberse iniciado la huelga”.

Asimismo, Franco sabía que Sánchez “alardeaba de antifranquista y de monárquico partidario de Don Juan de Borbón” y había dicho al presidente de la Diputación “que ya era hora que el Caudillo trajese la monarquía con Don Juan”.

Se disparan los rumores de un asesinato ordenado por Franco

En este contexto se produjo la muerte inesperada de Sánche la noche del 29 de enero de 1957. Fue hallado sin vida en su habitación del Hotel del Prado de Puigcerdà, donde se había alojado durante su viaje de inspección de la línea de fortificaciones pirenaicas.

Oficialmente falleció a causa de una angina de pecho (padecía una afección cardiaca), pero pronto surgieron versiones alternativas de gran arraigo que atribuyeron su óbito a un asesinato o a la tensión que le causaron enviados de Franco, bien para disuadirle de sus propósitos golpistas, bien para anunciarle su cese.  Rafael Calvo Serer -un intelectual del Opus Dei de compleja trayectoria- incluso afirmó que su muerte frustró un levantamiento en ciernes de Sánchez con tres objetivos: establecer la regencia de Franco, nombrar jefe de Gobierno e incluso convocar elecciones libres.

El monárquico Pedro Sainz Rodríguez, ya en 1981, atribuyó a Franco un gráfico comentario sobre Sánchez: “La muerte ha sido piadosa con él. Ya no tendrá que luchar con las tentaciones que tanto le atormentaban en los últimos tiempos. Tuvimos mucha paciencia, ayudándole a evitar el escándalo que estuvo a punto de cometer”.

Según otras versiones, Franco fue más radical en su valoración y habría hecho una escueta y contundente manifestación sobre Sánchez en un Consejo de Ministros: “Era un traidor”. Incluso el historiador Ricardo de la Cierva –nada sospechoso de antifranquismo- aludió a otra supuesta frase del dictador en el citado Consejo que le fue revelada por uno de los allí presentes: “Mi general, te has ganado el derecho a morir”, habría dicho Franco repitiendo la frase que en 1932 dirigió al general José Sanjurjo cuando rechazó defenderle por su fallido golpe de Estado.

De lo expuesto se desprende –como mínimo- que Sánchez murió cuando Franco se disponía a relevarle al frente de Capitanía. En todo caso, como señaló el exministró Laureano López Rodó, con este óbito “la imaginación de muchos se desbordó”. El dictador fue consciente de ello, pues su primo Pacón lo recogió lacónicamente en sus notas: “Se dice que Franco mandó matar al capitán general de Cataluña Sánchez González”.

Por su parte, Franco fue explícito con Pacón: “Siento su muerte, pues era un gran soldado, pero al mismo tiempo se me ha quitado la preocupación de tenerlo que relevar, pues no convenía ni mucho menos que continuara ejerciendo el cargo de capitán general de Cataluña, dada su manera de pensar en relación con la política del régimen”, le dijo.

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Crónica del entierro de Sánchez González en La Vanguardia.

Los bulos del supuesto crimen benefician al dictador

Aunque sea paradójico, cabe pensar que estos rumores que circularon sobre el supuesto asesinato de Sánchez redundaron en favor del dictador, pues sólo podían tener una lectura: toda disidencia acarreaba fatales consecuencias para quien la protagonizara o secundara.

Esta percepción intimidó no sólo a los monárquicos, sino a todos los compañeros de armas del Generalísimo con sentimientos hostiles a su liderazgo. La “oportuna” muerte de Sánchez, pues, conjuró definitivamente maniobras pretorianas en su contra surgidas del descontento militar.

Sesenta años después de los hechos, consideramos interesante rememorar aquel episodio. De este modo, los lectores interesados en los mismos pueden acceder a nuestro exhaustivo estudio sobre el tema clicando aquí. 

Este texto en PDF publicadop en una revista académica reune toda la información dispersa publicada al respecto, incorpora testimonios orales y la consulta de diversos archivos (Archivo General Militar de Segovia, Archivo de las Cortes, Archivo General de la Guerra Civil Española y Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco). Asimismo, en él constan en notas a pie de página las distintas fuentes de las afirmaciones realizadas en esta entrada del blog.

 


EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA NUESTRO LIBRO “LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”

enero 21, 2017

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EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA EN EL PAÍS SEMANAL (15/I/2017) nuestro reciente estudio La transición española. El voto ignorado de las armas. Lo hace en un artículo crítico con los posicionamientos políticos partidistas vigentes sobre la democratización española, tanto de aquellos que sostienen los detractores de aquel proceso político, como los de sus apologetas.

