ENTREVISTA A JOSEP PICH: “LA REVOLUCIÓN DE JULIO DE 1909 EN BARCELONA FUE EL PRIMER GRAN AVISO DE LA GUERRA CIVIL”

febrero 25, 2017

pichJOSEP PICH MITJANA es profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y miembro del Grup de Recerca en Estats Nacions i Sobiranies [GRENS]. Su tesis doctoral analizó la figura de Valentí Almirall y la génesis del catalanismo político. Ha ganado ex aequo el premio Joan Givanel i Mas del Institut d’Estudis Catalans (2001) y el XXI premio Ferran Soldevila (2004).

Ha participado en diversas obras colectivas y monografías, como El Centre Català (2002);   Almirall i el Diari Català (2003); Federalisme i catalanisme: Valentí Almirall i Llozer (1841-1904) (2004); Valentí Almirall i el federalisme intransigent (2006) y Francesc Pi y Margall y la crisis de Melilla de 1893-1894 (2008).   Asismimo es autor de tres e-books:  Les dues guerres mundials i el període d’entreguerres (1914-1945)La Setmana Tràgica 1909: Sagnant, roja, negra o gloriosa y La Guerra Freda i el món contemporani (1945-1989). Sus líneas de investigación son el federalismo, el catalanismo y el imperialismo español.

El motivo de esta entrevista es su interesante trabajo “La revolución de Julio de 1909”, publicado en la revista Hispania, Vol. LXXV, 249 (enero-abril 2015), accesible en PDF aquí. En este estudio ofrece una lectura muy diferente de la “Semana Trágica” de 1909 en Barcelona: no se trató de una revuelta anticlerical y antimilitarista sino de un estallido revolucionario mucho más importante que el de 1917 y que -por su magnitud- anticipó el conflicto que vislumbró la Guerra Civil. Por esta razón le hemos entrevistado y le agradecemos su amabilidad al responder a nuestras cuestiones.

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barricada-semana-tragicaLevantamiento de una barricada en Barcelona durante la “Semana Trágica” de 1909.

Usted considera que la “Semana trágica” de Barcelona de 1909 ofrece una interpretación muy distinta a la de una simple revuelta anticlerical. ¿Por qué?

Porque el impacto de los sucesos que afectaron a buena parte de Cataluña, entre el 26 de julio y el 1 de agosto de 1909, fue de tal magnitud que gran parte de la población que los vivió dividía su vida en el antes y el después de la “semana trágica”. Sin embargo, no todo el mundo recordaba aquellos hechos como una tragedia, negra, penosa o bárbara, ya que para los liberales y las diferentes tendencias republicanas y obreristas era una semana roja, es decir, revolucionaria, así como gloriosa, porque consideraban que era digna de alabanza.

Algunos, como los redactores del semanario humorístico Papitu, afirmaban que fueron unos días alegres, ya que ante la imposibilidad de salir de casa, especialmente en la ciudad de Barcelona, se habría incrementado la natalidad. Autores vinculados a opciones ideológicas muy dispares, como el anarquista Leopoldo Bonafulla -seudónimo que ocultaba a Joan Baptista Esteve-, el socialista Josep Comaposada, el periodista de tendencia liberal José Brissa, el reaccionario, antiguo rector de la Universidad de Oñate, Modesto H. Villaescusa calificaban aquellos acontecimientos de revolucionarios.

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Que los conozcamos mayoritariamente como “semana trágica”, posiblemente, se debe al estudio de Josep Benet sobre el poeta Joan Maragall de 1963 titulado Maragall i la Setmana Tràgica, y la magnífica investigación de la profesora norteamericana Joan Connelly Ullman, The Tragic Week: a study of Anti-Clericalism in Spain de 1968. De hecho, la última semana de julio de 1909 es un referente de la historia política española del siglo XX, en el que se entrecruzan política colonial y movimiento antiimperialista, la pugna entre clericales y anticlericales, el fracaso del proyecto del líder conservador y presidente Antonio Maura de regenerar el sistema político de la Restauración, y el intento de revolución republicana más relevante, hasta la proclamación de la segunda República el 14 de abril de 1931; una revolución republicana que, en cierta manera, se ha visto minusvalorada por la historiografía.

¿Por qué la revolución quedó confinada a Barcelona?

El inicio del conflicto sorprendió al Gobierno, ya que el presidente, Maura, se encontraba de vacaciones, mientras que el ministro de gobernación, figura equivalente al actual ministerio del interior, Juan de la Cierva ejercía la jefatura del gobierno en funciones. Éste temía que la huelga general revolucionaria que afectaba a gran parte de Cataluña se expandiese al resto de España. Por tanto, explica en sus memorias que dejó que circulase el rumor de que se trataba de un movimiento separatista.

El bulo era totalmente infundado, tal como muestra el hecho que, el jueves 29 de julio, cuando un grupo de insurrectos, mayoritariamente libertarios, asaltaron en Barcelona el local del batallón de la libertad se apoderaron de una gran bandera española que pasearon por la ciudad. Sin embargo, la mayor parte de los españoles del período se lo creyeron por el apabullante éxito de la candidatura de Solidaritat Catalana, en las elecciones de 1907. Ésta era una plataforma electoral que unió desde republicanos federales a carlistas con el objetivo de derogar la ley de jurisdicciones, y aprobar un cierto autogobierno para Cataluña; unas reivindicaciones que eran presentadas como separatistas por los partidarios del sistema políticamente centralista y culturalmente uniformador del período de la Restauración.

“Para evitar que la revolución se extendiera al resto de España el entonces presidente en funciones -Juan de la Cierva- dejó circular el rumor de que se trataba de un movimiento separatista”

La posibilidad de que se tratase de un movimiento secesionista conllevó el inició de un boicot en contra de los productos catalanes que no finalizó hasta que el jefe del Gobierno, Maura, explicó que eran los catalanes los principales afectados por los hechos revolucionarios. En 1909, paradójicamente, habría generado más patriotismo la posibilidad de abortar una presunta rebelión separatista catalana que el tradicional espíritu bélico que surgía cuando las tropas españolas se enfrentaban a los marroquíes, que en aquel período eran identificados genéricamente como moros.

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Los dirigentes políticos rechazan la posibilidad de proclamar la República en 1909.

¿Qué papel tuvo el anticlericalismo en la revuelta?

Una de las aportaciones de mi investigación ha sido un intento de “cartografiar” la huelga y el movimiento revolucionario, con mapas de las poblaciones que apoyaron la huelga general, de las que actuaron los republicanos y de las afectadas por actos anticlericales. La huelga general abarcó a la mayor parte de Cataluña. En cambio, el movimiento republicano y el anticlerical fueron más limitados. El primero tuvo como epicentro la ciudad de Sabadell y algunas poblaciones gerundenses, mientras que el segundo se centró en la capital catalana.

st-4La huelga se transformó en algunas poblaciones catalanas en un movimiento anticlerical más interesado en la destrucción de edificios y de símbolos católicos que en el asesinato de los religiosos/as. En cambio, durante la Guerra Civil, atacaron tanto a los edificios y los símbolos, como a las personas.

Los principales líderes republicanos barceloneses se negaron a encabezarlo. Su negativa a liderar el movimiento revolucionario ha generado diversas interpretaciones. Los republicanos lerrouxistas eran el principal partido entre el proletariado barcelonés y Connelly Ullman defiende la tesis que sus principales dirigentes habrían optado por transformar la huelga general en una rebelión anticlerical, para evitar el inicio de una verdadera revolución que podía resultar muy peligrosa para sus intereses, si no triunfaba.

En cambio, Josep Benet, Joaquín Romero-Maura o Joan Baptista Culla sostienen que los organizadores de la huelga general buscaron el apoyo de los lerrouxistas, pero éstos, de la misma manera que hicieron los republicanos catalanistas, no quisieron asumir la responsabilidad de dirigir el movimiento revolucionario, con lo que la huelga general se transformó en un movimiento acéfalo y caótico, en el que estalló el movimiento anticlerical.

“La revolución de 1909 fue más relevante que la huelga general revolucionaria de 1917″

¿Hasta qué punto fue un movimiento espontáneo u organizado?

No puedo afirmar si fue espontáneo o planificado, pero sí que puso de manifiesto que los dirigentes obreristas no estaban preparados para dirigirlo. A partir de estos sucesos, los republicanos catalanistas y especialmente los lerrouxistas perdieron gran parte de su capacidad de influencia en el obrerismo catalán. De hecho, tanto los coetáneos como la historiografía actual no se han puesto de acuerdo en si se trató de un movimiento espontáneo u organizado.

Posiblemente, porqué existió una organización para iniciar la huelga general, con un Comité integrado por Antonio Fabra Ribas de la Federación Socialista catalana del PSOE, por Miguel Villalobos Moreno, que en realidad se llamaba Miguel Sánchez González, y era el representante de Solidaridad Obrera, mientras que el tercero no sabemos si era Francisco Miranda o José Rodríguez Romero, pero uno de los dos sería el designado por los anarquistas para formar parte del Comité.

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Francisco Ferrer i Guardia detenido.

Miranda, Rodríguez Romero y Miguel Villalobos Moreno estaban muy vinculados a Francisco Ferrer y Guardia. No obstante, de lo que no hay duda es que cuando la huelga general en contra de la guerra se transformó en un movimiento revolucionario le faltó dirección.

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¿Fue más importante este episodio que la huelga de 1917? ¿Por qué?

Es discutible, pero pienso que la revolución de 1909 fue más relevante que la huelga general revolucionaria de 1917. Ésta tuvo un impacto más amplio que la de 1909, ya que afectó a Madrid, Barcelona, Sabadell, Bilbao, Villena, Sax, Yecla, Riotinto, Nerva, Zaragoza, Asturias, entre otros territorios. Sin embargo, no hubo movimiento anticlerical, y tampoco proclamaciones republicanas. De hecho, el oficial de la Guardia Civil Modesto de Lara Molina que vivió ambos sucesos aseguraba que: «1909 fue más anárquico, más vergonzoso, más sangriento».

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Además, el contexto internacional de 1909 era muy distinto al de 1917. En 1910, la revolución republicana portuguesa triunfó con un movimiento revolucionario relativamente parecido al iniciado en Barcelona en julio de 1909, aunque menos sangriento. En cambio, en 1917, en plena Gran Guerra, los gobiernos de la Entente, y especialmente el francés, no eran partidarios de desestabilizar a la monarquía española.

Asimismo, más allá del interés común, tanto en el gobierno de París como en el de Madrid, de mantener pacificados y bajo control los correspondientes protectorados marroquíes. Por tanto, las autoridades españolas sabían que no habría protestas internacionales por la represión contra los huelguistas.

¿La podemos considerar el preludio de la Guerra Civil?

La revolución de julio de 1909 fue el primer gran aviso de la guerra que se inició al cabo de veintisiete años.

El rastro de las destrucciones, es decir, las heridas físicas de la revolución desaparecieron rápidamente, ya que los edificios incendiados fueron reparados y/o reconstruidos, así como las vías del ferrocarril, las líneas telegráficas, los pavimentos arrancados y la iluminación pública destruida. Los detenidos acabaron por ser indultados y los cinco ejecutados cayeron en el olvido, excepto el pedagogo y dirigente revolucionario Ferrer y Guardia.

Las heridas gangrenadas fueron las doctrinales, ya que el movimiento anticlerical y revolucionario, así como su posterior represión impulsaron, tanto entre las izquierdas revolucionarias como en las derechas reaccionarias, discursos excluyentes, maniqueos y autocomplacientes que únicamente eran realizables con la eliminación de sus respectivos rivales.


BARCELONA 1957: ¿ORDENÓ FRANCO ASESINAR AL CAPITÁN GENERAL POR PREPARAR UN GOLPE DE ESTADO?

febrero 11, 2017

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Imagen del capitán general de Cataluña, Juan Bautista Sánchez (Hemeroteca del buitre)

LA NOCHE DEL 29 DE ENERO DE 1957 FALLECIÓ EL CAPITÁN GENERAL DE CATALUÑA, Juan Bautista Sánchez González. En el momento de su muerte, este militar se hallaba en el punto de mira de los servicios de información del régimen, al considerarle dsafecto al régimen. Y ello a pesar de que éste pudo ser el “primer alzado” de la rebelión militar que desencadenó la Guerra Civil, pues -según su Hoja de servicios– “la noche del 16 de julio, inició el Movimiento Nacional en el Rif, sublevando en Torres de Alcalá el Tercer Tabor de Regulares de Alhucemas”.

¿Por qué Sánchez se distanció del régimen que contribuyó a instaurar? Debido, sobre todo, a sus crecientes simpatías monárquicas: convencido partidario de Don Juan de Borbón, discrepó de modo cada vez más abierto de la dictadura de Franco.

Un sublevado de 1936 distanciado de la victoria de 1939

¿Pero quién era este general? Su hijo Juan Bautista Sánchez Bilbao (a quien entrevistamos antes de fallecer el 2005 y que por su brillante carrera militar pudo disponer de información relativa a los hechos aquí analizados) definió a su padre como “un hombre del 18 de julio [de 1936], no del 1 de abril [de 1939]”. Es decir, no se identificó con el régimen surgido de la victoria franquista.

En 1943 su padre fue ascendido a teniente general. En abril de 1945 fue nombrado capitán general de Zaragoza, tras manifestar su apoyo a Franco en marzo, cuando el dictador reunió al Consejo Superior del Ejército. En 1949 fue nombrado capitán general de Cataluña y en diciembre de 1955 procurador en Cortes.

Como otros muchos sublevados en 1936, en los años cincuenta Sánchez González experimentó un progresivo desacuerdo con el régimen. Siguiendo el testimonio de su hijo, tuvo hasta un mínimo de tres encuentros –en solitario o acompañado- con Franco para pedirle que restableciera la Monarquía.