Reproducimos el texto a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores y lectoras. Puede accederse al artículo original clicando aquí.

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El combate del siglo

En una esquina, los Grandes Odiadores de la Transición; en otra, los Grandes Apologetas de la Transición. Y en medio, los historiadores serios.

Hay gente que hace un uso personal de la Transición. O más bien un abuso. Los abusones se dividen en dos tipos: los Grandes Odiadores de la Transición (GOT) y los Grandes Apologetas de la Transición (GAT). En una esquina del ring están los primeros, que de un tiempo a esta parte arman bastante ruido. No son sólo jóvenes en teoría izquierdistas que no vivieron la Transición, sino también viejos en teoría izquierdistas que vivieron la Transición como jóvenes y creen que podrán seguir siendo jóvenes y de izquierdas gracias a su pertenencia a los GOT. Unos y otros sostienen que la Transición fue un tongo, una sucia treta urdida con el fin de que el franquismo pareciera cambiar cuando nada cambiaba (y aquí citan siempre, mal, a Lampedusa), de modo que la democracia española no es más que una democracia fraudulenta o una versión maquillada del franquismo, la culpa de todos nuestros males públicos la tiene la Transición y nosotros no somos responsables de ninguno, aunque no escasean los GOT con un elevado concepto de sí mismos que también le echan la culpa a la Transición de sus males privados, de la injusticia clamorosa de que este país no haya reconocido sus méritos excepcionales. Los GOT, en fin, son bastante inofensivos, algunos incluso entrañables; en cuanto a sus argumentos, no precisan refutación, de hecho ni siquiera son argumentos, sino desahogos de frustraciones personales o palancas de ambiciones políticas, y a menudo delatan un conocimiento de la Transición comparable al que un servidor posee de la cría de la oveja merina australiana.

En la otra esquina del ring están los GAT. Son más escasos que los anteriores, pero mucho más poderosos. Todos son suficientemente viejos para haber vivido la Transición en primer plano, o en un segundo o tercer o cuarto plano lo bastante próximo al primero para permitirles fingir que fue el primero y afirmar que nadie conoce la Transición como ellos, lo que viene a ser más o menos igual que si Fabrizio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, afirmara que nadie conoce Waterloo como él, que vivió la batalla, pero no entendió una palabra de lo que ocurría a su alrededor. La razón de la existencia de los GAT es obvia: como sabe cualquiera un poco leído y en sus cabales, la Transición salió razonablemente bien, así que tiene mil padres. Los GAT sostienen en lo esencial que aquél fue un periodo histórico ejemplar en el que, guiados por la grandeza de miras de una clase dirigente ejemplar, los españoles crearon una democracia ejemplar y bla, bla, bla. En suma: otro timo. Pero es que, en cuanto te descuidas, los GAT te aseguran que le dictaban los discursos al Rey, le daban collejas al badulaque de Suárez y frenaban los ímpetus preseniles de Carrillo. Y, como algunos obtienen réditos notables de defender la Transición, venga a cuento o no la defienden, si es menester inventándole enemigos temibles, lo que explica que cualquier nadería de la inefable Pilar Urbano provoque respuestas tan estridentes como superfluas de notorios GAT. Aunque, claro, también entre ellos hay personas sinceras y bienintencionadas. Pero la mayoría de los GAT parecen convencidos de que les ha ido tan bien por sus propios méritos y no porque nunca se hayan beneficiado de las insuficiencias de la democracia que alumbró la Transición.

Y en esas estamos. ¿Hay alguien en medio del combate entre GOT y GAT? ¿Hay árbitro en el ring? Sí: los historiadores. Hablo de los historiadores serios, claro está. No es que ellos tengan la verdad (la verdad sólo la tiene Dios, que no existe), pero son los que con más ahínco la buscan. El último que he leído es Xavier Casals, autor de La transición española, un grueso volumen donde discute el papel de la violencia en aquellos años, según él mucho más relevante de lo que se suele decir porque contribuyó de manera involuntaria a estabilizar la democracia que pretendía desestabilizar. No es un libro inobjetable –si lo fuera, no sería bueno–, pero sí el tipo de libro capaz de coger de la oreja a los GOT y los GAT y mandarlos a sus respectivas esquinas del ring. Y desde allí a su casa, de donde nunca debieron salir.