Sánchez no se recató de manifestar su oposición a la Falange ante sus subordinados, como explicó un soldado a su servicio cuando Franco visitó a Barcelona al celebrarse el Congreso Eucarístico el 28 de mayo de 1952. Entonces Sánchez oyó música del exterior y se asomó al balcón, viendo como pasaba un grupo de falangistas uniformados desfilando hizo esta afirmación: “Es una vergüenza que aún se tenga que presenciar esto”.

Franco trasladó su inquietud por Sánchez a su primo y confidente Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón. Éste constató en sus anotaciones que el Generalísimo estaba “preocupado” por la “actitud pasiva” del capitán general en Barcelona. Consideraba que “se inhibió por completo” de la llamada huelga de tranvías que tuvo lugar entre el 14 y el 25 de enero de 1957 “y no fue a visitar ni a ofrecerse a la autoridad civil hasta seis días después de haberse iniciado la huelga”.

Asimismo, Franco sabía que Sánchez “alardeaba de antifranquista y de monárquico partidario de Don Juan de Borbón” y había dicho al presidente de la Diputación “que ya era hora que el Caudillo trajese la monarquía con Don Juan”.

Se disparan los rumores de un asesinato ordenado por Franco

En este contexto se produjo la muerte inesperada de Sánche la noche del 29 de enero de 1957. Fue hallado sin vida en su habitación del Hotel del Prado de Puigcerdà, donde se había alojado durante su viaje de inspección de la línea de fortificaciones pirenaicas.

Oficialmente falleció a causa de una angina de pecho (padecía una afección cardiaca), pero pronto surgieron versiones alternativas de gran arraigo que atribuyeron su óbito a un asesinato o a la tensión que le causaron enviados de Franco, bien para disuadirle de sus propósitos golpistas, bien para anunciarle su cese.  Rafael Calvo Serer -un intelectual del Opus Dei de compleja trayectoria- incluso afirmó que su muerte frustró un levantamiento en ciernes de Sánchez con tres objetivos: establecer la regencia de Franco, nombrar jefe de Gobierno e incluso convocar elecciones libres.

El monárquico Pedro Sainz Rodríguez, ya en 1981, atribuyó a Franco un gráfico comentario sobre Sánchez: “La muerte ha sido piadosa con él. Ya no tendrá que luchar con las tentaciones que tanto le atormentaban en los últimos tiempos. Tuvimos mucha paciencia, ayudándole a evitar el escándalo que estuvo a punto de cometer”.

Según otras versiones, Franco fue más radical en su valoración y habría hecho una escueta y contundente manifestación sobre Sánchez en un Consejo de Ministros: “Era un traidor”. Incluso el historiador Ricardo de la Cierva –nada sospechoso de antifranquismo- aludió a otra supuesta frase del dictador en el citado Consejo que le fue revelada por uno de los allí presentes: “Mi general, te has ganado el derecho a morir”, habría dicho Franco repitiendo la frase que en 1932 dirigió al general José Sanjurjo cuando rechazó defenderle por su fallido golpe de Estado.

De lo expuesto se desprende –como mínimo- que Sánchez murió cuando Franco se disponía a relevarle al frente de Capitanía. En todo caso, como señaló el exministró Laureano López Rodó, con este óbito “la imaginación de muchos se desbordó”. El dictador fue consciente de ello, pues su primo Pacón lo recogió lacónicamente en sus notas: “Se dice que Franco mandó matar al capitán general de Cataluña Sánchez González”.

Por su parte, Franco fue explícito con Pacón: “Siento su muerte, pues era un gran soldado, pero al mismo tiempo se me ha quitado la preocupación de tenerlo que relevar, pues no convenía ni mucho menos que continuara ejerciendo el cargo de capitán general de Cataluña, dada su manera de pensar en relación con la política del régimen”, le dijo.

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Crónica del entierro de Sánchez González en La Vanguardia.

Los bulos del supuesto crimen benefician al dictador

Aunque sea paradójico, cabe pensar que estos rumores que circularon sobre el supuesto asesinato de Sánchez redundaron en favor del dictador, pues sólo podían tener una lectura: toda disidencia acarreaba fatales consecuencias para quien la protagonizara o secundara.

Esta percepción intimidó no sólo a los monárquicos, sino a todos los compañeros de armas del Generalísimo con sentimientos hostiles a su liderazgo. La “oportuna” muerte de Sánchez, pues, conjuró definitivamente maniobras pretorianas en su contra surgidas del descontento militar.

Sesenta años después de los hechos, consideramos interesante rememorar aquel episodio. De este modo, los lectores interesados en los mismos pueden acceder a nuestro exhaustivo estudio sobre el tema clicando aquí. 

Este texto en PDF publicadop en una revista académica reune toda la información dispersa publicada al respecto, incorpora testimonios orales y la consulta de diversos archivos (Archivo General Militar de Segovia, Archivo de las Cortes, Archivo General de la Guerra Civil Española y Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco). Asimismo, en él constan en notas a pie de página las distintas fuentes de las afirmaciones realizadas en esta entrada del blog.

 


LA MASACRE DE ATOCHA: LOS INTERROGANTES ABIERTOS*

enero 28, 2017

Breve reportaje sobre los hechos de Atocha.

LA NOCHE DEL 24 DE ENERO DE 1977 SE PRODUJO EN MADRID LA MASACRE DE LOS ABOGADOS comunistas del gabinete laboralista del número 55 de la calle Atocha, obra de un comando ultraderechista. La tragedia se enmarcó en una huelga de transporte convocada el día 17, liderada por Joaquín Navarro (de CC.OO.) y asesorado por el bufete mencionado. El conflicto le enfrentó al sindicato oficial franquista todavía vigente, hecho que aparentemente desencadenó el crimen. Pero 40 años después, varios aspectos del episodio permanecen en la oscuridad, como exponemos a continuación.

“Esferas de poder” ocultas y espiral criminal

Todo empezó a las 22.30 horas del día 24, cuando irrumpió en al bufete citado el terceto formado por José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada. El último  custodió la puerta y sus compañeros reunieron a los presentes al salón. Allí les encañonaron y les preguntaron sin éxito por Navarro (quien había marchado poco antes). Entonces les dispararon y huyeron dejando tres cadáveres -Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides y Ángel Rodríguez- y seis heridos: Alejandro Ruiz-Huerta, Miguel Sarabia, Dolores González, Luis Ramos, Francisco Javier Sauquillo y Serafín Holgado (los dos últimos fallecieron el día siguiente).

Su entierro movilizó 200.000 personas en silencio en las calles de Madrid y, según el ministro Rodolfo Martín Villa, la demostración de dolor inclinó al gobierno a legalizar el Partido Comunista [PCE] el 9 de abril. Así, el atentado anticomunista paradójicamente facilitó la inserción de los comunistas a la nueva democracia.

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Las investigaciones del crimen acreditaron vínculos de los verdugos con el secretario del Sindicato Provincial de Transportas, Francisco Albadalejo, quien manifestó que sólo quería dar “una lección” a Navarro. Fueron considerados cómplices Gloria Herguedas (compañera de Fernández) y el exlegionario Leocadio Jiménez.

El juicio se celebró en febrero de 1980 y la sentencia concluyó que los aludidos formaban un grupo autónomo con “abundantes armas”. Condenó a Albadalejo a 73 años como inductor; a 193 años a Fernández y García por los asesinatos; a Jiménez a más de 4 por tenencia de armas; Herguedas fue absuelta y Lerdo huyó en un permiso penitenciario. No osbtante, la Audiencia Nacional señaló que podía haber culpables sin juzgar y “grupos y esferas de poder” podían estar detrás el episodio.

El abogado de las víctimas, José Mª Mohedano, hizo esta reflexión: “todavía no he podido responderme […] a la pregunta de por qué les eligieron como víctimas. […] Pero sigo pensando que […] estas cosas no sucedieron al azar”, dadas las provocaciones que aquella semana se sucedieron “con una coincidencia tan concatenada”. Y es que Atocha fue el clímax de una espiral violenta iniciada el diciembre con epicentro en Madrid.

La “semana trágica” de 1977

El día 11 de aquel mes un comando del grupo maoísta GRAPO secuestró al presidente del Consejo de Estado, Antonio Mª de Oriol, y a cambio de su vida pidió liberar varios presos políticos. El gobierno no cedió y el GRAPO no mató a Oriol, pero le retuvo. La situación se complicó en la última semana de enero: el día 23 un ultraderechista mató de un disparo al estudiante Arturo Ruiz en una manifestación por la amnistía.

El día siguiente el GRAPO secuestró al teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo de Justicia Militar, que devino su segundo rehén. La misma jornada falleció la estudiante María Luz Nájera por el impacto a la cabeza de un bote de humo en una manifestación en protesta por la muerte de Ruíz y por la noche se produjo el crimen de Atocha. Esta tensión acabó el 11 de febrero, al ser liberados Oriol y Villaescusa. Pese a que sólo se puede trazar conjeturas, parece plausible pensar que existió algún vínculo entre los acontecimientos descritos por varias razones.

Cabos sin atar

Así, si bien el episodio criminalizó al conjunto de la ultradreta, desde este espectro se denunció una manipulación. Por ejemplo, Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, hacéis este apunte: “Si hay una cosa clara en la ‘matanza de Atocha’ son las personas que actuaron y las armas empleadas. Lo oculto está en otro aspecto: en los inductores y en los verdaderos móviles”. La afirmación, a pesar de ser exculpatoria, no se puede descartar al haber indicios de que el crimen podría no haber sido un acto aislado y espontáneo como pareció.

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Nuestro último estudio dedica tres capítulos a la “semana trágica” de enero de 1977.

En este aspecto, la noche de la matanza el despacho de Atocha no fue el único asaltado. La UGT afirmó que se quiso forzar un local suyo a las 22 horas y circularon otras informaciones parecidas en círculos feministas y laboralistas. También hubo incidentes: explotó un artefacto en la calle López de Hoyos y grupos ultraderechistas que recorrían calles obligaron a cantar el “Cara al sol” a clientes de establecimientos. El ambiente, según la periodista Victoria Ruego, fue “de una violencia y de una excitación aterradoras”.

Igualmente, según el sumario, uno de los asesinos, Fernández, llamó desde Almería poco antes de ser detenido a Muebles Laorga (o La Orga), un ente aparentemente comercial ubicado en un inmueble de Defensa que desapareció los meses posteriores al crimen. Además, en el juicio afloraron pasarelas entre ámbitos ultraderechistas y cuerpos de seguridad: algunos detenidos manifestaron tener “estrecha amistad” con los inspectores Antonio González Gay y Antonio González Pacheco (Billy el Niño), aunque luego se  desdijeron.

Llegados aquí, puede plantearse que la matanza tal vez pudo tener hitos ocultos desconocidos, que podrían ir desde crear un clima proclive a un golpe de estado o bien evitarlo al contrarrestar el efecto de los secuestros del GRAPO con violencia ultraderechista. Si bien estas conjeturas son indemostrables, José Miguel Ortí Bordás (entonces subsecretario de Gobernación) ha hecho esta valoración: “el indudable y poderoso impacto político” de Atocha “contrarrestó a efectos de opinión pública […] los secuestros de Oriol y de Villaescusa […]. Tampoco parece descabellado poder afirmar que este fenómeno permitió una especie de neutralización entre ambas actuaciones delictivas”.

En cualquier caso, hoy es difícil no coincidir con esta valoración de Ruiz-Huerta, superviviente de la masacre: “‘El caso Atocha’ se cerró. ¿Se cerró?: no sé. Tantas cosas quedan que será muy difícil que podamos cerrarlo entre todos”.

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* Artículo publicado originalmente en catalán conel título “La massacre d’Atocha: els interrogants oberts”, en el diario catalán Ara (22/I/2017).

 


EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA NUESTRO LIBRO “LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA. EL VOTO IGNORADO DE LAS ARMAS”

enero 21, 2017

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EL ESCRITOR JAVIER CERCAS RECOMIENDA EN EL PAÍS SEMANAL (15/I/2017) nuestro reciente estudio La transición española. El voto ignorado de las armas. Lo hace en un artículo crítico con los posicionamientos políticos partidistas vigentes sobre la democratización española, tanto de aquellos que sostienen los detractores de aquel proceso político, como los de sus apologetas.

Reproducimos el texto a continuación por considerarlo de interés para nuestros lectores y lectoras. Puede accederse al artículo original clicando aquí.

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El combate del siglo

En una esquina, los Grandes Odiadores de la Transición; en otra, los Grandes Apologetas de la Transición. Y en medio, los historiadores serios.

Hay gente que hace un uso personal de la Transición. O más bien un abuso. Los abusones se dividen en dos tipos: los Grandes Odiadores de la Transición (GOT) y los Grandes Apologetas de la Transición (GAT). En una esquina del ring están los primeros, que de un tiempo a esta parte arman bastante ruido. No son sólo jóvenes en teoría izquierdistas que no vivieron la Transición, sino también viejos en teoría izquierdistas que vivieron la Transición como jóvenes y creen que podrán seguir siendo jóvenes y de izquierdas gracias a su pertenencia a los GOT. Unos y otros sostienen que la Transición fue un tongo, una sucia treta urdida con el fin de que el franquismo pareciera cambiar cuando nada cambiaba (y aquí citan siempre, mal, a Lampedusa), de modo que la democracia española no es más que una democracia fraudulenta o una versión maquillada del franquismo, la culpa de todos nuestros males públicos la tiene la Transición y nosotros no somos responsables de ninguno, aunque no escasean los GOT con un elevado concepto de sí mismos que también le echan la culpa a la Transición de sus males privados, de la injusticia clamorosa de que este país no haya reconocido sus méritos excepcionales. Los GOT, en fin, son bastante inofensivos, algunos incluso entrañables; en cuanto a sus argumentos, no precisan refutación, de hecho ni siquiera son argumentos, sino desahogos de frustraciones personales o palancas de ambiciones políticas, y a menudo delatan un conocimiento de la Transición comparable al que un servidor posee de la cría de la oveja merina australiana.

En la otra esquina del ring están los GAT. Son más escasos que los anteriores, pero mucho más poderosos. Todos son suficientemente viejos para haber vivido la Transición en primer plano, o en un segundo o tercer o cuarto plano lo bastante próximo al primero para permitirles fingir que fue el primero y afirmar que nadie conoce la Transición como ellos, lo que viene a ser más o menos igual que si Fabrizio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, afirmara que nadie conoce Waterloo como él, que vivió la batalla, pero no entendió una palabra de lo que ocurría a su alrededor. La razón de la existencia de los GAT es obvia: como sabe cualquiera un poco leído y en sus cabales, la Transición salió razonablemente bien, así que tiene mil padres. Los GAT sostienen en lo esencial que aquél fue un periodo histórico ejemplar en el que, guiados por la grandeza de miras de una clase dirigente ejemplar, los españoles crearon una democracia ejemplar y bla, bla, bla. En suma: otro timo. Pero es que, en cuanto te descuidas, los GAT te aseguran que le dictaban los discursos al Rey, le daban collejas al badulaque de Suárez y frenaban los ímpetus preseniles de Carrillo. Y, como algunos obtienen réditos notables de defender la Transición, venga a cuento o no la defienden, si es menester inventándole enemigos temibles, lo que explica que cualquier nadería de la inefable Pilar Urbano provoque respuestas tan estridentes como superfluas de notorios GAT. Aunque, claro, también entre ellos hay personas sinceras y bienintencionadas. Pero la mayoría de los GAT parecen convencidos de que les ha ido tan bien por sus propios méritos y no porque nunca se hayan beneficiado de las insuficiencias de la democracia que alumbró la Transición.

Y en esas estamos. ¿Hay alguien en medio del combate entre GOT y GAT? ¿Hay árbitro en el ring? Sí: los historiadores. Hablo de los historiadores serios, claro está. No es que ellos tengan la verdad (la verdad sólo la tiene Dios, que no existe), pero son los que con más ahínco la buscan. El último que he leído es Xavier Casals, autor de La transición española, un grueso volumen donde discute el papel de la violencia en aquellos años, según él mucho más relevante de lo que se suele decir porque contribuyó de manera involuntaria a estabilizar la democracia que pretendía desestabilizar. No es un libro inobjetable –si lo fuera, no sería bueno–, pero sí el tipo de libro capaz de coger de la oreja a los GOT y los GAT y mandarlos a sus respectivas esquinas del ring. Y desde allí a su casa, de donde nunca debieron salir.


¿HAY ESPACIO PARA LA ULTRADERECHA EN ESPAÑA? MÁS DE 13 MILLONES DE ELECTORES CONSIDERAN “EXCESIVA” LA INMIGRACIÓN

enero 7, 2017

 ultraderechaGráfico del diario ABC.

¿EXISTE ESPACIO POLÍTICO PARA UNA OPCIÓN DE ULTRADERECHA EN ESPAÑA? El analista Carles Castro lo ha estudiado en su artículo “El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar”, publicado en La Vanguardia (7/I/2017) y al que puede accederse clicando aquí.

Según su estudio, los electores situados en el flanco derecho del PP “suponen menos del 10% del censo (casi tres millones sobre un total de algo más de 34 millones)”. Pero “el porcentaje de ciudadanos que consideran que el número de extranjeros es excesivo se acerca nada menos que al 40%; es decir, más de 13 millones de electores”. De ellos, dos millones y medio se sitúan “entre el centroderecha […] y la extrema derecha. Los otros tres millones y medio restantes se localizan en el grupo de los que no saben/no contestan”.

Su conclusión es interesante: existe un espacio político potencial para una opción que se sitúe a la derecha del PP, aunque su número de votantes reales es una incógnita en relación a estos 13 millones de electores es difícil de precisar y pueden descender a menos de dos (1.8 millones).

A continuación, reproducimos este interesante estudio electoral por considerarlo de interés para nuestr@s lector@s.

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El espacio electoral a la derecha del PP, demasiado incierto para Aznar

Existe una brecha, pero quizás sea demasiado exigua para el expresidente

Los frecuentes exabruptos ideológicos de José María Aznar contra la supuesta flaccidez programática del PP llevan a especular con la posibilidad de que el expresidente se sienta tentado de crear un partido a su imagen y semejanza. Y ese partido, en principio, debería situarse a la derecha del PP o, al menos, solaparse con su flanco derecho. Cualquier especulación, sin embargo, debe ubicar previamente al Partido Popular y a sus votantes en la escala ideológica, a fin de detectar el espacio potencial de una marca de nuevo cuño.

En este sentido, las cifras de los sondeos del CIS reflejan las profundas raíces del PP en el espacio del centro a la derecha y desvelan, por tanto, el secreto de su éxito. Para empezar, los electores sitúan al Partido Popular en torno al 8,3 en una escala ideológica en la que el 1 es la extrema izquierda y el diez la extrema derecha. Sin embargo, los votantes populares colocan al PP algo más al centro: en el 7,55. Y, finalmente, los propios electores de Rajoy se sitúan ellos mismos en una posición más templada: el punto 7.

A la derecha del PP
A la derecha del PP (Alan Jürgens)

La radiografía de esta última cifra es todavía más elocuente. Más del 60% de los votantes populares se encuentran en los puntos 6, 7 y 8 de la escala; es decir, claramente en el centroderecha. Otro 13% se sitúa en el punto 5 (centro puro), y más del 14%, en el 9 y el 10 (derecha extrema). Pero si la operación se realiza desde otra perspectiva, el resultado es más clarificador en un horizonte de competencia electoral. Por ejemplo, el conjunto de electores situados en el flanco derecho (del 8 al 10) suponen menos del 10% del censo (casi tres millones sobre un total de algo más de 34 millones).

Pero en ese tramo, el dominio actual del PP es abrumador: entre el 80% y el 90% de los electores que se sitúan en ese espacio votan al Partido Popular. Otra cosa es que voten más al PP de Aznar que al de Rajoy (o que se identifiquen más con su “déjame que beba tranquilamente” que con las campañas de tráfico del actual Gobierno). Por el contrario, la cifra de electores que no votan al PP en ese tramo de la escala supone sólo unos 600.000 (más del doble de los que apoyaron a la derecha radical de Vox en las últimas europeas).

Pero de nuevo hay que insistir en que ese mínimo podría perfectamente ampliarse con un candidato potente como Aznar, ya que es del todo verosímil que una porción sustancial de los tres millones de electores situados en el extremo derecho de la escala se identifiquen más con el conservadurismo duro del expresidente que con el pragmatismo actual del PP, forzado al diálogo y a la contención verbal por el desenlace de las urnas. Sin olvidar que el expresidente podría arañar votos en espacios más centrados (hasta el 5) o entre los seis millones de ciudadanos que no se definen políticamente (aunque la mayoría tampoco vota).

A partir de ahí, el crecimiento potencial de esa hipotética marca de derecha aznarista podría apuntalarse sobre tres ejes perfectamente complementarios y, en algún caso, transversales. El primero sería el espacio ideológico natural de un Aznar radicalizado (es decir, muy distinto y distante del que pactó con Pujol en 1996), que, como se ha indicado, tendría un techo de aproximadamente tres millones de votos.

A la derecha del PP
A la derecha del PP (Alan Jürgens)

Sin embargo, esa nueva derecha podría explotar el vector identitario (es decir, el sentimiento de españolidad), algo que ya permitió al PP mantener un sólido suelo electoral frente a Rodríguez Zapatero, a cuenta de la reforma del Estatut. Concretamente, casi seis millones de electores de todas las ideologías se sienten única y por encima de todo españoles. El grueso en cifras absolutas se sitúa en el punto 5 (alrededor de 1.300.000 electores) o en la franja del no sabe/no contesta (otro millón largo). Pero si se acota el sentimiento de españolidad radical al espacio de centroderecha y derecha (votantes que se ubican del 7 al 10 y que serían los que menos contradicciones ideológicas exhibirían con ese hipotético partido de Aznar), entonces la cifra se reduce a algo más de un millón de electores (o a casi dos millones si se incluyen aquellos situados en el punto seis).Eso sí, el desenlace del conflicto catalán puede modificar las lealtades partidistas de estos electores.

Ahora bien, un partido de derecha radical podría explotar un tercer vector para la captación de votos: la inmigración. Y aunque nadie se imagina en España a monsieur (ahora madame) Le Pen, el porcentaje de ciudadanos que consideran que el número de extranjeros es excesivo se acerca nada menos que al 40%; es decir, más de 13 millones de electores. De esa cifra, algo más de tres millones y medio se sitúan en la izquierda; otros tres millones y medio en el centro (el punto 5) y dos millones y medio entre el centroderecha (punto 6) y la extrema derecha. Los otros tres millones y medio restantes se localizan en el grupo de los que no saben/no contestan.

En definitiva, el voto potencial que anida en el rechazo a la inmigración supera el mejor registro electoral de PP y PSOE, aunque si esa actitud se expresa en sintonía con un proyecto ideológico de derecha sin centro, la cifra cae por debajo de los dos millones de electores posibles (o sea, de quienes creen que hay demasiados inmigrantes y, al mismo tiempo, se sitúan entre el 7 y el 10 de la escala ideológica). Por último, la cifra de votantes del PP, el PSOE, C’s o la nueva izquierda que podrían entrar en conflicto con sus respectivos partidos por la política de inmigración (al considerar excesivo el número de extranjeros), se eleva a casi ocho millones de electores (y la mitad corresponden al PP).

En definitiva, la horquilla de voto potencial es lo suficiente amplia como para animar a un inconformista a emprender una nueva aventura electoral, pero quizás demasiado incierta –y exigua en algún supuesto– para quien ha disfrutado ya de las mieles de la mayoría absoluta, como José María Aznar López.


LA ENTRADA MÁS VISITADA DEL BLOG EN 2016: ¿POR QUÉ A LOS CATALANES LES LLAMAN POLACOS?

diciembre 31, 2016

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Esta entrada ha sido este año la más visitada del blog. Publicada en el 2012 y reeditada el 2014, solo este año ha tenido más de 5.700 visitas.

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CATALUÑA HA SIDO EL PIAMONTE DE ESPAÑA PRIMERO, POLONIA DESPUÉS Y HOY ES SU ESCOCIA. Así lo hemos analizado en un artículo en el diario catalán Ara (30/XI/2012), cuya lectura recomendamos para entender la diferente percepción de Cataluña en España. Su acceso es gratuito previo registro clicando aquí.

De los calificativos señalados en el artículo el más llamativo y menos conocido es el de “polacos”. ¿Pero cuál es su origen?

España: “la Polonia del mediodía”

El origen de su carga peyorativa en relación a los catalanes es incierto y posiblemente remite a su uso político iniciado en la España del siglo XIX, que conoció un largo y cambiante recorrido. Según un brillante y documentado estudio del historiador Juan Fernández-Mayoralas ( “La Polonia del mediodía: un tópico polaco en la historia española”, 2002), la identificación de España con Polonia se difundió durante el Sexenio Democrático (1868-1874), cuando el país temió convertirse en la “Polonia del mediodía” ante la combinación de inestabilidad política, injerencia de potencias extranjeras en los asuntos internos y la amenaza de ruptura de su integridad territorial.

El Sexenio Democrático y el miedo a ser Polonia

Independencia de Cuba, revista la flaca,1873_Ésta última llegó a su cenit tras proclamarse la Primera República en 1873 y sus gobiernos se vieron obligados a combatir en tres frentes: una nueva contienda carlista,  una insurrección cantonal y un levantamiento en Cuba (arriba, caricatura sobre el mismo de La Flaca).

Fernández-Mayoralas describe cómo cuajó el temor a que España deviniera una nueva Polonia trazando un amplio y sugerente fresco internacional. Reproducimos una larga cita de su argumentación por su interés ilustrativo:

[…] Si Francia, “vanguardia de la raza latina”, se sentía insegura ante su futuro tras la amputación de Alsacia-Lorena [tras la victoria prusiana], ¿qué podía esperar España, pobre, atrasada e inestable, agitada por la revolución y asolada por la guerra civil? Tan generalizada estaba entonces la creencia en su irremediable decadencia, tan aceptada la idea fatalista de que las naciones estaban sujetas ciclos inexorables, que mientras los españoles temían ser la “Polonia del Mediodía”, el estado mayor prusiano, eufórico por la victoria, soñaba con que Francia sería pronto una “segunda España”.

Para los observadores del siglo XIX, resultaba evidente que la España de 1872 se parecía mucho a la Polonia de 1772. Cuando ejercía la hegemonía en la marca oriental de Europa, Polonia tuteló la infancia de las potencias que habrían de acabar con ella. Los reyes polacos concedieron un título real a sus vasallos, los marqueses de Brandenburgo; los dominios polacos llegaban al mar Negro cuando el señor de Moscú era un régulo oriental; en 1683 un polaco salvó la capital de los Habsburgo de la suerte de Constantinopla. Sólo una decadencia biológica o una degeneración moral podía explicar que un siglo después pereciese desmembrada, minada por los vicios de la monarquía electiva y víctima del egoísmo de sus notables, siempre dispuestos a solicitar ayuda extranjera para solventar sus diferencias. También aquí se achacaban los males de España a la división interna, a la incapacidad de los partidos para sacrificar los intereses de su facción al bien común; también aquí se temía la intervención extranjera.

La búsqueda de un candidato para el trono español recordaba las intrigas que habían sentado a un sajón sobre el polaco, comienzo de su rápida decadencia. En muchos aspectos, los españoles de 1872 se sentían tan humillados como los polacos de 1772: tras dominar Italia durante siglos, tendrían ahora por rey al vástago de una casa ducal despreciada por la aristocracia hispana; después de haber sido por largo tiempo una potencia de primer orden, veían que ahora otras naciones intervenían con descaro en sus asuntos internos, lanzaban vetos y amenazaban con “poner orden”. Aquellas ex-colonias inglesas que un día se emanciparan con ayuda de Carlos III pretendían ahora arrebatar a España, descubridora y conquistadora de las Americas, los últimos jirones del que un día fuera el mayor de los imperios. Lejanos, olvidados los esplendores de antaño, los españoles del siglo XIX se sentían atrasados e ignorantes respecto a las “naciones cultas”. A finales del siglo XVIII los poderosos pronunciaron una terrible sentencia: Finis Poloniae ¿Había llegado el momento del Finis Hispaniae? En esta crucial encrucijada, en esta hora decisiva de la evolución del nacionalismo español, un espectro recorría la Península: era el fantasma de los repartos de Polonia.

El catalanismo mira hacia Polonia con admiración

PratDespués de que España superara este momento crítico, la referencia a Polonia persistió y marcó a los nacionalismos periféricos emergentes, en la medida que era un modelo a seguir por estos: se trataba de “una nación vital, con una cultura floreciente, capaz de suplir con patriotismo la carencia de un Estado”. 

En el caso del catalanismo, señala Fernández-Mayoralas, Polonia fue asumida como referente explícito por Enric Prat de la Riba (en la imagen) “como demostración de la eternidad y santidad de las patrias”, tal como reflejó ya en 1894 su Compendi de doctrina catalanista:

¿Qué diferencia existe entre el Estado y la patria? El Estado es una entidad política artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. Lo primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas. ¿Qué ejemplo de la historia contemporánea hace palpables estas diferencias? El de Polonia. El Estado polaco murió cuando los ejércitos de Austria, Rusia y Prusia la descuartizaron; pero Polonia continuó y continua siendo la única patria de los polacos.

La posguerra: ¿Cataluña ocupada como Polonia?

En este contexto, ignoramos cuando la identificación positiva entre Cataluña y Polonia devino peyorativa en el ámbito español, pues la investigación mencionada no aborda esta cuestión. No obstante, dado que el uso despreciativo del término “polaco” aplicado a los catalanes se difundió bajo el franquismo no se puede descartar que en medios castrenses se equiparase a la Cataluña ocupada por las fuerzas sublevadas en enero de 1939, cuando era cercano el fin de la Guerra Civil, con la Polonia ocupada y dividida entre rusos y alemanes en septiembre del mismo año.

El antropólogo Roger Costa así lo ha planteado en la revista Sàpiens, aunque es una mera hipótesis. Lo formula en estos términos: “ambos hechos [la ocupación de Cataluña y la de Polonia] se habrían equiparado en ambientes militares durante la posguerra y ello habría dado pie a este uso estigmatizador de la palabra polaco aplicada a los catalanes”.

caída de barcelona

Las autoridades franquistas despliegan una bandera española en la Generalitat.

Sin embargo, debe remarcarse que el uso de esta palabra [polaco] como insulto no se generalizó fuera de los cuarteles hasta la década de los setenta, quizás de forma paralela a la extensión de las manifestaciones populares y sin ambigüedades de afirmación catalanista en escenarios públicos”.

Tenemos pues, una cierta idea de cómo los polacos se convirtieron en “polacos” primero por voluntad propia y luego a su pesar, aunque no cesaron de ser vistos como unos potenciales regeneradores de España.

De Polonia como estigma a Polonia como identidad

La asociación de Cataluña con Polonia dio un nuevo giro en febrero del 2006, cuando comenzó a emitirse en TV3 un programa semanal de sátira política titulado Polònia (en inequívoca referencia a la alusión peyorativa de los catalanes como “polacos”), cuya parodia de líderes y partidos obtuvo un enorme éxito de audiencia.

Grafismo del programa de sátira política “Polonia”.

Hoy este programa es un referente y permite pensar que Polonia vuelve a ser un espejo de Cataluña, pero ahora muy distinto del que imaginó Prat, pues conforma una visión crítica e irónica de la realidad política catalana y la española. Es una reapropiación más del gentilicio que -visto lo hasta aquí expuesto- probablemente no será la única, como apunta el gag de este programa que reproducimos a continuación.

Gag de “Polònia” del 2007 en el que Franco muestra simpatías por la Polonia gobernada por los gemelos derechistas Jaroslaw y Lech Kaczynski.


“JUAN DE CATALUÑA”: UN SOCIALISTA ANTICATALANISTA EXPULSADO DEL PSOE POR CATALANISTA*

diciembre 10, 2016

 

joan-codina

JOAN CODINA VIVET FUE UN DESTACADO COOPERATIVISTA Y SOCIALISTA DE MANLLEU (en la comarca barcelonesa de Osona) que tuvo un final trágico –fue fusilado- y una trayectoria paradójica: significado anticatalanista desde la década de 1910 por sus artículos firmados como “Juan de Cataluña” en El Socialista, fue expulsado de la UGT por catalanista.

Cooperativista y socialista

Nació el 13 de febrero de 1873 en una familia humilde (el padre era bracero) y fue el menor de cuatro hermanos que pronto quedaron huérfanos. Los mayores le buscaron trabajo en una empresa de hilados y se preocuparon de que aprendiera a leer y escribir cuando ya era adolescente.

Con 16 años se sintió atraído por el cooperativismo y lo consideró una vía para instaurar el socialismo, como señaló en 1935: “La cooperación […] socializará toda la producción a fin de que nadie pueda especular con ella y hará del mundo una vasta cooperativa con todas sus ramas, producción, distribución y consumo” y “en su empeño de transformar el mundo […] hará que todos los seres humanos tengan asegurado el plato correspondiente en el banquete de la vida, y por lo tanto no habrá paro forzoso ni un mundo en ruinas”. Así cooperativismo y socialismo fueron inseparables en su actuación, que desarrolló en estrecha relación su gran amigo Josep Lladó Quintana (1880-1963).

Según su elogiosa biografía publicada en Acción Cooperativista (el órgano de la Federación de Cooperativas de Cataluña en el que Codina colaboró), era de carácter “un poco áspero, directo” y “poco diplomático en táctica psicológica”, lo que implicó “que su actuación no se reflejara con la intensidad que se merecía”. Protagonizó intervenciones públicas de manera habitual, pero fue un orador de “escasa elocuencia” y “sencillez de expresión”. En cambio, tuvo relativa facilidad para escribir, como testimoniaron sus numerosas colaboraciones de prensa.

Como cooperativista desplegó una intensa actividad en la Mútua de Pa i Queviures, una cooperativa de consumo fundada en Manlleu en 1903 de rápido crecimiento que constituyó una destacada institución local. Fue su primer secretario y siempre permaneció vinculado a ella: la presidió entre 1922 y 1924, veló por la aplicación estricta de su reglamento y escribió su historia.

Según el historiador Josep Casanovas, ejerció en este centro “una constante influencia desde diferentes cargos”, a la vez que llevó a cabo una importante tarea de articulación del cooperativismo comarcal de Osona al impulsar una Federació Comarcal de Cooperatives de Vic desde los años veinte. Esta iniciativa se situó en la vanguardia de un cooperativismo catalán hasta entonces organizado en federaciones provinciales.

La militancia en un socialismo entre dos aguas

Codina inició su compromiso socialista también en su juventud y cuando en 1889 se constituyó la sección de la UGT en Manlleu fue su tesorero. Afiliado al PSOE, desde 1903 participó como delegado en varias conferencias regionales de agrupaciones socialistas de Cataluña y congresos de la Federació Socialista Catalana. Conoció a las primeras figuras del partido (como Pablo Iglesias, Andrés Saborit o Francisco Largo Caballero) y escribió en El Socialista, La Justicia Social y La Internacional.

Concejal de Manlleu el bienio 1912-1913, en 1931 le faltaron 8 votos para volver a serlo y en 1934 fou edil suplente. A pesar de creer en la lucha de clases, confió en el advenimiento de un cambio de sistema no traumático, como afirmó en 1930: “el socialismo que triunfará en el presente siglo no viene a matar fabricantes, ni a comer curas, sino a cumplir el precepto bíblico que manda: ganarás el pan con el sudor de tu frente y a hacer que no existan parásitos y a garantizar que el trabajador, cuando no tenga fuerzas, no vaya a parar en el hospital”.

Adquirió notoriedad en el movimiento socialista por su anticatalanismo radical, hasta el punto que los historiadores lo han definido como un “antinacionalista visceral” (David Ballester) o un “destacado enemigo del catalanismo o cualquier cosa que se le asemejara” (Ricard Alcaraz). Pese a ello, Codina llegó a censurar el centralismo “brutal” imperante en España y no parece haber construido su crítica inicial al catalanismo tanto desde apriorismos ideológicos (que  existieron), como desde su experiencia de obrero autodidacta.

Merece destacarse que contempló la reforma lingüística de Pompeu Fabra como una diferenciación artificiosa del catalán hacia al castellano, lo que seguramente le predispuso a ver en el catalanismo un factor de división del obrerismo. Pero fue su trabajo de operario textil lo que le influyó de forma decisiva al identificar a la Lliga con la patronal intransigente con la que trataba. En consecuencia, asoció a los lligaires a todos los males, desde el caciquismo hasta el fomento del anarquismo (en detrimento del socialismo), y denunció que “aman mucho al terrer català, porque es rico y próspero para ellos; pero odian, desprecian y matan al pueblo obrero catalán”. De todo lo expuesto extrajo una rotunda conclusión: “los directores del catalanismo no cesan de laborar para crear un pueblo de castrados y soplones”.

Crítico con los intentos de hacer converger socialismo y catalanismo, polemizó con Josep Recasens i Mercadé y Joaquim Bueso el 1916 y con Rafael Campalans en 1923, cuando se creó la Unió Socialista de Catalunya (USC). Codina consideró que esta entidad era impulsada “por un grupo de intelectuales muy desocupados, ayudados por algunos señoritos de bolsillo proletario” y apuntó que no tenía futuro, dado el precedente que ofrecía en este sentido la fracasada Unió Federal Nacionalista Republicana de 1910. Por consiguiente, aplaudió al veterano Josep Comaposada cuando en 1925 dejó la USC y se reintegró al PSOE. El discurso anticatalanista de Codina se radicalizó y en 1931 consideró a la USC una variante del nazismo.

La expulsión de la UGT

Tales posicionamientos no le impidieron tener buenas relaciones con Manuel Serra i Moret y en julio de 1933 parece haber aceptado disciplinadamente la fusión de la Federació Catalana del PSOE y la USC. Sin embargo, esta decisión fue rechazada por la dirección del PSOE y las tensiones entre ambas organizaciones afloraron en abril de 1934, en el II Congreso del secretariado de la UGT celebrado en Barcelona. Entonces las secciones de la USC lo abandonaron y cuando Codina propuso en el cónclave que el secretariado del sindicato fuese ampliado y se reuniera semanalmente, los dirigentes ugetistas lo denunciaron como una maniobra “catalanista” y le expulsaron. Largo Caballero lo lamentó y Codina quedó desmoralizado: “Se me tiene por un indeseable sospechoso de catalanismo, ¡qué le vamos a hacer!”, escribió.

En este marco, cuando aquel año se rompió la rasgada unidad socialista, la agrupación de Manlleu decidió por unanimidad no volver al PSOE. A pesar de que desconocemos las razones que llevaron a Codina a permanecer en la USC, en ella posiblemente influyeron tanto su expulsión de la UGT como su pesimismo sobre el éxito del socialismo en el movimiento obrero catalán, pues en 1930 valoró que al cabo de 40 años de hacer política “si no está peor, en nada ha cambiado”.

Iniciada la Guerra Civil, formó parte del consistorio de Manlleu en representación del PSUC como edil de Abastos desde noviembre de 1936, al disolverse el comité local de milicias antifascistas. Del 20 al 29 de octubre de 1937 fue un efímero alcalde interino (por ser el concejal de más edad) y le sucedió en el cargo hasta el fin del conflicto su amigo Lladó, también del PSUC. Al acercarse las tropas franquistas Codina huyó en Francia con Lladó, pero a medio camino regresó convencido de no merecer represalias: “Estoy cansado y no me veo con fuerzas para huir. No he hecho nada”, explicó.

La ejecución

Los franquistas ocuparon Manlleu el 4 de febrero de 1939 y la delación de un vecino comportó su detención el día 21. El 5 de marzo fue trasladado a la prisión Modelo de Barcelona y se le instruyó un juicio sumarísimo, acusado de no haber impedido varios asesinatos durante la contienda en razón de su cargo de edil.

Codina lo negó con fundamento, puesto que en su expediente no figuró ningún hecho de sangre ni delito. Juzgado en la primera gran oleada represora franquista, su línea de defensa resultó inútil: cuando a alegó haber salvado a un carlista, un informe falangista manifestó que ello demostraba que “sabía anticipadamente los que se iban a asesinar”.

El día 13 se celebró su consejo de guerra y el fiscal le pidió “30 años de reclusión perpetua” [sic], pero el tribunal le condenó a muerte “como uno de los elementos más significados y responsables […] de Manlleu”. En un último acto de rebeldía se negó a firmar la notificación de la sentencia. Fusilado el día 29 de aquel marzo en el Campo de la Bota, los franquistas hicieron correr la voz de que antes de ejecutarle le obligaron a cantar el “Cara al sol”. Lo cierto es que Codina se desmayó al ser entregado al piquete de ejecución y murió inconsciente. Aunque se casó, no dejó descendencia. Casi 60 años después, en septiembre de 1997, recibió un homenaje póstumo al serle dedicada una calle en Manlleu.

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* Esta biografía fue publicada inicialmente como Full suplement 19 del butlletí de l’arxiu històric de la Fundació Rafael Campalans (diciembre 2008) con el título “Joan Codina Vivet, cooperativista i socialista”. ISSN: 1578-5718. Puede accederse a la versión original clicando aquí